lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [vida natural]  

 


EXPOSICIÓN  En las entrañas del árbol, Andy Goldsworthy.
Palacio de cristal, Madrid. Hasta 21/01/08.



¿Cómo es posible que una piedra pulida en medio de un camino pueda ser tenida como arte? ¿Y un socavón intencionado en el centro de una montaña? ¿Cómo puede la naturaleza ser tan simple y el hombre tan osado, pretendiendo llamar arte a lo que artísticamente es irrepetible? ¿Cómo yo, ser humano, puedo entender tus reglas y principios, natura?

El arte del paisaje, de la tierra, puede ser visto como una práctica utópica con un destino a ninguna parte, como una simpleza excéntrica de autores que divagando se han encontrado con una máxima difícil de descifrar, o se han perdido en sus propias paranoias, fuera ya del mundo de lo posible o asimilable para el resto. Yo prefiero verlo como una creencia en valores que van más allá de lo físico, como una investigación interesada en comprender por qué nos ha tocado compartir hábitat con esta natura tan caprichosa, tan perfecta, tan cruel. Un intento desgarrado por sentirnos parte de nuestro entorno y creernos capaces de dominarlo aunque sólo sea un poco y durante un instante.

Contemplar el trabajo de Andy Goldsworthy (Chesire, Inglaterra, 1956) es una posibilidad inusual de acercarnos a nuestros orígenes, a nuestros miedos y sinrazones, a esa parte serena, contemplativa y extática que también integra nuestra realidad pero a la que pocas veces miramos. Al igual que De María, Smithson, Long, Heizer, Turrell, Oppenheim, los procesos y acciones de Goldsworthy tratan de enfrentarse humildemente a uno de los grandes misterios del perfecto mecanismo que habitamos y que desdeñamos a menudo como si fuera tan sólo el decorado de las ciudades que nosotros solitos hemos erigido.
 


El proyecto que Goldsworthy ha realizado en el Palacio de Cristal de Madrid es el más ambicioso del artista hasta la fecha, no sólo por su gran dimensión –la altura de cada escultura corresponde a la mitad de los techos del Palacio-, sino porque supone un paso más dentro de sus ya conocidas cúpulas: el visitante puede entrar dentro de ellas. De este modo, el espectador es capaz de percibir en primera persona todo el dominio y la energía del noble material escogido, la madera. Se siente atrapado y aterrorizado ante tan dura simpleza al tiempo que es incapaz de entender semejante descontextualización de materiales. El propio artista ha explicado que el mayor interés de esta instalación reside en haber creado una jerarquización de capas referidas a la alternancia de los materiales. Primero un espacio creado con madera, existiendo dentro de un Palacio de cristal, y, a su vez, rodeados ambos por la madera de los árboles del Parque del Retiro, la ciudad de Madrid y su entorno. Una relación que parece una espiral cíclica de conceptos ingrávidos y estimulante resolución.
 

Goldsworthy ha dado en la clave para alterar con sentido estético la percepción de un paisaje, tanto por su siempre acertada elección de materiales, como por la sencillez de las formas o no formas, por las que se siente atraído. En este sentido, las formas serpenteantes, sujetos de una investigación detallada por parte del artista, han sido de vital importancia para entender el movimiento, concepto clave en su obra de suma belleza poética Wall. En el caso de las cúpulas del Palacio de Cristal, la elección del material ha sido el motor de toda la obra. Sin embargo, el concepto de movimiento late vehemente por el espacio circular, el cual parece revolverse por entre los troncos de madera encajados entre sí sin más sujeciones que en la entrada y en la salida.

No se puede obviar pues, que en el arte del paisaje convergen diversos elementos que deben respetarse y entenderse entre sí. Elementos minimalistas, conceptuales y primitivos atienden necesariamente a distintas leyes dentro del mismo proceso de creación, y hacen que estos proyectos estén cargados de valores coherentes y rara vez aleatorios. La tarea de Goldsworthy es la de entender lo efímero, todo aquello que no permanece para acercarse a la naturaleza y, por tanto, al ser humano, a él mismo. Es por esto que trata de contemplar sus trabajos en sus distintas fases, observando cómo es su deterioro, su erosión y aniquilamiento, para poder sentirse, quizás, un poquito más cerca de su orígenes, de su propio ser.

