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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[outsiders] |
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He
de empezar confesándoles que, de forma excepcional, les hablaré de una
artista y unas obras que no he podido contemplar en la realidad,
aunque no por ello han dejado de removerme e invitarme a contarles
ciertas cosas. El debate en torno al arte y la locura, tal que las
travesuras no ingeridas por los circuitos convencionales de exhibición
y venta, siempre han formado parte de mis preocupaciones sobre el
arte; así que no teman por mi atrevimiento –quizá esto sea lo más
parecido a ejercer como historiadora del arte que he hecho nunca-,
dispónganse a gusto -como si se tratase de algunos de los escenarios
imaginados por Matilde Asensi en sus relatos de aventuras- y disculpen
la licencia.
Cada día tengo más
claro que los artistas muestran a través de sus obras, simplemente,
una forma de ver el mundo, y que los caminos y las posibilidades para
ello son tan diversos como nuestra propia naturaleza. Sin embargo, no
alcanzo a entender por qué, aún hoy, tendemos a idealizar su imagen a
través de distintos componentes de diferenciación y endiosamiento;
elementos discriminatorios tales como la habilidad extraordinaria, el
talento innato, la inteligencia sublime, la brillantez sobrehumana, el
dominio o la superioridad. Sobretodo, cuando lo contemporáneo es
sinónimo de disparidad y asistimos a una proliferación constante de
multitud de formas de creación. Yo misma me he sentido artista
–amateur, por supuesto- al amasar el barro o inferir trazos
automáticos sobre un trozo de papel y, supongo, a muchos de ustedes
les puede haber sucedido lo mismo en alguna ocasión.
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Partiendo de esta reflexión, todos aquellos condicionantes que suponen
una limitación, -ya sea física, psíquica o social- no dejan de ser un
obstáculo para cualquier persona que como creador/artista –con o sin
capacidad diferenciada- pretenda encajar dentro del dispositivo
institucional liderado por museos, críticos, publicaciones,
comisarios, galeristas, etc. Sin embargo, son muchas las voces que se
han alzado desde la posmodernidad, para poner en entredicho los
supuestos y postulados elitistas del arte, buscando nuevos modelos de
creación inspirados en lo primitivo y lo popular y ensalzando formas
de expresión creativas, ajenas a las normas culturales
institucionalizadas: Hans Prinzhorn
[1],
Jean Dubuffet -creador de la denominación “Outsider Art”
(arte marginal)- y Arnulf Rainer
[2],
entre otros. Estos autores y muchos más; así como museos, galerías y
centros de creación artística especializados, se han confeccionado
como coleccionistas y productores del llamado arte marginal o art brut
y han tenido acceso a un mundo velado y misterioso, confinado hasta
entonces, al mutismo de los centros psiquiátricos.
Actualmente, el
concepto “Outsider Art” abarca tanto la producción de artistas con
desequilibrio mental como la de autores autodidactas que se apartan de
las convenciones sociales y prefieren realizar sus obras en soledad o
clandestinidad o aquellos cuyo lenguaje, pensamiento o expresión
artística ha sido censurado por imperativos éticos, morales, políticos
o religiosos.
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No
existen criterios unánimes para determinar si una obra de arte
outsider puede ser considerada “obra de arte”, como tampoco hay
una única opinión o criterio para establecer los parámetros de calidad
de dichas creaciones. Uno de los lastres que aún pesan profundamente
sobre el rechazo de estas producciones como creaciones artísticas es
que forman parte de terapias ocupacionales, convirtiéndolas así en
simple objetos decorativos. Lo cierto es que, como en el resto de
obras de arte, su valor estético queda sujeto al juicio de la crítica,
la percepción o la comunicación visual –siempre dentro de sus propias
características y teniendo en cuenta su contenido emocional, así como
las circunstancias del artista, en relación con su época, su contexto
y su estado mental-.
En última
instancia, nuestro juicio de valor, como simples espectadores, supera
cualquier clasificación estética, psicológica o social y está
determinado por la profundidad del impacto que nos provoque, por el
deseo que nos despierte o la dimensión imaginaria que nos descubra y,
sin lugar a dudas, lo que no le falta al artista outsider es la
gran dosis de imaginación que infunde a sus obras, para expresar su
mundo interior y liberar tensiones emocionales.
Así, como
espectadora circunstancial de un documental dirigido por Lola
Barrena e Iñaki Peñafiel, ¿Qué tienes debajo del sombrero?
-presentado el pasado mes de abril en Expoval 2007
[3]-
he llegado hasta Judith Scott; (Ohio,
1943 - California, 2005)
una escultora
norteamericana, sordomuda y con síndrome de Down, reconocida
internacionalmente tras permanecer treinta y seis años en una
institución psiquiátrica. Su vida, contada a través de su hermana
gemela, Joyce, sin discapacidad, es el detonante de un documental que
viaja hasta el Creative Growth Art Center
[4]
en California y descubre a otros personajes que como Judith buscan
expresarse a través del arte.
