lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [erotica]  

 

 

Una tapia gris separa el vergel del páramo. Jamás hubiera imaginado que pudiese crecer tan exuberante jardín en una región tan baldía. Entre la afligida multitud distingo a mi madre aferrándose con fuerza a mi marido. Ulises tiene un cuerpo escultural y lo sabe. Se jacta de que la naturaleza ha sido generosa con él, aunque yo sé que pasa en el gimnasio más horas de las que nunca se atreverá a reconocer. Brinda a todos los dolientes aquí congregados su imponente complexión como si de una tabla de salvamento se tratase. Tantas noches me muestra sus atributos para librarme del tedio y tantas noches me arrojo a sus brazos para hacerle el amor. Hace ya un mes que contrajimos matrimonio y en este lapso nada ni nadie ha sido capaz de borrarnos la alegría de los labios. Sin embargo ahora llora como un niño, al final va a ser cierto que los colosos también son vulnerables. En varias losas a la redonda reina un silencio sepulcral salpicado de trinos aislados y la letanía de un sacerdote. Con la paz que se respira en este camposanto no entiendo por qué los de fuera no quieren entrar y se me vendrá el mundo encima cuando asuma que los de dentro no podemos salir. De repente cae sobre mis ojos un puñado de tierra y acto seguido se extiende ante mí una extensa superficie de agua. Tengo una sensación extraña, mis glándulas salivales no cesan de segregar y en mi boca adivino cierto regusto a óxido. En la niebla se dibuja la fantasmagórica figura de una barca y un hombre enjuto negando con la mano. Algo me empuja a subir a bordo cuando él hunde el remo en el agua, comienza a bogar y se aleja de la orilla. Al parecer me he tragado la última moneda que me pusieron los míos bajo la lengua y no tengo nada con que pagar la travesía hacia el otro lado. Sólo me resta vagar para toda la eternidad. Tras vacilar un instante se me ocurre desprenderme de la mortaja y enseñar mis vergüenzas. Según Ulises, yo no tengo nada de que avergonzarme sino más bien todo lo contrario. Hasta cabe la posibilidad de que el barquero entrevea en mi anatomía óbolo suficiente para emprender el viaje. Por suerte para mí el dinero no lo es todo. Entones aquel individuo de barba larga y edad incalculable procede a hundir el remo en el agua y maquinalmente regresa a la orilla, abriéndose paso entre la espesa bruma. Cuanto más cerca, mayor la libídine de sus ojos. En un extremo de la embarcación vislumbro una pila de objetos esféricos que enseguida descubro son frutas gigantescas, una rara especie de cucurbitáceas. Se suceden los segundos tan pesados como siglos y aquel hombre se muestra incapaz de apartar la mirada de mi entrepierna. Ulises suele decirme que tengo un pene descomunal y yo suelo responderle que eso se lo dirá a todos. A continuación el viejo suelta el remo, me tiende la mano y me ayuda a subir sin mediar palabra. Las aguas no se mueven, están como atrapadas en el tiempo y el espacio. No sopla ni una brizna de aire y respirar entraña cada vez mayor dificultad cuando las calabazas de popa comienzan a palpitar como titánicos corazones, cada vez con más brío, hasta alzar el vuelo y permanecer suspensas como globos aerostáticos, como planetas en el cosmos. De pronto es como si en aquellas latitudes no hubiese gravedad, como si hubiéramos caído en la trampa de un dios, como si se hubiese abierto bajo la barca un agujero negro, se hubiera secado el lago y nos hubiésemos teletransportado al mar de la tranquilidad de la luna.

