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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[certamen andaluz de
artes plásticas 2007] |
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EXPOSICIÓN Certamen Andaluz
de Artes Plásticas 2007, Arte y Creación Joven.
21/09/07 - 20/10/07.
Un honesto dibujo de corte escheriano puede servirnos de
preámbulo en la presente edición del Certamen Andaluz de Artes
Plásticas, planteando algunas de las bases que se acaban por dilucidar
del estado de la cuestión del arte joven más o menos emergente. Allí
donde las instituciones se encuentran en la necesidad de rastrear las
inquietudes de sus ciudadanos más creativos, en una legítima
preocupación por el trasunto cultural, el hallazgo lo constituye –como
metáfora del propio ser y la idiosincrasia de lo andaluz- un pareado
equidistante entre la autoafirmación y la autonegación. Antes me
refería veladamente a un sencillo dibujo de M. C. Escher menos
conocido que sus muchas arquitecturas imposibles –tan admiradas por el
gran público-, en el que una mano dibuja a otra mano siendo a su vez
dibujada por la mano a la que dibuja. El necesario juego de palabras
remite a lo cíclico, pero asume que tornará a su fin toda vez que
ambas manos hayan sido completadas. No ocurre así con la obra El
pintor en su estudio, de José Antonio Reyes González,
donde la imagen doble del artista se dibuja y borra a un tiempo, una
confrontación del eros y el tanathos artístico
imprescindibles para el ansia creadora. Al artista lo mueve, entre
otras muchas cosas, una desazón natural que significa descontento
constante –autoexigencia, superación, ambición-, tal y como el mismo
artista ha plasmado en El dolor de la pintura (un
brochazo gestual se convierte en la representación de una herida sobre
otro autorretrato).
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En ese orden de cosas, podríamos afirmar que en la presente edición
hay una considerable presencia del componente autobiográfico, lo cual
lejos de extrañarnos nos sitúa de forma natural en el contexto
internacional que refleja en las corrientes últimas esa preocupación
por la identidad. El artista es consciente de su posición como pieza
de un engranaje maximizado; de una forma irónica, Verónica Ruth
Frías de la Cuesta viene proyectándolo en su trabajo, siempre
mediante guiños reconocibles al arte de todos los tiempos –un recurso
ya inevitable hasta rozar lo predecible-. En esta ocasión gracias a un
tríptico de pequeñas cajas de luz –qué lucidez la de no recurrir al
caballo grande, a la espectacularización facilona, qué delicadeza al
obligarnos a mirar como se mira una tabla del Bosco- llamado Yo
quiero mucho a mi mamá: Tres paisajes de naturaleza convulsa,
concebidos como fotocollages que exudan Rousseau a espuertas,
sirven de ecosistema para elementos oníricos –extraídos de un plumazo
de unos dalís, por ejemplo- y de telón de fondo para la figura de la
artista, que afirma, correspondiendo a cada imagen: “Mamá, quiero
ser como…”, “Mamá, quiero ser artista”, “Mamá, quiero ser un monstruo”.
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En el caso de Manuel Antonio Domínguez Gómez, esa implicación
del artista en el mundo de lo propio resulta mucho más críptica, y
ello en la misma proporción en que genera inquietud. No en vano la
serie de antiguos mapas cartográficos sobre los que pinta a la
acuarela (apuntan un ápice a los Goyas mejorados de los Chapman,
tanto en diversión como en calidad) versan sobre el hombre sin
cabeza, una transfiguración del propio artista que luce cual
Magritte misterioso u hombre invisible del cine antiguo, aludiendo
casi jocosamente a los creadores como seres extraños que pierden el
juicio y dedican sus afanes a producir objetos bizarros. La técnica
–de una exquisitez abrumadora- nos hace dudar si los elementos
esparcidos sobre la geografía estuvieron siempre poblando esos
pliegos; el estilo, anacrónico, como de ilustración de libros de
consulta de varias décadas atrás, nos despliega el esplendor de la
memoria y lo vivido. Finalmente, la inclusión azarosa –puede que
desentrañable al modo freudiano- de otros iconos sin un sentido
preconcebido, acaba por ofrecer un resultado rabiosamente moderno muy
a pesar del lastre al que la categoría pictórica y el empleo de
estilemas precedentes pueden dar lugar.
