lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [ARCO 2008]   

 



En la marea convulsa con la que jadea ARCO, no sólo es difícil moverse sino ver y encontrar. Los confines del llamado programa general (la nómina de galerías seleccionadas) acotan una suerte de mercadillo en la que todo consiste en reconocer, por premisas de común acordadas, esta o aquella firma.

No obstante, la edición dos mil ocho, particularmente entregada al cambio, nos ha deparado el acierto de mostrar en un solo espacio -el pabellón 14/1- todos aquellos ámbitos entregados a la experimentación, facilitando el hallazgo y destilando lo especial. Centrando dicho ámbito, Brasil –el país invitado- funcionaba como una única exposición, debido a que los comisarios han seleccionado a los artistas y después a las galerías que los representaban; además, una diáfana forma de eliminar ciertos tabicajes habituales entre los stands proporcionaba cohesión y fluidez.

Pero, sin lugar a dudas, el fuerte de esta feria ha estado en las secciones Solo Projects y Arco 40 (esta última de nueva creación). En ambos casos se trata de potenciar la emergencia de artistas y proyectos de características singulares, mediante la presentación del trabajo de un artista en solitario (Solo Projects) o de la selección de la obra reciente de tres artistas por galería, a presentar en un espacio reducido (Arco 40). Ese tipo de estrategias del espacio facilitan, por ejemplo, que se aprecie la eclosión del dibujo –un medio revalorizado con creces en la edición que nos ocupa- o el aprecio de lenguajes más poéticos y sutiles que se perderían en el marasmo de arcos anteriores.

Para algunas galerías supone la brillante oportunidad del debut en la feria madrileña mediante una puesta en escena que diverge bastante del consabido concepto de stand; es el caso de Museum 52 (Londres), que exhibe con orgullo el ampuloso y refinado trabajo del estadounidense Valerie Hegarty –ya reconocido por la Saatchi Gallery como creador imprescindible para comprender la contemporaneidad- y su visión no tan deconstructiva como aniquiladora de los tesoros del arte. Hegarty instala piezas fácilmente asequibles por la mirada del merodeador de museos, sometidas a un proceso de degradación que puede provenir de diversos focos –el fuego, la polilla, la inundación o el disparo de artillería-. Originando una sucesión de inquietudes en el observador, que contempla como el mismo espacio expositivo sufre o genera los daños, se resuelven unas pocas incertidumbres mediante intrahistorias que se nutren del subconsciente colectivo, al tiempo en que se piensa en otras visiones apocalípticas, como los últimos museos inundados de La Chapelle.
 


Franco Soffiantino
(Turín), por su parte y en una línea mucho más calma, ha aprovechado la oportunidad para mostrar el oficio cuasi terapéutico de Katerina Seda, una artista capaz de trabajar durante meses en un único proyecto artístico con tal de propiciar mercedes a todo un colectivo o a una sola persona. Desde favorecer la comunicación interrumpida entre centenares de familias en una localidad (Every Dog A Different Master, proyecto exhibido en Documenta 12) hasta, como se da en la propuesta de la galería italiana, paliar las heridas de un pasado doloroso a un familiar muy querido, la propia abuela de la creadora checa. En It doen´t matter, Seda canaliza las propiedades sanadoras del arte para reintroducir a la deprimida matriarca familiar en la vida cotidiana, toda vez que hubiese abandonado cualquier intención de continuar en la lucha diaria tras alcanzar la viudez. La instalación de Katerina Seda consta de un extenso vídeo que recoge una selección de las conversaciones sostenidas con su abuela durante largas sesiones; tras acudir a diferentes opciones infructuosas, la artista comprobó que sólo había una manera de devolverla al presente: haciéndola revivir un pasado en que fue feliz y se sintió útil. Así que se sentó frente a ella para verla dibujar todas las piezas que en años pasados almacenó y vendió en una ferretería, ya que las recordaba –junto a sus precios y tamaños- con una sorprendente habilidad. En la instalación podemos ver, además, todos esos dibujos encuadernados, algunas maravillosas fotografías que recogen la intensa ternura de la que se nutre intencionalmente el proyecto, así como las sillas y la mesa vestida de hule que sirvieron de diván.
 


A escala nacional han sido varias las galerías que han disfrutado del placet que ha posibilitado Arco 40; destacaremos, por un lado, la barcelonesa galería ADN, representando a los artistas Judas Arrieta, Virginie Barré y Daniel & Geo Fuchs, en una línea más que coherente al plantear el diálogo entre tres premisas de creación que abundan en las posibilidades de la cultura popular, el dibujo, la fotografía y la escultura-instalación. Judas Arrieta representa la vigencia de lenguajes pictóricos eclécticos, mediante la inmersión en ciertas premisas del Manga y el estilo superflat, la estética del collage y la iconografía infantil de generaciones pasadas. Un entreverado de condicionamientos que dan lugar a una obra extremadamente consciente de los volubles valores icónicos del arte actual, pero que no descuida ni en un ápice los entresijos de la cocina pictórica, por lo que satisface a un tiempo la mirada moderna y aquella otra más clásica que agradece reconocer un buen criterio compositivo.
 


