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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[cacmálaga] |
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EXPOSICIÓN,
Juan Uslé. CACMálaga. Septiembre 2007 / Enero 2008.
Ciclo Conversaciones en torno a la pintura.
Fragmento de la conversación entre Fernando Huici y el propio artista
(CACMálaga, 25/09/07).
Soy
llanamente entusiasta y sincera. Así que no me andaré por las ramas
para reconocer que cuando visité la exposición de Uslé, salté
básicamente de la serie gris a robarles una sonrisa a los personajes
de Nara. Qué ojos tan bonitos los de cosmic eyes… ¿no?
Supongo que tal desconsideración se debe al esfuerzo que suscita el
enigma de la abstracción y su realidad recóndita - elementos
cognitivos puros de difícil aprehensión que conectan más con la
intimidad profunda que con la premura de la mirada- y, sobre todo, al
encanto que despiertan las obras de Nara, su singular sentido del
humor y el placer que altera positivamente las previsiones y los
estados de ánimo.
De ahí que el verdadero encuentro con Uslé no se
produjese hasta días más tarde, en un ciclo de conversaciones sobre
arte moderado por el profesor Fernando Huici; una experiencia
clarificadora que me hizo reorganizar los latidos y comprender lo
esencial de su visión del mundo y que me impiden hoy, hacer uso de
estrategias críticas para reinterpretar sus palabras o adornar sus
criterios. Por esta vez, sospechen que estoy de vacaciones o que ando
de puntillas o que no quise entrometerme en la voz del artista;
imagínenlo, un solo instante… y ya verán cómo disfrutan…
¿Crees en la pintura como necesidad?
Necesito la pintura.
Es una necesidad genética. También la música; ambas nacen en la
infancia como medio de expresión. Son una vivencia personal.
Esta exposición me ha
servido para recordar momentos de juventud, para rememorar qué
hacíamos en aquellos tiempos de tensión social… Éramos bichos raros
encerrados en torres de marfil con una paleta y disfrazados de
modernos; buscábamos el discurso vital realizando performances
e intervenciones en la calle para estar más acorde con lo que ocurría
en escena… Con los años, te das cuenta de que lo que realmente quieres
es pintar, y antes no te atrevías a hacerlo. Es como un paréntesis
represivo de autolimitaciones por no hacer lo que quieres. La
pasión quizás no es genética, pero sí orgánica y visceral. Esa especie
de veneno siempre sale.
Cuando era estudiante
y nos reuníamos, más allá de lo académico, siempre salía el tema del
lenguaje. Si Velázquez pintara hoy, haría cine.
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Has
hecho fotografía a lo largo de toda tu trayectoria, pero dices que, al
final, necesitas la pintura y dices también, en algún otro escrito,
que hay más afinidad entre cine y pintura que entre fotografía y
pintura.
La fotografía ha
formado parte de mi vida con naturalidad. Es una técnica que me sirve
como lugar de ensayo y centro de silencio. La utilizo para
experimentar, para investigar; no, para mostrar. Lo hago para
escaparme y justificar mi aislamiento, mi complejo de practicante de
un lenguaje muy trasnochado.
Salgo con la cámara, realizo dos disparos y me relajo. Siento la
extraña necesidad de ir a la calle y localizar formas, colores,
imágenes y situaciones. No pretendo más que disparar, redescubrir;
empezar a respirar de nuevo. La fotografía me aporta la distancia
entre la soledad del estudio y lo que pasa en la calle. |
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La cámara me dice que las cosas que veo por ahí tienen
que ver con lo que hago en el estudio, sin embargo, no utilizo mis
imágenes para pintar. Esto me remite al cine. La primera vez que fui
al cine llegamos tarde, la sala estaba oscura y nos sentamos en la
primera fila. Fui incapaz de ver imágenes nítidas; tan sólo ondas que
se cruzaban. Este estado de alerta y espera para leer desde una
situación de novedad es fundamental. Considero que la parte procesual
de encontrar las imágenes es vital.
Tu pintura es abstracta.
Para mí no existen
diferencias entre imágenes figurativas o abstractas. De hecho, en el
proceso de trabajo, siempre hay escapadas y anotaciones en libretas;
palabras o ideas que, de algún modo, se desvanecen o se reencuentran
con la imagen final, a modo de título. Este ejercicio me lleva a
pensar que mi pintura no es abstracta. Intento no tener prejuicios al
realizar las obras. De otra forma, me convertiría en erudito
consumidor de explicaciones; pero yo soy empírico.
