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revista digital de arte contemporáneo [ARCO 2008] |
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En la marea convulsa con la que jadea ARCO, no sólo es difícil moverse
sino ver y encontrar. Los confines del llamado programa general (la
nómina de galerías seleccionadas) acotan una suerte de mercadillo en
la que todo consiste en reconocer, por premisas de común acordadas,
esta o aquella firma.
No obstante, la
edición dos mil ocho, particularmente entregada al cambio, nos ha
deparado el acierto de mostrar en un solo espacio -el pabellón 14/1-
todos aquellos ámbitos entregados a la experimentación, facilitando el
hallazgo y destilando lo especial. Centrando dicho ámbito, Brasil
–el país invitado- funcionaba como una única exposición, debido a que
los comisarios han seleccionado a los artistas y después a las
galerías que los representaban; además, una diáfana forma de eliminar
ciertos tabicajes habituales entre los stands proporcionaba cohesión y
fluidez.
Pero, sin lugar a
dudas, el fuerte de esta feria ha estado en las secciones Solo
Projects y Arco 40 (esta última de nueva
creación). En ambos casos se trata de potenciar la emergencia de
artistas y proyectos de características singulares, mediante la
presentación del trabajo de un artista en solitario (Solo Projects) o
de la selección de la obra reciente de tres artistas por galería, a
presentar en un espacio reducido (Arco 40). Ese tipo de estrategias
del espacio facilitan, por ejemplo, que se aprecie la eclosión del
dibujo –un medio revalorizado con creces en la edición que nos ocupa-
o el aprecio de lenguajes más poéticos y sutiles que se perderían en
el marasmo de arcos anteriores.
Para algunas galerías
supone la brillante oportunidad del debut en la feria madrileña
mediante una puesta en escena que diverge bastante del consabido
concepto de stand; es el caso de Museum 52 (Londres), que
exhibe con orgullo el ampuloso y refinado trabajo del estadounidense
Valerie Hegarty –ya reconocido por la Saatchi Gallery como
creador imprescindible para comprender la contemporaneidad- y su
visión no tan deconstructiva como aniquiladora de los tesoros del
arte. Hegarty instala piezas fácilmente asequibles por la mirada del
merodeador de museos, sometidas a un proceso de degradación que puede
provenir de diversos focos –el fuego, la polilla, la inundación o el
disparo de artillería-. Originando una sucesión de inquietudes en el
observador, que contempla como el mismo espacio expositivo sufre o
genera los daños, se resuelven unas pocas incertidumbres mediante
intrahistorias que se nutren del subconsciente colectivo, al tiempo en
que se piensa en otras visiones apocalípticas, como los últimos museos
inundados de La Chapelle.
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Franco Soffiantino
(Turín), por su parte y en una línea mucho más calma, ha aprovechado
la oportunidad para mostrar el oficio cuasi terapéutico de Katerina
Seda, una artista capaz de trabajar durante meses en un único
proyecto artístico con tal de propiciar mercedes a todo un colectivo o
a una sola persona. Desde favorecer la comunicación interrumpida entre
centenares de familias en una localidad (Every Dog A Different
Master, proyecto exhibido en Documenta 12) hasta, como se da en la
propuesta de la galería italiana, paliar las heridas de un pasado
doloroso a un familiar muy querido, la propia abuela de la creadora
checa. En It doen´t matter, Seda canaliza las
propiedades sanadoras del arte para reintroducir a la deprimida
matriarca familiar en la vida cotidiana, toda vez que hubiese
abandonado cualquier intención de continuar en la lucha diaria tras
alcanzar la viudez. La instalación de Katerina Seda consta de un
extenso vídeo que recoge una selección de las conversaciones
sostenidas con su abuela durante largas sesiones; tras acudir a
diferentes opciones infructuosas, la artista comprobó que sólo había
una manera de devolverla al presente: haciéndola revivir un pasado en
que fue feliz y se sintió útil. Así que se sentó frente a ella para
verla dibujar todas las piezas que en años pasados almacenó y vendió
en una ferretería, ya que las recordaba –junto a sus precios y
tamaños- con una sorprendente habilidad. En la instalación podemos
ver, además, todos esos dibujos encuadernados, algunas maravillosas
fotografías que recogen la intensa ternura de la que se nutre
intencionalmente el proyecto, así como las sillas y la mesa vestida de
hule que sirvieron de diván.
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A escala nacional han sido varias las galerías que han disfrutado del
placet que ha posibilitado Arco 40; destacaremos, por un lado,
la barcelonesa galería ADN, representando a los artistas
Judas Arrieta, Virginie Barré y Daniel & Geo Fuchs,
en una línea más que coherente al plantear el diálogo entre tres
premisas de creación que abundan en las posibilidades de la cultura
popular, el dibujo, la fotografía y la escultura-instalación. Judas
Arrieta representa la vigencia de lenguajes pictóricos eclécticos,
mediante la inmersión en ciertas premisas del Manga y el estilo
superflat, la estética del collage y la iconografía infantil de
generaciones pasadas. Un entreverado de condicionamientos que dan
lugar a una obra extremadamente consciente de los volubles valores
icónicos del arte actual, pero que no descuida ni en un ápice los
entresijos de la cocina pictórica, por lo que satisface a un tiempo la
mirada moderna y aquella otra más clásica que agradece reconocer un
buen criterio compositivo.