El artista es exquisitamente delicado y sutil con sus intervenciones y sus inquietudes vitales lo llevan a querer llegar a la unidad mínima permitida. Sus sombras en las calles de ciudades, encima de rocas y piedras, son buena prueba de ello. La seducción radica en el binomio efímero / permanente. Para acercar el arte a la naturaleza, a lo natural, este mismo debe ser efímero y no acicalarse en su sillón día tras día. Eso no es natural. En En las entrañas del árbol, la madera usada para realizar las tres cúpulas que se exhiben, será reciclada en cuanto termine la exposición, seguirá su proceso natural del bosque a la ciudad, a nuestras casas, sacrificando su vida para pasar a formar parte de las nuestras. El ciclo se cierra pues cuando la naturaleza y el hombre se encuentran cara a cara, ya sea en el bosque, ya en casa.


Laura Acosta, 2007.

fotografías de Raúl Lorenzo por cortesía de Museo Reina Sofía.

www.museoreinasofia.es
www.goldsworthy.cc.gla.ac.uk/

 

 
 

 

felipe palma mejías / cortesía del propio artista

 

 


EXPOSICIÓN  Aporia, Glória Mas.
Museo Es Baluard, Palma de Mallorca. Hasta 23/09/07.
 

“Las lágrimas son el criterio de verdad en el mundo de los sentimientos”
Émile Michel Cioran

Hace más de seis millones de años se produjeron importantes cambios climáticos y geológicos que provocaron que un grupo de grandes monos se afianzaran en la postura y en caminar erguidos sobre los pies. Desde entonces hasta ahora, la carrera ha sido imparable; la lucha por la domesticación y la dominación del entorno ha olvidado los antiguos ritos celebrados para venerar nuestra relación con la Madre Tierra. Pese a que deidades como Osiris, Deméter, Artemisa, Ah Mun o Chi Wara enseñaron a la humanidad las artes agrícolas y ganaderas, provocando el despertar espiritual y una nueva comprensión sobre nosotros mismos, la ocupación del hombre no ha sido pacífica y contemplativa, sino una lucha feroz y desesperada contra la esterilidad, la sequía, la hambruna y las violentas fuerzas de la naturaleza.

Si en otros tiempos los hombres dibujaban toscamente formas de bisontes sobre las paredes de una cueva para favorecer la cacería, hoy son las lágrimas de cristal de Glòria Mas –Palma de Mallorca- las que purifican el dolor del vientre que sustenta a todas las criaturas del planeta.

El incremento de los riesgos ambientales; una mayor desigualdad mundial en la distribución de los bienes de consumo, en las oportunidades de educación y en las condiciones de vida; la inestabilidad de los mercados financieros; así como la rápida disgregación de los Estados en algunas partes del mundo, son factores suficientes para suponer que  muchas poblaciones consideran  que los cambios violentos ofrecen mayores garantías de futuro que un desarrollo pacífico. La artista mallorquina, consciente de la problemática planteada, presentaba el pasado verano en Palma de Mallorca Aporia, una audaz instalación creada específicamente para la sala Aljub del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Es Baluard.
 


El título de la intervención designa la “ausencia de horizonte”, tal y como lo entendían los filósofos griegos para señalar aquellos problemas que constituyen una dificultad insalvable.

Para representar conceptualmente esta preocupación, Glòria Mas ha elaborado una sorprendente trama de lágrimas de cristal, sobre la cual ha proyectado una serie de imágenes procedentes de nuestra historia más reciente. Un ritual para exorcizar el caos generalizado que provocan las guerras y la barbarie, verdadero camaleón que cambia permanentemente y adapta su apariencia a las variables condiciones sociopolíticas en que se libra [1].

Agua, aire, tierra y fuego toman presencia en su intervención; el poder de los cuatro elementos venerados por nuestros antepasados como fuente de vida y sabiduría infinita. El agua del mar, para purificar la acción dramática; el fuego y el aire, para conformar el bosque de cristal elaborado artesanalmente por un maestro vidriero de su isla natal; y la tierra, como escenario de la tragedia proyectada. El conjunto provoca extrañeza y desconcierto conforme a su propia esencia: las acciones rituales llevan implícitas un halo de misterio.

La obra se convierte así en la mejor forma de provocarnos, conmovernos, alterarnos y enfrentarnos a la ignorancia, desde la sutileza y la sensibilidad plástica. Pese a la tragedia que intuimos por la pérdida de unidad entre hombre y naturaleza, la autora no excava en la herida, sino que desciende a una dimensión más íntima; derrama lágrimas silenciosas convertidas en signo, para comunicar la ausencia de camino -como una profesional plañidera que sobrevuela la dimensión real para reducir el terror, el dolor y la muerte-.
 


