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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[cacmálaga: pettibon/niederer/white-sobiesky/opie] |
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EXPOSICIÓN Raymond Pettibon. Hasta
03/12/2006.
EXPOSICIÓN Souvenir y conversaciones, Caro Niederer. Hasta 21/01/2007.
Se traduce como gratificante que un Centro
de Arte con la proyección internacional que lidera el de Málaga
protagonice una inmersión tan suculenta en los terrenos de la pintura.
Al fin y al cabo, parece ser que llevamos años si no décadas
preconizando no ya su muerte sino hasta su entierro –como algún
artista que no recuerdo reflejó a la manera del de Orgaz hace dos
ARCOS-; ello semeja ser más un deseo o una confabulación que una
realidad expresa. Quizá porque las necesidades que cubre este medio
expresivo no las resuelven otros nacidos bajo la fecunda multiplicidad
que auspician los ya no tan nuevos medios tecnológicos o el siempre
incomprable arte intangible. Está en los hábitos de quien mueve los
hilos –cítese aquí no ya sólo al director del CacMálaga sino a otros
orientadores fuera de nuestras fronteras- comprar pintura, exhibir
pintura y por qué no, proclamar un nuevo triunfo de la pintura (que
nos lo digan después del nuevo rumbo marcado por Saatchi o por el
premio Turner o por el caso que se le ha hecho a los stuckistas o por
lo que compra y encarga la Tate –¿una nómina demasiado londinense? Así
van las cosas, sólo allí se discute a diario de arte-).
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Penetrar este invierno en las diáfanas salas del CacMálaga ha sido de
alguna forma como disolver la barrera invisible que nos impide vivir
de cerca las obras de arte y entrar, en un milagro a lo Lewis Carrol,
en un cuadro de Teniers o de Brueguel de Velours. La magnífica
exhibición de Raymond Pettibon, por demás exhaustiva y
heterogénea –se trataba de un nada despreciable número de 278 dibujos
y pinturas-, era con todas las de la ley un impresionante gabinete de
coleccionista dotado de una simbiótica organización en que cada
parcela de papel dibujado dependía del correlato de sus congéneres. Si
nos interesamos por esa más que coherente distribución museográfica
–veo aquí muy correcto el uso de ese termino dada la visión miscelánea
que de su obra tiene el propio artista- comprobaremos, con maliciosa
complacencia, que no es idea del flamante comisario sino de la buena
costumbre del creador. Pettibon ya ha optado por esa manera de
gabinete –a lo sir John Soane, pero algo más colorista y a partir de
una arqueología norteamericana de su propia cultura y subcultura- en
otras muestras de envergadura llevadas a cabo con anterioridad. A
menudo tendremos esa misma sensación con los propios personajes que
encontramos en su iconografía, como Gumby: “Puede
entrar andando en un libro y convertirse en parte de la historia. Como
por ejemplo en Robinson Crusoe o en La Isla del Tesoro, historias de
Defoe o de Kipling... Entra en el libro porque es flexible como el
chicle. Así que en ese sentido se convierte en una demostración de mi
forma de trabajar. Yo hago algo similar al tener la historia en un
texto preexistente. Por lo tanto es una lectura del texto bastante
activa porque cambias cosas y aportas tu propia personalidad.” [1]
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Pettibon organiza sus dibujos en una suerte de familias temáticas que
se expanden por el muro en una distribución aparentemente inconexa; la
realidad es que podemos apreciar ramificaciones invisibles, quizá en
una sutil jerarquía que guía con premeditación las miradas desde
imágenes más potentes a otras –pequeñas, discretas- que completan
información, desnudan los argumentos o sencillamente conforman una
réplica. Con ello acentúa la voluntad, inherente a todos los trabajos,
de producir un efecto literario inabarcable. Somos conscientes de la
magnitud del conjunto, adivinamos una especie de discurso –a ello se
aviene la presencia del texto, siempre emparentado con la lógica
narrativa del cómic y otros planteamientos gráficos- y sabemos que,
observando cada dibujo, estamos en una parte de él. Al fin y al cabo
al artista estadounidense parecen interesarle –en lugar del consabido
monosilabismo de muchos autores- muchos temas por no decir todos los
temas. Hay quién ha tratado incluso de alinear estos dibujos, buscar
la concatenación posible y leerlos en forma de novela gráfica; no es
imposible, pero sí responde a una idea alocada y un tanto alejada de
los propósitos del pintor. Tengamos en cuenta que los textos que
acompañan a los dibujos atesoran diversos significados: Acompañan y
aclaran la imagen; o se enfrentan a ella en un distanciamiento
incómodo para el lector; o son citas entresacadas de lecturas diversas
–desde Proust hasta la Biblia- que, fuera de contexto y no funcionando
desde luego como cita literaria, cobran otra dimensión. “El
acto de leer, en vez de aceptar todas las falacias y los enrevesados
avances del argumento, se convierte en un papel que tienes que
desempeñar como un personaje que produjera un efecto sobre los
personajes de ese trabajo escrito en particular”. [2]
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El dibujo de Pettibon es obsceno y desgreñado. Posee la frescura de un
adolescente que se aburre en clase –con un desgarbado trazo de
acuarelista que aplica casi siempre con tinta- y sin embargo también
la brillantez compositiva y cromática que sabe hacer frente a
cualquier asunto, y ello sin perder un ápice del grado de inquietud
que genera en nosotros (tanto por la cercanía de las imágenes como por
seleccionar el momento preciso). Tiene la mirada astuta del sociólogo,
y algo de la compleja visión del mundo que puede arrastrar un antiguo
profesor de matemáticas que ha participado del movimiento punk y ha
diseñado portadas de disco para grupos de rock. Es exótico. De forma
inevitable, Pettibon atiende a prolíficos universos que suponen un
ámbito importante en su ser, como el Surf, los dibujos animados o la
presencia incólume de la Religión. De ahí que el compendio de su obra
tenga tantos afluentes. Sin embargo, “Si
alguien está buscando una autobiografía creo que a largo plazo algo
encontrará. Pero es un camino muy serpenteante, con muchas cosas
escondidas, con pocas claves... No es una confesión, no es personal.