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Finalmente, hemos encontrado especialmente interesante la propuesta de
la malagueña sala JM, con una acertada selección de trabajos de
Irene Andessner, Iván Pérez y Carlos Schwartz. En
sendos casos se produce una nueva mirada al concepto de representación
estética, tratando de arrojar luz sobre la exploración y el cambio.
Hemos querido subrayar particularmente una de las obras expuestas de la
vienesa Irene Andessner, Maternoster, planteada
en torno a un vídeo y una cuidada serie fotográfica que resume de un
modo esclarecedor toda la acción. Andessner utiliza un viejo elevador
paternoster –una tipología de ascensor ya en desuso que
consiste en un una cadena de compartimentos abiertos, habitualmente
diseñados para dos personas, que se mueve lentamente sin detenerse en
un bucle ininterrumpido hacia arriba y hacia abajo-, aún en
funcionamiento, para desarrollar la singular performance, que fue
emitida en directo mediante la red internet y grabada en vídeo.
Andessner, habituada
a una camaleónica introspección mediante el recurso retratístico
contemporáneo, asumió cuatro diferentes roles –figuras maternales
míticas- y se caracterizó como Alma Mater (la diosa madre romana), la
virgen María (imagen cristiana del papel femenino de la renuncia),
Madre coraje (encarnada en Anna Fierling, que para mantener a sus
hijos mercadeaba en la guerra) y Madonna Louise Veronica Ciccone (la
cantante italo-americana que ha personificado los iconos femeninos
encontrados de la virginidad y la liberación sexual). Subía o bajaba
en el ascensor con viandantes anónimos con los que apenas
interactuaba, y consiguió profundizar en una sugerente subversión de
los valores masculinos dominantes, toda vez que mutó la nomenclatura
del elevador de la jefatura de la federación de la industria austríaca,
evidenciando la preeminencia viril en el mundo de los grandes
negocios. La obra enfatiza el interés de la artista por los
tableaux vivant –retablos vivientes- del pasado, y nos enfrenta a
una visión esclarecedora de las desigualdades de nuestros días.
Sin lugar a dudas, el
criterio tenido en cuenta para promover las iniciativas de Solo
Projects y Arco 40 inciden en las posibilidades de
presentar proyectos más amplios y no tanto en la tendencia comercial
tan recurrente de exhibir obra suelta, en definitiva hacer visible lo
que a veces resulta invisible. Un hábito que debe proliferar, y que
podría ser la alternativa para una feria a la que le sobra presencia
institucional. Encontrar los ámbitos adecuados para cada actividad, en
resumidas cuentas.

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Salí
de ARCO y no me sentía eufórica. Ni alegre ni enfadada, quizás algo
indiferente. No encontraba el desbordamiento de imágenes y sensaciones
que deseaba tener. Después de un periodo de tiempo necesario –pensé-
lo habré asimilado todo y se desatará el entusiasmo. No llegó. Lejos
de hacer crítica negativa, lo que me resultó más incómodo es que la
mayor feria de arte internacional del país donde vivo no había
destapado en mí ciertas inquietudes y sensibilidades artísticas que
yo, de antemano, anhelaba; mucho menos, cumplido las expectativas de
la edición más polémica que recuerdo. Tanto medio de comunicación
volcado en verter opiniones en contra, opiniones a favor, creando
curiosidades, para descubrir que ARCO es más grande, más
internacional, pero con poco nuevo que contar.
Como
si hubiera encontrado un oasis en medio de la fatiga, llegué al
espacio destinado al país invitado, Brasil. En mi opinión, poco digno
y algo confuso en su distribución de galerías siamesas. El arte
brasileño -por darle una denominación generalizadora- parece que
esté imbuido en una suerte de manifestaciones y acciones de la más
variada índole. Trabajos silenciosos o apuestas gritonas; desde un muy
auténtico pic-nic derramado por el suelo, hasta los delicados y
minimalistas trabajos de Waltercio Caldas, cuya relevancia es
ya un valor seguro.
