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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[ARCO 2007] |
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No quiero pecar de simplista ni de precipitado, pero a expensas de
reservarme un criterio más firme en función de las conclusiones que se
saquen después de los análisis, puedo decir sin miedo a equivocarme
que esta edición de ARCO es la mejor que yo he visto, que como
poco es decir que es la más convincente de los últimos diez años. De
antemano pensé que el cambio de directora no sería significativo
(sobre todo porque Lourdes Fernández ha sido muy discreta en los
comentarios previos y afirmaba con humildad que este iba a ser un año
de transición, sin movimientos bruscos, que el viraje relevante será
el curso próximo cuando cambien de ubicación.) No sé si estas buenas
impresiones se deben a su buen tino inicial o a la excelente coyuntura
del arte español actual (cosa que ya advirtió hace unos meses Samuel
Keller, director de Art Basel, diciendo que España era el más
floreciente mercado en este inicio del milenio), da igual, lo que sí
es evidente es que la economía nacional está más boyante que nunca y
eso repercute de manera significativa en el buen ánimo de artistas,
galeristas y coleccionistas que a fin de cuentas son los verdaderos
protagonistas de la fiesta.
Lo
importante es que sea por lo que sea, ARCO está esplendoroso,
refulgente. En los detalles y en las grandezas. Se ha mejorado mucho
en pormenores que hacen más llevadera la visita (hay más amplitud, los
espacios están mejor distribuidos, se ha excluido elementos disonantes
del programa que distraían más que aclaraban, se ha evitado la maleza
tonta y la farándula, las galerías han apostado por criterios
expositivos más limpios y ha bajado considerablemente la asistencia de
curiosos o estudiantes de relleno que entre despistados y aburridos
perturbaban más que veían).
De
lo que he podido digerir -los pabellones son tan grandes que es casi
imposible acapararlo todo-, puedo destacar de pasada y casi de memoria
un refilón de imágenes y sensaciones gratificantes. Las cajas de luz
de Alfredo Jaar, las inquietantes construcciones de Jacobo Castellano,
un cuadro inmenso y sobrio de Rubén Guerrero y otro irónico y procaz
de Paco Pomet, las últimas fotos García Alix, las
esculturas-instalaciones de Nam June Paik o las piezas de Rebecca Horn.
Además de las buenas vibraciones que me ha transmitido el recién
descubierto arte coreano (sólido, serio y bien encarrilado), he visto
mucha pintura, mucha fotografía, menos vídeo y pocas instalaciones,
señal que los formatos tangibles vuelven a acaparar cartel y que las
aguas vuelven a su cauce después de varios años de probanzas.
Arreciado por bandadas de imágenes que a modo de abejarucos risueños y
coloristas daban bandazos de un sitio para otro intentando seducir a
los visitantes, mis sentidos contracorriente se refugiaron en la
entereza del blanco y el negro. Para ser más exactos, en el blanco
níveo de Walter Martin and Paloma Muñoz y el negro cobalto de Mark
Dion. Cuando se trata de agudizar la percepción, de enfocar elementos
en un mar infinito de sensaciones, a veces lo más simple es lo más
llamativo. La negación de los cromatismos hace avanzar la mente por
caminos más serenos y menos transitados, por sendas más trascendentes
y menos llamativas.
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Las esculturas de Mark Dion
Entre la vorágine de elementos que inundaban la mirada del paseante,
me llamó la atención en el stand de la galería austriaca Georg
Kargl el conjunto de piezas escultóricas de Mark Dion. Las obras,
realizadas en plástico, imitaban con pulcritud y sencillez un bodegón
tradicional y diversos animales disecados. Su gran peculiaridad
residía en que estaban recubiertas de chapapote, que estaban
revestidas de una espesa capa negra de alquitrán que nos recordaba de
inmediato a las tragedias naturales de muchos lugares del mundo (no
hay más que traer a la memoria las escalofriantes imágenes de animales
empantanados en petróleo que pudieron verse con motivo del desastre
del Prestige en las costas gallegas). La hondura de su silencio
era una invitación punzante a la reflexión ecológica, una crítica
certera a la dejadez y el descuido medioambiental. Este artista
americano, que basa mucho de su trabajo en el cuestionamiento de los
sistemas apriorísticos de clasificación animal, en esa absurda
pretensión que tenemos los seres humanos por controlar y disponer de
un mundo que ni es nuestro ni es ordenable, es uno de esos creadores
empeñados en recordarnos constantemente la necesidad de volcar la
mirada hacia
la
Naturaleza,
en vivificar la conciencia verde de una sociedad cada vez menos
consciente y más desprotegida (más o menos igual que hacen Olafur
Eliasson o Simon Starling, artistas cuya discurso ecológico es
ejemplar y ejemplarizador).
En
los trabajos de los años noventa de Dion predomina la grotesca
(grotesca por extemporánea e hiperrealista) imitación de
catalogaciones en vitrinas al más puro estilo cientificista de los
museos decimonónicos de Historia Natural. Ni más ni menos que las
urnas con esqueletos de Damien Hirst que han podido verse en la
galería mexicana Hilario Galguera, cuyo concepto es el mismo pero más
irónico y menos aséptico. El raciocinio taxonómico auspiciado en el
siglo XVIII sustituye a las personales aglutinaciones de las
wunderkammers, los famosos gabinetes de curiosidades donde los
prohombres guardaban sin concierto ni rigor prodigios naturales y
excentricidades. Después del Siglo de las Luces los países
occidentales comienzan a madurar y a definirse respaldados por nuevos
órdenes políticos y un cientificismo sacramental. Esta necesidad de
control que tiene el hombre del mundo natural que le rodea y del suyo
propio, este sentido de las organizaciones jerárquicas que vertebran
las sociedades desarrolladas, se regulan por unos mecanismos de
intervención ideológica y política que nos estabulan y constriñen más
de lo que somos capaces de suponer.
Las
reflexiones que plantea el arte de Mark Dion nos advierten contra
estas dos maldades de nuestro mundo actual: por un lado nos quieren
hacer pensar sobre el excesivo dominio que las instituciones ejercen
sobre nosotros –estamos organizados como animales en sus rediles- ; y
por otro quiere encender la necesidad imperiosa de cultivar una moral
medioambiental verdadera, sin medianías ni poses.