Si cierro los ojos, saboreo la metáfora visual en otros ejemplos donde prima la fragilidad y la delicadeza de los materiales. Las Lágrimas sacras del artista gaditano Javier Velasco, una deliciosa instalación de diminutas partículas vítreas sobre hilos de nylon prendidos del techo de una capilla en el CAAC -Sevilla-, desde la primera BIACS -2004-; las Gotas de la mejicana Yolanda Gutiérrez, esferas de vidrio soplado que al flotar sobre agua turbia invitan a la reflexión; El kiosco de los noctámbulos
, instalación colorista y alegre, situada de forma permanente en la estación del metro Palais Royal – Museo del Louvre en París, desde el año 2000. Su autor, el artista francés Jean-Michel Othoniel, también ha trabajado en diversas instalaciones en nuestro país fabricando hermosos collares de cristal de Murano para la Alhambra de Granada, en 1999. Así, despacio, confortada en la creencia de que en el arte todo está interconectado, sobre todo cuando se trata de profundizar en el conocimiento de la naturaleza y los sentimientos, finalizo mi recorrido sensorial con las aportaciones del artista bilbaíno Javier Pérez que utiliza vidrio, cerámica, humo o crin de caballo, para crear elementos de belleza liviana y transitoria y las no menos atractivas de la artista brasileña, Valeska Soares que transforma el espacio a través de instalaciones de gran delicadeza plástica, en las que se vale de materiales efímeros como el cristal, el perfume, la cera o las flores, para dialogar con lo frágil y lo innecesario.

Si cualquier rito y su valor simbólico está relacionado directamente con la voluntad de los dioses o nuestros antepasados míticos, dejemos que el invocado por Glòria Mas junto con el que hoy estrenan Alastair Fothergill y Mark Linfield, directores del documental Tierra –un espectacular recorrido por nuestro planeta, observando el comportamiento de distintas especies animales y la influencia del cambio climático en sus vidas-, sirva para encontrar la clemencia de deidades futuras y denunciar activamente la situación de incertidumbre social en la que vivimos actualmente.
 

[1] Carl Von Clausewitz (Magdeburgo, 1789- Breslau, Silesia, 1831) General alemán, uno de los más influyentes teóricos de la guerra.
 

Ana Robles, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón y Agustí Torres por cortesía de Museo Es Baluard.

www.esbaluard.org

 

 
 

 

felipe palma mejías / cortesía del propio artista

 

 



Yo padecía del oído y ella de la vista. Apenas la oía llegar cuando se había dado ya de bruces contra el único cristal del inmueble que parecía oponer resistencia al paso del tiempo y la cochambre. De tantos impactos tenía mi amada la frente hundida, como una almohada vieja o un satélite tras una lluvia de meteoritos. Sin embargo, esta eventual porfía suya no le restaba ni un ápice de belleza sino todo lo contrario. Aquella oquedad en su cabeza desencadenaba toda suerte de mohines que solían conferirle cierta excentricidad y una personalidad arrebatadora. Es extraño, pero si lo pienso fríamente no recuerdo un solo día en que aquel magnífico ventanal albergara una mota de polvo, una muesca o vaho. Permanecía límpido e incorrupto como si de la extremidad de un santo o la túnica sagrada se tratase. Y eso que nos alojábamos en un hotel abandonado cuyas habitaciones nadie había tenido a bien limpiar desde hacía más de veinte años y por consiguiente aquella lámina de vidrio habría de estar, como mínimo, mugrienta. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba resplandeciente y dejaba pasar el espectro solar en su máxima expresión. Por el contrario, la depauperación circundante en las paredes y el techo no nos afectaba porque ambos teníamos el pleno convencimiento de que las virtudes son contagiosas y que nosotros también éramos inmunes a las bacterias, el deterioro y los agentes erosivos del océano. Hasta bromeábamos con que allí estábamos un poco más cerca de la eternidad, como aquellos individuos que se zambullían en un estanque y vivían para siempre. Con los años he comprendido que aquella vitalista actitud ante los embates de la vida no era otra cosa que cosa del amor. E ignorábamos que los dos éramos víctimas del arrobamiento.

