lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [ESTHER / la búsqueda del yo]  

 



Todos nos buscamos. Intentamos, de una y mil maneras, entender por qué un día reaccionamos de forma opuesta a como dictamina el manual de buenos modales, que nos regalaron en la infancia; comprender por qué emprendemos el camino más largo cuando otros siguen el corto; deducir en qué momento y por qué extraña conjunción, nos enamoramos hasta no poder más o cuando fue la última vez que nos emborrachamos, sin morir de cansancio al día siguiente.

He escuchado mil veces los beneficios sanadores del arte para el desarrollo personal, las virtudes espirituales que aportan algunas obras y que proporcionalmente aprovechan determinados artistas para difundir un arte zen que, la mayoría de las veces, no constituye más que un reclamo para vender moda -discrepo acerca de las nuevas tendencias que confunden la falta de recursos con la filosofía zen-.

No creo en la existencia de un arte específicamente terapeuta, como tampoco lo hago en las facultades especiales que requiere la apreciación del mismo.

Sin embargo, confieso que en determinadas circunstancias, hay obras –no necesariamente las más llamativas o famosas- que me han hecho prescindir del título y el autor, que me han pedido sigilosamente olvidar mi condición de historiadora y permanecer más tiempo navegándolas; como si una hipnótica corriente las conectase a mis ojos. Algo parecido a un flechazo de amor o a un virus paralizante del sistema nervioso que, durante el lapso impreciso que dura la conexión, acordona mi cuerpo y me distancia de lo que me rodea, desatendiendo penosamente cualquier estímulo externo del tipo: “¡Ana!, ¿me estás escuchando?” o “¡Ana! ¿estás aquí? o “Disculpe, señora, no se puede acercar tanto a la obra”...

Esta privación consciente –molestísima para mi acompañante o el personal de sala en cuestión, y deliciosa para mi regocijo interno- me reconduce, en un efecto de viaje de ida y vuelta, hacia lo que podríamos llamar mi “yo” profundo,  o sea, esa parte misteriosa en off que habitualmente aparece en los libros de Bucay o en Mente Sana y que -para quien haya visto el documental El gran silencio- podría aproximarse al mutismo contemplativo de la vida monacal de los cartujos de Grenoble –Francia-.

Un silencio que penetra en mi mente, atravesando con precisión quirúrgica el cerebro y haciéndolo más flexible, más blandito –como diría Esther, mi profesora de yoga- ; predispuesto a llenarse de colores y formas, de detalles diminutos, de recursos para olvidar tensiones ficticias. 

Esas obras son algo así como el superglue de mis fracturas o el último capítulo de la Sombra
del viento; por eso, cuando colonizo una obra que me remueve, trato de mimarla y contenerla, tanto como puedo.

En mi particular búsqueda del yo a través del arte, Esther conforma una gran guía. A través de las meditaciones que nos propone semanalmente, despierto la intuición, atiendo a los sentidos e intento minimizar tragedias e inundar de alegría cualquier proyecto que emprendo.

Luego, en casa -y esto ya es cosecha propia- reanudo el trabajo iniciado mediante la asociación de la meditación propuesta y una selección de fotografías que, el pasado año, María Mallén e Isidoro Coloma, realizaron en sendos viajes a las dunas de Merzouga,  Erg Chebbi y la ruta que lleva hacia Tinerhir –Marruecos-; enfoques singulares que me ayudan a desentrañar cada reflexión visualizando un paisaje.

Las meditaciones requieren de un alto grado de concentración y disciplina para no perder detalle. Trabajarlas con imágenes, facilita la concreción de ideas dispersas.
 


Primera meditación: yo elijo.

“Que todo lo que hagas y sientas sea verdadero, amable y necesario”. Esther

El paisaje de huellas dibujadas por la oscilación de los camellos y la viveza de los vehículos todoterreno, reafirma la consistencia del propósito. Somos el camino que andamos y la forma en la que avanzamos. Nuestro rumbo no se marca al azar; es el fruto de la marcha contrariada, del caminar seguro, de las prisas, la calma, los pasos en falso, los regresos y los avances.
 


Segunda meditación: el valor de lo hermoso.

“Lo malo siempre nos ronda la cabeza, lo bueno, pasa desapercibido.  Dediquemos un minuto al día, para pensar en lo hermoso y positivo que nos da la vida”. Esther

La belleza en forma de oasis para nutrir el desierto. Una secuencia en tres planos con predominio de la horizontalidad, sinónimo de calma. Al fondo, sobre una provisional laguna depositaria de la lluvia estacional, montañas doradas cubiertas de un paisaje irreal de sombras que delinean sutilmente sus contornos.
 


Tercera meditación: nada es tan malo.

“Cerremos los ojos y pensemos en lo primero desagradable que llegue a nuestra mente; tras unos instantes, pensemos en algo positivo. Finalmente, regresemos al pensamiento negativo”. Esther

Al realizar esta meditación, curiosamente, el pensamiento negativo se ralentiza y pierde fuerza; no nos parece tan maléfico. Y se cansó de esperar, podría configurar la metáfora del amante que se enreda en laberintos insalvables esperando un amor que nunca regresa, hasta que un día, resuelve que hay que retomar el camino, aunque sea en solitario. La imagen sintetiza la conversión del pensamiento negativo en posibilidad, en comienzo.
 


Cuarta meditación: regalo de Navidad.

“En Navidad es bueno resolver asignaturas pendientes. ¿Cómo sabemos que algo que nos ha hecho daño ha dejado de doler? Si al pensar en ello no lloramos o sentimos pequeñas punzadas en el estómago y el corazón,  está resuelto, si no es así, intentemos resolverlo, de la mejor forma posible”. Esther

La tierra quebrada y sedienta bajo el sol implacable. La tierra herida,  divisa del corazón lastimado, del alma reseca de aversión vana. Un corazón agrietado no ama en libertad.
 