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Es imposible afrontar este espacio brasilero obviando manifestaciones
elementales dentro de las artes como lo son el diseño gráfico o el
diseño de interiores. La vida en sí, cualquier accidente que haya en
ella o que se forme gracias ella, es motivo más que suficiente para
inspirar a los artistas cariocas. La publicidad, el cómic, la
volumetría, son también ideas recurrentes que hacen de este arte uno
vivo, muy actual, y tremendamente referencial. Obviamente, no podíamos
esperar que la situación específica de un país como Brasil fuera a
quedar ajena y aislada de las prácticas creativas de sus artistas, no
ya en cuestiones relacionadas con las temáticas, sino también en las
que inciden en los formatos y materiales. Tal puede ser el caso del
trabajo que presenta Emmanuel Nassar en la Galería André Millan:
lo que pudiera perfectamente ser una vaya publicitaria de ciudad o
carretera, con una combinación de amarillo y rojo al estilo del
luminosos y plano pop. O el osito de Felipe Barbosa en Casa
Triangulo, un peluche con claras connotaciones contradictorias
que te obligan a moverte constantemente entre polos opuestos con no
poco recelo en la confianza hacia el objeto. La apabullante
instalación de fichas de dominó de José Patricio, el enorme y
bello papel de Fabiano Gonper, o las exóticas caretas de
Laura Lima, son también buena muestra de que el arte que se está
haciendo fuerte en Brasil se exporta directamente de sus calles, de
las historias de sus gentes, del aquí y ahora tangible, y parece
hablar de lo humano, de la historia de sus tierras, de lo social y
antropológico… tarea ingente… Y en este sentido, Latinoamérica vuelve
a darnos lecciones de humanismo y nos muestra la versión más cálida
de las preocupaciones que, realmente, tienen sentido para el ser: cómo
vivir en sociedad, cómo entenderla.
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Sin lugar a dudas, la presencia de figuras ya consolidadas como
Ernesto Neto, Leonora de Barros, Waltercio Caldas o
Abraham Palatnik, han aportado gran consistencia al proyecto
seleccionado por los comisarios Moacir dos Anjos y Paulo Sergio
Duarte. Se consigue un binomio muy equilibrado entre la presencia del
arte emergente y la de artistas de conocido prestigio, cuyos trabajos
no siempre nos son accesibles en las salas españolas. De los primeros,
los más jóvenes, destaca el divertido y original trabajo de Os
Gemeos, cuyas obras son a menudo como cuentos pintados que nos
inundan de sensaciones alegres e inquietantes. También es curiosa la
aportación de David Batchelor, quien ha llenado el espacio de
la Galería Leme con dos torres que se erigen en torno a un
núcleo vertical donde parece que se han ido adhiriendo objetos, y
junto a ellas, unas bolas formadas por gafas de sol perfectamente
engarzadas. Cuanto menos curioso. También llamó mi atención un trabajo
delicadísimo presentado por Hilal Sami Hilal a través de la
Galería Marilia Razuk; una especie de libro de páginas de cobre
reposando sobre una balda transparente, y a su lado lo que uno imagina
que son modelos de páginas sueltas que caen verticalmente sobre la
pared y cuyas palabras andan flotando etéreas por cuadrículas
livianas. Una preciosidad. Y por último, destacar el trabajo más
poético a mi juicio, el de Laura Vinci, la bellísima
instalación de bombillas derretidas cuyo misterio reside en las formas
sensuales que tocan casi casi el suelo del stand.

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No imaginan qué grado de felicidad subraya la horizontalidad de mis
labios al verme sepultada entre multitud de líneas, puntos y calados a
lápiz, bolígrafo o cualquier otro instrumento para delimitar contornos
–la llamada primera forma de expresión plástica-;
representaciones afines a la actualidad cambiante que prioriza el
dibujo frente a otras prácticas artísticas; otorgándole un
protagonismo esencial, en una edición vestida con sus mejores galas.
ARCO 2008,
compartiendo escenario con Cibeles y estrenando pabellones y
organización, ha solapado su recurrente sabor a mercadillo ecléctico
de clásicos y ultimísimos; de mezclas y contrastes; de
combinaciones forzadas en espacios minúsculos y frivolidades que
irrumpen la sobriedad y son carne de cañón de portadas de suplementos
y espacios televisivos, con una magnífica selección de dibujantes que
han sabido poner en valor su actividad como disciplina autónoma e
independiente -respecto a sus mal llamadas hermanas mayores: pintura y
escultura- y han ceñido sus diseños al cuerpo de las paredes de cada
stand, con un esmerado trabajo de composición, técnica y destreza
milenarias.
Tan sólo
aproximadamente una tercera parte del espacio expositivo de nuestra
feria de arte más internacional –la ocupada por el pabellón 14.1: los
proyectos Arco 40, Solo Projects y Brasil: país invitado-
ha sido suficiente -en un tiempo record de siete intensas horas de
atracón anual- para disfrutar del torrente de propuestas dispares que,
si bien otros años cedían protagonismo a la fotografía, el video o la
instalación, ahora más que nunca, señalan una transformación en el
mercado y el gusto de sus ávidos consumidores –léase compradores,
galeristas, artistas, gestores, representantes institucionales,
investigadores, estudiantes, críticos, periodistas, curiosos y resto
de mortales…- que reclaman con fuerza la libertad de formas,
representación y grafías propias del dibujo, a nivel internacional.
