lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [grand tour 2007]  

 

© Julia Zimmermann/documenta GmbH


DOCUMENTA KASSEL 12.
16/06/07 - 23/09/07.



Antes de viajar hasta Kassel, las controvertidas opiniones vertidas sobre la Documenta 12 hacían presagiar un panorama poco alentador. Los despropósitos resultantes de la falta de previsión y la carencia de un argumento unívoco que cohesionara la muestra, han hecho que la crítica internacional se cebara contra los criterios insustanciales del director artística del evento, Roger M. Buergel, más pendiente de la prosopopeya mediática que de ahondar en las preocupaciones reales del arte de nuestro tiempo. Realmente, si nos atenemos a los precedentes, este carácter polémico y hasta cierto punto desacordado no es nada novedoso, ha acompañado desde sus inicios a las diferentes ediciones de la Documenta, cita que entiende la discordia como una polvareda necesaria para atraer miradas y despertar opiniones. Lo que ocurre es que otras veces esa reprensión no estaba basada en hechos puntuales, sino que era una sensación general de desconcierto potenciada por la capacidad de anticipación de muchos de los artistas participantes o por la clarividencia de los responsables. 

La gran particularidad de la esperada convocatoria de este año, es que una gran parte de los reproches que se le hacen a la organización son fácilmente demostrables, desmontando con argumentos de peso el crédito del máximo responsable. El primer error de Buergel ha sido colocar a su mujer como única comisaria, decisión unilateral que ha hecho recaer sobre el matrimonio todas las culpas de los males acaecidos. Si los únicos desaciertos de la pareja hubiesen sido por cuestiones de criterio, no sería excesivamente grave, cada uno de nosotros tiene un modo de ver las cosas y ese subjetivismo no se le puede echar en cara a nadie. El problema es que se han equivocado mucho en cuestiones básicas relacionadas con la previsión y la intendencia,  algo inadmisible (e incomprensible) para un evento que se celebra cada cinco años. Que cuatro de los proyectos preparadas in situ, (y exaltadas con vehemencia por el director antes de la inauguración), hayan sido un auténtico desastre, evidencia a las claras la atención que Buergel ha prestado a estas cuestiones preparatorias. El templo de doce metros de altura erigido por Ai Weiwei con puertas y ventanas de las dinastías Ming y Qing, se cayó a las primeras de cambio tras una tormenta veraniega. El supuesto arrozal sembrado por el artista tailandés Sakarin Krue-On a las faldas del Castillo Wilhelmshöhe, nunca llegó a crecer por una simple cuestión lógica: esta planta propia de terrenos más húmedos no se adaptó al crudo clima alemán. El campo de hermosas amapolas planteado por Sanja Ivekovi en la Friedrichplatz del centro de Kassel, sólo ha logrado brotar, y en muy malas condiciones, pasada la mitad del evento. Y por último, las marcas viarias que dejó por la ciudad la artista Lotty Rosenfeld para evidenciar el exceso de control de las autoridades, fueron escrupulosamente borradas por los sistemas de limpieza de la ciudad, inocentes barrenderos que previamente no habían sido advertidos del proyecto que se estaba llevando a cabo.
 


Estas incongruencias, sumadas a absurdas patochadas como incluir a Ferran Adrià como artista invitado, son la punta del iceberg de un discurso general falto de coherencia y sustento, un planteamiento anodino que no tiene hilo conductor ni razonamientos, sino que se cimienta sobre una miscelánea indefinida sin principio ni final. No hay un concierto claro, ni determinaciones generales, las piezas se mezclan en un diálogo extraño donde rara vez hay lenguajes comunes. Había obras abstractas y esencialistas (caso de las silenciosas piezas de Sheela Gorda o de las pinturas apenas sugeridas de Agnes Martin), que convivían con otras creaciones de talante socio-político provenientes de países conflictivos o subdesarrollados. Enfrentamientos ilógicos que dan como resultado un discurso global deslavazado y descosido que no puede ser visto de manera racional en su conjunto.

A veces los elementos concuerdan, pero en la mayoría de las ocasiones la disparidad hace que saltemos de una obra a otra sin encontrar nexos convincentes ni atractivos. Incluso se han rescatado de manera extraña algunas piezas de la segunda mitad del siglo XX para introducirlas de modo disimulado entre otras creaciones más actuales. En este caso las esculturas de Oteiza quedan fuera de lugar por su inadecuación. Sus formas, aunque sigan latentes, son obsoletas. En cambio las obras de Tanaka Atsuko (especialmente su famoso Vestido eléctrico de 1956), mantienen su viveza y adecuación casi cincuenta años después, demostrando más vigencia y modernidad la artista japonesa que el creador vasco.

Quizás una de las decisiones más entreveradas de la comisaria, Ruth Noack, haya sido la de incluir a lo largo del recorrido diferentes elementos recobrados del arte asiático de los siglos XVIII y XIX. La idea es interesante y algunas piezas, caso de una gran alfombra persa colocada en el Documenta-Halle al lado de la instalación de Cosima Von Bonin, funcionaban bien, pero estos elementos decorativos de talante artesanal no acaban de encajar del todo con los planteamientos actuales, mucho más conceptuales. Tampoco ha sido acertado el aprovechar el museo que existe en el Schloss Wilhelmshöhe para entablar una dialéctica entre las obras históricas de Rembrandt o Rubens y las de hoy día. Especialmente porque las obras actuales, muchos más endebles y anecdóticas, quedan en evidencia ante la energía y calidad de estos colosos de la pintura.
 


