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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[cacmalaga] |
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EXPOSICIÓN
Materiales de construcción,
Lara Almarcegui. CACMálaga. Febrero / Marzo 2007.
Apenas hemos superado la crisis de la pasada campaña electoral y sus
novedades recientes: delegados no electos, apuestas personales para la
cultura, cambios en la concejalía de urbanismo… pero estoy convencida
de que Lara Almarcegui –Zaragoza, 1972- hubiese disfrutado
paseando las calles de nuestra ciudad en plena vorágine de maquillaje
urbano; aceras que estrechan calzadas y agudizan los problemas de
tráfico –Compás de la Victoria y Cristo de la Epidemia-, márgenes
inaccesibles por la colocación de vallas de seguridad que impiden el
paso a los viandantes –Carrera de Capuchinos en la confluencia con
calle Cuervo-, levantamientos sobre espacios de nueva construcción
–Alameda de Colón-… Quejas ciudadanas multiplicadas frente a las
posiciones encontradas de los partidos en sus programas de urbanismo:
proyección de tecnocasas, nuevos espacios de creación cultural,
soterramientos viales, construcción de grandes torres de pisos en los
suelos que ocuparon hace años los depósitos de Repsol, traslados de
instalaciones eléctricas, proyección de parques y carriles bici… los
magos del desafío disponiendo sus esfuerzos en habilitar y
deshabilitar, hacer y deshacer, ocupar y demoler cuánto esté en sus
manos o en sus idílicos discursos políticos.
Mientras la ciudad bulle, nuestra
joven artista lee sus cambios como procesos biológicos
–nacimientos o dolencias-. Cuantifica, mide y pesa los materiales de
construcción de diversos espacios para hacer comprensible y comparable
la energía consumida o liberada en su construcción y arroja
reflexiones acerca de la pérdida total de control sobre la ciudad y
sus transformaciones y la responsabilidad de los que la diseñan,
construyen y dotan de contenido.
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El pasado mes de marzo, Almarcegui descomponía la sala de exposiciones
Espacio 2, del Cac Málaga –cómo quién indica los ingredientes
necesarios para la elaboración de un plato recién hecho- y colocaba en
su interior, la misma cantidad de materiales de construcción
necesarios para su realización: 106 toneladas de grava, 57 toneladas
de arena, 24 toneladas de cemento, 2 toneladas de acero, 3 toneladas
de escayola y 0’2 toneladas de pintura. A priori y sin extraer
conclusiones conceptuales, resulta una tomadura de pelo al uso de la
instalación de la galería portuguesa Cristina Guerra en ARCO 07’ –aún
dudo de si aquella caja de cartón vacía en el centro del stand se
trataba realmente de una obra o si no era más que un esfuerzo irónico
de sus responsables por aumentar la desconsideraciones que bombardean
las manifestaciones artísticas contemporáneas-. No pongo en cuarentena
que tras las incursiones creativas de ambos artistas, exista un
planteamiento conceptual que apoye sus propuestas, pero en ellas,
aquella lejana certeza –cebada de detractores a lo largo de la
historia- de que el arte debe producir placer estético -insaciable,
perturbador, vertiginoso, a ser posible- deja de tener sentido. Y yo
–disculpen si últimamente estoy un poco chapada a la antigua-,
sigo pidiéndole al arte esa mijita de pimienta que despierte la
sed y los sentimientos anárquicos, que traspase los límites y nos
atraiga por su belleza invisible o su grito clamatorio –si se
me permite la reiteración- o su frescura o su maestría. Lo demás es
otra historia… difícilmente clasificable.
Sin embargo, no todos son malas
críticas. Las intervenciones más interesantes de Lara Almarcegui son
aquellas que tienen algo de misión imposible, de lucha de
heroína bienhechora con futuro incierto y están concebidas como
procesos de investigación basados en espacios marginales del paisaje
urbano, tales como descampados, edificios abandonados o en vías de
transformación, huertas o ruinas. Zonas vacías que investiga, graba,
fotografía y cartografía para invitar a los responsables políticos y
autoridades a reconquistarlas y redescubrir su utilidad y su historia.
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Imagino cómo sería Málaga si existiese un inventario de zonas
desheredadas sobre las que actuar, una especie de memoria perdida para
escuchar el lenguaje mudo del paso de los años. Me encantaría
participar de un itinerario alternativo al Museo Picasso y la
Catedral, una visita guiada por emplazamientos degradados –tal cual la
sospechamos todos: con guía acreditado, planos e información
dosificada en puntos claves-, comenzando, por ejemplo, por calle
Beatas y su piel mil veces tatuada y otras tantas herida
[1].