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Como primera apreciación, destacar que en determinados creadores, el
dibujo como técnica gráfica, convive con la utilización de diversas
prácticas y materiales, que contribuyen a reforzar sus presupuestos
teóricos. Éste es el caso de artistas como Rosana
Palazyan
(Río de Janeiro, 1963) y su obra Love Story II -bordado,
acrílico y mecanismo de caja de música- que sorprende por el contraste
entre su presencia formal, aparentemente inofensiva y pueril y la
dureza de la narración expuesta: la violación de un padre que deja
embarazada a su propia hija; Amparo Sard (Mallorca, 1973) que
utiliza la perforación sobre papel para definir sus figuras femeninas
de manera precisa y detallista y encarnar irónicamente la imagen de la
tejedora, una profesión ancestralmente asociada a la condición
femenina; y el asturiano Iván Pérez (Tineo, 1973), que elabora
diseños florales grabando la superficie de antiguos tableros de
pupitres escolares.
La
mezcla de manifestaciones conviven igualmente en la producción de un
único artista; de este modo, Laura Erber (Río de Janeiro, 1979)
combina sus trabajos de poesía visual y performance -livro das
siluetas, 2004-, orientados por su interés en interrogar las
relaciones existentes entre lo verbal y lo visual, el cuerpo y la
palabra y los tránsitos posibles entre ambos, con creaciones en papel,
que presentan abstracciones líricas de extrema delicadeza que
delimitan el dibujo como pulsión.
Siguiendo con las representaciones brasileñas comisariadas por
Moacir dos Anjos y Paulo Sérgio
Duarte,
encontramos sugerentes propuestas como las de Fabiano Gonper (João
Pessoa, 1970), en las que destaca el predominio y la pureza de líneas
y la descripción de entornos habitados por personajes anónimos,
carentes de rostro. Dicha falta de identidad, aparece nuevamente en
las narraciones de Mauro Piva (Río de Janeiro, 1977), cuyas
acuarelas de pequeño formato encarnan escenas directas y sencillas,
con personajes que dialogan a través del cuerpo y emergen dispuestos
sobre mesas, para forzar nuestra visión de espías ocasionales.
Asimismo, destacamos la sutileza minimalista de la representante
brasileña Debora Santiago (Curitiba, 1972).
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El trazo efervescente e inquieto, burbujea en manos de autores como
Naoko Majima (Aichi Prefecture. Japón, 1944), con construcciones
abigarradas y densas, carentes de hilo narrativo, en las que prima la
rapidez y el gesto por encima de la factura técnica. En esta misma
línea, contamos con los trabajos de Nina Bovasso, bodegones
florales de gran formato sobre papel, en los que el color y la
expresividad toman protagonismo, mezclando lo gráfico con lo
pictórico.
En
otro orden de cosas, destaca la preeminencia del personaje
descontextualizado, que aparece en instalaciones como las de la
Rebeca Menéndez (Avilés, 1976), encarnado en la figura de un grupo
de niñas –la misma figura serigrafiada de forma múltiple- vinculadas
entre sí, mediante un hilo rojo de lana que las limita, las aprisiona
y las conecta; así como, en los dibujos de Marta Serna (Madrid,
1969), que presenta sus recuerdos infantiles con pinceladas de
ambientación gótica e intérpretes siniestras, deudoras del cómic y la
ilustración gráfica; y la excepcional instalación de Ricardo
Lanzarini (Montevideo, Uruguay. 1963), poblada de miniaturas de
intachable preciosismo, que definen espacios físicos y psíquicos en
torno al concepto de opresión y encarcelamiento; una mirada reflexiva,
con matices humorísticos, que no pone límites a la imaginación como
única forma de supervivencia y aboga por la ficción intermedia de sus
protagonistas; personajes caricaturescos de épocas pasadas que
interrogan al espectador y lo arrastran hacia su mundo ficticio; un
sobrecargado mapa de sensaciones e intrigas de impredecible final.
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Otro de los proyectos seleccionados ha sido el presentado por Ingo
Giezendanner (Basel, 1975). Empeñado en expandir el dibujo y
representar lugares que ha visitado y vivido -Zurich, Estambul o
ciudades africanas como Entebbe o Kampala…-, este joven artista
presenta un tupido manto decorativo –próximo a la estética del
horror vacui- sobre toda suerte de objetos, animaciones y diseños,
que aportan unidad plástica y visual a la integridad del conjunto.
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Finalmente, destacar el espacio reservado para la participación activa
del público, en el proyecto realizado por el artista brasileño
Tonico Lemos Auad
(Belém
do Pára, Brasil, 1968); un escenario motivado por el interés en la
expresión de experiencias reales y la percepción engañosa de la
realidad donde, mediante unas palomas de grafito y, en un supuesto
orden de participación –que las mayor parte de las veces se veía
interrumpido por el gesto espontáneo de algún despistado impaciente,
que no esperaba el turno y tomaba su herramienta gráfica
directamente de un conjunto de palomas exentas de tal función, con el
consabido disgusto de su creador-, el visitante estaba invitado a
colaborar con total libertad de acción; conformando así, un variopinto
mural comunitario.