Todas las mañanas salíamos al balcón, humillábamos la cabeza como tributo al sol y nos deleitábamos en la contemplación de una playa de arena volcánica y decenas de pesqueros anclados en la bahía. Yo describía todo cuanto consideraba susceptible de complacer a mi amada y ella gratificaba mi arrullo con una leve caricia. Pero entonces comenzaba el fragor. Abajo las hormigoneras y las máquinas excavadoras no cejaban en su empeño de echarnos de allí o, por lo menos, aturdirnos. Recientemente el edificio había sido adquirido por una prestigiosa cadena hotelera y teníamos los días contados nosotros y nuestros amigos, éstos a primera vista unos seres abominables que, como laboriosas hormiguitas, corrían de un lado para otro movidos por malos augurios. Ataviados con un raído gabán y cargando sobre su espalda con su desaliento, empujaban sus carritos rebosantes de fruslerías hasta que se detenían de repente, alzaban sus vidriosas miradas y nos obsequiaban con una sonrisa pícara y, si había suerte, con un poco de comida. Su sempiterno itinerario contemplaba hacer una parada técnica en la nauseabunda piscina para hacer sus necesidades y otra en el aparcamiento para buscar cobijo contra su miseria e inyectarse una dosis de fantasía. Tan facinerosos como peripatéticos, todos ellos solían esgrimir un cartón de vino y exhibir su colorada nariz. Bajo un mapa de cicatrices y la roña adherida a la piel, era del todo imposible calcular la edad de aquellos hombres condenados al olvido y, en última instancia, al fallecimiento. A medida que transcurrían los meses, el infortunio se cernía con más virulencia sobre nosotros. Con la aurora nos sublevábamos y llegada la medianoche nos reconciliábamos con la humanidad y su siniestro afán por enladrillar el mundo. Nuestro comportamiento compaginaba el escarnio a mediodía con el armisticio durante el crepúsculo.

En los días sucesivos todos aquellos ocupantes ocasionales fueron poco a poco rindiéndose. Más tarde o más temprano huían de nuestro lado y trasladaban su lugar de residencia a moteles desahuciados y ruinosas pensiones para empezar de nuevo. Paulatinamente nos fuimos quedando solos; se llevaron el trajín y nos dejaron el vacío. Pero en absoluto nos importaba porque nos teníamos el uno al otro y nos confortaba pensar que más audaces son los que subsisten que los que claudican. Pasaron las semanas y flaqueaban las fuerzas. Resistimos como mejor pudimos la nube de polvo, el constante repiqueteo y la contaminación acústica a sabiendas de que la vida se hacía allí cada vez más impracticable y hacer el amor entrañaba cada vez mayor dificultad por aquello de la falta de intimidad y la desconcentración. Mis ojos denotaban angustia y mi amada tenía el pensamiento atestado de árboles. Ella sentía que le faltaba oxígeno y soñaba con ficus, secuoyas y araucarias. Siempre que cerraba los ojos, se sorprendía a sí misma encaramada a la rama más alta de un árbol milenario o nadando en su apacible sombra. Según ella, era menester tanto acatar los designios de Dios como hacer caso a la llamada de la madre naturaleza. Pero para arribar a las tierras verdes había que emprender un largo viaje y nosotros no teníamos ya edad ni redaños para soportarlo. No me cabe la menor duda de que habríamos perecido en el intento. No nos quedaba otra alternativa que perseverar y aguardar a que finalizaran las obras. Sustituimos el saludo al sol por rogar al cielo que en aquel hotel de próxima apertura se hospedaran gentes de bien. Confiábamos en poder compartir nuestra suite nupcial con amantes impenitentes, hombres de negocios o ancianos millonarios. La inauguración fue un rotundo éxito y tres camareras de pisos con ojos rasgados tuvieron a bien remozar nuestra habitación y colocar sobre una mesa un jarrón con flores y una bandeja de fruta, lo cual hizo las delicias de dos inopes como nosotros porque no habíamos probado bocado dulce desde hacía días. De pronto nos sonreía la suerte y se extendía ante nosotros un futuro esperanzador. Todo eran buenas perspectivas y con auténtica intriga vigilábamos la puerta.
 