Ahora bien, no todo es negativo en este océano de la contemporaneidad, en los distintos pabellones podemos encontrar piezas que de manera individual funcionan muy bien, obras que por ellas mismas son capaces de sugestionar a los visitantes y convencerles por su potencial. Hay dos especialmente, una muy pequeña y otra muy grande, que destacan por su sensibilidad y misterio. El reducido retrato que pinta Gerhard Richter de su hija Betty en 1977, es sin duda una de los grandes aciertos de los comisarios. El cuadro, apenas mayor que un folio y basado en una fotografía, es un primer plano muy intenso, un óleo con unos atrayentes rojos venecianos que mezcla con sutileza la dulzura nacarada de una débil y dubitativa princesa, con la tensión e incertidumbre de una cabeza a punto de ser decapitada. La otra gran obra es el filme de James Coleman Retake with Evidence, un mediometraje de talante shakespeareano donde un excelente Harvey Keitel es asolado por inescrutables dudas existenciales. El sonido, la inmensa pantalla y la cuidada ambientación crean una atmósfera absorbente capaz de atrapar de modo certero la atención de los espectadores.
 

Courtesy: James Coleman; Marian Goodman Gallery; Simon Lee Gallery; Galerie Micheline Szwajcer.


No voy a enumerar todas las obras que me parecieron interesantes, porque son muchas y su relación resultaría desesperante y demasiado descriptiva, lo que sí voy a hacer es señalar algunas que por algún motivo u otro sobresalían de la generalidad. Por su originalidad y frescura, merecen especial atención las obras presentadas por el africano Romuald Hazoumé. Sus rostros hechos con restos de bidones, recordaban en gran medida a la imaginativa manera en que Picasso compuso una cabeza de toro con un sillón y un manillar. Su sencillo conceptualismo, sustentado en la precariedad de materiales y en una fértil imaginación, es un ejemplo para aquéllos que derrochan medios sin capacidad. En esta línea de ingenuidad exótica, los dibujos de Annie Pootoogook (artista inuit nacida en el Circulo Ártico y criada en una comunidad de esquimales) me resultaron candorosos en cuanto a la forma, pero perversos de contenido. Las historias que contaban hablaban de escenas cotidianas repletas de contaminaciones y maldades occidentales, estigmas que los pequeños pueblos aborígenes, sean del tipo que sean, padecen al enfrentarse a culturas más desarrolladas.

En cuanto a instalaciones, destacar la excelente caracterización ambiental que hace Íñigo Manglano-Ovalle. El artista americano de origen español se apropia de dos espacios anejos inquietantes para cargar la atmósfera de estos habitáculos de connotaciones evocadoras y atractivas. A su vez, el conjunto planteado por SimonWashmuth (con una reinterpretación a lo Sigmar Polke del famoso mosaico de Alejando Magno contra Dario en la batalla de Isos, un video y recortes de hemeroteca), es una reflexión muy interesante en torno a la actualidad de Mesopotamia, una región que hace miles de años refulgía con el esplendor de Persia, y que ahora está siendo devorada por las guerras y los fanatismos religiosos. De los videos presentes en Kassel, además de la película de corte intimista del ya citado Coleman, mencionar el minucioso análisis que hace Harun Farocki alrededor de la figura de Zidane en la Final del Mundial de Fútbol de 2006, un prodigio de exhaustividad y técnica.
 

© Romuald Hazoumé / VG-Bild-Kunst

Hay artistas que se repiten a lo largo de las diferentes sedes de manera exasperante. Esta estrategia recurrente no estaría mal si las obras que se potencian con esta argucia fueran de las más interesantes. El inconveniente surge cuando los creadores elegidos no destacan por su calidad sino por otras cuestiones. Por ejemplo, los inmensos cuadros del chileno Juan Dávila son tan evidentes como groseros, dejando patente una falta de destreza que encubre con polémicas facilonas. Las pinturas sobre lona o los dibujos de Kerry James Marshall, no dejan de ser historias ya contadas (y sabidas) sobre la vida de exclusión de los negros en América. Los foto-collages de secuencias construidos por Zofia Kulik atrapan por su morboso interés, pero pierden vigor a fuerza de repetirse una y otra vez. Y la presencia de John McCracken es provechosa cuando se trata de sus minimalistas esculturas geométricas, pero anodina e incluso infantil cuando se refiere a sus pinturitas axiales a modo de mandala. También adolece esta Documenta 12 de un exceso de obra en pequeño formato, herencia del anterior comisario Okwui Enwezor, que como demostró en la Biacs2 de Sevilla es muy aficionado a los dibujos y las fotos de dimensiones limitadas. Un repicar insistente que acaba resultando baldío, porque al ser piezas reducidas acaban pasando casi desapercibidas.