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La serie White Out de Walter Martin & Paloma Muñoz
En la
otra cara de la moneda, venteados por un sentimiento lírico y gélido,
la pareja formada por Walter Martin & Paloma Muñoz ocupaba por
completo el stand de la neoyorquina galería P.P.O.W. con
su serie White Out, un conjunto de bolas de cristal con
escenificaciones invernales en su interior, esferas de vidrio rellenas
con copitos de corcho blanco que al ser agitadas simulaban una poética
nevada igual que esos baratos souvenirs navideños que tanto
gustan a los niños.
Al
verlos, inmediatamente me acordé de la enigmática escena inicial de
Ciudadano Kane, cuando recluido en Xanadu, en su lecho de muerte y
justo antes de expirar, mientras sostiene en su mano una de esas bolas
de cristal, el multimillonario Charles Foster Kane menciona la palabra
“Rosebud…” en su último aliento. En ese mismo momento hay dos
imágenes que superponen, un primer plano del interior de la esfera que
muestra una casa y una nevada copiosa que cae sobre ella. Al fallecer,
la bola se resbala de su palma, cae al suelo y se rompe en mil
pedazos. Esta misteriosa secuencia de apertura es la base sobre la que
girará la archiconocida película de Orson Welles, donde todo se sabe
sobre el magnate mediático menos una cosa ¿Qué quiere decir Rosebud?
¿Por qué la menciona segundos antes de morir? La búsqueda del
significado de este vocablo es el misterioso argumento que mantiene la
tensión del filme y que apenas se resuelve en los momentos postreros,
cuando la base de un trineo con esta palabra escrita deja entrever que
Rosebud no es algo explicable, sino algo indeterminado que tiene
que ver con la perdida de la inocencia y el anhelo de la ingenuidad.
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Pues eso es exactamente es lo que representan estas obras de Martin y
Muñoz, algo inenarrable que tiene que ver con la búsqueda de la
candidez, un giro hacia los valores que representan la niñez y la
naturalidad, la negación de la parte más capciosa de nuestro mundo de
adultos. Los interiores de estas bolas de cristal son como pequeñas
historias mínimas (al modo del surrealismo de las fotografías de Ciuco
Gutiérrez o los universos soñados que inventa Chema Lumbreras),
cuentos que fantasean sobre aventuras sin resolver de niños perdidos
en bosques, fábulas que nos hablan de adultos desorientados,
descontextualizados, urbanitas vestidos de chaqueta y corbata que
salen del trabajo y acaban deambulando despistados en un vacío
infinito y acaparador; habitantes de galaxias de ficción donde nada es
lo que parece y la existencia se condensa como si fuesen actos de una
obra de teatro. Situaciones inexplicables, imposibles, donde pequeños
seres huyen de su vida cotidiana en la gran metrópoli y son devorados
por el sublime poder de la Naturaleza (una Naturaleza romántica y
extensa como si hubiese sido pintada por Caspar David Friedrich o
William Turner.)
Las
imágenes de esta serie (suaves, vaporosas, limpias, sugerentes),
juegan con la profundidad de campo y con los tamaños en microespacios
cerrados igual que lo hace el arte de Olivo Barbieri con macroespacios
abiertos. Estas obras de Martin & Muñoz son narraciones contemporáneas
de liliputienses, escenas adimensionales donde el tiempo está atrapado
dentro de una pecera, pasajes de novelas por escribir en las que
exquisitos muñequitos de coleccionista sin rostro ni expresión –sin
pasado y sin futuro-, gesticulan y se comportan como personas reales
que van de un sitio para otro sin rumbo, desamparados, extraviados de
su propia identidad. Capítulos comenzados que transcurren en paisajes
blancos de orografía abrupta construidos con esquirlas de no-tiempo.
Terrenos yermos donde sobre árboles deshojados se colocan casas
(hogares-nido como la instalación Ventanas iluminadas que
tienen los hermanos Mp&Mp Rosado en el CAAC de Sevilla) y se yerguen
con tristeza baobás fantasmagóricos que han crecido a las espaldas de
principitos despistados.
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evan
penny / cortesía de
galería Trepanierbaer, Toronto [www.trepanierbaer.com] |
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“Los chinos son todos iguales”. ¿Quién no ha oído o incluso
pronunciado esta expresión alguna vez? En occidente tenemos un saco
muy grande, cuyo amo es el desconocimiento, donde se va metiendo todo
aquello que nos llega del lejano Oriente (oh, Oriente, exótico y
desconocido, lejano y misterioso). El arroz tres delicias, la seda de
importación, el judo, el karate y el kempo, el rollito primavera, el
sudoku, humor amarillo, pequeños artículos de cerámica con dragones y
mazmorras, kimonos, mesitas bajas y palillos para comer, jarrones
(algunos abominablemente feos), escrituras de signos que parecen
chalets adosados, de hasta tres y cuatro plantas. En fin, esto nunca
acabaría.
De una forma u otra, y por motivos de índoles
diversas, me atrevo a pensar que para muchos de nosotros, todos los
que tienen los ojos achinados, son chinos. Difícil tarea la de
diferenciar a un vietnamita de un coreano, a un camboyano de un
filipino, o a un mongol de un tailandés. Es cierto que China, gracias
a su esplendoroso desarrollo, ramificó sus raíces culturales hasta los
cimientos de muchos países de sus alrededores. No obstante, las
culturas de aquellos que tienen los ojos plegados son muchas y
diferentes.
Pues bien, auguro que el confundir se va a
acabar. Nuestros “chinos” vienen desplegándose por Europa con la
fuerza de un ciclón y con artillería pesada. Corea, el último titán
lejano en despertar y país que nos ocupa, se está formando una
identidad artística de tremenda personalidad y contemporaneidad.
Prueba de ello es la muestra multidisciplinar que han presentado en
esta reciente edición de ARCO, haciéndonos ver que su arte, lejos de
ser ñoño e incomprensible para la fracción occidental, está vivo y
tiene lenguajes comunes, lleno de ilusión e ideas, con el coraje
necesario y la frialdad suficiente para conseguir un puesto con nombre
propio.