Alguien, no hace demasiado tiempo, se
tomó la molestia de realizar una compilación de las medianeras
existentes en nuestra ciudad buscando propuestas artísticas para
embellecer estos lugares tradicionalmente obviados –me parece un
planteamiento de argumentación bellísima-. Numerosos edificios
históricos engrosan la lista de rehabilitaciones para acoger
codiciadas colecciones artísticas –no hablemos de la baronesa Thyssen…-
o disponer los fondos olvidados en algún depósito. Ni que decir tiene
que no faltan las propuestas ciudadanas de recuperación de espacios
abandonados, tales como la reciente ocupación de la Casa Invisible, en
calle Nosquera -punto de encuentro para la producción actual de
jóvenes creadores invisibles al margen de las grandes
productoras con beneficios millonarios- o las reivindicaciones para la
salvaguarda de espacios emblemáticos como los Baños del Carmen –un
lugar privilegiado, en precario estado de abandono, del que disfrutan
habitualmente un considerable número de personas que luchan
activamente por su recuperación-. Estos indicadores ciudadanos, cada
vez más notables, revelan que nos importa –y mucho- el lugar en qué
vivimos, que no estamos dispuestos a dejarnos llevar por decisiones
institucionales no consensuadas y que propuestas como la de Lara
Almarcegui, -al margen de su discutible potencial artístico- sirven
para provocar interrogantes y señalar que no siempre nos benefician
los planes generales de ordenación urbana y las promesas políticas en
campaña electoral.
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis
días marinos,
Colgada del imponete monte, apenas detenida
En tu vertical caída a las ondas azules,
Pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
Intermedia en los aires, como si una mano dichosa
Te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de
Hundirte para siempre en las olas amantes.
Fragmento del poema Ciudad del Paraíso.
A mi ciudad de Málaga
Vicente Aleixandre
27 de febrero de 1943
[1] Piel de
Beatas. 7 intervenciones artísticas. 7- 22 de diciembre de 2007.
Comisario: Pedro Alarcón.
http://www.pedroalarcon.net/006_beatas_index.htm
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Ana Robles, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN
A Girl,
Ron Mueck. CACMálaga. Marzo / Junio 2007.
Artistas como Ron Mueck, vuelven locos al gran público.
Incuestionablemente habilidosos y técnicamente perfectísimos, esta
especie independiente de artífices que van por libre, avivan
fuertemente el debate de las fronteras del arte; para muchos, es el
suyo un arte carente de recursos imaginativos, con cierta pobreza a la
hora de manifestar esa fantasía desbordante que el imaginario
colectivo presume inherente al creador verdadero. En numerosas
ocasiones, y con motivo de la pieza que Mueck exhibe hasta el 17 de
junio en el CAC de Málaga, he escuchado la misma pregunta: “¿Es eso
arte?”. Y a continuación un sinfín de teorías que arruinan o
glorifican la actividad artística de este creador australiano.
Ron
Mueck viene del cine. De los efectos especiales. Se dio cuenta de que
era endiabladamente bueno y lo que es más, que tenía que seguir un
camino impuesto por sus propias exigencias, y no por las del guión de
turno. El hecho de que fuera un especialista en efectos especiales
incrementa aún más el escepticismo entre aquellos que lo consideran un
simple hacedor de cuerpos inertes y monstruos escenográficos. Sin
embargo, supo desasirse de la presunta virtualidad de la que se
revisten a menudo las imágenes de los largometrajes y encontrar la
manera de hablar de vida y de vidas. Gracias al apadrinamiento del
todopoderoso Charles Saatchi, nuestro artista descubrió la fama con
cierta celeridad –todo lo que toca el gran magnate se convierte en oro
al instante-. Sin embargo, el origen de su éxito queda como algo
anecdótico que se cobija detrás de su impresionante obra artística.
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El trabajo de Mueck impresiona. Impresiona nada más verlo, pero
resulta que justo cuando franqueamos ese primer momento de
presentaciones mudas, en el momento en el que la sorpresa da paso al
deseo de entender, impresiona aún más. A finales del Siglo XIX, el
crítico y filósofo alemán Johann Gottfried describió la pintura como
“un sueño ilusorio”, y la escultura como “la dura realidad”. Los bebés
que hemos visto del australiano son desagradablemente reales,
insoportablemente recién nacidos que apenas alcanzan a abrir los ojos,
con sus venas, sus rojeces, su lubricación cutánea, reflejando
claramente la, quizás no dura pero sí, pura realidad.
Su
hiperrealismo descomunal no es el único artífice de la sensación de
desasosiego que nos provocan sus personajes. Las dimensiones
desproporcionadas -ya sean por aumento, ya por reducción- condicionan
del todo la recepción de la obra, una obra que se erige apabullante
ante nosotros, simples observadores, personajillos ajenos a la
dimensionalidad del espacio en el que habitan los seres de Mueck.
