| |
|
lafresa_
revista digital de arte contemporáneo [en la red] |
| |
 |
|
“El auténtico espacio público es el de la televisión e internet”.
Así se expresaba el creador alemán Thomas Shütte, invitado por el
ayuntamiento de Londres a realizar una escultura pública que sería
exhibida, con carácter efímero, en el llamado “cuarto plinto” de
Trafalgar Square. El escultor en cuestión no esperaba ganar el
concurso con una obra de corte abstracto y con el apagado
convencimiento sobre la idea de exponer arte en la calle hoy día. De
alguna manera, en tiempos que el arte público se considera una especie
de prueba de fuego por la que deben pasar todos los artistas realmente
pluridisciplinares y comprometidos, esta afirmación vuelve del revés
algunos conceptos. Y siendo realistas, lo cierto es que determinadas
acciones/afirmaciones de las que se cuelan exclusivamente en la red
tienen la capacidad –con su ingeniosa economía de medios- de provocar
un desplazamiento tectónico en toda regla, que ya quisieran para sí
muchas obras plásticas al uso.
Uno de los ejemplos más notorios podría
constituirlo el más famoso de los buscadores google en negro,
el Blackle
(http://www.blackle.com):
Alguien ha teñido de negro el rey de los motores de búsqueda,
aseverando que los monitores que lo manipulen convenientemente para el
rastreo ahorrarían una media de hasta setecientos cincuenta megavatios
por hora al año (sosteniendo la idea de que una pantalla con fondo
blanco consume mucha más energía eléctrica). El efecto es inevitable:
El aleteo de una mariposa allá en un pequeño blog que daba la
voz de alarma deviene en una insondable cantidad de páginas en las que
ahora se debate sobre la necesidad de implantar el fondo negro, en
plena era del cambio climático. De verdades incómodas se nutre la
cultura, como siempre.
|
|
 |
|
No obstante, el Net-Art posee innumerables barreras que se alejan en
mucho del objeto social que el arte público pretende. La más evidente,
a todas luces, es el carácter caótico de muchas de las piezas que
vieron la luz en su todavía incipiente eclosión. La parafernalia que
constituye su envoltura suele basarse en una frenética
sobreinformación que promueve una navegación inquieta e infiel. Véase
el caso desnaturalizado de Absurd
(http://www.absurd.org),
una web que pretende desconcertar al navegante con un recurso más que
explotado por muchos netartistas: La autorreferencialidad; es decir,
aludir directamente a la interfaz que soporta la pieza (por decirlo de
otro modo, dejar al descubierto la estructura y sus errores de
programación), evidenciar la tecnología que subyace y evocar una
belleza impregnada de recursos sígnicos. En esa línea se encuentra un
clásico como Jodi (http://www.jodi.org),
que basa la mayor parte de sus trabajos en hacer visible los códigos
que posibilitan la estructura, enfrentando al internauta a una suerte
de galimatías ilegible atufado de la estética MS-DOS –allá cuando
nuestras pantallas de curvas sugerentes no podían agasajarnos con
dieciséis millones de colores-.
Básicamente, en estos primeros años de
vida, el Net Art ha fundamentado buena parte de sus principios en un
funcionamiento hipertextual (hablando claro, el de textos que remiten
a otros textos mediante enlaces), incidiendo en soluciones
laberínticas en las que rara vez se saca algo en claro. Como en
aquellos maravillosos libros juveniles de los ochenta, elegimos
nuestra propia aventura, pero es tan fácil que perdamos el hilo de
Ariadna y desistir como acudir a nuestra particular bandeja de
descargas ilegales para echar el rato. ¿Cuál es si no la vigencia de
nuestra visita a sitios como Form
(http://www.c3.hu/collection/form/index1.html),
que plantea toda una respuesta estética a partir de los habituales
formularios convenidos en la red para hacernos con un correo
electrónico o un diario personal?
|
|
 |
|
Al margen de las dificultades, este Arte en Red,
que se regocija en los medios recién encontrados por la cultura de los
noventa, ha proporcionado un interesante discurso paralelo a lo que ya
experimentamos en nuestra navegación cotidiana: Que dejamos de estar
bajo el yugo de la linealidad de la información; que un concepto puede
estar en más de un casillero clasificatorio, y que se puede llegar a
un destino (deseado o no) por multitud de afluentes y vasos
comunicantes, superando la antigua barrera enciclopédica del índice y
el subíndice. El Net Art (el que tiene como raíz de su ser la
conciencia de estar en Red) se plantea así como enorme planta
rizomática, que puede hacer florecer sus bulbos aquí y allá
descollando de entre lo organizado que será siempre el empeño
científico del ser humano.