Galerías con tres décadas de antigüedad (Gallery
Hyunday, Sun Gallery, Rho Gallery) o tan sólo con tres o cuatro años (Arario
Gallery, One and J. Gallery, Art Park). Artistas consolidados con una
larga trayectoria o jovencísimos veinteañeros emergentes. Pintura,
escultura, fotografía, instalación, video, collage, nuevas
tecnologías… todo de calidad y genuino. Se pone de manifiesto al
observar esta gran muestra que en el lejano oriente no llevan a las
espaldas la tradición de vanguardias históricas que tanto ha marcado
(para bien y para mal) a este lado de occidente. Expresiones frescas y
trabajos insólitos, un mundo por descubrir y muchos mensajes
comprometidos.
El coreano no quiere perder su tradición, pero
del mismo modo, no cierra los ojos al fenómeno globalizador que
irrumpe en sus ciudades con marcas, videojuegos, tendencias y demás.
Como si de una minipimer de primera se tratase, los artistas de Corea
meten en su vasito mezclador los valores tradicionales de sus raíces,
y los nuevos contenidos y medios que están a su alcance. Cuando todo
está bien batido, el resultado es un arte de temática comprometida o
simplemente divertida, presentado bajo unos formatos de gran belleza o
fuerte impacto.
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Un poco de todo esto hay en la propuesta de la Arario Gallery. El
joven Dongwook Lee, por ejemplo, ha presentado sus ya
conocidos humanoides pequeñitos, unos réplicas de otros, resbaladizos,
metidos en latas de conserva y con la misma distribución que tuvieran
unas cuantas sardinas dentro. Al verlo, uno no puede evitar sentirse
oprimido y seriado, grata sensación cuando alguien estimula nuestro
pensamiento crítico. Contrastan los trabajos de Yoonyoung Park
de sublime sutileza, quien con tinta y papel chino nos manda
directamente a echar un vistazo a los lares más recónditos de su
tierra y alma. Bellísimo biombo el que ha presentado en ARCO, con toda
una serie de signos caligráficos de los que se vale para contar sus
propios cuentos. Sin duda, la galería Arario es un centro que viene
pisando fuerte y cuyos artistas, a pesar de ser bastante jóvenes,
tienen muy buena calidad. Osang Gwon es el último representado
en esta edición de ARCO. Sus dos esculturas compuestas a base de
fotografías no dejan impasible y poseen una intrigante relación con la
cultura capitalista que ya conocen en Corea. Dos figuras; una de un
chico coreano de pie atrapado bajo el dominio de las costumbres
consumistas propias de occidente, cargado de marcas y bolsas de
tiendas caras. La otra, una chica coreana sentada sobre sus rodillas,
al estilo tradicional, emana gran serenidad y disciplina, contrastando
con su pareja de stand. Es un trabajo de gran paciencia, sin
inmediateces, a realizar con sosiego y aplicación, donde vemos
reflejadas las contradicciones internas del país.
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Paseando por los largos pasillos enmoquetados de la feria, y tras
haberme tomado un bocata después de esperar varias colas infernales,
me encontré cara a cara con un artista cuyo trabajo me enamoró sin
mediar palabra cuando lo descubrí. Yeondoo Jung ha participado
con dos padrinos de lujo: la Galería Espacio Mínimo, donde acaba de
clausurar una exposición, y con la Kukje Gallery, una de las más
potentes coreanas, que también ha participado con otro stand en el
programa general de la feria. Jung ha llevado a cabo un
proyecto de sueños y deseos, trasladándose por el mundo en busca de
dibujos hechos por niños a los que les pedía que imaginaran un futuro,
un momento feliz, una ilusión. Luego, con la ayuda de adolescentes, ha
tratado de recomponer los dibujos y los espacios bajo su propia
interpretación, creando un mundo de realidades indescifrables, donde
hay niñas que llevan huevos en la cabeza y muebles que levitan en las
estancias. La calidad compositiva de sus fotografías es innegable, y
el talante del proyecto, ambicioso en la recuperación de ese mundo
surrealista e ingenuo que todos tenemos antes de desarrollarnos, un
recordatorio a veces necesario.
El nivel de la fotografía asiática en general es
muy alto, tienen un algo especial, como si sus lentes estuvieran
rociadas de un ambiente intangible que se transmite directamente al
papel. La Gana Art Gallery ha llevado a uno de los maestros de este
arte, Bien-U Bae, que lleva a sus espaldas miles de fotografías
de bosques de pinos. Al amanecer, al atardecer, con niebla, sol…
enamorado de los dibujos que se forman entre los bosques de Gyeongju,
poseen sus fotos ese misterio sin resolver que impregna la belleza
desprovista de artificio. En blanco y negro o a color la carga poética
y evocadora es indisociable de todas ellas.
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Viven los creadores coreanos una situación muy peculiar que puede ser
un auténtico hervidero de terrenos por descubrir y de paradojas y
mezcolanzas imposibles. Por ejemplo, un buda de lentejuelas… ¿no
resulta algo blasfemo? Sang-Kyoon Noh lo tiene claro: todo
tiene que llevar lentejuelas. Jesús y Buda, los primeros. Para él son
un símbolo poderoso. También explorando, aunque en este caso en los
caminos de plasmación artística, encontramos al peculiar Bae
Joonsung. Su técnica de pintar sobre un plástico que a su vez está
colocado encima de una fotografía (por lo general son imágenes de la
historia del arte) hace que sus obras adquieran una perspectiva y
relieve de gran curiosidad. Su pintura hiper-realista aprovecha
cualquier frunce, plisado o pliegue en los tejidos para realzarlo con
telas de colores, que caen como cascadas y salen del cuadro
descaradamente. Otro trabajo impactante, que yo casi considero más una
obra de ingeniería de diseño que de arte innovador, son los mecanismos
creados por Uram Choe. Con la frialdad propia de las máquinas y
lo etéreo de los insectos habitadores del aire, a uno se le encoge un
poco el cuerpo pensando en posibles plagas futuras. Mencionar también
al conocido Yong Ho Ji, cuyos mutantes hechos con
retales de neumáticos sorprenden ya menos pero lo consolidan un
poquito más como un creador ambicioso. Por último, unas esculturas que
me dejaron horrorizada por la increíble expresividad de los rostros,
por el color gris del material que teñía las caras y cuerpos y
convertía a esos niños asiáticos en viejos entristecidos y maleados,
en víctimas de algo que no llegué siquiera a imaginar. Vi este trabajo
de Sung-Myung Chun tras mal beberme un café tirada en el suelo
(que por cierto, es curioso que con los treinta euros que vale la
entrada de ARCO no hayan tenido una previsión de áreas de descanso más
generosa) y después de muchas horas de peregrinación en IFEMA. A pesar
de estar algo saturada aún mi capacidad para el asombro no estaba del
todo colmada. Aquellos niños miraban muy fijamente pero no encontré el
punto hacia donde lo hacían, y me quedé pasmada, mirándolos a ellos,
buscando explicación a sus vidas. Después quedé aliviada, cuando
reconocí su condición de esculturas.