Finalmente, hemos encontrado especialmente interesante la propuesta de la malagueña sala JM, con una acertada selección de trabajos de Irene Andessner, Iván Pérez y Carlos Schwartz. En sendos casos se produce una nueva mirada al concepto de representación estética, tratando de arrojar luz sobre la exploración y el cambio. Hemos querido subrayar particularmente una de las obras expuestas de la vienesa Irene Andessner, Maternoster, planteada en torno a un vídeo y una cuidada serie fotográfica que resume de un modo esclarecedor toda la acción. Andessner utiliza un viejo elevador paternoster –una tipología de ascensor ya en desuso que consiste en un  una cadena de compartimentos abiertos, habitualmente diseñados para dos personas, que se mueve lentamente sin detenerse en un bucle ininterrumpido hacia arriba y hacia abajo-, aún en funcionamiento, para desarrollar la singular performance, que fue emitida en directo mediante la red internet y grabada en vídeo.

Andessner, habituada a una camaleónica introspección mediante el recurso retratístico contemporáneo, asumió cuatro diferentes roles –figuras maternales míticas- y se caracterizó como Alma Mater (la diosa madre romana), la virgen María (imagen cristiana del papel femenino de la renuncia), Madre coraje (encarnada en Anna Fierling, que para mantener a sus hijos mercadeaba en la guerra) y Madonna Louise Veronica Ciccone (la cantante italo-americana que ha personificado los iconos femeninos encontrados de la virginidad y la liberación sexual). Subía o bajaba en el ascensor con viandantes anónimos con los que apenas interactuaba, y consiguió profundizar en una sugerente subversión de los valores masculinos dominantes, toda vez que mutó la nomenclatura del elevador de la jefatura de la federación de la industria austríaca, evidenciando la preeminencia viril en el mundo de los grandes negocios. La obra enfatiza el interés de la artista por los tableaux vivant –retablos vivientes- del pasado, y nos enfrenta a una visión esclarecedora de las desigualdades de nuestros días.

Sin lugar a dudas, el criterio tenido en cuenta para promover las iniciativas de Solo Projects y Arco 40 inciden en las posibilidades de presentar proyectos más amplios y no tanto en la tendencia comercial tan recurrente de exhibir obra suelta, en definitiva hacer visible lo que a veces resulta invisible. Un hábito que debe proliferar, y que podría ser la alternativa para una feria a la que le sobra presencia institucional. Encontrar los ámbitos adecuados para cada actividad, en resumidas  cuentas.
 

 
 

 

 

 


Salí de ARCO y no me sentía eufórica. Ni alegre ni enfadada, quizás algo indiferente. No encontraba el desbordamiento de imágenes y sensaciones que deseaba tener. Después de un periodo de tiempo necesario –pensé- lo habré asimilado todo y se desatará el entusiasmo. No llegó. Lejos de hacer crítica negativa, lo que me resultó más incómodo es que la mayor feria de arte internacional del país donde vivo no había destapado en mí ciertas inquietudes y sensibilidades artísticas que yo, de antemano, anhelaba; mucho menos, cumplido las expectativas de la edición más polémica que recuerdo. Tanto medio de comunicación volcado en verter opiniones en contra, opiniones a favor, creando curiosidades, para descubrir que ARCO es más grande, más internacional, pero con poco nuevo que contar.

Como si hubiera encontrado un oasis en medio de la fatiga, llegué al espacio destinado al país invitado, Brasil. En mi opinión, poco digno y algo confuso en su distribución de galerías siamesas. El arte brasileño -por darle una denominación generalizadora- parece que esté imbuido en una suerte de manifestaciones y acciones de la más variada índole. Trabajos silenciosos o apuestas gritonas; desde un muy auténtico pic-nic derramado por el suelo, hasta los delicados y minimalistas trabajos de Waltercio Caldas, cuya relevancia es ya un valor seguro.
 


