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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo [se ruega no tocar] |
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[EXPOSICIÓN] El taller de Alberto Giacometti, Centro
Pompidou, París. Hasta 11/02/2008.
Al
inicio de la Segunda Guerra Mundial, durante el tiempo que pudo
permanecer en París, Alberto Giacometti entabló una relación de
sincera cercanía con Jean-Paul Sartre. Mientras paseaban juntos desde
el ayuntamiento hasta Montparnasse o mataban su escepticismo
fumando en los cafés de Marais, entre charla y charla,
les dio tiempo a hacerse buenos amigos. Quedaban sin prisas para
conversar sobre la vida mientras el mundo se enturbiaba alrededor, y a
lo único que acertaban era a divagar sin sacar conclusiones sobre los
designios humanos y las complicaciones del ser. Cuando la ocupación
alemana aumentó su presión sobre la capital francesa, Giacometti no
tuvo más remedio que huir a Ginebra el último día de
1941. A
su vuelta una vez finalizado el conflicto, todo lo que había hecho
durante esos años en Suiza le cabía en los bolsillos de una chaqueta.
Se obsesionó de tal modo con la perfección, que sus figuras se fueron
achicando cada vez más. Tanto, que la pequeñez de algunas respondía
más a la artesanía de un relojero que la meticulosidad de un artista.
Una vez de nuevo en su estudio parisino, que permaneció intacto hasta
su regreso, empezó a hacer esculturas de medidas más razonables pero
ahora altas y extremadamente delgadas, casi evanescentes. Eran
personajes desgarbados de una fragilidad extraña, cuerpos estilizados
que parecían quebradizos y etéreos como seres desvalidos marcados por
el abandono.
Después de más de quince años sin exponer, Giacometti se decide en
enero de 1948 a
enseñar sus piezas en público en
la
Pierre
Matisse
Gallery
de Nueva York. La muestra es un éxito absoluto en el mundo anglosajón
y a partir de ese momento su reputación como artista crece
inusitadamente. Entre otros motivos, porque empiezan a comprenderse
sus designios. En el ensayo prologar del catálogo, acudiendo al
existencialismo, se explican algunas claves muy acertadas para
entender sus obras, impronta filosófica que ya siempre determinará
cualquier mirada posterior a su trabajo. Después de los desastres
bélicos que asolaron Europa, sus figuras melifluas y vulnerables
aunaban mejor que ninguna otra pieza artística realizada entonces toda
la desesperanza que se desprendía del pesimismo vital que inundaba a
la sociedad, un continente cansado y enajenado que era presa de la
incertidumbre. El texto, acertadísimo, hablaba de la desesperación, la
futilidad y la soledad del ser humano. Estaba firmado por Jean-Paul
Sartre.
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Pocos artistas se identifican con más claridad con una corriente de
pensamiento como ocurre entre el existencialismo y Giacometti. Él no
hizo nada especial, se limitaba a encerrarse en su taller y pasar
horas y horas volcado en su trabajo, pero sí es cierto que la
pesadumbre que transmiten sus figuras son fruto del desconcierto de
una época, un momento de posguerra que no encuentra explicación al
absurdo de muchas cuestiones vitales y que acaba por desencadenar
refugios artísticos de taciturna individualidad. La gran retrospectiva
que el Centro Pompidou le ha preparado a Alberto Giacometti en estas
fechas, con muchas piezas inéditas que nos acercan a su intimidad
diaria, es un homenaje de París, ciudad en la que vivió
interrumpidamente desde 1926 hasta su muerte, a un creador sencillo
que estaba convencido de la transitoriedad de la existencia. Aún en la
cumbre de su éxito, nunca atesoró lujos ni derrochó dinero, nunca hizo
ostentación de su influencia, vivió con humildad hasta el final de sus
días. Lo único que cambió, de manera frenética, fue su alrededor. Él
se mantuvo en su sitio, sin darle mayor importancia a su fama
-parafraseando a otro de los escritores existencialistas, Samuel
Beckett-, esperando a Godot.
En
la inmensidad de los espacios del Pompidou, en contraste con el frío
cortante de fuera, hace calor. El extraño esqueleto futurista diseñado
por el tridente Renzo Piano, Richard Rogers y Gianfranco Franchini,
aunque tiene apariencia desangelada, posee una climatización
envidiable. Al subir por las escaleras mecánicas, con el mejor telón
de fondo del mundo, pienso ensimismado en la serenidad de Giacometti.
Pienso en el silencio trascendente de sus esculturas y no puedo evitar
recordar el aura de inexplicable desasosiego que envuelve al Hombre
caminando, uno de las cumbres de la plástica del siglo XX. De
cerca, en un vis a vis prolongado, las impresiones no pueden ser más
gratificantes.
