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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[ESTHER / la búsqueda del
yo] |
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Todos nos buscamos. Intentamos, de una y mil maneras, entender por qué
un día reaccionamos de forma opuesta a como dictamina el manual de
buenos modales, que nos regalaron en la infancia; comprender por qué
emprendemos el camino más largo cuando otros siguen el corto; deducir
en qué momento y por qué extraña conjunción, nos enamoramos hasta no
poder más o cuando fue la última vez que nos emborrachamos, sin morir
de cansancio al día siguiente.
He escuchado mil veces los beneficios sanadores del arte para el
desarrollo personal, las virtudes espirituales que aportan algunas
obras y que proporcionalmente aprovechan determinados artistas para
difundir un arte zen que, la mayoría de las veces, no
constituye más que un reclamo para vender moda -discrepo acerca de las
nuevas tendencias que confunden la falta de recursos con la filosofía
zen-.
No creo en la existencia de un arte específicamente terapeuta, como
tampoco lo hago en las facultades especiales que requiere la
apreciación del mismo.
Sin embargo, confieso
que en determinadas circunstancias, hay obras –no necesariamente las
más llamativas o famosas- que me han hecho prescindir del título y el
autor, que me han pedido sigilosamente olvidar mi condición de
historiadora y permanecer más tiempo navegándolas; como si una
hipnótica corriente las conectase a mis ojos. Algo parecido a un
flechazo de amor o a un virus paralizante del sistema nervioso
que, durante el lapso impreciso que dura la conexión, acordona mi
cuerpo y me distancia de lo que me rodea, desatendiendo penosamente
cualquier estímulo externo del tipo: “¡Ana!, ¿me estás escuchando?” o
“¡Ana! ¿estás aquí? o “Disculpe, señora, no se puede acercar tanto a
la obra”...
Esta privación consciente –molestísima para mi acompañante o el
personal de sala en cuestión, y deliciosa para mi regocijo interno- me
reconduce, en un efecto de viaje de ida y vuelta, hacia lo que
podríamos llamar mi “yo” profundo, o sea, esa parte misteriosa en
off que habitualmente aparece en los libros de Bucay o en
Mente Sana y que -para quien haya visto el documental El
gran silencio- podría aproximarse al mutismo contemplativo de la
vida monacal de los cartujos de Grenoble –Francia-.
Un silencio que penetra en mi mente, atravesando con precisión
quirúrgica el cerebro y haciéndolo más flexible, más blandito
–como diría Esther, mi profesora de yoga- ; predispuesto a llenarse de
colores y formas, de detalles diminutos, de recursos para olvidar
tensiones ficticias.
Esas obras son algo así como el superglue de mis fracturas o el
último capítulo de la Sombra
del viento;
por eso, cuando colonizo una obra que me remueve, trato de mimarla y
contenerla, tanto como puedo.
En mi particular búsqueda del yo a través del arte, Esther conforma
una gran guía. A través de las meditaciones que nos propone
semanalmente, despierto la intuición, atiendo a los sentidos e intento
minimizar tragedias e inundar de alegría cualquier proyecto que
emprendo.
Luego, en casa -y esto ya es cosecha propia- reanudo el trabajo
iniciado mediante la asociación de la meditación propuesta y una
selección de fotografías que, el pasado año, María Mallén e
Isidoro Coloma, realizaron en sendos viajes a las dunas de
Merzouga, Erg Chebbi y la ruta que lleva hacia Tinerhir –Marruecos-;
enfoques singulares que me ayudan a desentrañar cada reflexión
visualizando un paisaje.
Las meditaciones requieren de un alto grado de concentración y
disciplina para no perder detalle. Trabajarlas con imágenes, facilita
la concreción de ideas dispersas.
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Primera meditación: yo elijo.
“Que todo lo que
hagas y sientas sea verdadero, amable y necesario”.
Esther
El paisaje de huellas dibujadas por la oscilación de los
camellos y la viveza de los vehículos todoterreno, reafirma la
consistencia del propósito. Somos el camino que andamos y la forma en
la que avanzamos. Nuestro rumbo no se marca al azar; es el fruto de la
marcha contrariada, del caminar seguro, de las prisas, la calma, los
pasos en falso, los regresos y los avances.
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Segunda meditación: el valor de lo hermoso.
“Lo malo siempre nos ronda la
cabeza, lo bueno, pasa desapercibido. Dediquemos un minuto al día,
para pensar en lo hermoso y positivo que nos da la vida”.
Esther
La belleza en forma de oasis para nutrir el desierto. Una
secuencia en tres planos con predominio de la horizontalidad, sinónimo
de calma. Al fondo, sobre una provisional laguna depositaria de la
lluvia estacional, montañas doradas cubiertas de un paisaje irreal de
sombras que delinean sutilmente sus contornos.
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Tercera meditación: nada es tan malo.
“Cerremos los ojos y pensemos en lo
primero desagradable que llegue a nuestra mente; tras unos instantes,
pensemos en algo positivo. Finalmente, regresemos al pensamiento
negativo”.
Esther
Al realizar esta meditación, curiosamente, el pensamiento
negativo se ralentiza y pierde fuerza; no nos parece tan maléfico.
Y se cansó de esperar, podría configurar la metáfora del amante
que se enreda en laberintos insalvables esperando un amor que nunca
regresa, hasta que un día, resuelve que hay que retomar el camino,
aunque sea en solitario. La imagen sintetiza la conversión del
pensamiento negativo en posibilidad, en comienzo.
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Cuarta meditación: regalo de Navidad.
“En Navidad es
bueno resolver asignaturas pendientes. ¿Cómo sabemos que algo que nos
ha hecho daño ha dejado de doler? Si al pensar en ello no lloramos o
sentimos pequeñas punzadas en el estómago y el corazón, está
resuelto, si no es así, intentemos resolverlo, de la mejor forma
posible”.
Esther
La tierra quebrada y sedienta bajo el sol implacable. La
tierra herida, divisa del corazón lastimado, del alma reseca de
aversión vana. Un corazón agrietado no ama en libertad.