En este sentido, existen iniciativas que
consisten en desplegar interminables laberintos: El inconmensurable
dédalo hipertextual Blather
(literalmente, tonterías; en
http://www.blather.newdream.net),
que se define a sí mismo como un “Manojo de palabras, esparcidas
por una retorcida y serpenteante web de palabrería, perspicacia y
placer absurdo”, sería uno de estos imposibles callejeros de la
desorientación gratuita. Lo más fascinante del sitio en cuestión,
salvando la extrema sencillez de su diseño, es la posibilidad de que
cada visitante tenga la oportunidad de añadir definiciones propias de
palabras que, al ser agregadas automáticamente, generan nuevos
vínculos –pasadizos, vericuetos, puertas- a otras estancias del
imaginario enredo. Como plasmación de este concepto, no deja de ser
curioso que diversas entidades y colectivos artísticos han
desarrollado la idea del Net Art como algo cooperativo, en lo que
entra en vigor la base imprescindible de red social como cauce de
intercambios.
|
|
 |
|
Resulta muy hermoso que dichas estrategias hayan desatado una nueva y
flamante pasión por los laberintos –algo tan antiguo como el Palacio
de Cnosos y las leyendas en torno a él-, construyendo además una
interesante metáfora de internet. Así, por ejemplo, se desarrolló el
proyecto Tol tol tol –un laberinto
virtual que se reestructura constantemente- (http://www.iua.upf.es/~jferrer/tol/),
cuya metodología de investigación generó a su vez una interesante
réplica física, Tol tul tol,
prevista como una estructura de pilares y puertas que queda sujeta a
la reconfiguración del espacio por los propios visitantes –que pueden
correr y descorrer cerrojos para modificar la utilidad de las
puertas-. En sintonía con esos preceptos, el coreano
Kuyuchul Ahn, con su instalación
Forty-nine rooms, plantea un juego mediante
cuarentaynueve habitáculos intercomunicados por puertas convencionales
que requieren una acción inmediata por parte del público. El mismo
espíritu lo podemos encontrar en el simpático laberinto
Cajacabeza, que modifica la percepción del
individuo a partir de algo tan sencillo como cajas de cartón
suspendidas del techo de la sala de exposiciones, que obliga a la
rápida toma de decisiones.
La preocupación final
de estas empresas pasa por la toma de conciencia de admitirse perdidos
en un océano de información. Diversos sistemas informáticos han
tratado de topografiar internet, con el consecuente abismo que esa
actitud refleja. Como advierte el dicho popular, a veces los árboles
no dejan ver el bosque. En la red se hace muy difícil tener una idea
sólida de las estructuras, y apenas somos capaces de imaginar
determinadas magnitudes en relación a los recorridos que trazamos en
una hora de navegación. Podríamos convenir una conclusión resignada,
en la que admitimos que la red es el jardín de los senderos que se
bifurcan [*], con infinitas posibles salidas. Pero, realmente,
¿quién desea salir?

[*] Obra de Jorge
Luís Borges.
|
|
| |
| |
 |
| |
| |
 |
|
Yo apreciaba el arte renacentista y detestaba la verticalidad. Yo
orinaba sentado y acostumbraba a confeccionar listas de buenos
pensamientos. Yo gustaba a las mujeres porque era tan respetable a
mediodía como respetuoso pasada la medianoche. Pero no tardé demasiado
en granjearme la enemistad tanto de las damas de más alta alcurnia
como de las púberes de vida más intemperante. Después de tres noches a
mi lado, todas las féminas sin excepción sufrían un mortal
aburrimiento. Bostezaban y acto seguido abandonaban mis brazos. Así
vinieron días aciagos en que cuanto más a destajo amaba yo, más
fracasaba estrepitosamente en los asuntos del corazón. Pronto agoté
mis depósitos de tristeza y mi existencia se tornó en un valle sin
lágrimas. Mi córnea y mi pañuelo de color índigo padecieron de
desertización. No se me ocurrió nada mejor que vagar.
No
hallaba besos ni trabajo a mi medida. Estaba bajo mínimos y vivía a la
última pregunta. Ante mis ojos se extendía la alfombra del mundo con
su halo de ciencia infusa. Desarrollé insólitas manías como asearme a
cada rato. De tanto frotarme se esfumaron de mi piel las líneas de la
mano y las huellas dactilares. Para teñir mi drama de ironía y restar
importancia a mis males, me consolaba pensar que yo ostentaba el
título de campeón mundial de ducha libre. Pero nada de cuanto me
acontecía tenía ni pizca de gracia. Hasta que una tarde pensé que
hacer el bien supliría mi infelicidad. Estaba convencido de que
vencerían mi congoja labores como ayudar al prójimo o indagar en
Internet en busca de foros filántropos, organizaciones no
gubernamentales y terapias alternativas. Pero recalé en una página
pornográfica donde se ofrecían esculturales cuerpos de mujer que por
mucho que yo me emperrase nunca habrían de ser de mi propiedad.
En
las horas siguientes descubrí para mi sorpresa y con lúbrica
obstinación que las voluptuosas jóvenes del ciberespacio sí eran mías
en cierta manera. Para procurarme placer, no tenía más que pulsar un
botón y arrancaba el espectáculo. Actuaban para mi y me brindaban las
más intrincadas posturas de las que tiene conocimiento el ser humano.
Yo me sentía como el mago de Oz porque movía los hilos de un
maravilloso sueño que duraba justamente el tiempo que yo quisiera.