En la película,
podemos acercarnos al mundo íntimo de Judith y su relación constante
con el entorno en el que concibe sus obras. Lo que para muchos no es
más que material desechable, para esta incansable escultura
estadounidense, se convierte en fruto de inspiración. Tras dos años de
inactividad en el centro de arte californiano, una madeja de hilo y
unos palos de madera son los detonantes de una gran producción
escultórica que contempla la más variada selección de formas y
tamaños. Un mundo caprichoso tejido sobre todo tipo de objetos
sustraídos que hoy alcanzan cifras millonarias.
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Acompañada siempre de revistas de moda y arte y acicalada con multitud
de complementos pintorescos: collares, bufandas y pañuelos anudados a
la cabeza junto a originales sombreros y tocados, que aumentaron
–según cuenta su hermana Joyce, en el documental- en relación al éxito
de su producción artística, Judith ha sabido mostrar que su enfermedad
mental no la incapacita para ser artista y configurar acciones de
notable interés.
Judith no oía ni
hablaba y no había forma de preguntarle qué estaba haciendo. No poseía
ningún conocimiento artístico ni entiendía que sus creaciones fuesen
percibidas como obras de arte. Sin embargo, la fuerza que transmiten
nos enseña su relación con el mundo exterior. Nos encontramos ante
creaciones altamente simbólicas e intuitivas. Una peculiar fauna
radiante y colorista de objetos atrapados, sitiados y envueltos con
minuciosidad y concentración exquisita; materiales sometidos a todo
tipo de manipulación, metamorfosis y pérdida de identidad. Oquedades y
vacíos rellenos gradualmente y dispuestos con tenacidad, para
confeccionar un código de significados y expresiones que dan rienda
suelta a las fantasías y obsesiones más recónditas.
La expresión de
emociones que no se pueden describir verbalmente ¿Quién no ha deseado
poder hacer esto alguna vez? Cómo me gustaría descubrir qué metáforas
abstractas se esconden en el interior de sus enmarañados sueños…
[4]
Extraordinaria institución artística fundada en 1974 como centro de
creación artística y no como sede de terapia ocupacional. Funciona de
forma independiente a través de las subvenciones de fundaciones
privadas y la venta de obras de los artistas discapacitados que allí
trabajan.
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Ana Robles, 2007.
fotografías
por cortesía de American Folk Art Museum de Nueva York,
Collection de l´Art Brut de Lausana y Creative Growth Art de Oakland .
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mario
sarramián / cortesía del propio artista |
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EXPOSICIÓN
Kiss Kiss Bang Bang / 45 años de arte y feminismo, Colectiva.
Museo de Bellas Artes de Bilbao. Hasta 09/09/07.
Es muy evidente que
la mujer fue designada como fuera de juego mucho antes de que
el ser humano pudiese articular su lenguaje. Por su condición de
perpetuadora de la especie –una imposición natural que le ha costado y
cuesta muchos padecimientos colaterales-, el hombre (quien debiera
haber sido su compañero) la situó desde el principio en una posición
muchas veces al margen de la propia vida, fuera de los límites de las
ocupaciones variopintas o del disfrute mismo, en una especie de limbo
silencioso como órbita circundante a aquella dentro de cuyos límites
ocurre todo. Por supuesto, este silencio sólo se da en continuidad
cuando las imposiciones suponen un riesgo para la vida o un daño
irreparable a la integridad, y habría que recordar aquellos hitos
históricos –demasiado excepcionales- donde lo femenino ocupó un papel
primordial entre lo sagrado y por extensión entre lo cotidiano (el
matriarcado de algunas culturas neolíticas y preclásicas, o de algunas
tribus bereberes que aún sostienen un esquema de vida bien distinto
del nuestro).
La mujer artista no
asume un destino menos difícil, si bien puede exorcizar una buena
parte de las frustraciones consustanciales al hecho de sostenerse
mujer con dignidad en medio de un sistema a todas luces desigual.
Outsider de facto a través de toda la Historia del Arte -¿no pinta
la caravaggiesca Artemisa Gentilleschi mucho mejor que
varios de sus coetáneos que sí son incluidos en las recopilaciones
modernas, por poner tan sólo un ejemplo muy reconocible?-, marginada
mucho tiempo de los circuitos convencionales de cada época,
desautorizada para formar parte de los propios sistemas de
selección/exclusión… Incluso cuando pensemos, ilusos, que la situación
actual ha devuelto a las mujeres artistas el papel que les
correspondía de antiguo, estaremos en parte equivocados. Una reciente
publicación sobre las 100 mejores obras de arte de la humanidad
[1]
contaba tan sólo con una obra artística de autoría femenina –Arch
of hysteria, de Louise Bourgeois, no menos digna que otras
de creadoras ninguneadas por el androcéntrico canon-; incluso entre la
plantilla de comentaristas de dichas obras –otros cien artistas- se
encontraban tan sólo 23 mujeres consentidas a mostrar su parecer
crítico.