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El planteamiento museográfico de esta magna exposición se organiza en
función de un amplio espacio central concebido como el epicentro
simbólico de la retrospectiva. Es el propio atelier de
Giacometti -el mismo que da nombre a la muestra-, el que se ha
trasladado hasta las salas del centro de arte. Sorprendentemente, se
conservan muros, muebles, enseres cotidianos y bocetos del artista tal
como quedaron a su muerte. Sobre las sucias paredes, se observan
trazos desparramados que no son más que diseños de esculturas en
desarrollo. Hay modelos de escayola o barro (varias cabezas de Annette,
su mujer, en arcilla), un caballete con un lienzo a media empezar,
sillas, un armario desvencijado y hasta una estufa. Incluso, para
recrear ese ambiente doméstico, se ha incluido un gato de quebradiza
factura realizado en yeso. La atmósfera reservada del lugar de
trabajo, sitio de creación y de vida, se ha cuidado con parsimoniosa
pulcritud, intentando respetar más que los detalles, las sensaciones.
Sensaciones que se asocian a un misterio inexplicable, como azulado y
melancólico, que sin llegar a ser triste es apesadumbrado.
La
primera parte del recorrido, la que se refiere a la etapa de juventud
del artista, es un periodo de tanteo donde lo único reseñable es que
se pueden contemplar piezas de influencias diversas (caso del cubismo,
de Lipchitz) que alejadas de su reconocible estilo padecido, ahora nos
resultan extrañas. Sí son más interesantes por el contrario las
representaciones y los diferentes estudios que hace Giacometti de la
cabeza humana, un tema recurrente que se convierte en una constante a
lo largo de su carrera. Su hermano Diego y su esposa, las dos personas
que mejor lo conocieron, serán sus referencias primordiales tanto para
la vida como para el arte. Continuamente, con una paciencia vegetal,
posarán para él sesión tras sesión. De los infinitos detalles del
rostro, a Alberto le interesaban especialmente los ojos. Pensaba que
en los ojos se condensaba la expresión y la personalidad.
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Otras de las secciones destacadas de la antología se centra en la
experiencia surrealista del suizo, un lapso que durará la mitad de los
años treinta y que le permitirá desarrollar algunas obras definitorias
(caso de la Bola suspendida, un prodigio conceptual que como agudamente señala
Robert Hughes simboliza “el deseo eternamente denegado”). A André
Breton, padre espiritual del grupo, le maravillaban estas esculturas,
pero a Giacometti, que era más bien tranquilo, no le gustaban las
ortodoxias del movimiento y prefirió ir por libre sin tener que
respetar ninguna consigna. Por ejemplo, anteponía tomar apuntes del
natural (algo que enervaba a los surrealistas), por encima de la
entrega desnuda a las unciones del subconsciente.
Tal
como está establecida la retrospectiva, como un itinerario fragmentado
bien encauzado, sobresalen algunos detalles sutiles que rompen las
asépticas proposiciones museográficas de otras exposiciones más
remilgadas. Es digno de mención el contraste infinitesimal entre las
pequeñas figuritas de Giacometti -algunas de las que están en las
vitrinas son realmente minúsculas-, y el fondo interminable de la
ciudad que puede verse a través de las paredes transparentes del
Pompidou. Los brumosos tejados parisinos, lejos de ser un estorbo que
distraen la mirada, amplían la dimensión de lo que se ve. Lejos de
neutralizar estas mínimas esculturas, las engrandecen al hacerlas
levitar sobre un espacio interminable. De las pinturas que pueden
contemplarse en la muestra, sus copiosos árboles -abstracciones que me
recordaban a Piet Mondrian-, y los eternos retratos inacabables -entre
otros de su mujer, de su medico Fraenkel o de modelos como Yanaihara o
Caroline-, son los que más me conmovieron por su dilatada
imperfección. Hay en ellos un pálpito de obsesión monomaniaca en torno
a la búsqueda de determinada belleza moribunda, al modo de los
románticos más trágicos, que sin atinar en cuestiones explicables,
destapa inquietudes humanas comunes y universales.
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La gran antología que el Pompidou le ha dedicado a Alberto Giacometti
es un diálogo intimista con el quehacer cotidiano de un creador
obsesivo y constante que ha sido crucial e en el arte del siglo XX.
Como señala el crítico David Silvestre, era un artista que aspiraba a
“perpetuar lo efímero”. Y esa supuesta debilidad por los asuntos
nimios, esa entrega desmedida a lo insustancial, a lo irracional, a la
levedad o a la despreocupación, son la mejor radiografía que puede
hacerse del arte moderno europeo, una época caracterizada por el
nihilismo y el desengaño que suponen la victoria de lo instintivo
sobre la razón. En estos tiempos confusos, las esculturas silentes de
Giacometti son un asidero para la reflexión, para la introspección,
para la esperanza. Incluso el polémico Jean Genet, que fue otro de los
grandes admiradores de la tristeza dubitativa del suizo, en el libro
que escribió y del que han tomado el nombre para la exposición
L’Atelier de Alberto Giacometti, comenta: “No existe para la
belleza otro origen que no sea la herida, singular, diferente para
cada uno, escondida o visible (…) El arte de Giacometti me parece
querer descubrir la herida secreta que todo ser, incluso toda cosa,
posee con el fin de que ésta les ilumine.”