Es
curioso… partes de la ruptura con la idea de estilo y el trabajo
seriado, para comenzar desde cero. Sin embargo, en tu obra se acaban
generando tipologías.
En algún momento me
encontré acorralado porque lo que estaba haciendo era reproducir el
modelo de artista que encuentra su estilo. Me sentí mal físicamente y
me marché a Nepal. Allí descubrí que hay que dar salidas a lo que hay
de diferente dentro de ti. Te hablo del año ochenta y nueve. A toda la
producción de esta época la llamé Namasté. Son cuadros del
mismo formato, pero muy diferentes entre sí -por mucho que lo intentes
siempre acabas siendo víctima de ti mismo-. No soy secuencial. Soy
anacrónico. Al montar esta exposición, Fernando Francés quería mostrar
esencialmente mi trabajo de forma original e independientemente a como
se había hecho antes. Tenía dos alternativas: traer cuadros muy
sencillos o muy complicados. En ese momento, lo último trabajado eran
los cuadros oscuros; así que, decidimos hacer una confrontación entre
las obras pequeñas y complejas, con una presencia obvia de intensidad
de luz y los cuadros amnésicos oscuros de mayor tamaño, para mantener
la contradicción/tensión que me representa. En el fondo, todos
somos un conglomerado de contradicciones. No existe una dirección ni
un modelo que mirar.
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Que
la pintura está muerta me parece una afirmación absolutamente
disparatada ¿qué opinas al respecto?
Hace tiempo me
excitaba como tema de conversación, hoy pienso que son simplemente
estrategias de mercado. Cuánto más nos empeñamos en decir que la
pintura está muerta, más listillos aparecerán. He sido una víctima
afortunada. Inevitablemente, en las grandes exposiciones, la pintura
sigue teniendo una gran presencia. La pervivencia de la pintura no
depende de los gustos de la crítica, sino del talento de sus
representantes.
Un
pintor para moverse en el círculo adecuado ¿debe tener unas cualidades
determinadas o ser un buen relaciones públicas?
Me imagino que todo
viene bien. Yo soy un desastre. La vida social no me gusta y entender
que te tienes que apoyar en otros, me da un poco de pavor; no lo he
superado aún. Hay artistas que son un catálogo vivo de su obra. A mí
me dan un poco de envidia… Ayuda todo pero, lo primordial es el
talento.
Para describir el concepto plástico actual ¿hay que estar en Nueva
York, Alemania, Arco o en ningún sitio?
Yo pasé dos días en
Nueva York y es como si llevase allí la vida entera. Fue muy
importante el descubrimiento de otras arquitecturas, de los tramos de
la ciudad… Ver exposiciones, no he visto muchas y aunque algunos piensan que
ahora tenemos Internet, –Dios está de nuestra parte…- no es lo mismo.
Para ver pintura no sirve la pantalla; sólo para estar informado. Si
quieres saber cómo es un cuadro, tienes que estar desnudo ante la
obra.
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La
práctica debe ser siempre citada sobre una buena teoría ¿estás de
acuerdo?
Lo único que justifica
la elección del medio es el deseo.
¿Qué hay en tus obras?
Hay una experiencia y
un proceso; un ejercicio de humildad y un aprendizaje. Las imágenes me
preguntan. Lo único que quiero es que pasen cosas y las preguntas se
mantengan. Para mí, más importante que seguir un método concreto es
estar vivo y ser capaz de vibrar y sorprenderme con lo que veo;
deshilar recuerdos. Por mucho que pretendamos esconder lo que
pensamos o vivimos, todo está ahí. A veces, muy lejos y otras tan
cerca que lo puedes pulsar; de ahí el título de la exposición. Me
gusta ironizar sobre mi trabajo; los cuadros negros que, al pronto,
sugieren un ejercicio seriado son todo lo contrario; están hechos
lentamente, con parsimonia. Lo que más me gusta es que cuando los
termino y los deposito en el suelo, estoy nuevamente en el cine…
visualizando aquellas ondas borrosas sin concreción…
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Ana Robles, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Hatsu-Yume (First dream),
Bill Viola. Espacio 5, CACMálaga.