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Quinta meditación: respiremos
“Tomemos
conciencia de nuestra respiración al inhalar y exhalar, para disociar
ambas acciones.
Nuestra respiración es lo más importante. Lo primero al nacer y lo
último, al marcharnos.
El
aire está lleno de iones positivos y negativos; simple polaridad. Los
espacios limpios están cargados de iones negativos que nos purifican;
los contaminados están plenos de iones positivos que dificultan
nuestra respiración.
Tengamos presentes dónde respiramos, cómo respiramos.
Una respiración
pausada es sinónimo de calma y armonía."
Esther
Así como el viento transforma las dunas dibujando en la arena
en armónicas composiciones, el aire que exhalamos y la cadencia de
nuestra respiración, modifica nuestro ritmo vital.
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Sexta meditación: amor para el que no ama.
“Pensemos en
alguien huraño, estresado y sin alegría. Una vez visualizado,
imaginémoslo enamorado. ¿Cómo suponemos esa transformación?".
Esther.
Un enigmático personaje encapuchado aparece de espaldas al
espectador observando la luna. Su luz apenas ilumina el contorno de
la figura proporcionando un aura lúgubre a la escena. Con amor, todo
cambiaría.
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Séptima meditación: elevación.
“Cerremos los
ojos y sintamos mansamente como nuestro cuerpo se eleva cada vez más
alto. Nos dirigimos hacia una poderosa luz que nos llena de energía e
ímpetu. Al regresar, tratamos de conservar la fuerza que la
irradiación nos proporciona”. Esther
La poderosa
fosforescencia de la luna llena, mordisqueada por un tropel de nubes
mustias, prevalece sobre el aura sombría de la noche; turbadora
metáfora de la fuerza de la luz y la voluntad humana.
En la misteriosa búsqueda del yo, que todos
emprendemos, Esther me ha enseñado a mover ficha, a elegir mi
destino, a disfrutar de lo que hago, con pasión y una sonrisa ancha de
hombros. Sobre todo, a escuchar mis silencios en esas –tantas- obras
de arte que me cautivan, sin saber por qué.
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Ana Robles, 2007.
fotografías cedidas por
los propios artistas.
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[espejos]
benjamín alcántara [www.via69.com.mx] |
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EXPOSICIÓN Proceso de trabajo, Pablo Palazuelo. Museo de Arte
Contemporáneo de Barcelona.
Hasta 18/02/2007.
Lo auténtico en un artista no es tanto su obra, quiero decir cada una
de ellas –descontextualizada-, sino el proceso de trabajo, el camino.
Hay artistas que buscan, y otros que decían no buscar sino
directamente encontrar; la búsqueda puede ser territorio hostil,
plagado de dudas (¿estar en sintonía con el momento, ser fiel a los
preceptos personales, tener un estilo, estar diciendo la verdad?),
unas más interesadas que otras, y el hallazgo del tesoro interior se
constituye en respuesta que define por sí sola cada preocupación.
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Eso tiene Pablo Palazuelo de magnánimo en su silente actitud
espiritual –esos extraños intereses simbólicos hacia la Cábala y la
numerología que le han valido un cierto ninguneo por una crítica
internacional que prefiere basarse en otras clasificaciones mucho más
matéricas o de estilo-. Creador longevo y fuerte, de preceptos también
científicos –matemáticos, físicos-, que descubre –no inventa, y aquí
el posible quid del incomprensible desprecio- formas para una
abstracción racional e idealista. El recorrido de la gran antológica
que le ha dedicado el MACBA barcelonés posee la innegable cualidad de
todo recorrido bien construido –huyendo de escenográficos discursos
narrativos, dejando que la obra sola conduzca al entendido y al
primerizo por un periplo lógico-. Se aúnan a un tiempo intimidad y
sublimidad, atemporalidad y concreción, liviandad y robustez –polos
complementarios-, en un exquisito equilibrio.
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Pedro Alarcón, 2007.
fotografías de Pedro
Alarcón por cortesía de MACBA.
www.macba.es
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[oh
chueca!] maría
rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir] |
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EXPOSICIÓN
Sculpture by the way,
Claes Oldenburg /
Coosje van Bruggen.
Fundación Miró.
23/03/07-03/06/07.
EXPOSICIÓN Ron Mueck. Brooklyn Museum. Hasta 04/02/07.
Anish Kapoor en Asia Pacific Triennial of
Contemporary Art. Hasta 27/05/07.
El arte, como yo lo entiendo, es un camino inevitable para muchos
seres (y eludo conscientemente el término “artistas”). Un recorrido
individual y silencioso, una manera indómita de posicionarse
inequívocamente frente al yo, frente a la búsqueda del sentido de unas
inquietudes, las propias. El arte es una actitud, una pose
transparente que ansía conscientemente filtrarse desde el yo hasta el
nosotros, arrastrando la sensibilidad ineluctable hacia la lucha
interna de personalidad que pugna, y que sólo unas pocas veces sale
victoriosa y conclusa. El ser lucha consigo mismo a lo largo de toda
su vida, tratando de encontrar su camino, su destino. Podría ser algo
así como “lucho, peleo, pugno… luego existo”. Cualquier camino sincero
que escojamos implica necesariamente la búsqueda de nuestro yo. En el
arte, esta búsqueda es exhibición pura y los resultados se convierten
en bienes del dominio público, valorados, criticados y juzgados. Por
eso, el arte, como yo lo entiendo, es una elección valiente y siempre
arriesgada, que irrefutablemente debe aportar grandezas a la
sensibilidad de las personas.