Es imposible afrontar este espacio brasilero obviando manifestaciones elementales dentro de las artes como lo son el diseño gráfico o el diseño de interiores. La vida en sí, cualquier accidente que haya en ella o que se forme gracias ella, es motivo más que suficiente para inspirar a los artistas cariocas. La publicidad, el cómic, la volumetría, son también ideas recurrentes que hacen de este arte uno vivo, muy actual, y tremendamente referencial. Obviamente, no podíamos esperar que la situación específica de un país como Brasil fuera a quedar ajena y aislada de las prácticas creativas de sus artistas, no ya en cuestiones relacionadas con las temáticas, sino también en las que inciden en los formatos y materiales. Tal puede ser el caso del trabajo que presenta Emmanuel Nassar en la Galería André Millan: lo que pudiera perfectamente ser una vaya publicitaria de ciudad o carretera, con una combinación de amarillo y rojo al estilo del luminosos y plano pop. O el osito de Felipe Barbosa en Casa Triangulo, un peluche con claras connotaciones contradictorias que te obligan a moverte constantemente entre polos opuestos con no poco recelo en la confianza hacia el objeto. La apabullante instalación de fichas de dominó de José Patricio, el enorme y bello papel de Fabiano Gonper, o las exóticas caretas de Laura Lima, son también buena muestra de que el arte que se está haciendo fuerte en Brasil se exporta directamente de sus calles, de las historias de sus gentes, del aquí y ahora tangible, y parece hablar de lo humano, de la historia de sus tierras, de lo social y antropológico… tarea ingente… Y en este sentido, Latinoamérica vuelve a darnos lecciones de humanismo y  nos muestra la versión más cálida de las preocupaciones que, realmente, tienen sentido para el ser: cómo vivir en sociedad, cómo entenderla.
 

Sin lugar a dudas, la presencia de figuras ya consolidadas como Ernesto Neto, Leonora de Barros, Waltercio Caldas o Abraham Palatnik, han aportado gran consistencia al proyecto seleccionado por los comisarios Moacir dos Anjos y Paulo Sergio Duarte. Se consigue un binomio muy equilibrado entre la presencia del arte emergente y la de artistas de conocido prestigio, cuyos trabajos no siempre nos son accesibles en las salas españolas. De los primeros, los más jóvenes, destaca el divertido y original trabajo de Os Gemeos, cuyas obras son a menudo como cuentos pintados que nos inundan de sensaciones alegres e inquietantes. También es curiosa la aportación de David Batchelor, quien ha llenado el espacio de la Galería Leme con dos torres que se erigen en torno a un núcleo vertical donde parece que se han ido adhiriendo objetos, y junto a ellas, unas bolas formadas por gafas de sol perfectamente engarzadas. Cuanto menos curioso. También llamó mi atención un trabajo delicadísimo presentado por Hilal Sami Hilal a través de la Galería Marilia Razuk; una especie de libro de páginas de cobre reposando sobre una balda transparente, y a su lado lo que uno imagina que son modelos de páginas sueltas que caen verticalmente sobre la pared y cuyas palabras andan flotando etéreas por cuadrículas livianas. Una preciosidad. Y por último, destacar el trabajo más poético a mi juicio, el de Laura Vinci, la bellísima instalación de bombillas derretidas cuyo misterio reside en las formas sensuales que tocan casi casi el suelo del stand.

 
 
 

 

 

 

 



No imaginan qué grado de felicidad subraya la horizontalidad de mis labios al verme sepultada entre multitud de líneas, puntos y calados a lápiz, bolígrafo o cualquier otro instrumento para delimitar contornos –la llamada primera forma de expresión plástica-; representaciones afines a la actualidad cambiante que prioriza el dibujo frente a otras prácticas artísticas; otorgándole un protagonismo esencial, en una edición vestida con sus mejores galas.

ARCO 2008, compartiendo escenario con Cibeles y estrenando pabellones y organización, ha solapado su recurrente sabor a mercadillo ecléctico de clásicos y ultimísimos; de mezclas y  contrastes; de combinaciones forzadas en espacios minúsculos y frivolidades que irrumpen la sobriedad y son carne de cañón de portadas de suplementos y espacios televisivos, con una magnífica selección de dibujantes que han sabido poner en valor su actividad como disciplina autónoma e independiente -respecto a sus mal llamadas hermanas mayores: pintura y escultura- y han ceñido sus diseños al cuerpo de las paredes de cada stand, con un esmerado trabajo de composición, técnica y destreza milenarias.

Tan sólo aproximadamente una tercera parte del espacio expositivo de nuestra feria de arte más internacional –la ocupada por el pabellón 14.1: los proyectos Arco 40, Solo Projects y Brasil: país invitado- ha sido suficiente -en un tiempo record de siete intensas horas de atracón anual- para disfrutar del torrente de propuestas dispares que, si bien otros años cedían protagonismo a la fotografía, el video o la instalación, ahora más que nunca, señalan una transformación en el mercado y el gusto de sus ávidos consumidores –léase compradores, galeristas, artistas, gestores, representantes institucionales, investigadores, estudiantes, críticos, periodistas, curiosos y resto de mortales…- que reclaman con fuerza la libertad de formas, representación y grafías propias del dibujo, a nivel internacional.
 


