lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [ARCO 2007]  

 



No quiero pecar de simplista ni de precipitado, pero a expensas de reservarme un criterio más firme en función de las conclusiones que se saquen después de los análisis, puedo decir sin miedo a equivocarme que esta edición de ARCO es la mejor que yo he visto, que como poco es decir que es la más convincente de los últimos diez años. De antemano pensé que el cambio de directora no sería significativo (sobre todo porque Lourdes Fernández ha sido muy discreta en los comentarios previos y afirmaba con humildad que este iba a ser un año de transición, sin movimientos bruscos, que el viraje relevante será el curso próximo cuando cambien de ubicación.) No sé si estas buenas impresiones se deben a su buen tino inicial o a la excelente coyuntura del arte español actual (cosa que ya advirtió hace unos meses Samuel Keller, director de Art Basel, diciendo que España era el más floreciente mercado en este inicio del milenio), da igual, lo que sí es evidente es que la economía nacional está más boyante que nunca y eso repercute de manera significativa en el buen ánimo de artistas, galeristas y coleccionistas que a fin de cuentas son los verdaderos protagonistas de la fiesta. 

Lo importante es que sea por lo que sea, ARCO está esplendoroso, refulgente. En los detalles y en las grandezas. Se ha mejorado mucho en pormenores que hacen más llevadera la visita (hay más amplitud, los espacios están mejor distribuidos, se ha excluido elementos disonantes del programa que distraían más que aclaraban, se ha evitado la maleza tonta y la farándula, las galerías han apostado por criterios expositivos más limpios y ha bajado considerablemente la asistencia de curiosos o estudiantes de relleno que entre despistados y aburridos perturbaban más que veían).

De lo que he podido digerir -los pabellones son tan grandes que es casi imposible acapararlo todo-, puedo destacar de pasada y casi de memoria un refilón de imágenes y sensaciones gratificantes. Las cajas de luz de Alfredo Jaar, las inquietantes construcciones de Jacobo Castellano, un cuadro inmenso y sobrio de Rubén Guerrero y otro irónico y procaz de Paco Pomet, las últimas fotos García Alix, las esculturas-instalaciones de Nam June Paik o las piezas de Rebecca Horn. Además de las buenas vibraciones que me ha transmitido el recién descubierto arte coreano (sólido, serio y bien encarrilado), he visto mucha pintura, mucha fotografía, menos vídeo y pocas instalaciones, señal que los formatos tangibles vuelven a acaparar cartel y que las aguas vuelven a su cauce después de varios años de probanzas.

Arreciado por bandadas de imágenes que a modo de abejarucos risueños y coloristas daban bandazos de un sitio para otro intentando seducir a los visitantes, mis sentidos contracorriente se refugiaron en la entereza del blanco y el negro. Para ser más exactos, en el blanco níveo de Walter Martin and Paloma Muñoz y el negro cobalto de Mark Dion. Cuando se trata de agudizar la percepción, de enfocar elementos en un mar infinito de sensaciones, a veces lo más simple es lo más llamativo. La negación de los cromatismos hace avanzar la mente por caminos más serenos y menos transitados, por sendas más trascendentes y menos llamativas.
 


Las esculturas de Mark Dion

Entre la vorágine de elementos que inundaban la mirada del paseante, me llamó la atención en el stand de la galería austriaca Georg Kargl el conjunto de piezas escultóricas de Mark Dion. Las obras, realizadas en plástico, imitaban con pulcritud y sencillez un  bodegón tradicional y diversos animales disecados. Su gran peculiaridad residía en que estaban recubiertas de chapapote, que estaban revestidas de una espesa capa negra de alquitrán que nos recordaba de inmediato a las tragedias naturales de muchos lugares del mundo (no hay más que traer a la memoria las escalofriantes imágenes de animales empantanados en petróleo que pudieron verse con motivo del desastre del Prestige en las costas gallegas). La hondura de su silencio era una invitación punzante a la reflexión ecológica, una crítica certera a la dejadez y el descuido medioambiental. Este artista americano, que basa mucho de su trabajo en el cuestionamiento de los sistemas apriorísticos de clasificación animal, en esa absurda pretensión que tenemos los seres humanos por controlar y disponer de un mundo que ni es nuestro ni es ordenable, es uno de esos creadores empeñados en recordarnos constantemente la necesidad de volcar la mirada hacia la Naturaleza, en vivificar la conciencia verde de una sociedad cada vez menos consciente y más desprotegida (más o menos igual que hacen Olafur Eliasson o Simon Starling, artistas cuya discurso ecológico es ejemplar y ejemplarizador).

En los trabajos de los años noventa de Dion predomina la grotesca (grotesca por extemporánea e hiperrealista) imitación de catalogaciones en vitrinas al más puro estilo cientificista de los museos decimonónicos de Historia Natural. Ni más ni menos que las urnas con esqueletos de Damien Hirst que han podido verse en  la galería mexicana Hilario Galguera, cuyo concepto es el mismo pero más irónico y menos aséptico. El raciocinio taxonómico auspiciado en el siglo XVIII sustituye a las personales aglutinaciones de las wunderkammers, los famosos gabinetes de curiosidades donde los prohombres guardaban sin concierto ni rigor prodigios naturales y excentricidades. Después del Siglo de las Luces los países occidentales comienzan a madurar y a definirse respaldados por nuevos órdenes políticos y un cientificismo sacramental. Esta necesidad de control que tiene el hombre del mundo natural que le rodea y del suyo propio, este sentido de las organizaciones jerárquicas que vertebran las sociedades desarrolladas, se regulan por unos mecanismos de intervención ideológica y política que nos estabulan y constriñen más de lo que somos capaces de suponer.

Las reflexiones que plantea el arte de Mark Dion nos advierten contra estas dos maldades de nuestro mundo actual: por un lado nos quieren hacer pensar sobre el excesivo dominio que las instituciones ejercen sobre nosotros –estamos organizados como animales en sus rediles- ; y por otro quiere encender la necesidad imperiosa de cultivar una moral medioambiental verdadera, sin medianías ni poses.
 