El arte coreano ya ha dejado de ser un
desconocido para muchos de nosotros y yo estoy segura que de aquí a
muy poquito distinguiremos a un coreano de un chino con toda claridad
(muchos de ustedes lo harán ya). Pero, no sólo eso, más allá de esta
broma de parecidos fisionómicos, su arte y sus culturas no nos darán
lugar a equívocos porque estaremos tan interesados en ellas, que no lo
permitiremos.
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Laura Acosta, 2007.
fotografías de Pedro
Alarcón y de Alejandro Martín por cortesía de ARCO - IFEMA,
Gallery Simon (Seúl) y Arario Gallery (Beijing, Seúl).
imágenes de Yeondoo Jung por cortesía de Galería Espacio Mínimo.
www.arariogallery.com
www.espaciominimo.com
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laurina
paperina / cortesía de
galería Perugi, Padua [www.perugiartecontemporanea.com] |
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¿Qué tendrán en común la monarquía y los artilugios mecánicos? Desde
la más remota antigüedad han sido fascinación de reyes y nobles los
sofisticados artefactos que ante la asombrada mirada de la Corte,
realizaban armoniosos movimientos y producían sonidos infernales.
Herón de Alejandría creaba magníficos autómatas allá por el siglo I
a.C. para deleite de Tolomeo Philadelfo, y todavía
en estos tiempos, concretamente durante la inauguración de ARCO 2007,
Su Majestad D. Juan Carlos I de España no pudo resistir la tentación
de esperarse los doce minutos que tardaba la silla robótica (“The
robotic Chair”) en hacer su performance, consistente en
desplomarse con gran estruendo y lentamente recomponerse.
Según una
primera interpretación de la pieza, es más que un “divertimento”,
representa una imagen metonímica del espíritu humano, pues la silla es
uno de los objetos más cercanos a nuestro cuerpo, reposo de nuestras
fatigas y amortiguador de nuestros desplomes, pero al mismo tiempo,
punto de arranque para incorporarnos y reconstituirnos. La obra no
sólo atrajo la real atención, también la de un numerosísimo público
expectante que se congregaba en todo momento a las puertas de la
galería, espectáculo sólo comparable al que se da, por ejemplo, en
algunas plazas europeas para ver desfilar los autómatas de algún viejo
carillón, como el de Praga, realizado por el ingenioso relojero
Hanusch, a fines del siglo XIV. Sin embargo, esta pieza contemporánea
y aparentemente sencilla ha contado con tres padres, Max
Dean y Matt Donovan, en
calidad de artistas y Raffaello D’Andrea
en el de técnico e ingeniero. Éste último por cierto, compite todos
los años en la “RoboCup”, un entretenido e instructivo campeonato de
fútbol en el que sus jugadores son primos de R2D2 y C3PO.
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Aún mayor impresión le causaron al monarca los extraños seres,
híbridos de insectos y plantas carnívoras, que ingeniosamente realiza
U-Ram Choe, casi la misma que al emperador Maximiliano I al ver
volar a su alrededor una mosca mecánica que había compuesto un tal
Regiomontanus .El artista coreano da vida, gracias a la inteligencia
artificial, a elegantes larvas y fatales orquídeas confeccionadas en
brillante acero, trabajado en muchos aspectos, al modo de orfebrería
oriental, de cargados arabescos y barrocos diseños. Dos obras suyas,
en distintas galerías, merecían la atención. En la Bitforms Gallery,
encapsulada en un futurista frasco de alquimista, se retorcía en su
líquido amniótico una singular especie, la “Anmorome Istiophorus
Platypterus Uram”, única en su género. Más interesante es la exótica
“Urbanus male larva”, en la Gallery IHN, que suspendida en el aire por
dos tirantes de acero, ejecutaba una danza, como una flor abre y
cierra sus pétalos. Así, a modo de corola, unas finas hojas caladas
envolvían una protuberancia inquietante, entre instrumental de
dentista y la boca del “alien” que creara H.R. Giger.
Otros artistas han
incorporado a su repertorio alguna que otra máquina autómata, con
bastante acierto, pero como parte de instalaciones u otras obras de
mayor envergadura.
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Nicola Constantino
siempre tan sugerente y mordaz, también presentaba este año dos
objetos del proyecto “Animal Motion Planet”; según su catálogo habría
que describirlas como
máquinas ortopédicas para animales nonatos.
Un extraño artefacto de brillante metal permitiría a la pobre bestia
moverse, como un exoesqueleto de alambres y poleas. La piel de
aquella, encapsulada en una maleta, espera como el cuerpo de Hank Solo
en “el Imperio contraataca”. La obra de la argentina se mueve, nunca
mejor dicho, entre la atracción y la repulsión.