Llegado el momento de máxima confusión, el barquero recoge el remo, lo deposita en cubierta y me invita a tomar asiento. Con un machete hace un agujero en la calabaza más voluminosa y vacía su contenido por la borda. Luego me ruega que introduzca dentro mi miembro viril y lo agite. Parece ser que copular con aquella pieza de fruta es el precio que debo pagar si quiero alcanzar la otra orilla. Tras un mínimo intervalo de mecánica frotación, he de confesar que el tacto tibio y húmedo de la pulpa me procura un placer indescriptible, algo así como que un enjambre de abejas opte por posarse en mi bálano con intención de libar. Sentir que en cada sacudida perforo un poco más las paredes de aquella cavidad me colman de satisfacción. De seguir así no tardaré demasiado en quebrar la cáscara o en su defecto alcanzar el éxtasis, pero el barquero levanta los brazos para llamar mi atención y me advierte que está prohibido eyacular en el interior de una calabaza. Es menester siempre hacerlo fuera, de lo contrario no tendrá más remedio que llevarme de vuelta a la ribera del cementerio. Todo lo que acontece alrededor mía parece fortuito, tiene el vaporoso halo de la casualidad. Pocos segundos después doy marcha atrás, extraigo el pene embadurnado de una pastosidad de color ámbar y sin remisión me vierto encima. Pero al contrario de lo que es de esperar mi esencia asciende por el aire, conformando delgados estambres de color hueso, retorciéndose éstos como diminutas culebras, yo que solía correrme con la mórbida cadencia de una vela al derretirse. Durante minutos mi líquido seminal permanece suspenso ante la beatífica sonrisa del viejo que inmediatamente procede a hincarse de rodillas ante mí y practicarme una felación, lo cual no tolero bajo ningún concepto ya que sólo permito que me haga tal cosa Ulises. Nadie lo hace como él. Pone la pasión, cadencia y salivación precisas. Se diría que Dios hizo su lengua y sus manos para mi sexo. Entonces me zafo del viejo rijoso, probablemente con la impronta de sus dientes en mi piel para la posteridad. Tras un rato de absurdo forcejeo se abren las tablas del batel y caigo al agua. Como una pluma mecida por la brisa desciendo despacio hasta una profunda fosa, tenebrosa sima del infierno. Pero súbitamente despierto tendido en el piso del cuarto oscuro de una discoteca. Debo de parecer un perro rabioso porque no paro de echar babas por la boca. Con el torso desnudo y vestido únicamente con calzoncillos de lycra y botas blancas de cuero, el barquero enjuto o alguien que se le parece mucho me sostiene la cabeza hasta que por la puerta irrumpen como un escuadrón de ángeles los efectivos del cero sesenta y uno. Alrededor mía un grupo de efebos con las pupilas dilatadas y magníficas hechuras me miran como quien mira a un animal atropellado. Todos parecen preocupados, pero no es la primera vez que sufro un coma etílico. Si Ulises hubiese salido conmigo esta noche, yo no habría bebido tanto. Sin él estoy perdido, lo amo con locura, no volveré a hacerlo. No hay nada en mi vida que desee tanto como casarme con él. Tal día como hoy el mes próximo es la fecha de nuestro enlace. Estáis todos invitados.
 

Nacho Albert, 2007.

El relato está inspirado en la obra Pic Nic de Aaron Lloyd,
 reproducida aquí por cortesía de la galería Begoña Malone y el propio artista.

www.bmalone.com
 

 
 

 

emilio jiménez / cortesía del propio artista

 

 

 

EXPOSICIÓN La virtud demacrada, María Cañas. Centro de las Artes de Sevilla (caS), Monasterio de San Clemente. Hasta 20/05/2007.

Después de unos devaneos extraños, más relacionados con los quehaceres políticos y sus entresijos que con las idas y venidas artísticas, el caS (Centro de las Artes de Sevilla) vuelve a abrir sus excelentes espacios expositivos para acoger la muestra ‘Paso a dos’, una interesante propuesta comisariada por Iván de la Torre Amerighi que nos mete de lleno en el trabajo de dos de los mejores artistas andaluces del momento: Rubén Guerrero, un pintor pintor que se maneja con las tablas de un veterano y se impulsa con las frescas ganas de un recién llegado, y María Cañas, hoy por hoy una de las videocreadoras más importantes de España.

La selección que pueden verse de María Cañas en el Monasterio de San Clemente, combina una antología de sus mejores vídeos (El Perfecto Cerdo, La Cosa Nuestra, Land of 1.000 Tvs, Down With Reality), con una serie fotográfica llamada ‘La virtud demacrada’, descabellados montajes que reflexionan sobre el sexo, el erotismo y la pornografía en nuestros tiempos y en épocas anteriores. Recurriendo a la Historia del Arte (Goya y Caravaggio son dos de las referencias indiscutibles, a María le encanta su perverso tremendismo), y a iconos contemporáneos sacados del cine o del reverso de la vida, crea una cosmogonía que nos mete de lleno en su imprevisible mundo imaginario, una galaxia paralela donde una marabunta de imágenes en tropel atacan de imprevisto a los espectadores para intentar, recurriendo al exceso y la saturación, no dejar indiferente a nadie. Los fotogramas con los que trabaja la artista, como una recua desordenada de cautivos mediáticos rebañados en cualquier sitio, son incoherentes agrupaciones de pensamientos que se te tiran a los pies o se te suben a la espalda para turbar así la tranquilidad de nuestras domesticadas conciencias, rebaños de imágenes manipuladas que a través del humor consiguen alicatar la percepción con un testero de surrealistas visiones, contemplaciones que entre el divertimento y la parodia rompen estereotipos o ridiculizan prejuicios.
 


Estos Foto-collages de estética sobrecargada y desorden aparente, son pedazos de realidades desunidas, retales que Cañas remienda recurriendo a las ventajas que nos permite la tecnología digital. Con estas mimbres deslabonadas, ensamblando valores e interpretaciones diferentes, consigue construir un discurso meta-artístico variopinto que al ajustar las piezas unas con otras adquieren una semántica nueva. Sus videocreaciones, sus fotomontajes o sus intervenciones en Internet, son tormentas de ideas imprevisibles que descargan chaparrones conceptuales, torrentes que nos llevan al paroxismo del absurdo iconográfico; un cajón de sastre caótico donde cabe cualquier cosa de cualquier época, un territorio fecundo de paradojas imposibles y poemas visuales absurdos convertidos, por la mano de la artista, en un retablo de la maravillas. 