La serie White Out de Walter Martin & Paloma Muñoz

En la otra cara de la moneda, venteados por un sentimiento lírico y gélido, la pareja formada por Walter Martin & Paloma Muñoz ocupaba por completo el stand de la neoyorquina galería P.P.O.W. con su serie White Out, un conjunto de bolas de cristal con escenificaciones invernales en su interior, esferas de vidrio rellenas con copitos de corcho blanco que al ser agitadas simulaban una poética nevada igual que esos baratos souvenirs navideños que tanto gustan a los niños.

Al verlos, inmediatamente me acordé de la enigmática escena inicial de Ciudadano Kane, cuando recluido en Xanadu, en su lecho de muerte y justo antes de expirar, mientras sostiene en su mano una de esas bolas de cristal, el multimillonario Charles Foster Kane menciona la palabra “Rosebud…” en su último aliento. En ese mismo momento hay dos imágenes que superponen, un primer plano del interior de la esfera que muestra una casa y una nevada copiosa que cae sobre ella. Al fallecer, la bola se resbala de su palma, cae al suelo y se rompe en mil pedazos. Esta misteriosa secuencia de apertura es la base sobre la que girará la archiconocida película de Orson Welles, donde todo se sabe sobre el magnate mediático menos una cosa ¿Qué quiere decir Rosebud? ¿Por qué la menciona segundos antes de morir? La búsqueda del significado de este vocablo es el misterioso argumento que mantiene la tensión del filme y que apenas se resuelve en los momentos postreros, cuando la base de un trineo con esta palabra escrita deja entrever que Rosebud no es algo explicable, sino algo indeterminado que tiene que ver con la perdida de la inocencia y el anhelo de la ingenuidad.
 


Pues eso es exactamente es lo que representan estas obras de Martin y Muñoz, algo inenarrable que tiene que ver con la búsqueda de la candidez, un giro hacia los valores que representan la niñez y la naturalidad, la negación de la parte más capciosa de nuestro mundo de adultos. Los interiores de estas bolas de cristal son como pequeñas historias mínimas (al modo del surrealismo de las fotografías de Ciuco Gutiérrez o los universos soñados que inventa Chema Lumbreras), cuentos que fantasean sobre aventuras sin resolver de niños perdidos en bosques, fábulas que nos hablan de adultos desorientados, descontextualizados, urbanitas vestidos de chaqueta y corbata que salen del trabajo y acaban deambulando despistados en un vacío infinito y acaparador; habitantes de galaxias de ficción donde nada es lo que parece y la existencia se condensa como si fuesen actos de una obra de teatro. Situaciones inexplicables, imposibles, donde pequeños seres huyen de su vida cotidiana en la gran metrópoli y son devorados por el sublime poder de la Naturaleza (una Naturaleza romántica y extensa como si hubiese sido pintada por Caspar David Friedrich o William Turner.)

Las imágenes de esta serie (suaves, vaporosas, limpias, sugerentes), juegan con la  profundidad de campo y con los tamaños en microespacios cerrados igual que lo hace el arte de Olivo Barbieri con macroespacios abiertos. Estas obras de Martin & Muñoz son narraciones contemporáneas de liliputienses, escenas adimensionales donde el tiempo está atrapado dentro de una pecera, pasajes de novelas por escribir en las que exquisitos muñequitos de coleccionista sin rostro ni expresión –sin pasado y sin futuro-, gesticulan y se comportan como personas reales que van de un sitio para otro sin rumbo, desamparados, extraviados de su propia identidad. Capítulos comenzados que transcurren en paisajes blancos de orografía abrupta construidos con esquirlas de no-tiempo. Terrenos yermos donde sobre árboles deshojados se colocan casas (hogares-nido como la instalación Ventanas iluminadas que tienen los hermanos Mp&Mp Rosado en el CAAC de Sevilla) y se yerguen con tristeza baobás fantasmagóricos que han crecido a las espaldas de principitos despistados.
 

Sema D´Acosta, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de ARCO - IFEMA,
Galería Georg Kargl (Viena) y Galería P.P.O.W. (Nueva York).

www.georgkargl.com
www.ppowgallery.com

 

 
 

 

evan penny / cortesía de galería Trepanierbaer, Toronto [www.trepanierbaer.com]

 

 



“Los chinos son todos iguales”. ¿Quién no ha oído o incluso pronunciado esta expresión alguna vez? En occidente tenemos un saco muy grande, cuyo amo es el desconocimiento, donde se va metiendo todo aquello que nos llega del lejano Oriente (oh, Oriente, exótico y desconocido, lejano y misterioso). El arroz tres delicias, la seda de importación, el judo, el karate y el kempo, el rollito primavera, el sudoku, humor amarillo,  pequeños artículos de cerámica con dragones y mazmorras, kimonos, mesitas bajas y palillos para comer, jarrones (algunos abominablemente feos), escrituras de signos que parecen chalets adosados, de hasta tres y cuatro plantas. En fin, esto nunca acabaría.

De una forma u otra, y por motivos de índoles diversas, me atrevo a pensar que para muchos de nosotros, todos los que tienen los ojos achinados, son chinos. Difícil tarea la de diferenciar a un vietnamita de un coreano, a un camboyano de un filipino, o a un mongol de un tailandés. Es cierto que China, gracias a su esplendoroso desarrollo, ramificó sus raíces culturales hasta los cimientos de muchos países de sus alrededores. No obstante, las culturas de aquellos que tienen los ojos plegados son muchas y diferentes.

Pues bien, auguro que el confundir se va a acabar. Nuestros “chinos” vienen desplegándose por Europa con la fuerza de un ciclón y con artillería pesada. Corea, el último titán lejano en despertar y país que nos ocupa, se está formando una identidad artística de tremenda personalidad y contemporaneidad. Prueba de ello es la muestra multidisciplinar que han presentado en esta reciente edición de ARCO, haciéndonos ver que su arte, lejos de ser ñoño e incomprensible para la fracción occidental, está vivo y tiene lenguajes comunes, lleno de ilusión e ideas, con el coraje necesario y la frialdad suficiente para conseguir un puesto con nombre propio.

