lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [la parada de los monstruos]  

 



Un bestiario es un compendio de bestias; según el imaginario medieval, donde estas recopilaciones fueron abundantes, exitosas y materializadas con un bellísimo repertorio de manuscritos iluminados, tal amalgama procedía a describir los estragos de la naturaleza –como creación divina prolífica y variopinta- en las diversas especies que pueblan el orbe. Estaban en los bestiarios las especies conocidas, revestidas de simbolismos intrincados; pero estaban en ellos también las especies imaginadas, que cobraron vida por la brillantez creativa de un mundo que vivía a expensas de la tradición contada. Monstruos formidables, como los dragones, los grifos o las sirenas, que ya habitaban abigarrados entre la talla morbosa de los capiteles de las iglesias o agazapados en algún voladizo como gárgola a punto de verter al mundo su extraño aliento de agua. Para ilustrar la virtud –algo que imaginamos níveo y carente de rostro- se hacía necesario plasmar su opuesto -¡qué facilidad la del hombre para diseñar mil caras al pecado y al vicio!-, del que escapar pero, también, al que acudir. ¿No era mucho más sugerente la tabla derecha del jardín de las delicias, no la más genial?

El hombre moderno no escapa a esa seductora subyugación, imbuido en un contexto donde el mal tiene ya tantas caras que parecería imposible adivinar una sola mas (qué ingénuo pensar en este sentido, la política internacional nos tiene bien surtidos; ¿vieron con qué fecundidad tantos artistas han plasmado el careto de Bush, hasta el empalago, como el rostro certero de la perversidad?). No hastiados de los cataclismos –naturales o prefabricados por la especie humana- que ya asolan el panorama, queremos presenciar una vez más (por si nos perdemos el auténtico) el fin del mundo. Y para ello basta con imaginar monstruos, personificaciones de ansias destructivas reconocibles a la legua, que asolen el paisaje cotidiano dejándolo todo barrido y/o medio chamuscado. Godzillas, Critters y Gremlins han revelado esa obscura fascinación a través de uno de los caldos de cultivo más eficiente del arte de nuestros días: el cine. Y sería injusto no concederle a esos engendros –tan irascibles ellos, tan entrañables y encantadores en su auténtico fuero interno- el mérito de haber estimulado la multiplicación de las especies.
 


Cuando observo las lúgubres esculturas de Shen Shaomin (China, 1956), por ejemplo, que dice construir a base de huesos reales, me es difícil mantener en calma mi convulsa iconografía de lo aprendido. Y creo haber visto ya a esos seres horripilantes (mosquitos gigantes que el artista glosa como criaturas desconocidas) apartando taxis amarillos en la quinta avenida con la fuerza titánica de una sola de sus patas, o inyectando una savia destructiva dondequiera que apunten con sus funestos hocicos (añadan gente corriendo y gritando, el carrito de bebé que rueda solitario calle abajo y una miríada de cristales rotos). Algo similar, aunque más sólido, se siente bajo los virus arácnidos de Louise Bourgeois (París, 1911) –tan delicada ella a veces y tan inhóspita cuando quiere-, esparcidos por los museos más chirriantes como sucursales del reclamo mediático (tal éxito acumulan) y representaciones un tanto tremendistas de la imagen de la madre (dejaremos para otra ocasión el trasunto familiar de la escultora, que daría para un extenso monográfico). Exorcismo pues del alma.

No quisiera cambiar de tercio sin aludir al borrico megalómano de Zhang Huan (China, 1965), un inquietante remedo de King-Kong en que la bestia copula –y lo hace literalmente, gracias a un falo inconmensurable y mediante un mecanismo accionable durante el tiempo de exposición- con la torre más alta de China, la Jin Mao Tower, que se considera un icono en el skyline de Shangay. Un falo atraviesa otro falo, el rascacielos que refleja nuestras ambiciones de urbanitas pretenciosos; el monstruo, en un modo políticamente incorrecto y bajo una apariencia ridícula –un asno gigante-, destruye creando; y me embarga un subrepticio miedo a que alguien filme esta secuencia algún día.
 


Pero no todo lo monstruoso tiene que ver con elefantes en cacharrerías: en la intimidad del laboratorio del arte, en el silente trabajo del taxidermista, hay una perturbadora obsesión por imaginar –con un detallismo perlado, ahíto de concreciones- aquello que la naturaleza no se atrevió a parir. Fauna secreta, aquella deliciosa exposición itinerante de Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) y Pere Formiguera (Barcelona, 1952), fue y es un referente para los amantes de lo bizarro y lo incongruente, y ello a pesar del posible trauma que pudieran causar a los adictos a la criptozoología. Todavía me sonrío al imaginar como pudieron engañar a media España con su colección de fotos manipuladas y collages de animalitos disecados, y más me regocijo sabedor del fraude hecho carcajada ante los mismísimos ojos del rancio y televisivo Íker Jiménez (perdonen la cita, tan ordinaria). Amantes de la leyenda construida, Fontcuberta y Formiguera revivieron al desconocido profesor alemán
Peter Ameinsenhaufen, biólogo, naturalista, botánico, y antropólogo, el genio que había conseguido catalogar una cuantiosa relación de especies imposibles, como el Cercopithecus icarocornu, un mono alado cornudo, o la Solenoglypha polipodia, una serpiente con 6 pares de patas. La mayor diversión de Fontcuberta y Formiguera era revisitar las salas de exposiciones y aguzar el oído a la escucha de crédulos y escépticos (el niño que contempla la mentira con impunidad, el adulto que le reprueba y confía plenamente en la autoridad museística que ha autorizado la exposición). No me extraña.
 