Como primera apreciación, destacar que en determinados creadores, el dibujo como técnica gráfica, convive con la utilización de diversas prácticas y materiales, que contribuyen a reforzar sus presupuestos teóricos. Éste es el caso de artistas como Rosana
Palazyan (Río de Janeiro, 1963)  y su obra Love Story II -bordado, acrílico y mecanismo de caja de música- que sorprende por el contraste entre su presencia formal, aparentemente inofensiva y pueril y la dureza de la narración expuesta: la violación de un padre que deja embarazada a su propia hija; Amparo Sard (Mallorca, 1973) que utiliza la perforación sobre papel para definir sus figuras femeninas de manera precisa y detallista y encarnar irónicamente la imagen de la tejedora, una profesión ancestralmente asociada a la condición femenina; y el asturiano Iván Pérez (Tineo, 1973), que elabora diseños florales grabando la superficie de antiguos tableros de pupitres escolares.

La mezcla de manifestaciones conviven igualmente en la producción de un único artista; de este modo, Laura Erber (Río de Janeiro, 1979) combina sus trabajos de poesía visual y performance -livro das siluetas, 2004-, orientados por su interés en interrogar las relaciones existentes entre lo verbal y lo visual,  el cuerpo y la palabra y los tránsitos posibles entre ambos, con creaciones en papel, que presentan abstracciones líricas de extrema delicadeza que delimitan el dibujo como pulsión.

Siguiendo con las representaciones brasileñas comisariadas por Moacir dos Anjos y Paulo Sérgio Duarte, encontramos sugerentes propuestas como las de Fabiano Gonper (João Pessoa, 1970), en las que destaca el predominio y la pureza de líneas y la descripción de entornos habitados por personajes anónimos, carentes de rostro. Dicha falta de identidad, aparece nuevamente en las narraciones de Mauro Piva (Río de Janeiro, 1977), cuyas acuarelas de pequeño formato encarnan escenas directas y sencillas, con personajes que dialogan a través del cuerpo y emergen dispuestos sobre mesas, para forzar nuestra visión de espías ocasionales. Asimismo, destacamos la sutileza minimalista de la representante brasileña Debora Santiago (Curitiba, 1972).
 


El trazo efervescente e inquieto, burbujea en manos de autores como Naoko Majima (Aichi Prefecture. Japón, 1944), con construcciones abigarradas y densas, carentes de hilo narrativo, en las que prima la rapidez y el gesto por encima de la factura técnica. En esta misma línea, contamos con los trabajos de Nina Bovasso, bodegones florales de gran formato sobre papel, en los que el color y la expresividad toman protagonismo, mezclando lo gráfico con lo pictórico.

En otro orden de cosas, destaca la preeminencia del personaje descontextualizado, que aparece en instalaciones como las de la Rebeca Menéndez (Avilés, 1976), encarnado en la figura de un grupo de niñas –la misma figura serigrafiada de forma múltiple- vinculadas entre sí, mediante un hilo rojo de lana que las limita, las aprisiona y las conecta; así como, en los dibujos de Marta Serna (Madrid, 1969), que presenta sus recuerdos infantiles con pinceladas de ambientación gótica e intérpretes siniestras, deudoras del cómic y la ilustración gráfica; y la excepcional instalación de Ricardo Lanzarini (Montevideo, Uruguay. 1963), poblada de miniaturas de intachable preciosismo, que definen espacios físicos y psíquicos en torno al concepto de opresión y encarcelamiento; una mirada reflexiva, con matices humorísticos, que no pone límites a la imaginación como única forma de supervivencia y aboga por la ficción intermedia de sus protagonistas; personajes caricaturescos de épocas pasadas que interrogan al espectador y lo arrastran hacia su mundo ficticio; un sobrecargado mapa de sensaciones e intrigas de impredecible final.
 


Otro de los proyectos seleccionados ha sido el presentado por Ingo Giezendanner (Basel, 1975). Empeñado en expandir el dibujo y representar lugares que ha visitado y vivido -Zurich, Estambul o ciudades africanas como Entebbe o Kampala…-, este joven artista presenta un tupido manto decorativo –próximo a la estética del horror vacui- sobre toda suerte de objetos, animaciones y diseños, que aportan unidad plástica y visual a la integridad del conjunto.
 


Finalmente, destacar el espacio reservado para la participación activa del público, en el proyecto realizado por el artista brasileño Tonico Lemos Auad
(Belém do Pára, Brasil, 1968); un escenario motivado por el interés en la expresión de experiencias reales y la percepción engañosa de la realidad donde, mediante unas palomas de grafito y, en un supuesto orden de participación –que las mayor parte de las veces se veía interrumpido por el gesto espontáneo de algún despistado impaciente, que no esperaba el turno y tomaba su herramienta gráfica directamente de un conjunto de palomas exentas de tal función, con el consabido disgusto de su creador-, el visitante estaba invitado a colaborar con total libertad de acción; conformando así, un variopinto mural comunitario.