Septiembre 2007 / Enero 2008.
Es inevitable para mí comenzar este pensamiento con la idea
básica de que Bill Viola (1951, Nueva York) es único en su
especialidad video-artística. No pretendo decir que sea el mejor,
simplemente que es único en lo que hace. Lo ha demostrado en sus
últimas intervenciones expositivas pero ya lo demostraba también hace
dos décadas, como evidencia el video Hatsu Yume, realizado en
1981 en Japón, que presenta acertadamente el Centro de Arte
Contemporáneo de Málaga hasta el próximo día 6 de enero de 2008.
Viola es como un encantador de serpientes, como un hipnotizador
nebuloso, a cuyos influjos uno no puede escapar, ni tan siquiera
resistirse.
Al
principio, cuando uno comienza a contemplar los primeros fotogramas de
cualquiera de sus videos, se experimentan momentos incómodos, como una
sensación de angustia que inquieta por la paciencia requerida para
decodificar la historia narrada. Necesitamos más celeridad en cada
imagen, la homónima a nuestra vida y a su ritmo. Sin embargo, esa
similitud canónica nunca llega y nos damos cuenta con asombro de que
somos capaces de adaptarnos a otras cadencias con la única clave de
dejarnos arrastrar por los mundos de otros, viendo a través de sus
ojos, emocionándonos a través de sus emociones. Esa conexión que
consigue el artista con el espectador es magia pura, un momento
ambicionado por ambos, necesario y no fácil de lograr.
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Viola se desnuda ante nosotros, y por eso es clave que nosotros
nos desnudemos ante él, porque sólo así podremos disfrutar de todo lo
que acontecerá después, entrando en su universo desprovistos de
nuestra carga cotidiana. En Hatsu Yume, descubrimos un Japón
que no esperábamos, un territorio nipón que no teníamos clasificado
como tal en nuestras mentes. Lejos de rascacielos y altas tecnologías,
el medio rural no nos aporta ninguna novedad visual que no
conociéramos, es como dedicarle unos minutos a nuestro pasado, al
origen de todo, que el universo entero comparte; el mar y las olas,
las montañas y el viento, relieves entre la niebla, bosques encantados
que nos asaltan como fotografías del coreano Bien U Bae.
En
cualquier caso, no es el entorno el elemento que más cala en sus
videocreaciones –a menos que el video sea enteramente entorno-, sino
la presencia del ser humano que sirve de excusa para despedazar en
cachitos todas esas cosas que podemos llegar a sentir, y que nos pasan
tan rápido que apenas si las miramos de frente para reconocerlas. Y
ahí es donde reside la grandiosidad de Viola, en la habilidad
que ha sido capaz de desarrollar para mostrar en imágenes tantas
intensidades del abanico emotivo del individuo humano.
Resulta paradójico que la extrema lentitud de la narración contraste
tan frontalmente con el incesante y creciente ritmo de nuestra
sociedad. Quizás no sea esa la intención del artista, pero al
adaptarnos a ese compás serenamente ralentizado uno toma conciencia de
sí mismo, contacta con su propio ser trascendental y aparta
radicalmente de su mente conceptos como tiempo y espacio. Nadie como
Bill Viola para ayudarnos a descubrir todo lo que somos.
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Laura Acosta, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Torre de Málaga,
Yoshimoto Nara + Graf. Espacio 1, CACMálaga.
Septiembre 2007 / Enero 2008.
Si el edificio del CAC resulta un espacio atractivo para el arte
contemporáneo, aún más sugestiva es la zona central destinada a las
exposiciones temporales, su forma irregular y sus dos accesos un tanto
recónditos, la convierten en el simbólico corazón del edificio, la
cámara secreta. Desde la visión del niño que descubre un rincón mágico
en el parque, o un solar deshabitado tras su casa al que convierte en
su reino de fantasía, así Nara+graf han inventado un lugar surrealista
en el ónfalos del laberinto. Tendremos que ser como Alicia,
hacernos pequeños y dejarnos llevar a un mundo de críos con deseos
insatisfechos.