Galerías con tres décadas de antigüedad (Gallery Hyunday, Sun Gallery, Rho Gallery) o tan sólo con tres o cuatro años (Arario Gallery, One and J. Gallery, Art Park). Artistas consolidados con una larga trayectoria o jovencísimos veinteañeros emergentes. Pintura, escultura, fotografía, instalación, video, collage, nuevas tecnologías… todo de calidad y genuino. Se pone de manifiesto al observar esta gran muestra que en el lejano oriente no llevan a las espaldas la tradición de vanguardias históricas que tanto ha marcado (para bien y para mal) a este lado de occidente. Expresiones frescas y trabajos insólitos, un mundo por descubrir y muchos mensajes comprometidos.

El coreano no quiere perder su tradición, pero del mismo modo, no cierra los ojos al fenómeno globalizador que irrumpe en sus ciudades con marcas, videojuegos, tendencias y demás. Como si de una minipimer de primera se tratase, los artistas de Corea meten en su vasito mezclador los valores tradicionales de sus raíces, y los nuevos contenidos y medios que están a su alcance. Cuando todo está bien batido, el resultado es un arte de temática comprometida o simplemente divertida, presentado bajo unos formatos de gran belleza o fuerte impacto.
 


Un poco de todo esto hay en la propuesta de la Arario Gallery. El joven Dongwook Lee, por ejemplo, ha presentado sus ya conocidos humanoides pequeñitos, unos réplicas de otros, resbaladizos, metidos en latas de conserva y con la misma distribución que tuvieran unas cuantas sardinas dentro. Al verlo, uno no puede evitar sentirse oprimido y seriado, grata sensación cuando alguien estimula nuestro pensamiento crítico. Contrastan los trabajos de Yoonyoung Park de sublime sutileza, quien con tinta y papel chino nos manda directamente a echar un vistazo a los lares más recónditos de su tierra y alma. Bellísimo biombo el que ha presentado en ARCO, con toda una serie de signos caligráficos de los que se vale para contar sus propios cuentos. Sin duda, la galería Arario es un centro que viene pisando fuerte y cuyos artistas, a pesar de ser bastante jóvenes, tienen muy buena calidad. Osang Gwon es el último representado en esta edición de ARCO. Sus dos esculturas compuestas a base de fotografías no dejan impasible y poseen una intrigante relación con la cultura capitalista que ya conocen en Corea. Dos figuras; una de un chico coreano de pie atrapado bajo el dominio de las costumbres consumistas propias de occidente, cargado de marcas y bolsas de tiendas caras. La otra, una chica coreana sentada sobre sus rodillas, al estilo tradicional, emana gran serenidad y disciplina, contrastando con su pareja de stand. Es un trabajo de gran paciencia, sin inmediateces, a realizar con sosiego y aplicación, donde vemos reflejadas las contradicciones internas del país.
 


Paseando por los largos pasillos enmoquetados de la feria, y tras haberme tomado un bocata después de esperar varias colas infernales, me encontré cara a cara con un artista cuyo trabajo me enamoró sin mediar palabra cuando lo descubrí. Yeondoo Jung ha participado con dos padrinos de lujo: la Galería Espacio Mínimo, donde acaba de clausurar una exposición, y con la Kukje Gallery, una de las más potentes coreanas, que también ha participado con otro stand en el programa general de la feria. Jung ha llevado a cabo un proyecto de sueños y deseos, trasladándose por el mundo en busca de dibujos hechos por niños a los que les pedía que imaginaran un futuro, un momento feliz, una ilusión. Luego, con la ayuda de adolescentes, ha tratado de recomponer los dibujos y los espacios bajo su propia interpretación, creando un mundo de realidades indescifrables, donde hay niñas que llevan huevos en la cabeza y muebles que levitan en las estancias. La calidad compositiva de sus fotografías es innegable, y el talante del proyecto, ambicioso en la recuperación de ese mundo surrealista e ingenuo que todos tenemos antes de desarrollarnos, un recordatorio a veces necesario.

El nivel de la fotografía asiática en general es muy alto, tienen un algo especial, como si sus lentes estuvieran rociadas de un ambiente intangible que se transmite directamente al papel. La Gana Art Gallery ha llevado a uno de los maestros de este arte, Bien-U Bae, que lleva a sus espaldas miles de fotografías de bosques de pinos. Al amanecer, al atardecer, con niebla, sol… enamorado de los dibujos que se forman entre los bosques de Gyeongju, poseen sus fotos ese misterio sin resolver que impregna la belleza desprovista de artificio. En blanco y negro o a color la carga poética y evocadora es indisociable de todas ellas.
 


Viven los creadores coreanos una situación muy peculiar que puede ser un auténtico hervidero de terrenos por descubrir y de paradojas y mezcolanzas imposibles. Por ejemplo, un buda de lentejuelas… ¿no resulta algo blasfemo? Sang-Kyoon Noh lo tiene claro: todo tiene que llevar lentejuelas. Jesús y Buda, los primeros. Para él son un símbolo poderoso. También explorando, aunque en este caso en los caminos de plasmación artística, encontramos al peculiar Bae Joonsung. Su técnica de pintar sobre un plástico que a su vez está colocado encima de una fotografía (por lo general son imágenes de la historia del arte) hace que sus obras adquieran una perspectiva y relieve de gran curiosidad. Su pintura hiper-realista aprovecha cualquier frunce, plisado o pliegue en los tejidos para realzarlo con telas de colores, que caen como cascadas y salen del cuadro descaradamente. Otro trabajo impactante, que yo casi considero más una obra de ingeniería de diseño que de arte innovador, son los mecanismos creados por Uram Choe. Con la frialdad propia de las máquinas y lo etéreo de los insectos habitadores del aire, a uno se le encoge un poco el cuerpo pensando en posibles plagas futuras. Mencionar también al conocido Yong Ho Ji, cuyos mutantes hechos con retales de neumáticos sorprenden ya menos pero lo consolidan un poquito más como un creador ambicioso. Por último, unas esculturas que me dejaron horrorizada por la increíble expresividad de los rostros, por el color gris del material que teñía las caras y cuerpos y convertía a esos niños asiáticos en viejos entristecidos y maleados, en víctimas de algo que no llegué siquiera a imaginar. Vi este trabajo de Sung-Myung Chun tras mal beberme un café tirada en el suelo (que por cierto, es curioso que con los treinta euros que vale la entrada de ARCO no hayan tenido una previsión de áreas de descanso más generosa) y después de muchas horas de peregrinación en IFEMA. A pesar de estar algo saturada aún mi capacidad para el asombro no estaba del todo colmada. Aquellos niños miraban muy fijamente pero no encontré el punto hacia donde lo hacían, y me quedé pasmada, mirándolos a ellos, buscando explicación a sus vidas. Después quedé aliviada, cuando reconocí su condición de esculturas.