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En general, las estructuras resultan un poco aburridas. Seguramente
porque, además de ser demasiado prosaicas, dan la sensación de estar
concebidas para permanecer siempre imperturbables. Sin embargo,
podemos afirmar que cualquiera de ellas puede ser alterada; y es que
todas las estructuras son, por sólidas y resistentes que puedan
parecer, esencialmente frágiles.
Una estructura está
formada por un conjunto de elementos interrelacionados, de tal manera
que una modificación en cualquiera de ellos implica una modificación
de todos los demás. En el ámbito social, como apuntaba Marx, las
estructuras se hallan a su vez relacionadas entre sí dentro de la
totalidad. Pero es conveniente tener en cuenta que las estructuras
sociales, al igual que las económicas o culturales, no son objetos o
acciones que podamos contemplar sino, más bien, sistemas formados por
elementos y relaciones cuyas reglas de funcionamiento escapan a la
observación directa. Por eso, lo que importa en este caso no es tanto
conocer los elementos del sistema o el carácter de las relaciones que
se dan entre ellos, sino entender el patrón –invisible- de códigos y
normas conforme al cual dichos elementos y relaciones se encuentran
articulados. Y no se puede decir de esto que sea algo fácil.
La mayor parte de la
obra de Elmgreen & Dragset, cuyos primeros trabajos en
colaboración se remontan a 1995, está ocupada por la serie
Powerless Structures, con la que cuestionan las convenciones
asociadas a las estructuras en diferentes contextos, sean artísticos,
sociales, arquitectónicos o sexuales, desafiando el carácter
autoritario y estático de las mismas para poner de manifiesto que,
bajo ellas, lo que subyace son los presupuestos teóricos y los
intereses de la ideología dominante. De lo que se trata, en
definitiva, es de subrayar la fragilidad inherente a cualquier
estructura y hacernos ver –y esto es crucial- que las cosas pueden
cambiar.
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En la estrategia de los artistas escandinavos resulta fundamental
tanto la imparcialidad del lenguaje formal utilizado, próximo a la
estética modernista del minimalismo y el funcionalismo, como la
naturaleza aparentemente neutral del color blanco. Esto resulta
evidente en sus trabajos en torno a la idea del Cubo Blanco, el
espacio concebido por las instituciones –museos y galerías- para
ejercer de contenedor de obras artísticas, que actúa como presupuesto
y premisa ineludibles para la labor del artista por cuanto funciona
como receptáculo en el que se lleva a cabo la presentación de la obra
artística. El Cubo Blanco ha desempeñado un papel esencial en
el arte del siglo XX, hasta el punto de convertirse en un icono sin el
cual no sería posible contar su historia. En este sentido, no cabe
duda de que, pese a que han sido muchos los artistas que han tratado
de obviar su supremacía, intentado desarrollar su práctica artística
fuera de sus dominios, se trata de una estructura sólidamente
arraigada y, por ahora, insustituible en el contexto del arte
establecido.
Pero, si queremos que
las cosas cambien, hemos de buscar sus puntos flacos y, a partir de
ahí, distorsionar la configuración del sistema para mostrar que, bajo
la apariencia de estabilidad y perdurabilidad, se esconde una
naturaleza que, en esencia, es quebradiza y frágil. Por eso, debemos
alterar la disposición del ordenamiento artístico, retorcer el Cubo
Blanco hasta deformarlo y dejar al descubierto la debilidad de su
constitución. En Portikus, Frankfurt am Main, los artistas presentaron
una instalación (Powerless Structures, Fig. 111, 2001) que
consistía en una sala en la que tanto el suelo como el techo estaban
curvados, replanteando así la tridimensionalidad del espacio y
perturbando de paso las expectativas del visitante, al resultar
trastocada la relación entre continente y contenido dentro de la
propia sala expositiva. En otros trabajos, el Cubo Blanco es
sometido a procesos de dislocación y traslación, quedando suspendido
de un techo, inclinado sobre el plano horizontal del suelo o enterrado
en la hierba de un parque público.
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Pero no siempre es necesario afrontar desafíos tan desmesurados. Basta
con una pequeña alteración, y aquello que parecía firme y consistente
nos revela su esencial vulnerabilidad. Un buen ejemplo lo tenemos en
la exposición inaugurada en la Galería Nicolai Wallner (Copenhague) en
2001. En las paredes blancas del espacio se instalaron diferentes
puertas en las que se observaban exiguas modificaciones con respecto
al modelo convencional: los componentes principales –las hojas y los
marcos- permanecían invariables en casi todos los casos; por el
contrario, otras partes accesorias, como picaportes, bisagras o
cadenas habían sido desplazadas, duplicadas o unidas entre sí. Estas
variaciones, aparentemente minúsculas, acarreaban sin embargo
consecuencias concluyentes para cada una de las piezas: sencillamente,
se mostraban absolutamente incapaces de permitir salir o entrar a
través de ellas, perdiendo por completo la funcionalidad que
convencionalmente se les asigna. El visitante, asimismo, una vez que
había accedido a la sala expositiva, se enfrentaba de nuevo a la
experiencia de estar ante unos elementos, las puertas, que parecían
invitarle a salir del espacio para adentrarse en otro ulterior, que
obviamente resultaba inalcanzable. El espacio real se convertía así en
un espacio de ficción que, además de dejar en evidencia la débil
configuración de unos elementos que pasan por ser estructuras firmes y
robustas, remitía a cuestiones –entrar y salir- con una especial
significación entre los integrantes del colectivo homosexual.
