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pilar
bamba / cortesía de la propia artista |
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EXPOSICIÓN Erótica,
Antonio Saura. Galería Carles Taché, Barcelona. Febrero 2007.
El Museo de Arte Abstracto de Cuenca posee, entre lo más laureado
de su colección, un impactante lienzo firmado por Antonio Saura
que retrata a la mismísima y genuina Brigitte Bardot. Por
supuesto, y dadas la convicción del mismo museo y la personalidad
marcadísima de la pintura de este artista oscense, el mencionado
retrato no puede sino ser una ilusión inventada, una ficción
monstruosa que a todas luces desborda. Realizado en 1959, de plena
actualidad la fama de Sex-Symbol que rodeaba a la conocidísima
actriz, Saura recicla todos los tópicos del momento acerca de la
sensualidad más prohibitiva (en una España grisácea que está
siendo convulsionada por los cambios y por las cada vez más
expectantes ansias de un público deseoso de sexo a espuertas) para
encarnar en un icono irreconocible (el monstruo en que se
convirtió luego la actriz, dadas su homofobia y su enfermizo
ecologismo desarrollados a partes iguales) todo el deseo posible.
El erotismo se plantea como algo imbatible, y es pintado sobre el
lienzo con un frenético embargo dionisíaco, casi lujurioso (¿acaso
podría decirse así también de toda la pulsión pasional que
deposita Saura en el brochazo, el goteo y la gestualidad pictórica
que condicionan el espectro general de su obra?). En el
inquietante retrato, la sexualidad inherente –más presente en la
propia evocación del nombre de la intérprete francesa que en el
difícil escote disparado en negro sobre la tela- es convulsiva, se
retuerce y nos asalta, como un beso ilícito o un apasionado
encontronazo carnal. La mueca apretada, casi rechinante, nos
recuerda cuán brutal puede ser una libido descontrolada, y lo que
de mortal –por humano, por animal también- tiene todo aquello que
lleva inevitablemente a la cópula y al placentero yacer.
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Más o menos estas pautas de acción encontramos también en la
treintena de obras que se exhibieron en la Galería Carles Taché
bajo el sugerente “Erotica” que titulaba la exposición. En un
omnipresente blanco y negro particularísimo –propio del empeño del
propio artista para alcanzar la máxima expresividad, en una suerte
de contínuo rompimiento de gloria pictórico desbordante,
casi eyaculación seminal- se dilucidan estas pinturas de por sí
agresivas. Nos narran un imaginario que debiera ser colectivo –el
que plasmase, y con un sentido vibrátil muy cercano, el Picasso
que se sumergía en la ancianidad más divertida y procaz-, minado
de experiencias clandestinas pero altamente concupiscentes
(penetraciones belicosas, putas atroces, la tan manoseada
masturbación femenina…) y trufado de deliciosos tabúes que de
seguro sazonaban el interés del pintor (la presencia de clérigos
que olvidaron el celibato, por ejemplo) añadiendo un punto muy
elocuente de sátira al prolífico magma que resultaba.
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Lo que hace más atractivo, en general, a los dibujos eróticos es
la inmediatez. Ya en aquellos de Jean Cocteau –de vergas
imposibles y reincidentes fantasías- o en aquellos algo más
callados de Schiele o Klimt –otra vez la presencia arrolladora del
pubis como fuente de todo goce-, los dibujos eróticos tienen
siempre un halo de furtividad innegable. Eso los hace más rápidos,
también más incontenidos y menos preocupados por cuestiones de
estilo. Un dibujo erótico jamás se revela como ejercicio formal;
sucumbiendo a redondeces, vulvas y falos desmesurados, el dibujo
erótico despliega compuertas secretas y deja brotar un sentido
pictórico mucho más íntimo, rayano en lo automático. Quizá tenga
su explicación en la certeza momentánea del artista de que esas
obras serán las últimas en ser colgadas en la santa sala de
exposiciones.