Sólo
me resta decir -y a la vista de lo expuesto hasta ahora está-, que el
dibujo toma con fuerza el relevo generacional –y yo me siento
felicísima de que así ocurra-, situándose en una fulgurante línea de
ascenso, donde confluyen gestos y lenguajes emancipados que
representan al hombre actual y su expresión más vivaz y sincera.

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Todavía sigue pesando en el arte contemporáneo aquella añeja
clasificación que distinguía entre Artes Mayores y Artes Menores, lo
que repercute en una injusta valoración de las obras confeccionadas a
partir de telas, tijeras, hilos y bastidor. Es mucho más absurdo si
tenemos en cuenta que todas las nuevas técnicas y materiales que
quedaron exentos de tal ordenación, y que por tanto no les pesaba
aquel prejuicio académico, se consideren dignas de la vanguardia,
aceptables en pro y beneficio del Arte, como el metacrilato, la fibra
óptica o el titanio. Diríase que existiera otra vara de medir si se
tratase de la Alta Costura. Considerada sin tapujos como “el arte de
la pasarela”, parece incluso aceptable que los modistos transgredan lo
puramente textil y utilicen otros materiales, como Paco Rabanne que
incorpora metales o plásticos para sus creaciones. Por otro lado, en
esa posición casi misógina de los entendidos en lo más actual, los
trabajos de tradición femenina o simplemente “laboriosos”, quedan
relegados a obra menor, amable y decorativa; mirados de soslayo en los
grandes eventos, se pregunta más de uno quién se dejó la rebequita de
punto encima del pedestal...
En fin, podría
decirse que en esta edición de ARCO se han colado ciertos trabajos que
para más de uno estarían sacados de una revista de primores. Se trata
de tapices, collages de retales y por qué no, bordados y punto de
cruz…
No son pocos los que
alguna vez se han sentido atraídos por los tejidos y su belleza
intrínseca. Robert Rauschenberg se había sentido cautivado por
la serigrafía y los tejidos exóticos, como prueba un curioso tapiz
realizado por éste con sedas de Samarcanda a modo de colcha de
patchwork y que se pudo contemplar en La Caja Negra.
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Resulta interesantísimo lo que la Coreana So-Young
Choi es
capaz de realizar a base de “jeans” o vaqueros. Propio de un “trabajo
de chinos” resultan sus paisajes y vistas de ciudades, tanto por la
precisión en el detalle, como por la elaborada ejecución. Los formatos
pueden ser de lo más variado, desde el tapiz al dorso de una camisa,
por supuesto, vaquera. Aunque el jean tuvo unos orígenes obreros, como
prenda de trabajo, se convirtió en la principal prenda urbana, símbolo
de la civilización occidental. Es tan evidente y común que pasa
desapercibido, como el ruido del tráfico, las luces de los
establecimientos comerciales o el cielo grisáceo de polución. De
contenido más crítico y social resulta el sudafricano William
Kentridge, el cuál lleva trabajando desde el 2001 en tapices cuyos
temas denuncian la situación del “apartheid” y la crisis social que
acaece en su país. La confección se realiza con lana autóctona
trabajada de modo artesanal, a la que superpone con técnicas
industriales imágenes de mapas, normalmente impresos y siluetas
humanas en negro, a modo de collage. Parte del cine y de las
marionetas, pues recuerdan estas creaciones en parte a los teatros de
marionetas negras, el teatro de las sombras.
Siguiendo con el
teatro y lo popular en su cara más amable, el gran tapiz de recortes
de Chelo Matasanz reproduce casi de una manera fotográfica a
los “peliqueiros” de Laza (Ourense), son esas máscaras de carnaval de
rostros con bigotillos y altos sombreros de ala recogida al frente. Y
es que lo popular puede sorprender, como hace Joao Pedro Vale,
que en esta ocasión presentó en la galería de Filomena Soares un
enorme diablo –Diabrete- recubierto de retales y trozos de
telas a modo de curioso pelaje, parece sacado de un museo de
curiosidades étnicas, una pieza de interés antropológico más que
artístico. Quizás entre sus obras más conocidas estén los Frijoles
gigantes o la Medusa, en cualquier caso siempre ha hecho de
lo textil su materia prima y de la instalación su modo de expresión.
También bajo un conglomerado amorfo de hilos y lanas se presentan las
esculturas de Naoko Majima, son sus Objects, que
contrastan enormemente con sus dibujos tan delicados y elegantes.
Estos seres monstruosos se acercan más a lo desagradable que a lo
estéticamente aceptable. Parecen como si alguien hubiera pasado por un
pasapurés a una pobre señora que esperaba el bus dejando de ella hilos
de carne y lana de su ropa en una mezcla poco digerible.