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Per Barclay
se dedica fundamentalmente a sus instalaciones, habla de la naturaleza
y del espacio, pero lo aborda desde un punto de vista más conceptual,
buscando en la ciencia y en la tecnología una fuente inagotable de
posibilidades. Como en el caso anterior, otra aparente atracción de
feria llamaba la atención del visitante. Tres cráneos plateados
sostenidos por un trípode de metal a modo de atril parecían
comunicarse con ruidosos platillos que entrechocaban de tanto en
cuanto. Estos surgían de las vacías cuencas de los ojos y bocas. El
título de la obra resultaba muy evocador: “Conversation”. Estas
alegres calaveras nos podrían recordar a las Parcas mitológicas que
reían estrepitosamente mientras confabulan qué vida se iban a llevar,
o también nos llevarían a pensar en algo más prosaico, en tantas
“cabezas huecas” que tertulian en los platós de televisión con
recurrentes chascarrillos, haciendo las delicias de los espectadores.
Estos objetos-esculturas descontextualizados pueden resultar
equívocos, no lo dudo, y sujetos a interpretación variable, aunque su
atractivo no radica sólo en el significado.
Otros tantos se
podrían ir sumando a esta lista, pues no han sido pocos los que han
apostado por la mecánica y la tecnología. Así encontramos al italiano
Arcángelo Sassolino que realiza una intervención en distintos
espacios, en concreto en el suelo de la zona expositiva con una cabeza
de grúa de varios dientes con las que rompe y araña el pavimento de la
misma. Miguel Palma, gusta de instalaciones más complejas,
incluso aparatos de difícil clasificación, como el “Avión” que
sobrevolaba las cabezas de los visitantes a su galería.
Es curioso, pero a
pesar de estar en una época en la que ha habido tantos avances en
robótica e informática, estos conocimientos se aplican al campo
industrial y científico, en un primer término, al laboral en segundo,
y en el más placentero de los casos al deleite y al juego. ¿Son los
artistas reticentes a las nuevas tecnologías o es el mercado demasiado
conservador? Los autómatas como ya he mencionado, no son nada nuevo y
siempre se han considerado como obra de arte, pues representan la
armonía universal, es decir, el perfecto engranaje de un microcosmos
artificial; lo irreal y lo fantástico, pues supera con creces la
bidimensionalidad y traspasa la escultura al dotarla de movimiento.
Así como sorprende y embelesa, acostumbrados a ser el espectador el
que se desplaza hacia la obra y no viceversa.
Si el hombre es la
creación de un dios, la máquina es la creación del hombre.
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matías
sánchez / cortesía de
galería Begoña Malone, Madrid [www.bmalone.com] |
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“Cada 18 segundos una mujer es maltratada en algún lugar del mundo”.
Estadísticas de
violencia doméstica, 2006.
La
brutalidad sigue presente en estado puro aunque vivamos anestesiados
bajo el síndrome del “no me ha tocado a mí”. Aunque nuestro entorno
laboral no sea discriminatorio ni nuestros maridos nos consideren
simple mercancía o pertenencia perpetua, hay mujeres en el mismo
planeta que son castigadas con un odio y una intensidad impensables.
Mujeres ultrajadas bajo el sometimiento y el
derecho de propiedad de sus maltratadores. Lesiones, humillaciones,
mutilaciones, violaciones,
lapidaciones, maltratos psicológicos y asesinatos: una trágica
epidemia de violencia de género que arrasa la existencia de millones
de mujeres y niñas, destroza comunidades e impide el desarrollo en
todas las naciones.
Bajo el esperpéntico y trágico aullido de “mía o de nadie”
los informativos no dejan de enlutarse con nefastas noticias de
cruentos asesinatos. Es imposible permanecer impasible al conocer que
la violencia familiar es la primera causa de muerte y de minusvalía
para muchas mujeres, por encima del cáncer y los accidentes de tráfico
y que el 70% de las mujeres asesinadas en el mundo lo son a manos de
sus parejas o ex parejas.
Quizás para muchos, resulte incómodo enfrentarse a esta
verdad a través de la mirada del arte -asociado con frecuencia a las
virtudes de lo bello y lo inocuo-, pero como vehículo de expresión y
enunciado de inquietudes y empeños, muchos artistas -en su mayoría
mujeres- siguen arriesgando en el campo de la performance y el body
art para denunciar la discriminación sexual y los hilos que la cercan.
Comprometidos y valientes han sido los trabajos presentados
en ARCO por varias mujeres de distintas generaciones y diferentes
lenguajes artísticos que han propiciado, por un lado, las sátiras de
la crítica mordaz, por considerarlos escandalosos y oportunistas y, de
otro lado, han despertado la reflexión y la inquietud, entre
visitantes y curiosos.
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Regina Galindo
–Guatemala, 1974-, galardonada con el León de Oro en la categoría de
artista joven, menor de treinta y cinco años, en la pasada edición de
la Bienal de Venecia por su obra Cinismo, en la que filmó su
propia himenoplastia -reconstrucción del himen-, para denunciar la
situación de los países en los que la virginidad es un requisito para
contraer matrimonio, nos sorprendía, con la propuesta presentada por
Prometeo Gallery, Perra (2005), un video perturbador en el que
la artista se autolesiona grabando con un afilado cuchillo la palabra
“perra” en una de sus piernas. El hiperrealismo de las imágenes sin la
distancia propia de la fotografía o la pintura no nos permite
sustraernos del acto. Nos incluye en la secuencia haciéndonos
partícipes de la acción; casi protagonistas.
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En la misma línea ha trabajado Marina Abramovic –Belgrado,
1946- elegida mejor artista internacional viva de Arco 07 por
la Asociación Española de Críticos de Arte. Abramovic nos atrapaba con
el video Banging the skull (2005) de la serie Balkan Erotic
Epic, basada en la investigación que la artista ha realizado sobre
la cultura popular de los Balcanes y su entendimiento de lo erótico.
Con ella, Abramovic ahonda en sus raíces acerca de los aspectos
espirituales de la sexualidad. En un acto de autoflagelación -fenómeno
estrechamente vinculado a la ascética cristiana-
la artista, aparecía ante el público, con
el torso cubierto por su propio pelo y causándose gran tormento
mediante una sucesión de azotes en el estómago con una calavera.
Desde que el abad benedictino Pedro
Damián (1007-1072), difusor por excelencia de la práctica de la
flagelación, reivindicase “la doma del cuerpo” para reprimir las
tentaciones de los vicios y de los placeres de la carne y mantener a
raya al diablo, las procesiones de flagelantes se convirtieron en un
espectáculo habitual en España. Una práctica de piedad y mortificación
que, en ocasiones, se realiza como trance placentero más que de
arrepentimiento o conversión. De hecho, ya en el siglo XVIII aparecen
los primeros libros sobre la flagelación como tratamiento de la
impotencia y como expresión sexual.