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Ocurre con estos seres que se comportan de extraña manera. En su
impertérrita quietud se dejan observar. Se exhiben tal y como son, con
posturas serenamente comprometidas, en la intimidad de su
cotidianeidad, compartiendo con nosotros sus hábitos y dándonos
licencia para imaginar sus vidas, los motivos de su existencia, las
razones de los gestos intranquilos. Al pasar la barrera del
reconocimiento objetual, nos adaptamos al tamaño de la obra en un
esfuerzo por no dejar de percibir el resto de cosas en su justa
medida. Porque la mayor grandeza de Mueck es la de introducir a sus
criaturas en un mundo de medidas exactas, en un espacio cerrado donde
la verdadera proporción de las dimensiones no eche a correr al ver
aparecer a los seres, sino que se mantenga firme ante ellos. Esa
convivencia de tamaños, de paredes que guardan habitaciones de escala
humana, pero que en cambio son habitadas por personajes mucho mayores,
o mucho menores -aunque perfectamente proporcionados- es la que
encierra la capacidad de atraparnos en las vidas de sus residentes, en
sus gestos, en sus pieles.
El
siguiente sobresalto llega cuando el hecho de que sean tan
insoportablemente reales pero tan imperturbablemente inmóviles,
provoca el recelo de estar incurriendo en una falacia creada por tu
imaginación. ¿Verdaderamente este bebé es un bebé vivo? ¿Realmente
estos ancianos están llegando al final de sus días? ¿Es posible que
este chico gigante no tenga un solo amigo? Y es que claro, uno se ha
imaginado ya toda la historia que encierran estos cuerpos y rostros,
de manera que cuando los minutos de observación revelan todas estas
contradicciones, la confusión que tenemos entre la verdad y lo
ilusorio ya no tiene marcha atrás.
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Conceptualmente, Mueck es un artista chapado a la antigua –aunque esto
suene raro-. En su obra ha decido centrarse en un campo temático como
muchos grandes clásicos que trabajaron la piedra, el hierro, el
bronce, etc. Es un escultor de imágenes, de monumentos que homenajean
al ser humano, que se mueve firmemente bajo aquella premisa que aboga
por la conservación de la imagen humana y la fidelidad al cuerpo
intacto. Pero todo esto lo arrastra hasta nuestro tiempo, y lo reviste
de los materiales que forman hoy el abanico de tendencias más
novedosas. Contemporáneos como Duane Hanson o John de
Andrea, trabajan sobre la misma base que el australiano y obtienen
resultados parecidos, pero no iguales. Al primero le sobra ropa y
hermetismo y al segundo le falta delicadeza y vida.
En
su día, muchas grandes piezas que han sido claves para el desarrollo
de la historia del arte no fueron consideradas como tales. Quizás
Picasso cuando armó aquella pequeña guitarra -que podría haber
sido creada por cualquier párvulo dada la ingenuidad de la escultura-
no pensó que su cubismo sería definitivo para los años venideros.
Posiblemente los móviles de Calder tuvieron amplias críticas
por la banalidad del objeto antes de que contribuyeran a la
consolidación de la escultura volátil como objeto de arte. O por
ejemplo, Alexander Rodchenko cuando desarrolló sus
Construcciones espaciales no estaba siendo consciente de que iba a
favorecer la intensificación del sentido de ingravidez a través del
constructivismo. Muchas veces, el arte es arte más allá del arte, como
un paso hacia algo nuevo. Y es que, a menudo, hace falta que vayamos
recogiendo por el camino muchas miguitas de pan antes de llegar a un
destino certero. Quién sabe, quizás Mueck esté ayudando a que la
escultura se dirija hacia un puerto en vez de otro.
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Laura Acosta, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Libia Castro & Ólaffur
Ólaffson. Enero / Marzo 2007.
EXPOSICIÓN Templo del Cielo,
Amador. Marzo / Abril 2007.
Cada vez que paseo por esta ciudad imposible más me arrepiento de no
haberme transfigurado en artista allá por mis mocedades. Seguramente,
y si hubiese dispuesto de microcámara fotográfica en mi teléfono en
los años en que merodeaba de acá para allá en ausencia total de
síntomas de cansancio, habría tenido lugar la metamorfosis. Hoy me
sostengo sobre los tacones a duras penas y más por empeñarme en una
dignidad obligada, y no me veo tan osada como para robarle una
instantánea a según qué ejemplares urbanos. Esta metrópoli con ansias
de capitalidad, aferrada desesperadamente a lo picassiano y sus
burdas derivaciones, palmeral monótono que se vuelve escombrera
improvisada por sus recodos, amasijo de edificios vulgares que
constriñen algunas joyas de la historia que no sabrán conservar jamás,
lienzo del peor graffitti y muestrario del más insólito y variopinto
mobiliario urbano, es sin duda una de las mejores fuentes de
inspiración posible para algún malvado creador moderno. Yo habría sido
esa artista caradura, esa enfant terrible de las corrientes
actuales, y me habría bastado con reproducir en el mejor papel
fotográfico y sobre aluminio en formatos de doscientos centímetros de
anchura mis ocurrentes encuadres sobre la basurilla circundante. A
veces eso basta.