En los tiempos que corren los artistas
han olvidado el erotismo –al menos los occidentales- y se han
lanzado sin rubor al lodazal de la explicitud. Las imágenes
sexuales nos abordan ya con una violencia y una multiplicidad que
han causado el hastío y hasta la indiferencia. Saura, que vivió
tiempos diferentes, fue cronista de un erotismo real, alimentado
también de miedos y silencios, quizá el mejor erotismo por más
auténtico, si bien desconoceremos del todo el dolor que causase.
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Pedro
Alarcón,
2007.
fotografías por cortesía de Galería Carles Taché, Barcelona.
www.carlestache.com
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emilio
jiménez / cortesía del propio artista |
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“El ritmo aumentó, y yo sabía que los once minutos estaban
llegando a su fin, quería que continuasen para siempre, porque era
tan bueno (…) parecía que nos íbamos a otra dimensión donde yo era
la gran madre, el universo, la mujer amada, la prostituta sagrada
de los antiguos rituales de la que él me había hablado con un vaso
de vino y una chimenea encendida. Sentí que su orgasmo llegaba, y
sus brazos sujetaron los míos con fuerza, los movimientos
aumentaron de intensidad, y ¡entonces! Él gritó, no gimió, no
apretó los dientes, sino que ¡gritó! ¡Chilló! ¡Bramó como un
animal! (…) y yo sentí un inmenso placer, porque era así desde el
inicio de los tiempos, cuando el primer hombre encontró a la
primera mujer e hicieron el amor por primera vez: gritaron”.
Paulo Coelho
Once Minutos
No sé si es porque, últimamente, no acierto a encontrar obras
que jueguen con el erotismo sin convocarnos a una explícita mirada
sobre lo carnal o porque sexo y erotismo conforman un vínculo
indisociable -en el amatorium de todos los que aprendimos a
investigar nuestra sexualidad leyendo la revista Vale a
escondidas debajo de la cama o fisgando las pelis porno de
nuestros hermanos mayores- o, incluso, porque el complejo mundo de
la prostitución me interesa desde hace años o no alcanzo a
comprender los límites del dolor mezclado con el placer… Lo cierto
es que buscando qué imágenes sustentarían la propuesta de este
mes, he encontrado en nuestro Centro de Arte Contemporáneo un
oasis de erotismo desafiante y diverso: gráfico, potente,
estimulante, seductor y, a veces, mordaz.
No
hay más que observar qué piezas son las que atraen la curiosidad
del visitante -depositando sobre ellas breves miradas no te eximes
del pudor heredado de nuestra herencia católica- para digerir que
ciertas obras de talante erótico –algunas tachadas de
pornografía para adultos-, estimulan nuestro encuentro con
el arte actual.
Este es el caso de Carlos Tejo (Vigo, 1966) ganador del IV
Certamen de Unicaja de Artes Plásticas en 1998, con la obra
Diez noches en el Hotel Avenida (1997). Un conjunto de
diez fotografías, enmarcadas dentro de las inquietudes que
conllevan a la preocupación por el medio ambiente, según los
críticos y que, a mi modo de ver, conectan mucho mejor con
elementos fetiches propios de la sexualidad sado-masoquista,
transportándonos a un mundo donde procurar placer a partir de
objetos extraños. Espinos, alambres y elementos metálicos dibujan
un escenario digno de la mejor ficción literaria del marqués de
Sade quién, en sus obras –y en su vida-, inmortalizó muchas de
estas fantasías asociadas al deseo de recibir dolor, humillación o
dominación.
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La búsqueda de lo real marca la trayectoria de Thomas Ruff
[1],
(Zell
am Harmersbach –Alemania-, 1958) componente esencial de la
generación de nuevos fotógrafos alemanes que marcarán en la década
de los 80 el regreso a una nueva objetividad. Ruff trabaja el
desnudo desde la claridad y la asepsia, mostrando interés por la
pornografía en su serie Nudes, (1999) para la que utiliza imágenes
tomadas directamente de las páginas porno a través de Internet.