Cuando el artista
Yoshimoto Nara conoció a Hideki Toyoshima, de la galería ‘graf ’, hace
cinco años, se produjo una chispeante reacción creativa que fusionaría
en el actual binomio. El primero se convertiría en el ideólogo,
aportando no sólo sus ideas para la confección de una obra, sino
también sus propias pinturas, dibujos y esculturas. Graf, o mejor, un
selecto grupo de miembros, sería su equipo de trabajo, no sólo
ejecutando materialmente los proyectos de una manera impecable, sino
también generando multitud de ideas que se habrían de acoplar al
pensamiento primigenio. Este feliz maridaje ha dado lugar a una serie
de instalaciones, siendo “Torre de Málaga” un ejemplo de modus
operandi, amén de una sofisticada destilación de su percepción
vital e iconografía correspondiente.
El trabajo realizado
in situ comprende la gran estructura a modo de caseta
desvencijada que se impone en el centro de la sala; también el chambao
o estudio de artista en unas de sus esquinas, un conjunto de bancas
dispuestas en círculo, pinturas sobre tabla en los muros, dibujos
enmarcados, así como las propias luminarias. Es por ello, que no
encontraremos cartela alguna, salvo un panel explicativo en uno de los
accesos al recinto igualmente realizado por graf. Debemos entenderlo
todo como la unidad de la múltiple: un conjunto de objetos de
diferentes procedencias, facturas y épocas, agrupados bajo un concepto
y una estética.
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El espacio se halla débilmente iluminado, creando la sensación de
nocturnidad. Las bombillas que penden irregularmente del techo de la
sala simulan estrellas, los bancos nos informan que estamos en un
exterior. Los cuadros, realizados con toscos tableros, recrean grandes
paneles publicitarios, como las vallas de la carretera o de ciertas
zonas de la periferia urbana. Estas pinturas están alumbradas por
herrumbrosos apliques que hacen de focos o candilejas, lo que confiere
aún más un aspecto descampado y un tanto enigmático al lugar.
Traspasando el umbral
del recinto nos situamos frente a una especie de garita con un gran
vano y cubierta por un tejado de uralita. Recuerda un garaje, uno de
aquellos que sirvieron de improvisado laboratorio, taller o lugar de
ensayos a muchos jóvenes músicos, sobre todo los Punki, poperos y
rockeros garage, influencias vitales para Nara
[1].
Éste, muy en consonancia con los planteamientos actuales del Arte, ya
había llegado a la conclusión de que el contexto apropiado para su
obra debía de ser realizado por el propio artista. Por eso,
desarrollaría la estructura del cobertizo cochambroso. Una
especie de estudio, con banco de trabajo, donde en un desorden
aparente, interaccionan las distintas piezas con algunos materiales de
labor y no poca sensación de abandono. Así es el que aquí hallamos
ubicado en una de los rincones de la sala. En las paredes se sostienen
con cinta adhesiva los dibujos de niños irredentos, niños que no
quieren ser adultos. Desparramados por la mesa se hacinan los lápices
en torno a una taza de café usada. Por el suelo cajas de cartón,
papeles arrugados y latas de cerveza comparten el espacio con dos
esculturas caninas que parecen merodear cual callejón trasero
neoyorkino. La escultura de uno de sus meninos encapuchados cierra los
ojos sobre la banqueta del artista. Por cierto, fabricada al igual
que otros enseres y objetos mueble por el equipo graf para la actual
exposición. Se trata, por tanto, de una recreación, un diorama a
tamaño natural, un pequeño teatro similar al que se dispone en la casa
natal de algún artista o en cualquier museo a manera de atelier.
Es más, casi un apropiado escaparate para sus obras más menudas.
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La atención, sin embargo, se traslada inevitablemente hacia la otra
gran arquitectura de la sala. Se trata de la barraca o caseta
ruinosa, realizada ex profeso para la ocasión y
concebida igualmente como soporte para la obra de Yoshitomo, a la par
que elemento aglutinante y principal de toda la instalación.
Integrar al visitante
es una de las premisas más importantes del momento, hacerlo partícipe
del hecho artístico, que sea realmente arte popular. Nara se ha
imbuido de la cultura y el arte Pop occidental y se ha convertido en
un personaje de esta tendencia en su versión nipona o Superflat
[2]. Se
ha esforzado durante años en que sus creaciones lleguen a un número
más grande de personas, incluso diseñando muñecos y camisetas de moda
en Japón.