Más despreocupada por
el dominio de la habilidad resulta María Bueno Castellano, en
un honesto alarde de constantes pentimenti, casi reafirmando a
cada pincelada la importancia del mensaje muy por encima de las
cualidades pictóricas en sí. María cuenta su realidad, deviniendo muy
chagalliana toda vez que desordena conscientemente las distintas
secuencias de su particular historia.
Asímismo, la verticalista composición fotográfica de Fernando
Bayona González, procedente de su serie Milkabouts,
parece narrar un determinado ámbito del imaginario erótico al tiempo
que sostiene un interesante postulado en torno a la fuerza dual
sexo/amor como principio creador.
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Muy al margen de estos planteamientos, cobra un singular protagonismo
la obra Dibújame un cordero, de David Domínguez
Escalona, a caballo entre la escultura y la instalación; pasta de
porcelana, resina, lana, pelo… son algunos de los insólitos materiales
con los que el autor construye una perturbadora imagen con ecos de
Francis Bacon –en una velada sincronía con las crucifixiones del
famoso pintor- y una clara e inquietante referencia a los cuerpos
mutilados y pinjantes de las carnicerías, lo cual subraya con el sutil
hilo de sangre que parece haber goteado de una discreta herida. Lo
orgánico de las texturas, que aún esbozan algún rastro de vida
latente, proponen un signo escultórico que, aunque estático,
profundiza en una especie de imaginario estertor. Decir que la obra,
muy a pesar de su extraña ubicación en el espacio expositivo
–constreñida entre pilares y a falta de esa diafanidad óptima para
este tipo de obras- funciona, y resalta con creces entre la selección
de las obras. Ante esta y otras evidencias, podríamos añorar la
celebración de anteriores ediciones en el fantástico espacio del
Palacio Episcopal malagueño, un ámbito a todas luces superior desde
que se rehabilitase en su conjunto para albergar, hace ya más de una
década, la muestra Picasso Clásico.
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No querría ultimar esta reseña sin hacer referencias a varios
planteamientos más formales pero no por ello menos interesantes en sus
formulaciones y planteamientos. Es el caso de los etéreos
Dibujos con camisón, de María Acuyo Iriarte, uno de los
verdaderos hallazgos de esta muestra, en los que redefine la solución
espacial del pigmento sin romper con la tradición no figurativa de la
pintura, en una sucesión de exquisitas sutilezas y distintos grados de
corporeidad. Pintura sin pintura, sin embargo, me resultan los
inteligentísimos juegos composicionales de José Manuel González
Martínez en su fotografía deconstruída Cuadrado Rojo
o Tatuaje, fruto de intereses más basados en la
especulacón estética que en el contenido, si bien no deja de resultar
brillante conseguir tal limpieza pictórica de la representación
fotográfica de unos derribos. Las estampaciones serigrafiadas de
Áurea Muñoz del Amo, junto con la plancha de acero cortado a láser
de Roberto Urbano, suponen a nuestro criterio dos de las
mejores incursiones en el informalismo de la presente convocatoria,
planteando lenguajes sinuosos y hasta sensuales.
Completan la nómina
de artistas seleccionados en esta exposición Antonio Blázquez
Fernández, Gloria Martín Montaño, Irene Sánchez Moreno,
José Luis Conde Pipó, Marcos Fernández Muñoz, Pablo Capitán del Río, y Rubén Fernández Santos.
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Pedro Alarcón, 2007.
fotografías
de Pedro Alarcón por cortesía del Instituto Andaluz de la Juventud.
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josé
manuel gonzález martínez / cortesía del propio artista |
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“La obra de arte no es el resultado de un manejo exclusivamente
técnico o consciente del artista, puesto que aparte de lo que hay en
ella de evidente intención, hay además algo así como una infinitud
(...) que ningún entendimiento finito es capaz de desarrollar
enteramente".