Siempre pensé que
el expresionismo ayudó al artista en esta tarea de rechazar
personalidades artificiosas y seguir por la senda que dictan los
impulsos intuitivos. Quizás fuera este movimiento un torbellino de
color y de formas, de trazos violentos y de action paintings,
un periodo mágico de investigaciones expresivas y de ruptura de
cánones vigentes. O tal vez, fuera una ocasión perfecta para que los
americanos tuvieran algo propio a la altura de la escuela europea,
cuna del arte. Pero, más allá de todo eso, yo creo que el
expresionismo fue poderoso en sí mismo, no en sus métodos y técnica,
no en el uso de los brochazos impulsivos y en la aplicación del color
apasionado, sino en el despojo pictórico de objetos, paisajes y
realidades que existen fuera de nosotros. El expresionismo desnudó
definitivamente al artista y lo llevó de la mano hacia su yo más
introvertido, le dio valor para revelarse ante su sociedad, para
materializar públicamente la investigación más importante de una vida:
la búsqueda de uno mismo, el encuentro con nuestros valores, la
comprensión de lo que nos rodea. (Expresionismo y expresión de uno
mismo, ¿pudieran acaso ser la misma palabra, la primera, evolución
lingüística del discurso coloquial de la segunda?).
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Dejando a un lado la manera escogida para formalizar pensamientos,
siempre me ha generado una profunda admiración la gente que escoge
caminos propios. Aquellos que creen en ellos mismos por encima de las
críticas y opiniones de los otros. Y si encima estos caminos son
nuevos y experimentales, responsables y originales, la personalidad
del individuo adquiere ese grado de artista, especial, único, que lo
marca de por vida (y muerte). En este sentido, la escultura monumental
contemporánea siempre me pareció un camino dificilísimo, cuya clave
del éxito han podido alcanzar muy pocos. Tal es el caso de Claes
Oldenburg (Estocolmo, 1929), popero de ironía
desproporcionada con un trabajo muy suyo; primero, sus bodegones de
pasteles de escayola y hamburguesas gigantes, pintados burdamente para
generar ese conflicto entre lo apetecible y lo exageradamente
artificioso. Segundo, sus esculturas blandas (con lonas, vinilos,
espuma de caucho) de teléfonos, lavabos, máquinas de escribir, todas
ellas agrandadas y de aspecto fláccido e inútil, ridículas, perdiendo
sus funciones y su sentido más allá de meros objetos.
Por último, sus esculturas a gran escala (yo me quedo con estas) en
las que ha desarrollado toda una línea iconográfica y formal
impecable. Yo me imagino que no fue fácil convencer al cliente, allá
por el final de los 60: “Se lo juro, ahora lo que se lleva son los
pintalabios gigantes y los puentes con forma de cuchara”. Sin embargo,
sus esculturas han alcanzado un gran valor público y se erigen como
monumentos modernos en ciudades americanas y europeas. Nuestra muestra
más cercana, Mistos, la tenemos en Barcelona (como no) y se
trata de una caja de cerillas cuya envergadura y colorido nos hace
pensar que se trate de un juguete infantil de algún gigante olvidado.
En París, en el Parc de la Villette, está una de mis favoritas,
Buried Bicycle. Por entre el suelo verde asoma en perfecta
proporción un trocito de rueda, medio manillar con timbre, medio
sillín y un pedal, todas ellas partes inequívocas de una bicicleta que
se imagina enterrada completamente bajo la superficie. El área de la
escultura, de 46 x 21.7 metros, hace de la bici un objeto
contradictorio en todo su ser. Oldenburg no ha abandonado nunca su
temática pop de objetos de consumo de la cultura popular, a los que ha
ido despojando burlonamente de sus cualidades funcionales, haciendo de
ellos simbologías de entes completamente banalizados. Lo magistral en
sus piezas es la capacidad que tienen para provocar sentimientos
contradictorios, donde uno nunca termina de pensar que lo ha entendido
todo.
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Algo parecido pasa cuando uno observa el hiperrealismo de Ron Mueck,
(Melbourne, 1958). Sus figuras están ahí, perfectas, explícitas,
rotundas y no parecen encerrar misterios… pero uno sabe que los tienen
y los busca y los busca y encuentra cada vez una cosa distinta. Aunque
Mueck tuvo la suerte de tener como padrino a Saatchi, (de manera que
medio camino estaba ya hecho), su apuesta era muy singular,
extravagante e incluso macabra. Pero él nunca dejó de creer en sus
personajes, y he ahí la clave: la seguridad de haber encontrado tu
propio camino. La manera en que el creador amplifica o reduce nuestra
percepción de las figuras humanas encierra toda una serie de
sentimientos que chocan entre sí. De repente el muchacho en cuclillas,
Boy, nos resulta un joven desvalido y asustado, encerrado en sí
mismo, huidizo y tímido. Pero si esperamos un momento, sus ojos
parecen tornarse desconfiados y amenazadores, su postura desafía a
aquel que se acerque más de lo justo y su talante se vuelve burlón y
chulesco. Así con todo. Al acercarnos a sus personajes, nos sumergimos
en sus universos, en su espacio vital, invadimos su intimidad y
corremos el riesgo de que en un momento determinado de la intromisión
ellos se cansen y nos quieran echar. In Bed, Wild Man,
Big Man… todas ellas personas de perfecta apariencia, con
lunares, pelos, incluso venas, son capaces de hacernos sentir cómodos
e incómodos, es tan solo cuestión de tiempo.
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Hablar de escultura a gran escala y no nombrar a Anish Kapoor,
(Bombay, 1954) aunque sea brevemente, sería injusto. Su instalación
Marsyas, en el Tate Modern allá por el 2002, aún me provoca
escalofríos, quizás porque sigo sin saber de qué se trataba y juego a
inventarle vidas perturbadoras. Algunos de sus trabajos no son tan
sólo monumentales, sino que también se exhiben en vías públicas
(siempre es un valor añadido que la obra viva en la calle). El más
reciente, por ejemplo, es su Cloud Gate de Chicago, una inmensa
materia que refleja todo lo que tiene cerca y cuya forma emula al
mercurio líquido. Una especie de masa con apariencia versátil pero que
nunca llega a transformarse, lugar idóneo para perdernos en el mundo
Kapoor. Un mundo que por cierto, ha ido construyendo poco a poco,
coherentemente, en base a unas investigaciones de contrarios que son
el motor de su obra, y me atrevo a pensar que de su propia vida como
ser.
Tres caminos
valientes y personales. Tres maneras de encontrarse con uno mismo, de
materializar miedos, pensamientos, dudas, investigaciones, verdades.