Más esteticista, finalmente, me resulta Thomas Grünfeld (Alemania, 1956), que también por el procedimiento de la taxidermia da lugar a animales mixtos –nada más trillado en la mitología de todos los tiempos-, concibiendo esculturas de una serenidad clásica y de un acabado exquisito que sitúa tanto en el contexto galerístico como en entornos más indóciles (ha llegado a camuflar su obra en Museos de Zoología, en connivencia con sus responsables) para plasmar una suerte de mutación biológica que cuestiona todos nuestros planteamientos morales en torno a la idea de normalidad.

El monstruo, por su unicidad, por su diferencia, se convierte en un ser indeseable. Desgraciadamente, vemos monstruos en nuestros semejantes (por su unicidad, por su diferencia) y apuntamos hacia ellos también toda la pesada artillería de miedos y discriminaciones varias.
 

Pedro Alarcón, 2007.

fotografías de Shen Shaomín y Zhang Huan por cortesía de Saatchi Gallery (Londre)
fotografía de Joan Fontcuberta por cortesía del propio artista
fotografías de Thomas Grünfeld (Pedro Alarcón) por cortesía de ARCO-Ifema y Galería OMR (México).

www.saatchi-gallery.co.uk
www.zhanghuan.com

www.fontcuberta.com
www.galeriaomr.com
 

 

 

[monstruo] juanma vidal

 

 



EXPOSICIÓN Dios da mocos a quien no tiene narices, Matías Sánchez.
Galería Valle Ortí, Valencia. Hasta 23/01/2007.

 

 “Matías Sánchez tiene un mal sueño, se retuerce en su cama, se desvela, tal vez  ha cenado demasiada coca, no puede más y se levanta. Se dirige hacia su taller y descubre horrorizado como un ser informe y monstruoso se ha introducido en su última obra. Todavía se pueden apreciar hilillos hectoplásmicos en el ambiente. Algo más le inquieta, gira la cabeza y vislumbra como una sombra escapa por debajo de la puerta dejando en la habitación un desagradable olor a podrido.

Desde entonces, cada noche, deja un lienzo en blanco y se agazapa tras una pila de cuadros ya terminados. Espera. Comienza a oír unos pies que se arrastran, se paran en la puerta, y una sombra se cuela por debajo, se recompone y se alza en forma humana con el rostro encapuchado. Porta un saco, y todo él apesta. Abre con lentitud de sepulturero la pesada carga  y arroja una masa informe sobre el lienzo. Poco a poco se recompone otra figura abyecta, un funcionario municipal corrupto, quizás, o un ruin visionario, que quedará atrapado para siempre en la tela del bastidor, ante la contemplación de todos, para su escarnio y nuestro deleite”
 

Matías y su pequeño museo de los horrorosos

En los cuadros del señor Sánchez están intrínsecamente unidos los temas y sus  protagonistas, con la forma de representarlos y la factura de su pintura. Resulta  atractivo tratarlo por ambas partes, pero son sus monstruos, sus seres grotescos e infrahumanos los que más cautivan la atención del espectador.

Bajo una apariencia engañosa, como si de un disfraz se tratara, se mueven arrítmicamente, convulsos, los personajillos siniestros de un esperpento callejero. En este baile de máscaras horripila saber que no están interpretando nada más que lo que son. Y de esa bofetada a nuestro intelecto surge la sensación de parodia. Al verlos tan ridículos, nos hacemos befa y mofa de ellos, y por tanto, los caricaturizamos también en nuestra conciencia. En realidad, percibimos sus almas feas e indolentes. La cara es aquí espejo del alma, no son caretas de carnaval. Nos hacen reír porque son una crítica sarcástica, espeluznantes retazos de los tiempos que nos han tocado vivir.

Sus personajes no son buscados, vienen a él, están en el televisor, en la prensa, y sobre todo en la vía pública. En muchos lugares del Sur, se mantiene la costumbre de salir a la calle en Carnaval, disfrazado con cualquier prenda extraña y extravagante. Se es entonces irreverente, maleducado y subversivo. Aquí comienza la auténtica parodia, porque nadie se salva y los pecados son aireados a los cuatro vientos. Entonces, como en una pesadilla, van saliendo de sus grutas y madrigueras todo tipo de malandrines. Y ahí también está el artista, participando del tumulto, mas observándolo todo, tomando nota para después retratar de aquella manera, sin perdón y sin recato, a  tanto tiparraco suelto.
 


El Carnaval que priva a Matías no es el refinado y estirado de Venecia, sus gustos se remontan al Bajo Medievo , “carnes tolendas”, y al inicio del Renacimiento. Da la mano a un fantástico Brueghel “El Viejo” y su batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, donde ambos, aunque paladines de dos ideales tan opuestos, resultan cómicos y absurdos. Ningún personaje sale bien parado, ya que todos son una panda de hipocritillas, y más que ponerse máscaras, se las quitan en la fiesta y durante el regocijo, dejando ver los auténticos rostros.

En la galería valenciana Valle Ortí se ha podido disfrutar en estos días de un conjunto de sus últimas creaciones. Los óleos muestran una serie de rufianes y meretrices que se deleitan en su lodazal, como felices gorrinos. Sólo falta el “Pasen y vean” para sentirte en una extraña atracción de feria.

A pesar de las diferentes temáticas, los elementos icónicos que han venido definiendo estas creaciones son un referente lingüístico de su obra más reciente. Se podrían clasificar aquellos, siguiendo un concepto aristotélico, en cinco tipos de accidentes: anatómicos, escatológicos, naturalezas muertas, personajes y signos gráficos. 

Los primeros exageran la fisonomía del personaje convirtiéndolo en una muñecote. Rostros con estúpidas muecas, ojos desorbitados de mirada perdida. Los dientes exagerados parecen representar la sonrisa de la hiena ante un magnífico festín de carroña, o como cierta folclórica decía cuando se veía acorralada por la prensa, “dientes, dientes”, mientras ofrecía una panorámica de su encía rosa. La lengua que se alarga en un amago de “matasuegras” recuerda un deseo desenfrenado, o como sucede en la iconografía hinduista , es el signo de la vergüenza reconocida. También destacan las famosas narices mortadelianas, que tanto lo han relacionado con el mundo del cómic. Y por supuesto, penes, no han de faltar en un mundo machista y falocrático.