Creo que mi arte es muy impersonal […] No creo que se pueda resumir la
vida de nadie. Ni siquiera de su trabajo. Es mucho más complejo que
todo eso y me gustaría que los críticos lo comprendiesen desde el
principio antes de pretender explicar lo que ocurre en la mente de los
demás”. [3]
De alguna forma, Pettibon encarna a
distintos artistas a un tiempo, aspecto que me fascina. “Creo
que la sensibilidad moderna es producto de la personalidad múltiple y
de la personalidad fracturada” [4].
Alguien tan prolífico, que produce tantas
dudas y que revela varios niveles de lectura; que reproduce tantos
intereses, que de algún modo ha vivido tantas vidas, ¿no será la
encarnación de unas pocas de almas?
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Y en una deseada lógica discursiva, se inaugura posteriormente la
mansa exposición de Caro Niederer, una presencia mucho más
discreta tanto en su impacto mediático como en el propio tratamiento
del objeto de la pintura. Lo que más me ha interesado de la obra de
esta artista suiza, sin menoscabar ese aspecto, no ha sido tanto la
cualidad más o menos contundente de sus pinturas tal que medio de
representación como la intercambiabilidad que entre pintura y
fotografía se ha dado gracias a una revisitación voluntaria de la
propia artista hacia su obra.
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Niederer no se conforma con partir de la fotografía para elaborar sus
cuadros, a menudo paisajes de lugares que visitó o momentos de su
propia vida que acaba petrificando en un sepia que podría parecer
anodino tras un primer vistazo; desde hace más de una década, la
creadora vuelve a ser nómada en pos del destino de sus cuadros, y
acaba fotografiando el entorno en que las pinturas han sido enclavadas
para su disfrute. El tratamiento que da a esas instantáneas es
sumamente interesante, pues compone cuidadas naturalezas muertas en
interiores silenciosos que acaban por tener una pictoricidad latente,
convirtiendo sus propios cuadros en objetos inanimados que forman
parte de una armonía construida sin la presencia del artista. Es lo
que Javier Hernando llamó pintura sin pintura: “Pintura pintada o
pintura fotografiada evidencian un mismo grado de pictoricidad, con
independencia de las obvias diferencias texturales o lumínicas” [5].
No en vano la pintora suele conceder a las fotos el tamaño de los
cuadros –en un mundo este en que se concede tanta importancia al
formato, incluso en medios reproducibles que facilitan la adaptación a
cualquier talla-, los cuelga en una alternancia de agradecer y
ocasiona un fácil parangón.
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No es ajena a una conducta cada vez más habitual entre los pintores,
que encuentran en la fotografía un posible reflejo de sus universos
plásticos respectivos –mencionemos a Sean Scully o a Juan Uslé, que
alcanzan un nivel de abstracción fácilmente equiparable a sus remedos
pictóricos-; sin embargo, lo que la distancia de la mayoría de ellos
es que no trata de emular el resultado final de sus cuadros, sino
encajarlos como cuadro dentro del cuadro, algo más que recurrente en
toda la historia del arte. De ahí que, y enlazando con el principio de
esta reflexión, no es tanta la distancia entre las colecciones reales
pintadas por Teniers y la visión que algunos artistas actuales tienen
de su propia obra como objeto de estudio. Ya lo advertía Fernando
Francés con estas palabras: “está muy extendida la preocupación por
reflexionar sobre la obra de arte y sobre la historia del arte […] una
preocupación que se inicia en el dadaísmo y que ha sido frecuente en
otros momentos” [6]. Si el artista no es un activista de cualquier
tipo –como parece ser frecuente en una ahíta pléyade de artistas más o
menos sociales y/o comprometidos-, y creo que Niederer no lo es,
entonces se preocupa fundamentalmente acerca de su papel en la
historia de la pintura. De ahí el retorcido juego metalingüístico que
empieza a resultar cansino y floreciente por todos lados.