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Los que sí parecen se hayan consumido por completo son los dueños de
las sudaderas que Keith Farquhar ha expuesto de forma muy
original. Volvemos a la sociedad urbana, este tipo de prenda con
capucha junto con los jeans son el uniforme del joven urbanita. La
artista los manipula, rellenándolos a veces, recortándolos y
rajándolos, parcheándolos como una obra de customización,
convirtiéndolos, en resumen, en formas metafóricas del teeneger
caprichoso y lleno de espinillas que crece en los bancos de plazas sin
árboles.
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Ya son muchos años los que se llevan viendo las obras de Joana
Vasconcelos y siempre resultan atractivas, encantadoras y
sugerentes. Sus piezas de croché recubren cualquier objeto de la vida
doméstica, llevando al paroxismo la afición de aquella señora que
compulsivamente realiza pañitos para los brazos del sofá, la mesita
del televisor o el rollo de papel higiénico. En ocasiones, un bello
bordado ha cambiado la vida de una persona, como sucedió con Alighiero
Boetti, perteneciente a los movimientos “povera” y “crafts” que dejó
sus estudios de económicas tras descubrir los recamados afganos…
aunque si de bordados se trata, los argentinos Leo Chiachio y
Daniel Giannone son los que han dejado su puntada en esta
edición. Se mueven en una línea completamente kitsch,
recordando a los Pierre & Gille franceses o nuestros Costus de los
ochenta. Sus bordados sobre pañuelos y servilletas con aires de
pintura japonesa poseen ese aire de trabajo escolar que se relaja en
lo doméstico.
Ya para terminar y
como reflexión, habría que reconsiderar el criterio de lo artesanal y
lo manual, pues ¿no es tan artesano en su ejecución aquel pintor que
pincelada a pincelada trabaja sobre un lienzo como el bordador que
puntada tras puntada lo hace sobre un bastidor? Ahora que se ha
superado que el propio artista realice materialmente la obra,
aceptándolo como el creador intelectual que encarga desde a un
taxidermista hasta a un técnico en aeronaútica, la fabricación
material del objeto artístico, la relevancia de la obra no es su
ejecución, sino su significado. Así, la diferencia no estriba en la
nobleza de la materia, sino en la gracia del concepto.

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“Me encanta trabajar en la calle, teniendo en cuenta la dificultad
que ello entraña. Si bien el espacio público es considerado de todos,
te das cuenta que, desde un punto de vista político, no somos libres
para expresarnos. Por ello es que me encanta la libertad y la anarquía
del grafitti, que proyecta un rayo rebelde de luz, al gris cemento
urbanita” Renata de Andrade
Lo que más me
gusta del mundillo del arte es poder hablar con los artistas tras ver
sus obras. No hay nada más gratificante que encontrarse con algo que
te gusta, interesarse por ello y que sea la misma persona que lo ha
concebido y elaborado quien te proporcione las claves. Lo más curioso
de todo es que esta vez me ha ocurrido con dos habituales de la calle,
del espacio público; dos artistas que disfrutan de las improvisadas
reacciones de los transeúntes y que han cambiado la autonomía de su
entorno por la cosmopolita pecera de ARCO.
Carlos Contente
(Río
de Janeiro, 1977)
y
Renata
de Andrade
(Brasil, 1960), como dos gotas de spray caídas del cielo, han
demostrado que el arte no se concreta por el lugar de exhibición, sino
por la capacidad de inquietud que genera en quien lo disfruta.
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Creador habitual de cómic, amante del dibujo y colaborador del
recientemente creado Foro de Artistas por la Integración
Latinoamericana (FAIL), Contente entiende el arte como vehículo de
transformación social y personal, y utiliza sus autorretratos
realizados con plantilla -aprovechando la efectividad y la rapidez que
le permite el medio- para inundar paredes, calles o papeles,
contándonos su historia y la de los suyos.
En
palabras del autor, “los personajes conforman un mosaico social que
recrea las actitudes, condiciones y talantes de los habitantes de su
entorno cercano y dialogan íntimamente con la superficie en la que se
proyectan”; una personalísima e irónica forma de acercarnos la cultura
de su barrio y afrontar de forma comprometida, la responsabilidad que
le confiere avanzar –más allá de la simple marca- en “la construcción
de un movimiento social que impulse el encuentro de los pueblos y de
las organizaciones sociales, políticas y culturales”(1).
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En el caso de Renata, la calle se convirtió desde muy pronto en fuente
de materia prima y de inspiración para sus composiciones.
“Cuando llegué a Ámsterdam era bastante pobre. Recoger basura me
impulsó a utilizarla como material en la Escuela de Arte Rietreld. Con
mis desechos urbanos empecé a crear mis bodegones o
naturalezas muertas. Los países ricos son expertos en desechar y
acumular en la calle de todo, así que, gracias a ellos, mi casa
está completamente amueblada y decorada con lo que he ido recogiendo
en estos años. Todo tiene cabida; desde un frigorífico hasta una
muñeca… Posteriormente permanecí ilegal –o eso creí- en Holanda
durante casi dos años. Esta situación me llevó a encontrar un
paralelismo entre recoger, proteger y/o salvar objetos
de la calle, con la situación de indefensión y desprotección
personal que viví en aquel momento”.