Lo escatológico tampoco tiene desperdicio, “mocos”, flatulencias, “pedos”, y fluidos corporales varios. Entre los bodegones los hay clásicos, casi picassianos, o más barrocos, como el “cráneo de Adán”, que se repite para señalar la culpa y el pecado.
 


Dos personajes se repiten en sus composiciones, el encapuchado de negro, a medio camino entre verdugo y Demiurgo, ya que  ayuda a componer. Otro es el “travestorro” o extraña dama, pues más que mujer, recuerda el tipo que en las fiestas de su pueblo se disfraza con la ropa de su prima y se dedica a hacer de fulana bajuna con una “cogorza de mucho cuidao”. 

Para terminar con los accidentes, también relacionados con el cómic, los bocadillos y líneas gráficas, que le otorgan mayor dinamismo y diálogo con el espectador. Aparecen normalmente vacíos, quizá es tan evidente lo que quieren expresar que las palabras se las ponemos nosotros, o bien es tan necio lo que hacen, que no necesitan palabras. En otras ocasiones incorpora texto, a modo de leyenda, que le da a sus obras un aspecto parecido a emblemas o empresas, tan de moda en épocas pretéritas y que pretendían que el lector aprendiera y memorizara una cuestión moral. Como los Arcanos mayores del Tarot, figuras, triunfos, etc. subvierte los valores de la jerarquía del hombre y representa las bajezas del mismo en una galería de iconos, un santoral maldito de indecentes seres.

En esencia prevalece la aberración de las formas. En el arte clásico y por influencia platónica se creó el concepto de Kalokagathia, Belleza y Bondad, unidos en una misma representación. Por tanto, invirtiendo los valores, a la Maldad le correspondería la Fealdad. Y así, todos estos individuos rastreros y pretenciosos pasan a ser deformaciones del Hombre, golems generados por una mente crítica que viven castigados en la bidimensionalidad de la tela que hace de espejo deformante de la realidad. Se convierten en desdichados hijos de Kakos.

Las máscaras y las calaveras también podemos apreciarlas en la obra de Ensor, otro amante del Carnaval y de su trascendencia representativa. O incluso en la obra de Edward Munch, donde se desfiguran sus personajes en pos de un sentido trágico de la existencia. Se podría decir de Matías que es un Neosimbolista con fines terapéuticos. El diagnóstico, “estupidez social”. Tratamiento, “jarabe de palo”.
 


De todas las piezas resaltaría tres. Me gusta mi trabajo y me lo pagan bien donde un chapero irredento sostiene el consolador con el que acaba de terminar un trabajillo bajo unas faldas y sonríe pensando en sus ganancias, mientras parece no atormentarle el fantasma o recuerdo de su padre que, claro está, debe de retorcerse en su tumba al comprobar como ha cogido el camino más corto. En La princesa está pariendo que pertenece a una carpeta con trabajos en papel, presenciamos los alaridos del alumbramiento, abajo, en la esquina, un príncipe es asediado por micrófonos, casi desdibujado y ensombrecido por la parturienta que es el centro de la información. Bromuro en la paella te deja bien claro que la que manda es ella, el símbolo del poder masculino y fuente de su poder e inteligencia es aniquilado por una Lucrecia Borgia un tanto desmejorada…

Cuando sales de la caseta de feria y recuerdas los monstruos, si no te has parado a reflexionar, la visita no ha servido de nada. A modo de moraleja, me gustaría referir que el arte pictórico no ha sido sólo un fin en sí mismo, sino un medio para la realización del artista, el cual en cada pincelada  formaba  su propio Ser y hacía de aquellos que contemplaban su obra, cómplices de sus ideas y mejores personas.
 

José Hinojosa, 2007.

fotografías de Claudio del Campo por cortesía del propio artista,
de la Galería Valle Ortí (Valencia)
y de la Galería Begoña Malone (Madrid).

www.valleorti.com
www.bmalone.com

 

 

 

[intelectual] sebastián pirucha [www.pirucha.net]

 

 



Al más puro estilo californiano clavo en la arena mi tabla de surf y me siento a esperar la gran ola. Las negras ondulaciones se contonean ante mí como volutas de humo y me tienden sus tentáculos. Me armo de valor y me dispongo a ponerme el neopreno cuando una pareja de policías irrumpe en la playa y me disuade de meterme en el agua. Son las cinco de la mañana, hace frío y, lo más importante, no tengo edad para deportes de riesgo. Yo alego que me queda poco tiempo y que no quiero malgastarlo durmiendo. Pero es ya la tercera noche consecutiva que, según ellos, trato de procurarme una muerte gloriosa. Tengo ochenta y nueve años y hace tres meses que mi esposa se fue para siempre, sin previo aviso. Pero en ningún caso yo quiero suicidarme. Me resisto a pensar que por estos arranques míos tenga necesariamente que padecer un brote agudo de demencia senil. Ahora, como si lo viera, los uniformados me escoltarán hasta casa y me aconsejarán que me tome un vaso de leche caliente con miel y un par de pastillas para dormir. Yo asentiré con la cabeza, meteré en mi boca un par de comprimidos y una vez que se hayan marchado los escupiré sobre la alfombra. El mármol de mi apartamento recuerda cada vez más al oscuro adoquinado de una callejuela de Montmartre. Puesto a soñar despierto, confieso que conocí a Guy de Maupassant en una sucia taberna. Yo era el encargado de dar pábulo a los artistas.