Tres apuestas merecedoras del reconocimiento que tienen. En gran
medida, hablar de la fertilidad artística de una época estando aún en
ella es pretencioso y algo absurdo. No podemos prever qué supondrá
nuestra época para la historia del arte, cuáles serán los nombres
recordados y cuáles se revelarán póstumamente bajo la crítica revisión
de algún estudioso influyente. Algunos artistas parece que buscan
desde la primera pincelada la consagración y la fama, eso que se viene
haciendo cada vez más común en nuestra cultura: pegar el “pelotazo” a
base de poco trabajo y mucha vida social. Otros artistas, en cambio,
obtienen esa fama sin darse cuenta, haciendo lo que saben hacer:
crear, concebir y reinventar el arte cada día. Me inclino a pensar que
nuestros tres artistas pertenecen a esta segunda categoría.
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Laura Acosta, 2007.
fotografía de
"Spoonbridge & cherry" (Claes Oldenburg &
Coosje van Bruggen)
por cortesía de Walker Art Center de Minneapolis.
[credits: Gift of Frederick R. Weisman in honor of his parents,
William and Mary]
fotografía de "Dropped Cone" (Claes Oldenburg) por cortesía de
Neumarkt Galerie, Köln
fotografía de "Untitled (big man)" (Ron Mueck) por cortesía de
Fondation Cartier pour l’Art Contemporain, París.
fotografía de "My red homeland" (Anish Kapoor) por cortesía de CAC
Málaga.
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[artificio]
benjamín alcántara [www.via69.com.mx] |
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Hace ya casi una década –uff, menos mal que mis años están llenos de
matasellos con los que marcar los recuerdos y los lugares-, en mis
tiempos de despistado y disipado perturbador de conciencias propias y
ajenas, absorto todavía en la nubosidad rara de los tiempos
universitarios, tuve la genial corazonada de comprar dos obras de
arte. Así, de sopetón, sin poseer más dinero que el conseguido con
trabajillos de tres al cuarto. Engreídos mis ánimos por una sana
ingenuidad, sin tener claras ni las ideas ni los bolsillos, me tiré al
vacío como Yves Klein. Lo primero que adquirí fue un grabado de
Antonio Saura en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Me imbuí tanto
del ambiente, me dejé seducir a un nivel tan alto por la magia del
lugar, que salí convencido de que comprar un Saura era lo menos
que podía hacer. Tan animado estaba, que me llevé también un
Teixidor para reafirmarme en mi acierto.
Mi
segunda tentativa fue a los pocos meses en la galería Birimbao. Había
una colectiva sobre el dibujo sevillano y me acerqué, para qué vamos a
negarlo, a ver un boceto de Paco Cortijo. Nada más entrar me encontré
con dos carboncillos de Ignacio Tovar que me desestabilizaron.
Ahí se detuvo primero mi mirada y luego mi cabeza (creo que mi cuerpo
dio un par de vueltas por la sala pero de las demás piezas no recuerdo
nada). Sin poder evitarlo, me atraparon las sugerentes curvas de
Tovar. La imanación silenciosa que transmitía el limpio trazo
insinuado me pareció un enigmático misterio por descubrir. Me cautivó,
como un encantamiento, el mágico tropo visual ideado por el artista,
pura lírica inmaculada capaz de transformar con la más delicada
alquimia una simple melena evocada en una abstracción meliflua y
esponjosa. No lo dudé y me planteé impulsivamente en aquel preciso
momento -dichoso momento-, hacerme con uno de los bosquejos. Puse mi
punto rojo pertinente (qué emoción) sobre el que me pareció más
original –de la pareja, el menos manchado, el más vacío, el más
sencillo- y a los cuatro días acudí con mis ahorros a pagar lo
pactado.
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Tengo
que explicar con detenimiento que mi enamoramiento con el arte de
Ignacio Tovar se produjo en el instante en que descubrí en la
colección del CAAC su sanguina Margarita Cansino, una sutil
metáfora tan poderosa que me pareció el summum de una obra no
figurativa por su profundidad e inteligencia. A mí lo evidente no me
dice nada porque se ve todo. Me interesan las construcciones mentales
penetrantes que se rebelan contra las facilidades visuales o
actitudinales. Me interesa, como a los platónicos, el alma de las
cosas más que las cosas en sí mismas. Ceci n’est pas une pipe,
advirtió Magritte a los simplones. Cuando supe la historia de la obra
me maravillé ante las capas de hondura que se superponían para
camuflar de manera críptica un vivaz tono autobiográfico. Las claves
secretas de este dibujo, que representa de manera muy original la
melena pelirroja de Rita Haytworth (cuyo nombre real era Margarita
Cansino), tienen que ver de manera vinculante con los orígenes del
propio artista. Se dice que el padre de Rita Haytworth era oriundo de
Castilleja de la Cuesta, pueblo natal de Ignacio Tovar. Este vínculo
tan particular entre la actriz americana y el artista sevillano es el
punto de arranque desde el que parte Tovar para construir un camino
personal por el que encontrarse a sí mismo rebuscando en sus raíces.
Partiendo de la mímesis más tradicional llega a una introspección
mental que se acaba convirtiendo para el espectador en un evocador
estado de contemplación.
Este
sentido trascendente del arte es lo que me seduce de los creadores
auténticos, su discurrir entregado por el sentido intenso de las cosas
-evitando lo anecdótico o lo trivial-, para a fuerza de buscar
respuestas personales acabar construyendo un mundo de preguntas
válidas para el común de los mortales.
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Me compré el dibujo porque la autenticidad que desprendía era tan
poderosa que quise que me acompañara siempre. Me esforcé por
adquirirlo porque era, a mi entender, el ejemplo perfecto de lo que
debe ser una buena obra de arte. El concepto al que llega Ignacio
Tovar es exactamente el mismo que alcanzó Cézanne cuando dibujó
cientos de veces la montaña Sainte-Victoire hasta dejarla
simplificada a unas pocas líneas matrices. Ambos parten de la realidad
para superarla analizando al detalle todas sus posibilidades,
despojándola de lo prescindible para reducirla a lo esencial (no hay
que olvidar que la esencia es el extracto más importante y
característico de algo, en ella se esconde el alma y la identidad de
las cosas).