El
trabajo presente en ARCO -que ha hecho saltar la alarma entre la
opinión pública sobre los límites del arte actual- consiste en una
intervención que mezcla una serie de retratos sobre cartón con diseños
graffiteados y bolsas de basura en primer término. Bolsas que
compra por doquier en sus más variadas formas y colores y que componen
el buque insignia de sus divertidas producciones –algo similar
a lo que ocurre con los autorretratos de Contente-.
Encantada con que su trabajo sea una prolongación del museo en la
calle y viceversa, la artista brasileña no pierde el sentido del humor
al preguntarle su opinión, sobre los que no consideran arte sus
creaciones y responde que “en ese caso, tampoco tendrá consideración
con sus desperdicios y basuras”. Así que, si bien es cierto que puede
distorsionarnos apreciar trabajos cuyo carácter esencial proviene del
espíritu callejero en un entorno consolidado como ARCO, imaginen qué
aburrido sería el mundo si sólo existiesen helados de nata.

1. Fundamentación del FAIL.
http://fahil.blogspot.com/
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En la edición de este año con el cambio de recinto y la ampliación de
los espacios, ARCO ha ganado en solidez y estabilidad. Como ahora los
stands están mejor organizados (a excepción de la planta
superior donde todo estaba más aturrullado), la visita a los
pabellones es más pausada. Con la llegada de la nueva directora -este
es el segundo año de Lourdes Fernández-, la internacionalización se ha
convertido en una máxima consumada que ha traído inquietud entre las
españolas excluidas, salas que se sienten agraviadas por no poder
acudir a una cita que además de darles pingües beneficios, las sitúa
en el panorama artístico con voz propia. Las galerías presentes del
país invitado, Brasil, no tenían las ideas claras; se han dedicado a
dar palos de ciego sin demostrar demasiada calidad ni saber qué
querían ni a qué venían. Se nota que es un lugar que todavía tiene que
madurar mucho, un sitio donde los buenos creadores o trabajan fuera
(caso de Vik Muniz, Damasceno, Beth Moisés, etc, etc), o no han estado
suficientemente representados (como le ocurre a Cildo Maireles,
artista recientemente galardonado con el Premio Velázquez). Esperemos
que la aportación de la nación elegida para 2009, India, sea más
fructífera. Ya me dijo un día no hace mucho Norberto Dotor,
responsable de Fúcares, que después de los chinos vendrían los
hindúes, que esto de las tendencias en el arte es una cuestión de
modas.
Respecto a las sensaciones generales, he notado algo muy positivo que
ya intuía: la consolidación de la fotografía como un lenguaje en alza
y la disminución progresiva de instalaciones y atracciones de feria.
Por destacar algunos autores, citar las imágenes de Ángel Marcos,
José Manuel Ballester (muy presente), Juan Carlos Robles,
Edward Burtynsky (cada vez me atrapan más sus fotos), o
Araki (me puede su voluptuosidad.) La escultura se ha comedido (me
han gustado las piezas de Javier Pérez y unos volúmenes
sorprendentes de Sean Scully). La performance ha
aparecido de manera ordenada (se le ha dado un sitio). El vídeo se ha
templado (reseñar los de Maggie Cardelús y el de Dionisio
González). Y finalmente la pintura, que se ha decantado por
valores consolidados y reconocidos, sin aventurarse en exceso ni
apostar más de lo necesario. De los jóvenes nacionales, sólo Manu
Muniategiandikoetxea y Miki Leal han logrado cautivarme. De
los de siempre, además de ver muchos dibujos de Picasso, me he
encontrado con cuadros maravillosos de los americanos de toda la vida,
caso de Philip Guston, Robert Ryman, Cy Twombly
o Motherwell. De alemanes poderosos e indiscutibles como
Kiefer, Gunter Förg o Polke. De portugueses como
Sarmento o de franceses como Dubuffet, demostrándose con
este viraje hacia los clásicos de la modernidad, que en época de
turbulencias las galerías prefieren apostar sobre seguro y no
arriesgar por encima de lo conveniente.
Para
no perderme en generalidades ni en un excesivo detallismo, prefiero
centrarme en las diez piezas que más me han convencido de esta edición
de ARCO. Podría reseñar bastantes más, pero ya sería un número
demasiado alto. Lo único que pretendo es, sin mirar hacia ningún
sitio, dejar constancia de aquellas obras que, de algún modo u otro,
han logrado atrapar mi atención y comunicarme algo. El orden de
presentación es aleatorio, no preferencial.