Sólo me resta decir -y a la vista de lo expuesto hasta ahora está-, que el dibujo toma con fuerza el relevo generacional –y yo me siento felicísima de que así ocurra-, situándose en una fulgurante línea de ascenso, donde confluyen gestos y lenguajes emancipados que representan al hombre actual y su expresión más vivaz y sincera.
 

 
 

 

 

 



Todavía sigue pesando en el arte contemporáneo aquella añeja clasificación que distinguía entre Artes Mayores y Artes Menores, lo que repercute en una injusta valoración de las obras confeccionadas a partir de telas, tijeras, hilos y bastidor. Es mucho más absurdo si tenemos en cuenta que todas las nuevas técnicas y materiales que quedaron exentos de tal ordenación, y que por tanto no les pesaba aquel prejuicio académico, se consideren dignas de la vanguardia, aceptables en pro y beneficio del Arte, como el metacrilato, la fibra óptica o el titanio. Diríase que existiera otra vara de medir si se tratase de la Alta Costura. Considerada sin tapujos como “el arte de la pasarela”, parece incluso aceptable que los modistos transgredan lo puramente textil y utilicen otros materiales, como Paco Rabanne que incorpora metales o plásticos para sus creaciones. Por otro lado, en esa posición casi misógina de los entendidos en lo más actual,  los trabajos de tradición femenina o simplemente “laboriosos”, quedan relegados a obra menor, amable y decorativa; mirados de soslayo en los grandes eventos, se pregunta más de uno quién se dejó la rebequita de punto encima del pedestal...

En fin, podría decirse que en esta edición de ARCO se han colado ciertos trabajos que para más de uno estarían sacados de  una revista de primores. Se trata de tapices, collages de retales y por qué no, bordados y punto de cruz…

No son pocos los que alguna vez se han sentido atraídos por los tejidos y su belleza intrínseca. Robert Rauschenberg se había sentido cautivado por la serigrafía y los tejidos exóticos, como prueba un curioso tapiz realizado por éste con sedas de Samarcanda a modo de colcha de patchwork y que se pudo contemplar en La Caja Negra.
 


Resulta interesantísimo lo que la Coreana So-Young
Choi es capaz de realizar a base de “jeans” o vaqueros. Propio de un “trabajo de chinos” resultan sus paisajes y vistas de ciudades, tanto por la precisión en el detalle, como por la elaborada ejecución. Los formatos pueden ser de lo más variado, desde el tapiz al dorso de una camisa, por supuesto, vaquera. Aunque el jean tuvo unos orígenes obreros, como prenda de trabajo, se convirtió en la principal prenda urbana, símbolo de la civilización occidental. Es tan evidente y común que pasa desapercibido, como el ruido del tráfico, las luces de los establecimientos comerciales o el cielo grisáceo de polución. De contenido  más crítico y social resulta el sudafricano William Kentridge, el cuál lleva trabajando desde el 2001 en tapices cuyos temas denuncian la situación del “apartheid” y la crisis social que acaece en su país. La confección se realiza con lana autóctona trabajada de modo artesanal, a la que superpone con técnicas industriales imágenes de mapas, normalmente impresos y siluetas humanas en negro, a modo de collage. Parte del cine y de las marionetas, pues recuerdan estas creaciones en parte a los teatros de marionetas negras, el teatro de las sombras.

Siguiendo con el teatro y lo popular en su cara más amable, el gran tapiz de recortes de Chelo Matasanz reproduce casi de una manera fotográfica a los “peliqueiros” de Laza (Ourense), son esas máscaras de carnaval de rostros con bigotillos y altos sombreros de ala recogida al frente. Y es que lo popular puede sorprender, como hace Joao Pedro Vale, que en esta ocasión presentó en la galería de Filomena Soares un enorme diablo –Diabrete- recubierto de retales y trozos de telas a modo de curioso pelaje, parece sacado de un museo de curiosidades étnicas, una pieza de interés antropológico más que artístico. Quizás entre sus obras más conocidas estén los Frijoles gigantes o la Medusa, en cualquier caso siempre ha hecho de lo textil su materia prima y de la instalación su modo de expresión. También bajo un conglomerado amorfo de hilos y lanas se presentan las esculturas de Naoko Majima, son sus Objects, que contrastan enormemente con sus dibujos tan delicados y elegantes. Estos seres monstruosos se acercan más a lo desagradable que a lo estéticamente aceptable. Parecen como si alguien hubiera pasado por un pasapurés a una pobre señora que esperaba el bus dejando de ella hilos de carne y lana de su ropa en una mezcla poco digerible.
 