Sería lo que llaman Arte Relacional;
abreviando, dícese de las creaciones que enlazan directamente el
contenido de la obra con el entorno para el que fueron compuestas. Y
ya que hoy no parece importar la calidad, el desenfoque casual y el
escaso dominio de las mediciones de luz aportarían una perspicaz
frescura que todos alabarían. Estoy de acuerdo con Fernando Castro
–uno de los críticos iluminados que más me divierten- en que ahora se
fotografían chorradas con pretensiones de falsa poesía o de cínico
documentalismo vacío. Al fin y al cabo un buen catálogo y un servicio
de management en condiciones son capaces de barnizar casi todo.
Líbreme Dios de establecer paralelismos
dañinos. Pero algunas de esas sensaciones he tenido al contemplar, por
ejemplo, la serie fotográfica “Demolitions and Excavations”
de Libia Castro & Ólaffur Ólaffson, o la proyección de
diapositivas que presidía la instalación “Templo del Cielo”
de Amador.
Libia Castro & Ólaffur Ólaffson (de Málaga
y Reykiavic respectivamente), junto a otras obras de enjundia dudosa,
han colgado en el CAC una selección de fotos tiradas a vuelapluma en
los muchos agujeros negros de esta ciudad a la que antes rendía
homenaje con dulces palabras. Resumiendo mucho, y dejando aparte
aquello de lo ineficaz que me resulta muchas veces el arte
Relacional –que fuera de contexto puede ser ilegible y carente de
total interés-, se me antoja un tipo de arte muy desacogedor (una
estética desaliñada y cogida por los pelos que seguro fascinaría Okwi
Enwezor) e insípido. Al fin y al cabo, con la etiqueta de arte
social se justifican las piezas más anodinas (qué insulsas pueden
ser las fotos de Santiago Sierra desmembradas de la
performance que las vio nacer), y se nos podría achacar un
desconocimiento de la realidad inmediata a la menor sospecha de
nuestra incredulidad. La pareja de artistas parece considerarse
militante de ciertos supuestos reivindicativos en boga; lo que sucede
es que, muy a diferencia de un buen Hirschhorn, se me quedan
algo pobretones.
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Amador mantiene un pulso disonante entre una fotografía sin grandes
valores y un modo de instalación bastante sugerente. Por decirlo
coloquialmente, el experimento se le ha quedado a medias. El aspecto
más llamativo lo constituye un falso techo de resina de poliéster y
fibra de vidrio que es iluminado a intervalos cambiantes por colores
que incitan a la relajación –y por ende, se presupone que a la
introspección, incluso a una mirada cuasi religiosa-. Ese techo
es un cielo material, derivado del ansia humana de tocar el cielo, un
cielo que, como todos los celajes de la Historia del Arte, “refleja
una cierta desesperación” [1].
Tiene su aquél, pero para aludir a las grandezas inexplicables del
paisaje me quedo con una instalación de Olafur Eliasson;
mientras anduve zascandileando algo aburrida por la sala de
exposiciones, y hasta que no quise comprender lo espiritual del
asunto, me pareció vagar por un invernadero de plástico iluminado como
una discoteca, pero a cámara lenta (qué crueles pueden resultar estas
reducciones de la crítica sabihonda, de algún modo lo habré de
purgar).
Lo peorcito era el telón de fibra de
vidrio con una sosísima proyección de diapositivas sobre la Semana
Santa de Málaga, que no contribuían ni un ápice a añadir solidez al
discurso de la obra. Sólo era de agradecer que la fibra de vidrio, con
su textura particularísima, enturbiase la imagen final –que resultaba
muda, incapaz de expresar-. Arte Relacional, parasitario del entorno
añadiría yo, neutro, obviable.
[1] FRANCÉS, Fernando. El cielo sangra
luces. Parte del catálogo Amador. Templo del Cielo. Málaga,
2007.
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Elektra, 2007.
fotografías por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Rachel Whiteread. CACMálaga.
Mayo / 26 Agosto 2007.