Posteriormente, las somete a un proceso digital para variar las
escalas de color, el contraste y la definición. La obra expuesta
en el Cac, Nudes (Hob02),
nos muestra la imagen frontal ligeramente desenfocada de un
desnudo femenino, revelando libremente su sexo. La posición de sus
brazos, ampliamente repetida en la historia erótica del arte, deja
ver la imagen actualizada de una maja desnuda, más cercana
a un híbrido entre el origen del mundo de Courbet y alguna
de las inquietantes señoritas de Avignon.
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Al contemplar esta obra y compararla con la de
José María Cano
(Madrid, 1959), Why rent when you can buy? (Vanesa),
inevitablemente pienso en el debate surgido sobre la legalización
o prohibición de la prostitución, poniendo de manifiesto la
complejidad de una realidad que se ha convertido en el segundo
negocio mundial, por detrás del tráfico de armas y delante del de
la droga. Lo que queda claro de todo esto es que,
independientemente del poder y los privilegios que ostentaron las
cortesanas en el pasado, la prostitución es un fenómeno de
explotación sexual que afecta gravemente a multitud de mujeres en
la actualidad.
José María Cano -antiguo
compositor e intérprete del grupo musical Mecano-,
decide dedicarse a la pintura después de
un tempestuoso proceso de divorcio que le llevó a los tribunales
entre 2002 y 2005.
Su obra se basa en la técnica de la
encáustica,
que consiste en la utilización de cera como aglutinante; material
que, según sus palabras “le permite desvelar capas emocionales y
que por su característica transparencia se asemeja a una piel”. En
sus trabajos quedan registrados las huellas de acontecimientos que
le preocupan: la violación de los derechos humanos, la
prostitución o el mundo de la banca. Especialmente sensibilizado
por la intimidación procedente de los mass-media, a la cual
estamos expuestos, Cano evidencia en sus cuadros –documentos y
recortes de prensa ampliados en bastidores- todo aquello que
supuestamente se debería ocultar. En este caso, reproduce
abiertamente uno de los habituales anuncios que aparecen en la
sección de contactos de cualquier periódico, para deleite de sus
usuarios.
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Siguiendo con nuestro recorrido, hacemos una parada ante la obra
del artista londinense Julian Opie (Londres, 1958).
Heredero del arte Pop, Opie nos sorprendía recientemente con una
amplia selección de obras en el CAC -su primera individual en
España- y otras muchas en diversas galerías de ARCO 07´. Su poder
de atracción reside en las líneas depuradas y los colores planos y
brillantes. Apenas unos trazos son suficientes para obtener una
inmejorable definición del sugerente topless de
Shahnoza 30,
que nos invita a experimentar y fantasear con su juego de
seducción.
Finalmente -y quizás la utilizo conscientemente como guinda o
sabroso manjar para el último instante-, descubrimos Su
cuerpo duerme [2], del artista brasileño, Ernesto Neto
[3] (Brasil, 1964). Mi favorita desde el primer día. Más allá
de los estereotipos que presentan la imagen erótica de la mujer
actual, con medidas perfectas, exiguas caderas y busto
inalterable, -después de haber pasado por tropecientas
clínicas de estética y novedosos shows televisivos que traducen
los complejos en prototipos seriados- Neto incita a la
participación del público a través de la estimulación sensorial
-superando lo puramente visual- y nos ofrece un par de esponjosas
tetas asimétricas –como suelen lucir la mayoría de las mujeres de
carne y hueso- fabricadas con bolitas de poliestireno y
recubiertas de una malla de licra. En ese afán suyo, heredado del
movimiento neo-concreto, -desarrollado en Brasil en los años
cincuenta y sesenta- que asimila la escultura como organismo vivo
y sitúa al espectador en el centro de la acción creativa, Neto nos
pide encubiertamente que interactuemos con la obra y aliviemos
nuestra curiosidad rozando, al menos, su superficie porosa y
blanda.