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Ángel Marcos. Fotografía
Su
última serie de fotografías sobre China me parece, además de poética,
de una gran fuerza insinuada. Si en su anterior trabajo sobre Cuba
recurría a la ironía para retratar un país lleno de contradicciones,
ahora, en otro territorio repleto de contraste, opta por la sugerencia
y la insinuación. Paradojas visuales que captan con suma delicadeza
los cambios de una nación efervescente que oscila, sin puntos medios,
entre las tradiciones rurales más apegadas y la modernidad cosmopolita
más avanzada.
Manu Muniategiandikoetxea. Pintura
Uno de
los valores vascos más importantes de la última década. Un artista que
apuesta convencido por la pintura como género expresivo, un medio que
utiliza para deconstruir la realidad e investigar los límites de la
bidimensionalidad. Sus cuadros, intensos y de gran tamaño, juegan con
los planos y las posibilidades de la profundidad, recurriendo a
elementos accidentales -una caja por ejemplo-, para explayarse con los
pinceles e indagar en las facultades representativas de la realidad.
Edward Burtynsky.
Fotografía
Desde hace ya algún tiempo tengo considerado al canadiense entre mis
fotógrafos de cabecera. Sus trabajos sobre canteras, minas o
petroleras reflexionan en torno a la explotación de la Naturaleza por
la mano del hombre, imágenes de gran belleza que conjugan formas,
líneas y colores como si fuesen abstracciones. Además de la
profundidad que encierran, las fotos están realizadas con un cuidadoso
proceder que lograr apoderarse con maestría de la identidad de estos
lugares confinantes.
Maggie Cardelús.
Videoproyección
Maggie Cardelús
es, de todos los fotógrafos que conozco, la que presenta sus imágenes
de una manera más característica. Las recorta en finas bandas que
luego monta entre cristales. Un trabajo muy delicado y laborioso, a la
vez que personal, que la distingue inequívocamente del resto de los
artistas. De todos modos, la pieza de Cardelús que más me ha
sorprendido este año ha sido un video, Zoo Age, una proyección
que presentaba miles de fotogramas de la vida de una persona durante
una década, de 1996 a 2006, pasadas a cámara muy rápida.
Nobuyoshi Araki. Fotografía
Las
sugerentes imágenes de Araki desprenden una pulsión sexual que cabalga
entre la voluptuosidad y la insinuación. Su mejor secreto es que dan a
entender, que nunca enseñan. Sus fotos mezclan la inocente actitud de
las geishas, el atractivo cándido de las púberes y el erotismo
perverso de los detalles. Técnicamente son de una factura
incuestionable. Sus mujeres, de una sensualidad menos dura que la de
Helmut Newton, son más vulnerables y entregadas.
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Federico
Guzmán.
Lienzo e idea
Las piezas de Federico Guzmán, aunque resultan en un primer contacto
de una liviana ingenuidad, encierran siempre lecturas muy inteligentes
e interesantes. Solsticio de Invierno es un lienzo que
representa un campo de girasoles pintado con los tonos exactos de una
película fotográfica a color. Inevitablemente al capturar la imagen
con una cámara analógica en un carrete, obtenemos un negativo que
después podemos convertir en un positivo. En ese negativo tenemos la
realidad invertida pero el sembrado de girasoles aparece tal como es
al natural. En el positivo se reconoce el contexto pero el cuadro
pintado queda como un elemento extraño invertido. Curiosa subversión,
muy propia de Lewis Carroll, contradiciendo la consideración habitual
del mundo que observamos.
Mp & Mp Rosado. Instalación dibujos / fotografía
Sus
últimos trabajos, mezclando fotografía y dibujos inspirados en
grabados de Piranesi, conciben lugares imposibles carentes de
coordenadas dimensionales. No se sabe bien qué está arriba ni qué esta
abajo, si estamos en un interior o en un exterior, desconcierto
intencionado que nos atrapa mientras mantenemos la incertidumbre. En
el suelo, una inquietante escultura de reminiscencias antropomorfas
asemeja un extraño ser doliente.
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Jean Kounellis. Cuadro
El
padre del Arte Povera, un clásico irreverente e incombustible.
Juan Carlos Robles. Fotografía
Juan
Carlos Robles une en una misma imagen dos conceptos de significado
opuesto que mezclados originan uno nuevo más irónico e inesperado. La
llamativa entrada de un cine porno en una casa sevillana de estilo
regionalista es un oxímoron visual sin explicación, una antítesis bien
resuelta que, poniéndola en entredicho, nos obliga a replantear la
identidad hispalense. Unos valores autóctonos muy apegados a este tipo
de construcciones neomudéjares, edificios que tuvieron su máximo
apogeo en los pabellones que se alzaron en la Exposición Universal de
1929.
Philip Guston.
Pintura
Como
colofón, un cuadro de los años setenta de Philip Guston. Sorpresa y
deleite.

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Créditos fotográficos
imágenes por cortesía de ARCO - Ifema.
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