Quinta meditación: respiremos

“Tomemos conciencia de nuestra respiración al inhalar y exhalar, para disociar ambas acciones.
Nuestra respiración es lo más importante. Lo primero al nacer y lo último, al marcharnos.
El aire está lleno de iones positivos y negativos; simple polaridad. Los espacios limpios están cargados de iones negativos que nos purifican; los contaminados están plenos de iones positivos que dificultan nuestra respiración.
Tengamos presentes dónde respiramos, cómo respiramos.
Una respiración pausada es sinónimo de calma y armonía." Esther

Así como el viento transforma las dunas dibujando en la arena en armónicas composiciones, el aire que exhalamos y la cadencia de nuestra respiración, modifica nuestro ritmo vital.  
 


Sexta meditación: amor para el que no ama.

“Pensemos en alguien huraño, estresado y sin alegría. Una vez visualizado, imaginémoslo enamorado. ¿Cómo suponemos  esa transformación?". Esther. 

Un enigmático personaje encapuchado aparece de espaldas al espectador observando la luna.  Su luz apenas ilumina el contorno de la figura proporcionando un aura lúgubre a la escena. Con amor, todo cambiaría.
 


Séptima meditación: elevación.

“Cerremos los ojos y sintamos mansamente como nuestro cuerpo se eleva cada vez más alto. Nos dirigimos hacia una poderosa luz que nos llena de energía e ímpetu. Al regresar, tratamos de conservar  la fuerza que la irradiación nos proporciona”. Esther

La poderosa fosforescencia de la luna llena, mordisqueada por un tropel de nubes mustias, prevalece sobre el aura sombría de la noche; turbadora metáfora de la fuerza de la luz y la voluntad humana.

En la misteriosa búsqueda del yo, que todos emprendemos, Esther me ha enseñado a mover ficha, a elegir mi destino, a disfrutar de lo que hago, con pasión y una sonrisa ancha de hombros. Sobre todo, a escuchar mis silencios en esas –tantas- obras de arte que me cautivan, sin saber por qué.
 

Ana Robles, 2007.

fotografías cedidas por los propios artistas.
 

 
 

 

[espejos] benjamín alcántara [www.via69.com.mx]

 

 



EXPOSICIÓN Proceso de trabajo, Pablo Palazuelo. Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.
Hasta 18/02/2007.


Lo auténtico en un artista no es tanto su obra, quiero decir cada una de ellas –descontextualizada-, sino el proceso de trabajo, el camino. Hay artistas que buscan, y otros que decían no buscar sino directamente encontrar; la búsqueda puede ser territorio hostil, plagado de dudas (¿estar en sintonía con el momento, ser fiel a los preceptos personales, tener un estilo, estar diciendo la verdad?), unas más interesadas que otras, y el hallazgo del tesoro interior se constituye en respuesta que define por sí sola cada preocupación.
 


Eso tiene Pablo Palazuelo de magnánimo en su silente actitud espiritual –esos extraños intereses simbólicos hacia la Cábala y la numerología que le han valido un cierto ninguneo por una crítica internacional que prefiere basarse en otras clasificaciones mucho más matéricas o de estilo-. Creador longevo y fuerte, de preceptos también científicos –matemáticos, físicos-, que descubre –no inventa, y aquí el posible quid del incomprensible desprecio- formas para una abstracción racional e idealista. El recorrido de la gran antológica que le ha dedicado el MACBA barcelonés posee la innegable cualidad de todo recorrido bien construido –huyendo de escenográficos discursos narrativos, dejando que la obra sola conduzca al entendido y al primerizo por un periplo lógico-. Se aúnan a un tiempo intimidad y sublimidad, atemporalidad y concreción, liviandad y robustez –polos complementarios-, en un exquisito equilibrio.
 

Pedro Alarcón, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de MACBA.

www.macba.es
 

 
 

 

[oh chueca!] maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir]

 

 



EXPOSICIÓN
Sculpture by the way, Claes Oldenburg / Coosje van Bruggen. Fundación Miró.
23/03/07-03/06/07.
EXPOSICIÓN Ron Mueck. Brooklyn Museum. Hasta 04/02/07.
Anish Kapoor en Asia Pacific Triennial of Contemporary Art. Hasta 27/05/07.


El arte, como yo lo entiendo, es un camino inevitable para muchos seres (y eludo conscientemente el término “artistas”). Un recorrido individual y silencioso, una manera indómita de posicionarse inequívocamente frente al yo, frente a la búsqueda del sentido de unas inquietudes, las propias. El arte es una actitud, una pose transparente que ansía conscientemente filtrarse desde el yo hasta el nosotros, arrastrando la sensibilidad  ineluctable hacia la lucha interna de personalidad que pugna, y que sólo unas pocas veces sale victoriosa y conclusa. El ser lucha consigo mismo a lo largo de toda su vida, tratando de encontrar su camino, su destino. Podría ser algo así como “lucho, peleo, pugno… luego existo”. Cualquier camino sincero que escojamos implica necesariamente la búsqueda de nuestro yo. En el arte, esta búsqueda es exhibición pura y los resultados se convierten en bienes del dominio público, valorados, criticados y juzgados. Por eso, el arte, como yo lo entiendo, es una elección valiente y siempre arriesgada, que irrefutablemente debe aportar grandezas a la sensibilidad de las personas.