Los que sí parecen se hayan consumido por completo son los dueños de las sudaderas que Keith Farquhar ha expuesto de forma muy original. Volvemos a la sociedad urbana, este tipo de prenda con capucha junto con los jeans son el uniforme del joven urbanita. La artista los manipula, rellenándolos a veces, recortándolos y rajándolos, parcheándolos como una obra de customización, convirtiéndolos, en resumen, en formas metafóricas del teeneger caprichoso y lleno de espinillas que crece en los bancos de plazas sin árboles.
 


Ya son muchos años los que se llevan viendo las obras de Joana Vasconcelos y siempre resultan atractivas, encantadoras y sugerentes. Sus piezas de croché recubren cualquier objeto de la vida doméstica, llevando al paroxismo la afición de aquella señora que compulsivamente realiza pañitos para los brazos del sofá, la mesita del televisor o el rollo de papel higiénico. En ocasiones, un bello bordado ha cambiado la vida de una persona, como sucedió con Alighiero Boetti, perteneciente a los movimientos “povera” y “crafts” que dejó sus estudios de económicas tras descubrir los recamados afganos… aunque si de bordados se trata, los argentinos Leo Chiachio y Daniel Giannone son los que han dejado su puntada en esta edición. Se mueven en una línea completamente kitsch, recordando a los Pierre & Gille franceses o nuestros Costus de los ochenta. Sus bordados sobre pañuelos y servilletas con aires de pintura japonesa poseen ese aire de trabajo escolar que se relaja en lo doméstico.

Ya para terminar y como reflexión, habría que reconsiderar el criterio de lo artesanal y lo manual, pues ¿no es tan artesano en su ejecución aquel pintor que pincelada a pincelada trabaja sobre un lienzo como el bordador que puntada tras puntada lo hace sobre un bastidor? Ahora que se ha superado que el propio artista realice materialmente la obra, aceptándolo como el creador intelectual que encarga desde a un taxidermista hasta a un técnico en aeronaútica, la  fabricación material del objeto artístico, la relevancia de la obra no es su ejecución, sino su significado. Así, la diferencia no estriba en la nobleza de la materia, sino en la gracia del concepto.
 

 
 

 

 

 




“Me encanta trabajar en la calle, teniendo en cuenta la dificultad que ello entraña. Si bien el espacio público es considerado de todos, te das cuenta que, desde un punto de vista político, no somos libres para expresarnos. Por ello es que me encanta la libertad y la anarquía del grafitti, que proyecta un rayo rebelde de luz, al gris cemento urbanita”    Renata de Andrade
 

Lo que más me gusta del mundillo del arte es poder hablar con los artistas tras ver sus obras. No hay nada más gratificante que encontrarse con algo que te gusta, interesarse por ello y que sea la misma persona que lo ha concebido y elaborado quien te proporcione las claves. Lo más curioso de todo es que esta vez me ha ocurrido con dos habituales de la calle, del espacio público; dos artistas que disfrutan de las improvisadas reacciones de los transeúntes y que han cambiado la autonomía de su entorno por la cosmopolita pecera de ARCO. Carlos Contente (Río de Janeiro, 1977) y Renata de Andrade (Brasil, 1960), como dos gotas de spray caídas del cielo, han demostrado que el arte no se concreta por el lugar de exhibición, sino por la capacidad de inquietud que genera en quien lo disfruta.
 


Creador habitual de cómic, amante del dibujo y colaborador del recientemente creado Foro de Artistas por la Integración Latinoamericana (FAIL), Contente entiende el arte como vehículo de transformación social y personal, y  utiliza sus autorretratos realizados con plantilla -aprovechando la efectividad y la rapidez que le permite el medio- para inundar paredes, calles o papeles, contándonos su historia y la de los suyos.

En palabras del autor, “los personajes conforman un mosaico social que recrea las actitudes, condiciones y talantes de los habitantes de su entorno cercano y dialogan íntimamente con la superficie en la que se proyectan”; una personalísima e irónica forma de acercarnos la cultura de su barrio y afrontar de forma comprometida, la responsabilidad que le confiere avanzar –más allá de la simple marca- en “la construcción de un movimiento social que impulse el encuentro de los pueblos y de las organizaciones sociales, políticas y culturales”(1).
 


En el caso de Renata, la calle se convirtió desde muy pronto en fuente de materia prima y de inspiración para sus composiciones.
“Cuando llegué a Ámsterdam era bastante pobre. Recoger basura me impulsó a utilizarla como material en la Escuela de Arte Rietreld. Con mis desechos urbanos empecé a crear mis bodegones o naturalezas muertas. Los países ricos son expertos en desechar y acumular en la calle de todo, así que, gracias a ellos, mi casa está completamente amueblada y decorada con lo que he ido recogiendo en estos años. Todo tiene cabida; desde un frigorífico hasta una muñeca… Posteriormente permanecí ilegal –o eso creí- en Holanda durante casi dos años. Esta situación me llevó a encontrar un paralelismo entre recoger, proteger y/o salvar objetos de la calle, con la situación de indefensión y desprotección personal que viví en aquel momento”.