Centrándome en los criterios museográficos del tándem Buergel/Noack, tengo que decir que a excepción del Aue-Pavillon, los demás lugares estaban trabajados de manera adecuada. La iluminación de las salas era tenue y puntual, favoreciendo la sugestión y la concentración además de la independencia de las piezas, que funcionaban generalmente mejor a nivel individual que en grupo. La idea del director de privilegiar el lugar por encima de la obra, queda de manifiesto al intentar romper con la aséptica teoría del ‘cubo blanco’, dando lugar a diferentes modelos expositivos según las características de cada uno de los pabellones. Las excelencias del Documenta-Halle (cuyos altos muros se pintaron de azul para romper con la monotonía que generaban sus extensos espacios abiertos) es el lugar que mejor se adecua a las ambiciosas exigencias del arte actual, necesitado de sitios que amplifiquen las piezas en vez de constreñirlas. El Aue-Pavilion, una nueva sede creada para la edición de este año y que ha levantado polémicas por su alto presupuesto, no acaba de encajar. No se sabe bien si es un gran hangar o una feria de muestras en medio de un dilatado jardín, un torpe mastodonte varado que evidencia con la precariedad de su estructura su carácter provisional. Esta inmensa carpa desmontable es impropia e irreverente, y en su interior las obras se aglutinaban sin dar descanso al visitante ni permitirle disfrutar de lo que está viendo.

Sin llegar al pesimismo de Vivianne Loría en la Revista Lápiz, que tachaba de gigantesca estulticia esta Documenta 12, tengo que decir que Kassel es, y seguirá siendo, uno de las cumbres más altas e interesantes del arte contemporáneo, lo que ocurre es que sus níveas y hermosas cumbres se están deshelando ante la dificultad de sobresalir en un mundo globalizado saturado de imágenes y de información. En la última década, con el impensable avance de Internet y las Nuevas Tecnologías, hemos reducido nuestra capacidad de asombro, resultando mucho más difícil que estos macroeventos internacionales que marcaban tendencias nos descubran nuevas posibilidades que no conocíamos. En vez de amontonar artistas de los cinco continentes sin ton ni son como ha hecho el director de esta edición, habría que replantear con inteligencia el significado de la Documenta y adaptarlo sin miedo a los tiempos actuales y venideros, buscando un motor que la haga funcionar, nuevas estrategias que abran caminos no explorados y un planteamiento sólido que argamase sus fisuras.

Sema d´Acosta, 2007.

fotografías de Julia Zimmermann, Sema d´Acosta, James Coleman y Romuald Hazoumé
por cortesía de Documenta de Kassel y los propios artistas.

www.documenta.de
www.kassel.de
 

 
 

 

miki leal / cortesía del propio artista

 

 


ART BASEL 38.
13-17/06/07.



Una de las grandes interrogantes de este año era saber el papel que iba a jugar Art Basel. La competencia con Venecia, Kassel y Münster se suponía dura. Aunque las organizaciones habían aunado sus fuerzas bajo la idea del Grand Tour, la rivalidad entre ellas por atraer la atención del mundo del arte contemporáneo resultaba ineludible; además, no se puede evitar que la gente compare. Sobre el papel, la Documenta
de Kassel y el Skulptur Projekte de Münster partían con ventaja: perderse alguno de estos eventos suponía esperar cinco o diez años hasta la próxima edición. La Bienal de Venecia, por su parte, parece cita obligada siempre: empezó su andadura en 1897, hace 110 años, y desde entonces es la referencia indiscutible de todas las bienales que se celebran en el mundo.

No hubiera sido extraño que la feria de Basilea se hubiera resentido, ante la importancia de los acontecimientos que coincidían este año. Pero el mercado es el mercado. Pocos días antes de la inauguración, más de 200 jets privados empezaban a aterrizar en el aeropuerto de una ciudad de apenas 190.000 habitantes. Art Basel es la mejor feria de arte contemporáneo del mundo y siempre es especial, pero esta edición se notaba que era un poco más especial aún. Aunque año a año ha ido creciendo la cifra de visitantes tanto en el conjunto de la feria como en el día de la inauguración, guardando una proporción razonable, este año parecía que nadie quería perderse el Vernissage. Ese día, el primero, una auténtica avalancha humana se apresuraba sobre los stands de las galerías. Coleccionistas, asesores y dealers aligeraban el paso para reservar o adquirir una pieza antes que nadie. Nunca se había vivido situaciones de tanta intensidad anteriormente. Al día siguiente, los galeristas comentaban que había sido un día de locos.

De locos, en eso parece haberse convertido el arte contemporáneo en el nuevo milenio. Y ninguna organización ha sabido adaptarse mejor a esta locura y a las exigencias de los nuevos tiempos que Art Basel. Bajo la dirección de Samuel Keller, la feria ha conseguido reinventarse a sí misma y definir un modelo que acoge y sintetiza lo mejor del sistema del arte actual en un escenario globalizado: los mejores artistas, las galerías de mayor prestigio, las colecciones e instituciones más importantes, los medios especializados más influyentes, etc. La pujanza de Art Basel ha tenido sus consecuencias: en unos pocos años ha visto cómo han ido organizándose en la misma ciudad y al mismo tiempo varias ferias paralelas: Liste, Voltashow y Scope, que ofrecen un enfoque centrado en artistas y galerías emergentes, y Bâlelatina, dedicada al arte latinoamericano; además, en un alarde visionario del que ha carecido ARCO, ha sido capaz de echar raíces en un lejano territorio hispanoparlante y crear otra exitosa feria: Art Basel Miami Beach.    