Tanto la obra de
Galindo como la de Abramovic, ahondan en las prácticas esenciales del
ser humano de renuncia y humillación; en este caso, desde la
perspectiva de la mujer que intenta expiar, así, todas sus culpas.
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Trabajando desde la feminidad y como contrapunto a estos gestos de
auto-ofensa, Noelia García Bandera –Málaga, 1974- presentaba en
Arco, la secuencia fotográfica Atando Cabos –adquirida a la
Galería Alfredo Viñas para formar parte de la colección del Centro de
Arte Contemporáneo de Málaga-. Según nos cuenta la propia artista, “la
serie tiene una lectura lineal para expresar las ataduras de la mujer
actual en todos los ámbitos de la vida y la sociedad que le rodea.
Desnuda ante un mundo injusto, la modelo, una mujer de mediana edad,
lucha y se revela contra las oposiciones desatando sus propios cabos,
sus propios lastres que la persiguen durante toda su vida... trabajo,
famila, sexo... comenzando por la boca destapa la palabra...siguiendo
por los ojos limpia su mirada... y como un éxtasis, llega a la fingida
realidad que toda mujer desea.”
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Finalmente, contamos con la presencia de Carmen Mariscal -Palo
Alto, California, USA, 1968- en la Galeria Llucià Homs, espacio
fundado en 1988 con un claro compromiso con los jóvenes creadores y un
especial énfasis en la fotografía y la videocreación. Partiendo de su
experiencia personal, la artista californiana construye un diario con
imágenes que muestran la ligereza del cuerpo, su mutación, su
fragilidad, su erosión y su desmaterialización. En palabras de
Christine Frérot: “Carmen Mariscal habla del tiempo del cuerpo
-físico, afectivo, espiritual, mental y cultural-, de su fugacidad -la
insoportable ligereza- así como de su perennidad (…). El cuerpo en
Carmen Mariscal es un cuerpo-pretexto, un cuerpo sugerido, algunas
veces robado, pero un cuerpo vivo que expresa las profundidades del
ser, sobretodo cuando está amenazado”.
Tras la traza inabarcable que supone
pisar Arco, rastrear y comprender las singularidades y propósitos de
estas cuatro figuras esenciales en el panorama artístico actual,
supone un reto poderoso difícil de afrontar. Si me permiten, destacaré
únicamente el que intuyo es su mayor potencial para todos
–espectadores, críticos, coleccionistas, curiosos...-: su capacidad
para desenterrar nuestras cabezas de la arena y mirar nuestro entorno
desde una óptica más responsable y comprometida.
“Las mujeres continúan siendo víctimas de todas formas de
violencia, en cada región, país, y cultura, sin considerar ingreso,
clase, raza o etnia”. Kofi
Annan.
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Ana Robles, 2007.
fotografías de
Ana Robles por cortesía de ARCO - IFEMA,
Galería Alfredo Viñas (Málaga) y Galería Lluciá Homs.
Imágenes de Regina Galindo por cortesía de Prometeo Gallery (Milán).
Imágenes de Noelia García Bandera por cortesía de la propia artista y
Galería Alfredo Viñas (Málaga).
Imágenes de Marina Abramovic por cortesía de La Fábrica Galería (Madrid).
www.alfredovinas.com
www.galerialluciahoms.es
www.prometeogallery.com
www.lafabricagaleria.com
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damien
hirst / cortesía de
galería Hilario Galguera, México [www.galeriahilariogalguera.com] |
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Odio el deporte y todos sus derivados, me niego a practicarlo y más
aún a verlo en televisión, esto me lo enseñó mi padre que en paz
descanse, me enseñó lo que nunca se debe hacer, él mostraba el mismo
interés por una competición olímpica que por una carrera de tractores
en una aldea perdida de la alpujarra almeriense, ahora recuerdo muy a
pesar mío, porque no he conseguido desterrarlo de mi memoria ni con
hipnosis, que varado en el sofá, con la barriga trémula asomándole por
encima del cinturón y una lata de cerveza refrescando sus santos
genitales, él veía un partido de fútbol de la liga árabe y hacía como
que remataba de cabeza cuando no veía los cuatrocientos metros lisos
de un campeonato local y en el sprint final estiraba el cuello o
efectuaba cualquier otro ademán y sacaba el pecho como un palomo
buchón y alcanzaba el punto culminante cuando se le salían los ojos de
las órbitas y acto seguido las manchas de sudor quedaban para la
posteridad en nuestro tresillo de piel de gamuza como el mapa de una
comarca con elevados índices de radiactividad, y es cuanto menos
triste que me excite el mero hecho de evocar semejante instantánea y
de nuevo me sorprendo denigrando de mi progenitor pero no me
avergüenzo por ello y siento ahora cómo se tornan rígidos todos los
músculos de mi cuerpo y me entra un miedo cerval cuando sospecho que
de este síntoma al rigor mortis hay solamente un paso, lagarto
lagarto, en definitiva aborrezco el ejercicio físico de cualquier
tipo, hasta las mudanzas, las persecuciones y las compras del mes los
sábados por la tarde en un centro comercial de las afueras merman mi
salud, de pensarlo me quedo sin palabras y en un espejo ovalado me
reconozco con la lengua fuera como el galgo que en el canódromo
fracasa estrepitosamente, lo mío es más bien el ejercicio estático,
extático, matemático, de ahí que sea contable en una importante
consultoría, voceo entonces en un club de moda tan atronador como
sombrío a un grupo de amigas que se ríen conmigo porque les divierten
sobremanera mis anécdotas cuando por el acceso vip entra sin
triunfalismo alguno el equipo de baloncesto femenino del barrio,
agachadas todas para pasar bajo el quicio, ligeramente corcovadas y
avergonzadas de su última derrota que por desgracia es la duodécima de
la temporada, con la mirada torva y las extremidades tan largas y
desvaídas como las de esas informes criaturas que según los expertos
nos abducen pasada la medianoche y nos someten a atroces
intervenciones quirúrgicas y aparecemos días después tirados en un
prado, desnudos, rasurados y muertos de sed. Pero no está bien reírse
de los demás y otra vez hago al ron máximo responsable de tanta
impertinencia y de la pésima educación que me ha caracterizado
siempre. Está de Dios o de su reverso tenebroso que en los días
sucesivos surja como por arte de magia un improvisado verdugo y me
pague con la misma moneda.