El trabajo presente en ARCO -que ha hecho saltar la alarma entre la opinión pública sobre los límites del arte actual-  consiste en una intervención que mezcla una serie de retratos sobre cartón con diseños graffiteados y bolsas de basura en primer término. Bolsas que compra por doquier en sus más variadas formas y colores y que componen el buque insignia de sus divertidas producciones –algo similar a lo que ocurre con los autorretratos de Contente-.

Encantada con que su trabajo sea una prolongación del museo en la calle y viceversa, la artista brasileña no pierde el sentido del humor al preguntarle su opinión, sobre los que no consideran arte sus creaciones y responde que “en ese caso, tampoco tendrá consideración con sus desperdicios y basuras”. Así que, si bien es cierto que puede distorsionarnos apreciar trabajos cuyo carácter esencial proviene del espíritu callejero en un entorno consolidado como ARCO, imaginen qué aburrido sería el mundo si sólo existiesen helados de nata.

 

1. Fundamentación del FAIL. http://fahil.blogspot.com/
 

 
 

 

 

 



En la edición de este año con el cambio de recinto y la ampliación de los espacios, ARCO ha ganado en solidez y estabilidad. Como ahora los stands están mejor organizados (a excepción de la planta superior donde todo estaba más aturrullado), la visita a los pabellones es más pausada. Con la llegada de la nueva directora -este es el segundo año de Lourdes Fernández-, la internacionalización se ha convertido en una máxima consumada que ha traído inquietud entre las españolas excluidas, salas que se sienten agraviadas por no poder acudir a una cita que además de darles pingües beneficios, las sitúa en el panorama artístico con voz propia. Las galerías presentes del país invitado, Brasil, no tenían las ideas claras; se han dedicado a dar palos de ciego sin demostrar demasiada calidad ni saber qué querían ni a qué venían. Se nota que es un lugar que todavía tiene que madurar mucho, un sitio donde los buenos creadores o trabajan fuera (caso de Vik Muniz, Damasceno, Beth Moisés, etc, etc), o no han estado suficientemente representados (como le ocurre a Cildo Maireles, artista recientemente galardonado con el Premio Velázquez). Esperemos que la aportación de la nación elegida para 2009, India, sea más fructífera. Ya me dijo un día no hace mucho Norberto Dotor, responsable de Fúcares, que después de los chinos vendrían los hindúes, que esto de las tendencias en el arte es una cuestión de modas.

Respecto a las sensaciones generales, he notado algo muy positivo que ya intuía: la consolidación de la fotografía como un lenguaje en alza y la disminución progresiva de instalaciones y atracciones de feria. Por destacar algunos autores, citar las imágenes de Ángel Marcos, José Manuel Ballester (muy presente), Juan Carlos Robles, Edward Burtynsky (cada vez me atrapan más sus fotos), o Araki (me puede su voluptuosidad.) La escultura se ha comedido (me han gustado las piezas de Javier Pérez y unos volúmenes sorprendentes de Sean Scully). La performance ha aparecido de manera ordenada (se le ha dado un sitio). El vídeo se ha templado (reseñar los de Maggie Cardelús y el de Dionisio González). Y finalmente la pintura, que se ha decantado por valores consolidados y reconocidos, sin aventurarse en exceso ni apostar más de lo necesario. De los jóvenes nacionales, sólo Manu Muniategiandikoetxea y Miki Leal han logrado cautivarme. De los de siempre, además de ver muchos dibujos de Picasso, me he encontrado con cuadros maravillosos de los americanos de toda la vida, caso de Philip Guston, Robert Ryman, Cy TwomblyMotherwell. De alemanes poderosos e indiscutibles como Kiefer, Gunter Förg o Polke. De portugueses como Sarmento o de franceses como Dubuffet, demostrándose con este viraje hacia los clásicos de la modernidad, que en época de turbulencias las galerías prefieren apostar sobre seguro y no arriesgar por encima de lo conveniente.

Para no perderme en generalidades ni en un excesivo detallismo, prefiero centrarme en las diez piezas que más me han convencido de esta edición de ARCO. Podría reseñar bastantes más, pero ya sería un número demasiado alto. Lo único que pretendo es, sin mirar hacia ningún sitio, dejar constancia de aquellas obras que, de algún modo u otro, han logrado atrapar mi atención y comunicarme algo. El orden de presentación es aleatorio, no preferencial.
 