La clave del prestigio de Art Basel se basa en un criterio de selección muy exigente. La calidad artística está por encima de todo, y esto afecta no sólo a las galerías sino también a los artistas que participan en los espacios y actividades que forman parte de Art Basel.

El espacio situado justo delante del edificio principal está destinado a acoger los Public Art Projects: instalaciones, esculturas o intervenciones concebidas, por regla general, expresamente para la ocasión. Este año había nueve proyectos realizados por los siguientes artistas: Wim Delvoye, Michael Elmgreen e Ingar Dragset, Anish Kapoor, Tadashi Kawamata, Paul McCarthy, Mike Nelson, Vedovamazzei, Not Vital y Thomas Zipp.
 


Los escandinavos Elmgreen & Dragset instalaron en medio de la plaza la obra Warm Regards, una moderna estructura de acero cromado y cristal que funciona como quiosco en el que se venden, precisamente, postales del propio quiosco. La pieza evoca de manera irónica el hiperdesarrollo de la industria del souvenir, cuya presencia es evidente en la mayoría de las ciudades turísticas; la vertiente provinciana y cutre de algunas de ellas -los artistas pensaban en Salzburgo- se hace patente en estos tenderetes urbanos concebidos para comercializar los iconos arquitectónicos locales, a través de la infinita variedad de postales, miniaturas, camisetas y otros objetos producidos por la industria de la cultura kitsch.

Otra intervención reseñable es la de los artistas italianos Vedovamazzei, cuya pieza After Love recrea la casa que Buster Keaton construye en One Week (1920), uno de sus primeros films. Como regalo de boda, el protagonista –el propio Keaton- recibe de su tío una pequeña parcela y una casa lista para ser montada, con la ayuda de un manual de instrucciones, en una semana. Pero hay un individuo que rivaliza con Keaton –ambos están enamorados de la misma mujer-, y está decidido a sabotear el montaje: a escondidas, cambia la numeración de las distintas partes y piezas. El resultado final es fácilmente imaginable. Con After Love, Vedovamazzei abogan por el indeterminismo, la improvisación y el caos frente a la creciente exigencia de actitudes y comportamientos determinados por reglas, instrucciones y relaciones causa-efecto.
 


El estadounidense Paul McCarthy, eterno enfant terrible, utiliza personajes e iconos reconocibles de la sociedad del bienestar para subvertir los falsos mitos y convenciones de la cultura occidental. Santa Claus with Butt Plug (Large) es una escultura de gran tamaño que representa a un Papá Noel con su habitual aspecto bonachón: nos sentimos reconfortados, en un primer y lejano vistazo, al identificar un símbolo fuertemente arraigado en nuestro sistema de tradiciones y costumbres. A medida que avanzamos, notamos que algo no acaba de encajar del todo: si con una mano Santa Claus sostiene la típica campana navideña, con la otra levanta un enorme dildo. McCarthy cuestiona la validez de las reglas y convenciones establecidas y trata de corromper los referentes de las modernas sociedades occidentales, sacando a flote las pulsiones del cuerpo humano que remiten, en última instancia, a la escatología y al sexo.

Otro de los platos fuertes de la cita es Art Unlimited, un amplio espacio destinado a exhibir obras de gran escala que difícilmente podrían ser ejecutadas en otro contexto: instalaciones, pinturas, videoproyecciones, performances, intervenciones, etc. Más de 60 trabajos se distribuyen por el conjunto expositivo: junto a obras de figuras internacionalmente reconocidas como Alighiero e Boetti, Carl Andre, Daniel Buren, Alexander Calder, Pierre Huyghe o Annete Messager, nos encontramos con otras de artistas jóvenes menos conocidos. Entre éstos, la alemana Katharina Grosse nos interesa especialmente. Desde hace años, Grosse viene investigando los límites de la experiencia pictórica convencional: el óleo, el pincel clásico y el tradicional lienzo de dos dimensiones han sido sustituidos en su caso por la pintura acrílica, la pistola de spray y los espacios arquitectónicos tridimensionales. Enfundada en un mono de trabajo especial y protegiéndose el rostro con una máscara, la artista dispara chorros de pintura sobre paredes, ventanas, suelos, techos, estanterías con libros, montones de tierra, camas, ropa, o formas esféricas y ovoides como en esta ocasión. En cierto sentido, se trata de una reinterpretación contemporánea de los frescos y murales del Renacimiento, que la artista ha estudiado a fondo. El resultado es sorprendente: los átomos de pintura se superponen en distintas capas, invadiéndolo todo de un colorido eléctrico e intenso y ofreciéndonos una perspectiva nueva sobre las relaciones entre la pintura, el color y el espacio.
 