El vehemente suprarrealismo audiovisual de María Cañas te hace pensar o reír o inquietarte. No hay escapatoria. No hay lugar para la indiferencia. Recurre al apropiacionismo y a la inter-textualidad para crear asociaciones inesperadas que nacen de imágenes conocidas, vínculos que pervierten el significado original de lo presentado y lo transforman en algo distinto con intenciones subversoras. La idea es luchar contra los modelos sociales y culturales establecidos, hacer cara a estos esquemas involucionistas que condicionan nuestro cerebro y atrofian nuestras libertades. Su arte se enfrenta de manera inteligente a ellos a través de la mordacidad, cáustica ironía que, intencionadamente, acaba dejando en evidencia estos arquetipos prefijados porque pone de manifiesto la torpeza de sus pretensiones o lo falso de su idealidad. Si el Narciso de Caravaggio era un efebo ególatra, el de nuestros tiempos es un actor porno desganado que rinde culto a su falo por encima de su imagen. Los tiempos que corren han desmitificado la virtud, convirtiéndola en una vulgar pantomima pública que corre de plató en plató -o de portada en portada-, aireando sus miserias para dar de comer a morbosos, ignorantes y ociosos.
 


Con sus fotocomposiciones, María Cañas quiere denunciar la sustitución en nuestros días del sutil erotismo de antaño por burda pornografía barata. Pornografía que no es sólo carnal ni voluptuoso, sino que incumbe a la mayoría de nuestros actos o planteamientos por su bajeza o inutilidad. Nuestra sociedad del bienestar acoge bajo su manto un sinnúmero indeterminado de personas desmotivadas (normalmente internautas o tele-espectadores), que se desentienden de las inquietudes vitales esenciales para campear despreocupados por mundos paralelos más irreales pero menos peligrosos. Existencias pornográficas (por grotescas, por bastas, por zafias), que carecen del menor aliciente constructivo o de la mínima delicadeza. Gentes que se alimentan de fracasos ajenos para evitar afrontar los propios, individuos que se consuelan con reality-shows de pacotilla para fomentar sus miserias con tontas ilusiones de otros.
 


Muy al contrario que la quietud espiritual de Bill Viola (súmmun de la videocreación), las piezas audiovisuales de María Cañas tienden al desparpajo sin llegar a la estridencia chirriante de Pipilotti Rist. Su arte, anarquista, antropófago e iconoclasta, se alimenta del maremágnum de contenidos que inunda nuestra sociedad global de la comunicación, caos descontrolado donde podemos encontrarnos desde la denigración más abyecta hasta la lírica más honda, océano infinito donde conviven sin criterio ni orden la poesía más profunda y la desvergüenza más ruin.
 

Sema D´Acosta, 2007.

fotografías por de Edu D´Acosta y también cedidas por la propia artista.

www.animalario.tv

 

 
 

 

pilar bamba / cortesía de la propia artista

 

 

 



EXPOSICIÓN Erótica, Antonio Saura. Galería Carles Taché, Barcelona. Febrero 2007.

El Museo de Arte Abstracto de Cuenca posee, entre lo más laureado de su colección, un impactante lienzo firmado por Antonio Saura que retrata a la mismísima y genuina Brigitte Bardot. Por supuesto, y dadas la convicción del mismo museo y la personalidad marcadísima de la pintura de este artista oscense, el mencionado retrato no puede sino ser una ilusión inventada, una ficción monstruosa que a todas luces desborda. Realizado en 1959, de plena actualidad la fama de Sex-Symbol que rodeaba a la conocidísima actriz, Saura recicla todos los tópicos del momento acerca de la sensualidad más prohibitiva (en una España grisácea que está siendo convulsionada por los cambios y por las cada vez más expectantes ansias de un público deseoso de sexo a espuertas) para encarnar en un icono irreconocible (el monstruo en que se convirtió luego la actriz, dadas su homofobia y su enfermizo ecologismo desarrollados a partes iguales) todo el deseo posible. El erotismo se plantea como algo imbatible, y es pintado sobre el lienzo con un frenético embargo dionisíaco, casi lujurioso (¿acaso podría decirse así también de toda la pulsión pasional que deposita Saura en el brochazo, el goteo y la gestualidad pictórica que condicionan el espectro general de su obra?). En el inquietante retrato, la sexualidad inherente –más presente en la propia evocación del nombre de la intérprete francesa que en el difícil escote disparado en negro sobre la tela- es convulsiva, se retuerce y nos asalta, como un beso ilícito o un apasionado encontronazo carnal. La mueca apretada, casi rechinante, nos recuerda cuán brutal puede ser una libido descontrolada, y lo que de mortal –por humano, por animal también- tiene todo aquello que lleva inevitablemente a la cópula y al placentero yacer.
 