El lenguaje estético
del edificio habla de algo más cercano, de una visión de la realidad a
través de los ojos del cómic o el anime televisivo. Destaca no
sólo por sus medidas, sino por su arriesgada morfología, entre
expresionista e infantil, casi una caricatura de una casa. Toda ella
es irregular, especialmente sus ventanas de múltiples tamaños.
Construida con materiales de deshecho, rebuscados por toda Málaga, no
es tanto un ejemplo de object trouvè, como de arte de
reciclaje. Graf parece reproducir los juegos infantiles en los que
escombros, chatarra o cualquier cosa abandonada, propia de la sociedad
industrial, es reutilizada y reconvertida por los niños, gracias a su
imaginación, en castillos, barcos, estaciones espaciales o lo que la
fantasía alcance. Por eso, los materiales son viejos palés del
puerto, tablas de encofrar y deteriorados marcos de alguna obra.
Podría entenderse como una arquitectura efímera concebida para una
representación del kabuki, teatro popular japonés, famoso por
lo artificioso de sus puestas en escena y por intentar tener más
contacto con el público. Igual que en el pasado, han levantado esta
enorme “machina” a mayor gloria de la imaginación, para que el
espectador vuelva a sentirse como un crío, ávido de emociones y
fundamentalmente, de curiosidad.
En uno de sus
laterales, una puerta cerrada está blasonada sobre el porche con las
iniciales YNG, confirmando la autoría de sus creadores (Yosimoto
Nara Graf). A pesar de que este acceso está clausurado
con tablones, es posible adentrarse en la estructura por otro lado,
donde una puerta de cuarterones vítreos nos permite intuir su
interior invitándonos a pasar. Ya dentro, nos contempla una pintura
de una chiquilla de ojos enormes y brillantes, cautivadores y
sinceros, que en contraste con las niñas que habitualmente realiza
Nara, escapa de toda malicia y se alegra de dar la bienvenida al
curioso. Alzando la vista se dispara la altura de la techumbre, casi
ocho metros, horadada con claraboyas que nos permitirían ver las
estrellas, quizás metáfora de los ojos que nos contemplan... A la
derecha, el cristal de una desportillada ventana es un nuevo
escaparate, diorama, habitáculo a escala de uno de sus
juguetes-escultura que, sedente, clava sus ojos en una pared atestada
de pequeños dibujos del propio Nara. La habitación presenta ese mismo
aspecto desordenado, de cubil artístico. A su vez se abre en el muro
opuesto un ventanuco a través del cual podríamos contemplar el mundo
desde el lado menudo, como se escudriñan los detalles de una casita de
muñecas. Rememoras el cuento de Alicia, hacerte pequeño para entrar,
para comprender. Sólo una lechuza disecada otea parapetada en un
escarpado reborde de la caseta, alada esfinge protectora, vigila con
sus falsos ojos de plástico al intruso, aunque no parezca romper el
encanto del lugar, inquieta su presencia. Eres entonces el
protagonista de algún relato, de algún tebeo de aventuras, pues has
abandonado la realidad para entrar en lo onírico.
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Ya fuera, sentados en uno de los bancos exteriores, contemplamos los
cuadros pintados sobre tablones de encofrar que, como ya se ha dicho,
más parecen remedar anuncios sobre paneles publicitarios. Destacan por
su textura ruda y sus llamativos colores. Contienen además, una parte
textual, a modo de slogan. Sin embargo, la combinación de ambos
elementos no resulta nada banal, pues haciendo una lectura más
trascendente, se nos antojan casi emblemas o jeroglíficos. Así, en el
titulado “Life is only one!” (Vida sólo hay una), la niña se enfrenta
sorprendida a un cráneo. En “Banging the Drum” (“Golpeando el tambor”)
es precisamente otra jovencita la que con ojos cerrados, redobla
baquetas en mano el instrumento, que lejos de ser alegre, ha
acompañado a más de una ejecución. Por último, “Cloud shrouded”
(Atrapada en la niebla) un fantasmagórico escenario donde una pequeña
intenta salir a nado de la espesa bruma. Preside la sala aquella misma
niña sonriente que veíamos en la caseta. Ahora representada en “Cosmic”,
mantiene la rutilante mirada fija en el espectador, mas el semblante
torna serio, casi metafísico. Seguimos sentados en el banco. Ahora no
se nos antoja tan ingenuo o naif, si quizá en la forma, no en
el fondo. La infancia es un momento demasiado breve de nuestra vida,
pasa velozmente y con ella se va también la capacidad de ver el mundo
de una forma más inocente y feliz. En la festividad del Hanami, se
contempla la fugacidad de la vida y lo efímero de la belleza
representados en la delicada y nívea flor del cerezo. Es un día en el
que la familia y los amigos realizan una comida especial bajo algún
árbol venerable. Tras el crepúsculo, muchos continúan la velada, es el
momento denominado Yozakura, momento en el que la conversación
desemboca en los recuerdos del pasado, en alguna anécdota del colegio
o aquella inocente travesura. Contemplación y rememoración. El egoísmo
de los adultos acelera la edad de la inocencia.