Una sección que ha hecho su debut en esta edición es la plataforma Art on Stage, organizada en colaboración con el Teatro de Basilea. La inauguración corrió a cargo del artista tailandés Rirkrit Tiravanija, que llevó a cabo una performance acompañado de la Basel Sinfonietta. Tiravanija, fiel al espíritu nómada que anima toda su obra, continúa firme en su incesante búsqueda de nuevos planteamientos, actitudes y estrategias para las prácticas artísticas. Hace una década el crítico francés Nicolas Bourriaud acuñó el concepto de estética relacional para aludir a las nuevas propuestas de un conjunto de artistas que ya no estarían interesados en el objeto artístico como tal sino en las relaciones de intercambio que se producen en el contexto de la experiencia artística. Tiravanija es la figura paradigmática de esta estética. Desde principios de los noventa, ha cocinado recetas thai en galerías y museos, o trasladado hasta allí el mobiliario de su propia vivienda, departiendo abiertamente con los visitantes y tratando de establecer un nuevo sistema de relaciones entre el artista, el público y la obra de arte en sí misma. Tiravanija se desmarca de sistema artístico convencional, proponiendo la precariedad de un encuentro improvisado e informal frente a la solemnidad del habitual espacio destinado a albergar arte, y apostando asimismo por la condición efímera del fenómeno artístico frente a la pretensión de permanencia del objeto tradicional. La performance realizada en Basilea ahondaba de lleno en estos sugerentes planteamientos.

Como vemos, Art Basel no ha desempeñado un papel secundario en esta edición, ni mucho menos, respecto a los otros eventos del Grand Tour. Este año, además, concluye una brillantísima etapa para la feria. Samuel Keller, que accedió a la dirección en 2000, con 34 años, abandona su puesto para empezar una nueva aventura al frente de la Fundación Beyeler. La organización ha decidido que Keller será sustituido por un triunvirato: aunque la gestión es conjunta y compartida, uno de los nuevos responsables asumirá la dirección artística, otro se ocupará de la organización y las finanzas, y otros será el encargado de planificar la estrategia y el desarrollo futuro de la feria. El 1 de enero de 2008 comienza otra nueva e interesante etapa para Art Basel.
 

Diego Valdés, 2007.

fotografías de Diego Valdés
por cortesía de Art Basel.

www.artbasel.com
www.basel.ch
 

 

 
 

 

miki leal / cortesía del propio artista

 

 


SKULTUR PROJEKTE MÜNSTER 07.
16/06/07 - 30/09/07.


Münster es una ciudad alemana de tamaño medio, tiene un casco histórico que conserva bien sus trazas medievales y una vida cultural intensa. Además de poder presumir de ser la población europea con más bicicletas por habitante, es con diferencia por su riqueza y atractivos, la urbe más conocida de la región de Westfalia. A todos sus argumentos naturales, hay que sumar un macroplan de gran envergadura y largo alcance relacionado con el arte contemporáneo. Con una visión de futuro magnífica y con un criterio firme, desde hace treinta años lleva organizando el Skultur Projekte Münster, una iniciativa que nace en 1977 para entablar un diálogo entre proyectos escultóricos de los mejores artistas de hoy día y el entorno privilegiado de la ciudad germana. Lo sorprendente es que el evento, que ha llegado este verano a su cuarta edición, se celebra cada diez años, evidenciando las autoridades locales con su constancia que saben apreciar la cultura como una auténtica inversión de futuro que prevalece por encima de modas e intereses particulares, algo que no ocurre en otras latitudes más cercanas a nosotros, donde sólo se entienden estos asuntos públicos como moneda de cambio política para obtener lustre rápido y réditos electorales.

El planteamiento inicial es sencillo, se trata de apostar por la convivencia entre la expresión artística de nuestra época y el ritmo de una ciudad en su día a día, demostrando que la interacción entre la vida de sus habitantes -con sus menesteres y trasiegos cotidianos-, y el arte actual, no sólo es posible, sino muchas veces necesaria. El Skultur Projekte Münster asume la cultura como un hecho social indisoluble de otros asuntos habituales que atañen a los ciudadanos, una reflexión muy interesante en torno a la esfera pública como lugar de pensamiento, como ágora de encuentro donde acercar la cultura al pueblo para potenciar su capacidad crítica y de entendimiento.

La edición de 2007, que ha finalizado en septiembre, ha constado de treinta y tres proyectos realizados ex profeso por artistas de reconocida trayectoria provenientes de cualquier parte del mundo. El comité de comisarios, compuesto por Brigitte Franzen, Kasper Kooning y Carina Plath, sólo explicaba a los seleccionados el porqué de su elección y los márgenes por los que tenían que moverse. No les concretaban nada más, eran los propios creadores los que planteaban la discusión en torno al espacio que iban a transformar o intervenir. La gran novedad de la convocatoria que acaba de clausurarse, ha sido una apuesta encendida por el vídeo, proyecciones que se repartían por diferentes lugares públicos –caso de museos o cines-, y privados -normalmente hoteles-. De los que observé, sin duda el que me pareció más interesante y original fue el Drama Queens del dúo Elmgreen & Dragset, irónica y profunda recreación teatral donde los actores eran animadas superestrellas de la Historia Moderna de la Escultura, entre ellas el Rabbit de Jeff Koons, los Cuatro Cubos de Sol LeWitt, un granito de Rückriem, la Brillo Box de Wharhol o el Hombre caminando de Giacometti. El cortometraje seudodocumental The Head del lituano Narkevicius, que hacía un recordatorio de la reciente vida comunista en los países escindidos de la Antigua URSS, utilizaba como recurso escenas en torno a la construcción de un vaciado gigante de la cabeza de Karl Marx. Un motivo metalingüístico que al menos resultaba folclórico.
 