A la mañana siguiente se abrió súbitamente la puerta y entraron los primeros inquilinos: una pareja de mediana edad seguida de su prole de encantadoras criaturas. Mi amada y yo esperábamos en la terraza con expectación y con la mejor de nuestras sonrisas; deseábamos entablar amistad con ellos cuando algo llamó nuestra atención y fruncimos el ceño. El infante que apenas levantaba un metro del suelo procedió a abrir un bolso de mano, volcarlo sobre la cama y hacer acopio de su arsenal: un tirachinas, un juego de dardos y una escopeta de perdigones. Acto seguido nos clavó sus coléricos ojos, arqueó una ceja y nos brindó la peor de sus sonrisas. De lo que sucedió a continuación no tengo un recuerdo nítido, aunque sí tengo constancia de que el endiablado niño disparó a matar. Mi amada y yo batimos con fuerza las alas, alzamos el vuelo en distinta dirección e iniciamos una descontrolada carrera en pos de la vida. Tras un instante de agonía, el estruendo se tornó confusión. Por último se apagó el día y se hizo el silencio. Oscilante, se aproximaba a mí una pluma teñida de rojo, pero roló el viento, pasó de largo y cayó al mar. Bajé la cabeza y cuál fue mi sorpresa cuando alcancé a ver en mortal contraste la nívea figura de mi amada con las alas desplegadas, derramada sobre un nido de arena volcánica; las olas rompían con ferocidad contra su cadáver yerto. Presa del dolor, dirigí mi mirada hacia el ventanal y tras el cristal comprobé que el funesto impúber contaba con el beneplácito de sus progenitores que disfrutaban sobremanera del espectáculo en tanto le animaban a tirar de nuevo. Tras un minuto de rearme, el hijo de puta se disponía otra vez a abrir fuego cuando procedió a apuntar mejor y recostó su cuerpo contra la barandilla con tan mala fortuna que los hierros dieron de sí, saltaron de su embocadura y se precipitaron al abismo con él detrás. Días antes el personal de mantenimiento había olvidado afianzar la estructura al piso y, como era de esperar, días después el hotel cerró sus puertas definitivamente y mis abominables amigos retornaron con su gabán raído, su afamada astucia y su carrito al redil de la tristeza. Al contrario de lo que hubiese hecho cualquiera, yo no permanecí allí. Saqué fuerzas de flaqueza y volé a las tierras verdes con ayuda de una bandada de patos salvajes.   

Ahora soy feliz al abrigo de la hojarasca. Suelo ayudarme con las alas para enterrarme bajo la maleza. Sobre las raíces me tiendo boca arriba y me extravío en la verde inmensidad del cielo. Muchas veces deliro y creo distinguir a mi amada encaramada a la última rama de una araucaria de cuarenta y cinco metros de altura. Tengo la certeza de que ella se halla allí y que allí se hallará eternamente. Sin embargo, por mucho que ella baje la cabeza y aguce la vista jamás conseguirá verme o por mucho que yo alce la cabeza y aguce el oído jamás conseguiré oírla. Por nuestras respectivas taras estamos ambos predestinados al desencuentro. Entonces habremos de vivir otra vida, nacer entonces con los sentidos en perfecto estado e iniciar así la búsqueda del prójimo. Mientras eso no ocurra, seré a los ojos de mis semejantes un incomprendido: un hombre con cuerpo de ave o, lo que es lo mismo, un ave con mentalidad humana.                   
 

Nacho Albert, 2007.

El relato está inspirado en una serie fotográfica del artista Gilberto García Tesouro,
 reproducida en parte aquí por cortesía del propio artista.
 

 
 

 

federico guzmán / cortesía del centro andaluz de arte contemporáneo

 

 

 


INTERVENCIÓN  La llanura baja, Jesús Zurita.
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Sevilla. Desde 18/09/07.



Una naturaleza inhóspita se convierte en el escenario inquietante de una probable cadena de sucesos; no al modo del paisaje en su formato convencional –ya en el sentido histórico, donde la pintura pretextaba asuntos bíblicos o mitológicos para desplegar un fabuloso ecosistema abundante en exabruptos monumentales y otros elogios a la creación; ya en el sentido más provechoso del género mismo, con una sinceridad sublimadora- sino en un renovado y singularmente rítmico concepto de tensiones varias e intrincados vericuetos de sugerente misterio. Al intervenir el espacio fabuloso de la capilla de Santa Ana, en el monasterio sevillano de La Cartuja –sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo-, el artista ceutí Jesús Zurita se ha desenvuelto en el polifacético magma de la instalación, dialogando con un entorno del mejor gótico mediante un código en cierto modo cinematográfico. Hay otros dos artistas andaluces que han tratado, por el camino de la fotografía, esa naturaleza algo nocturna y alevosa –como en el trasunto de un crimen o en la certeza de una angustia desoladora-: Me refiero a Miguel Ángel Tornero –con su ya característico y lúcido señalamiento flasheado de los blancos sobre los negros más puros- y manolo Bautista –que compone la scena meticulosamente, como si cada ínfimo detalle arrojase algo de luz hacia el discurso de la obra.