Hasta puede decirse que de pronto era feliz y que los meses de desidia
habían tocado a su fin en mi mustio calendario. Sin embargo, mi dicha
duró lo que tarda en quebrarse un espejismo contra la arena del
desierto. Sin una justificación aparente estalló la guerra en la red,
empezaron el bombardeo y la mala fe y yo fui testigo de cómo
degradantes misivas inundaban la bandeja de entrada de mi correo
electrónico.
|
|
 |
|
Entre varios centenares de escalofriantes mensajes, destaco a
continuación dos. Watson López escribió en el asunto Become a real man
para persuadirme en el cuerpo de texto de alargarme el pene por una
módica cantidad de la misma forma que Amaury Fong escribió Do you want
to be a hero in bed para persuadirme de adquirir a bajo precio viagra,
la codiciada gragea azul que dota de hombría a los individuos más
desmañados. Tras sucesivas y metódicas lecturas, un gong retumbó
dentro de mi cabeza y vi la luz. O al menos eso me pareció.
Inmediatamente me convencí de que mi principal problema con el sexo
contrario radicaba en mis pésimas artes amatorias o en el reducido
tamaño de mi miembro viril. Ninguna mujer había tenido nunca la osadía
de decirme la verdad. La reata de fogosas hembras que había tenido a
bien desfilar por mi tálamo se había reído de mi y la mera conjetura
de mi continuado patetismo me hizo flaquear. No recordaba la última
vez que se me había humedecido el lagrimal cuando entonces sentí que
afloraba por mis ojos un torrente de lava, rompí a llorar y por un
momento barajé la posibilidad de dejar fluir mi sed de venganza. Pero
no. Aunque imperfecto, yo era un hombre de bien, no dado a los ataques
de ira, y debía proceder como tal. Abanderé el aislamiento y el
ostracismo por no toparme con nadie que supiese de mis deficiencias.
Pero se corrió la voz y en el perímetro se instaló la rumorología.
Varias veces aguanté bajo el agua la respiración, prendí fuego a mi
hogar y me clavé en el cuello el cuchillo del jamón con tal de no oír
la cruel burla del vecindario. Pero nada. Ni para quitarme la vida
servía. Algo o alguien desde el más allá escondía un afán siniestro
por perpetuarme en mi errático, que no he dicho erótico, paso por el
siglo veintiuno. Por no contemplar mis mórbidos genitales y evocar mi
tragedia, aprendí a orinar con la cabeza vuelta del revés. Mi
vergüenza habitaba las antípodas del vigor y mi orgullo estaba
reducido a cenizas. Pero me sobrevino el desastre y me erigí en el
rigor de las desdichas cuando sufrí graves episodios de cefalea
tensional y pasé las noches en vela con severos brotes de parestesia y
bruxismo. Entonces opté por replantearme mi actitud ante a la
adversidad. Llegué a la conclusión de que tenía que releer todos y
cada uno de los correos que tanto habían mermado mi autoestima y
actuar en consecuencia, aunque yo hubiera sostenido siempre que es de
débiles pensar que cuando el enemigo es más fuerte que tú hay que
unirse a él. De ahí que comprara en el mercado negro tres cajas de
viagra y me hiciese con las señas de la clínica donde intervenían
quirúrgicamente a todos los hombres con sueños de grandeza.
Los
datos recabados en Internet llevaron mis pasos a un desvencijado
edificio de las afueras, desprovisto de rótulo alguno que certificara
su condición. Nada más verlo pensé que por su apariencia bien podría
ser cualquier cosa antes que un hospital. Por ejemplo, un matadero
clandestino o el templo abandonado donde una secta obscurantista
rendía culto al ángel caído. Dentro me aguardaba, previa cita
telefónica, la doctora Cedrón, natural de Tucumán, Argentina, y su
enfermera de buen ver. Tras dos horas de espera, la doctora se puso
unos guantes de látex y con suavidad posó sus gélidos dedos en mi
entrepierna. Seguidamente y sin soltar la base de mi pene, confesó
llevarse una grata sorpresa porque no se explicaba qué hacía yo allí.
Según ella, rebasaba con creces la media nacional y no precisaba de
intervención alguna sino de una terapia para combatir mi adicción,
ingentes cantidades de hielo y bromuro para bajar la erección y sobre
todo tomarme el sexo con calma. Llegado ese punto, no me quedó más
remedio que decir la verdad y reconocer que tres horas antes había
ingerido nueve pastillas de viagra. Aquellas profesionales se
alarmaron sobremanera y me comunicaron su intención de operarme de
inmediato dado que mi miembro corría el riesgo de gangrenarse. De lo
sucedido después no soy consciente porque en cuestión de segundos caí
en un sueño dulce y reparador. Era la primera vez en mucho tiempo que
dos féminas se preocupaban por mi. Las luces del quirófano se
volvieron rojas y ellas se desnudaron despacio. Se besaron con
vehemencia y poco después la doctora me rogó encarecidamente que la
sodomizase. Obediente, que no he dicho impotente, yo era conocido como
Príapo, abrí su piernas y me precipité encima. Pero de repente todo
acabó, ella desapareció entre mis brazos y las tinieblas con sus púas
silenciosas se cernieron sobre mi.