De
repente abro los ojos y durante una fracción de segundo no reconozco
nada: tras la ventana un paisaje insólito o la reata de ropa en el
parqué o mi sillón ergonómico con trazas de potro de tortura o mis
manos abrazadas a la therapy pillow como a la tabla de salvamento que
ha de librarme cada madrugada de mis pesadillas. Cualquier mañana
podría despertar y ser otra persona en otro lugar o en otro tiempo y
apenas me inmutaría. Me duele la cabeza y los ojos por dentro cuando
me asaltan recuerdos de la víspera tan reveladores como ingratos,
aunque he aprendido ya a no arrepentirme de mi conducta en estado de
embriaguez. De lunes a viernes trabajo duro en la oficina y en todo
momento cumplo con mi director y lo que haga los fines de semana es
sólo cosa mía y no concierne a nadie más que a mí. Es cierto que ayer
permití que la joven de mayor estatura del local me besara en la cara,
la pívot más anotadora y con más rebotes en su haber, y eso que estuve
toda la noche burlándome de ella y del resto del equipo, incluido
masajista y entrenador. El problema es que mis allegados me profesan
una fe ciega y me ríen las gracias y esto hace que me crezca y esto
hace a su vez que dilate las bromas hasta el hartazgo y que los demás
sientan en su fuero interno que me propaso con ellos. Cualquiera con
un mínimo de pensamiento crítico o de discurrir científico
sentenciaría ahora que tengo alma de líder y que todos los que me
rodean alardean de ser mis acólitos y matarían por besar donde piso.
Tras permanecer largo rato con la mirada clavada en mi ombligo, debo
hacer un poder y levantarme. Una, dos… Y tres. Mierda, qué daño, me he
golpeado contra el techo. ¿Quién habrá sido el gracioso que ha bajado
un metro las vigas para que en ellas me deje pegados los cuernos? Uy,
qué mareo, me tambaleo, veo doble y tengo vértigo, de hoy no pasa ir a
la clínica oftalmológica. Apenas acierto a calzarme las zapatillas
porque están como fuera de mi alcance, o quizás no calculo bien las
distancias. Tras unos segundos de cruento forcejeo, logro mi cometido
pero no me caben los pies. Resuelvo que éstos han crecido durante el
sueño tres números, aunque es más probable que mis pantuflas hayan
encogido. Deben de ser de mala calidad, si mal no recuerdo las compré
en un mercadillo. A la derecha yace el vestido de anoche con sus
tirantas, lentejuelas y arrugas y, ahora que me fijo, se ve bien
ridículo. Parece de una niña o, peor aún, de una muñeca. Es extraño,
pero se diría que también ha encogido. O tal vez el piso está hoy un
poco más lejos de mis ojos. Me siento como un tentetieso o un árbol
sacudido por el vendaval porque apenas soy capaz de mantener el
equilibrio. Por si fuera poco, no puedo mirar en línea recta porque
mis ojos ascienden y ascienden y abajo van quedando los estantes con
libros y los cuadros de las paredes de mi dormitorio y los estantes
con libros y los cuadros de las paredes del dormitorio del vecino de
arriba y los estantes con libros y los cuadros de las paredes del
dormitorio abuhardillado del vecino del ático, cada vez con más cal en
el pelo y sucediéndose los impactos y con más sangre en la frente y
mayor la hinchazón, y las azoteas con sus calcetines y sus sábanas
blancas al viento y las antenas parabólicas y los tendidos eléctricos
y las golondrinas con ataque de pánico y las nubes bajas y a
continuación las nubes altas y los aviones y los reactores militares y
los satélites y los objetos voladores no identificados y el polvo
cósmico y por último el astro rey y paradójicamente tengo cada vez más
frío y hago lo imposible por desprenderme de la escarcha que como una
cruel sanguijuela se ha adherido a mi piel y me duele como si fuese
fuego.
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No tardo demasiado en percatarme de que soy descomunal o que el
barrio, la ciudad y el país donde habito se me han quedado pequeños y
fantaseo con que por mis venas corre la estirpe de Gulliver. Debo de
estar soñando. Si no, tengo un grave problema. ¡Los hombres y los
edificios parecen tan vulnerables a mis pies! Pero en el planeta
entero retumba una carcajada. Todas las especies animales y todas las
razas han tomado las calles para mofarse de mí al unísono. Desde abajo
dirigen hacia mí sus jubilosas miradas y sus dentaduras blancas. En
estas latitudes el higrómetro suele marcar un cien por cien de humedad
y la mayoría de las noches opto por comodidad por no ponerme bragas.
¿Por qué iba ayer a ser distinto? En un arranque por deshacer el
entuerto y cubrir mis vergüenzas tiro con fuerza del camisón de raso y
cruzo las piernas, pero resulta del todo inútil actuar a la
desesperada y la pose que adopto no hace sino aumentar mi patetismo.
Hace tres meses que no me depilo y mi ensortijado vello púbico
desciende por la cara interna de mis muslos como una cascada infernal.