Rachel Whiteread es considerada una de las artistas
imprescindibles para entender el arte actual y la escultura
contemporánea más concretamente; las clasificaciones que tanto se
estilan no dejan de situarla bien alto, si bien es cierto que los
criterios para tales designaciones tienen demasiado en cuenta la
cotización de sus piezas o los altos logros en su haber, como invadir
la sala de las turbinas de la Tate, hecho que parece destinarse a los
que merecen un puesto de honor en los anales. Lejos de impresionarnos,
por ejemplo, por el megalómano caos que la escultora esparció a lo
largo y ancho del mítico espacio expositivo londinense, los valores
que realmente hacen grandiosa la obra de esta artista británica
conciernen más bien a algo íntimo. Embankment, la
solución a esa prueba de fuego en uno de los santuarios decisivos del
arte, no podía resolverse mediante una broma fácil. Muchos especularon
entonces, a veces de un modo sarcástico y otras como si se ocuparan de
una pesada diatriba, con la idea de que la creadora sencillamente
hiciese un vaciado del interior del espacio indómito –a veces se
resume el proceder de un autor mediante una especie de receta para
fabricar dulces a partir de un único molde, y cierto que hay ocasiones
que corroboran ese pensamiento, aunque no es el caso que nos ocupa-.
Bien airosa, la artífice salió al paso erigiendo una suerte de ciudad
laberíntica a partir del apilamiento de cubos idénticos resultantes
del vaciado en polietileno blanco traslúcido de cajas de cartón. Han
descrito esa obra como instalación, escultura, laberinto, territorio,
paisaje, almacén, y atinan en todo ello. Aunque pocos han advertido el
sentido verdaderamente whiteread, el que concede importancia al
fragmento, al módulo, a la parte en relación con un todo destruido, a
la memoria imborrable y sin embargo pasada del hogar. Porque en la
obra de Rachel Whiteread hay melancolía, un sentimiento que flota en
torno a todos y cada uno de sus trabajos enfrentándose a la aparente
atmósfera distante que parece situarnos ante obras de carácter
minimalista y casi autorreferencial.
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Ella se muestra preocupada por el espacio que ocupan los volúmenes, y
hasta por el espacio que circunda o es contenido por los volúmenes.
Pero esta preocupación no es estrictamente formal; pensaríamos en
Chillida y su enorme aportación al sentido del espacio, o en Oteiza y
su capacidad para multiplicarlo en sombras, si bien son artistas que
pertenecieron a una generación más centrada en su laboratorio del
cuerpo sólido. Las implicaciones que sostienen las intenciones de esta
escultora tienen mucho de lo vivencial, del apresamiento de
situaciones cotidianas y lo que es más interesante, del rapto del
tiempo al que se quiere detener. El caso más conciso respecto a esta
idea y más discreto al mismo tiempo sería el molde de cemento
realizado a partir del espacio existente bajo la silla de su estudio,
una de las piezas mostradas en esta interesante visión global que se
exhibe en Málaga. ¿Existe un camino más corto para hablar, con un
material y un volumen concretos, del espacio existencial del artista,
de la pesantez de sus preocupaciones, de lo probablemente sólido de
sus cimientos, del lugar exacto en que sus piernas –agitadas de
excitante nerviosismo- se entrecruzan durante largos periodos de
reflexión y síntesis?
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Una de las virtudes esenciales que hacen sus esculturas diferentes es
el tino con que se decide por materiales más o menos livianos, más o
menos efímeros, más o menos opacos, más o menos monocromos. Todos
tienen la cualidad común de poder licuarse para ser vertidos en un
molde, y la de solidificarse paras dar lugar a nuevos objetos soñados
muchas veces a partir de otros que desaparecerán. En bolsas de agua
caliente tradicionales vertió resinas, consiguiendo traslúcidos torsos
que definen en un modo certero la esencialidad del cuerpo masculino.
En moldes fragmentarios a partir del interior de una habitación vertió
yeso, y consiguió un rotundo ara dedicado al recuerdo de lo
familiar. Veremos también puertas abandonadas contra la pared, un
colchón vencido en el doblez donde se separan función y vida, y hasta
el negativo de una biblioteca completa –de donde escaparon los libros
dejando su murmullo de palabras todavía latente en el reducido ámbito
resultante-. No, el de esta escultora no es un arte neutro ni
hermético. En él está la poesía de las texturas y los objetos que nos
acompañaron –como en el mejor Tapies-, aunque en un modo tan limpio y
diáfano que puede producirnos un temporal distanciamiento
comprensible.