Sobre la gran sombra –orlada de minucias preciosistas que festonean aquí y allá en un decorativismo elegante- de un panorama irreconocible, campiña insólita a medio camino entre bosque y barranquera, el pintor distribuye argucias y golpes de efecto. En una sabia recuperación del rojo como seña de identidad –algo que ha sobrevolado su obra en diferentes ocasiones-, establece una estrategia visual a modo de llamadas cromáticas, en una representación más bien abstracta y sin embargo orgánica (¿pétalos magnificados y casi marchitos, cadáveres envueltos en sudarios sanguinolentos y enterrados varios metros bajo tierra, visiones en macro de un plasma palpitante? ¿Sólo pintura pintura?). Para conducir al ojo, muestra en lugar que esconde las líneas direccionales [1], las exhibe orgullosas en el tono de la encarnación [2] (parte del trasunto de la obra), invirtiendo el proceder de los del diecisiete en sus lienzos toda vez que enmascaraban la proeza compositiva bajo un ornato de luces y oscuridades.
 


La llanura baja
es la puesta en práctica de unos planteamientos estéticos que el autor ya había ensayado en la galería Alfredo Viñas –Málaga- con la exposición Desde el hoyo, a través de un propósito que empieza a ser habitual y no obstante paradójico en los círculos expositivos comerciales: el muralismo efímero. Como dato esclarecedor, resulta singular que la nómina de artistas seleccionados para el próximo festival de Arte Contemporáneo de Barcelona (BAC!) acoja hasta diez propuestas de muralismo efímero y ninguna de pintura en formato convencional; si rastreamos la estela de este tipo de manifestaciones en eventos semejantes, podemos convenir que se trata de un paradigma de representación muy marcado por el mundo del diseño gráfico, la ilustración, el graffitti y en definitiva todos aquellos ámbitos que se desarrollan en el marco de lo urbano. No en vano algunos de sus creadores han protagonizado dicho salto de un medio a otro. Un lenguaje de cromías planas y un dibujo muy definido suelen ser las claves para capitular en torno a lo que podría dar lugar a un género propio.
 


En líneas generales, el modus operandi de Jesús Zurita se basa en un modo pictórico que representa el ardid del desencuentro con el marco y el rebase de sus límites, en línea con las hazañas de buena parte de la mejor pintura actual: El turco Aluk Akakçe, por ejemplo, cuyas exposiciones en galerías estadounidenses suelen ser una ruptura con el espacio envolvente, y que sostiene como hilo conector un estilo caligráfico y hasta cierto punto chinesco [3] que nos lleva de forma irremisible al propio Zurita; o lo que ocurre con el barroquismo expansivo y fluctuante de Fabian Marcaccio, una solución de desbordamiento en que la pintura emerge del muro y atraviesa el espacio mediante estructuras construidas al efecto; o, en una estética más cercana al dibujo del cómic –con la que también se ha relacionado a Zurita por su uso de la monocromía y la silueta-, la etíope Julie Mehretu, que sostiene una ambivalencia implosión/explosión para justificar los ámbitos superficiales por los que se derrama su interesante dibujo.

Zurita se vale de una composición que también participa de algunos sofismas barrocos –premisas que en cierta forma resultan categóricas y que sin embargo nos llevan a conclusiones inciertas y hasta contradictorias-. Eso fuerza nuestro interés agitado, que nos hace andar y desandar el espacio de la capilla rompiendo el eje longitudinal que marcó la liturgia católica. El artista ha sembrado el caos en aquel microcosmos ordenado del templo, ha irrumpido con la vida natural la simetría tectónica, ha abierto en definitiva una brecha –la del negro profundísimo en el blanco sine macula-. Y podríamos augurar, muy a pesar del inicial destino, una próspera longevidad para este muro.

 

[1] D´ACOSTA, Sema. Jesús Zurita, atracción e incertidumbre. Revista El Cultural, suplemento de diario El Mundo, 11 de Octubre de 2007.

[2] ZURITA, Jesús. La llanura baja, texto para la exposición. Septiembre de 2007.

[3] Enrique CASTAÑOS ALÉS ha querido ver en la obra de Zurita más de una reminiscencia de la pintura oriental, aludiendo de forma directa al arte de las dinastías Song y Yuan entre los siglos XI y XIV, en el artículo La síntesis narrativa de Jesús Zurita, Diario SUR, Málaga, 17 de Junio de 2005.

 

Pedro Alarcón, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

www.caac.es

 

 
 

 

elizabeth ross / cortesía de la artista

 

 


EXPOSICIÓN
  Road, Adrian Tyler.
Galería JM, Málaga. 23/11/07 - 19/01/08.