Michael Elmgreen e
Ingar Dragset, además de colaborar profesionalmente, son pareja en la
vida real y buena parte de su práctica artística está dirigida a
redefinir la estética gay tradicional, adaptando elementos procedentes
de la “baja cultura”, como bares o lugares de encuentros sexuales, a
los presupuestos formales de su propuesta artística. Uno de sus
trabajos más conocidos gira en torno a la idea de Queer Bar,
del que existen dos versiones: Powerless Structures (Queer Bar),
Fig. 21, 1998 y Powerless Structures (Queer Bar), Fig. 121,
2005. Al subtitularla como Queer Bar, los artistas dejan
constancia del juego de dobles sentidos que plantea la obra, pues
participa tanto del significado genérico de bar extraño, singular o
raro, como el del más específico de bar marica. La posición usual de
tiradores, banquetas y reposapiés ha sido invertida, de tal manera que
los clientes quedan situados en el lugar reservado a los camareros y
viceversa. La ausencia de puertas o aberturas en la barra contribuye a
subrayar las relaciones de asimetría y rango que se establecen en este
tipo de espacios de convivencia social, que se hallan claramente
transpuestas en esta ocasión. Al contrario de lo habitual, en este
extraño bar los clientes quedan confinados dentro de la barra mientras
los camareros se mueven sin obstáculos por detrás de ella. En el bar
marica, si uno desea tomar una cerveza, ha de pasar al otro lado.
En cierto sentido, Queer Bar recrea la dialéctica hegeliana del
amo y el esclavo, en la que se establecen relaciones basadas en el
reconocimiento y la dependencia que derivan finalmente hacia la
inversión de la autoconciencia de cada uno de ellos, de tal manera que
la conciencia del amo acaba convirtiéndose en la del esclavo y la de
éste en la del amo.
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No falta tampoco en la obra de Elmgreen&Dragset un punto de ironía.
Capitalism Will Collapse from within (2003) alude a la famosa
afirmación de Marx en la que se vaticina un catastrófico destino para
el capitalismo, cuya debacle vendría provocada por las fuerzas
contradictorias que actúan en el seno del propio sistema. Siglo y
medio después, paradójicamente, el sistema político que ha acabado
colapsándose allí donde se ha implantado ha sido el marxista,
contrastando así tanto con la incuestionable vigencia del capitalismo
actual como con la apocalíptica profecía contenida en El Capital. Eso
es lo que parece indicar la imagen sombría del cartel caído, con la
frase de Marx escrita en letras de molde negras y una de las esquinas
abolladas, incapaz de ocultar la sólida caja de caudales que se deja
ver, impertérrita, por detrás. Para que no haya dudas, no hay más que
ver la instalación Prada, en el desierto de Marfa, Texas, para saber
de lo que estamos hablando.
Pero no hemos de
tirar la toalla en el utópico empeño. Es posible, incluso, que el azar
juegue un papel importante en todo esto. Como en el caso del gorrión
agonizante atrapado entre dos cristales en Just a Single Wrong Move
(2004), podría ocurrir que un simple movimiento erróneo fuera
capaz de hacer que todo se viniera abajo. Lo importante es entender
que todas las estructuras, aun las más rígidas, son, en esencia,
vulnerables y frágiles. Por eso, debemos mantener siempre la ilusión:
las cosas, sin duda, pueden cambiar.

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La ciudad es una aventura y una conquista de la
humanidad, nunca plena del todo, nunca definitiva. La ciudad es el
desafío de los dioses, la torre de Babel, la mezcla de lenguas y
culturas, de oficios e ideas. “La Babilonia”, “la gran prostituta” de
las Escrituras, la ira de los dioses, de los poderosos y de sus
servidores, frente al escándalo de los que pretenden construir un
espacio de libertad e igualdad. La ciudad es el nacimiento de la
historia, el espacio que contiene el tiempo. Con la ciudad nace la
historia, la historia como hazaña de la libertad. Una libertad que hay
que conquistar frente a unos dioses y a una naturaleza que no se
resignan, que acechan siempre con fundamentalismos excluyentes o con
cataclismos destructores.
Jordi Borja
Últimamente,
cuando la lluvia se evapora y me abandono al resquicio de sol que baña
los edificios, el asfalto, los escaparates y hasta las alcantarillas;
e intento anular de mi mente todo el trajín navideño del pueblo calado
de impulso consumista y gula familiar; pienso en cómo sería la ciudad
ideal que los dioses fundaron en el pasado para que viviesen los
hombres -pues de ellos, de sus consejos sagrados y de las
recomendaciones divinas depende, hoy día, la ubicación de gran parte
de nuestras ciudades-.