Siguiendo esta línea que se sale de lo estrictamente tridimensional (muchos de los proyectos trascienden el simple concepto de escultura para decantarse por el accionismo, la intervención, la performance o el audiovisual), había un par de propuestas que eran enteramente sonoras. La del japonés Suchan Kinoshita no resultaba especialmente interesante, pero la de Susan Philipsz fue la sorpresa más agradable que me encontré en Münster. En los extremos de un largo puente, estudiando muy bien su acústica y las sensaciones auditivas que producía la reverberación del sonido en su superficie, se podía oír una hermosa canción, meliflua y vaporosa, que  era como una especie de diálogo entre espíritus que habitasen ambas orillas. Pocas veces una obra de arte resulta tan conmovedora; los oyentes terminaban enternecidos y admirados ante la capacidad lírica de la artista escocesa.

Uno de los aspectos más provechosos del Skultur Projekte es que el planteamiento de la organización es acumulativo. Es decir, de las ediciones anteriores, celebradas en 1977, 1987 y 1997, se han rescatado las piezas más convincentes para que formen parte del patrimonio municipal, una idea que permite ir sumando obras al mismo tiempo que se cultiva el respeto por lo vigente y no por lo consagrado, un modo muy adecuado de construir las referencias del futuro sin complejos ni tradicionalismos consuetudinarios. De los proyectos que han perdurado, los de Donald Judd, Claes Oldenburg y Jorge Pardo, los tres cercanos al lago, me parecen magníficos. El primero por su firmeza, el segundo por su ironía y el tercero por su poesía.
 


Muchas de las intervenciones no se encuentran con facilidad, están diseminadas por doquier sin intenciones aparentes. Algunas es necesario buscarlas de manera concienzuda para dar con ellas. Las obras no chocan con el paisaje, lo vivifican, se adentran en él, callan, permanecen; ni enturbian ni molestan, participan del contexto elevándolo, cargándolo de nuevos significados a veces difíciles de escrutar o comprender, pero siempre abiertos y dispuestos a plantearnos dudas, a ofrecernos sus complicaciones para facilitarnos el entendimiento del mundo y de las cuestiones más inexplicables sobre el ser humano. No es fácil, por ejemplo, enfrentarse a la compleja pieza que tiene en Münster Rebecca Horn desde 1987, pero al adentrarnos por los estrechos pasillos de la vieja torre carcelaria donde está su instalación, uno siente muchos de los escalofríos que padecieron los reos que allí fueron torturados. No se sabe cómo, pero la sensibilidad de la artista nos hace percibir impresiones indescriptibles e inquietantes. También sensaciones vivas, aunque de otro tipo, son las que es capaz de despertar la irregular plaza trazada por Bruce Nauman, una propuesta que se diseñó originariamente para 1977 pero que no ha podido llevarse a cabo hasta la edición de 2007. Esta pirámide invertida, un poliedro cóncavo con cuatro superficies descompensadas a modo de suelo, es una de las intervenciones que más desconciertan y atraen a los visitantes por la manera en la que juega con la perspectiva y la estabilidad. Otro de los proyectos que más despierta la imaginación, es el sitio arqueológico planteado por Guillaume Bijl, un montículo pequeño, con forma de excavación, donde aparece en su interior el remate final de una torre, dejando abierta muchas interrogantes que van, sin ánimo de resolver nada, desde lo cómico hasta la trágico. Las triangulares banderolas bicolor que colocó Daniel Buren en 1997 en la calle principal de la ciudad (artista francés que está construyendo ahora uno de sus conocidos arcos para el Guggemheim de Bilbao), es una acción que se ha recreado con acierto también para la edición de este año, convirtiendo Prinzipalmarkt en un festivo bosque rebosante de cromatismos que manifestaba a las claras el momento especial que vivía la ciudad.
 


Dentro de la globalidad, también hay piezas que comunican poco o que no pasan de ser coyunturales, caso del pequeño parque temático de Dominique González-Foerster y de la flor de colores de Marko Lehanka. Ambos planteamientos me parecen anecdóticos y faltos de contenido, denotando sus creadores poco poso o designios superficiales. Sí aprecio en cambio más profundidad, por su fino y disimulado ingenio, en las dos esculturas de Thomas Schütte que conviven con sana armonía en una pequeña plaza del centro histórico, y en el aparatoso establo, con animales vivos incluidos, planteado por Mike Kelley, una extraña mezcolanza, entre el sarcasmo y la religión, que nos remite a pasajes bíblicos tan intensos como la conversión de la mujer de Lot en estatua de sal.
 


Después de visitar una ciudad como Münster, donde el arte contemporáneo forma parte del entorno urbano y de la vida misma de sus habitantes, me admiro ante la capacidad conceptual de los alemanes, una sociedad moderna que tiene superada a fuerza de renovación y esfuerzo muchas estrecheces mentales habituales todavía en gran parte de España. Frente a las limitadas entendederas de los gestores públicos de nuestra tierra (que cuando tienen que poner una escultura en un espacio público sólo la comprenden si lo que ven tiene un corte academicista -con o sin pedestal-, va a ser situada en una rotonda o celebrada su colocación con atávica grandilocuencia), los responsables municipales germanos dan una lección de aperturismo, se dejan de boteros, mitorajs, artistillas locales y otros cachivaches decorativos de supermercado, para apostar de verdad por algo transgresor y reflexivo. Una lección no sólo de capacidad, sino también de responsabilidad, porque entre las misiones de los elegidos por los ciudadanos, debe sobresalir con letras doradas la de enriquecer el acervo común con criterio, buen hacer e inteligencia.
 