Más o menos estas pautas de acción encontramos también en la treintena de obras que se exhibieron en la Galería Carles Taché bajo el sugerente “Erotica” que titulaba la exposición. En un omnipresente blanco y negro particularísimo –propio del empeño del propio artista para alcanzar la máxima expresividad, en una suerte de contínuo rompimiento de gloria pictórico desbordante, casi eyaculación seminal- se dilucidan estas pinturas de por sí agresivas. Nos narran un imaginario que debiera ser colectivo –el que plasmase, y con un sentido vibrátil muy cercano, el Picasso que se sumergía en la ancianidad más divertida y procaz-, minado de experiencias clandestinas pero altamente concupiscentes (penetraciones belicosas, putas atroces, la tan manoseada masturbación femenina…) y trufado de deliciosos tabúes que de seguro sazonaban el interés del pintor (la presencia de clérigos que olvidaron el celibato, por ejemplo) añadiendo un punto muy elocuente de sátira al prolífico magma que resultaba.
 


Lo que hace más atractivo, en general, a los dibujos eróticos es la inmediatez. Ya en aquellos de Jean Cocteau –de vergas imposibles y reincidentes fantasías- o en aquellos algo más callados de Schiele o Klimt –otra vez la presencia arrolladora del pubis como fuente de todo goce-, los dibujos eróticos tienen siempre un halo de furtividad innegable. Eso los hace más rápidos, también más incontenidos y menos preocupados por cuestiones de estilo. Un dibujo erótico jamás se revela como ejercicio formal; sucumbiendo a redondeces, vulvas y falos desmesurados, el dibujo erótico despliega compuertas secretas y deja brotar un sentido pictórico mucho más íntimo, rayano en lo automático. Quizá tenga su explicación en la certeza momentánea del artista de que esas obras serán las últimas en ser colgadas en la santa sala de exposiciones.

En los tiempos que corren los artistas han olvidado el erotismo –al menos los occidentales- y se han lanzado sin rubor al lodazal de la explicitud. Las imágenes sexuales nos abordan ya con una violencia y una multiplicidad que han causado el hastío y hasta la indiferencia. Saura, que vivió tiempos diferentes, fue cronista de un erotismo real, alimentado también de miedos y silencios, quizá el mejor erotismo por más auténtico, si bien desconoceremos del todo el dolor que causase.
 

Pedro Alarcón, 2007.

fotografías por cortesía de Galería Carles Taché, Barcelona.

www.carlestache.com
 

 
 

 

emilio jiménez / cortesía del propio artista

 

 




“El ritmo aumentó, y yo sabía que los once minutos estaban llegando a su fin, quería que continuasen para siempre, porque era tan bueno (…) parecía que nos íbamos a otra dimensión donde yo era la gran madre, el universo, la mujer amada, la prostituta sagrada de los antiguos rituales de la que él me había hablado con un vaso de vino y una chimenea encendida. Sentí que su orgasmo llegaba, y sus brazos sujetaron los míos con fuerza, los movimientos aumentaron de intensidad, y ¡entonces! Él gritó, no gimió, no apretó los dientes, sino que ¡gritó! ¡Chilló! ¡Bramó como un animal! (…) y yo sentí un inmenso placer, porque era así desde el inicio de los tiempos, cuando el primer hombre encontró a la primera mujer e hicieron el amor por primera vez: gritaron”.

Paulo Coelho

Once Minutos

No sé si es porque, últimamente, no acierto a encontrar obras que jueguen con el erotismo sin convocarnos a una explícita mirada sobre lo carnal o porque sexo y erotismo conforman un vínculo indisociable -en el amatorium de todos los que aprendimos a investigar nuestra sexualidad leyendo la revista Vale a escondidas debajo de la cama o fisgando las pelis porno de nuestros hermanos mayores- o, incluso, porque el complejo mundo de la prostitución me interesa desde hace años o no alcanzo a comprender los límites del dolor mezclado con el placer… Lo cierto es que buscando qué imágenes sustentarían la propuesta de este mes, he encontrado en nuestro Centro de Arte Contemporáneo un oasis de erotismo desafiante y diverso: gráfico, potente, estimulante, seductor y, a veces, mordaz.

No hay más que observar qué piezas son las que atraen la curiosidad del visitante -depositando sobre ellas breves miradas no te eximes del pudor heredado de nuestra herencia católica- para digerir que ciertas obras de talante erótico –algunas tachadas de pornografía para adultos-, estimulan nuestro encuentro con el arte actual.