Imagino qué clase
de aliento sacro sería el responsable de traerme el mar hasta la
orilla cercana, qué mente afortunada convertiría esta ciudad en
privilegio para los navegantes fenicios y su imperio comercial; y
sueño despierta e identifico con mis vivencias cada rincón del paisaje
que vibra y se balancea; cada cuerpo, cada sustancia, cada instante…
el sabroso donut de chocolate de la cafetería del CAC, los
cafés y las cervezas de calle Alcazabilla, el bullicio de Larios, la
gracia de San Agustín y calle Granada, la mezcla de olores y
cantinelas de los mercados… Disfruto como la vez primera de la
ciudad-espacio dónde siempre ocurren cosas; un micromundo
cambiante que se mueve a diferentes velocidades y que yo, en mi deseo
de mirar y capturar fragmentos diarios, recompongo en cartografías
peculiares que se repiten en mis recuerdos. Es entonces, en mi
solitario intento de abstraer lo cotidiano, cuando me cruzo con
Marisa Tesauro y su serie Gomaespuma: Espacios y Ambientes
Públicos.
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Su obra hotel habitaciones, expuesta recientemente en la
galería Casaborne –Antequera- con motivo de la III Convocatoria
Internacional de Arte Contemporáneo 2007, me inquietó desde el
principio. Cómo si se tratase de un pequeño y frágil fragmento de una
casa de muñecas, la escultura situada sobre un soporte de madera
presentaba un estudio minucioso de dos dormitorios similares separados
por una pared que inducía a contemplar la obra desde varios ángulos y
a dedicar tiempo a los detalles, tejidos con sosegado empeño y la
dificultad que técnicamente demanda el tratamiento de un material tan
inestable y dúctil como la gomaespuma.
La joven artista
americana trabaja la materia sin aditivos, conformando rincones de su
memoria o fragmentos de iconos universales perfectamente reconocibles
-una piscina, una habitación de hotel, una sala de estar…-;
experiencias independientes que tantean la vida urbana, sondeando el
espacio y la relación con él, mediante las huellas que imprimen
nuestra presencia.
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Con gran sutileza, cómo si se tratase de un enigma por resolver,
Marisa nos deja pistas del momento vivido; una cortina entreabierta,
unas playeras olvidadas junto a las hamacas de una piscina vacía, el
cable conectado de un teléfono o una lámpara… Sus escenarios, sin
presencia humana, no reflejan el deterioro del abandono o la
destrucción –tal como describe el reciente film Soy leyenda,
una producción basada en el último hombre vivo (1971) que
exhibe el apocalipsis ocasionado por una pandemia bacteriológica con
un único superviviente; una americanada en la que, no
obstante, la atmósfera sobrecoge-. Más bien presentan
intencionadamente la ausencia de personajes para aumentar el
protagonismo del espacio aséptico, sin identidad, uno de los temas
candentes de nuestro siglo. La globalización implica el destierro de
la singularidad y la creación de viviendas-colmena-refugio conforme a
patrones y modelos estandarizados; a nadie se le escapa que el imperio
Ikea -entre otras grandes multinacionales de diseño interior y
mobiliario-, el bombardeo televisivo de telepromociones y los créditos
inmediatos han contribuido notablemente a que la mayoría de nuestros
hogares se parezcan enormemente -muchos tenemos un mueble como el del
vecino, el colchón lomónaco y el último modelo de plasma
para jugar a la play 3 o comprar el partido más emocionante de
la liga de fútbol-. Hoy más que nunca cuesta ser original e imprimir
carácter a nuestros hogares. Marisa lo sabe y por ello secciona,
descuartiza, fracciona la ciudad y sus vínculos, renovando el concepto
de casa de muñecas y provocando una extraña mezcla de
seguridades e incertidumbres; utilizando interiores y exteriores para
hablarnos de soledades y encuentros, de privacidad e inmersión
colectiva.
A través de un
paciente proceso creativo -en confluencia entre la miniaturización y
el juguete- y más allá del simple ejercicio de documentación
arquitectónica del maquetista, Marisa reflexiona y nos interroga sobre
nuestro entorno, sobre nuestros hábitos, sobre la fragilidad del mundo
y las ciudades que nos han tocado habitar.
Reconforta sentir que hay espacio para lo pequeño en un mundo global.