"Si es lo bastante valiente y está bastante alerta, el fotógrafo puede ir directo al significado”

John Szarkowski
Director de fotografía del M.O.M.A

La fotografía contemporánea de paisajes sirve sobre todo para cuestionar el lugar del hombre en el mundo; es una forma casi epistemológica de enfrentar la intervención del ser humano con los desastrosos resultados que de ella se derivan. En esta disputa, que no llega ni a ser un pequeño combate, siempre acaba perdiendo él mismo. La voraz capacidad de modificar la Naturaleza que tiene el hombre hace que su inconsciencia no dé opciones.

Adrian Tyler nos presenta en la galería JM de Málaga su interpretación de esta lucha en el territorio español. Desde el 2005 recorre la península para fotografiar intervenciones sobre el medio rural, bien sea retratando la construcción de carreteras o la destrucción de caminos agrestes y paisajes autóctonos. El resultado emana, de una forma muy acertada, ecologismo, denuncia y solidez. Las imágenes, de una rasa simpleza, además de tener una estética plana que las acerca a la pintura abstracta, poseen un cierto magnetismo en las diagonales y una concatenación bien conseguida entre el ocre y el pastel, asociación que nos hace concentrarnos en cada instantánea, detenernos en ellas unos segundos para intentar escrutar sus misterios.

Sergio Belinchón, en su serie Suburbia (2002) también reflejó esta huella de lo humano, aunque su orientación entonces se inclinaba más por la denuncia del crecimiento de las ciudades y el trabajo de Tyler lo hace exclusivamente en las carreteras. Esta preocupación por la estela que deja el hombre con sus abusos sobre la Tierra también se puede apreciar en autores como Richard Misrach, que en On the beach (2002/03) captura la belleza del mar, fotos donde siempre colocaba a una persona en el encuadre  a modo de contrapunto disonante.
 


Tyler
, siendo más cálido y menos distante, entronca directamente con la ascética fotografía que se hace hoy en Alemania. Aunque también, por sus pretensiones, está cercano a autores mucho más punzantes como Andreas Gursky o Walker Niedermayr. El primero aborda el paisaje influenciado por el ansia de consumo humano y no hace así más que plasmar con sus imágenes la degradación de las formas impolutas. A veces en sus obras, como ocurre en Arena III (2003), se aprecia el mismo uso de las diagonales que vemos ahora en la galería malagueña, coincidiendo ambos autores en la misma belleza de la degradación. Todavía va más allá Nierdermayr cuando ridiculiza al ser humano al compararlo y empequeñecerlo con la Naturaleza, burla que se acentúa cuando pensamos que en determinadas situaciones de ocio nos aprovechamos del medio natural y no nos damos cuenta que más bien puede ser al contrario. Tyler es mucho más sutil pero no deja de ponernos frente al reflejo de lo que somos.
 


Esta preocupación sobre la función de los espacios naturales está presente de igual manera en las obras de Olafur Eliasson, que además de fotografía realiza instalaciones (nadie olvidará su sol artificial de la Tate Gallery
en 2003, the weather project). Eliasson tiene un punto de encuentro con Adrian Tyler que gira en torno a la lucha contra la idea de naturaleza sostenida por el hombre. El danés, en vez de fotografiar carreteras como hace Tyler, viajó a la tierra de sus abuelos, Islandia, para dejar constancia de paisajes vírgenes que no estuviesen contaminados por la acción humana. Su serie Caminos de naturaleza (1999-2000), expuesta en PhotoEspaña 06, es el resultado de esta búsqueda. La manera de evidenciar el mismo hecho es muy diferente en estos dos artistas y  hace que las imágenes de uno y otro se sitúen en polos opuestos, extremos bien diferenciados donde subyace un compromiso análogo, una intención pareja y un mismo fin. Lo que ocurres es que mientras Tyler retrata cicatrices a través de paisajes destruidos, Eliasson acude a templos sin profanar que no han conocido la mano del hombre.
 

Catano Quinta, 2007.

fotografías por cortesía de Galería JM.

www.galeriajm.com

 

 
 

 

elizabeth ross / cortesía de la artista

 

 


EXPOSICIÓN  Flytime project, Pablo Fernández-Pujol.
Galería Carmen Carmona, Sevilla. Hasta 30/10/07.



Nada más entrar en la galería  una extraña sensación se apodera del visitante, cierta incomodidad para el urbanita no habituado al revolotear de un enjambre de insectos. Menos mal que no son reales; hoy día a los artistas les da por cualquier cosa, tranquiliza saber que son un simulacro, un trampantojo muy acertado, un disfrute para la vista que tras un tiempo de observación produce un efecto cinético… Sí, están vivas y se pasean a su libre albedrío por la superficie del lienzo.