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Pesa sobre muchas mujeres artistas un lastre que
funciona en paralelo al de la propia crisis interior en que deviene
cada problema creativo. La mujer artista, en numerosas ocasiones –y
debido en gran parte a las dificultades que ha padecido- opta por
verter una cuantiosa parte de su torrente creativo en asuntos
relacionados con su particular posición en la sociedad. Mientras
tanto, el artista hombre se sigue ocupando de los asuntos universales.
Además, tendemos a valorar especialmente a la mujer artista que se
afana en las cuestiones de género por encima de la que no lo hace. Y
si echamos una mirada a las artistas más influyentes de la
contemporaneidad, las más guerrilleras son las más valoradas. Nombres
como Marina Abramovic, Elena del Rivero, Ghada Amer
o Joana Vasconcelos –escogidos a vuelapluma entre cientos-
constatan una dependecia entre el ser mujer artista y la expresión de
la otredad como margen legítimo. Lejos de considerar esto como
algo positivo, creo que evidencia cuán desigual sigue siendo el
entorno, por más que doblemos la mirada hacia el mundo islámico para
encontrar comparativamente un triste consuelo.
De estas y otras
cuestiones se ha ocupado Xabier Arakistain, Director del Centro
Cultural Montehermoso Kulturunea de Vitoria-Gasteiz, como comisario de
la exposición “Kiss Kiss Bang Bang, 45 años de Arte y Feminismo”
celebrada durante este verano en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Lo de Kiss Kiss
viene a cuento de la objetualización sexual de la mujer –no olvidemos
que el cuerpo femenino desnudo ha sido tratado siempre a nivel
decorativo o simbólico, mientras el desnudo masculino quedaba
reservado para expresar nociones más activas como la heroicidad-. Tres
de los cinco bloques temáticos de la exposición se ocupan en cierta
medida de esta preocupación: “La
construcción cultural del sexo, el genero y la sexualidad”, “La lucha
por la liberación del cuerpo”
y “La denuncia especifica de la violencia
contra las mujeres”. Desde la diosa madre de Monica Sjöö
–que incide sobre esa pregunta mal manoseada sobre si Dios es mujer-
hasta el posicionamiento intimista y delicado de Yoko Ono en su
doble vídeo cut piece –donde ofrece su cuerpo para ser
desnudado lentamente, en un recorte levísimo de pequeñas reliquias,
ofreciendo una mansedumbre y un paz inconcebibles en la sociedad de
las tecnologías-, todas las obras aluden a una declaración de
intenciones inserta como esencia: Mi cuerpo es mío.
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La mujer como presa de su propia belleza –más
bien como esclava de los sacrificios que han de erigir el
estereotipado icono que se espera de ella- es tratada desde variadas
formas en esta caleidoscópica muestra: Orlan, por ejemplo, con
omnipresénce, exhibe su séptima intervención quirúrgica
filmada –un visionado que puede resultar repulsivo a muchas
sensibilidades y que ofrece con crudeza un planteamiento de la belleza
platónica como imposible-; Cindy Sherman, por su parte, está
presente con dos fotografías descarnadas de desnudos irreales
construidos a partir de fetiches sexuales. Más amable e irónica
resulta por ejemplo Martha Rosler en la belleza no conoce
el pánico: cuerpo bello, pequeños fotocollages que
abordan la estulticia de la mayoría de los mensajes que la moda
transmite a las féminas.
Un punto fuerte en la exposición lo constituye
la instalación three weeks in may, de Suzanne
Lacy y Leslie Labowitz. Los documentos desglosados en esta
instalación –parcos en efectismo y poco proclives al deslumbramiento
que el visitante espera en la sala de exposiciones- muestran la
presencia irrevocable del acto deleznable de la violación en la
sociedad. Hasta el punto de que el mapa exhibido –que delimita la zona
a intervenir durante la performance de tres semanas- queda
absolutamente oculto por la palabra “Rape” (violación), usada
como estampación en los lugares donde se ha constatado tal delito.
Decenas de violaciones fueron denunciadas sólo durante las tres
semanas que duró la performance y en el área delimitada en la ciudad
de Los Ángeles; poco más hay que decir. Contrapunto escenográfico son
las instantáneas de Ana Mendieta, que utiliza su propia imagen
para reproducir las escabrosas imágenes dignas de un diario de sucesos
que ilustrarían diversos casos de violación. Y no es la única artista
actual que utiliza el propio cuerpo dañado para expresar este tipo de
asuntos (Regina José Galindo hace lo propio en gran parte de su
obra, si bien la pieza mostrada en esta exposición -¿quién puede
borrar las huellas?- es de cariz más simbólico).