Siempre pensé que el expresionismo ayudó al artista en esta tarea de rechazar personalidades artificiosas y seguir por la senda que dictan los impulsos intuitivos. Quizás fuera este movimiento un torbellino de color y de formas, de trazos violentos y de action paintings, un periodo mágico de investigaciones expresivas y de ruptura de cánones vigentes. O tal vez, fuera una ocasión perfecta para que los americanos tuvieran algo propio a la altura de la escuela europea, cuna del arte. Pero, más allá de todo eso, yo creo que el expresionismo fue poderoso en sí mismo, no en sus métodos y técnica, no en el uso de los brochazos impulsivos y en la aplicación del color apasionado, sino en el despojo pictórico de objetos, paisajes y realidades que existen fuera de nosotros. El expresionismo desnudó definitivamente al artista y lo llevó de la mano hacia su yo más introvertido, le dio valor para revelarse ante su sociedad, para materializar públicamente la investigación más importante de una vida: la búsqueda de uno mismo, el encuentro con nuestros valores, la comprensión de lo que nos rodea. (Expresionismo y expresión de uno mismo, ¿pudieran acaso ser la misma palabra, la primera, evolución lingüística del discurso coloquial de la segunda?).
 


Dejando a un lado la manera escogida para formalizar pensamientos, siempre me ha generado una profunda admiración la gente que escoge caminos propios. Aquellos que creen en ellos mismos por encima de las críticas y opiniones de los otros. Y si encima estos caminos son nuevos y experimentales, responsables y originales, la personalidad del individuo adquiere ese grado de artista, especial, único, que lo marca de por vida (y muerte). En este sentido, la escultura monumental contemporánea siempre me pareció un camino dificilísimo, cuya clave del éxito han podido alcanzar muy pocos. Tal es el caso de Claes Oldenburg (Estocolmo, 1929), popero de ironía desproporcionada con un trabajo muy suyo; primero, sus bodegones de pasteles de escayola y hamburguesas gigantes, pintados burdamente para generar ese conflicto entre lo apetecible y lo exageradamente artificioso. Segundo, sus esculturas blandas (con lonas, vinilos, espuma de caucho) de teléfonos, lavabos, máquinas de escribir, todas ellas agrandadas y de aspecto fláccido e inútil, ridículas, perdiendo sus funciones y su sentido más allá de meros objetos.

Por último, sus esculturas a gran escala (yo me quedo con estas) en las que ha desarrollado toda una línea iconográfica y formal impecable. Yo me imagino que no fue fácil convencer al cliente, allá por el final de los 60: “Se lo juro, ahora lo que se lleva son los pintalabios gigantes y los puentes con forma de cuchara”. Sin embargo, sus esculturas han alcanzado un gran valor público y se erigen como monumentos modernos en ciudades americanas y europeas. Nuestra muestra más cercana, Mistos, la tenemos en Barcelona (como no) y se trata de una caja de cerillas cuya envergadura y colorido nos hace pensar que se trate de un juguete infantil de algún gigante olvidado. En París, en el Parc de la Villette, está una de mis favoritas, Buried Bicycle. Por entre el suelo verde asoma en perfecta proporción un trocito de rueda, medio manillar con timbre, medio sillín y un pedal, todas ellas partes inequívocas de una bicicleta que se imagina enterrada completamente bajo la superficie. El área de la escultura, de 46 x 21.7 metros, hace de la bici un objeto contradictorio en todo su ser. Oldenburg no ha abandonado nunca su temática pop de objetos de consumo de la cultura popular, a los que ha ido despojando burlonamente de sus cualidades funcionales, haciendo de ellos simbologías de entes completamente banalizados. Lo magistral en sus piezas es la capacidad que tienen para provocar sentimientos contradictorios, donde uno nunca termina de pensar que lo ha entendido todo.
 


Algo parecido pasa cuando uno observa el hiperrealismo de Ron Mueck, (Melbourne, 1958). Sus figuras están ahí, perfectas, explícitas, rotundas y no parecen encerrar misterios… pero uno sabe que los tienen y los busca y los busca y encuentra cada vez una cosa distinta. Aunque Mueck tuvo la suerte de tener como padrino a Saatchi, (de manera que medio camino estaba ya hecho), su apuesta era muy singular, extravagante e incluso macabra. Pero él nunca dejó de creer en sus personajes, y he ahí la clave: la seguridad de haber encontrado tu propio camino. La manera en que el creador amplifica o reduce nuestra percepción de las figuras humanas encierra toda una serie de sentimientos que chocan entre sí. De repente el muchacho en cuclillas, Boy, nos resulta un joven desvalido y asustado, encerrado en sí mismo, huidizo y tímido. Pero si esperamos un momento, sus ojos parecen tornarse desconfiados y amenazadores, su postura desafía a aquel que se acerque más de lo justo y su talante se vuelve burlón y chulesco. Así con todo. Al acercarnos a sus personajes, nos sumergimos en sus universos, en su espacio vital, invadimos su intimidad y corremos el riesgo de que en un momento determinado de la intromisión ellos se cansen y nos quieran echar. In Bed, Wild Man, Big Man… todas ellas personas de perfecta apariencia, con lunares, pelos, incluso venas, son capaces de hacernos sentir cómodos e incómodos, es tan solo cuestión de tiempo.
 


Hablar de escultura a gran escala y no nombrar a Anish Kapoor, (Bombay, 1954) aunque sea brevemente, sería injusto. Su instalación Marsyas, en el Tate Modern allá por el 2002, aún me provoca escalofríos, quizás porque sigo sin saber de qué se trataba y juego a inventarle vidas perturbadoras. Algunos de sus trabajos no son tan sólo monumentales, sino que también se exhiben en vías públicas (siempre es un valor añadido que la obra viva en la calle). El más reciente, por ejemplo, es su Cloud Gate de Chicago, una inmensa materia que refleja todo lo que tiene cerca y cuya forma emula al mercurio líquido. Una especie de masa con apariencia versátil pero que nunca llega a transformarse, lugar idóneo para perdernos en el mundo Kapoor. Un mundo que por cierto, ha ido construyendo poco a poco, coherentemente, en base a unas investigaciones de contrarios que son el motor de su obra, y me atrevo a pensar que de su propia vida como ser.