Ha salido el sol y han restablecido el suministro de agua. Cada vez que entro en el cuarto de baño me tapo con las manos los ojos por miedo a toparme en el espejo con mi niñez o por un miedo mayor a toparme con lo contrario. Hace tres meses exactamente que rehuyo el reflejo de mi imagen. He oído que la gente que se siente fea por dentro acaba siendo fea por fuera. Yo no podría soportarlo. Acto seguido pongo mi dentadura en remojo y aguardo quince minutos. Después camino hasta la plaza donde los niños corren sobre sus monopatines y en el pecho me azota la envidia. Me considero un gran observador porque me divierte contemplar lo que podría haber sido mi vida. Reconozco que hay en ello cierto componente sadomasoquista. De pronto, un vahído. Abro los ojos, pero veo borroso. Me paso el día limpiando mis gafas. Por mucho frenesí que ponga en ello, siempre albergan manchas. Me fijo y descubro en los cristales diminutas huella dactilares, como si una caterva de niños hubiese aprovechado mi modorra para plantarme los dedos. Pero como por naturaleza soy un hombre bien pensado, descarto enseguida esta posibilidad. Prefiero pensar que me han visitado los hijos que nunca tuve. Rocío era estéril y adoptar era costoso. Ahora recuerdo con nitidez todos y cada uno de los bebés que nunca pudimos alumbrar. Queda patente que también me divierte evocar acontecimientos que jamás sucedieron. Si no me equivoco, nuestra vasta descendencia bien pudo componerse de dos hembras y tres varones. Al primero llamamos Francisco, como su abuelo. Se adelantó dos semanas y vio la luz tanto o más calvo que su abuela. Un año después nació Margarita, con el cabello por la cintura y los dedos en forma de uve. Luego resultó ser tan hippie como su propio nombre indica. Entonces hicimos un receso de dos años para recobrar fuerzas y pensar las cosas con detenimiento. Una y otra vez nos preguntábamos si era oportuno engendrar más niños. De a poco la sociedad se había convertido en un imponente vertedero: las gentes y sus miserias persistían en hacinarse en ínfimos núcleos urbanos. Pero aquél fue en realidad un periodo de rearme porque a continuación tuvimos gemelos: Emilio y Blanca, iguales como dos gotas de agua, al tiempo comprobamos que agua turbulenta. El último fue Nicolás, un ser único, diferente. Decía Rocío que era idéntico a mí porque vino al mundo extenuado. De haber sido por él, tras la palmada de rigor, abrir los ojos y llorar un rato para complacer a la concurrencia, se habría despedido de todos los que éramos en el quirófano y sin dudarlo habría regresado al seno materno. Era listo como su padre. Si yo hubiese tenido agallas suficientes, habría habitado de por vida tan templada cavidad. Lo cierto es que Nicolás falleció pocos minutos después del parto y yo gustaba de fantasear con que de motu propio había renunciado a la vida y había vuelto al cuerpo de su madre donde había sido tan feliz.
 


Pasaron los años con la insolencia propia de un infractor hasta que nos sobrevino el desastre. De una manera u otra todos nuestros vástagos sin excepción se habían adentrado en esa edad sombría que conocemos como adolescencia. Por todos sabido es que en esta etapa las acciones y decisiones personales son determinantes para labrarse un futuro incierto o, en el mejor de los casos, inquietante. Pero por si alguien no lo sabe, no hay nada peor que convivir con un cuarteto de púberes. A Francisco no le creció el pelo nunca y aprovechó tal capricho biológico para abanderar ciertos postulados nazis. Aún no entiendo cómo un colegio de curas puede ser caldo de cultivo de tan depravados grupúsculos. Me dolía un riñón cada vez que le acompañaba de compras y pagaba una fortuna por una cazadora militar y unas botas con punta de acero. Sin género de dudas prefería los vistosos sayones de Margarita o las espantosas gorras y los pantalones caídos de Blanca y Emilio. Aunque por otro lado era preocupante la acuciante crisis de valores que asolaba la vida de éstos y su manía de fumar sustancias prohibidas a todas horas. Rocío detestaba que llegada la noche nuestro hogar se transformara en un sahumerio. De madrugada no dormíamos ya que ocupábamos las horas en discutir acaloradamente, culparnos de todo e indagar en las claves de la paternidad responsable. Nuestro lecho de debate no favorecía ya actos de amor.

A medida que transcurrían los meses y nuestros niños desviaban sus pasos en el tortuoso camino del vivir, las sombras se cernían sobre nosotros. No era plato de gusto acudir cada domingo al correccional para visitar a Francisco; de hecho Rocío desistió de seguir haciéndolo al tercer día. Tras los barrotes, la calvicie de mi hijo era lo mejor que podía brindar su fisonomía. Su rostro picado de viruela y su rictus de amargura eran a nuestros ojos una visión pavorosa. La naturaleza es sabia y desde que a nuestro primogénito le dio por propinar palizas a sus semejantes, según él seres inferiores, su cuerpo no dudó en mostrar lo peor de sí mismo y sacar a relucir la hediondez que residía en sus entrañas. En cuanto a Margarita, jamás se estropeó lo más mínimo. Siempre tuvo cuidado. Hizo dieta y ejercicio. Incluso, su extraño afán por abrirse de piernas ante cualquier varón heterosexual que se preciase le reportó grandes beneficios. Concretamente nueve meses de embarazo, la inminente desaparición del artífice y un retoño con malformaciones que parecía sacado del infierno de Dante. Es lo que tiene copular sin tomar precauciones con el hijo inmoral y politoxicómano de un prestigioso financiero. Por último, Emilio y Blanca, Blanca y Emilio, ambos indisolubles. Ojalá hubiesen tenido talento para la mecánica o para cantar. No leen, no sonríen, ni por casualidad salen de casa. El sentido de su existencia es batir el record del último videojuego que ha salido al mercado e ingerir bollería industrial. Hace tiempo que ambos tomaron, como yo, la decisión de no mirarse en el espejo por miedo a vislumbrar su tez lechosa y su cuerpo informe. Jamás imaginé que pudiese mi progenie ser tan horrenda.