Este es el caso de Carlos Tejo (Vigo, 1966) ganador del IV Certamen de Unicaja de Artes Plásticas en 1998, con la obra Diez noches en el Hotel Avenida (1997). Un conjunto de diez fotografías, enmarcadas dentro de las inquietudes que conllevan a la preocupación por el medio ambiente, según los críticos y que, a mi modo de ver, conectan mucho mejor con elementos fetiches propios de la sexualidad sado-masoquista, transportándonos a un mundo donde procurar placer a partir de objetos extraños. Espinos, alambres y elementos metálicos dibujan un escenario digno de la mejor ficción literaria del marqués de Sade quién, en sus obras –y en su vida-, inmortalizó muchas de estas fantasías asociadas al deseo de recibir dolor, humillación o dominación.
 


La búsqueda de lo real marca la trayectoria de Thomas Ruff [1],
(Zell am Harmersbach –Alemania-, 1958) componente esencial de la generación de nuevos fotógrafos alemanes que marcarán en la década de los 80 el regreso a una nueva objetividad. Ruff trabaja el desnudo desde la claridad y la asepsia, mostrando interés por la pornografía en su serie Nudes, (1999) para la que utiliza imágenes tomadas directamente de las páginas porno a través de Internet. Posteriormente, las somete a un proceso digital para variar las escalas de color, el contraste y la definición. La obra expuesta en el Cac, Nudes (Hob02), nos muestra la imagen frontal ligeramente desenfocada de un desnudo femenino, revelando libremente su sexo. La posición de sus brazos, ampliamente repetida en la historia erótica del arte, deja ver la imagen actualizada de una maja desnuda, más cercana a un híbrido entre el origen del mundo de Courbet  y alguna de las inquietantes señoritas de Avignon

 



Al contemplar esta obra y compararla con la de
José María Cano (Madrid, 1959), Why rent when you can buy? (Vanesa), inevitablemente pienso en el debate surgido sobre la legalización o prohibición de la prostitución, poniendo de manifiesto la complejidad de una realidad que se ha convertido en el segundo negocio mundial, por detrás del tráfico de armas y delante del de la droga. Lo que queda claro de todo esto es que, independientemente del poder y los privilegios que ostentaron las cortesanas en el pasado, la prostitución es un fenómeno de explotación sexual que afecta gravemente a multitud de mujeres en la actualidad.

José María Cano -antiguo compositor e intérprete del grupo musical Mecano-,   decide dedicarse a la pintura después de un tempestuoso proceso de divorcio que le llevó a los tribunales entre 2002 y 2005. Su obra se basa en la técnica de la encáustica, que consiste en la utilización de cera como aglutinante; material que, según sus palabras “le permite desvelar capas emocionales y que por su característica transparencia se asemeja a una piel”. En sus trabajos quedan registrados las huellas de acontecimientos que le preocupan: la violación de los derechos humanos, la prostitución o el mundo de la banca. Especialmente sensibilizado por la intimidación procedente de los mass-media, a la cual estamos expuestos, Cano evidencia en sus cuadros –documentos y recortes de prensa ampliados en bastidores- todo aquello que supuestamente se debería ocultar. En este caso, reproduce abiertamente uno de los habituales anuncios que aparecen en la sección de contactos de cualquier periódico, para deleite de sus usuarios. 
 


Siguiendo con nuestro recorrido, hacemos una parada ante la obra del artista londinense Julian Opie (Londres, 1958). Heredero del arte Pop, Opie nos sorprendía recientemente con una amplia selección de obras en el CAC -su primera individual en España- y otras muchas en diversas galerías de ARCO 07´. Su poder de atracción reside en las líneas depuradas y los colores planos y brillantes. Apenas unos trazos son suficientes para obtener una inmejorable definición del sugerente topless de
Shahnoza 30, que nos invita a experimentar y fantasear con su juego de seducción.

Finalmente -y quizás la utilizo conscientemente como guinda o sabroso manjar para el último instante-, descubrimos Su cuerpo duerme [2], del artista brasileño, Ernesto Neto [3] (Brasil, 1964). Mi favorita desde el primer día. Más allá de los estereotipos que presentan la imagen erótica de la mujer actual, con medidas perfectas, exiguas caderas y busto inalterable, -después de haber pasado por tropecientas clínicas de estética y novedosos shows televisivos que traducen los complejos en prototipos seriados- Neto incita a la participación del público a través de la estimulación sensorial -superando lo puramente visual- y nos ofrece un par de esponjosas tetas asimétricas –como suelen lucir la mayoría de las mujeres de carne y hueso- fabricadas con bolitas de poliestireno y recubiertas de una malla de licra. En ese afán suyo, heredado del movimiento neo-concreto, -desarrollado en Brasil en los años cincuenta y sesenta- que asimila la escultura como organismo vivo y sitúa al espectador en el centro de la acción creativa, Neto nos pide encubiertamente que interactuemos con la obra y aliviemos nuestra curiosidad rozando, al menos, su superficie porosa y blanda.

Aún recuerdo la fascinación que me produjo en la I Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla el concierto de aromáticas especies contenidas en membranas permeables cubriendo el espacio expositivo… Si hay algo, singularmente erótico, sin lugar a dudas, no está en la mirada.