El arte coreano ya ha dejado de ser un desconocido para muchos de nosotros y yo estoy segura que de aquí a muy poquito distinguiremos a un coreano de un chino con toda claridad (muchos de ustedes lo harán ya). Pero, no sólo eso, más allá de esta broma de parecidos fisionómicos, su arte y sus culturas no nos darán lugar a equívocos porque estaremos tan interesados en ellas, que no lo permitiremos.
 

Laura Acosta, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón y de Alejandro Martín por cortesía de ARCO - IFEMA,
Gallery Simon (Seúl) y Arario Gallery (Beijing, Seúl).
imágenes de Yeondoo Jung por cortesía de Galería Espacio Mínimo.

www.arariogallery.com

www.espaciominimo.com

 

 
 

 

laurina paperina / cortesía de galería Perugi, Padua [www.perugiartecontemporanea.com]

 

 



¿Qué tendrán en común la monarquía y los artilugios mecánicos? Desde la más remota antigüedad han sido fascinación de reyes y nobles los sofisticados artefactos que ante la asombrada mirada de la Corte, realizaban armoniosos movimientos y producían sonidos infernales. Herón de Alejandría creaba magníficos autómatas allá por el siglo I a.C. para deleite de Tolomeo Philadelfo, y t
odavía en estos tiempos,  concretamente durante la inauguración de ARCO 2007, Su Majestad D. Juan Carlos I de España no pudo resistir la tentación de esperarse los doce minutos que tardaba  la silla robótica (“The robotic Chair”) en hacer su performance, consistente en desplomarse con gran estruendo y lentamente recomponerse.

Según una primera interpretación de la pieza, es más que un “divertimento”, representa una imagen metonímica del espíritu humano, pues la silla es uno de los objetos más cercanos a nuestro cuerpo, reposo de nuestras fatigas y amortiguador de nuestros desplomes, pero al mismo tiempo, punto de arranque para incorporarnos y reconstituirnos. La obra no sólo atrajo la real atención, también la de un numerosísimo público expectante que se congregaba en todo momento a las puertas de la galería, espectáculo sólo comparable al que se da, por ejemplo, en algunas plazas europeas para ver desfilar los autómatas de algún viejo carillón, como el de Praga, realizado por el ingenioso relojero Hanusch, a fines del siglo XIV. Sin embargo, esta pieza contemporánea y aparentemente sencilla ha contado con tres padres, Max Dean y Matt Donovan, en calidad de artistas y Raffaello D’Andrea en el de técnico e ingeniero. Éste último por cierto, compite todos los años  en la “RoboCup”, un entretenido e instructivo campeonato de fútbol en el que sus jugadores son primos de R2D2 y C3PO.
 


Aún mayor impresión le causaron al monarca los extraños seres, híbridos de insectos y plantas carnívoras, que ingeniosamente realiza U-Ram Choe, casi la misma que al emperador Maximiliano I al ver volar a su alrededor una mosca mecánica que había compuesto un tal Regiomontanus .El artista coreano da vida, gracias a la inteligencia artificial, a elegantes larvas y fatales orquídeas confeccionadas en brillante acero, trabajado en muchos aspectos, al modo de orfebrería oriental, de cargados arabescos y barrocos diseños. Dos obras suyas, en distintas galerías, merecían la atención. En la Bitforms Gallery, encapsulada en un futurista frasco de alquimista, se retorcía en su líquido amniótico una singular especie, la “Anmorome Istiophorus Platypterus Uram”, única en su género. Más interesante es la exótica “Urbanus male larva”, en la Gallery IHN, que suspendida en el aire por dos tirantes de acero, ejecutaba una danza, como una flor abre y cierra sus pétalos. Así, a modo de corola, unas finas hojas caladas envolvían una protuberancia inquietante, entre instrumental de dentista y la boca del  “alien” que creara H.R. Giger.

Otros artistas han incorporado a su repertorio alguna que otra máquina autómata, con bastante acierto, pero como parte de instalaciones u otras obras de mayor envergadura.
 


Nicola Constantino
siempre tan sugerente y mordaz, también presentaba este año dos objetos del proyecto “Animal Motion  Planet”; según su catálogo habría que describirlas como máquinas ortopédicas para animales nonatos. Un extraño artefacto de brillante metal permitiría a la pobre bestia moverse, como un exoesqueleto de alambres y poleas. La piel de aquella, encapsulada en una maleta, espera como el cuerpo de Hank Solo en “el Imperio contraataca”. La obra de la argentina se mueve, nunca mejor dicho, entre la atracción y la repulsión.
 


Per Barclay
se dedica fundamentalmente a sus instalaciones, habla de la naturaleza y del espacio, pero lo aborda desde un punto de vista más conceptual, buscando en la ciencia y en la tecnología una fuente inagotable de posibilidades. Como en el caso anterior, otra aparente atracción de feria llamaba la atención del visitante. Tres cráneos  plateados sostenidos por un trípode de metal a modo de atril parecían comunicarse con ruidosos platillos que entrechocaban de tanto en cuanto. Estos surgían de las vacías cuencas de los ojos y bocas. El título de la obra resultaba muy evocador: “Conversation”. Estas alegres calaveras nos podrían recordar a las Parcas mitológicas que reían estrepitosamente mientras confabulan qué vida se iban a llevar, o también nos llevarían a pensar en algo más prosaico, en tantas “cabezas huecas” que tertulian en los platós de televisión con recurrentes chascarrillos, haciendo las delicias de los espectadores. Estos objetos-esculturas descontextualizados pueden resultar equívocos, no lo dudo, y sujetos a interpretación variable, aunque su atractivo no radica sólo en el significado.