Si nos
damos cuenta, esta espiritualidad que se alcanza por medio del arte
verdadero es la misma que desprende la sacralidad de cualquier
religión, una búsqueda universal de imposibles que mantiene en vilo la
existencia. Una lucha contra lo superficial, contra lo innecesario,
contra lo superfluo o cualesquiera otros elementos que perviertan el
sentido prístino de la existencia. Planteamientos que quieren dar
validez metafísica a dudas inescrutables. Ni más ni menos que como
reza el título de un conocido cuadro de Gauguin, ¿De dónde venimos?
¿Qué somos? ¿Adónde vamos?
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Sema D´Acosta, 2007.
fotografías de Claudio
del Campo por cortesía de Ignacio Tovar.
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[nunca
me gustaron las muñecas] maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir] |
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PERFORMANCE
Postmortem, Joan Morey. Centro de Arte Santa Mónica, Barcelona.
Hasta 25/02/07.
“No voy a adaptar mis códigos a un sistema pedagógico para que se
entienda mi labor como creador”.
Joan Morey
(Entrevista publicada en el Boletín 31 –Enero 2007- CASM).
Pese a la velocidad que requieren nuestros
encargos, la premura de nuestras acciones y la incapacidad para
sostener los lances que se desploman ante el ritmo vertiginoso que
marca la actualidad, ciertos artistas contemporáneos,
se detienen para hacer balance de su
trayectoria profesional.
Bajo el comisariado de Frederic Montornés,
Joan Morey –Mallorca, 1972- presenta en el Centro de Arte de Santa
Mónica –Barcelona-, su obra POSTMORTEM, un ciclo de
performances que surgen de la
revisión de su trabajo en los últimos diez años. Un análisis que
disecciona y explora los dispositivos, elementos y expresiones
utilizados en su recorrido; un juego que avala la profusión de
mecanismos ofreciendo multitud de referencias, estéticas, actitudes y
fragmentos imitados y mezclados entre sí, que alteran e inquietan al
espectador incitándole a la reflexión.
POSTMORTEM se muestra en una sucesión de 10 pases -uno sólo
para prensa, dos con invitación, cuatro con cita previa y tres a
puerta cerrada-. Tanto el asistente invitado al proyecto como aquel
que concierte cita para presenciar alguna de las performances debe
vestir íntegramente de negro y someterse a todo el ceremonial
establecido en cada acción; convirtiéndose involuntariamente en sumiso
a las órdenes conceptuales del artista.
A través de la relación amo-esclavo /
artista-espectador, artista / obra, sociedad actual / artista, Morey
manipula y estimula al receptor utilizando un código de estilo
basado en las referencias
estéticas del fetichismo -cuero, stilettos, máscaras, latex...-
y la alta costura. Un amasijo visual
desconcertante –propio de la cultura contemporánea- que potencia la
relación preestablecida entre audiencia y obra, a través de la no
narración, con el fin de crear situaciones incomodadas e incitar
nuevas vías de lectura, para propiciar la reflexión del espectador
sobre su papel en la obra; su experiencia subjetiva como pieza
indispensable del puzzle que configura la acción.
Para tal fin, Joan Morey construye un gran ataúd blanco que
localiza en la zona del Claustro del Centro de Arte Santa Mónica
donde, desde el 15 de diciembre y hasta el próximo 25 de febrero,
reúne a un selecto público para presenciar su trabajo.
Como de costumbre y anhelando que mis queridos lectores visualicen y
escenifiquen lo expuesto, pasaré a narrar la experiencia vivida, en
relación al cuarto panel del programa: lo frío y lo cruel, que
tuvo lugar el pasado 19 de enero.
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Faltaban diez minutos para las siete en punto. Isa y yo, alcanzábamos,
de riguroso negro y sin complementos, la recepción del CASM y
esperábamos atentas la llegada del contacto responsable de
encontrarnos hueco, pese al anuncio anticipado de aforo completo.
Como
decorado, un par de curiosos, fácilmente identificables por su
indumentaria bruna –probablemente novatos, como nosotras- recuperando
las hojas de sala para calarse de las inquietudes del artista.
Minutos después, llegaba la propuesta de Neus: ¡horror!… debíamos
esperar que la afluencia de público no fuese la deseada para formar
parte del listado de afortunados. Vacilamos entre permanecer atentas o
transitar el resto salas y, temiendo desaprovechar la atención en
otras propuestas, optamos por resistir la curiosidad y afrontar la
llegada masiva de cucarachas negras que ingresaban en el
claustro en grupo de dos, tres o más.
Todo ojos
y sin saber qué hacer, nos limitamos a copiar los movimientos
veteranos de aquellos seres fantasmales que, como misteriosos
autómatas, se aproximaban a un primer escenario de monitores junto a
un gran sofá contiguo a la tumba central; afilados rostros con
monturas de lentes negras, jóvenes enviudadas al más
puro estilo hollywoodiano, tipos casual sin afeitar,
andróginas apariciones de corte victoriano, recreaciones del popular
Manostijeras, cuerpos esculturales con accesorios imposibles y
afilados tacones de infarto; una variopinta selección de espectros
reunidos para presenciar el funeral, la disección de la obra de un
artista que rememoraba así, diez años de trabajo bajo la marca
ficticia STP –soy tu puta-; un
juego de palabras para denunciar que todos estamos sometidos a las
estructuras del poder existentes.