Roberto Urbano
No conozco
personalmente a Roberto Urbano, (Granada, 1979) pero me basta
con contemplar las fluctuaciones orgánicas de la superficie dinámica
de su obra expuesta en la Sala de Exposiciones del Rectorado -con
motivo del Certamen Andaluz de Artes Plásticas 2007- y conocer sus
fundamentos conceptuales, enraizados en una creencia firme -“la obra
de arte como herramienta que eleva el estado de conciencia del creador
y el espectador” [1]-,
para obtener una experiencia visual tangible e iniciarme en la lectura
de sus propuestas.
Gracias al trabajo
presente en el Certamen de Artes Plásticas -una obra sin título, de
100 x 100 cm. de dimensión, realizada en acero inoxidable a corte
láser- y a su proyecto becado: Pintura sonora,
próximamente, podremos asistir a la interacción visual y sonora de un
espacio intervenido con varios elementos que conjugará pintura,
movimiento y sonido.
La instalación
estará realizada con chapas de diferentes tamaños -de
entre 1,5mm a 3mm de grosor, para lograr, al mismo tiempo, piezas
consistentes y ligeras-
y formas de latón,
cobre y acero inoxidable –espejo-, de superficies pulidas y
brillantes, que reflejarán los matices cromáticos y tonales en
constante cambio, utilizando para ello, el propio color del material
sin aditivos. Las piezas realizadas en acero serán cortadas con láser
-técnica de gran precisión en la que se desarrolla gran parte de su
obra plástica- y para el latón y el cobre, se utilizará corte por agua
–técnica más lenta y costosa que el láser, pero de similares
resultados-.
Los espectadores
serán los encargados de activar las obras al desplazarse por la sala,
a través de un sistema de sensores de movimiento conectados a unos
mini vibradores industriales -situados en la parte posterior de los
cuadros- que provocarán un temblor y con él, el rozamiento de las
formas internas de las pinturas, que se alterarán dependiendo del modo
de actuar de los visitantes en el espacio artístico. Los sensores de
movimiento: s.d.m. –dispositivos de fácil instalación que se
encuentran fácilmente en cualquier establecimiento de alarmas- serán
camuflados con carcasas diseñadas para mimetizarse en el espacio.
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Los encargados de recibir la información sonora de los cuadros, serán
los pequeños micrófonos midi -receptores de última tecnología de fácil
manipulación y de sorprendentes resultados-. Estos, junto a un centro
bluetooth, harán que todas las operaciones sean inalámbricas,
haciendo de la exposición, un lugar limpio de interferencias visuales.
Dichos micrófonos, recogerán las texturas sonoras provocadas por la
vibración de la superficie que serán reproducidas y amplificadas, a
partir del propio sistema de altavoces del espacio.
Cuando
se activen más de tres sensores de movimiento, entrará en
funcionamiento una programación aleatoria de las piezas, mediante un
programador de autómatas. De ese modo, sólo sonarán una o dos piezas a
la vez y se
obtendrá así, una pintura viva que cambiará según los aspectos
contextuales de las visitas evitando el colapso de las obras en la
exposición.
El objetivo de la
instalación no es otro que la interactuación del espectador con la
obra. El sonido generado en el espacio, vendrá a ser como una huella
de su presencia que se desvanecerá tras la visita
[2].
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Al hilo de esta propuesta, me viene a la mente la exposición visitada
el pasado invierno, Une seconde, une année, organizada en el
Palais de Tokyo de París –Francia-. Las obras allí presentes, se
activaban con diferente frecuencia mediante un sistema aleatorio que
funcionaba de forma imprevisible, puntualmente; algunas, varias veces
por hora y otras, muy raramente –como, por ejemplo, la célebre pieza
de Aliguiero e Boetti, Lampada Annuele (1966) que no se
enciende más que una vez al año-. Las obras que no se activaron
durante la exposición fueron situadas en otros espacios del Palais de
Tokyo hasta el momento de su activación.
La presencia de
estas instalaciones estaba o no sujeta a la interacción del público.