He aquí el punto de
encuentro entre Nara y graf. La obra de Yoshimoto presenta como tema
fundamental niños y niñas ofuscados, rebeldes “sin causa” que
verbalizan exabruptos y con un tufillo punk. Se sienten
atosigados, alguno incluso con un “S.O.S.”
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Sus formas responden a un formato desenfadado e ilustrativo. Las
figuras, desproporcionadas, de grandes testas y no menos grandes ojos,
se perfilan con un marcado contorno, los colores son planos y vivos.
Hay una absoluta ausencia de volumen o perspectiva. De hecho, parecen
flotar sobre el fondo del papel. Resultan una rara mezcla entre la
estampa japonesa de estilo Ukiyo-e, precursora del manga y la
iluminación de un códice otoniano. En ambas fuentes de inspiración se
da un valor simbólico a la imagen, supeditándose al mensaje final.
De todas las obras
hay dos cuadros muy reveladores. Ambos en la pared exterior de la
caseta ruinosa. “Change the history” es una miniestrella de la canción
protesta, guitarra en mano rasga contestatariamente las cuerdas
mientras grita alguna consigna muy punk. En el otro, una
“Nueva” jovencita parece meditar con los párpados cerrados. En sus
manos extendidas dos plantitas, dos esquejes de cerezo que florecerán
dentro de muchos años…mientras tanto, dejad que los niños vivan sus
sueños.
[1]
Uno de sus favoritos es Joe Strummer, que aparece representado en el
pequeño cubículo de la caseta ruinosa en uno de los muros. En otras
ocasiones son las letras de sus canciones las que titulan sus obras.
[2]
Movimiento Pop
japonés, cuyo padre es el ilustrador Takashi Murakami. Se caracteriza
por imbuirse de la sociedad de consumo, expresarse en el lenguaje del
manga, mantenerse en una eterna adolescencia ( complejo de
“Peter Pan”) y atracción hacia las lolitas en su versión
sexual.
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José Hinojosa, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Materialismo matérico,
José María Cano. Espacio Proyectos, CACMálaga.
Octubre / Diciembre 2007.
Una miríada de ojos y sonrisas inquietantes nos recuerda que algo no
va bien; puesto que, al comprobar en manos de quién andamos, por qué
rotan los ejes del mundo que llaman civilizado, no podemos evitar
sentir una aprensión desoladora que acaba por empequeñecernos. Tiempo
atrás pudimos experimentar algo similar en la videoinstalación in
the glass darkly (2005), de Carlos Aires, una especie de panteón
de las muecas optimistas más empañadas por el vacío (fotografías de
irredentos jefes de estado, invictas misses de la mejor
cirugía, hiperbolizados adictos a la halterofilia, mitos eróticos de
la vulgaridad más orgullosa, y hasta los desconocidos modelos que
pueblan los portarretratos que todos compramos en algún momento);
panteón oscuro, enmarcado en negro, que conformaba un paisaje en
grisalla de una sociedad corruptible hasta el paroxismo, y que
conducía –como perturbador corredor de la muerte- al vídeo de la
realidad que todos se empeñan en desenfocar: Los desastres provocados
por el ser humano y prácticamente nublado por nuestra histriónica
visión materialista.