Semanas después encendí mi pequeño mac y pinché dos veces el
navegador. Escribí mi contraseña y accedí a la bandeja de entrada de
mi correo electrónico. Tenía un millar de mensajes de mujeres ávidas
de hacerme el amor y otro millar con chocantes postulaciones. A
continuación destaco dos. Roberto Welles escribió en el asunto Return
to normal para persuadirme en el cuerpo de texto de reducirme el pene
gratis del mismo modo que Fuyuko Sanz escribió Don´t behave like an
animal para persuadirme de aceptar un lote regalo consistente en dos
rollos de cinta americana para contener de madrugada mi habitual
hinchazón y tres kilogramos de un potente anestésico para equinos,
todo lo cual me hace sospechar ahora que la doctora Cedrón, atendida
siempre por su enfermera, determinó en última instancia, y haciendo
gala de su ilusorio código deontológico, alargarme el miembro una
docena de centímetros. No encuentro palabras para expresarle mi
gratitud.

|
|
| |
| |
 |
| |
 |
|
[EXPOSICIÓN] Emergentes,
Laboral Centro de Arte, Gijón. Hasta 30/03/2008.
Entró a formar parte de nuestras vidas como un torbellino hinchado,
haciendo temer a muchos, ilusionando frescamente a otros. Sus
manifestaciones ponían en crisis muchos de los criterios clásicos que
definen el arte y sus actores necesarios, en cambio, abría la puerta
hacia nuevas posibilidades inciertas y sugerentes, caminos arriesgados
que ponían bocabajo conceptos tradicionales como autoría y formato, y
que, irremediablemente, nos zarandeaban para después soltarnos en
nuestra realidad más inmediata.
El
arte electrónico, con sus miles de variables yuxtapuestas sin
complejos, se ha establecido dignamente entre los formatos artísticos
y expresivos de numerosos creadores. Como en la fotografía, habría que
diferenciar al artista que se vale del medio electrónico para crear, y
del informático o ingeniero que emplea la herramienta mejor que nadie.
Sin embargo, su existencia irrefutable se ha abierto paso y permanece
ingrávida a nuestro alrededor, sin que ya nadie recele de ella.
Quizás
una de las mejores costumbres del ser humano es la querer entender
siempre su entorno y las alteraciones que en él se producen a partir
de una variable clave. La exposición Emergentes, muestra
la visión crítica de diez artistas latinoamericanos sobre el arte
electrónico que se viene desarrollando hoy día, y pretende
precisamente dar respuesta al mundo contemporáneo a través de la
investigación de los posibles usos de artefactos tecnológicos. Dejamos
completamente atrás la idea contemplativa de la percepción artística
para zambullirnos en la acepción de interactividad, necesaria e
indispensable para poder recorrer en paralelo los discursos creativos.
¿Es este un problema? Es decir, ¿estamos preparados y tenemos
capacidad para entregarnos a la nada desdeñable tarea de interactuar?
|
|
 |
|
La instalación de Rafael Lozano Hemmer (Ciudad de México,
1967), por ejemplo, no podría tener entidad sin la ayuda del que la
mira. Almacén de corazonadas es una habitación donde se
ubica un aparato con dos tubos a los que debe asirse el espectador. En
el momento del contacto quedarán registrados los latidos de su corazón
a través de un interfaz que se iluminará al mismo ritmo cardíaco. En
el momento en que soltemos, esta señal pasará a una de las casi cien
bombillas que recorren la sala, compartiendo vida con los anteriores
latidos que se han ido grabando. Compartir la vida y el pulso vital,
compartir el entorno y la existencia aún siendo desconocidos…
Divergencia Diferente de Cero, de Mariano Sardón (Bahía Blanca, 1968) aborda la cuestión de la
ambivalencia del lenguaje proyectando en dos libros en blanco palabras
extraídas de discursos filosóficos y artísticos, con diferentes formas
y colores. Es el espectador, a través de los ruidos que pueda generar,
el único capaz de activar el sistema y hacerlo dudar del discurso
verbal, produciendo un intercambio de textos y un desbordamiento de
las palabras que no saben ya si ocupar los libros o el espacio
infinito. De nuevo, es el ser humano el que interactúa con la
tecnología y la ciencia, que a su vez, altera nuestros comportamientos
y hábitos sociales. Extraña combinación.
|
|
 |
|
La directora, guionista y productora cinematográfica Mariana Rondón
(Caracas, 1966) ha contribuido a esta muestra con una instalación
mecánica de fuerte valor poético. Llegaste con la brisa 1.5
es el título de una máquina con dos brazos que elabora grandes y
delicadas pompas de jabón, donde se proyectan imágenes de organismos
que luchan por sobrevivir. Son estas escenas de gran dramatismo pero
sutil belleza, que adaptan su tiempo al nuestro, ya que su existencia
esta ligada directamente al tiempo que dure la burbuja en romperse,
coordenadas temporales que también rigen nuestros segundos
contemplativos… Asistimos en directo a las muertes inevitables, y esta
vez, no podemos hacer nada, tan solo observar.
|
|
 |
|
En otro punto diferente pero igual de estimulante en este discurso
híbrido de arte, tecnología, ciencia y sociología, se encuentra
8520 S.W.27th Pl., la escultura robótica que presenta
Fernando David Orellana (San Salvador, 1973). En ella participan
seis robots bicéfalos de apariencia idéntica cuyos cuerpos se
encuentran encapsulados en espacios tubulares con apariencia de casas.