Otros tantos se podrían ir sumando a esta lista, pues no han sido pocos los que han apostado por la mecánica y la tecnología. Así encontramos al italiano Arcángelo Sassolino que realiza una intervención en distintos espacios, en concreto en el suelo de la zona expositiva con una cabeza de grúa de varios dientes con las que rompe y araña el pavimento de la misma. Miguel Palma, gusta de instalaciones más complejas, incluso aparatos de difícil clasificación, como el “Avión” que sobrevolaba las cabezas de los visitantes a su galería.

Es curioso, pero a pesar de estar en una época en la que ha habido tantos avances en robótica e informática, estos conocimientos se aplican al campo industrial y científico, en un primer término, al laboral en segundo, y en el más placentero de los casos al deleite y al juego. ¿Son los artistas reticentes a las nuevas tecnologías o es el mercado demasiado conservador? Los autómatas como ya he mencionado, no son nada nuevo y siempre se han considerado como obra de arte, pues representan la armonía universal, es decir, el perfecto engranaje de un microcosmos artificial; lo irreal y lo fantástico, pues supera con creces la bidimensionalidad y traspasa la escultura al dotarla de movimiento. Así como sorprende y embelesa, acostumbrados a ser el espectador el que se desplaza hacia la obra y no viceversa.

Si el hombre es la creación de un dios, la máquina es la creación del hombre.
 

José Hinojosa, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de ARCO - IFEMA,
Galería Galica (Milán), Bitforms Gallery (Nueva York, Seúl), Gallery IHN (Seúl),
 Galería Ruth Benzácar (Buenos Aires) y Guy Bärtschi Galery (Genéve).

www.galica.it
www.bitforms.com

www.galleryihn.com
www.ruthbenzacar.com
www.bartschi.ch

 

 
 

 

matías sánchez / cortesía de galería Begoña Malone, Madrid [www.bmalone.com]

 

 



“Cada 18 segundos una mujer es maltratada en algún lugar del mundo”.

Estadísticas de violencia doméstica, 2006. 
 

La brutalidad sigue presente en estado puro aunque vivamos anestesiados bajo el síndrome del “no me ha tocado a mí”. Aunque nuestro entorno laboral no sea discriminatorio ni nuestros maridos nos consideren simple mercancía o pertenencia perpetua, hay mujeres en el mismo planeta que son castigadas con un odio y una intensidad impensables. Mujeres ultrajadas bajo el sometimiento y el derecho de propiedad de sus maltratadores. Lesiones, humillaciones, mutilaciones, violaciones, lapidaciones, maltratos psicológicos y asesinatos: una trágica epidemia de violencia de género que arrasa la existencia de millones de mujeres y niñas, destroza comunidades e impide el desarrollo en todas las naciones.

Bajo el esperpéntico y trágico aullido de “mía o de nadie” los informativos no dejan de enlutarse con nefastas noticias de cruentos asesinatos. Es imposible permanecer impasible al conocer que la violencia familiar es la primera causa de muerte y de minusvalía para muchas mujeres, por encima del cáncer y los accidentes de tráfico y que el 70% de las mujeres asesinadas en el mundo lo son a manos de sus parejas o ex parejas.

Quizás para muchos, resulte incómodo enfrentarse a esta verdad a través de la mirada del arte -asociado con frecuencia a las virtudes de lo bello y lo inocuo-, pero como vehículo de expresión y enunciado de inquietudes y empeños, muchos artistas -en su mayoría mujeres- siguen arriesgando en el campo de la performance y el body art para denunciar la discriminación sexual y los hilos que la cercan.

Comprometidos y valientes han sido los trabajos presentados en ARCO por varias mujeres de distintas generaciones y diferentes lenguajes artísticos que han propiciado, por un lado, las sátiras de la crítica mordaz, por considerarlos escandalosos y oportunistas y, de otro lado, han despertado la reflexión y la inquietud, entre visitantes y curiosos.
 


Regina Galindo
–Guatemala, 1974-, galardonada con el León de Oro en la categoría de artista joven, menor de treinta y cinco años, en la pasada edición de la Bienal de Venecia por su obra Cinismo, en la que filmó su propia himenoplastia -reconstrucción del himen-, para denunciar la situación de los países en los que la virginidad es un requisito para contraer matrimonio, nos sorprendía, con la propuesta presentada por Prometeo Gallery, Perra (2005), un video perturbador en el que la artista se autolesiona grabando con un afilado cuchillo la palabra “perra” en una de sus piernas. El hiperrealismo de las imágenes sin la distancia propia de la fotografía o la pintura no nos permite sustraernos del acto. Nos incluye en la secuencia haciéndonos partícipes de la acción; casi protagonistas.
 


En la misma línea ha trabajado Marina Abramovic –Belgrado, 1946- elegida mejor artista internacional viva de Arco 07 por la Asociación Española de Críticos de Arte. Abramovic nos atrapaba con el video Banging the skull (2005) de la serie Balkan Erotic Epic, basada en la investigación que la artista ha realizado sobre la cultura popular de los Balcanes y su entendimiento de lo erótico. Con ella, Abramovic ahonda en sus raíces acerca de los aspectos espirituales de la sexualidad. En un acto de autoflagelación -fenómeno estrechamente vinculado a la ascética cristiana-
la artista, aparecía ante el público, con el torso cubierto por su propio pelo y causándose gran tormento mediante una sucesión de azotes en el estómago con una calavera.

Desde que el abad benedictino Pedro Damián (1007-1072), difusor por excelencia de la práctica de la flagelación, reivindicase “la doma del cuerpo” para reprimir las tentaciones de los vicios y de los placeres de la carne y mantener a raya al diablo, las procesiones de flagelantes se convirtieron en un espectáculo habitual en España. Una práctica de piedad y mortificación que, en ocasiones, se realiza como trance placentero más que de arrepentimiento o conversión. De hecho, ya en el siglo XVIII aparecen los primeros libros sobre la flagelación como tratamiento de la impotencia y como expresión sexual.