 

[1] “Si las cosas son como parecen ¿por qué he de intentar que parezcan distintas?” José María Cano.

[2] Esta obra aparece sin título, en el CAC, pero en otras referencias expositivas, se conoce con este nombre.

[3] "Lo que trato de hacer con mi trabajo es proponer una nueva idea para sentir y entender nuestro universo. Yo no propongo una solución o un escape, sino un factor de bienestar… donde ellos (el público) pueda encontrar alguna tranquilidad espiritual" Ernesto Neto.
 

Ana Robles, 2007.

fotografías de Ana Robles por cortesía de CAC Málaga
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www.cacmalaga.org
 

 
 

 

begoña montalbán / colección unicaja de arte contemporáneo / cortesía de cacmálaga

 

 



Para los antiguos griegos la fuerza erótica consistía, en el albor de los tiempos, en una especie de ente omnímodo e informe que ya estaba presente en la nada primigenia a la que llamaban caos. Mucho antes de que los mitos adjudicaran forma de efebo o putti a esa fuerza generadora de vida –antes de corporeizar a Eros-, la idea del amor como impulso vital y sexual fluctuaba en la génesis del mundo conocido a manera de magma invisible. Con el ineluctable transcurso de los siglos, el uso indiscriminado del eros por miles de bocas ha erosionado la palabra y su sentido, y ha añadido –cual festones de puro adorno- connotaciones muy diversas y cada vez más alejadas de lo que originalmente era lo erótico.

Al descubrir la pintura de Stiina Saaristo (Helsinki, 1976) –introducida en nuestro ámbito expositivo gracias a la madrileña galería Salvador Díaz-, saturada de referencias eróticas a la manera del caos original, encuentro con satisfacción una de las más puras y excitantes visiones del eros en el arte actual. Contienen estos cuadros –monumentales, sobredimensionados algunos- una estrategia de representación muy apropiada para los tiempos que corren: Un constreñimiento casi churrigueresco, densísimo, embriagador. Hay un contexto manierista, una suerte de canto del cisne, en mucho del arte que se ha hecho entre los últimos años del milenio pasado y los primeros de éste, y algo tiene que ver con un enfado tardío hacia los efectos demoledores de minimalismos, racionalismos y otros purismos de la modernidad. Hay mucho de Jeff Koons, por ejemplo, en esta sensualísima y pomposa organización –sí, es cierto, Jeff Koons es un guarrete hortera que no suele hilar fino, pero un poco imprescindible al fin y al cabo-; o de Cindy Sherman –la Saaristo se retrata travestida ya de meretriz, ya de reina, ya de la ocurrencia menos sencilla-.
 


El sexo lo preside todo, por supuesto, pero no en un sentido explícito; esos magníficos chicos trempados que pueblan una fantasía a lo amistades peligrosas, por muy pornográficos que puedan resultarnos a primera vista, no son más que farfolla. Cierto que en las salas de exposiciones todavía nos asustamos con la presencia perturbadora del pene –y eso muy a pesar de lo atávico del misticismo fálico-; Guillermo Pérez Villalta, sin ir muy lejos, obtiene ambiguamente una extraña complacencia en esa tranquila provocación del desnudo masculino, y al tiempo se sorprende de la mojigatería persistente (que por otro lado puede quedarse mucho tiempo de inquilina dadas las ansias de esta sociedad cuasineocatecumenal).
 


No, en las obras de Stiina Saaristo, el sexo es un pesado perfume –Patrick Süskind diría algo así como una mezcla de efluvios que consta de cien aromas diferentes, un caldo invisible, un ropaje cálido llevado largo tiempo que ya no podemos oler ni sentir sobre la piel-. Late no sólo en los cuerpos incitantes –y eso que parecen extraídos del videoclip más libidinoso de los noventa-; también en la piel recamada de los escenarios, en cada adminículo y en su textura –que obtiene el beso de la luz como caricia ingresca-. Todos y cada uno de los elementos son erógenos, palpitantes, se nos muestran volubles y podrían reaccionar al tacto liviano de la mirada.

A eso añadamos el jovial protagonismo de una vulgaridad razonable. El feliz trasunto kitsch –la figurita de porcelana, el globo de helio, el icono disneyniano, los perritos, el crochet- sirve, en adecuada amalgama con lo barroco de estos cuadros, para estimular una procacidad orquestada. En el sexo todo es vulgar –por más refinamiento aprendido de que pueda revestirse-, es lo que nos queda de animal bajo el corsé de obligado uso, y esta pintura utiliza cada pequeño detalle iconográfico como a una odalisca, rezumando deseo.
 

Elektra, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Galería Salvador Díaz (Madrid) y Arco-Ifema.