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[1, 2, 3 y 4] PETTIBON,
Raymond. Ulrich Loock entrevista a Raymond Pettibon. Revista
“Arte y Parte” Nº 65. Octubre-Noviembre 2006.
[5] HERNANDO, Javier.
Pintura sin pintura, el concepto toma el mando. Catálogo de la
exposición “Pintura sin pintura”, Junta de Castilla y León, Consorcio
Salamanca 2002, 2001.
[6] FRANCÉS, Fernando.
Una mirada abierta. Colección de Arte Contemporáneo Fundación
Coca-Cola España, Fundación Caja Vital Kutxa, 2001. |
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Pedro Alarcón, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga
www.cacmalaga.org
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EXPOSICIÓN New York City, Tim White-Sobiesky. Hasta
15/11/2006.
Me gusta soñar.
Es increíble lo que la
imaginación puede lograr soñando.
Ocurre, a menudo, que
en el cruce de interferencias previas a la etapa profunda del sueño,
mezclo una enorme cantidad de pensamientos, sensaciones y contextos
repletos de detalles que rondan mi mente; algo así como caleidoscopios
intermitentes, abstracciones luminarias o travesuras coloristas al uso
del último reclamo publicitario de Bravia de Sony -que utiliza
70.000 litros de pintura saltarina para hablarnos del poder del color-. Juegos
imposibles que fusionan la niñez y la última reunión de trabajo,
palabras hermosas con recuerdos amargos, calor en diciembre o
desayunos improbables en ninguna parte. Nadie -ni el mismísimo Freud-
sabría explicar por qué nos enfundamos de tan genial proceso
involuntario. No hay patrones para definir el poder del sueño –ya sea
el acto de dormir o el anhelo y la ilusión que nos impulsa a hacer
cualquier cosa-.
Si algo me atrae de la obra de Tim
White-Sobieski
New
York City (2005)
-recientemente presentada en el CACMálaga- es la posibilidad de
recrear esta sensación de duermevela.
El arte occidental se
ha distinguido por establecer una relación dinámica con su contexto
cultural. Si hacemos memoria, desde los años 50 la televisión ha
tenido una recepción de máxima audiencia en Estados Unidos y Europa. A
finales de esta década surge el videoarte como respuesta
crítica a la imagen televisiva, adoptando la tecnología de este medio
para crear su propia estética. Posteriormente, a partir de los 90, el
uso de las TIC revoluciona el panorama creativo, convirtiendo la
esfera digital en elemento imprescindible de la videocreación.
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White-Sobieski está considerado uno de los principales artistas del
vídeo a nivel internacional. Su presencia ha sido fundamental
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En New York City, durante siete minutos, White-Sobieski nos
acerca al movimiento continuo de los ciudadanos neoyorquinos caminando
por su ciudad. Su fluir es interrumpido por un firmamento digital de
surcos y ranuras de gran luminosidad; una cortina de elementos
verticales en tonos platas, azules y ocres que penetra en la grabación
real, propiciando un cúmulo de relaciones dispares y perturbaciones
intencionadas, como medio de reflexión.
La secuencia, sin principio ni fin
definido intencionadamente, no ofrece narrativa temporal al uso, para
incidir en su ambientación onírica. El autor combina a la perfección
la “dimensión mental” de la obra con la captación de imágenes
inquietantes –no sabemos hacia donde se dirigen sus protagonistas,
cuáles son sus inquietudes, sus simpatías o afectos; desconocemos su
identidad- y música de creación propia. Su lectura profundiza en la
vivencia traumática del 11S -en el
año 2001, el artista sufre el atentado desde su estudio en Manhatan;
desde entonces, su universo creativo se centra en la ciudad de Nueva
York- haciéndonos partícipes de tan fatal acontecimiento y la
fragilidad del ser humano.
En
la creación artística contemporánea no abundan los autores que tratan
temas punzantes sin trastiendas que eviten el horror del espectador.
Sin duda, White-Sobieski ha demostrado que existen formas paralelas de
construir mundos que nos involucren sin herir. Bajo esta rúbrica,
seguro seguirá sorprendiéndonos grata e intuitivamente.
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Ana Robles, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga
www.cacmalaga.org
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EXPOSICIÓN Show time, Julian Opie. Hasta
18/03/2007.