Pocos han reparado, al visitar Embankment, “que
su material de construcción es una caja, con sus juntas pegadas y
plegadas, sus solapas y ocasionales agujeros para agarrarlas;
ligeramente inestable, de cuadrado imperfecto y un poco abollada. Es
posible que pensara en alguna vieja caja en la que guardaba sus
juguetes de niña; en almacenar posesiones familiares después de la
muerte de su madre; en el paisaje ártico que visitó a primeros de año,
y también en la luz tenue que llena la hondonada del Támesis entre
Charing Cross y la Catedral de San Pablo”
[1]. No en vano la propia artista ha descrito su técnica como “el
vaciado de aquello que no vemos”, algo que puede estar en paralelo
con ese algo insustancial –sobre la inteligencia y el carácter-
que se respira en los mejores retratos, por poner un ejemplo.
Y por si no
hemos abundado suficientemente en estas nociones de lo intangible,
añadamos el escaso interés que Whiteread demuestra hacia lo eterno y
lo monumental, toda vez que destruye y recicla la materia prima de
Embankment (polietileno) porque “Hay demasiado arte en el mundo”.
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Quizá sea la obra Village –en la que la artista se ocupa
actualmente pues no considera acabada- aquella que, sin pertenecer a
su tradicional ámbito de actuación –eso de fabricar moldes y hacer
vaciados, la receta de la que han hablado muchos- resume sin embargo
mejor que muchas otras sus reflexiones más profundas. La instalación
en cuestión consiste en una recopilación de 53 casas de muñecas –que
adquirió de diferentes modos- que expande como si ocuparan una colina,
formando calles al modo de una localidad inglesa tradicional.
Iluminadas desde dentro –la primera sensación que nos embarga es la de
estar viendo un Belén navideño-, muestran a traves de puertas y
ventanas unas entrañas desoladoras; porque Whiteread ha deconstruido
el interior, se ha deshecho del mobiliario y de la vida, y ha marcado
sus rastros en el papel rasgado o en las desvencijadas puertas que
todavía penden de sus goznes. Acercarse lo suficiente para percibir
esas menudencias –estamos hablando de visionar el interior de un
juguete- nos sitúa en una posición cambiante: De la curiosidad inicial
viajamos hasta un triste sentimiento indescriptible, pasando por otras
sensaciones que abarcan desde el miedo a la inseguridad. ¿Qué más
puede describir la condición humana?
[1]
SEARLE, Adrián. Miradas a una
mente en acción. Semanario El Cultural, suplemento de El
Mundo. Octubre de 2005.
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Pedro Alarcón, 2007.
fotografías
de Pedro Alarcón por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Daniel Canogar. CACMálaga.
Junio / 26 Agosto 2007.
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“El cine es
ver, es volar”
Nam June Paik. |
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Generalmente, a la mayoría de artistas que conozco –ya sea
personalmente o por sus obras- les resulta incómodo hablar de su
trabajo, de su forma de hacer, sus reflexiones personales,
planteamientos, objetivos y/o expectativas creadas. Sin embargo,
Daniel Canogar –Madrid, 1964- disfruta manifestándose, opinando y
elaborando un discurso inagotable sobre su producción artística –gesto
que agradezco enormemente, ya que siempre he pensado que si queremos
estrechar lazos entre artistas y público es necesario que éstos se
manifiesten y nos conduzcan personalmente por su cosmos particular-.
La primera
impresión que tuve al avanzar hasta el Espacio 5 del CAC y descorrer
la cortina de la pequeña estancia que ocupa fue recordar las palabras
del pequeño Vicente a Natalia.
-Mamá, todos los
niños de mi clase quieren ser astronautas, pero yo no.
-¿Por qué, hijo?
-Porque en el
espacio hay muchos peligros… Hay asteroides, cometas, planetas…
estrellas con punta que pinchan… y queman…
Y es que,
ciertamente, el Universo está lleno de peligros inesperados y
desconocidos que nos llenan de indefensión; tanta, como la que Canogar
nos proporciona al lanzarnos en masa al espacio a través de un
proyector y numerosos cables de fibra óptica. Un espectáculo
inquietante y hermoso para ser desvelado; una fusión de cuerpos
proyectados al vacío que generan, a priori, una imagen borrosa difícil
de interpretar y que, a medida que prospera y crece en nuestra mente,
nos acerca al universo interior de su autor: la preocupación por el
aturdimiento que experimentamos al estar sometidos a la amenaza diaria
e incesante de los medios de comunicación.
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Para el artista madrileño “una sociedad que no consigue procesar la
información se vuelve psicótica”. De ahí que el arte asuma una
función terapéutica y nos ayude a encontrar nuestro lugar entre el
laberinto tecnológico y la multitud de artefactos que codifican la
sociedad contemporánea. Sin apenas darnos cuenta, en un cortísimo
plazo de tiempo, numerosas innovaciones tecnológicas se han ido
incorporando a nuestras vidas y transformando nuestro paisaje
cotidiano y nuestra estructura cognitiva. Un porcentaje importante de
nuestro tiempo lo dedicamos a navegar por Internet. Se nos hace
imposible despertar sin leer la prensa cibernética, consultar los
correos electrónicos y agregar algún comentario o fotografía a los
miles de millones de blogs y fotologs creados con la
intención de compartir la información virtual que antes manteníamos de
forma natural en reuniones reales con los amigos y la familia.