Cada robot tiene limitado su desplazamiento linealmente y su recorrido
restringido espacialmente. Se trata de una obra que intenta simbolizar
el proceso humano a la hora de tomar decisiones, donde surgen siempre
contradicciones, voluntades que se escapan de nuestro control e
intereses contrarios que nos hacen sentir impotentes. Orellana
ha ideado unas luces intermitentes que se incrustan en las cabezas y
se presentan ante nosotros como indicadores del esfuerzo que les
cuesta conseguir definir sus acciones. Sería interesante poder evaluar
cuánto esfuerzo consumimos en unas decisiones y en otras… Y de paso
descubrir lo que les ha costado a ciertos personajes cambiar el
destino de las cosas…
Parece
claro que el formato electrónico da un paso más al exigir una
predisposición totalmente diferente por parte del espectador. Del
mismo modo, la experiencia perceptiva se convierte en una experiencia
no sólo reflexiva sino también activa y reveladora, donde podemos
aprender tanto como estemos dispuestos a aportar. Pero en cambio, un
problema a afrontar es que requiere una alta especialización del
receptor en materia tecnológica para entender el discurso en su
totalidad. Aunque mientras las máquinas las hagan los hombres, la
huella humana seguirá guiándonos en nuestros periplos.

|
|
| |
| |
 |
| |
| |
 |
|
He de reconocer que un cable puede cambiarme la vida. Esta conexión
con el mundo (aún me resisto poéticamente al modo de vida wireless,
considérenme una romántica) ha propiciado que permutase muchas tardes
soleadas por considerables lumbalgias, provocadas por la antiergonomía
y la falta de higiene postural que deriva de mi obsesiva pulsión por
el cruce de piernas aún encontrándome sola en casa.
Todo empezó, claro
está, cuando me hice con una cuenta gratuita en Hotmail,
quizá el peor servidor de correo electrónico -¿todavía soportan sus
innumerables inconvenientes y ese horrendo color azul?-; desde
entonces ha llovido mucho, he acumulado casi una decena de direcciones
que se solapaban convenientemente (siempre anhelando la perfección), y
me sería imposible recordar los password que han sido
necesarios para acceder a los mil y un servicios imaginables en la
Red. Tal fue la adicción que mis peores pesadillas consistían en
despertar en un mundo donde todo estaba escrito en Times New
Roman, lo que según mi terapeuta de aquellos años –que
abandoné después de mis escasos avances- evidenciaba determinadas
frustraciones desencadenadas en el pasado.
La gran crisis se
hizo patente cuando anduve adscrita al sinfín de redes sociales que
iba encontrándome por el camino. Una inaudita compulsión me arrastraba
periódicamente a comprobar cuántos usuarios anónimos habían pasado por
mis espacios virtuales, en la intención de reafirmar mi identidad.
Todo ello, desencadenado a partir de aquella aplastante sentencia que
un buen día llegó a mis oídos: “No eres nadie sin un Myspace”.
Muy a pesar del diseño –tan anacrónico que todavía atufa a los
nineties, pero en el peor de los sentidos-, el lado de la balanza
de las estadísticas se inclinó a favor de obtener también uno de esos
websites a cambio de más publicidad no deseada. Experimenté
vidas paralelas en Second Life y hasta en el
infantiloide Hotel Habbo (http://www.habbohotel.com), lo cual supuso un serio
problema para mis pestañas, para mi organización del tiempo y hasta
para una visión real de mí misma –ya que empezaba a sentirme como una
púber con problemas de familia desestructurada, a mis cincuentaypico
años-. Adentrarse en sus estancias supone visualizar el mundo en
perspectiva isométrica y tintas planas, formar parte de un histriónico
universo kitsch y dejarse subyugar por un resolutivo aire retro
que es como una bocanada de aire fresco ante el empalago de las nuevas
realidades virtuales, de un hiperrealismo casi pompier.
|
|
 |
|
Salvado el obstáculo –me obligué a cancelar la mayoría de mis espacios
inútiles, enviándolos al cementerio de webs que deben hacinarse
en algún harddrive lejano-, hoy por hoy apenas consulto mi
bandeja de entrada y casi no publico en mis bitácoras, que patentizan
un deplorable abandono. Sin embargo, y casi como una rémora de
aquellos días gloriosos en el Habbo (cuando me divertía
colarme como una colegiala absurda entre teenagers ávidos de
socialización), sigo buscando bellos ejemplares de la estética del
píxel.