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Hace tiempo que, valga la redundancia, perdí la noción del tiempo. Es la última vez que me hospedo en un hotel sin ventanas, pienso a cada rato. La ausencia de luz desajusta cada vez más mis niveles de serotonina y con frecuencia soy testigo de la batalla campal que libran contra mi voluntad mi humor y mi sueño. Mi abuela me adiestró en el difícil arte de invocar a las ánimas del purgatorio para despertarme temprano o en su defecto para despertarme cuando éstas estiman oportuno ya que suelo confundir las tardes con las mañanas y las mañanas con las noches y la noches con noches de auténtico terror. No me avergüenza reconocer que me asusta la oscuridad, y eso que vivo entre sombras la práctica totalidad de mis días. Es algo a lo que no me acostumbraré jamás. Las ánimas o, lo que es igual, las musas de los católicos, se jactan de conocerme bien y saben que cuatro horas son suficientes para yo parecer un hombre normal e incluso actuar con cierta cordura. La mayoría de las veces abro los ojos y no veo nada o como mucho un paisaje umbrío que siempre acaba soliviantándome. Me pregunto qué habrá sido de la liebre albina que mi hija sentaba en la luna trasera de su coche. Cuando el animal se mareaba o simplemente se sentía incómodo, hacía gala de una asombrosa tenacidad y recorría la bandeja una y otra vez hasta dar con la postura adecuada y así permanecía agazapada, con ojos circunspectos, hasta arribar a nuestro destino. Yo debería hacer lo mismo. Yo debería aprender de la liebre albina y proceder con sensatez. Con la cabeza, los hombros y el pecho me estremezco hasta que finalmente irrumpe en mi campo de visión un haz de luz. Ya puedo respirar tranquilo. En el aire estallan mis fobias como globos llenos de agua. A continuación una cascada de diminutas partículas me acaricia el cráneo y se desvanece antes de posarse en el piso. En la penumbra circundante hallo una fisura. Afilo el ojo izquierdo y me lagrimea el ojo izquierdo porque de los dos éste es el más vago y sensible y alcanzo a presenciar el espectáculo más hermoso que nadie, pero nadie, ha osado imaginar jamás. Como al final de un túnel, contemplo una escena que haría las delicias de cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Parece que viese por mis poros, mis comisuras o mis fosas nasales más que por mis propios ojos. Soy un raro espécimen dado que mi piel puede decodificar señales luminosas. Cualquier orificio mío es susceptible de captar un ínfimo pero jugoso fragmento de realidad.

Delante de mí, no sé si a pocos o muchos metros porque todavía no me siento capaz de calcular las distancias, hay una voluptuosa mujer sentada con las piernas abiertas. Tiene la tez brillante y oscura como el ébano. Cómo es posible que me deslumbre. De hecho, he de mirar hacia otro lado porque me van a explotar los capilares. Tanto tiempo entre tinieblas ha mermado mi tolerancia a la luz. Veo como a través de una malla trenzada con hebras, odiosos filamentos que se interponen entre mi cuerpo y mi objeto de deseo. Redirijo mi mirada hacia ella con la temeridad del que mira directamente a un eclipse o a los ojos de un peligroso criminal. Nadie que lea mis palabras puede hacerse una idea de su exuberancia. Para ello haría falta introducirse en mi retina o residir una temporada en mi memoria. De pronto siento que estoy haciendo algo malo, que estoy bastante próximo a cometer un delito. Yo soy el fisgón de la habitación contigua. Sé que no está bien eso de espiar a los demás. Pero esta mujer bien merece un desliz. Nunca he visto a nadie untarse crema de esa forma. Primero un brazo, luego el otro. Después un muslo, luego el otro. Lo hace con la cadencia propia del que dispone de todo el tiempo del mundo. Tampoco he visto a nadie hacer una tabla gimnasia con tanto despliegue de feromonas y tanto erotismo. Por la armonía de sus movimientos recuerda a una estatua egregia. Las abluciones y el ejercicio diario son sagrados para ella. Aunque por la gravedad de su gesto y la dureza de sus facciones se diría que ella no es consciente de que el mero hecho de estar viva hace feliz a este hombre. Deseo saber todo acerca de ella. Conocer su pasado, su presente e incluso procurarle un futuro. Quiero llevarla afuera, cogerla de la mano y sentir que entre nosotros no hay metros que valgan. Ahora me encantaría que la luz del sol bañase nuestros cuerpos. Mataría por obsequiarla con un gramo de aire libre. Quiero gritar, pero no puedo. Ignoro en qué remoto recodo se halla cautiva mi voz. Quizás aquélla sea la mujer de mi vida y el simple hecho de contemplarla me ha dejado sin palabras. Para llamar su atención trato de hacer ruido, pero apenas puedo mover los brazos o las piernas. Pienso qué haría en mi lugar la liebre albina de mi hija, pero estoy bloqueado y apenas puedo pensar. Observo que a los pies de la que ya considero mi amada hay un orinal desconchado. Cada tres minutos ella acude a él con la mano para refrescarse la nuca. Debo de estar tan hechizado por tanta belleza que no había reparado en el sofocante calor que hace en este hotel. Entonces aparece un hombre corpulento que se coloca tras ella, despliega con rudeza una venda negra y se la pone en los ojos. Ella le pregunta compulsivamente qué hora es, pero no obtiene respuesta. Me sorprendo sonriendo porque ya sé algo más de ella. Si el sentido de mi vida es mirarla con deseo, el sentido de la suya es contar los minutos, las horas y los días. Me enerva sobremanera imaginar el juego sexual que en breve va a tener lugar. Caigo presa de los celos y me corroe la envidia. Por qué aquél tipo y no yo. Me batiría en duelo con él con tal de ganarme el favor de aquella fémina. Intento apartar la mirada, pero tampoco puedo. Va a ser cierto eso de que me excita sufrir por amor. Sin embargo, al contrario de lo que pronosticaban mis cábalas hace un segundo, su fornido acompañante la ayuda a levantarse, la agarra del brazo como si fuera un vulgar trozo de carne e inmediatamente la saca de mi campo de visión. Por mucho que me retuerza o lamente no haber sido de profesión contorsionista, no alcanzo a ver dónde han ido a parar los amantes. Quizás tienen conocimiento de que desde hace rato los vigilo y han huido en busca de un poco de intimidad. Ante mis ojos permanecen el orinal y la silla vacía como dos espectros, retrato de una habitación sin vida, hueco que ninguna otra mujer podría ocupar. Sin ella no existo y sin ella moriré. Yo soy yo siempre y sólo cuando se encuentre cerca ella. En cualquier instante iniciarán ambos la secuencia de resuellos, gemidos y en última instancia espeluznantes gritos que en conjunto constituirán a mis oídos la más mortífera contaminación acústica y me darán ganas de vomitar. Pero no. En lugar del sonido del amor o sucedáneos como el deseo o la más desenfrenada pasión suena la puerta de mi cuarto y entra alguien que camina con parsimonia hasta situarse justo detrás mía. Nadie ha tenido nunca ninguna deferencia conmigo y con brusquedad me aprieta las ataduras y para que no tenga acceso ni a un exiguo hilo de luz me pone bien la venda y me devuelve a las más traumáticas sombras. Antes me revolví como un perro bajo la lluvia hasta que desplacé unos milímetros el dichoso retal negro y pude ver un ínfimo pero jugoso fragmento de realidad. Ahora estoy ciego de nuevo.