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Hay una inequívoca belleza en lo efímero. Creo honestamente que gran
parte de la beldad que anida en una gran mayoría de las obras clásicas
es la pátina del tiempo. Con la rotura de esquejes –quién sabe dónde
se mercadea ahora con estos o aquellos fragmentos-, el craquelado de
superficies, el vahído de hermosas tonalidades que se tornaron menos
iridiscentes, mucho arte se ha reinventado y situado en algo
estéticamente superior. ¿O no podríamos convenir en que algunas
esculturas antiguas hayan mejorado notablemente gracias a la acción
corrosiva de Saturno? De otro lado, la principal función de los
gestores de museos consiste en la conservación de las piezas, lo cual
obliga muchas veces a interponer insuperables barreras que dan lugar a
situaciones incómodas para el visitante. En Italia, cuyas
instituciones museísticas atesoran una cuantiosa nómina de arte
antiguo, las recomendaciones y prohibiciones sobre el acercamiento a
la pieza llegan a convertirse en una parodia insoportable. Y esa
erótica –si prega non toccare l´opere d´arte- produce una
contradictoria seducción que lleva a muchos a traspasar el umbral de
lo permitido.
En un espacio
paralelo, el artista trabaja o no en la intención de hacer un arte
para la posteridad. Si los materiales lo facilitan, sus creaciones no
necesitarán de reparaciones, restauraciones o reposiciones futuras
–como cambiar un tiburón podrido por otro nuevo-. Lo innegable es que
cuanto más incide el artista en esa parte del proceso –la búsqueda de
la inmortalidad- más pretende perpetuarse en los anaqueles de la
historia. Hay pues soberbia, ya que perdurando la obra perdura en la
memoria el artista.
En las antípodas de
esa actitud está el escepticismo, no exento también de vanagloria. No
en vano antes aludía al predador marino conservado en formaldehído, un
icono del arte de los 90, obra de Damien Hirst. Poner la obra de arte
en un brete, el de la difícil estabilidad, facilitándole además su
ingreso a determinados agentes erosivos, supone un gesto conciliador
con la verdadera esencia humana, además de poético. ¿No era Munch
quién abandonaba sus telas a la intemperie para provocar el encuentro
del óleo con el aire, la lluvia, la tierra, el polvo y hasta la nieve?
Sólo las malas pinturas deben ser integradas y necesitan de un
marco refinado, decía el pintor de El Grito.
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Provista de esa belleza se encuentra buena parte de la obra reciente
de Yin Zhao Yang, artista chino que se involucra en la crisis
de identidad de la especie humana, a la que aborda con una interesante
perspectiva deconstructiva. The Twilight of A Man [El crepúsculo
de un hombre] es una compleja instalación en la que se
distancia de forma manifiesta de su trayectoria pictórica y
escultórica anterior (en la que usó bronce y porcelana, por ejemplo),
por la que es más conocido. Más concretamente, enfrenta varias
concepciones materiales de un mismo objeto de estudio –el cuerpo
humano-: De un lado, su representación en lienzo (la única
perdurable); de otro, diversas esculturas realizadas en cera de
abeja que serán derretidas por la acción de una vela en ellas
inscrita; finalmente, un par de turbadoras esculturas ejecutadas a
partir de esqueletos recubiertos de arcilla, que por la acción de
minúsculos regueros de agua se irán disolviendo hasta dejar una
amenazadora visión final.
Habla pues del trágico paso del tiempo: Sus esculturas de
huesos y tierra, accionadas por la presencia de ese sistema de riego
por goteo –casi imperceptible-, muestran en todo caso la degradación;
¿es posible interpretarlas como la degradación del espíritu humano?
Decididamente sí, toda vez que, tras el lento discurrir de las
delgadas lenguas de agua, la tierra se desprende, plomiza, en
fragmentos, sobre la base, donde seguirá descomponiéndose lentamente y
saturando el charco inferior de tonalidades terrosas. De alguna
manera, esa simulación del ciclo natural, que llega a depender de una
cantidad insondable de azar, nos lleva a las instalaciones llamadas
Glassworks de Kris Vleeschouwer, en las que colosales estanterías
repletas de objetos de cristalería son sometidas a un levísimo
movimiento que hace, periódicamente, caer una buena porción de ellos
provocando un llamativo estruendo. No en vano un terremoto es un
temblor producido por la fricción de placas tectónicas que al fin y al
cabo llevan toda la vida en continuo roce.
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Finalizada la acción erosiva –de la que se habrá filmado el proceso
completo- queda una suerte de herrumbre pesimista; casi la estampa
apocalíptica de algún proceso de aniquilación, probablemente
maniobrado por el hombre. La tierra es ya polvo en suspensión, en un
agua que por demás acabará evaporándose. La cera forma ahora una masa
informe a las plantas de lo que otrora fueran bustos, cabezas o
miembros de un cuerpo. Las palabras del poema que fueron grabadas
sobre su superficie han desaparecido, tal y como se borran del mapa
todas las palabras, las que estaban en los libros o las que se
archivan concienzudamente en los discos duros de nuestra era. Se salva
de la quema el cuadro, una visión figurativa con cierto corte
expresionista de seres sin identidad sociocultural. De nuevo la
pintura redimida. A nadie escapa que los personajes habidos en estas
pinturas están medio desnudos y parecen adolecer de cierta
desesperación, lo que se pronuncia aún más mediante una pincelada muy
expresiva y un atrevido uso del color.