El dichoso cuadradito
en cuestión es la herramienta por excelencia. Representa la unidad
mínima –como el átomo- de color, y la medida en que se calibran las
imágenes de muchos fotógrafos y videocreadores. El artista Craig
Robinson (http://www.flipflopflyin.com) compone un brillantísimo relato ante la fascinación que
puede ejercer en nosotros tal pizca de casi nada: Boy meets
pixel
(http://www.flipflopflyin.com/boymeetspixel)
es una de esas animaciones que han sido proyectadas para
difundir exclusivamente por la Red; se distribuye en ocho interesantes
capítulos y desgrana los devaneos de seducción y consecuente cortejo
entre un muchacho corriente y una chica-píxel (representada como un
minúsculo punto rojo) que posee intereses propios. Aparte de una
secuenciación inteligente, esta microserie alardea de su aparente
escasez de medios, que consigue enfrentarnos al problemático mundo de
las relaciones interpersonales actuales –tan mediatizadas por la
tecnología- con una estética abrumadoramente minimal y un
regusto decadente que parafrasea el estilo de las viejas computadoras,
en un lenguaje sin embargo vigente. Otra de las delicias de este autor
es Minimoma (mini museo de arte moderno, en
http://www.flipflopflyin.com/minimoma), una visión
estremecedoramente entrañable sobre las motivaciones que nos empujan a
visitar los templos del arte. Obras de Damien Hirst –no falta el
tiburón ni la oveja- o Rothko quedan reducidas a unos cuantos puntos,
aunque perfectamente reconocibles, en las diáfanas y minúsculas salas
de exposición. Resulta conmovedora la lectura de las notas al pie de
este trabajo, donde Robinson detalla las inquietudes individuales de
cada uno de los personajes que aparecen ante las obras. Entre el cajón
desastre de su Flip Flop Flyin –la web del autor-
encontraremos, entre otros exquisitos agasajos, el retrato mínimo de
conocidas personalidades (Minipops, en
http://www.flipflopflyin.com/minipops) desde Edgar Allan
Poe a Yoko Ono, pasando con cierta gracia por Marylin Manson o el
Chavo del 8.
|
|
 |
|
Existe toda una subcultura del Pixel-Art, que considera los
diseños gráficos realizados en este sistema una manifestación
artística de evidentes vínculos con el puntillismo (la idea básica
consiste en la consecución de tonalidades y matices mediante el
entrelazado y las tramas de puntos con color propio). Muchos de sus
diseños más básicos –bidimensionales- han rebasado los límites de la
fama y generan tendencias, como los Space Invaders de
las viejas consolas, dibujados por Toshihiro Nishikado para
Taito Corporation en 1978. Recordemos un interesante remake de esta
saga en el trabajo de street art del artista que actúa bajo el
pseudónimo invader desde París y en todo el mundo (http://www.space-invaders.com), situando en
paredes anónimas mosaicos de cerámica cuyas teselas componen las
populares siluetas de otro planeta.
Sin embargo, el
estilo más presente es el isométrico, que produce una frágil sensación
de tridimensionalidad, y que diversos artistas han usado
principalmente para recrear entornos urbanos. Un icono ya clásico de
esta práctica sería E-Boy (el acrónimo de electronic boy,
o chico electrónico), un colectivo artístico formado en 1998 por
Steffen Sauerteig, Svend Smital y Kai Vermehr, con
sede en Berlín (http://www.eboy.com), que es acreedor de un abrumador currículum a sus
espaldas, y se ha servido de su potencialidad imaginativa para andar a
medio camino entre el arte, el diseño gráfico y la publicidad,
elementos que se funden sin barreras palpables. Este trío de noruegos
se han dejado seducir por el fulgurante caleidoscopio de las
megaurbes, con sus altisonantes rótulos luminosos y sus
edificios-escultura, para reinterpretar Tokyo, Nueva York, Londres,
Berlín o Colonia.
|
|
 |
|
El Pixel-Art llega a la categoría de movimiento, mediante un inusitado
interés por la reproducción arquitectónica. De un lado, los
pixelartistas recrean construcciones ya existentes, y de otro
reproducen fantasías casi inedificables al modo en que los flamencos
pintaban ciudadelas imposibles en los fondos de sus paisajes o los
orfebres del gótico erigían maravillosas custodias de plata como
plasmación de preocupaciones estéticas sin viabilidad en la piedra. De
este modo se anda erigiendo Icon Town (http://www.icontown.net), una ciudad
virtual que es al mismo tiempo una red social de pixelartistas –lo que
enfatiza el grado de colaboración que actualmente ha adquirido una
parte importante del arte en Red- ideada por Brend Holzhausen.
Cada usuario participante se hace con una parcela virtual y levanta
allí su edificio, en el estilo que desee aunque cumpliendo con las
premisas acordadas (gráficos en perspectiva axonométrica de 32 x 32
píxeles); el edículo se convierte en perfil de acceso del artista, y
en un modo de contactar con él. Como muestra de algunas de las
creaciones aportadas a esta singular metrópolis, podremos encontrar la
versión mínima del emblemático edificio Turning Torso –Santiago
calatrava-, el Guggenheim neoyorquino o la casa de Falling
Water –ambos de Frank Lloyd Wright-.
La potencialidad de
este modus operandi está aún por explorar; si consigue obtener el
respaldo con que se han hecho otras corrientes –el estilo superflat
de Takashi Murakami se expande por oleadas-, puede deparar muy
sabrosos bocados al arte, dentro y fuera de internet. A mí, tal y como
se veía venir, me ha deparado mucho insomnio y un irremediable temor a
tener que usar lentes.

|
|
| |
| |
 |
| |
 |
|
"Las cosas no tienen que pasar para ser verdad,
cuentos y sueños son la sombra de verdades
que perdurarán cuando los simples hechos
sean polvo y cenizas,
y olvido."