Pasado un rato de opacidad y de tempestuosa imaginación, una voz masculina que no es la mía inunda la estancia. Me confiesa que la mujer de la habitación de al lado se llama Sofía Andrade, hija mayor de un conocido industrial navarro, y que la razón que explica que de modo recurrente ella pregunte la hora a su acompañante no es otra sino llevar la cuenta de los días que lleva allí retenida. Pero, mira por dónde, se ha marchado ya. Hace nada que ha salido por la puerta de atrás del desvencijado hotel George Washington, un hotel de gran fama en los años setenta y dejado de la mano de dios y del hombre en la actualidad. Ha regresado con su familia porque ésta, al contrario que la mía, sí ha pagado el rescate. Por desgracia para mí, si todo sigue igual, los malos habrán de matarme a la mañana siguiente, fecha que vence el plazo. Me darán el tiro de gracia y arrojarán mi cadáver a un arroyuelo del extrarradio. Llegado este punto ansío replicarle, plantarle cara, pero esta vez tampoco me salen las palabras. Entiendo que mi mudez no está relacionada lo más mínimo con el amor ni con ningún sentimiento que pueda parecérsele. De repente cae sobre mí la gélida gasa de la lucidez y del recuerdo súbito. Cargo a mis espaldas con el infrahumano peso de la realidad. La verdad sabe amargo y duele como un balazo. Había olvidado que desde hace meses aquel hombre grueso es a un tiempo mi sombra y mi captor. Y había olvidado que no puedo articular palabra porque hace una semana me rebanaron la lengua para remitírsela a mi hija por servicio de mensajería con el insano propósito de intimidarla, disuadirla de llamar a la policía y acelerar el trámite del desembolso de la suma millonaria en cuestión. Siento cierto hormigueo en la boca del estómago, mis glándulas salivales no cesan de segregar, tengo un fuerte dolor de cabeza y en mi pensamiento se entromete de nuevo la liebre albina con los ojos más circunspectos si cabe para confesarme que está bloqueada y que por primera vez en su vida no posee una solución para mi problema. Imagino el preciso momento en que mi hija pagó al cartero, abrió con un ápice de esperanza el paquete, halló dentro mi lengua purulenta y lloró como una descosida, lo cual no sirve para otra cosa que para mortificarme. Hasta para perder la compostura, la razón o la fe es tarde ya. Pronto estaré muerto. Por fin podrán descansar las ánimas del purgatorio.
 

Nacho Albert, 2007.

El relato está inspirado en la obra Artificio de Benjamín Alcántara,
 reproducida aquí por cortesía del propio artista.

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