Supuse no estaban  dispuestas aleatoriamente. En efecto, había bajo ellas una meticulosa red de distribución y encaje, finísimas líneas de composición como tela de araña en la que  habían quedado atrapadas. Donde mejor se observaba este trabajo de chinos era en el espacio dedicado a la instalación. En el fondo de la sala, sobre blanco inmaculado, pululaban ingentes cantidades de moscas, ocupando paredes, techo y suelo, así como un enorme botijo que ya utilizara en la exposición The flytime Project  en  el Convento de Montefrío (Granada) y que tanto había gustado, el cuál también presentaba un engobe blanco  sobre el que se habían posado algunas formas negras. Ahora había depurado más la idea original, no respondía tanto a un divertimento o una extrapolación del objeto, sino a una construcción espacial con reminiscencias al optical art por un lado y a lo surrealista por otro. Personalmente, soy de la opinión de que nos sumerge en la escenografía daliniana, una plaga infesta que mancha la pureza de lo impoluto. O quizás un sueño atosigante de Buñuel,  abigarrado de insectos y con cierto aire rural. No hay que olvidar que antes del mes de los muertos (Noviembre) llega el tiempo de las moscas, invadiendo los interiores y volviéndose insoportablemente pegajosas… Se puede decir que este principio de hábitat lo viene madurando el artista de hace tiempo, como lo demuestran dos maquetas, complementadas con fotomontajes de la anterior exposición y que se mostraban en la misma galería. Como obra en sí carecían de relevancia, como proyecto resultaban de lo más sugerente.
 


Los lienzos respondían también a este patrón entre minimalista y Op Art. Cuidada ejecución. A simple vista se nos aparecen como insectos veraces, mas al aproximarte observas atónito que son tres pinceladas, una para el cuerpo, más oscura, y dos para las sutiles y traslúcidas alas en una grisácea emborronadura. No es entomología, sino efecto e ilusión. Artificiosa puesta en escena, en la que las rebeldes mosquitas revolotean fuera de los límites del bastidor ocupando los alrededores del lienzo, otorgándole el entrañable don de ser “naturalezas vivas”. ¿Qué vas a hacer cuando te compren uno de estos cuadros?  Cómo van a llevarse las moscas de alrededor? -sonríe-. Pues iré donde lo cuelgue el cliente y se las pintaré en la pared. Respuesta no menos ingeniosa y real.

Aún no estaba del todo montada la exposición. A Pablo le rondaban todavía una nube de ideas  como dípteros había plasmado en lienzos y muros -¿En serio, te has dedicado a pintar una por una las miles de moscas que hay!?- Sí, claro- decía un tanto ensimismado pero henchido de felicidad por un trabajo bien hecho. Tocaba seguir preguntando para escribir el articulito correspondiente, pero el zumbido irreal de los insectos no nos dejaba concentrarnos en la conversación. Una cancioncilla resonaba en mi cabeza con entonación a Serrat, los famosos versos de Machado, claro:
 


Vosotras, las familiares,

inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

De alguna manera así era. El artista había partido de un motivo tan corriente y poco sofisticado como una mosca común. Pero al multiplicarlo hasta la saciedad le otorgaba una dimensión bíblica, algún tipo de tormento creado por un nuevo Belcebú (literalmente, “Señor de las moscas”) que agitando su pincel las podría conminar a cubrir el cielo. Así me lo figuraba la enigmática silueta perfilada por infinidad de oscuros bichos voladores que presidía la sala. Aunque fijándose mejor no parecían tan temibles, teniendo en cuenta que justo al lado, dos autorretratos de Pablo armado con un bote de insecticida acababa con unas pocas de ellas en un “flis”.
 


Vuelvo al poeta, en los versos que dice:

“…yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.”

Eché de menos una silla recia y basta pintada de blanco, y con sus moscas bien puestas el día de la inauguración. Quizás estorbase, pero no cabe duda que la intencionalidad de la pieza respondía, como la del aquel botijo que antes mencionaba, a la de un concepto alejado del convencionalismo del lienzo como sempiterna superficie pictórica, si bien poco comercial, la intervención y descontextualización de estos objetos ya es algo consagrado desde principios del XX. Posiblemente la evolución de Pablo, si mantiene este leitmotiv revoloteador sea abarcar toda superficie disponible, una auténtica invasión de moscas. Las veremos posadas en las neveras, los móviles o en los volantes de un traje de flamenca…
 

José Hinojosa, 2007.

fotografías de Edu D´Acosta por cortesía de Galería Carmen Carmona.
 

 
 
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