Tres caminos valientes y personales. Tres maneras de encontrarse con uno mismo, de materializar miedos, pensamientos, dudas, investigaciones, verdades. Tres apuestas merecedoras del reconocimiento que tienen. En gran medida, hablar de la fertilidad artística de una época estando aún en ella es pretencioso y algo absurdo. No podemos prever qué supondrá nuestra época para la historia del arte, cuáles serán los nombres recordados y cuáles se revelarán póstumamente bajo la crítica revisión de algún estudioso influyente. Algunos artistas parece que buscan desde la primera pincelada la consagración y la fama, eso que se viene haciendo cada vez más común en nuestra cultura: pegar el “pelotazo” a base de poco trabajo y mucha vida social. Otros artistas, en cambio, obtienen esa fama sin darse cuenta, haciendo lo que saben hacer: crear, concebir y reinventar el arte cada día. Me inclino a pensar que nuestros tres artistas pertenecen a esta segunda categoría.
 

Laura Acosta, 2007.
 

fotografía de "Spoonbridge & cherry" (Claes Oldenburg & Coosje van Bruggen)
por cortesía de Walker Art Center de Minneapolis.
[credits: Gift of Frederick R. Weisman in honor of his parents, William and Mary]


fotografía de "Dropped Cone" (Claes Oldenburg) por cortesía de
Neumarkt Galerie, Köln

fotografía de "Untitled (big man)" (Ron Mueck) por cortesía de
Fondation Cartier pour l’Art Contemporain, París.

fotografía de "My red homeland" (Anish Kapoor) por cortesía de CAC Málaga.
 

www.bcn.fjmiro.es
www.oldenburgvanbruggen.com 
www.brooklynmuseum.org

www.asiapacifictriennial.com
 

 
 

 

[artificio] benjamín alcántara [www.via69.com.mx]

 

 


Hace ya casi una década –uff, menos mal que mis años están llenos de matasellos con los que marcar los recuerdos y los lugares-, en mis tiempos de despistado y disipado perturbador de conciencias propias y ajenas, absorto todavía en la nubosidad rara de los tiempos universitarios, tuve la genial corazonada de comprar dos obras de arte. Así, de sopetón, sin poseer más dinero que el conseguido con trabajillos de tres al cuarto. Engreídos mis ánimos por una sana ingenuidad, sin tener claras ni las ideas ni los bolsillos, me tiré al vacío como Yves Klein. Lo primero que adquirí fue un grabado de Antonio Saura en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Me imbuí tanto del ambiente, me dejé seducir a un nivel tan alto por la magia del lugar, que salí convencido de que comprar un Saura era lo menos que podía hacer. Tan animado estaba, que me llevé también un Teixidor para reafirmarme en mi acierto. 

Mi segunda  tentativa fue a los pocos meses en la galería Birimbao. Había una colectiva sobre el dibujo sevillano y me acerqué, para qué vamos a negarlo, a ver un boceto de Paco Cortijo. Nada más entrar me encontré con dos carboncillos de Ignacio Tovar que me desestabilizaron. Ahí se detuvo primero mi mirada y luego mi cabeza (creo que mi cuerpo dio un par de vueltas por la sala pero de las demás piezas no recuerdo nada). Sin poder evitarlo, me atraparon las sugerentes curvas de Tovar. La imanación silenciosa que transmitía el limpio trazo insinuado me pareció un enigmático misterio por descubrir. Me cautivó, como un encantamiento, el mágico tropo visual ideado por el artista, pura lírica inmaculada capaz de transformar con la más delicada alquimia una simple melena evocada en una abstracción meliflua y esponjosa.  No lo dudé y me planteé impulsivamente en aquel preciso momento -dichoso momento-, hacerme con uno de los bosquejos. Puse mi punto rojo pertinente (qué emoción) sobre el que me pareció más original –de la pareja, el menos manchado, el más vacío, el más sencillo- y a los cuatro días acudí con mis ahorros a pagar lo pactado.
 

 

Tengo que explicar con detenimiento que mi enamoramiento con el arte de Ignacio Tovar se produjo en el instante en que descubrí en la colección del CAAC su sanguina Margarita Cansino, una sutil metáfora tan poderosa que me pareció el summum de una obra no figurativa por su profundidad e inteligencia. A mí lo evidente no me dice nada porque se ve todo. Me interesan las construcciones mentales penetrantes que se rebelan contra las facilidades visuales o actitudinales. Me interesa, como a los platónicos, el alma de las cosas más que las cosas en sí mismas. Ceci n’est pas une pipe, advirtió Magritte a los simplones. Cuando supe la historia de la obra me maravillé ante las capas de hondura que se superponían para camuflar de manera críptica un vivaz tono autobiográfico. Las claves secretas de este dibujo, que representa de manera muy original la melena pelirroja de Rita Haytworth (cuyo nombre real era Margarita Cansino), tienen que ver de manera vinculante con los orígenes del propio artista. Se dice que el padre de Rita Haytworth era oriundo de Castilleja de la Cuesta, pueblo natal de Ignacio Tovar. Este vínculo tan particular entre la actriz americana y el artista sevillano es el punto de arranque desde el que parte Tovar para construir un camino personal por el que encontrarse a sí mismo rebuscando en sus raíces. Partiendo de la mímesis más tradicional llega a una introspección mental que se acaba convirtiendo para el espectador en un evocador estado de contemplación.

Este sentido trascendente del arte es lo que me seduce de los creadores auténticos, su discurrir entregado por el sentido intenso de las cosas -evitando lo anecdótico o lo trivial-, para a fuerza de buscar respuestas personales acabar construyendo un mundo de preguntas válidas para el común de los mortales.
 

 


Me compré el dibujo porque la autenticidad que desprendía era tan poderosa que quise que me acompañara siempre. Me esforcé por adquirirlo porque era, a mi entender, el ejemplo perfecto de lo que debe ser una buena obra de arte. El concepto al que llega Ignacio Tovar es exactamente el mismo que alcanzó Cézanne cuando dibujó cientos de veces la montaña Sainte-Victoire hasta dejarla simplificada a unas pocas líneas matrices. Ambos parten de la realidad para superarla analizando al detalle todas sus posibilidades, despojándola de lo prescindible para reducirla a lo esencial (no hay que olvidar que la esencia es el extracto más importante y característico de algo, en ella se esconde el alma y la identidad de las cosas).