En el primer caso, destacaba la obra de Werner Reiterer, Breath
(2006), presentada bajo la forma de una invitación escrita en la pared
“Cry As Loud As You Can”. Si la intensidad del grito del espectador
era lo suficientemente enérgica, desencadenaba una serie de cambios en
la intensidad de la luz en ciertos espacios de la exposición y a
continuación, la locución de gemidos de alta intensidad, provocando
sorpresa y risas entre los asistentes
[3].
Entre las obras no
dependientes de la participación del público, me interesaron
especialmente obras como Twistle (2004) de Lara Favaretto, en
la que unas bombonas de aire comprimido se activaban inflando un
matasuegras y generando un ambiente tragicómico y Glassworks 1
(2005) -también presente en ARCO 06- de Kris Vleeschouwer, donde una
estantería de tipo industrial servía como plataforma de exposición de
varias decenas de botellas de vidrio que, en intervalos irregulares
durante varias veces al día, caían al suelo rompiéndose.
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Los autómatas son sinónimo de misterio y fascinación. Su poder al
servicio del arte sonoro -más allá de la interpretación y creación
musicales- comenzó a producir un gran número de obras con nuevos
recursos tecnológicos, que han transformado la manera de aprehender el
mundo a través de los oídos.
Los orígenes del
arte sonoro se sitúan -según varios autores- en los movimientos
vanguardistas Dada y Futurista, que hicieron que las fronteras entre
las distintas disciplinas se borraran del mapa, convirtiendo por
primera vez el ruido en un elemento expresivo en el arte. En nuestro
país, son cada vez más numerosos los artistas que se han interesado
por la utilización del elemento sónico en sus obras; producciones de
arte sonoro realizadas por jóvenes investigadores que provienen de las
artes visuales y se han desplazado hacia la investigación del sonido,
como una manera de buscar nuevas formas de producción de la obra o
artistas que proceden de la música improvisada y la poesía sonora,
incorporando el ruido y el azar en sus trabajos.
El arte sonoro es
y seguirá siendo un campo indefinido y propicio para acoger la
creatividad que se genera en los campos alternativos a las bellas
artes. Ojalá propuestas como la de Roberto Urbano, sirvan como lugar
de encuentro para espectadores y creadores, que utilizan el sonido
como principal medio de expresión para alcanzar valores universales.
“Un
artista puede partir de una forma bella, pero no conseguirá crear
belleza mientras no penetre en la esencia, en lo universal, en la
mirada del inmanente espíritu de la naturaleza”
Roberto Urbano
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[1] “Arte como máquina. Objeto y
hecho”.
robertourbano.com
[2]
A más personas, mayor número de huellas y sinfonías y, por
consiguiente, mayor belleza sonora y visual.
[3]
El factor sorpresa junto al proceso participativo propio de algunas
instalaciones y performances actuales, se presentan como factores
esenciales para el disfrute lúdico de los visitantes.
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Ana Robles, 2007.
fotografías
de Pedro Alarcón y del propio artista.
www.robertourbano.com
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áurea
muñoz del amo / cortesía de la propia artista |
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No hay ojos inocentes; de lo que se desprende que no hay miradas
inocentes, y que las fuentes que captan nuestra atención tampoco
suelen serlo. El atisbo de obras plásticas suele acicalarse con un
tanto no despreciable de sospecha, como si pudiésemos entablar un
misterioso lenguaje del abanico frente a piezas de toda índole. Una
engalana su dignidad más nueva, la más apta para las cajas blancas del
arte; ese decoro enfosca con cierto puritanismo mi escote, y rehace
mis movimientos –de la calle a la sala en una metamorfosis lenta,
religiosa- haciendo más insoportable el calzado elegido. Y ya frente
al arte, este lenguaje visual resuena estridente en algún lugar entre
mis sienes –por más silencioso que sea el vacuo espacio artístico-,
escupiéndome a bocajarro los perversos deseos que, a través de vasos
comunicantes (como links descontrolados en el desenfreno de un
pulgar cliqueante) confirman la existencia de hondos substratos
peligrosos incluso para una malhablada como yo.