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Por otro lado, lo de Bang Bang
viene a colación de la constante lucha en que se ha de sumergir la
mujer para defender su estatus de ciudadana de primer orden. Muy a
pesar de la impresión divertida que producen el título y el cartel que
anuncian la exposición, este juego de palabras –casi un título
musical- acaban siendo metáfora de una dura realidad. Otros dos
bloques temáticos agrupan a varias artistas en torno a “La lucha
por los derechos civiles y políticos” o “Cómo reescribir una
verdadera historia del genero humano”. En ellos las protagonistas
indiscutibles son las Guerrilla Girls, con su saña descarada y
su forma irreverente de decir verdades en un lenguaje próximo y
eficaz. Han sido tildadas de fast art –una suerte de arte
basura o arte rápido-, seguramente por aquellos que se sienten
incómodos por los mensajes lanzados en sus inteligentes piezas. Quizá
una de las cuestiones que resuman la mayoría de los aspectos que
conciernen a la posición de outsider de la mujer artista sea la
que plantea la obra do women have to be naked to get into the
met. Museum? (¿Tienen que estar desnudas las mujeres para
entrar en el Metropolitan Museum?), en un interrogante formulado hace
tiempo y que, no obstante, puede seguir vigente en según que espacios.
[1] Las 100 mejores obras de todos
los tiempos comentadas por 100 artistas contemporáneos, suplemento
de la revista Descubrir el Arte, Nº 100. 2007.
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Pedro Alarcón, 2007.
fotografías
por cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
www.museobilbao.com
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arturo
marín / cortesía del propio artista |
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Mi último
verano no ha sido menos surrealista que otros anteriores. Muy a pesar
de las recomendaciones de mi terapeuta –que me receta yoga y pilates a
mansalva e insiste en que me recargue con vitamina D del modo más
natural posible, a base de sol y brisa marina-, he zascandileado de
nuevo por los interiores hispánicos en pos del bochornoso calor y
algún que otro capricho que anime el soul barroco que también
llevo dentro por más minimalista que presuma ser. Quería emociones
nuevas, darme de bruces con lo insólito, aburrida de lo poco que me
sorprende ya el arte moderno. En lugar de buscar algún centro de arte
recién estrenado, me obcequé en rutas más inverosímiles –no hay nada
que más me empuje a viajar que hacerlo a sabiendas de que no me toparé
con las hordas de turistas y sus pequeñas armas digitales-, y la
verdad es que encontré diversión.
Mi primera pausa en
el camino fue la Basílica del Palmar de Troya, en una pedanía
de Utrera. Algún tipo de insano morbo hacía declinar mis deseos hacia
un sabrosísimo viaje en el tiempo: Sillas gestatorias, besapies,
velos, genuflexiones, y hasta el rumor constatado de sacerdotes que se
perforaron el glande con argollas en la antesala del hoy extendidísimo
piercing art; signos todos que remueven algún recóndito y
oscuro resorte en mi juicio de mujer nacida antes de la transición…
Bajo las espigadas agujas de un esperpéntico eclecticismo sin sentido
–que me recuerda al Pilar de Zaragoza pero con un halo de vulgaridad
demasiado evidente-, subyace una identidad insana y herética. Todo
queda envuelto –además de por la calina sevillana, insoportable- por
un denso perfume incensado y por una normatividad asfixiante que a
punto estuvo de dejarme fuera del recinto por no sé qué asunto del
largo de mi mantilla. La Iglesia Católica Palmariana, que ha
canonizado a Franco y a Hitler entre otras prendas, es el lugar
perfecto para otra de esas intrigas noveladas tan aptas para leer al
borde de la piscina.
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Alejándose
varios kilómetros –respirando poco a poco normalidad- una recobra la
noción del tiempo y se cuestiona cómo aguantan esas criaturas la
penitencia autoimpuesta. Están todos locos, o fuera de un imaginario
margen que hemos dibujado a conciencia. El negocio se les empieza a ir
a pique –la orden de la Santa Faz no levanta cabeza desde la muerte
del alucinado papa Clemente- y el pueblo nota como escasean los
curiosos y cada vez venden menos. Cuanto más sólo queda el Palmar, con
su rutilante refugio divino en medio de la nada, más queda a
descubierto la clarísima nadería que los inspiró. Y eso me agita; que
haya seres humanos apegados a destinos imposibles. Como Justo
Gallego, ese outsider sin remedio que levanta poco a poco y
él solito su catedral en Mejorada del Campo, Madrid. Toda España lo
descubrió en una excéntrica campaña publicitaria de una bebida para
deportistas, y desde entonces se ha convertido en otro centro de
peregrinaje –nos gusta lo raro, por supuesto-. Erigir una cúpula de 40
metros de altura ya no tiene sentido, o al menos eso pensaba yo.