Si nos damos cuenta, esta espiritualidad que se alcanza por medio del arte verdadero es la misma que desprende la sacralidad de cualquier religión, una búsqueda universal de imposibles que mantiene en vilo la existencia. Una lucha contra lo superficial, contra lo innecesario, contra lo superfluo o cualesquiera otros elementos que perviertan el sentido prístino de la existencia. Planteamientos que quieren dar validez metafísica a dudas inescrutables.  Ni más ni menos que como reza el título de un conocido cuadro de Gauguin, ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?
 

Sema D´Acosta, 2007.

fotografías de Claudio del Campo por cortesía de Ignacio Tovar.
 

 
 

 

[nunca me gustaron las muñecas] maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir]

 

 


PERFORMANCE Postmortem, Joan Morey. Centro de Arte Santa Mónica, Barcelona. Hasta 25/02/07.
 

“No voy a adaptar mis códigos a un sistema pedagógico para que se entienda mi labor como creador”. Joan Morey (Entrevista publicada en el Boletín 31 –Enero 2007- CASM).

Pese a la velocidad que requieren nuestros encargos, la premura de nuestras acciones y la incapacidad para sostener los lances que se desploman ante el ritmo vertiginoso que marca la actualidad, ciertos artistas contemporáneos,
se detienen para hacer balance de su trayectoria profesional.

Bajo el comisariado de Frederic Montornés, Joan Morey –Mallorca, 1972- presenta en el Centro de Arte de Santa Mónica –Barcelona-, su obra POSTMORTEM,  un ciclo de performances que surgen de la revisión de su trabajo en los últimos diez años. Un análisis que disecciona y explora los dispositivos, elementos y expresiones utilizados en su recorrido; un juego que avala la profusión de mecanismos ofreciendo multitud de referencias, estéticas, actitudes y fragmentos imitados y mezclados entre sí, que alteran e inquietan al espectador incitándole a la reflexión.

POSTMORTEM se muestra en una sucesión de 10 pases  -uno sólo para prensa, dos con invitación, cuatro con cita previa y tres a puerta cerrada-. Tanto el asistente invitado al proyecto como aquel que concierte cita para presenciar alguna de las performances debe vestir íntegramente de negro y someterse a todo el ceremonial establecido en cada acción; convirtiéndose involuntariamente en sumiso a las órdenes conceptuales del artista.

A través de la relación amo-esclavo / artista-espectador, artista / obra, sociedad actual / artista, Morey manipula y estimula al receptor utilizando un código de estilo basado en las referencias estéticas del fetichismo -cuero, stilettos, máscaras, latex...- y la alta costura. Un amasijo visual desconcertante –propio de la cultura contemporánea- que potencia la relación preestablecida entre audiencia y obra, a través de la no narración, con el fin de crear situaciones incomodadas e incitar nuevas vías de lectura, para propiciar la reflexión del espectador sobre su papel en la obra; su experiencia subjetiva como pieza indispensable del puzzle que configura la acción.

Para tal fin, Joan Morey construye un gran ataúd blanco que localiza en la zona del Claustro del Centro de Arte Santa Mónica donde, desde el 15 de diciembre y hasta el próximo 25 de febrero, reúne a un selecto público para presenciar su trabajo.

Como de costumbre y anhelando que  mis queridos lectores visualicen y escenifiquen lo expuesto, pasaré a narrar la experiencia vivida, en relación al cuarto panel del programa: lo frío y lo cruel, que tuvo lugar el pasado 19 de enero.
 


Faltaban diez minutos para las siete en punto. Isa y yo, alcanzábamos, de riguroso negro y sin complementos, la recepción del CASM y esperábamos atentas la llegada del contacto responsable de encontrarnos hueco, pese al anuncio anticipado de aforo completo.  

Como decorado, un par de curiosos, fácilmente identificables por su indumentaria bruna –probablemente novatos, como nosotras- recuperando las hojas de sala para calarse de las inquietudes del artista.

Minutos después, llegaba la propuesta de Neus: ¡horror!… debíamos esperar que la afluencia de público no fuese la deseada para formar parte del listado de afortunados. Vacilamos entre permanecer atentas o transitar el resto salas y, temiendo desaprovechar la atención en otras propuestas, optamos por resistir la curiosidad y afrontar la llegada masiva de cucarachas negras que ingresaban en el claustro en grupo de dos, tres o más.

Todo ojos y sin saber qué hacer, nos limitamos a copiar los movimientos veteranos de aquellos seres fantasmales que, como misteriosos autómatas, se aproximaban a un primer escenario de monitores junto a un gran sofá contiguo a la tumba central; afilados rostros con monturas de lentes negras, jóvenes enviudadas al más puro estilo hollywoodiano, tipos casual sin afeitar, andróginas apariciones de corte victoriano, recreaciones del popular Manostijeras, cuerpos esculturales con accesorios imposibles y afilados tacones de infarto;  una variopinta selección de espectros reunidos para presenciar el funeral, la disección de la obra de un artista que rememoraba así, diez años de trabajo bajo la marca ficticia STP –soy tu puta-; un juego de palabras para denunciar que todos estamos sometidos a las estructuras del poder existentes.