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Los
Milkabouts de Fernando Bayona –bellísimas secreciones
de leche que fluyen en el aire- no dejan de llevarme, por momentos, a
todas esas vírgenes galaktotrofusa (las que amamantan al niño
en miríadas de tablas de la cristiandad), y yendo más allá todavía
–con una ya incipiente perversión- a esos divertidos cuadros de Juan
de Correa, Murillo o Pedro Machuca, donde María despacha su
vivificante líquido sobre las cabezas acongojadas de algún santo o las
ánimas del purgatorio. Si Santa Rosa de Lima -según queda constancia
en algunos escritos- tuvo repetidos éxtasis ante la visión de tal
iconografía, no es difícil imaginar alguno de los motivos que llevaron
a la Iglesia a censurar estos y otros asuntos de la pintura allá por
Trento. Y ello a pesar de que en épocas anteriores fue la misma
institución la que apremiaba a estas representaciones para fomentar la
lactancia materna (el contrato de nodrizas era tomado como omisión de
maternidad, incluso como “leche mercenaria”; y tal que creían que la
leche transmitía caracteres y creencias, quedaba proscrito el empleo
de amas de cría moriscas o judeoconversas)
[1]. No debiera extrañarnos
este destierro del seno irrigante viviendo en un mundo en que se
vuelve a cuestionar la imagen de la lactancia como algo permisible en
la esfera de lo público.
Desagradecidos los que olvidaron cómo se dibujó nuestra galaxia,
esparcida en breves espasmos desde el tierno y rosado pezón de Hera.
Acerca de la leche
y otros fluidos, este joven artista jiennense –de Linares para ser más
exactos- dispara sobre el espectador imágenes de complaciente belleza,
compuestas en un virtuosismo que pone los acentos en las magníficas
cualidades texturales del líquido elemento. Chicos en su plenitud que,
encarados, esputan un chorro imposible; alguno que, recostado, espera
apacible la blanca suspensión que amenaza con bañarlo; incluso queda
retratado el que ya fue bautizado con tan evidente signo de vida. Y la
malicia de los ojos nada inocentes ve blanco esperma resbalando. Nada
astuta la observación de los presentes, que ya leyeron en las hojas de
sala la relación entre este proyecto artístico y un oferente guiño a
Bruce Nauman (¿alguien supo de felaciones más chic en el arte,
de más limpio intercambio de néctares?); una mirada evidentemente
masculina sobre un deseo eminentemente masculino –del más diáfano
homoerotismo-. No en vano estas obras fueron expuestas con
anterioridad en una sala reconvertida en cuarto oscuro –nada que ver
con Dance and Disco, de Ana Laura Aláez, una chorrada
magnificada en el Espacio 1 del Reina-, en una sincerísima lucidez.
En esa perversión
maravillosa, sobreescribo a los Milkabouts de Fernando Bayona
–como un subtítulo fílmico- las palabras que Fernando Castro Flórez
dedicaba a My lonesome cowboy, obra de Takashi Murakami: el
orgasmo debe ser una explosión atómica
[2]. Recuerdo perfectamente
–allá por la bienal veneciana de 1999- el irreverente (y al tiempo de
apariencia ingenua) muchachito de flequillo a lo Son Goku que
enarbolando su enhiesto pene ofrendaba al mundo un burbujeante látigo
seminal, que ondeaba congelado en el aire como el lazo de un vaquero.
Algo similar a lo que se producía en Hiropon –del mismo artista
nipón-: una escultura realizada también según los parámetros del manga
representando a la nueva lolita de pechos hiperbólicos que emana ríos
de leche.
Fernando Bayona
persiste en su objetivo procaz y disoluto; el proyecto becado por la
selección del Instituto Andaluz de la Juventud, Circus Christi,
a realizar en los próximos meses, supondrá un efectista y particular
viacrucis en torno a un Jesucristo diferente (según su
propuesta, el líder de un grupo de música underground, el Holy Bible),
algo confuso en torno a su sexualidad pero con el objetivo claro de
conseguir reinventarse como ídolo de masas
[3]. |
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Según lo descrito
por el artista en sus ideas iniciales en torno al proyecto, las
catorce fotos de gran formato podrían tener elementos en común con la
estética de la compañía Circus Mundus Absurdus, un concierto de
los Scissors Sisters o algunas fotografías retocadísimas y barrocas
de Erwin Olaf; no en vano menciona el eclecticismo presente en
Moulin Rouge, los circos ambulantes del 1800 o la histriónica
visión de un LaChapelle, por ejemplo. Aún así, y confiando en el tamiz
unificador del que creo más que capaz a Bayona, nos queda esperar para encontrarnos de
bruces con el resultado final. Algo que, conociendo el turbio panorama
político en que navegamos, podría quedar empañado por críticas
ramplonas que incidirían exclusivamente en determinados miedos nacionalcatólicos. Y a estas alturas de la película, hay que temerlo
todo.