Expectantes, intentamos descubrir algún motivo para permanecer más
tiempo sin conocer qué sucedería a continuación. No había respuestas…
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De repente, una rubia apretada de corte clásico, se acomodaba en el
sofá e iniciaba la lectura de un texto en varios idiomas compaginando
el recital con el consumo de una copa de cava. Sin entender, apenas
cuatro guiños dispersos, observamos absortas las poses ensayadas y el
tono voluble; milagrosamente, llegaron las palabras en castellano y
con ellas, la breve comprensión de un discurso inconexo sobre la
sumisión, la esclavitud y las relaciones de poder. Todo, para entender
que estábamos en manos del artista como simples títeres sin voluntad
propia. Aún así, se hacía imposible, renunciar al juego…
Sin
pasar página y, con la voz de la rubia cada vez más lejana, dos nuevos
personajes de riguroso negro iniciaban el control de asistentes. De
uno en uno, e impidiendo la entrada a todo aquel que no cumpliese con
el requisito de vestir exclusivamente de color azabache, nos fuimos
incorporando al nuevo escenario: el interior del ataúd donde, una
joven ataviada con máscara confeccionada por su propio pelo, pantalón
corto y altísimos tacones, dirigía la ubicación de los allí presentes.
La
visión era cuánto menos, inquietante. En el centro de la sala, un
desconocido de rostro cubierto, torso desnudo, pantalón de látex y
cadenas en las muñecas, escribía arrodillado el discurso que se
filtraba por los altavoces dispuestos a ambos lados. Mientras, otro
personaje de similar guisa, nos ofrecía beber de una botella de cava,
rigurosamente limpiada tras cada sorbo; una joven esbelta se
contorneaba sumándose al discurso de los altavoces y el resto de los
involucrados –incluido el propio artista- registraba la secuencia
desde múltiples ángulos, bajo una nube intermitente de humo blanco, al
estilo del estreno de un espectáculo de gala.
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Minuciosamente y sin interrupción, se mantenía la incorporación de
nuevos asistentes.
Sin
previo aviso, el joven del centro, sin desvelar su identidad, cambiaba
la posición irguiéndose sobre dos montones de folios utilizados para
capturar las frases que surgían en bucles inconexos, cada vez más
crípticos, mientras la actriz disertante acompañaba el discurso de una
electrizante sinfonía con guitarra eléctrica.
Nadie
controlaba la escena.
La
atmósfera saturada y exorcizante no parecía tener fin. Atrapados en
las redes de su autor, asistíamos a la compleja revisión de los
mecanismos, soportes y lenguajes de una obra de difícil salida en el
“Mercado del Arte”, una cuenta atrás hacia lo desconocido, con
pequeñas sacudidas que no daban lugar al ocio o el entretenimiento.
Un
espectáculo excesivo que acababa sin lógica aparente, con la
invitación a abandonar el féretro del artista y olvidar para siempre
lo acontecido…
Tan
sólo el silencio insondable de la muerte. No hubo más.
“Los proyectos no deberían ser proyectos artísticos sino
proyectos ideológicos y manifestar claramente la posición de quien los
ejecuta frente al arte, la cultura o el presente”.
Joan Morey
(Entrevista publicada en el Boletín 31 –Enero 2007- CASM).
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Ana Robles, 2007.
fotografías
por cortesía de Centro de Arte Santa Mónica y el propio artista.
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[espejos]
benjamín alcántara [www.via69.com.mx] |
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EXPOSICIÓN Obra
en negro, José Miguel Pereñíguez. Galería de Arte Birimbao,
Sevilla.
Hasta 20/02/07.
Buscar el yo; como si fuera tan sencillo, especialmente para mí que
desnudo mi alma ante sus curiosos ojos, queridos, periódicamente.
Vendida como me hallo, cual mercancía artística en feria banal-bienalizada,
a veces tengo el pronto del artista: Siento que desparramo en cada
renglón una gotita de mi esencia más profunda, que no dispongo del
santuario, del paisaje interior. Por eso, en mi redundancia
mil veces invocada de la negritud –oscuridad gótica insondable que se
escancia cómodamente por mis vasos sanguíneos- es donde me encuentro a
salvo; sé que en realidad ven esa penumbra como un reflejo de mi ser,
pues me tildarán de malévola con prejuiciosa ligereza. Y sin embargo
es mi refugio: Lo es la profundidad de la sombra entre los pliegues
orgullosos del metálico Oteiza; lo es en medio de una brecha de Lucio
Fontana, verdadera autopsia del espacio pictórico; y lo es en el
silencio cromático que sucede a una instalación de Dan Flavin cuando
alguno de los tubos fluorescentes pasan a mejor vida…
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Algo más que esa tonalidad umbría –clarividente- encuentro en la
Obra en Negro del artista sevillano José Miguel
Pereñíguez; hay sobrevolando esta pintura una cualidad ritual,
casi taumatúrgica desearía decir –la deliciosa magia de la sangre-,
que ha barnizado cada uno de los dibujos con un aurático sentido
religioso –en una religión politeísta y polimorfa, abstracta,
apasionada aunque silenciosa-. A pesar de la contenida frialdad que
destila esta exposición en un primer vistazo, hay un plomizo
descubrimiento del interior –un refugio inseguro, donde todo está a
punto de mutar, qué mejor presagio para la vida-. Y para ratificarlo,
las parcas.
La indiscutible presencia de la muerte –el yacente inane que
exhaló su ka como un vaho traslúcido, la presencia exhausta de
objetos que parecen acabar de expirar, la presencia palpitante de
símbolos del tránsito…-, transfigurada en una nebulosa grisácea a
fuerza de un cuidado virtuosismo en la técnica del carbón, preside el
conjunto de dibujos de forma omnipresente, esparciendo su somnífero en
una dulce venganza. Pero es la muerte entendida como camino, la
oscuridad a medias –incontables matices de gris- como territorio a
atravesar, la atmósfera irrespirable como fluido amniótico indeseado
pero al tiempo como necesidad para ser conscientes del ritmo pulmonar.
¿No es esta una gran poesía?
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Elektra, 2007.
fotografías por cortesía de Galería de Arte Birimbao.
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No me gusta conceder entrevistas. Si entonces me fastidiaba, imagínese
ahora. Recuerde que ha de tener paciencia conmigo. Hace un siglo que
no converso con nadie y tengo las cuerdas vocales desgarradas. Por
favor, sea breve. Tengo sueño y un hambre atroz.
Quién.