Expectantes, intentamos descubrir algún motivo para permanecer más tiempo sin conocer qué sucedería a continuación. No había respuestas…
 


De repente, una rubia apretada de corte clásico, se acomodaba en el sofá e iniciaba la lectura de un texto en varios idiomas compaginando el recital con el consumo de una copa de cava. Sin entender, apenas cuatro guiños dispersos, observamos absortas las poses ensayadas y el tono voluble; milagrosamente, llegaron las palabras en castellano y con ellas, la breve comprensión de un discurso inconexo sobre la sumisión, la esclavitud y las relaciones de poder. Todo, para entender que estábamos en manos del artista como simples títeres sin voluntad propia.  Aún así, se hacía imposible, renunciar al juego…  

Sin pasar página y, con la voz de la rubia cada vez más lejana, dos nuevos personajes de riguroso negro iniciaban el control de asistentes. De uno en uno, e impidiendo la entrada a todo aquel que no cumpliese con el requisito de vestir exclusivamente de color azabache,  nos fuimos incorporando al nuevo escenario: el interior del ataúd donde, una joven ataviada con máscara confeccionada por su propio pelo, pantalón corto y altísimos tacones, dirigía la ubicación de los allí presentes.

La visión era cuánto menos, inquietante. En el centro de la sala, un desconocido de rostro cubierto, torso desnudo, pantalón de látex y cadenas en las muñecas, escribía arrodillado el discurso que se filtraba por los altavoces dispuestos a ambos lados. Mientras, otro personaje de similar guisa, nos ofrecía beber de una botella de cava, rigurosamente limpiada tras cada sorbo; una joven esbelta se contorneaba sumándose al discurso de los altavoces y el resto de los involucrados –incluido el propio artista- registraba la secuencia desde múltiples ángulos, bajo una nube intermitente de humo blanco, al estilo del estreno de un espectáculo de gala.
 


Minuciosamente y sin interrupción, se mantenía la incorporación de nuevos asistentes.

Sin previo aviso, el joven del centro, sin desvelar su identidad, cambiaba la posición irguiéndose sobre dos montones de folios utilizados para capturar las frases que surgían en bucles inconexos, cada vez más crípticos, mientras la actriz disertante acompañaba el discurso de una electrizante sinfonía con guitarra eléctrica.

Nadie controlaba la escena.

La atmósfera saturada y exorcizante no parecía tener fin. Atrapados en las redes de su autor, asistíamos a la compleja revisión de los mecanismos, soportes y lenguajes de una obra de difícil salida en el “Mercado del Arte”, una cuenta atrás hacia lo desconocido, con pequeñas sacudidas que no daban lugar al ocio o el entretenimiento.

Un espectáculo excesivo que acababa sin lógica aparente, con la invitación a abandonar el féretro del artista y olvidar para siempre lo acontecido…

Tan sólo el silencio insondable de la muerte. No hubo más.

“Los proyectos no deberían ser proyectos artísticos sino proyectos ideológicos y manifestar claramente la posición de quien los ejecuta frente al arte, la cultura o el presente”. Joan Morey (Entrevista publicada en el Boletín 31 –Enero 2007- CASM).

 

Ana Robles, 2007.  

fotografías por cortesía de Centro de Arte Santa Mónica y el propio artista.  

 

 

 

  

[espejos] benjamín alcántara [www.via69.com.mx]

 

 



EXPOSICIÓN
 Obra en negro, José Miguel Pereñíguez. Galería de Arte Birimbao, Sevilla.
Hasta 20/02/07.


Buscar el yo; como si fuera tan sencillo, especialmente para mí que desnudo mi alma ante sus curiosos ojos, queridos, periódicamente. Vendida como me hallo, cual mercancía artística en feria banal-bienalizada, a veces tengo el pronto del artista: Siento que desparramo en cada renglón una gotita de mi esencia más profunda, que no dispongo del santuario, del paisaje interior. Por eso, en mi redundancia mil veces invocada de la negritud –oscuridad gótica insondable que se escancia cómodamente por mis vasos sanguíneos- es donde me encuentro a salvo; sé que en realidad ven esa penumbra como un reflejo de mi ser, pues me tildarán de malévola con prejuiciosa ligereza. Y sin embargo es mi refugio: Lo es la profundidad de la sombra entre los pliegues orgullosos del metálico Oteiza; lo es en medio de una brecha de Lucio Fontana, verdadera autopsia del espacio pictórico; y lo es en el silencio cromático que sucede a una instalación de Dan Flavin cuando alguno de los tubos fluorescentes pasan a mejor vida…
 


Algo más que esa tonalidad umbría –clarividente- encuentro en la Obra en Negro del artista sevillano José Miguel Pereñíguez; hay sobrevolando esta pintura una cualidad ritual, casi taumatúrgica desearía decir –la deliciosa magia de la sangre-, que ha barnizado cada uno de los dibujos con un aurático sentido religioso –en una religión politeísta y polimorfa, abstracta, apasionada aunque silenciosa-. A pesar de la contenida frialdad que destila esta exposición en un primer vistazo, hay un plomizo descubrimiento del interior –un refugio inseguro, donde todo está a punto de mutar, qué mejor presagio para la vida-. Y para ratificarlo, las parcas.

La indiscutible presencia de la muerte –el yacente inane que exhaló su ka como un vaho traslúcido, la presencia exhausta de objetos que parecen acabar de expirar, la presencia palpitante de símbolos del tránsito…-, transfigurada en una nebulosa grisácea a fuerza de un cuidado virtuosismo en la técnica del carbón, preside el conjunto de dibujos de forma omnipresente, esparciendo su somnífero en una dulce venganza. Pero es la muerte entendida como camino, la oscuridad a medias –incontables matices de gris- como territorio a atravesar, la atmósfera irrespirable como fluido amniótico indeseado pero al tiempo como necesidad para ser conscientes del ritmo pulmonar. ¿No es esta una gran poesía?
 

Elektra, 2007.

fotografías por cortesía de Galería de Arte Birimbao.
 

 
 

 


No me gusta conceder entrevistas. Si entonces me fastidiaba, imagínese ahora. Recuerde que ha de tener paciencia conmigo. Hace un siglo que no converso con nadie y tengo las cuerdas vocales desgarradas. Por favor, sea breve. Tengo sueño y un hambre atroz.