Queda la memoria (el hombre del cuadro), pero no quedan sus
versos ni su materia, ahora inerte. Es la muerte del poeta, y con
ella, en cierta manera, la muerte también del espíritu que alumbró el
humanismo.

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[EXPOSICIÓN]
Dedicatorias, Paloma Navares. Galería Isabel Hurley, Málaga. Hasta
12/01/2008.
A principios del siglo XIX el movimiento
romántico liberó al arte de las ataduras de la razón, inclinándose por
el lado del sentimiento y la sensibilidad. El artista buscaría su
propia libertad expresiva fuera de los convencionalismos,
academicismos y escuelas. De temperamento rebelde e inquieto, no
siempre se integró en la sociedad del momento, y al no encajar,
buscaría su propia realidad o su evasión del mundo que, en numerosas
ocasiones, desembocaría en el suicidio.
“Dedicatorias” parece un
gran panteón de artistas, tristemente ilustres por su trágico final.
Sus epitafios descansan entre pétalos de flores, rocas con
osteoporosis y la cadenciosa nana de un mar enlatado. Se trata de una
selección bastante acertada y comprensiva de la obra más reciente de
la artista Paloma Navares, de hondo significado poético y
depurada realización plástica. Podría estar equivocado, pero nada más
claro a los sentidos que tras la apariencia limpia y sutil de la obra
de la artista, se agita la personalidad de una romántica a la vieja
usanza.
El artista romántico convirtió su vida en
su propia obra. De sus males y enfermedades destiló la esencia con la
que impregnar todos sus trabajos. El dolor lo hacía sentirse vivo,
pues no hay auténtica sensación sin dolor. La vida se le antojaba algo
frágil y efímero. La felicidad algo intangible, hermosa como un
rutilante témpano de hielo que perece con el sol y se fractura con el
más leve tacto. |
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Ella ha querido reflejar igualmente su padecer en muchas de sus
piezas, quizás de las más significativas sean las esculturas
confeccionadas a partir de lentes de aumento. Con un aspecto
pseudocientífico, parecen parte del instrumental de un oftalmólogo.
Por un lado la lupa , por otro alguna porción de otra obra expuesta.
Tal vez instando a un análisis más profundo, tal vez extrapolando una
idea más compleja de la pieza inicial. Así, frente a la fotografía de
cantos rodados se exhibe “La piedra de la locura”. A través de la
lente, se observa con mayor claridad un blanco guijarro sutilmente
caligrafiado. Se pensaba en la Edad Media que el agente causante de
los males de la mente se concentraba en una calcificación del cerebro,
y su extracción mediante trepanación suponía la curación inmediata. El
sugerente título invita a rememorar los cuadros de Brueghel y el
Bosco, o los dibujos de Géricault de enfermos mentales. Ese interés
por la neurosis acentúa aún más su gusto por lo romántico. Mientras
que la epigrafía en la roca es la materialización del pensamiento
verbal, de aquellos versos y estrofas que la han acompañado en tantas
etapas de su vida, además de una constante en su obra.
Son los “cantos rodados” otros de sus
motivos de fuerte carga conceptual. Reflejan la misma vida,
erosionados por las corrientes, pulidos por la marea, reposan
exhaustos en las orillas como ruinas de la montaña que fueron. Mas a
pesar de su desgaste contienen retazos de la memoria, fragmentos de
Historia representados mediante frases o alguna estampación
figurativa. Cuantas veces en los museos no nos hemos hallado ante
cuatro piedras con alguna poca inteligible inscripción y una cartela a
sus pies “templo de Diana- s. I ac“ Estas piedras pueden
constituir tipos distintos de trabajo, bien en formato fotográfico de
límpida superficie ( metacrilato y aluminio) o bien formando sus
escultóricas y frágiles cascadas de acetato, en las que recorta una a
una cada roca, para luego ensartarlas con delicados útiles de pesca.
Una imagen del todo contradictoria, pues parecen éstas flotar en el
aire, con serena levedad. El guijarro es la metáfora más cercana al
tema del desgaste del tiempo, pues por lo general éste consume y
deteriora toda belleza, no resistiéndose ni las propias piedras.
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Son sus composiciones con imágenes de flores lo que más puede llamar
la atención del espectador. Poseen una atractiva apariencia,
exultantes de color, resulta irónico denominarlas “naturaleza muerta”,
y sin embargo, también en ellas está, pues otra vez el Tiempo hace
mella en todo ser vivo. Al observarlas detenidamente, un pequeño
desfile caligráfico recorre los bordes de los pétalos, heridos por
finos trazos que representan puñales, hachas y bisturíes, y se reparte
como regueros de sangre-savia por las nervaduras de sus hojas. Frases
y versos que rememoran a los versados finados. Son sus favoritas las
opiáceas adormideras o amapolas, tan delicadas que un soplo fatal de
Eolo las desnuda sin piedad; O las eternas buganvillas, que mantienen
su petrificada beldad incluso meses después de haber sido seccionadas
de la planta; los siempre trémulos pensamientos, que se marchitan
antes de que termine la primavera; Y la flor del cerezo, efímero
encantamiento de unos pocos días en el lejano Japón. Todas son fútiles
gracias que la artista ha congelado en el tiempo de exposición de una
cámara. Las fotografías responden a un cuidado foto-collage en la que
diseccionando corolas, pistilos y gineceos perpetúa una belleza
efímera, como haría un taxidermista con los restos de cualquier
animal.