Sema d´Acosta, 2007.

fotografías de Sema d´Acosta
por cortesía de Skultur Projekte Münster.

www.skulptur-projekte.de

www.muenster.de
 

 
 

 

miki leal / cortesía del propio artista

 

 


LA BIENNALE DI VENEZIA. 52 ESPOSIZIONE INTERNAZIONALE D´ARTE.
10/06/07 - 21/11/07.



Es inevitable reconocer que visitar la Bienal de Venecia es mucho más que visitar la Bienal de Venecia. El empacho visual, artístico, arquitectónico, cultural, al que uno se ve sometido por esta ciudad que no da tregua, puede sutilmente persuadir las conclusiones finales de tan importante evento, dejándonos algo indefensos y optimistas frente a tanta excitación.

La última edición de este maremoto de arte ha ocupado dos enclaves tradicionales e inigualables de la ciudad: Los Giardini y el Arsenal, así como numerosos puntos interurbanos con acciones puntuales y proyectos específicos. Las cifras aunadas son de vértigo. En tres meses han sido 155,000 los visitantes que se han desplazado hasta esta feria de ferias, para ver alrededor de 100 artistas, representados por 76 países diferentes. Por no hablar de la cifra; 52 añitos cumplidos por la Bienal y que nos remonta a vislumbrar sus inicios allá por el año 1893. La verdad es que, de entrada, parece increíble que aún se mantenga en pie y no haya sucumbido ante vicisitudes económicas, dictámenes políticos, intereses generales, diferencias internas y un largo etcétera. Por supuesto, la Bienal también ha tenido sus crisis, pero tan sólo en dos ocasiones ha tenido que interrumpir sus actividades, en la I y II Guerra Mundial.

Piensa con los sentidos – Siente con la mente. Arte en el tiempo presente. El título que Robert Storr -director artístico de esta edición, y dicho sea de paso, el primer americano que se pone al frente de semejante empresa-, ha dado en poner a la muestra es realmente sugerente, cuesta trabajo despedazarlo para interiorizar tan amplio significado que emana de un enunciado tan rotundo. Más allá de eso, no creo que tenga nada que ver con la exhibición centenaria. Pero, por qué no, al menos es místico y lo místico pega en una bienal.

No pensemos que por haber tantos artistas exhibiendo sus trabajos, la mayoría van a ser buenos, o excepcionales. Hay mucho de lo de siempre; mucha mamarrachada, mucho conceptualismo inexistente, mucho minimalismo escondiendo nada, y muchas cosas que ya hemos tenido la ocasión de ver en su estado genuino. No obstante, de entre todo este maremagnum de expresiones, son bastantes las veces que uno se para en seco para apuntar el nombre de un artista que presenta algo especial, bien por el formato, bien por la originalidad, bien por la sencilla calidad.
 


Sorprende agradablemente, nada más entrar en el Arsenal veneciano, el trabajo del italiano Luca Buvoli (Brescia, 1963) que tiene el honor de habitar los primeros espacios de este antiguo edificio industrial. La instalación que tiene resulta simpática, pareciera un invento de Leonardo pero con colorido, cuyas piezas volátiles arrojan sombras de colores alrededor de las paredes blancas. No obstante, lo que más me sorprendió fue uno de los videos que ha preparado para la Bienal. En él aparece una silueta al estilo colorido de Warhol, pero mucho más dinámica y esquemática, más flexible, que hace suyo el manifiesto futurista de Marinetti. El video, creado por ordenador, emite una voz intermitente y ralentizada y la imagen, acompañando en el ritmo, se satura de saltos visuales y de colores. Su obra se apunta a la estética futurista, con una gran calidad en la ejecución. La verdad es que el video abunda por todas las salas de la Bienal. Hay algunos fantásticos, como el del grupo AES+F, participantes en el pabellón ruso, que presentan Last Riot, un audiovisual centrado en un mundo virtual que bebe de los modelos del Siglo XX pero que se recompone como un mundo totalmente nuevo. En este mundo, los protagonistas corren el riesgo de perder la identidad, su historia y valores, conformándose con habitar un espacio congelado donde siempre se está en guerra, luchando contra otros seres, como si estuvieran obligados a permanecer atrapados en un juego de videoconsola prefabricado, donde el sentido de las cosas queda relegado por la destrucción humana. Otro video espectacular es el de Paolo Canevari (Roma, 1963), realizado a las puertas del antiguo Cuartel General de ejército yugoslavo en Belgrado, bombardeado por la NATO en 1999. Durante doce minutos, Canevari nos muestra a un chaval jugando a dar pataditas a un balón. El sonido de la cinta recoge un terriblemente mudo sonido ambiente, que acompaña a la imagen del edificio totalmente bombardeado algún tiempo atrás. Cuando el muchacho se acerca, descubrimos con horror que su único compañero de juego no es una esfera, sino un cráneo humano. Son imágenes que llegan directamente, forzándote a plantearte muchas alternativas. Sin embargo, la gran mayoría de los videos obligan al espectador a pararse mucho tiempo ante imágenes que forman parte de un proyecto más ambicioso, a medio camino entre el documental y el cine experimental, y que en muchas ocasiones, si previamente no conocemos a dicho artista, o dicho proyecto, nos deja un poco indiferentes por lo descontextualizado del mensaje.
 