Aún recuerdo la fascinación que me produjo en
la
I Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla el concierto de
aromáticas especies contenidas en membranas permeables cubriendo
el espacio expositivo… Si hay algo, singularmente erótico, sin
lugar a dudas, no está en la mirada.
[2] Esta obra aparece sin título,
en el CAC, pero en otras referencias expositivas, se conoce con
este nombre.
[3] "Lo que trato de hacer con mi
trabajo es proponer una nueva idea para sentir y entender nuestro
universo. Yo no propongo una solución o un escape, sino un factor
de bienestar… donde ellos (el público) pueda encontrar alguna
tranquilidad espiritual" Ernesto Neto.
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Ana Robles,
2007.
fotografías de Ana Robles por cortesía de CAC Málaga.
www.cacmalaga.org
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begoña
montalbán / colección unicaja de arte contemporáneo / cortesía de cacmálaga |
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Para los antiguos griegos la fuerza erótica consistía, en el albor
de los tiempos, en una especie de ente omnímodo e informe que ya
estaba presente en la nada primigenia a la que llamaban caos.
Mucho antes de que los mitos adjudicaran forma de efebo o putti
a esa fuerza generadora de vida –antes de corporeizar a Eros-, la
idea del amor como impulso vital y sexual fluctuaba en la génesis
del mundo conocido a manera de magma invisible. Con el ineluctable
transcurso de los siglos, el uso indiscriminado del eros
por miles de bocas ha erosionado la palabra y su sentido, y ha
añadido –cual festones de puro adorno- connotaciones muy diversas
y cada vez más alejadas de lo que originalmente era lo erótico.
Al descubrir la
pintura de Stiina Saaristo (Helsinki, 1976) –introducida en
nuestro ámbito expositivo gracias a la madrileña galería Salvador
Díaz-, saturada de referencias eróticas a la manera del caos
original, encuentro con satisfacción una de las más puras y
excitantes visiones del eros en el arte actual. Contienen estos
cuadros –monumentales, sobredimensionados algunos- una estrategia
de representación muy apropiada para los tiempos que corren: Un
constreñimiento casi churrigueresco, densísimo, embriagador. Hay
un contexto manierista, una suerte de canto del cisne, en mucho
del arte que se ha hecho entre los últimos años del milenio pasado
y los primeros de éste, y algo tiene que ver con un enfado tardío
hacia los efectos demoledores de minimalismos, racionalismos y
otros purismos de la modernidad. Hay mucho de Jeff Koons, por
ejemplo, en esta sensualísima y pomposa organización –sí, es
cierto, Jeff Koons es un guarrete hortera que no suele hilar fino,
pero un poco imprescindible al fin y al cabo-; o de Cindy Sherman
–la Saaristo se retrata travestida ya de meretriz, ya de reina, ya
de la ocurrencia menos sencilla-.
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El sexo lo preside todo, por supuesto, pero no en un sentido
explícito; esos magníficos chicos trempados que pueblan una
fantasía a lo amistades peligrosas, por muy pornográficos
que puedan resultarnos a primera vista, no son más que farfolla.
Cierto que en las salas de exposiciones todavía nos asustamos con
la presencia perturbadora del pene –y eso muy a pesar de lo
atávico del misticismo fálico-; Guillermo Pérez Villalta, sin ir
muy lejos, obtiene ambiguamente una extraña complacencia en esa
tranquila provocación del desnudo masculino, y al tiempo se
sorprende de la mojigatería persistente (que por otro lado puede
quedarse mucho tiempo de inquilina dadas las ansias de esta
sociedad cuasineocatecumenal).