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Cansada de las jaquecas autoinflingidas, al final sucumbí a la
tentación vacacional y me tiré a la piscina de un hotelito precioso en
Palma de Mallorca. Ví más outsiders retratando el portón de
Marivent -¿hay un acto más surrealista que ese- mientras ascendía en
taxi hacia la Fundació Pilar i Joan Miró (como si estuviese
recobrando mis insanos vicios anteriores), y deseé con todas mis
fuerzas encontrar algo gamberro, fuera del elegante marchamo de
artista clásico que tiene ya el pintor catalán. Entre lo consabido, lo
sublime de la poesía automática dibujada que reproducen con afán en
curiosos vasos de souvenir, pude disfrutar de un cuadrito de
sana venganza: Sobre una pintura mediocre de paisaje, de esas que se
arraciman en los rastros ofreciéndose voluptuosas para exorno de
comedores y recibidores caseros, el Miró más graffitero había
esparcido unos trazos obscenos –por su osadía- no sin antes voltear
verticalmente el lienzo y dejar bien a la vista la rúbrica invertida
del infravalorado artista primigenio. Era como un Erased de
Kooning Drawing. Y sin duda una bocanada de frescura dentro
del santuario de cemento y alabastro que Moneo ha diseñado con tan
sacra intención.
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En el mismo recinto encontré una exposición temporal digna de los más
sublimes chalados que puedan figurarse: Deconstruyendo Osama,
de la agencia fotográfica Al-Zur, una farsa con pinta de
reportaje documental que dice rastrear mediante imágenes las andanzas
de
Fasqiyta-Ul Junat, uno de los dirigentes del operativo militar de
Al Qaeda. El sujeto de las fotos, que posa en una Alhambra
de mentira que existe en el hilarante parque temático Poble
espanyol –imposible colección de facsímiles de monumentos
patrios-, pasa por terrorista aunque en realidad es un actor a sueldo
que había protagonizado la campaña publicitaria de Mecca-Cola.
La mayoría del público no se detuvo a leer estas menudencias y tomó
las fotos como auténtico testimonio –y eso aunque la tramoya y el
photoshop campan a sus anchas, resultando más falso que Antonio
Banderas doblándose a sí mismo-, constatando que engullimos la
información sin criterios selectivos ni cuestionamiento alguno. Lo
mejor del asunto es que el verdadero autor de las fotografías es el
cachondo y nunca decepcionante Joan Fontcuberta, que da otra
vuelta de tuerca saltando los altísimos listones anteriores
(recordemos fauna secreta, entre otras delicias). Construyendo
dramaturgias maravillosamente estudiadas, Fontcuberta confronta al
espectador con irrealidades que, parodiando por ejemplo al periodismo,
pone en un brete a los sistemas de información. No hace mucho
confesaba, sin duda en tono jocoso, que la llegada del hombre a la
luna fue no ya un montaje de la NASA sino un proyecto suyo de
1969
[1].
Ese
espíritu sinvergüenza y rockero es para muchos el clamor de lo
auténtico; en definitiva, estar fuera de fronteras establecidas y ser
políticamente incorrecto, un outsider de motu propio. Recordé
entonces a Banksy, que me había engolosinado colándose en los
museos británicos y dejando pequeños regalitos de terrorismo artístico
–un resto arqueológico que mostraba a un hombre de las cavernas
empujando un carrito de supermercado, pegado de mala manera en las
paredes del British en mayo de 2005-. Un entonces activista que
cuestionaba el sistema capitalista, pero que hoy se gana la vida en
grandes galerías de Arte y trabajando para Puma, MTV o
Greenpeace; de vándalo callejero –de un indudable interés
pictórico- a fulgurante estrella que aspira a perpetuarse en las
enciclopedias. Lo acusan de vendido. Y no hay injusticia en ello. Pero
Banksy sigue estando fuera de algunos límites, desde el punto y hora
en que transmite su irreverente grito a la mansedumbre del lienzo, o
contempla como una entidad multimillonaria rescata un graffitti
de juventud comprando el solar.
Ahora liquido mojitos apurando la última tregua del verano en mi
beachclub de Marbella, sintiéndome a salvo de todo –de la ruidosa
chiquillería que se adivina en la playa contigua, de la ordinariez
inevitable que rezuman según qué cuerpos expuestos al sol- y me siento
un poco outsider. Y muy aliviada.
[1] Entrevista de
Matías Vallés a Joan Fontcuberta para El Diario de Mallorca, 23
de Junio de 2007.
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Elektra, 2007.
fotografías por cortesía de Justo Gallego, Joan Fontcuberta y Fundació
Pilar i Joan Miró a Mallorca.
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gilberto garcía tesouro / cortesía del propio artista |
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EXPOSICIÓN Documenta 12, Kassel. Hasta
el 23/09/07.