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[1] FERNÁNDEZ VALENCIA, Antonia.
Pintura, protagonismo femenino e historia de las mujeres.
Publicaciones de la Universidad Complutense.
[2] CASTRO FLÓREZ, Fernando. Manga, la nueva cultura del pop.
Diario Abc.
[3] BAYONA GONZÁLEZ, Fernando. CIRCUS CHRISTI, Memoria del
Proyecto becado en el programa Arte y Creación Joven.
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Elektra, 2007.
fotografías
de Fernando Bayona por cortesía del propio artista.
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pablo
capitán del río / cortesía del propio artista |
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“A veces pienso que pinto porque me aburro”.
“Cuando empiezo a pintar un mural no puedo parar. Necesito más y más.
Es como si quisiera apoderarme de todo el espacio de las paredes de la
calle”.
María Bueno
En ocasiones, pese
al lastre de la crítica que tilda de ingenuos los argumentos que se
escapan a la mirada técnica de los criterios científicos de sus
autores, tengo la sensación de no querer encajar en ninguna de sus
posibilidades y sentirme bien por ello. No me considero una crítica al
uso. No me agrada decidir qué o qué no es arte y justificarlo bajo un
hermetismo pretencioso demostrativo. No me gusta el olorcillo que
embadurna las tragicomedias expositivas en sus inauguraciones, ni la
procesión de autoridades persiguiendo los mejores canapés o la cerveza
caliente de lata; detesto, incluso, el tiempo dedicado a no repetir
modelito y escudriñar las mejores galas del resto y mucho más, el
mimetismo noticiero de los diarios locales, parido de la nota de
prensa tras la carnicería del estreno –terrorismo de escombros,
para algunos-. Ni siquiera estoy suficientemente alerta al proceso
creativo actual, agotada en juicios y valoraciones. Es todo tan banal
y necesario –cómo diría una buena amiga- que caducan las intenciones y
los discursos y hasta las miradas, antes de iniciarse.
Yo escribo para
contar cosas y no tengo ni idea si esto se ajusta al modelo de crítica
actual –desconozco incluso si existe tal modelo-, escribo para narrar
momentos que me inquietan o hacer partícipe al lector anónimo de la
emoción de un proyecto, una obra o un/a artista singular o simplemente
porque me apetece. No busco en ello, primeros planos o disputas.
Escribo como vivo, intuitivamente; percibiendo y viviendo con lo que
más disfruto: el arte. Y así, me siento protegida -si esto es
posible-; como si no cayese sobre mis manos la responsabilidad de
cimentar cada palabra en un refugio de citas y argumentos improbables
y encontrase la libertad de sacar a flote lo que bulle en mi interior;
bueno o malo, con mejores o peores aciertos, sin licuados previos que
garanticen los méritos académicos o los halagos nobles. Pienso ahora,
en el discurso fácil que me inspiró hace años la visita al MOMA
y al Witney [1] o la muerte de Chillida [2] y en lo demente que
hubiese resultado publicar entonces en revistas especializadas.
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Les cuento esto porque últimamente me encuentro imbuida en una especie
de bullicio creativo que me lleva a contar cada experiencia de la
forma más natural posible, sin hacer uso de complicadas lecturas. Me
atropello incluso antes de iniciar el discurso con tanto apremio. Y es
que lo que verdaderamente me conmueve, está por encima de los lobos
que merodean en torno al arte. Disfruté conociendo a María Bueno
–Málaga, 1976- una soleada mañana de septiembre, con su nevera de
playa cargada de botes de pintura, pinceles y bocetos. Me atrajo con
una parca presentación y una invitación sincera a participar de su
última misión –abortada, podríamos decir, por problemas técnicos:
Las Misses del Paseo de los Tilos– que finalmente podría ver la
luz en el Distrito de Bailén-Miraflores, si todo va bien, a finales
del mes de octubre.