Durante años (más de los que
desearía) mi salón ha sido presidido por el único retrato que en su
momento el loco de Andy hizo para mí: una serigrafía múltiple que, si
bien ha sido la envidia de muchos, creo que ya no me representa. No
tanto por la juventud pletórica que plasmaba –a estas alturas soy un
lívido reflejo de aquella treintañera estilosa, por más cosméticos que
se arracimen en el cristalino anaquel de mi tocador-, sino por una
cuestión de estilo. Nadie podía preconizar en los ochenta que aquellos
retratos de color estridente sufrirían una implacable vulgarización.
Hoy prácticamente cualquiera puede fabricarse un warhol con
apenas unos conocimientos básicos de photoshop y algo de buen
tino (no se imaginan las conversaciones que pululan por internet en
torno a tutoriales y recetarios varios para hacer pop-art en
cinco minutos).
Y de alguna forma todo eso me ha llevado a
desterrar el mítico políptico a un triste rinconcito de mi almacén en
las afueras. Esta cavilada decisión me ha empujado, por otro lado, a
plantearme como nueva necesidad el encargo de un retrato en el que
figure la mujer que hoy soy. Pensé en un Vik Muniz, pero no me acabó
de fascinar la idea de verme dibujada en chocolate para luego quedar
sólo en el trampantojo fotográfico; también calibré la posibilidad de
un Lucien Freud, más que nada dejándome arrastrar por los cantos de
sirena, y desestimé la propuesta tras la decepción sufrida ante el
carísimo y anodino retrato de Kate Moss embarazada. Lo que empiezo a
desear –no sé si será mi elección definitiva-, con toda la pasión que
ha generado en mí su última compilación en el Cac Málaga, es un
Julian Opie.
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Ya saben lo estricta y reticente que a veces me muestro ante el arte
digital. Sin embargo, en las imágenes creadas por este británico
massmediático hay una inusual confluencia de la frialdad
tecnológica y una sutil humanidad que concede a cada representación
del cuerpo, por más esquemática que esta sea. Las figuras de Julian
Opie son generadas a partir del dibujo vectorial gracias a
herramientas de software muy extendidas entre los diseñadores
gráficos, una singular forma de elaborar trazos que podrán ser
transportados a cualquier dimensión en base a ecuaciones matemáticas;
las posibilidades de esta técnica se alían con su creador para
satisfacer así las ansias de los curadores más proclives al
espectáculo: No hay nada que más infle el ego de un comisario que
conseguir para su muestra el ejemplar más mastodóntico de una
lightbox; el artista proporciona el archivo informático, alguien
financia el asunto y alguna firma dedicada a la impresión digital
provee el ansiado cuadrazo. Y todos contentos. Si Roy Lichenstein
hubiese tenido a su alcance estos medios tan asequibles habría
abandonado su artesanal sistema (proyectando sus bocetos sobre lienzos
de gran tamaño y corrigiendo los errores de proporción sobre la
marcha) para lanzarse al fabuloso abismo de la reproductibilidad sin
límites.
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Pero al margen de esta mercadotecnia inevitable –hoy cualquiera
redimensiona su obra para llamar la atención (Carles Congost, sin ir
muy lejos, ha llegado a permitir un leve pixelado incómodo de ver en
algunas de sus fotos digitales por tal de facilitar a los galeristas
imágenes de un tamaño vendible)-, Julian Opie posee el corazón de los
grandes retratistas. Es un eficaz observador de la pulsión humana.
Incluso en las figuras más elementales –en la línea de los iconos de
los semáforos para peatones- es capaz de transmitir un inconfundible
hálito que personaliza al sujeto. Por eso no nos ha de extrañar que
acostumbre a asignar a sus creaciones los nombres de sus modelos,
hasta en aquellos dibujos –tan característicos- en los que sustituye
la cabeza por una circunferencia.
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Esta exposición cuenta con una sugestiva galería de retratos que me
recuerdan al dibujo elemental pero encantador de Georges Remi (Hergé
para mis queridos tintinófilos). A pesar de la economía de
medios, que reduce determinados rasgos fundamentales a apenas unos
minúsculos trazos o puntos, consigue atrapar lo básico del individuo.
Y están esos otros retratos vivos, mostrados en pantallas de plasma,
que pestañean y hasta parecen respirar, vivificados por diversas
técnicas de animación. Esa lucidez moderna en que se confabulan el
esquematismo gráfico propio de la señalética urbana y la capacidad
introspectiva del pintor es lo que hace a Opie tan inquietante.
Estamos ante un artista más que interesante, no lo duden.
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Elektra, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga
Reproducción de las animaciones "Kiera walking" y "Monique smiling"
por cortesía del propio artista
www.cacmalaga.org
www.julianopie.com
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