Ángel Marcos. Fotografía

Su última serie de fotografías sobre China me parece, además de poética, de una gran fuerza insinuada. Si en su anterior trabajo sobre Cuba recurría a la ironía para retratar un país lleno de contradicciones, ahora, en otro territorio repleto de contraste, opta por la sugerencia y la insinuación. Paradojas visuales que captan con suma delicadeza los cambios de una nación efervescente que oscila, sin puntos medios, entre las tradiciones rurales más apegadas y la modernidad cosmopolita más avanzada.

Manu Muniategiandikoetxea. Pintura

Uno de los valores vascos más importantes de la última década. Un artista que apuesta convencido por la pintura como género expresivo, un medio que utiliza para deconstruir la realidad e investigar los límites de la bidimensionalidad. Sus cuadros, intensos y de gran tamaño, juegan con los planos y las posibilidades de la profundidad, recurriendo a elementos accidentales -una caja por ejemplo-, para explayarse con los pinceles e indagar en las facultades representativas de la realidad.

Edward Burtynsky. Fotografía

Desde hace ya algún tiempo tengo considerado al canadiense entre mis fotógrafos de cabecera. Sus trabajos sobre canteras, minas o petroleras reflexionan en torno a la explotación de la Naturaleza por la mano del hombre, imágenes de gran belleza que conjugan formas, líneas y colores como si fuesen abstracciones. Además de la profundidad que encierran, las fotos están realizadas con un cuidadoso proceder que lograr apoderarse con maestría de la identidad de estos lugares confinantes.
 

Maggie Cardelús. Videoproyección
 

Maggie Cardelús es, de todos los fotógrafos que conozco, la que presenta sus imágenes de una manera más característica. Las recorta en finas bandas que luego monta entre cristales. Un trabajo muy delicado y laborioso, a la vez que personal, que la distingue inequívocamente del resto de los artistas. De todos modos, la pieza de Cardelús que más me ha sorprendido este año ha sido un video, Zoo Age, una proyección que presentaba miles de fotogramas de la vida de una persona durante una década, de 1996 a 2006, pasadas a cámara muy rápida.

Nobuyoshi Araki. Fotografía

Las sugerentes imágenes de Araki desprenden una pulsión sexual que cabalga entre la voluptuosidad y la insinuación. Su mejor secreto es que dan a entender, que nunca enseñan. Sus fotos mezclan la inocente actitud de las geishas, el atractivo cándido de las púberes y el erotismo perverso de los detalles. Técnicamente son de una factura incuestionable. Sus mujeres, de una sensualidad menos dura que la de Helmut Newton, son más vulnerables y entregadas.
 


Federico
Guzmán. Lienzo e idea

Las piezas de Federico Guzmán, aunque resultan en un primer contacto de una liviana ingenuidad, encierran siempre lecturas muy inteligentes e interesantes. Solsticio de Invierno es un lienzo que representa un campo de girasoles pintado con los tonos exactos de una película fotográfica a color. Inevitablemente al capturar la imagen con una cámara analógica en un carrete, obtenemos un negativo que después podemos convertir en un positivo. En ese negativo tenemos la realidad invertida pero el sembrado de girasoles aparece tal como es al natural. En el positivo se reconoce el contexto pero el cuadro pintado queda como un elemento extraño invertido. Curiosa subversión, muy propia de Lewis Carroll, contradiciendo la consideración habitual del mundo que observamos.

Mp & Mp Rosado. Instalación dibujos / fotografía

Sus últimos trabajos, mezclando fotografía y dibujos inspirados en grabados de Piranesi, conciben lugares imposibles carentes de coordenadas dimensionales. No se sabe bien qué está arriba ni qué esta abajo, si estamos en un interior o en un exterior, desconcierto intencionado que nos atrapa mientras mantenemos la incertidumbre. En el suelo, una inquietante escultura de reminiscencias antropomorfas asemeja un extraño ser doliente.
 


Jean Kounellis. Cuadro

El padre del Arte Povera, un clásico irreverente e incombustible.

Juan Carlos Robles. Fotografía

Juan Carlos Robles une en una misma imagen dos conceptos de significado opuesto que mezclados originan uno nuevo más irónico e inesperado. La llamativa entrada de un cine porno en una casa sevillana de estilo regionalista es un oxímoron visual sin explicación, una antítesis bien resuelta que, poniéndola en entredicho, nos obliga a replantear la identidad hispalense. Unos valores autóctonos muy apegados a este tipo de construcciones neomudéjares, edificios que tuvieron su máximo apogeo en los pabellones que se alzaron en la Exposición Universal de 1929.

Philip Guston. Pintura
 

Como colofón, un cuadro de los años setenta de Philip Guston. Sorpresa y deleite.
 

 
 
 


Créditos fotográficos

imágenes por cortesía de ARCO - Ifema.
 

 
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