Se prodiga poco en el circuito expositivo nacional. Su discurso
conceptual es periférico y complejo pero tiene el beneplácito de los
especialistas y la aprobación de la crítica. Su trabajo, casi
desconocido para la mayoría, es un camino esforzado de mejora y
profundización. Ibon Aramberri, sin hacer ruido, sin llamar apenas la
atención, moviéndose por fuera y evitando las superfluidades
morrocotudas que no son más que tráfagos engañosos, va a ser de los
pocos privilegiados españoles que mostrará su obra en Kassel,
sacrosanto altar de la contemporaneidad y paradigmático buque insignia
de las tendencias vivas del arte mundial.
La Documenta de
Kassel, que llega este verano a su edición número doce, se celebra
cada cinco años y marca las pautas de gran parte de la creación
actual, siendo considerada por los especialistas uno de las
convocatorias más significativas (y representativas) del arte de
nuestros días. En ella se hace una revisión de las manifestaciones y
discursos que configuran el panorama internacional, sacando
conclusiones que marcan pautas y obteniendo ideas sobre las futuras
tendencias venideras. Esta exposición de tamaña envergadura nace el
año 1955 por iniciativa del profesor y artista Arnold Bode,
intelectual que después de la Segunda Guerra Mundial crea un foro de
reflexión y discusión en torno al arte del momento en la pequeña
población de Kassel. La Alemania devastada tenía de este modo una
oportunidad de exorcizar fantasmas y encontrarse de frente con el
“arte degenerado” silenciado por el nazismo, maneras desenfadadas que
habían sido vetadas por su exceso de libertad y sus modos rupturistas.
Así, cada lustro desde hace cincuenta años, la ciudad de Kassel se
convierte al completo en un original escenario que respira arte
contemporáneo por cada uno de sus poros, un museo para todos los
públicos que permanece abierto exactamente cien días y que muestra las
últimas expresiones que sensibilizan el mundo.
Dos son los únicos
participantes españoles que expondrán sus obras en la prestigiosa
Documenta 12 de este año: el afamado cocinero Ferran Adrià y el
artista guipuzcoano Ibon Aramberri. El primero no me interesa
especialmente, su exquisitez culinaria, con todos los respetos, me
deja indiferente; a mí que haga un suflé amarillo anaranjado y
sepa a no sé qué de pepino y arándanos me da exactamente igual. Por
mucho que lo defienda Roger M. Buergel, director del evento, lo único
que interpreto de su inclusión es una excentricidad bien calculada que
le va a dar sonados réditos mediáticos. Es una apuesta poco arriesgada
que volcará muchas miradas ajenas y reabrirá una supuesta discusión
bizantina -más que pasada de moda desde hace décadas por cierto- sobre
qué es o no es arte, tonto cuestionamiento que ya despedazaron muchos
artistas en los años sesenta. Si no que se lo pregunten a Manzoni. O a
Gina Pane. O a Beuys, cuyas ocurrencias fueron, precisamente, muy
aplaudidas en la Documenta de 1982.
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Bajo mi parecer, es más atractivo y fructífero el discurso que plantea
el joven creador vasco Ibon Aramberri, una de las figuras que ha
eclosionado con más fuerza en el panorama nacional de los últimos
años. Su trabajo, fruto de la observación sensible del contexto que
vive, es eminentemente conceptual. Aramberri trabaja con ideas porque
entiende que el arte de nuestros tiempos, como tal, ya no existe, se
ha transformado en experiencias estéticas diversas que pueden
registrarse de diferentes maneras sin tener que recurrir a objetos
concretos. No le falta razón al hacer este tipo de razonamientos,
porque cuando se trata de expresiones indeterminadas, es el propio
sistema -motivado por un fetichismo mercantilista que le sirve de
engranaje y alimento-, el que se encarga de convertir en piezas de
culto acciones, instalaciones y pensamientos artísticos. Productos
manejables y vendibles que acaparan al alimón mercados y museos.
Como él mismo
comenta, sus dos proyectos presentados a la Documenta no son más que
una extensión del trabajo que lleva desarrollando en los últimos años.
El primero, llamado ‘Política hidráulica’, reúne una
serie de instantáneas aéreas de pantanos españoles elaboradas en
colaboración con distintos fotógrafos, profesionales que hicieron ésas
tomas para consorcios industriales u organismos oficiales. Si
recordamos su instalación ‘Dam-Dreams’ vista en 2003 en la
fundación Tàpies y presentada en 2004 en el Palais de Tokio,
hay una evidente relación temática entre ellas aunque los motivos sean
distintos. El proyecto de hace unos años utilizaba señales de tráfico
recuperadas para recrear un mapa ficticio del valle inundado por la
construcción del pantano de Itoiz. El de ahora, recurre a imágenes
para crear una red de relaciones y plantear reflexiones estéticas. Es
interesante hacer notar que este creador considera la fotografía y la
escultura (ambas utilizadas de manera clara e independiente en estos
dos trabajos), las dos disciplinas paradigmáticas del arte moderno,
herramientas que le sirven para plasmar físicamente a través de los
lenguajes del arte conclusiones obtenidas en sus propias
investigaciones.