Definitivamente las personas que son feas por dentro acaban tornándose feas por fuera. Menos mal que mi difunta esposa y yo no hicimos nunca nada por ampliar la familia. Los designios de Dios son insondables y desde un principio acatamos sin rechistar su dictamen. Y eso que ahora ha comenzado a llover, han desaparecido todos los patinadores y me siento solo en este banco que ya me está congelando las nalgas. Soy consciente de que cuando en los días sucesivos le de a mi organismo por tirar la toalla, pondré punto y final a mi prosapia. Detrás mía no hay nadie más y no siento vértigo. En tanto aprovecho las gotas de lluvia y paso con brío un cleenex a mis gafas, comprendo por qué no es conveniente traer hijos al mundo. Corremos el riesgo de parir entidades aterradoras que cuando nacen son hermosas y después se corrompen gradualmente. Quizás mañana, tras pasar la noche en vela, en la playa, celebrando la vigilia de un viejo de corazón joven que no es otro sino yo, en espera de la heroica cabalgada sobre el tsunami que ha de sepultarme para la eternidad, y vengan en mi auxilio las fuerzas del orden que también son las fuerzas del buen corazón y tengan a bien devolverme a mi mugrienta morada atestada de píldoras de colores esparcidas por el piso y al alba resuelva otra vez no enfrentarme por miedo al individuo que habita el espejo y con la dentadura limpia ose darme un paseo hasta la plaza y en mitad del camino pase por un escaparate, moriré súbitamente con la mera contemplación de un anciano al que han sacado los ojos y cosido los labios. Es del todo comprensible que los hijos que no tuve constituyan una imagen sobrecogedora porque de tal palo tal astilla o de casta le viene al galgo. Cualquiera que ahora me escuche, sentenciará que éste es otro episodio de senilidad. De repente resulta todo tan descorazonador…

 

Nacho Albert, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de ARCO-Ifema y Galería Christopher Cutts (Canadá).

www.cuttsgallery.com


El relato está inspirado en la escultura-instalación Secret Weapon (2003), del artista Richard Stipl, exhibida en la Galería Christopher Cutts y en la pasada edición de ARCO.

 
 

 

[matías en el espejo] karmelo fernández

 

 



EXPOSICIÓN Make death listen (Haz que la muerte escuche), Muntean & Rosenblum.
MUSAC, León. Hasta 07/01/2007.
 

“Los jóvenes de hoy en día parece haber perdido la noción de pasado. Por lo general, están muy seguros de lo que hacen y sólo perciben el ahora mismo; y recuerdan, más o menos, de distinta manera, lo que han vivido en un pasado reciente o remoto. Parece que han perdido todo el conocimiento que solía constituir la memoria de las generaciones anteriores. Son apóstoles de lo inmediato…”

Muntean/Rosenblum

Los monstruos de nuestra sociedad actual son jóvenes silenciosos de expresión perdida y mirada vacía. 

Púberes desentendidos de las exigencias vitales que se desviven en opciones erróneas; niños sin memoria, sin preparación, sin inquietudes y sin actitudes que no quieren saber nada ni del pasado ni del fututo.

Veinteañeros desmotivados que no saben asumir responsabilidades ni tienen valores definidos. Chavales que visten ropas de marca y practican la incomunicación real o virtual.

Son monstruos de expresión dulce, efebos sacados de anuncios de moda, aletargados inmaduros inconscientes que dejan pasar el tiempo como si no pasara nada.
 

Parte I: el contenedor

Un día antes de terminar el año, una mañana neblinosa y azoriniana como mandan los correctos cánones invernales de la meseta castellana, andábamos mi hermano Edu y yo deambulando por León sin rumbo fijo pero con la clara intención de hacer tres paradas irrenunciables: la catedral, una de las cumbres del gótico peninsular; la colegiata de San Isidoro, emblema del románico español; y el MUSAC, punta de lanza de los centros de arte contemporáneo en nuestro país. Ninguno de los tres hitos nos defraudó. Más bien al contrario, nos sorprendieron gratamente. De los dos primeros poco tengo que decir, su grandeza es tan absoluta, que resulta baladí pronunciar comentario alguno. Ahora bien, en el tercero voy a explayarme con delectación.

Todo lo que vi en el MUSAC me pareció bueno, interesante y convincente. Es a las claras un museo bien conseguido, bien hecho y mejor llevado, un ejemplo a seguir para los que se dedican a gestionar centros de estas características. El contenedor, el edificio, tiene las dimensiones exactas, no es ni grande ni pequeño (los edificios megalómanos son muy vistosos pero acaban siendo embalajes difíciles de rellenar; o lo que es peor, rellenados de cualquier manera). Su envolvente fachada principal –un tapiz colorista que sobresale sobre el gris plomizo del ambiente norteño- es una acertada combinación que invita a la entrada. Una vez dentro, las salas se distribuyen alrededor de un amplio hall que organiza los espacios de manera sencilla. Todo resulta accesible, comprensible y diáfano. Se explotan los recursos didácticos con simpatía y se potencian las posibilidades museográficas con imaginación. Da gusto ver a los niños pintorreando en el gran vestíbulo recibidor, señal inequívoca que es un museo diseñado para toda la familia. Y da más gusto todavía observar la riqueza y las posibilidades creativas que se usan en las propuestas expositivas. Se nota un interés especial por plantear cosas nuevas, por implicar, convencer y seducir al visitante para que se siente atraído y satisfecho. Se le dan facilidades al espectador para una comprensión ilustrada, sin vericuetos conceptuales obtusos que den apariencia de intelectualismo baldío.