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No, en las obras de Stiina Saaristo, el sexo es un pesado perfume
–Patrick Süskind diría algo así como una mezcla de efluvios que
consta de cien aromas diferentes, un caldo invisible, un ropaje
cálido llevado largo tiempo que ya no podemos oler ni sentir sobre
la piel-. Late no sólo en los cuerpos incitantes –y eso que
parecen extraídos del videoclip más libidinoso de los noventa-;
también en la piel recamada de los escenarios, en cada adminículo
y en su textura –que obtiene el beso de la luz como caricia
ingresca-. Todos y cada uno de los elementos son erógenos,
palpitantes, se nos muestran volubles y podrían reaccionar al
tacto liviano de la mirada.
A eso añadamos
el jovial protagonismo de una vulgaridad razonable. El feliz
trasunto kitsch –la figurita de porcelana, el globo de
helio, el icono disneyniano, los perritos, el crochet- sirve, en
adecuada amalgama con lo barroco de estos cuadros, para estimular
una procacidad orquestada. En el sexo todo es vulgar –por más
refinamiento aprendido de que pueda revestirse-, es lo que nos
queda de animal bajo el corsé de obligado uso, y esta pintura
utiliza cada pequeño detalle iconográfico como a una odalisca,
rezumando deseo.
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Elektra, 2007.
fotografías de Pedro
Alarcón por cortesía de Galería Salvador Díaz (Madrid) y Arco-Ifema.
www.salvadordiaz.net
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Hace tiempo que, valga la redundancia, perdí la noción del tiempo.
Es la última vez que me hospedo en un hotel sin ventanas, pienso a
cada rato. La ausencia de luz desajusta cada vez más mis niveles
de serotonina y con frecuencia soy testigo de la batalla campal
que libran contra mi voluntad mi humor y mi sueño. Mi abuela me
adiestró en el difícil arte de invocar a las ánimas del purgatorio
para despertarme temprano o en su defecto para despertarme cuando
éstas estiman oportuno ya que suelo confundir las tardes con las
mañanas y las mañanas con las noches y la noches con noches de
auténtico terror. No me avergüenza reconocer que me asusta la
oscuridad, y eso que vivo entre sombras la práctica totalidad de
mis días. Es algo a lo que no me acostumbraré jamás. Las ánimas o,
lo que es igual, las musas de los católicos, se jactan de
conocerme bien y saben que cuatro horas son suficientes para yo
parecer un hombre normal e incluso actuar con cierta cordura. La
mayoría de las veces abro los ojos y no veo nada o como mucho un
paisaje umbrío que siempre acaba soliviantándome. Me pregunto qué
habrá sido de la liebre albina que mi hija sentaba en la luna
trasera de su coche. Cuando el animal se mareaba o simplemente se
sentía incómodo, hacía gala de una asombrosa tenacidad y recorría
la bandeja una y otra vez hasta dar con la postura adecuada y así
permanecía agazapada, con ojos circunspectos, hasta arribar a
nuestro destino. Yo debería hacer lo mismo. Yo debería aprender de
la liebre albina y proceder con sensatez. Con la cabeza, los
hombros y el pecho me estremezco hasta que finalmente irrumpe en
mi campo de visión un haz de luz. Ya puedo respirar tranquilo. En
el aire estallan mis fobias como globos llenos de agua. A
continuación una cascada de diminutas partículas me acaricia el
cráneo y se desvanece antes de posarse en el piso. En la penumbra
circundante hallo una fisura. Afilo el ojo izquierdo y me lagrimea
el ojo izquierdo porque de los dos éste es el más vago y sensible
y alcanzo a presenciar el espectáculo más hermoso que nadie, pero
nadie, ha osado imaginar jamás. Como al final de un túnel,
contemplo una escena que haría las delicias de cualquiera con un
mínimo de sensibilidad. Parece que viese por mis poros, mis
comisuras o mis fosas nasales más que por mis propios ojos. Soy un
raro espécimen dado que mi piel puede decodificar señales
luminosas. Cualquier orificio mío es susceptible de captar un
ínfimo pero jugoso fragmento de realidad.