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Con estas fotos de pantanos hechas en el último medio siglo en
Navarra, Euskadi y otros lugares de España y recuperadas por él mismo,
Aramberri nos plantea, a través del silencio frío que transmiten las
imágenes, el fracaso de las políticas grandilocuentes ejemplarizadas
por estas gigantescas infraestructuras, ingentes obras que en muchas
ocasiones resultan baldías. Los pantanos son grandes construcciones
que asolan ecosistemas y destruyen modos de vida tradicionales,
arramblando sin miramientos con la flora y la fauna autóctona. El
suceso más reciente, vivido por Aramberri de cerca por su interés
antropológico y social, es el del mencionado embalse de Itoiz,
ejecutado sobre una zona rural en contra de las aireadas protestas de
los afectados. Pero quizás el caso más extraordinario conocido sea el
de la gran presa de las ‘Tres Gargantas’ realizada en China,
edificación que ha movido a más de un millón de personas.
La ecología, la
tradición, los desplazamientos forzados (ahora que está tan en boga
las cuestiones migratorias), o el respeto por los valores naturales,
son algunos de los motivos que aparecen, de manera muy evocada, en
estas piezas. Instalación cuyo verdadero valor no está en las imágenes
que presenta, sino en los conceptos que encierra. A fin de cuentas,
las imágenes para Aramberri son simples herramientas reveladoras,
medios para contar historias, no elementos finales concluidos que
puedan entenderse aislados.
El segundo grupo de
obras presentado por Aramberri en la Documenta, más experimental y
abstracto, lo ha denominado ‘Exercices on the nord side’.
Una parte son fotografías en blanco y negro de la cara norte del monte
Vignemale en condiciones climáticas adversas. La otra, situada
en una sala contigua, es una narración proyectada en 16 milímetros de
la misma montaña vista desde idéntico perfil. Aquí, de algún modo,
subyace un homenaje velado a las primeras filmaciones que hicieron los
alpinistas. A Aramberri le interesa la herencia romántica que se
desprende de estas películas, unos rasgos muy particulares que
degeneraron, en algunos lugares, en una exaltación nacionalsocialista.
La obra de Ibon
Arramberri, en términos generales, tiene un latir universalista, una
manera de estar discreta pero sólida que evita la fatua
espectacularidad gratuita. Su modo de procesar es un modo de hacer
lento que presupone espectadores sensibles y conscientes, observadores
que prefieren sacar sus propias conclusiones antes que ladearse por
trazos demasiado rígidos. Aunque es evidente que acude a lo local como
punto de partida inexorable, es también cierto que sus planteamientos
evitan elementos circunstanciales o mutables. Al estar marcado por las
vivencias de su entorno recurre a objetos y procedimientos de su
rededor para, con pausa y sin ninguna prisa, crear una compleja red de
sentimientos-recuerdos-vivencias que canaliza en su interior para
luego sacar fuera a través de la praxis artística. En sus obras hay
pareceres inmateriales profundos y difíciles de explicar que no son
fáciles de exteriorizar ni de comprender; fundamentos complejos,
pensados para iniciados, que elevan el grado de lo que hace por encima
de los raseros artísticos habituales.
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Sema d´Acosta, 2007.
fotografías por cortesía de Documenta de Kassel y el propio
artista.
www.documenta.de
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eulalia
valldosera / cortesía de museo bilbao |
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Normalmente dejo el
coche en Plaza de Armas si voy al centro. Así evito perder un tiempo
inútil dentro del vehículo y me gano un paseo de diez minutos. Pero
ese día iba con tanta prisa que bajé por la calle Baños hasta la
Gavidia con la esperanza de encontrar un hueco cercano a mi destino.
Al girar por la antigua comisaría noté que algo había cambiado. En
unos segundos me percaté de que la fachada estaba cubierta con una
lona gigante y que en ésta se podían ver varias imágenes de personas
ensimismadas rodeadas de una naturaleza que los acogía.
Di marcha atrás y me
quedé contemplando las fotografías un buen rato, concentrado hasta que
la llegada de otro vehículo me hizo avanzar de nuevo. Eran fotos de
Gonzalo Puch (Sevilla, 1950). Exposición perfecta de la obra de
este fotógrafo reconvertido, un autor que se mueve por los bordes, que
se adentra fuera de lo establecido con la naturalidad impropia de un
explorador ahíto de convencionalismos. Nos lleva a la frontera que se
oculta en las zonas que sólo existen en su mente, sus fotos son tan
naturales, tan espontáneas, que nos parecen paralelas a lo cotidiano,
como si no fuera ficción. En el exterior a tamaño gigantesco;
apareciendo de imprevisto y justo en el centro de la ciudad
–protagonista antagónica de sus charcos imposibles- sus imágenes
toman una fuerza inusual.