Sencillamente, hemos transformado nuestra manera de acceder al
conocimiento y Canogar se cuestiona sobre las dificultades que plantea
nuestra adaptación al cambio.
Fascinado por la
imagen estática que permanece obstinadamente ante la mirada del
espectador y adquiere, por ello, una presencia casi escultórica, el
artista genera en sus instalaciones -estructuras audiovisules anti-narrativas-
un ambiente asombroso que sumerge al espectador en el modelado de sus
personajes proyectados en escorzo “como si se tratara de una
eyaculación visual” –en palabras de su autor-, “del esperma
entrando en el espacio uterino, como una célula reproductiva”.
Enamorado de los
espectáculos pioneros del mundo cinematográfico y de las cámaras
maravillosas que proyectaban las primeras fotografías, la necesidad de
superar el marco de representación, le ha llevado a buscar fórmulas
que le permitan crear imágenes al margen de las habituales
ampliaciones fotográficas; instalaciones donde la luz juega un papel
fundamental y el sujeto-espectador comercia con la realidad visual, a
través de la curiosidad y la magia del espectáculo. Un cruce de
sensaciones traslúcidas amuebladas de impresiones, esbozos e imágenes
envolventes, no más reales que un sueño, que me acercan el rumor de
los famosos versos del maestro de nuestro Siglo de Oro español.
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Yo
sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Soliloquio de Segismundo
La
vida es sueño
Calderón de
la Barca
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“El artista
tiene mucho que dar a la sociedad, además de obras de arte
catalogables. Por naturaleza, el artista está constantemente buscando
soluciones creativas a problemáticas estáticas; que duda cabe que los
malabarismos que todo creador realiza para poder desarrollar su
actividad son, en potencia, modelos interesantísimos para aplicar a
otros sectores en los que las soluciones creativas brillan por su
ausencia”.
Daniel Canogar
entrevistado por Glòria Picazo, Mayo 2000.
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Ana Robles, 2007.
fotografías
por cortesía de CACMálaga.
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EXPOSICIÓN Encyclopaedic
Incompleteness, Anne Berning. CACMálaga. Mayo / 26 Agosto 2007.
Hace tiempo caía en mis manos Fun Fun Fun -30 ways to have fun-,
de Craig Robinson, uno de esos especialísimos libros de culto con
imágenes sencillas aunque muy potentes y apenas algunas palabras en
que se dilucida sobre los entresijos de la diversión en un estado muy
básico. Fue tal el impacto de los mandamientos ilustrados –en treinta
páginas se suceden treinta sugerencias bastante surrealistas para
hacer la vida un poco más excéntrica- que me propuse llevar a la
práctica algunos de ellos: fotocopiar la propia cabeza, abrazar un
extraño, cantar bajo la lluvia, entrar en casa al estilo Miami Vice,
fumar en la oscuridad… Ligerezas que me alejaron un tanto de los
desvelos acostumbrados y me posicionaron momentáneamente al otro lado
de mi propia visión del mundo como diletante.
Todavía recuerdo cuál de aquellos
mandamientos, recomendado con un exquisito dibujo de apenas unos
cuantos píxeles –no les dije que el libro provenía de una recopilación
de animaciones por ordenador-, me supuso un mayor desgaste y sin
embargo una apabullante satisfacción; era aquél que rezaba
“Organise your CDs in spectrum order” (más o menos algo así como
“organiza tus cedés en orden cromático”). El decreto me forzaba a
revisar mi discoteca (que había quedado casi congelada en el tiempo
por culpa de la aparición de los formatos digitales y las tiendas on-line),
enfrentarme a todo mi pasado (y gracias a Dios que el edicto no
promulgaba también hacer lo propio con todo lo que se poseyera en
vinilo, lo cual me habría recordado machaconamente mi verdadera edad)
y ejercitar con agudeza la visión compositiva (teniendo en cuenta lo
monocromática en el vestir que me he vuelto, por aquello del estilo
Austrias que me favorece tanto, se me hacía un mundo eso del
color).
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Anulé mi presencia en inauguraciones y actos sociales varios
–activando asímismo el modo “fuera de línea” de mi celular-, adquirí
via internet martini y cigarrillos para varios días –ante todo
era muy importante el recogimiento-, descolgué todos los espejos,
guardé bajo llave las hidratantes y, literalmente, desaparecí del
mapa. Era lo más parecido a una experiencia zen que tendría en
toda mi vida –sin tener en cuenta aquel invierno de 1996 en Viena,
cuando me entretuve en hacer recuento de todas las brechas presentes
en los cuadros de una exposición retrospectiva de Lucio Fontana-.