Tanto la obra de Galindo como la de Abramovic, ahondan en las prácticas esenciales del ser humano de renuncia y humillación; en este caso, desde la perspectiva de la mujer que intenta expiar, así, todas sus culpas.
 


Trabajando desde la feminidad y como contrapunto a estos gestos de auto-ofensa, Noelia García Bandera –Málaga, 1974- presentaba en Arco, la  secuencia fotográfica Atando Cabos –adquirida a la Galería Alfredo Viñas para formar parte de la colección del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga-. Según nos cuenta la propia artista, “la serie tiene una lectura lineal para expresar las ataduras de la mujer actual en todos los ámbitos de la vida y la sociedad que le rodea. Desnuda ante un mundo injusto, la modelo, una mujer de mediana edad, lucha y se revela contra las oposiciones desatando sus propios cabos, sus propios lastres que la persiguen durante toda su vida... trabajo, famila, sexo... comenzando por la boca destapa la palabra...siguiendo por los ojos limpia su mirada... y como un éxtasis, llega a la fingida realidad que toda mujer desea.”
 


Finalmente, contamos con la presencia de Carmen Mariscal -Palo Alto, California, USA, 1968- en la Galeria Llucià Homs, espacio fundado en 1988 con un claro compromiso con los jóvenes creadores y un especial énfasis en la fotografía y la videocreación. Partiendo de su experiencia personal, la artista californiana construye un diario con imágenes que muestran la ligereza del cuerpo, su mutación, su fragilidad, su erosión y su desmaterialización. En palabras de Christine Frérot: “Carmen Mariscal habla del tiempo del cuerpo -físico, afectivo, espiritual, mental y cultural-, de su fugacidad -la insoportable ligereza- así como de su perennidad (…). El cuerpo en Carmen Mariscal es un cuerpo-pretexto, un cuerpo sugerido, algunas veces robado, pero un cuerpo vivo que expresa las profundidades del ser, sobretodo cuando está amenazado”.

Tras la traza inabarcable que supone pisar Arco, rastrear y comprender las singularidades y propósitos de estas cuatro figuras esenciales en el panorama artístico actual, supone un reto poderoso difícil de afrontar. Si me permiten, destacaré únicamente el que intuyo es su mayor potencial para todos –espectadores, críticos, coleccionistas, curiosos...-: su capacidad para desenterrar nuestras cabezas de la arena y mirar nuestro entorno desde una óptica más responsable y comprometida.

“Las mujeres continúan siendo víctimas de todas formas de violencia, en cada región, país, y cultura, sin considerar ingreso, clase, raza o etnia”.       Kofi Annan.

 

Ana Robles, 2007.

fotografías de Ana Robles por cortesía de ARCO - IFEMA,
Galería Alfredo Viñas (Málaga) y Galería Lluciá Homs.
Imágenes de Regina Galindo por cortesía de Prometeo Gallery (Milán).
Imágenes de Noelia García Bandera por cortesía de la propia artista y Galería Alfredo Viñas (Málaga).
Imágenes de Marina Abramovic por cortesía de La Fábrica Galería (Madrid).

www.alfredovinas.com
www.galerialluciahoms.es
www.prometeogallery.com
www.lafabricagaleria.com

 

 
 

 

damien hirst / cortesía de galería Hilario Galguera, México [www.galeriahilariogalguera.com]

 

 



Odio el deporte y todos sus derivados, me niego a practicarlo y más aún a verlo en televisión, esto me lo enseñó mi padre que en paz descanse, me enseñó lo que nunca se debe hacer, él mostraba el mismo interés por una competición olímpica que por una carrera de tractores en una aldea perdida de la alpujarra almeriense, ahora recuerdo muy a pesar mío, porque no he conseguido desterrarlo de mi memoria ni con hipnosis, que varado en el sofá, con la barriga trémula asomándole por encima del cinturón y una lata de cerveza refrescando sus santos genitales, él veía un partido de fútbol de la liga árabe y hacía como que remataba de cabeza cuando no veía los cuatrocientos metros lisos de un campeonato local y en el sprint final estiraba el cuello o efectuaba cualquier otro ademán y sacaba el pecho como un palomo buchón y alcanzaba el punto culminante cuando se le salían los ojos de las órbitas y acto seguido las manchas de sudor quedaban para la posteridad en nuestro tresillo de piel de gamuza como el mapa de una comarca con elevados índices de radiactividad, y es cuanto menos triste que me excite el mero hecho de evocar semejante instantánea y de nuevo me sorprendo denigrando de mi progenitor pero no me avergüenzo por ello y siento ahora cómo se tornan rígidos todos los músculos de mi cuerpo y me entra un miedo cerval cuando sospecho que de este síntoma al rigor mortis hay solamente un paso, lagarto lagarto, en definitiva aborrezco el ejercicio físico de cualquier tipo, hasta las mudanzas, las persecuciones y las compras del mes los sábados por la tarde en un centro comercial de las afueras merman mi salud, de pensarlo me quedo sin palabras y en un espejo ovalado me reconozco con la lengua fuera como el galgo que en el canódromo fracasa estrepitosamente, lo mío es más bien el ejercicio estático, extático, matemático, de ahí que sea contable en una importante consultoría, voceo entonces en un club de moda tan atronador como sombrío a un grupo de amigas que se ríen conmigo porque les divierten sobremanera mis anécdotas cuando por el acceso vip entra sin triunfalismo alguno el equipo de baloncesto femenino del barrio, agachadas todas para pasar bajo el quicio, ligeramente corcovadas y avergonzadas de su última derrota que por desgracia es la duodécima de la temporada, con la mirada torva y las extremidades tan largas y desvaídas como las de esas informes criaturas que según los expertos nos abducen pasada la medianoche y nos someten a atroces intervenciones quirúrgicas y aparecemos días después tirados en un prado, desnudos, rasurados y muertos de sed. Pero no está bien reírse de los demás y otra vez hago al ron máximo responsable de tanta impertinencia y de la pésima educación que me ha caracterizado siempre. Está de Dios o de su reverso tenebroso que en los días sucesivos surja como por arte de magia un improvisado verdugo y me pague con la misma moneda.