Logré aparcar por fin
y volví andando a la lona para recrearme un poco más. Mi prisa se
había disuelto. Mientras caminaba con la tranquilidad de saber que ya
llegaba tarde a mi cita, me alegré del mayúsculo acierto de colocar
imágenes de un artista oriundo de la ciudad para cubrir andamios.
En las imágenes, a un
tamaño espectacular, se podían apreciar varias escenas de exterior en
una campiña donde la presencia humana se completa con unos objetos de
plástico transparente, no sólo dan misterio a la situación también
hacen que nos detengamos intrigados en ellas. Parte del impacto y la
familiaridad que me produjeron las imágenes provenía de haber visitado
la exposición “Cuenca, otra mirada” de la Sala Santa Inés unos días
antes. Allí, las fotos de Puch fueron las que más me afectaron,
teniendo en cuenta que los fondos fotográficos de arte español
contemporáneo de la Fundación Antonio Pérez tienen obra de artistas
tan destacados como Ramón Masats, Isabel Muñoz o Jean-Marie del Moral.
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Sus primeras imágenes, siempre de interior, tienen una atmósfera
peculiar donde la figura humana se coloca en escenarios propios de la
docencia o la experimentación como aulas o laboratorios, con elementos
convenientes como pizarras, batas blancas o probetas, mezclados con
otros totalmente fuera de contexto como bicicletas, pequeños incendios
espontáneos o plantas exóticas.
Esta conjunción de
búsqueda del conocimiento mezclada en su dimensión práctica también se
ve alentada en su parte teórica con el metalenguaje que supone dibujar
sobre las pizarras fórmulas matemáticas imposibles, reproducir
estampas de paisajes lejanos o cuadros famosos de la historia del arte
dentro de las propias fotografías.
Además en estas
primeras series ya se intuía una predilección por la naturaleza
(representada mediante plantas) que tuvo su culminación en la
exposición del Jardín Botánico en Madrid con motivo de PhotoEspaña
2006.
Estas imágenes parten
del encuentro casual del fotógrafo con una persona caída en un charco.
Este accidente lo lleva a reflexionar en torno a la idea de encuentro
con la naturaleza y sobre todo escenificando ese momento por medio de
un elemento tan consustancial al hombre como es el agua. Piezas donde
los personajes aparecen en posturas inverosímiles. No hay nada de
manipulación digital, es más, Gonzalo Puch gusta de construir
escenarios para sus personajes y así reflejar su manera de interpretar
el mundo. Es como un nuevo artesano de la cotidianidad.
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Imágenes que contienen una búsqueda, una llamada al interior para
tratar de solventar la incertidumbre de no ser capaz de encontrar el
sentido último de lo que nos está diciendo. De esta manera el artista
consigue subirnos a su mundo. Logra que nos interesemos en esa parte
de nosotros que no somos capaces de completar y así pensemos,
ingenuamente, que la próxima fotografía nos dará la solución.
Son instantáneas
familiares y lejanas al mismo tiempo. Lugares que pueden estar en
cualquier sitio a los que les añade un plus de misterio que,
paradójicamente, nos hace disfrutar del desconcierto. Es una obra
ecológica y reflexiva al mismo tiempo. Muy pausada en su
contemplación, con formatos de gran envergadura para apreciar hasta el
más mínimo detalle.
Profesor en la
Universidad de Cuenca, ha sabido evolucionar desde lo más cercano, de
lo cotidiano de sus primeras obras: aulas, despachos, laboratorios
rodeados de mapas, pizarras, objetos extraños.... montoneras sin
sentido junto a máquinas inútiles que nos acercan a la
desclasificación. A la belleza de los pequeños caos, de los desórdenes
que nos sacan de lo establecido.
Esta transformación
del espacio para convertirlo en algo nuevo, esta capacidad de mutación
también ha sido capaz de llevarla al paisaje exterior. Durante quince
años fotografió interiores, y ahora, gracias al agua, ha sabido ir más
allá, colocando a sus personajes siempre en situaciones de paz, de
sosiego absoluto. Huyendo de la hostilidad de la civilización, sin
enfrentamientos, asumiendo nuestro encuentro con la naturaleza de
forma originaria para habitarla a través de la fluidez, sin
aspavientos.
Gonzalo Puch ha
convertido sus fotos en algo donde podemos reflexionar sobre la vida,
la ecología, la existencia y el conocimiento. Lo hacemos con la
congoja de la ignorancia. No sabemos lo que realmente pasa en sus
universos, es un disfrute de lo misterioso que nos sumerge en los
espacios que propone para intentar encontrar las respuestas a lo que
allí está pasando.
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Catano Quinta, 2007.
fotografías
por cortesía de Catano Quinta.
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