Fueron unas dos semanas de extraño exorcismo –asumir que poseía un
viejo disco de Alejandro Sanz por propia voluntad me llevó a un
intenso cuestionamiento interior- tras las que llegué tortuosamente a
la catarsis final: Había conseguido una bellísima secuencia
tornasolada al reordenar los lomos de las pequeñas carcasas sobre una
elegante balda blanco nuclear.
Luego llegó José Manuel Ballester
fotografiando su propia librería y consiguiendo, por la gracia de
Photoshop, unas composiciones cromáticas que adeudaban muchísimo
de las maravillosas instalaciones del mejor Dan Flavin (que comienza a
ser irrecuperable; ya empiezan a lamentarse en algunos museos por la
inexistencia de tubos fluorescentes en el mercado que puedan sustituir
las luminarias fundidas, cosas del arte contemporáneo). La señal –que
casi interpreté divina- me empujó de nuevo al ejercicio espiritual:
Ello me entretuvo algunas semanas más recombinando el orden de mis
libros, catálogos, pasquines y revistas, de lo que obtuve una librería
mucho más decorativa. Por simpatía colorística, el rojo refulgente de
un libro sobre Keith Haring maridaba maravillosamente con un catálogo
de pintura románica, y el metalizado espectacular de un tomo acerca de
Calder se situaba muy cerca de unos insípidos libritos grises sobre
videoarte que habrían estado muy cerca del olvido en otras
circunstancias.
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Por eso me ha conmocionado “Encyclopaedic incompleteness
(Enciclopédico incompleto)”, obra de Anne Berning exhibida
en el CAC Málaga, magnificación de una imaginaria colección de libros
de arte que se desparrama a lo largo de la sala central del centro en
un fastuoso alarde compositivo. La artista alemana ha pintado al modo
convencional (óleo sobre lienzo o planchas de madera) los lomos de
libros que ha imaginado (a primera vista parece que se inspirase en
libros reales, ya que adopta un lenguaje gráfico totalmente afin a las
tendencias editoriales) sobre artistas más o menos influyentes,
ordenándolos alfabéticamente. Al reproducir fragmentos de obras
conocidas y aplicar una rítmica variedad en el grosor y la anchura de
los volúmenes, Berning nos ofrece una biblioteca bastante verista que
sería absolutamente creíble de no ser por el evidente efecto
arcoirisado que ha empleado para conferir una cierta armonía al todo.
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Este evidente metalenguaje –la pintura que habla sobre pintura, el
arte que habla sobre el mundillo del arte- resulta absolutamente
fascinante en el contexto museístico, ya que cuestiona y ensalza a un
tiempo los sistemas de clasificación y estudio tradicionalmente
ligados a la seudociencia de la Historia del Arte. En “¿Cuándo una
obra deja de ser Arte?” [1],
Galder Reguera se plantea algunos interrogantes acerca de las
verdades frágiles de las ciencias humanas, por aquello de que
abordan cuestiones subjetivas y se basan en un menor consenso que el
que encontramos en las ciencias naturales. Me pregunto, por ejemplo,
si Ana Laura Aláez seguirá colgada en el Reina Sofía en un futuro
lejano, merced a los futuros consensos sobre lo artístico. El
encumbramiento caprichoso de muchos creadores –a veces basta con un
par de codazos adecuados en tal o cual sarao-, de manifiesto en
las bienales y ferias del mundo civilizado, nos obliga a estar muy
atentos a la crítica demoledora futura, que podría enviar al desván
del olvido –o directamente al vertedero- una cabeza de vaca
semipodrida y pseudoconservada en formol que antes hubiese sido
coronada como Arte.
Esta librería de Anne Berning es, en este
sentido, una cápsula del tiempo: Las Guerrilla Girls comparten estante
con Mathías Grunewald sin un ápice de pudor, y así hasta un ciento de
ejemplos de antojadiza lucidez. Revisar esta selección de nombres –un
ranking más al fin y al cabo- pasadas unas décadas será una
interesante tarea para historiadores futuros. Estudiad mucho, futuros
críticos de arte, pues lo lleváis más crudo de lo que en principio
estáis dispuestos a digerir.
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[1] REGUERA, Galder:
¿Cuándo una obra deja de ser arte? (El estatuto de la obra de arte).
Revista Lapiz, Año XXVI, Num. 234. |
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Elektra, 2007.
fotografías
de Pedro Alarcón por cortesía de CACMálaga.
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