Resulta interesantísima la apuesta de
Paloma por las actuales tecnologías, por usar materiales y formas
nuevas con temas de siempre. Ya en su “Jardín de la
melancolía”(2004-2006) dedicada al hombre cansado de la
vida, utiliza cilindros de metacrilato iluminados interiormente,
componiendo una floreada instalación. La luz es también uno de su
elementos compositivos, bien natural o artificial juega con ella de
forma constante. Sus obras rezuman luminosidad. Las flores y las
piedras contrastan fuertemente con los fondos y sombras que las
rodean. Luz que traspasa aquellos objetos transparentes o
translúcidos como las lentes, los acetatos, los metacrilatos o las
resinas de poliéster usadas en exposiciones anteriores. Luz en sus
proyecciones y video-esculturas. Y a la par que la luz, lo frágil y lo
quebradizo, en las cascadas escultóricas, como la de los
pensamientos negros o la de “Cadmio de forsythia”. Ya en
exposiciones anteriores se había decantado por piezas de vidrio y
cristal [1],
siempre caligrafiadas y por supuesto, transparentes. Todo lo cuál le
otorga a su obra un efecto de intangibilidad, de delicadeza extrema.
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Otra fuente inspiradora de los románticos
fue la Naturaleza, tan indomable e inquieta como ellos. Si en la
belleza de las flores se escondían oscuros secretos, no menos en el
fondo del mar; Nostálgico en sus susurros, impetuoso en su fragor.
Elemento simbólico y expresivo como ninguno en el ideario romántico,
su presencia producía fascinación y al mismo tiempo, intranquilidad.
Tumba natural de tantos artistas que no pudieron evitar su atracción
fatal. Lo ha representado de una forma casi real, mediante
videoproyecciones, auténticas marinas contemporáneas en las que se
incorpora el hipnotizante sonido del oleaje. Es el mar o la mar una
fuerza creadora al mismo tiempo que destructora, Shiva en su danza
cósmica. Impresiona la pieza dedicada a Virginia Wolf, una video
escultura en la que asomándote al orificio de un pedestal contemplas
desde el brocal de un profundo pozo, el cuerpo sin vida de una bañista
ahogada, la cual es movida como una marioneta por la corriente. O la
proyección “cuna de agua” de igual intencionalidad que la anterior,
mas en esta ocasión el cuerpo inerte flota sobre una concha, clara
alusión a lo femenino, en la que el cadáver es la macabra perla,
obsequio del mar, que todo lo devuelve.
Y por supuesto, la mujer. Durante siglos,
objeto del arte, es a principios del decimonoveno siglo cuando
reivindica un papel más activo. Serán primeramente las grandes
poetisas y escritoras, luego pintoras y escultoras. Su lucha constante
las hará más fuertes y a la vez más desgraciadas. Como Camille Claudel
,discípula y amante de Rodín, que terminó sus días en un psiquiátrico.
La mujer artista ha recorrido un breve pero dificultoso camino hasta
llegar a su pleno reconocimiento. Pero entre otras muchas cosas, ha
debido de plantear una visión del mundo y del arte distinto al
anterior.Está muy presente en la exposición la impronta de lo
femenino. Quizás de una forma más vulgar se nos antoje ver en las
flores dicha impronta, pero es en el lenguaje utilizado donde mejor se
apreciará. Es la manera sutil y eficaz de enfrentarnos al dolor y la
tragedia humana, como algo personal e íntimo. Es la forma minuciosa y
compleja de abordar las obras con exquisita perfección y laboriosidad.
Y es la idea de la constancia, el esfuerzo y la lucha, que como se ha
demostrado por tantas mujeres, no es exclusividad de un solo género. 
[1] Del catálogo de la exposición “Del
alma herida” (1987-2007) y las distintas temáticas: palabras
cautivas, transparencias ; cunas de agua, casa de cristal.
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Créditos fotográficos
imágenes de Alberto Giacometti por Edu D´Acosta, cortesía de
Centro Pompidou, París.
imágenes de Elmgreen & Dragset por cortesía de Galería Helga
de Alvear, Madrid.
imágenes de Marisa Tesauro por cortesía de Galería Casaborne,
Antequera.
imágenes de Yin Zhao Yang por Pedro Alarcón, cortesía de Tang
Contemporary Art, Pekín.
imágenes de Paloma Navares por cortesía de Galería Isabel
Hurley, Málaga.
ilustraciones de Elizabeth Ross, Miguel Soler y Guillermo
Martín Bermejo cortesía de los propios artistas.
imágenes de Jorge Perianes por cortesía de Galería Fúcares,
Madrid.
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