Detrás de mis ojos se está librando una batalla. Sentimientos
enfrentados se revuelven como gallos de pelea. El deseo de huida puede
al deseo de permanencia. Me envuelven sensaciones, ecos y aromas. En
este estrecho túnel que es la memoria predomina el frío, el crepitar
de las ramas y el olor a tierra mojada. Si mal no recuerdo decían que
yo era un niño prodigio porque hacía cosas que nadie a mi edad era
capaz de hacer. Bajo mi punto de vista eso es ser más bien un niño
maldito porque uno corre el riesgo de distanciarse de sus congéneres.
En el ateneo solía presidir una mesa interminable y recitar versos
ante una docena de honorables señores. Cuando no me ovacionaban, me
reían las gracias. Yo tendría nueve años y ellos más de noventa. Yo
iba ataviado con pantalones cortos y polo a rayas y ellos con traje de
etiqueta. Yo habitaba un mundo de mayores que querían hacer de mí todo
lo que ellos no habían conseguido en sus vidas. Yo había recibido un
importante galardón literario y publicado un libro que fue aclamado
por la crítica y tuvo gran acogida. Corrían días en que alrededor mía
todos celebraban conocerme. Familiares y allegados me brindaban su
afecto y una palmada en el hombro. Mis palabras de infante se habían
convertido a mi pesar en imprescindibles balas de cañón. Pero una cosa
es la intencionalidad de uno y otra bien distinta la interpretación de
los demás. Imagino cómo debió de sentirse Arthur Rimbaud. No es tan
fácil romper con todo.
Dónde.
Bajo
una encina ha dado con mi cuerpo desnudo un guardia forestal. Dice que
presento un aspecto lamentable y evidentes signos de hipotermia y
desnutrición. Para espabilarme hace uso de métodos tan poco ortodoxos
como una bofetada, el chorro de vino o una vara embadurnada de
excremento de perro. Con un leve movimiento de dedos rechazo su
asistencia en tanto agarro su morral, trato de incorporarme y me
arrimo a su oído para susurrarle que los montes son mi hogar y que dos
jabalíes y tres zorros son toda la familia que tengo. Pero él está
nervioso por el sorprendente hallazgo que yo represento y no alcanza a
distinguir mi hilo de voz. No sabe que detesto que se apiaden de mí e
ignora que odio a los hombres. O tal vez el problema es mío y yo creo
que estoy hablando cuando solamente estoy pensando. Los animales
salvajes son menos salvajes que los seres humanos. Una vez éstos
hicieron gala de sus malas artes para expulsarme de su lado y aquéllos
me salvaron la vida cuando me extravié y casi muero de inanición o a
merced de los lobos. Pronto deduje que mis padres biológicos no
hicieron todo lo necesario por buscarme y si acaso lo hicieron se
hartaron enseguida. De ahí que varias noches a la intemperie fueran
suficientes para descartar la posibilidad de volver al redil. Por otro
lado, supongo que yo no era precisamente el hijo perfecto ni mi
pérdida significó demasiado dado que llevaba semanas comportándome de
un modo extraño y había quienes me tachaban ya de demente, lo cual no
constituía sino una deshonra en el seno de tan ilustre familia. Ahora
me atrevo a decir que a todo el mundo vino bien que yo desapareciese.
Cuándo.
Mi entrevistador se obstina en apuntar que soy una víctima del tiempo
y que ahora regreso a la civilización para recuperar todo el tiempo
perdido. Pero nada más lejos de la realidad. No confío en las segundas
partes y me produce náuseas el retorno, eterno retorno. Además, el
guardia ha dado conmigo por casualidad y en este preciso instante la
policía y el cero sesenta y uno me retienen contra mi voluntad. Si por
mí fuese, ya hace rato que estaría en el valle jugando con mis amigos
los animales. Es cierto que hace veinte años me esfumé como por arte
de magia y que apenas soy consciente de lo hecho durante este lapso.
Vagamente recuerdo que justo antes de evadirme había perdido el
contacto con la realidad y me había olvidado del niño que era. De mi
ideario personal y de un plumazo había desterrado a mi pandilla del
barrio, un muñeco de trapo y un trompo tatuado con sangre. A cambio
había ganado el contacto con una realidad de sienes argénteas, voces
quebradas, hojas garabateadas y gabanes raídos. Pero yo no tenía edad
para salir de noche y frecuentar cafés teatro y mucho menos para andar
con ancianos, poetas y vampiros que no habrían dudado en devorarme
ipsofacto o venderme en el mercado negro con tal de apoderarse de mis
sonetos. Pero a los ojos de los míos, la popularidad que yo iba
cosechando como autor precoz era un tesoro demasiado valioso y de él
solía servirse toda mi familia para hacerse un nombre en la alta
sociedad. Las gentes de más alta alcurnia se jactaban de alternar con
los padres de un joven ilustrado y yo era el principal tema de
conversación en las más exclusivas fiestas. A medida que la falta de
sueño y el consumo de estupefacientes iban distorsionando mi visión de
los hechos y corrompiendo mi frágil naturaleza porque no era sano y
menos lógico que la vida de un crío discurriera por semejantes
derroteros, más huérfano me sentía entre tanto aprovechado. Hasta que
de pronto un día aborrecí los libros y en un descampado encendí mi
particular pira donde ardieron clásicos, modernistas y novísimos
además de mi inocencia. Entonces me prometí a mí mismo que me
confinaría de por vida en el mutismo, que jamás escribiría o diría una
sola palabra y que me entregaría de lleno a la extravagancia y la
soledad. Y como un nigromante salté el fuego tres veces para sellar mi
juramento.
Cómo.