De repente abro los ojos y durante una fracción de segundo no reconozco nada: tras la ventana un paisaje insólito o la reata de ropa en el parqué o mi sillón ergonómico con trazas de potro de tortura o mis manos abrazadas a la therapy pillow como a la tabla de salvamento que ha de librarme cada madrugada de mis pesadillas. Cualquier mañana podría despertar y ser otra persona en otro lugar o en otro tiempo y apenas me inmutaría. Me duele la cabeza y los ojos por dentro cuando me asaltan recuerdos de la víspera tan reveladores como ingratos, aunque he aprendido ya a no arrepentirme de mi conducta en estado de embriaguez. De lunes a viernes trabajo duro en la oficina y en todo momento cumplo con mi director y lo que haga los fines de semana es sólo cosa mía y no concierne a nadie más que a mí. Es cierto que ayer permití que la joven de mayor estatura del local me besara en la cara, la pívot más anotadora y con más rebotes en su haber, y eso que estuve toda la noche burlándome de ella y del resto del equipo, incluido masajista y entrenador. El problema es que mis allegados me profesan una fe ciega y me ríen las gracias y esto hace que me crezca y esto hace a su vez que dilate las bromas hasta el hartazgo y que los demás sientan en su fuero interno que me propaso con ellos. Cualquiera con un mínimo de pensamiento crítico o de discurrir científico sentenciaría ahora que tengo alma de líder y que todos los que me rodean alardean de ser mis acólitos y matarían por besar donde piso. Tras permanecer largo rato con la mirada clavada en mi ombligo, debo hacer un poder y levantarme. Una, dos… Y tres. Mierda, qué daño, me he golpeado contra el techo. ¿Quién habrá sido el gracioso que ha bajado un metro las vigas para que en ellas me deje pegados los cuernos? Uy, qué mareo, me tambaleo, veo doble y tengo vértigo, de hoy no pasa ir a la clínica oftalmológica. Apenas acierto a calzarme las zapatillas porque están como fuera de mi alcance, o quizás no calculo bien las distancias. Tras unos segundos de cruento forcejeo, logro mi cometido pero no me caben los pies. Resuelvo que éstos han crecido durante el sueño tres números, aunque es más probable que mis pantuflas hayan encogido. Deben de ser de mala calidad, si mal no recuerdo las compré en un mercadillo. A la derecha yace el vestido de anoche con sus tirantas, lentejuelas y arrugas y, ahora que me fijo, se ve bien ridículo. Parece de una niña o, peor aún, de una muñeca. Es extraño, pero se diría que también ha encogido. O tal vez el piso está hoy un poco más lejos de mis ojos. Me siento como un tentetieso o un árbol sacudido por el vendaval porque apenas soy capaz de mantener el equilibrio. Por si fuera poco, no puedo mirar en línea recta porque mis ojos ascienden y ascienden y abajo van quedando los estantes con libros y los cuadros de las paredes de mi dormitorio y los estantes con libros y los cuadros de las paredes del dormitorio del vecino de arriba y los estantes con libros y los cuadros de las paredes del dormitorio abuhardillado del vecino del ático, cada vez con más cal en el pelo y sucediéndose los impactos y con más sangre en la frente y mayor la hinchazón, y las azoteas con sus calcetines y sus sábanas blancas al viento y las antenas parabólicas y los tendidos eléctricos y las golondrinas con ataque de pánico y las nubes bajas y a continuación las nubes altas y los aviones y los reactores militares y los satélites y los objetos voladores no identificados y el polvo cósmico y por último el astro rey y paradójicamente tengo cada vez más frío y hago lo imposible por desprenderme de la escarcha que como una cruel sanguijuela se ha adherido a mi piel y me duele como si fuese fuego.
 


No tardo demasiado en percatarme de que soy descomunal o que el barrio, la ciudad y el país donde habito se me han quedado pequeños y fantaseo con que por mis venas corre la estirpe de Gulliver. Debo de estar soñando. Si no, tengo un grave problema. ¡Los hombres y los edificios parecen tan vulnerables a mis pies! Pero en el planeta entero retumba una carcajada. Todas las especies animales y todas las razas han tomado las calles para mofarse de mí al unísono. Desde abajo dirigen hacia mí sus jubilosas miradas y sus dentaduras blancas. En estas latitudes el higrómetro suele marcar un cien por cien de humedad y la mayoría de las noches opto por comodidad por no ponerme bragas. ¿Por qué iba ayer a ser distinto? En un arranque por deshacer el entuerto y cubrir mis vergüenzas tiro con fuerza del camisón de raso y cruzo las piernas, pero resulta del todo inútil actuar a la desesperada y la pose que adopto no hace sino aumentar mi patetismo. Hace tres meses que no me depilo y mi ensortijado vello púbico desciende por la cara interna de mis muslos como una cascada infernal. En el centro neurálgico de mi ser guardo con recelo la cabeza de Medusa y a los ojos de los mortales el espectáculo de mi entrepierna es comparable por su magnitud a un eclipse solar. Con dificultad distingo los improperios que me profieren los súbditos mundanos, diminutas figurillas en el tablero de la corteza terrestre. Muchos no cejan en su empeño de alzar la voz docenas de decibelios para acusarme de exhibicionista y recriminarme ir de copas sin ropa interior. ¡Cómo extraño cuando yo era menuda y grácil y pasaba inadvertida entre mis congéneres y no constituía el fenómeno de la naturaleza o la atracción de circo que soy ahora! Vagamente recuerdo que la joven más alta del equipo de baloncesto me besó ayer en la cara, hecho que una y otra vez percute con saña mi memoria. ¿Acaso puede alguien besarte en la mejilla y a la vez hacerte un maleficio? Aún conservo en el cutis el rancio aroma del beso de Judas. He de habituarme a contemplar el mundo desde el cenit. ¡Cómo sobrellevar una vida de coloso, a vista de pájaro, consagrada a las alturas y los trabajos verticales! Éste es precisamente mi hechizo y la próxima vez, si es que hay una próxima vez, mediré mis palabras así como mi instinto mordaz con tal de no herir susceptibilidades. Si alguien tiene conocimiento de la existencia de un antídoto, que haga el favor de viajar a Houston, Texas, enrolarse en un transbordador espacial, armarse de un buen megáfono y gritarme al oído.
 