El MUSAC es justo lo contrario a esos museos mediocres que podemos encontrarnos por doquier en las ciudades pequeñas de nuestra geografía. Espacios culturalmente disipados donde abundan los giros copernicanos sin sentido copiando con mal gusto las tendencias capitalinas, centros trasnochados que se empeñan en rizar el rizo con diatribas mentales ininteligibles para aparentar superioridad intelectual. Estos mausoleos, regidos mayormente por taxidermistas, consumen cíclicamente sus exposiciones y presupuestos con el mismo perfil de pintorcito local (un artista envalentonado y miope con una media de edad de sesenta años, involucionista, detractor de expresiones conceptuales. Gente acomplejada que apenas se desenvuelven con destreza en un academicismo insulso, creadores pasados de moda que están peor que Norma Desmond en El Crepúsculo de los Dioses pero que conocen con maestría las carantoñas populistas que gustan a los catetos y la sonrisa sesgada, como de superioridad, que requieren las poses ante la prensa regional o la tele municipal). 

Qué torpes, no se dan cuenta los malos gestores que dar cabida a estos pintorcitos de provincias es la manera más directa de espantar a los buenos interesados. Estos rancios sátrapas culturales de la vieja guardia -que casualmente gobiernan la mayoría de museos públicos andaluces sin destreza ni entendimiento-, en vez de plantar simientes con cariño están esparciendo sal y lágrimas. Ay, qué sana envidia me da ver que alguien como Rafael Doctor, (joven, preparado, preocupado e inquieto) dirige una nave tan importante para Castilla y León consciente de la gran responsabilidad que eso significa y de la relevancia que su centro de arte tiene para los ciudadanos. Por desgracia, muchos gestores de arte actual en nuestro país malentienden los museos como algo respetable, inmutable y reverencial cuyo contenido hay que mirar desde lejos y con perspectiva. No se enteran que son centros vivos que tienen la suerte de poder tomar decisiones a priori (antes que las cosas ocurran o se esclarezcan) para participar del espíritu de nuestro tiempo. Son museos del presente no sólo del pasado. A posteriori, cuando se sabe cual es el caballo ganador, ni siquiera es necesario tomar decisiones, las cosas se colocan en su sitio por si solas. Los centros de arte están diseñados para ser llevados por cuidadores cariñosos y entusiastas no por embalsamadores agrios y despóticos. Hay que disfrutar de lo que está vivo ahora, no mantener en formol lo que estuvo vivo hace mucho tiempo.

Antes de meterme de lleno en la exposición principal que esta pasada Navidad pasada ha podido verse en sus salas, quiero destacar, aunque sea de refilón, el rico programa del MUSAC, que conjuga con acierto dinamismo y variedad. Los artistas que exponen sus obras son seleccionados en función de dos premisas simples: actualidad y calidad. Las muestras que pueden visitarse mezclan las últimas tendencias internacionales con los valores propios más sobresalientes resultando de esta dialéctica una unión enriquecedora de la que sale felizmente beneficiado el espectador. Sirva de ejemplo la combinación entre la exposición de Julie Mehretu, creadora etíope afincada en Estados Unidos, y la de Daniel Verbis, artista leonés de gran prestigio en nuestro país, muestras que podían también verse durante mi visita al MUSAC.
 


Parte II: el contenido

Había visto alguna imagen suelta de Muntean/Rosenblum pero sin pararme excesivamente a ahondar en su discurso, sin dejarme absorber por sus silencios. Permanecía alejado de su trabajo porque el entendimiento de su arte, con ese aire clásico tan preparado entre revista lifestyle y el Cinquecento florentino, me resultaba cansino y repicante. Craso error, una vez delante de las obras, sumido en el aletargamiento hipnótico que producía la cuidada ambientación preparada por Agustín Pérez Rubio, comisario de la muestra, me maravillé ante el descubrimiento de dos artistas inmensos que supieron atraparme con agrado y sensibilidad.

El dúo formado por el austríaco Markus Muntean (Graz, 1962) y la israelí Adi Rosenblum (Haifa, 1962), que trabajan al alimón entre Viena y Londres, ha alcanzado gran prestigio en los circuitos internacionales, sobre todo después que Saatchi los apadrinara para ensalzarlos como uno de los nuevos adalides del resurgir de la pintura en Europa. El Triunfo de la Pintura (The Triumph of Painting) gusta decir a Charles Saatchi desde hace unos años para marcar una línea fronteriza y renegar de las exageradas excentricidades –auspiciadas por él mismo, todo hay que decirlo- que coparon el arte ingles en los noventa.

Este tándem, que todavía no había tenido una exposición de envergadura en España y que ha podido verse por primera vez en León (hay que aplaudir a los centros como el MUSAC que se preocupan y esfuerzan por traer a nuestro país lo bueno que se hace fuera),  plantea a través de sus obras un retrato global de la juventud actual sin criticarla, más bien al contrario, escudriñando sus entresijos y proponiendo de manera abierta interrogantes que acaban siendo una profunda reflexión en torno a la condición humana y el sentido del ser en nuestras sociedades desarrolladas. El agnosticismo, la falta de ideales y la carencia de ambiciones que vive la generación presente los convierte en seres indefinidos que navegan sin rumbo fijo llevados por los vientos del consumismo y los estereotipos sociales que imponen los medios de comunicación y la publicidad. Este aletargamiento que viven nuestros veinteañeros, este nihilismo existencial, este vacío vital, es el eje sobre el que gira el trabajo de Muntean/Rosenblum.
 


Lo primero que llama la atención de esta retrospectiva (que está planteada como una antología cronológica muy bien conseguida) es su puesta en escena. Las obras se distribuyen en amplios contenedores independientes donde cada uno funciona de manera autónoma. Así, la sala principal queda como un local industrial en semipenumbra que potencia las facultades contemplativas del visitante al desconectarlo del contexto y obligarle a adentrarse sin distracciones por pequeños camarines que te sumergen en las piezas expuestas. Además de los dibujos y los cuadros, mayoritarios, se pueden contemplar dos vídeos (magníficos, ninguno de los dos tiene desperdicio, pura lírica audiovisual), algunas fotografías y un par de esculturas (bajo mi punto de vista, los elementos más flojos). Todo aderezado con un bello fondo musical operístico que da como resultado una atmósfera contemplativa idónea (muy relajada, muy introspectiva) para el disfrute del arte.