No tardé demasiado en pasar de ser el hijo predilecto de la ciudad a
ser el hazmerreír del barrio. Deseaba poner en evidencia a todos
aquellos que me querían solamente por el interés. Gustaba de
comunicarme con mohines y aspavientos que si bien no propiciaban el
entendimiento sí suscitaban la risa. Cambié mis pantalones cortos y mi
polo a rayas por una pajarita y un llamativo sayón. Para mi sorpresa
un puñado de adversarios me dedicaron palabras de aliento e
intercedieron por mí con vehemencia. Luego supe que tras conocer mi
decisión respiraron aliviados porque de repente se extendía ante ellos
un horizonte atestado de publicaciones en revistas de tercera y
menciones honoríficas. Muchos se referían a mí como el poeta que tuvo
a bien desertar del gremio para transformarse en payaso. Era menester
aprender a valerme por mí mismo ya que nadie me quería cerca suya, ni
siquiera a la hora del almuerzo. En una sociedad puritana yo era el
tumor que había que extirpar a toda costa. Aquellos que una vez
celebraron conocerme, negaban de pronto haberme conocido nunca.
Mientras tanto mis representantes legales se llenaban los bolsillos
con los royalties obtenidos por la venta indiscriminada de mi libro:
veintitrés ediciones. Pero las palabras se las lleva el viento,
pensaba yo aferrándome cada día más al silencio. Tras las puertas yo
alcanzaba a oír cómo mis padres se las ingeniaban para urdir un plan
convincente y deshacerse de una vez de mí: países remotos, internados
y casas de acogida entre otras maquiavélicas propuestas sobrevolaban
día tras día las frías estancias de nuestro hogar. Pero como aún amaba
a los míos, tomé la determinación de allanarles el camino y
facilitarles un poco las cosas. Han pasado veinte años, tengo el
cabello por la cintura y me cuesta la misma vida recobrar el habla.
Qué.
En el monte me extravié o sencillamente me dejé extraviar; tal cosa ya
no importa. Una de mis excentricidades contemplaba adentrarme en el
bosque para hacer acopio de víveres y recolectar flores aromáticas. A
raíz de que las personas habían optado por hacerme el vacío, me
propuse vivir como un hombre de la antigüedad, no depender de nadie
más que de mí mismo, alimentarme tan sólo de lo que pudiese ofrecerme
la naturaleza y granjearme la amistad de aves y reptiles. Anocheció y
no encontré o sencillamente no quise encontrar el camino de regreso a
la urbe. Los primeros días fueron duros porque llovía y yo no era
diestro con la lanza. Pero me movía el instinto de supervivencia. Tres
días después había ayunado lo suficiente como para desfallecer y di
con mi cuerpo contra las piedras de un regato. Cuando era incapaz de
oponer resistencia al envite del sueño y me disponía ya a ser pasto de
los lobos, una manada de zorros y jabalíes arremetieron contra la
jauría. Aquél era su territorio y no se achantarían con facilidad.
Tras minutos de feroz combate, las bestias humillaron la cabeza y
accedieron a replegarse. Yo aún no sé por qué extraña razón me
adoptaron aquellos animales. De los sucesivos veinte años menos cuatro
días tengo un recuerdo incierto donde destellan arduas jornadas de
caza, noches de luna llena bajo los pinos y momentos estelares de
comunicación no verbal con mamíferos de extraordinaria simpatía.
Entonces entra en la furgoneta e interrumpe nuestra entrevista alguien
que me resulta extrañamente familiar. Agarra del brazo a mi
interlocutor y lo lleva afuera. Por la ventanilla veo que éste frunce
el ceño, a continuación entra y apaga la cámara. Se muestra incapaz de
ocultar su decepción. Como no soporta sentirse estafado, propina un
fuerte puñetazo en la puerta. Luego recoge sus papeles, da por
concluida su visita y sale sin mirar atrás.
Por
qué.
En mala hora hizo acto de presencia en la unidad móvil el doctor
Arenas. En estos momentos estaría mi entrevistador en su agencia
visionando el material y redactando el primer capítulo de la novela de
mi vida, en realidad de mi falsaria vida, con suerte en unos cuantos
años un laureado largometraje. A estas alturas ya debe de saber que
hace tres días me fugué de la clínica tras un ataque de nervios y eché
a correr campo a través. Los celadores aseguran que estoy preparado
para batir la plusmarca mundial porque en tiempo récord soy capaz de
recorrer docenas de kilómetros por empinadas pendientes, pedregosos
eriales e inhóspitas fincas. Si ahora he de ser sincero confieso que
no es verdad que haya convivido veinte años con fieras salvajes, pero
sí que fui poeta cuando niño y que gocé de un éxito temprano. A raíz
de ello mutó mi ingenuidad y cambiaron mis hábitos, afloró en mí
cierta inmoralidad como era de esperar después de tanta tertulia
maratoniana en compañía de poetastros de provincias y narradores de
fondo y se sucedieron fatales acontecimientos hasta perder la
perspectiva y enloquecer por completo. Desde entonces me hallo
encerrado en una institución psiquiátrica de las afueras, diagnóstico
desconocido, veinte años desahuciado por mi familia, la misma familia
que en otro tiempo no dudó en espolearme y empujarme al abismo, con
severos ataques de agresividad cuando algún enfermo osa persuadirme de
coger un bolígrafo y una cuartilla para que componga un ripio. En
cierto modo sigo escribiendo, pero solamente con el pensamiento. Me
opongo a establecer el flujo de energía que nace de forma repentina en
el cerebro y desemboca pronto en el puño. Desde que me ingresaron
reniego de la escritura como ejercicio físico porque la escritura ha
de ser puramente mental. Aún me vienen a la cabeza infinidad de
nombres y apellidos de escritores que jamás escribieron una sola
letra. En mi memoria yacen como un áureo sedimento todos y cada uno de
sus actos poéticos que no aspiraban más que a arrancar una sonrisa. Un
guardia forestal y un periodista han creído mi historia, quizás baste
con eso. Cuando llegue al hospital haré saber a todos mis compañeros
que hoy me ha faltado un tanto así para aventurarme en la confección
de mi último libro y recuperar la gloria que otrora tuve sin necesidad
de poner por escrito las palabras. De nuevo correrán a abrazarme y
seré a sus ojos un dechado de virtudes. De nuevo celebrarán haberme
conocido.
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Nacho Albert,
2007.
El relato está inspirado en una imagen de la serie "Espejos" del
fotógrafo Benjamín Alcántara, reproducida aquí por cortesía del propio
artista.
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