The Sandman , Neil Gaiman
Tomado
del fotolog de malditanita, 07/07/2006
http://www.fotolog.com/malditanita
Intentando organizar las ideas para parir este artículo, descubrí en
la voz de Jesús Carrillo
[1]
dos
certezas en las que basar mi reflexión. Primera:
“no
existe una genealogía unitaria del arte en Internet, ni tampoco existe
un arte en la red que pueda identificarse como perteneciente a un
género autónomo situado más allá de las modas que organizan la escena
artística fuera de la red”.
Segunda: “la generalización imparable del
uso de la red y la asimilación, aparentemente natural, de su lógica
dentro de los ritmos de la vida cotidiana han ayudado a disolver la
imagen de Internet como un medio autónomo y homogéneo, disipando los
últimos reductos del espejismo de la existencia de un nuevo y
reconocible género artístico fundamentado en la red”.
Sin lugar a dudas, al margen de las prácticas artísticas
específicas del net.art, Internet se ha convertido, en los
últimos tiempos, en escenario de difusión e interacción entre
creadores. Un universo de posibilidades reales donde el sujeto
virtual, dotado de una identidad que le hace culturalmente reconocible
para sí y ante el grupo, se expresa libremente sin las imposiciones
físicas, geográficas, sociales, económicas, institucionales y
políticas del mundo real, para tejer colectivamente mundos
imaginarios, paralelos y autónomos, que permiten una intensificación
de la experiencia real.
De hecho,
actualmente la red Internet se nutre de los impulsos comunicativos de
millones de individuos y de la capacidad de imaginar entornos
colectivos sin barreras. Cada vez más, triunfan las redes sociales
interconectadas con nuestro día a día, con nuestros hábitos y nuestra
cotidianeidad. A través de espacios gratuitos como fotolog,
se comparten experiencias, imágenes y reflexiones, multiplicando los
contactos y la comunicación eficaz entre personas de similares gustos
e inquietudes. Basta navegar un poco o crear tu propio espacio, para
descubrir un mundo creativo ilimitado -al margen de cauces
institucionales de diferente ritmo-, capaz de ofrecer una imagen más
compleja y dinámica del trabajo y la personalidad de artistas que
utilizan dichos medios como plataforma para mostrar sus obras,
canalizar sus impulsos, relacionarse con otros autores que comparten
gustos y aficiones, reflexionar, opinar o simplemente, como una forma
más de estar en el mundo virtual.
|
|
 |
|
Éste el caso, de la joven diseñadora, Ana Sender (Barcelona,
1978), que mantiene su fotolog desde el 2005, gracias a la ayuda de
una amiga que “le hizo uno porque
–según ella- no tenía ni idea de
lo que era” y que confiesa empezar utilizándolo como una
especie de terapia para sí misma. “Cada
día llegaba a casa y escribía lo que me apetecía y lo acompañaba de
una imagen, sin pensar, sin tener en cuenta quien lo iba a ver”.
El
aumento vertiginoso del número de internautas que diariamente visitan
y escriben mensajes en su flog, le ha llevado a afirmar que
siente cierto vértigo.
“Aunque luego se me pasa…y sigo haciendo lo que me
apetece”
y a
confesar que gracias al medio, le han surgido muchas oportunidades
laborales, en el campo del diseño y la ilustración. Sin ir más lejos,
el suplemento del País, EP3, publicaba el pasado día catorce de
diciembre un artículo sobre sus trabajos que incluía una pequeña
entrevista. Este mismo suplemento, posteriormente, el viernes
dieciocho de enero, contenía un original dibujo para acompañar un
texto de Andrés S. Braun sobre videojuegos.
Si hay algo que defina el fotolog de malditanita es grandes
dosis de imaginación y delirio creativo. A través de la
sucesión de sueños y experiencias increíbles nos acercamos al
personaje y la persona; un diario apasionante que te invita a seguir
navegando, sonriendo y disfrutando de su inclasificable universo
virtual.
Salvando diariamente el calendario fotologuero, vamos
construyendo su identidad y la de sus personajes; a veces disparatada,
a veces cercana, pero, sobre todo, espontánea. Consciente de que
sus palabras son demasiado honestas y raras, y que su voz no les hace
justicia, Ana declara que "tiene la valentía
de cantar su propia canción" y esto, hoy día, bajo el
filtro-camuflaje de los artistas tras la institución, la prensa o el
circuito de exposiciones correspondiente, sabemos que es bien difícil.
Dotada de una extraordinaria capacidad inventiva y, a sabiendas de los
riesgos que conlleva habitar mundos paralelos de naturaleza inestable,
asume el reto con energía y nos inunda de la apariencia ilógica de sus
sueños, impregnados de deseos misteriosos y alejados de todo contacto
con la realidad. Con abierta naturalidad, nos presenta un variopinto
mundo de personajes ficticios –entrañables compañeros como
corcobusilla,
conguitovampiros
o
mariprespituta o
protagonistas de
divertidos diálogos como mustia y el señor césped, delirio o
barnabás- y reales –como su gato potter; al menos eso nos
hace creer…- con los que conversa y a los que utiliza, para
poner en su voz pensamientos propios.