No hay nada más
emocionante que acompañar a una artista como María en su aventura y
sus convicciones, y tener la sensibilidad adecuada para no
atropellarla con banalidades o interceder para que su proyecto de
apropiación de un espacio urbano sin licencia no se desmaterialice. Me
embeleso con sus mezclas y trazos como lo hacen otros –transeúntes
desconocidos- que sonríen y comentan espontáneamente en una de las
calles más transitadas y multiculturales de Málaga. Entonces es cuando
visualizo la ciudad como una gran selva llena de estímulos y
posibilidades de creación -ajena al tesón caduco por colmar las
rotondas de entrada de las ciudades con efigies que a nadie le
importan- y recupero la alegría porque alguien -en este caso, una
mujer excepcional convencida de que su papel como artista no está en
el valor económico de sus éxitos- se ha atrevido a desafiar al mundo
con sus pinceles.
María piensa que
al artista le corresponde un papel social y que, a veces, hay que
regalar parte del trabajo que se realiza y consumar acciones con y
para otros, aunque ello suponga saltarse alguna norma, que impida o
retrase llevarlas a cabo.
Su proyecto del
Distrito de Bailén-Miraflores nace de esta inquietud y de la necesidad
de seguir trabajando en la calle -en los muros de las fachadas- como
haría a principios del verano en las paredes de un patio del Centro de
Servicios Sociales de Atención al Mayor en la Palma- Palmilla y las
tapias de un Instituto en Nueva Málaga. Ambas actuaciones, auspiciadas
por el Área de Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Málaga
y realizados junto a su hermana Eva, –trabajadora social y experta en
colectivos e inmigración- le permitieron hacer partícipe del proceso
creativo a un colectivo de mujeres de entre 25 y 60 años, con la
intención no sólo de decorar, embellecer y dar color a sus barrios,
integrando sus resultados como parte del paisaje urbano de la ciudad,
sino para entablar una relación entre ellas y recuperar así
actividades propias de las mujeres perdidas en el marasmo de la
ciudad, como es la de encalar.
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Gracias a su participación en el Certamen de Artes Plásticas,
organizado por el Instituto Andaluz de la Juventud, esta joven artista
malagueña ha conseguido que una de sus obras, No me corté las
manos, me corté las venas por tí, forme parte de la colección
de dicha institución. Asimismo, ha sido becada para llevar a cabo un
proyecto artístico y social de gran envergadura en el Instituto
Nacional de Arte y Discapacidad (NIAD) en California (Estados Unidos)
[3]: la creación de un mural, en colaboración con los artistas que
integran este estudio internacional de reconocido prestigio –dirigido
a discapacitados físicos, psíquicos y emocionales- para potenciar sus
capacidades y habilidades artístico-plásticas, establecer un espacio
de diálogo multicultural, impulsar valores positivos tales como la
autoestima, la dignidad, el respeto, la tolerancia y la cooperación
entre los miembros implicados en el proyecto, desarrollar una
importante labor de recuperación de sus barrios y su identidad y
promover el Arte Mural y su importancia actual.
El trabajo se
llevará a cabo coincidiendo con las próximas festividades navideñas,
durante un período de dos semanas y estará basado en una metodología
abierta, flexible y participativa, fundada en una labor
interdisciplinar que permita aunar pautas de actuación de forma
consensuada. El proyecto contará entre sus recursos con la
participación de un grupo de artistas del NIAD, bajo la coordinación
del equipo pedagógico del centro, así como la utilización de sus
instalaciones: talleres, espacios de creación, de exposición, de
proyección y consulta, así como las zonas de paredes destinadas al
mural y todo el material necesario para la elaboración del mismo. En
la primera semana, se llevará a cabo el aprendizaje de la técnica
mural y el conocimiento del trabajo de dos artistas de la calle y
muralistas que actualmente trabajan en España: Ximena Ahumada y
3ttman. Igualmente, se incluirá un trabajo en pareja con artistas del
NIAD elaborado en paneles que serán expuestos posteriormente en la
Galería del propio centro. La segunda semana servirá para realizar el
boceto consensuado del mural y se llevará a cabo la realización del
mismo.