Al ver las obras de Muntean/Rosenblum la relación con el grupo fotográfico ruso AES+F es inminente. El estatismo de las situaciones que se escenifican es exactamente el mismo. Tiempo retenido –condensado- arrebatado a las manijas del reloj. Espacios meticulosamente ocupados por personajes desentendidos de preocupaciones, jóvenes que no interactúan, que comparten una incomunicación atroz y callada.

El falso realismo de las imágenes de los soviéticos es menos creíble que el de la pareja astro-judía, es un suprarrealismo más fantasioso, más imaginativo pero menos convincente.

En las imágenes de AES+F se recurre a situaciones inverosímiles -cargadas de paradojas de índole humorístico-dramático-, para denunciar la violencia o la guerra. Por el contrario en las obras de Muntean/Rosenblum se nos enseñan retratos psicológicos tendentes a lo metafísico, imágenes profundas que obvian lo anecdótico para agravar de contenido semántico instantes capturados aparentemente inofensivos. Y digo aparentemente inofensivos porque su aspecto inocuo esconde un patetismo (del griego Pathos, que no se olvide) monstruoso. En ambos las técnicas tradicionales de composición y perspectiva son referenciales, los elementos se disponen de manera pulcra y clásica. Lo que ocurre es que las fuentes son bien distintas. Si en AES+F reconocemos a muchos manieristas italianos, a Poussin y a los grandes hitos neoclásicos, especialmente a Jean Louis David. En las obras de Muntean/Rosenblum la tendencia es más platónica, más pura, menos estatuaria; su estilo circunspecto tiene más relación con el arte de Botticelli y sus simbologías que con el frío hieratismo dieciochesco francés, un arte que acaba dando como resultado figuras excesivamente amaneradas en paisajes excesivamente racionalizados. Con el paso de los años su arte se ha hecho cada vez más recargado, más barroco. Los fondos pasan de ser planos a estar completamente cubiertos, los cielos se llenan de nubes algodonales y el movimiento de las líneas se potencia con escorzos rebuscados y sinuosidades.
 


Si nos fijamos en la distribución de los personajes en los cuadros, se nota al instante que son poses muy estudiadas que recurren a la imaginería tradicional religiosa y a los cánones renacentistas de compensación de espacios. Son composiciones que parecen sacadas de anuncios de moda, arquetipos reconocibles en cualquier revista cool, en cualquier valla publicitaria o en cualquier parada de metro o de autobús. Jóvenes con miradas perdidas, lánguidos inocentes, angelicales púberes de expresión andrógina y mesurada que representan la pulsión de una generación indefinida y perdida. En estas escenas bucólicas se percibe un aislamiento emocional enorme, incertidumbres encubiertas bajo un manto de certezas engañosas donde nada es lo que parece. Los colores desvaídos que utilizan (muy parecidos a los de Neo Rauch) y el reenmarque de las pinturas nos remiten a la estética del cómic de los sesenta y la cartelería industrial. Son tonos apagados, desapasionados. Cromatismos que ayudan a recrear ese ambiente de hastío, de descreimiento con respecto a cualquier tipo de esperanza o fe.
 


Todas las imágenes se acompañan de textos trascendentes, de pensamientos profundos sobre el sentido de la existencia o la desubicación que viven los jóvenes actuales. Son escritos que funcionan como alegorías, como sentencias que sin llegar a ser moralistas empapan las obras de un sentido poético hondo y mesiánico.

El silencio que transmite el arte de Muntean/Rosenblum son admoniciones soterradas de gran calado filosófico, escenas pastorales con iconos contemporáneos que carecen de moraleja, que no pretenden dar soluciones ni cambiar actitudes, sólo suscitar preguntas existenciales sobre el sentido de la juventud en nuestras sociedades occidentales tardo-capitalistas empachadas de bienestar y carentes de motivaciones.

“Según parece, es aquí donde nos sentimos más a gusto, EN EL LEJANO Y PÁLIDO MÁRGEN DE LAS COSAS: en el se asienta nuestra vida…Fantasma consciente de un paraíso que nunca conocimos…”

Muntean/Rosenblum
 

Sema D´Acosta, 2007.

fotografías de Edu D´Acosta por cortesía de MUSAC, León.

www.musac.org.es
 

 

 

[serpiente guiñando un ojo] sebastián pirucha [www.pirucha.net]

 

 



El freak es un ser especial. Es tomado por monstruoso por los demás, que no entienden sus obsesiones particulares, ni el modo en que disienten de la formalidad establecida. El freak se autoafirma con cada uno de sus gestos, siempre diferentes, y vive en la fastuosa ensoñación de la grandeza de sus inclinaciones. Hace mucho tiempo, triunfaban en Estados Unidos los “Freak shows” –revistas de diferentes, como mujeres barbudas o siameses-, que eran un triste panorama donde se resarcía la curiosidad insana y se arrinconaba un poco más al acomplejado, empujándolo a su lugar en la sociedad, apartándolo. Hoy tenemos un desvaído concepto del freak, que confundimos con cualquier televisivo ordinario; el resultado es un alegre uso del término que dista mucho de la auténtica nobleza del freak. Tras descartar a muchos de mis freaks favoritos del arte (me salía un auténtico diccionario que podría editar por entregas, tal y como evoluciona la cosa), he aquí mi selección de los diez freaks imprescindibles del arte, por el momento:

10. Steve Cohen (Multimillonario comprador de La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo, de Damien Hirst). Si engrosas tu colección con un tiburón sumergido en formol porque es de lo más conceptual, el tiburón se pudre lentamente y te chafan el suntuoso plan de hacer una sonada donación al MOMA, tienes todas las papeletas para hacer cosas de este tipo en el futuro. Ya estás en los anales. 