Delante de mí, no sé si a pocos o muchos metros porque todavía no
me siento capaz de calcular las distancias, hay una voluptuosa
mujer sentada con las piernas abiertas. Tiene la tez brillante y
oscura como el ébano. Cómo es posible que me deslumbre. De hecho,
he de mirar hacia otro lado porque me van a explotar los
capilares. Tanto tiempo entre tinieblas ha mermado mi tolerancia a
la luz. Veo como a través de una malla trenzada con hebras,
odiosos filamentos que se interponen entre mi cuerpo y mi objeto
de deseo. Redirijo mi mirada hacia ella con la temeridad del que
mira directamente a un eclipse o a los ojos de un peligroso
criminal. Nadie que lea mis palabras puede hacerse una idea de su
exuberancia. Para ello haría falta introducirse en mi retina o
residir una temporada en mi memoria. De pronto siento que estoy
haciendo algo malo, que estoy bastante próximo a cometer un
delito. Yo soy el fisgón de la habitación contigua. Sé que no está
bien eso de espiar a los demás. Pero esta mujer bien merece un
desliz. Nunca he visto a nadie untarse crema de esa forma. Primero
un brazo, luego el otro. Después un muslo, luego el otro. Lo hace
con la cadencia propia del que dispone de todo el tiempo del
mundo. Tampoco he visto a nadie hacer una tabla gimnasia con tanto
despliegue de feromonas y tanto erotismo. Por la armonía de sus
movimientos recuerda a una estatua egregia. Las abluciones y el
ejercicio diario son sagrados para ella. Aunque por la gravedad de
su gesto y la dureza de sus facciones se diría que ella no es
consciente de que el mero hecho de estar viva hace feliz a este
hombre. Deseo saber todo acerca de ella. Conocer su pasado, su
presente e incluso procurarle un futuro. Quiero llevarla afuera,
cogerla de la mano y sentir que entre nosotros no hay metros que
valgan. Ahora me encantaría que la luz del sol bañase nuestros
cuerpos. Mataría por obsequiarla con un gramo de aire libre.
Quiero gritar, pero no puedo. Ignoro en qué remoto recodo se halla
cautiva mi voz. Quizás aquélla sea la mujer de mi vida y el simple
hecho de contemplarla me ha dejado sin palabras. Para llamar su
atención trato de hacer ruido, pero apenas puedo mover los brazos
o las piernas. Pienso qué haría en mi lugar la liebre albina de mi
hija, pero estoy bloqueado y apenas puedo pensar. Observo que a
los pies de la que ya considero mi amada hay un orinal
desconchado. Cada tres minutos ella acude a él con la mano para
refrescarse la nuca. Debo de estar tan hechizado por tanta belleza
que no había reparado en el sofocante calor que hace en este
hotel. Entonces aparece un hombre corpulento que se coloca tras
ella, despliega con rudeza una venda negra y se la pone en los
ojos. Ella le pregunta compulsivamente qué hora es, pero no
obtiene respuesta. Me sorprendo sonriendo porque ya sé algo más de
ella. Si el sentido de mi vida es mirarla con deseo, el sentido de
la suya es contar los minutos, las horas y los días. Me enerva
sobremanera imaginar el juego sexual que en breve va a tener
lugar. Caigo presa de los celos y me corroe la envidia. Por qué
aquél tipo y no yo. Me batiría en duelo con él con tal de ganarme
el favor de aquella fémina. Intento apartar la mirada, pero
tampoco puedo. Va a ser cierto eso de que me excita sufrir por
amor. Sin embargo, al contrario de lo que pronosticaban mis
cábalas hace un segundo, su fornido acompañante la ayuda a
levantarse, la agarra del brazo como si fuera un vulgar trozo de
carne e inmediatamente la saca de mi campo de visión. Por mucho
que me retuerza o lamente no haber sido de profesión
contorsionista, no alcanzo a ver dónde han ido a parar los
amantes. Quizás tienen conocimiento de que desde hace rato los
vigilo y han huido en busca de un poco de intimidad. Ante mis ojos