La variedad y
disparidad de diseños que acompañan las reflexiones del flog,
parten de dos secuencias creativas diferentes; de una parte, los
llamados pintarrajeos y dibujos de hablar por teléfono,
bosquejos automáticos de una sola tinta –normalmente realizados con
boli bic- que le llevan a pintar en cualquier sitio –ya sean
post-its,
facturas o tickets del super-
y de otra, los
diseños elaborados, de grafismo detallista, con fondos muy cuidados y
amplio dominio de la perspectiva y el color –que le sirven para
encontrar la calma. “Me
relaja hacer cosas así como de rallarse mucho con los detalles”-.
Composiciones simples y livianas o alejadas del purismo y cercanas al
collage, donde aparece de forma continuada la presencia del lobo
como identidad; compañero de aventuras y desventuras y protagonista de
innumerables acciones que, bajo la apariencia agreste de incipientes
caperucitas lobeznas con pezuñas y peludas patas, representan la
personalidad transmutada de su creadora. Todo ello, plasmado en sus
libretas de la salvación, como gusta llamarlas y a las que alude
constantemente como punto de encuentro.
|
|
 |
|
Otro de los descubrimientos que podemos hacer visitando dicho espacio
es la selección de rasgos que conforman su personalidad; desde los
recuerdos de la infancia, en los que confiesa su gusto por lo
siniestro, -“mi
favorito era un cuento de una niña que se caía en un pozo y la
pintaban con unas ojeracas que parecía un muerto...no sé. Me
gustaban hasta los grabados de Goya...”-
y las revisiones de sus primeras cartillas para dibujar líneas
siguiendo los puntos y colorear flores, en las que alteraba las pautas
y decidía pintar por libre, hasta las continuas alusiones a lo
indefinido -“no se está mal en los
lugares blandos e inestables”-, los pensamientos obsesivos, la
hiperactividad, el estrés, -“no hay
tiempo, no hay tiempo… tengo que hacer diez mil dibujos por minuto”-,
la confusión, el desorden, -“ya he vuelto
a perder la brújula”. “No tengo constancia ni control ni nada de
nada...”- o los razonamientos que le llevan a describirse como
“la menos práctica del universo”, “un
poco ida”, “loca” o
“bicho raro” y a desahogarse con
gritos dibujados cuando algo no funciona.
Finalmente, y tras este variopinto retrato de una joven que despunta y
abre brecha entre los usuarios que la visitan; que además ha tocado en
varios grupos, ha hecho programas de radio en emisoras independientes
y diseña complementos en Barcelona, sólo me resta decir, que os invito
a compartirla y a disfrutarla porque como dijo aquel:
“No hay nada malo en pasar por loco, si
en realidad lo que uno está haciendo es inteligente”.

Epílogo
Querida anita:
Sigue
soñando con la señorita “Rotelmeyer” en paracaídas y con cola de
pez y con ratones vestidos de “papanoel” andando en fila india hacia
no sé donde; o con meriendas de pan nocilla con mujeres que se
ríen con dos bocas; o con viajes en flotador y piscinas de
escritores vestidos.
Sigue
soñando que el mar está cuesta arriba y las olas te toman el pelo y
nadie se baña; o que te enamoras de un centauro verdoso; o con
ir a la fiesta del aire, donde se simulan pequeños huracanes y das
vueltas hasta marearte.
Sigue
imaginando que todo el mundo se llama “Yessi”; que los
pololos se inflan como globos y te sacan volando de los sitios feos
cuando lo necesitas; o que tienes rayos x en los ojos y la poli
te utiliza para encontrar niños al fondo de pozos y lagos.
Continúa inventándote peinados como el moño marino inspirado en la
serie V y presentándonos a personajes tan entrañables como el
mago de las cosas chulas y la recogedora de nosentiendes… o
métete en una calle llena de dibujos colgados para cambiar de vida… o
una posada en el fin del mundo para tomar una “hidromiel” de vez en
cuando.
Pero
sobre todo, no dejes de pasear tu lobo y diseñarte
“batiscafos” para vivir más aventuras submarinas sin ahogarte;
sigue creyendo hasta seis cosas imposibles antes de desayunar y
muéstranos tu “casacabeza” habitada por seres que no se sabes
muy bien lo que están haciendo, si es que están haciendo algo… y,
por supuesto, no olvides, transformar tu cama en una pista de baile
y la mesa, en un tambor comunitario y beber zarzaparrilla…
que es una palabra muy chula ¿verdad?
|
|
| |
| |
| |
|
Créditos fotográficos
imágenes de "LAberintos", cortesía de
Absurd.org, Jodi.org y Cajacabeza.
imágenes de "Donde más duelen las palabras" por cortesía de
Carmen Carmona.
imágenes de "Emergentes" por cortesía de Laboral / Marcos
Morilla.
imágenes de "La erótica del píxel" por cortesía de Craig
Robinson, Eboy.com e Icontown.net.
imágenes de Malditanita por cortesía de la propia artista.
ilustraciones de Antonio Jesús Ruiz Montesinos y Aaron Siegel
por cortesía de los propios artistas.
|
|
| |
|
www.lafresa.org [todos los
derechos reservados]
info@lafresa.org |