En el centro neurálgico de mi ser guardo con recelo la cabeza de
Medusa y a los ojos de los mortales el espectáculo de mi entrepierna
es comparable por su magnitud a un eclipse solar. Con dificultad
distingo los improperios que me profieren los súbditos mundanos,
diminutas figurillas en el tablero de la corteza terrestre. Muchos no
cejan en su empeño de alzar la voz docenas de decibelios para acusarme
de exhibicionista y recriminarme ir de copas sin ropa interior. ¡Cómo
extraño cuando yo era menuda y grácil y pasaba inadvertida entre mis
congéneres y no constituía el fenómeno de la naturaleza o la atracción
de circo que soy ahora! Vagamente recuerdo que la joven más alta del
equipo de baloncesto me besó ayer en la cara, hecho que una y otra vez
percute con saña mi memoria. ¿Acaso puede alguien besarte en la
mejilla y a la vez hacerte un maleficio? Aún conservo en el cutis el
rancio aroma del beso de Judas. He de habituarme a contemplar el mundo
desde el cenit. ¡Cómo sobrellevar una vida de coloso, a vista de
pájaro, consagrada a las alturas y los trabajos verticales! Éste es
precisamente mi hechizo y la próxima vez, si es que hay una próxima
vez, mediré mis palabras así como mi instinto mordaz con tal de no
herir susceptibilidades. Si alguien tiene conocimiento de la
existencia de un antídoto, que haga el favor de viajar a Houston,
Texas, enrolarse en un transbordador espacial, armarse de un buen
megáfono y gritarme al oído.
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Nacho Albert,
2007.
El relato está inspirado en una fotografía del artista Thomas Struth,
exhibida en el stand de la Galería Johnen + Schoettle (Munich) en ARCO
2007,
reproducida aquí por cortesía de ARCO - Ifema y la propia galería.
www.johnen-schoettle.de
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taylor
mc kimens / cortesía de
galería Perugi, Padua [www.perugiartecontemporanea.com] |
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Una edición menos ruidosa que de costumbre, abundante en obras
políticamente correctas y más bien escasa en polémicas. Apenas
llegaron a formar cierta bulla un cocodrilo de chicle y unas cabezas
de vaca en formol, signo de que siempre nos podemos remover a gusto en
la charca del lodo banal –vacío de argumentos, insustancial-. También
agradecí que hubiese mucho menos video (¿quién tiene tiempo en una
feria como esta?), y que no se entronizasen demasiado algunas
ocurrencias transitorias, como viene siendo costumbre. Una mansedumbre
extraña –por momentos sí que echaba en falta aquellos ocurrentes
chillouts, el bocadillerío del populacho e incluso la humareda
resultante de la inexistente prohibición de fumar no hace tanto- que
me ha llevado a un inusual estado semiextático en esta convocatoria
madrileña.
Ingredientes todos que me
empujaron, principalmente, hacia la pintura. En la certeza que es de
las cosas que permanecen –en los sitios donde fundamentalmente se
venden cosas te preguntas cómo y por qué la gente suelta dinero por
cosas claramente fungibles-, y de las cosas altamente necesarias (a
pesar de los medios obsoletos) para un bienestar común.
Y arriesgo a caer en la
trampa fácil del somnífero –los que hacemos de críticos podemos
repetirnos en un complaciente onanismo, comparsa del arte, y dejar de
un lado la tarea de revelar ideas y desentrañar-; y me doy por
vencido. Pues me quedo con la pintura autónoma –pasmosa independencia
la de aquellos creadores que no se subyugan a las manidas iconografías
urbanitas y a la yuxtaposición en libre albedrío de códigos
ininteligibles (cuanto más críptico mejor)-, la que de verdad se
impone como atemporal, con un lenguaje propio.
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Me satisface, por ejemplo, la política que tiene al respecto la
Galería Heinrich Ehrdhardt (Madrid), exhibiendo entre sus paredes al
novísimo Secundino Hernández –flamante primer premio en la
generación 2007 de Caja Madrid-, en un alarde de pintura esencial
–desposeída de estilo, inocente, levemente humorística-; también se
cuelga allí el sutilísimo Imi Knoebel –es el silencio más
delicado, el opuesto del ruido estético que ladra por los pasillos de
ARCO-, algunas ventanas de metacrilato de Tobías Rehberger
(quiero considerar pintura sin pintura, por su sentido composicional
frontal y su espíritu cromático, a estas elegantes instalaciones que
se han desvaído del rabioso color primigenio para tener más matices
que nunca) y los fabulosos lienzos de Herbert Brandl. Este
último, el más interesante sin duda de todos ellos, es tan grande como
Turner y tan nuevo y prometedor como Richter, pero con una capacidad
bastante más musical que el último para enfrentarse con una mirada
limpia a la naturaleza. Viendo sus primeros planos de hierba fresca
(verdes esmeralda de una pincelada gruesa y palpitante, en remedo de
la vida misma), de los que encontramos también algún cuadro en la
galería Elisabeth & Klaus Thoman (Innsbruck), nos topamos con un
potente sentido de la abstracción desacomplejado de tópicos, valiente.
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La galería Leyendecker (Santa Cruz de Tenerife), por su lado, se
atreve con la pintura sensualísima de Peter Klare, fructuoso
despliegue de gestualismos con un agudo sentido de la profundidad –se
hace inconfundible su adscripción a la pintura última de la escuela
alemana-. Igualmente voluptuoso –aunque con un ordenamiento interno
que proporciona serenidad a un tiempo- es lo que encontramos del
siempre brillante Juan Uslé (en la Galería Thomas Schulte,
Berlín). Y en ese regusto por aglutinar una miríada de estratos
cromáticos –la lucha de la pintura contra el tiempo- podemos avistar a
Edouard Prulhiére y sus gravitaciones de papel recortado
–permítaseme el simil con Chillida, a pesar del evidente barroquismo-
suspendidas sobre el lienzo (en la Galería Les Filles du Calvaire,
París y Bruselas). Tan cromático –muy veneciano que se diría-,
pero con una semiabstracción que se nutre de nuevo del paisaje, sería
el trabajo de Alfonso Albacete, por otra parte (Galería Miguel
Marcos, Barcelona).
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Y quizá en el reverso –con una no-figuración contundente y
sobria- tendríamos al ya previsible Pedro Calapez (representado
en una variada nómina de expositores) y los campos de color de
Alberto Reguera (en la Galería Antonio Machón de Madrid) –que
convierten sus pinturas en objetos pseudoescultóricos al concederles
tal desarrollo volumétrico, ya en aluminio ya en lienzo-; una misma
estela de contención, aunque mucho más lírica, encontraremos en los
lienzos de Nico Munuera (Galería T20 de Murcia), que puede
advertirnos de hasta qué punto pueden globalizarse determinadas
tendencias pictóricas.
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