Quién. Detrás de mis ojos se está librando una batalla. Sentimientos enfrentados se revuelven como gallos de pelea. El deseo de huida puede al deseo de permanencia. Me envuelven sensaciones, ecos y aromas. En este estrecho túnel que es la memoria predomina el frío, el crepitar de las ramas y el olor a tierra mojada. Si mal no recuerdo decían que yo era un niño prodigio porque hacía cosas que nadie a mi edad era capaz de hacer. Bajo mi punto de vista eso es ser más bien un niño maldito porque uno corre el riesgo de distanciarse de sus congéneres. En el ateneo solía presidir una mesa interminable y recitar versos ante una docena de honorables señores. Cuando no me ovacionaban, me reían las gracias. Yo tendría nueve años y ellos más de noventa. Yo iba ataviado con pantalones cortos y polo a rayas y ellos con traje de etiqueta. Yo habitaba un mundo de mayores que querían hacer de mí todo lo que ellos no habían conseguido en sus vidas. Yo había recibido un importante galardón literario y publicado un libro que fue aclamado por la crítica y tuvo gran acogida. Corrían días en que alrededor mía todos celebraban conocerme. Familiares y allegados me brindaban su afecto y una palmada en el hombro. Mis palabras de infante se habían convertido a mi pesar en imprescindibles balas de cañón. Pero una cosa es la intencionalidad de uno y otra bien distinta la interpretación de los demás. Imagino cómo debió de sentirse Arthur Rimbaud. No es tan fácil romper con todo.

Dónde. Bajo una encina ha dado con mi cuerpo desnudo un guardia forestal. Dice que presento un aspecto lamentable y evidentes signos de hipotermia y desnutrición. Para espabilarme hace uso de métodos tan poco ortodoxos como una bofetada, el chorro de vino o una vara embadurnada de excremento de perro. Con un leve movimiento de dedos rechazo su asistencia en tanto agarro su morral, trato de incorporarme y me arrimo a su oído para susurrarle que los montes son mi hogar y que dos jabalíes y tres zorros son toda la familia que tengo. Pero él está nervioso por el sorprendente hallazgo que yo represento y no alcanza a distinguir mi hilo de voz. No sabe que detesto que se apiaden de mí e ignora que odio a los hombres. O tal vez el problema es mío y yo creo que estoy hablando cuando solamente estoy pensando. Los animales salvajes son menos salvajes que los seres humanos. Una vez éstos hicieron gala de sus malas artes para expulsarme de su lado y aquéllos me salvaron la vida cuando me extravié y casi muero de inanición o a merced de los lobos. Pronto deduje que mis padres biológicos no hicieron todo lo necesario por buscarme y si acaso lo hicieron se hartaron enseguida. De ahí que varias noches a la intemperie fueran suficientes para descartar la posibilidad de volver al redil. Por otro lado, supongo que yo no era precisamente el hijo perfecto ni mi pérdida significó demasiado dado que llevaba semanas comportándome de un modo extraño y había quienes me tachaban ya de demente, lo cual no constituía sino una deshonra en el seno de tan ilustre familia. Ahora me atrevo a decir que a todo el mundo vino bien que yo desapareciese.

Cuándo. Mi entrevistador se obstina en apuntar que soy una víctima del tiempo y que ahora regreso a la civilización para recuperar todo el tiempo perdido. Pero nada más lejos de la realidad. No confío en las segundas partes y me produce náuseas el retorno, eterno retorno. Además, el guardia ha dado conmigo por casualidad y en este preciso instante la policía y el cero sesenta y uno me retienen contra mi voluntad. Si por mí fuese, ya hace rato que estaría en el valle jugando con mis amigos los animales. Es cierto que hace veinte años me esfumé como por arte de magia y que apenas soy consciente de lo hecho durante este lapso. Vagamente recuerdo que justo antes de evadirme había perdido el contacto con la realidad y me había olvidado del niño que era. De mi ideario personal y de un plumazo había desterrado a mi pandilla del barrio, un muñeco de trapo y un trompo tatuado con sangre. A cambio había ganado el contacto con una realidad de sienes argénteas, voces quebradas, hojas garabateadas y gabanes raídos. Pero yo no tenía edad para salir de noche y frecuentar cafés teatro y mucho menos para andar con ancianos, poetas y vampiros que no habrían dudado en devorarme ipsofacto o venderme en el mercado negro con tal de apoderarse de mis sonetos. Pero a los ojos de los míos, la popularidad que yo iba cosechando como autor precoz era un tesoro demasiado valioso y de él solía servirse toda mi familia para hacerse un nombre en la alta sociedad. Las gentes de más alta alcurnia se jactaban de alternar con los padres de un joven ilustrado y yo era el principal tema de conversación en las más exclusivas fiestas. A medida que la falta de sueño y el consumo de estupefacientes iban distorsionando mi visión de los hechos y corrompiendo mi frágil naturaleza porque no era sano y menos lógico que la vida de un crío discurriera por semejantes derroteros, más huérfano me sentía entre tanto aprovechado. Hasta que de pronto un día aborrecí los libros y en un descampado encendí mi particular pira donde ardieron clásicos, modernistas y novísimos además de mi inocencia. Entonces me prometí a mí mismo que me confinaría de por vida en el mutismo, que jamás escribiría o diría una sola palabra y que me entregaría de lleno a la extravagancia y la soledad. Y como un nigromante salté el fuego tres veces para sellar mi juramento.