Nacho Albert, 2007.

El relato está inspirado en una fotografía del artista Thomas Struth,
 exhibida en el stand de la Galería Johnen + Schoettle (Munich) en ARCO 2007,
 reproducida aquí por cortesía de ARCO - Ifema y la propia galería.

www.johnen-schoettle.de
 

 
 

 

taylor mc kimens / cortesía de galería Perugi, Padua [www.perugiartecontemporanea.com]

 

 



Una edición menos ruidosa que de costumbre, abundante en obras políticamente correctas y más bien escasa en polémicas. Apenas llegaron a formar cierta bulla un cocodrilo de chicle y unas cabezas de vaca en formol, signo de que siempre nos podemos remover a gusto en la charca del lodo banal –vacío de argumentos, insustancial-. También agradecí que hubiese mucho menos video (¿quién tiene tiempo en una feria como esta?), y que no se entronizasen demasiado algunas ocurrencias transitorias, como viene siendo costumbre. Una mansedumbre extraña –por momentos sí que echaba en falta aquellos ocurrentes chillouts, el bocadillerío del populacho e incluso la humareda resultante de la inexistente prohibición de fumar no hace tanto- que me ha llevado a un inusual estado semiextático en esta convocatoria madrileña.

Ingredientes todos que me empujaron, principalmente, hacia la pintura. En la certeza que es de las cosas que permanecen –en los sitios donde fundamentalmente se venden cosas te preguntas cómo y por qué la gente suelta dinero por cosas claramente fungibles-, y de las cosas altamente necesarias (a pesar de los medios obsoletos) para un bienestar común.

Y arriesgo a caer en la trampa fácil del somnífero –los que hacemos de críticos podemos repetirnos en un complaciente onanismo, comparsa del arte, y dejar de un lado la tarea de revelar ideas y desentrañar-; y me doy por vencido. Pues me quedo con la pintura autónoma –pasmosa independencia la de aquellos creadores que no se subyugan a las manidas iconografías urbanitas y a la yuxtaposición en libre albedrío de códigos ininteligibles (cuanto más críptico mejor)-, la que de verdad se impone como atemporal, con un lenguaje propio.
 


Me satisface, por ejemplo, la política que tiene al respecto la Galería Heinrich Ehrdhardt (Madrid), exhibiendo entre sus paredes al novísimo Secundino Hernández –flamante primer premio en la generación 2007 de Caja Madrid-, en un alarde de pintura esencial –desposeída de estilo, inocente, levemente humorística-; también se cuelga allí el sutilísimo Imi Knoebel –es el silencio más delicado, el opuesto del ruido estético que ladra por los pasillos de ARCO-, algunas ventanas de metacrilato de Tobías Rehberger (quiero considerar pintura sin pintura, por su sentido composicional frontal y su espíritu cromático, a estas elegantes instalaciones que se han desvaído del rabioso color primigenio para tener más matices que nunca) y los fabulosos lienzos de Herbert Brandl. Este último, el más interesante sin duda de todos ellos, es tan grande como Turner y tan nuevo y prometedor como Richter, pero con una capacidad bastante más musical que el último para enfrentarse con una mirada limpia a la naturaleza. Viendo sus primeros planos de hierba fresca (verdes esmeralda de una pincelada gruesa y palpitante, en remedo de la vida misma), de los que encontramos también algún cuadro en la galería Elisabeth & Klaus Thoman (Innsbruck), nos topamos con un potente sentido de la abstracción desacomplejado de tópicos, valiente.
 


La galería Leyendecker (Santa Cruz de Tenerife), por su lado, se atreve con la pintura sensualísima de Peter Klare, fructuoso despliegue de gestualismos con un agudo sentido de la profundidad –se hace inconfundible su adscripción a la pintura última de la escuela alemana-. Igualmente voluptuoso –aunque con un ordenamiento interno que proporciona serenidad a un tiempo- es lo que encontramos del siempre brillante Juan Uslé (en la Galería Thomas Schulte, Berlín). Y en ese regusto por aglutinar una miríada de estratos cromáticos –la lucha de la pintura contra el tiempo- podemos avistar a Edouard Prulhiére y sus gravitaciones de papel recortado –permítaseme el simil con Chillida, a pesar del evidente barroquismo- suspendidas sobre el lienzo (en la Galería Les Filles du Calvaire, París y Bruselas). Tan cromático –muy veneciano que se diría-, pero con una semiabstracción que se nutre de nuevo del paisaje, sería el trabajo de Alfonso Albacete, por otra parte (Galería Miguel Marcos, Barcelona).
 


Y quizá en el reverso –con una no-figuración contundente y sobria- tendríamos al ya previsible Pedro Calapez (representado en una variada nómina de expositores) y los campos de color de Alberto Reguera (en la Galería Antonio Machón de Madrid) –que convierten sus pinturas en objetos pseudoescultóricos al concederles tal desarrollo volumétrico, ya en aluminio ya en lienzo-; una misma estela de contención, aunque mucho más lírica, encontraremos en los lienzos de Nico Munuera (Galería T20 de Murcia), que puede advertirnos de hasta qué punto pueden globalizarse determinadas tendencias pictóricas.
 

Pedro Alarcón, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de ARCO - Ifema,
 
Galería T20 (Murcia), Galería Elisabeth & Klaus Thoman (Innsbruck),
Galería Leyendecker (Santa Cruz de Tenerife) y Galería Les Filles du Calvaire, (París y Bruselas).

www.heinrichehrhardt.com
www.leyendecker.net
www.galeriethomasschulte.de
www.fillesducalvaire.com
www.miguelmarcos.com
www.antoniomachon.com
www.galeriat20.com
 

 
 
 www.lafresa.org  [todos los derechos reservados] info@lafresa.org