No podían faltar en este evento algunos de los grandes nombres del arte contemporáneo europeo, presentes en su mayoría dentro del pabellón italiano que se ubica en los Giardini. Bruce Nauman (1941, Indiana) ha apostado por una obra que nada más verla, se intuye que sólo un artista bien consolidado ha podido hacer, no por su genialidad, sino por su excentricidad. Venice Fountains, son dos piletas enfrentadas, cada una con un caño de agua cayendo desde un poco más arriba, directamente desde la boca de un molde de cera de rostro humano. Gerhard Richter (1932, Dresde), contribuyendo a dar algo de presencia al óleo, despliega en una gran sala seis piezas de gran formato con sus últimas investigaciones del color y la materia, en tonos grises, rojos, verdes y amarillos. Un trabajo de Sol LeWitt (1928-2007, Connecticut) del 2005 aúna dos paredes dibujadas enfrentadas que van de lo oscuro a lo claro y viceversa. Louise Bourgeois (1911, París) presenta también obra del 2005, una serie de 72 diseños dibujados sobre papeles de pequeño tamaño que juntos forman un gran mural de esta excepcional artista francesa. La apuesta del pabellón de Gran Bretaña ha sido arriesgada y rotunda, ya que está ocupado casi en su totalidad por la escandalosa y polémica Tracey Emin (1963, Croydon), que demuestra sus dotes dibujando y presenta una sala cargada de obra gráfica, dibujos y óleos de inspiración erótica, desgarradores en algunos casos –como es lo más habitual en ella- pero sutiles y sugerentes en otros. Por último, el argentino más vetado, León Ferrari (1920, Buenos Aires), con un espectacular despliegue de formatos dividido por dos etapas. Por un lado, trabajos antiguos donde arremete sin sigilo contra la Iglesia, con ilustraciones y collages que se componen a base de un titular de prensa con algún sermón eclesiástico y una imagen de la historia de la religión que contradice rotundamente el postulado. Sobrevolando estos documentos, un avión de guerra que hace de cruz para un cristo con las manos extendidas. En esta guerra contra la hipocresía de esta Institución, Ferrari no tiene rival; Por otro lado, trabajos recientes, del 2006, donde aborda instalaciones de esmalte sintético y espuma de poliuretano, erigiendo con dichos materiales ciudades nebulosas, deformadas y casi craterianas.

Algo que no he terminado de entender es por qué hay tantos trabajos de fechas antiguas. Un evento de estas características debiera responder a obras de rabiosa actualidad. En el pabellón de España, por ejemplo, Manuel Vilariño (La Coruña, 1952) ha presentado Paraíso fragmentado, un interesante mural compuesto a base de piezas que exhiben aves y reptiles muertos sobre especias de colores vivísimos, contrastando el azafrán, el pimentón, con los cuerpos yertos, una obra finalizada en el 2003, pero comenzada en 1998. El grupo Los Torreznos y el cineasta catalán José Luis Guerín (Barcelona, 1960) tienen también cosas que aportar. Los primeros con algunos videos sacados del absurdo que arrancan la risa a todo el que se pone enfrente. El segundo, con un poético proyecto, Las mujeres que no conocemos, en el que nos dan a conocer distintas féminas de la calle, imágenes captadas por la cámara en momentos de gran belleza e intimidad.
 


Si podemos afirmar sin reparos algo, es que en esta edición de la Bienal más antigua del mundo, hay cabida para todo, incluso para relajarse, gracias a la instalación interactiva que Jacob Dahlgren (Estocolmo, 1970) ha ubicado en el pabellón de los países nórdicos. Un inmensa pared llena de dianas invita al espectador a que se tome un respiro y descargue la adrenalina acumulada, siguiendo en la línea participativa de otras instalaciones anteriores del mismo artista. Otra obra inclasificable, son los Diarios de El Anatsui (Ghana, 1944), especie de telas inmensas engarzadas a base de chapas machacadas, y precintos de todo tipo de botellas. El resultado es tremendamente colorista, casi un fondo de Klimt. También ha habido ocasión para algún que otro homenaje, como por ejemplo el que los rusos Alexander Ponomarev (1957, Dnepropetrovsk) y Arseny Mescheryakov (Moscú, 1970) han rendido a Nam June Paik en Shower, una ducha de imágenes de lo más envolvente y estimulante. Así mismo, el pabellón de Venecia está dedicado a Emilio Vedova (Venecia, 1919-2006), y para ello se ha escogido la obra de gran formato de Georg Baselitz, (Alemania, 1938) una de las mejores de toda la Bienal. Sus óleos de rasgado expresionismo, que sólo se valen del blanco y el negro, son apabullantes y sobrecogedores, sencillamente magistrales.
 

Laura Acosta, 2007.

fotografías de Laura Acosta
por cortesía de Biennale di Venezia.

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miki leal / cortesía del propio artista

 
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