Cómo. No tardé demasiado en pasar de ser el hijo predilecto de la ciudad a ser el hazmerreír del barrio. Deseaba poner en evidencia a todos aquellos que me querían solamente por el interés. Gustaba de comunicarme con mohines y aspavientos que si bien no propiciaban el entendimiento sí suscitaban la risa. Cambié mis pantalones cortos y mi polo a rayas por una pajarita y un llamativo sayón. Para mi sorpresa un puñado de adversarios me dedicaron palabras de aliento e intercedieron por mí con vehemencia. Luego supe que tras conocer mi decisión respiraron aliviados porque de repente se extendía ante ellos un horizonte atestado de publicaciones en revistas de tercera y menciones honoríficas. Muchos se referían a mí como el poeta que tuvo a bien desertar del gremio para transformarse en payaso. Era menester aprender a valerme por mí mismo ya que nadie me quería cerca suya, ni siquiera a la hora del almuerzo. En una sociedad puritana yo era el tumor que había que extirpar a toda costa. Aquellos que una vez celebraron conocerme, negaban de pronto haberme conocido nunca. Mientras tanto mis representantes legales se llenaban los bolsillos con los royalties obtenidos por la venta indiscriminada de mi libro: veintitrés ediciones. Pero las palabras se las lleva el viento, pensaba yo aferrándome cada día más al silencio. Tras las puertas yo alcanzaba a oír cómo mis padres se las ingeniaban para urdir un plan convincente y deshacerse de una vez de mí: países remotos, internados y casas de acogida entre otras maquiavélicas propuestas sobrevolaban día tras día las frías estancias de nuestro hogar. Pero como aún amaba a los míos, tomé la determinación de allanarles el camino y facilitarles un poco las cosas. Han pasado veinte años, tengo el cabello por la cintura y me cuesta la misma vida recobrar el habla.

Qué. En el monte me extravié o sencillamente me dejé extraviar; tal cosa ya no importa. Una de mis excentricidades contemplaba adentrarme en el bosque para hacer acopio de víveres y recolectar flores aromáticas. A raíz de que las personas habían optado por hacerme el vacío, me propuse vivir como un hombre de la antigüedad, no depender de nadie más que de mí mismo, alimentarme tan sólo de lo que pudiese ofrecerme la naturaleza y granjearme la amistad de aves y reptiles. Anocheció y no encontré o sencillamente no quise encontrar el camino de regreso a la urbe. Los primeros días fueron duros porque llovía y yo no era diestro con la lanza. Pero me movía el instinto de supervivencia. Tres días después había ayunado lo suficiente como para desfallecer y di con mi cuerpo contra las piedras de un regato. Cuando era incapaz de oponer resistencia al envite del sueño y me disponía ya a ser pasto de los lobos, una manada de zorros y jabalíes arremetieron contra la jauría. Aquél era su territorio y no se achantarían con facilidad. Tras minutos de feroz combate, las bestias humillaron la cabeza y accedieron a replegarse. Yo aún no sé por qué extraña razón me adoptaron aquellos animales. De los sucesivos veinte años menos cuatro días tengo un recuerdo incierto donde destellan arduas jornadas de caza, noches de luna llena bajo los pinos y momentos estelares de comunicación no verbal con mamíferos de extraordinaria simpatía. Entonces entra en la furgoneta e interrumpe nuestra entrevista alguien que me resulta extrañamente familiar. Agarra del brazo a mi interlocutor y lo lleva afuera. Por la ventanilla veo que éste frunce el ceño, a continuación entra y apaga la cámara. Se muestra incapaz de ocultar su decepción. Como no soporta sentirse estafado, propina un fuerte puñetazo en la puerta. Luego recoge sus papeles, da por concluida su visita y sale sin mirar atrás.

Por qué. En mala hora hizo acto de presencia en la unidad móvil el doctor Arenas. En estos momentos estaría mi entrevistador en su agencia visionando el material y redactando el primer capítulo de la novela de mi vida, en realidad de mi falsaria vida, con suerte en unos cuantos años un laureado largometraje. A estas alturas ya debe de saber que hace tres días me fugué de la clínica tras un ataque de nervios y eché a correr campo a través. Los celadores aseguran que estoy preparado para batir la plusmarca mundial porque en tiempo récord soy capaz de recorrer docenas de kilómetros por empinadas pendientes, pedregosos eriales e inhóspitas fincas. Si ahora he de ser sincero confieso que no es verdad que haya convivido veinte años con fieras salvajes, pero sí que fui poeta cuando niño y que gocé de un éxito temprano. A raíz de ello mutó mi ingenuidad y cambiaron mis hábitos, afloró en mí cierta inmoralidad como era de esperar después de tanta tertulia maratoniana en compañía de poetastros de provincias y narradores de fondo y se sucedieron fatales acontecimientos hasta perder la perspectiva y enloquecer por completo. Desde entonces me hallo encerrado en una institución psiquiátrica de las afueras, diagnóstico desconocido, veinte años desahuciado por mi familia, la misma familia que en otro tiempo no dudó en espolearme y empujarme al abismo, con severos ataques de agresividad cuando algún enfermo osa persuadirme de coger un bolígrafo y una cuartilla para que componga un ripio. En cierto modo sigo escribiendo, pero solamente con el pensamiento. Me opongo a establecer el flujo de energía que nace de forma repentina en el cerebro y desemboca pronto en el puño. Desde que me ingresaron reniego de la escritura como ejercicio físico porque la escritura ha de ser puramente mental. Aún me vienen a la cabeza infinidad de nombres y apellidos de escritores que jamás escribieron una sola letra. En mi memoria yacen como un áureo sedimento todos y cada uno de sus actos poéticos que no aspiraban más que a arrancar una sonrisa. Un guardia forestal y un periodista han creído mi historia, quizás baste con eso. Cuando llegue al hospital haré saber a todos mis compañeros que hoy me ha faltado un tanto así para aventurarme en la confección de mi último libro y recuperar la gloria que otrora tuve sin necesidad de poner por escrito las palabras. De nuevo correrán a abrazarme y seré a sus ojos un dechado de virtudes. De nuevo celebrarán haberme conocido.
 

Nacho Albert, 2007.

El relato está inspirado en una imagen de la serie "Espejos" del fotógrafo Benjamín Alcántara, reproducida aquí por cortesía del propio artista.

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