José María Cano,
inundando el espacio proyectos del Centro de Arte Contemporáneo
de Málaga con 85 retratos de gran formato, nos sitúa asimismo en un
mausoleo de hombres ilustres de nuestro tiempo. El denominador
común es el poder que les sustenta, validado por sus cuentas
corrientes y sus respectivos emporios, entronizados como están por los
tabloides del Wall Street Journal –de donde el artista extrae tan
amables imágenes- y exhibidos sin la máscara del anonimato en que
quizás preferirían estar sumergidos. Una de las premisas que confiere
al conjunto mayor unidad la constituye el hecho habitual de que la
prensa especializada –la económica- suele disponer rara vez del posado
de los susodichos. Muchas de las fotografías de archivo con que se
pone rostro a estos señores del mundo pertenecen a fichas de
inscripción en clubes de sociedad, de lo que se extrae normalmente una
sonrisa pactada, fingida podría decirse. La grima que se establece
automáticamente –el ciudadano medio admite su medianía y desprecia al
rico sin saber de sus probables virtudes ni de sus méritos y logros-
se ve justificada por la monocromía neutra que acentúa si cabe la
procedencia anodina y repetitiva del asunto –en un orden capitalista
de las cosas, importan más las cifras que la piel de las cosas-. Como
muestra un botón: en posición estratégicamente privilegiada, el
retrato de Bill Gates -probablememente uno de los pocos rostros que el
público medio acertará a identificar- se muestra con una familiar
sonrisa inserta concienzudamente en los pliegues de nuestra memoria;
no hace falta indagar mucho en la repulsa que genera este personaje
público, arrastrando condicionamientos que pueden ir desde el
desprecio por su posición monopolista hasta la envidia más simple.
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Cano escoge la encáustica para llevar a cabo este casi centenar de
piezas, siguiendo la estela de anteriores trabajos que lo han situado
extraordinariamente como renovador de la técnica pictórica. Basándose
en una receta bien antigua –hay sarcófagos egipcios pintados en
encáustica, y el mismo Vitruvio en el siglo I a. C. nos describe su
proceder-, que obtiene su principal materia prima en la cera de abeja,
consigue eternizar estos retratos mediante una cristalización que ha
demostrado ser tan perdurable –y quizás más, el tiempo lo dirá- como
el óleo. Esta insistencia en lo matérico, innegable discurso de fondo
de la obra, puede hacer alusión al valor de la obra de arte (existe un
juego de silencios en torno a las prolíficas relaciones entre arte y
economía, como el propio Cano ha señalado). No sería de extrañar este
correlato, que el propio artista ha experimentado en el pasado
salvando alguno de sus proyectos musicales mediante la venta de parte
de su colección de arte. Tampoco podemos dejar de lado que el
polifacético creador tiene la intención de poner en manos del
CACMálaga su interesante y valiosa colección actual, en concepto de
cesión temporal y al objeto de enriquecer el proyecto expositivo de la
colección permanente.
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Para José María Cano habría sido más rápido y sencillo colgar estos 85
retratos escaneados y plotteados –ya que el concepto que
anima la obra es lo que importa-; Cano, por el contrario, debe hacer
una artesanal reproducción de la trama inicial de la imagen a la tabla
sobre la que trabajará en horizontal, para ir vertiendo sucesivas
capas de cera teñida con pigmentos. Al igual que la resina, la cera
virgen se eterniza. Nada más apropiado para estos semidioses del vil
metal. O para hacer única e irreproducible cada pieza, a pesar de que
derivan de recortes de prensa.
Una última cuestión
nos podría asaltar al observar que, como Donatello entre las fieras,
el retrato de Kate Moss preside –iluminada con una particular
intensidad de luz, ocupando el centro exacto del espacio expositivo-
o, según se quiera ver, es acosada por la ingente muchedumbre de
hombres poderosos. ¿Es la macroeconomía un mundo de hombres? ¿Viene
esta belleza superficial –canónica hoy en día- a subrayar las
carencias de los otros rostros? ¿Participa con su particular modo de
ese engranaje –es una de las mujeres mejor pagadas en el ámbito de la
moda- y simplemente contrapone un estilo? De ser así, ¿por qué no
encontramos otras mujeres ricas y poderosas más emblemáticas? ¿Es esa
belleza vacua, hábilmente manipulada en la publicidad, la que nos
arrastra a sucumbir a los poderes invisibles que les enriquecen a
ellos?
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Pedro Alarcón, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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