permanecen el orinal y la silla vacía como dos espectros, retrato
de una habitación sin vida, hueco que ninguna otra mujer podría
ocupar. Sin ella no existo y sin ella moriré. Yo soy yo siempre y
sólo cuando se encuentre cerca ella. En cualquier instante
iniciarán ambos la secuencia de resuellos, gemidos y en última
instancia espeluznantes gritos que en conjunto constituirán a mis
oídos la más mortífera contaminación acústica y me darán ganas de
vomitar. Pero no. En lugar del sonido del amor o sucedáneos como
el deseo o la más desenfrenada pasión suena la puerta de mi cuarto
y entra alguien que camina con parsimonia hasta situarse justo
detrás mía. Nadie ha tenido nunca ninguna deferencia conmigo y con
brusquedad me aprieta las ataduras y para que no tenga acceso ni a
un exiguo hilo de luz me pone bien la venda y me devuelve a las
más traumáticas sombras. Antes me revolví como un perro bajo la
lluvia hasta que desplacé unos milímetros el dichoso retal negro y
pude ver un ínfimo pero jugoso fragmento de realidad. Ahora estoy
ciego de nuevo.
Pasado un rato de opacidad y de tempestuosa imaginación, una voz
masculina que no es la mía inunda la estancia. Me confiesa que la
mujer de la habitación de al lado se llama Sofía Andrade, hija
mayor de un conocido industrial navarro, y que la razón que
explica que de modo recurrente ella pregunte la hora a su
acompañante no es otra sino llevar la cuenta de los días que lleva
allí retenida. Pero, mira por dónde, se ha marchado ya. Hace nada
que ha salido por la puerta de atrás del desvencijado hotel George
Washington, un hotel de gran fama en los años setenta y dejado de
la mano de dios y del hombre en la actualidad. Ha regresado con su
familia porque ésta, al contrario que la mía, sí ha pagado el
rescate. Por desgracia para mí, si todo sigue igual, los malos
habrán de matarme a la mañana siguiente, fecha que vence el plazo.
Me darán el tiro de gracia y arrojarán mi cadáver a un arroyuelo
del extrarradio. Llegado este punto ansío replicarle, plantarle
cara, pero esta vez tampoco me salen las palabras. Entiendo que mi
mudez no está relacionada lo más mínimo con el amor ni con ningún
sentimiento que pueda parecérsele. De repente cae sobre mí la
gélida gasa de la lucidez y del recuerdo súbito. Cargo a mis
espaldas con el infrahumano peso de la realidad. La verdad sabe
amargo y duele como un balazo. Había olvidado que desde hace meses
aquel hombre grueso es a un tiempo mi sombra y mi captor. Y había
olvidado que no puedo articular palabra porque hace una semana me
rebanaron la lengua para remitírsela a mi hija por servicio de
mensajería con el insano propósito de intimidarla, disuadirla de
llamar a la policía y acelerar el trámite del desembolso de la
suma millonaria en cuestión. Siento cierto hormigueo en la boca
del estómago, mis glándulas salivales no cesan de segregar, tengo
un fuerte dolor de cabeza y en mi pensamiento se entromete de
nuevo la liebre albina con los ojos más circunspectos si cabe para
confesarme que está bloqueada y que por primera vez en su vida no
posee una solución para mi problema. Imagino el preciso momento en
que mi hija pagó al cartero, abrió con un ápice de esperanza el
paquete, halló dentro mi lengua purulenta y lloró como una
descosida, lo cual no sirve para otra cosa que para mortificarme.
Hasta para perder la compostura, la razón o la fe es tarde ya.
Pronto estaré muerto. Por fin podrán descansar las ánimas del
purgatorio.
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Nacho Albert,
2007.
El relato está inspirado en la obra Artificio de Benjamín
Alcántara,
reproducida aquí por cortesía del propio
artista.
www.via69.com.mx
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