9. Carmen Calvo (Artista, no ministra, aunque ésa ha estado a un tris de estar aquí). Va de rastrillo en rastrillo arracimando exvotos de iglesia, juguetitos y trozos de cosas, que luego ordena escrupulosamente en vitrinitas, lienzos, cajas y otros modos de acumulación; es feliz con ello. Y no contenta con esta dedicación que le roba tantísimo tiempo, también practica un silente y novedoso vudú sobre viejas fotografías de desconocidos.
 


8. Steve Wyn (Coleccionista). Dar un codazo –sin querer- a un Picasso, y romperlo ostensiblemente justo antes de subastarlo por una cifra récord justifica su lugar entre este simpar plantel de monstruos.

7. Ana Laura Aláez (cree que es Artista). Toda una proeza que siga estando ahí.

6. Orlán (Artista). Daría lo que fuera por saber en qué estado se encuentra ahora su rostro. Tiene algo así como una teoría estética sobre la belleza de las partes que conforman la belleza del todo, un trasunto rafaeliano como comprobarán; y para ejemplificar artísticamente su ideario no duda en entrar en quirófano tantas veces cuan sea necesario para modificar (según cánones aceptados por todos) el mentón, los pómulos, la frente, los belfos… Hace apenas unos años ya tenía el aspecto de una máscara primitiva, y ciertamente no he investigado lo suficiente para saber si ha cejado en su empeño o  todavía tiene el suficiente público como para retransmitir sus transformaciones en galerías parisinas de caché.

5. Vik Muniz (Artista). Seguro que de niño le regañaban por hacer rastrillados en el puré y artísticas burbujitas en el cacao matutino… Es capaz de plasmar la Medusa de Caravaggio con spaguetti y la Marylin de Warhol con sirope de caramelo; su obsesión como virtuoso copista –que rentabiliza con fotos de seriadas interminables y precios de infarto- le ha llevado, por ahora, a dirigir –oteando su creación desde un andamio y provisto de un láser fulgurante que hace las veces de batuta- a un equipito de operarios que arrastran enormes cachibaches en una inmensa nave industrial tratando de componer cuadros famosísimos. Auguro futuras composiciones en el espacio, desplazando polvo estelar y asteroides varios desde una nave costosísima.

4. Charles Saatchi (Gurú). Quién sabe a quién señalará mañana… Ayer encumbró a maquetistas y farrulleros (por su verbigracia unos gamberros han garabateado unos goyas, qué despropósito), a los que luego vio arder –destruye Roma si quieres levantar Nerópolis- e incluso por los que lloró; hoy toca pintores con su dedo mágico y los encamina por un arco de triunfo; cuando los aniquile, ¿debemos estar preparados y reencaminar nuestros esfuerzos por estar al día? ¿Y qué será de los gestores culturales, que andan mareados con el baile?
 


3. Thomas Hirschhorn (Artista). Es uno de los ejemplares más notables del ranking, verdaderamente tenaz en cada una de sus acciones. Soldado del arte –tanto que hasta parece que cree realmente en lo que dice cuando crea sus macroestructuras povera cofinanciadas por prestigiosos centros de arte- que acumula basuras y basurillas en un extraordinario síndrome de Diógenes; que lee libros, panfletos, pasquines y octavillas reaccionarios hasta el rechinar de las sienes; que se sabe de memoria todas las guerras y subconflictos armados del mundo, que se preocupa por todos y cada uno de ellos, y que monta unas apabullantes montañas de escombros en el museo más pintado en un zás. Y sólo Dios sabe qué cantidad de cinta de embalar ha gastado él solito, y cuánto tardarán sus obras en pedir a gritos una restauración con mucha imaginación (pasa como con toda aquella pintura autodestructiva de Barceló). Amo que compren este tipo de cosas, es morbosísimo.

2. Juana de Aizpuru (Galerista). Hoy voy a mojarme: Siempre he querido llevar el pelo como ella, en ese estilo imposible. Aunque lo más meritorio es idear denodadamente grandilocuentes macroeventos culturales internacionales, como si se tratase de un oficio –habría sido perfecta para Versalles montando numeritos- de los que, al quedar irremediablemente fuera, todo temblequea cual gelatina asustadiza; si acude a tu puerta con un “darling, tengo un sueño, vamos a hacer de esta ciudad el omphalos de las artes” no dudes en arrimar al ascua tu sardina, quién sabe qué aventuras os deparan… Dejémosla diseñar una vez más; ya tenemos feria y bienal, nos falta un parque temático.
 


1. Susy Gómez (Artista). No sólo es encomiable por su concluyente receta para fabricar extraños e insípidos trampantojos (A. Seleccionar lánguidas modelos de fashionmagazines; B. Cubrirlas casi totalmente con algo de témpera monocolor; C. Esperar pacientemente hasta un secado satisfactorio –debe craquelarse un poco-; D. fotografiar el resultado y hacer que alguien lo amplíe muchísimo –lo suficiente para que se desee comprar-; y E. Responder con cierto sarcasmo a las irritantes preguntas del público “No, no pretendo ser ambigua; es la fotografía de una pintura sobre una fotografía”). No; también es capaz de mantener su manifiesta antipatía durante lo que dura una mesa redonda, incluso siendo ella el objeto de estudio, después de negar prácticamente todo lo que se le cuestione –aún con sobrados fundamentos- mediante un férreo sistema de permanecer a la defensiva incluso ante curadores aduladores. Es mi ídolo.
 

Elektra, 2007.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Obra Social Caja de Burgos,
MUSAC de León, ARCO-Ifema y Galería Soledad Lorenzo.

 
 
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