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Su temática, en continua mutación, tendrá como protagonista a la
mujer, alma mater de la producción de esta artista malagueña –al
menos, por el momento, ya que en su próxima intervención en el
distrito Bailén-Miraflores tiene previsto incluir también figuras
masculinas-. Su universo pictórico se centra en torno a ella: la mujer
guerrera –como le gusta definirla- de gran fortaleza física y
espiritual, con un papel decisivo en todas las culturas y sociedades
como madre, trabajadora hábil y conciliadora permanente de talante
resolutivo. Una mujer festiva, multirracial, multicolor; aderezada con
originales complementos y provista de numerosos símbolos y metáforas.
Diosas de la calle que han sido durante siglos plasmadas en piedra, en
arcilla o en papiros y que ahora se fusionan con el espacio urbano en
un juego de trazos desinhibidos de impronta naïf, donde se
combinan a la perfección la mirada plástica del trazo improvisado,
caracterizado por el tratamiento despreocupado de la perspectiva y las
proporciones –con todo lo que supone de asombro primigenio, vuelo
fantasioso y delirio onírico-, junto a colores brillantes, frescos, no
contaminados; al margen de convencionalismos estéticos o estrecheces
académicas. Diosas todoterreno, independientemente de –o
quizás, mezcladas con- el bullicio callejero, que nos llevan a
ponernos en contacto con lo mejor de nosotros mismos y consiguen, con
su alegría sencilla, hacernos olvidar las tristezas de la realidad
presente, que acusa probablemente un exceso de información y
sabiduría.
Con este
ilusionante proyecto, María Bueno conseguirá disolver las fronteras
del arte outsider, echar a volar intuitivamente su imaginación
sobre los muros americanos del NIAD -revistiendo sus obras de un
barroquismo simbólico popular nacido de su necesidad de llenar la vida
con cosas, ideas y pensamientos, y ajena a las antiguas
recomendaciones docentes de limpieza visual- y representar
gustosamente
al
arte joven contemporáneo andaluz, con toda su magia.
“La calle siempre será de todos y para todos. Como el arte”.
Rosa Olivares
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[1] “Hoy ha sido un día magnífico. Amaneció
lloviendo -el típico día neoyorquino- y mis piernas flaqueaban de
cansancio, pero la sola idea de visitar el MOMA y el Witney, me
despertó la ilusión. Aún palpita en mis ojos la danza de Matisse -una
sinfonía de carne que asocié enseguida con el curso de danza de
contacto- y los tonos anaranjados de “les demoiselles d’Avignon”
-con sus asimetrías, su fuerza y rotundidad-. Mi gran descubrimiento
ha sido Pollock. Su trazo mecánico me recuerda al de la tinta china
sobre el cuaderno de dibujo; es desbordante. Y luego está la
estructura, la arquitectura y el uso del espacio del Witney,
absolutamente funcional; maravilloso. Si he de transmitir algo, un
único pensamiento, es la sensación de pertenecer a una de las
sinfonías florales de O’keeffe. Estoy flotando…”
[2]
“Estoy triste. Ha muerto el escultor de las olas que peinaba el
viento”.
[3] La organización de este Instituto permite de
forma no lucrativa que los artistas que vienen a trabajar disfruten de
unas instalaciones y de un personal cualificado donde, talleres de
Pintura y Dibujo, Grabado, Joyería, Arte Textil, Cerámica y Escultura,
entre otros unidos al concepto de Galería de Arte y Tienda, “miman” a
los artistas y garantizan la calidad de las obras y piezas realizadas
por ellos mismos.
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Ana Robles, 2007.
fotografías
de Ana Robles por cortesía de la propia artista.
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