lafresa_ revista digital de arte contemporáneo [lo desacogedor]  

 

Exposición

Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla.
Lo desacogedor. Escenas fantasmas en la sociedad global.

Monasterio de Santa María de las Cuevas / Reales Atarazanas
Sevilla
, octubre 06/enero 07
Comisario: Okwui Enwezor


CAZANDO DINOSAURIOS CON TIRACHINAS


Lo primero que voy a preguntarme, antes de comenzar mi exhaustivo retrato con gran angular de la Biacs2, es el sentido y aprovechamiento para la sociedad de este tipo de macroeventos culturales. ¿Qué significado tiene una convocatoria masiva de estas características si no hay ninguna implicación comercial? Me sonroja el desconocimiento de los que pretenden comparar esta bienal sevillana con ARCO. Incluso el propio comisario, en una entrevista previa a la inauguración, sacaba pecho y hacía el parangón. ¿A quién va dirigido? ¿Al ciudadano medio? Por favor, si esa es su intención, les aseguro que flaco favor le están haciendo a la expresión transvanguardista. Primero porque ni de lejos lo que puede verse en la Biacs2 es representativo de la creación internacional de nuestro tiempo. Y segundo, porque es tan inaccesible el discurso global que se plantea, que alguien ajeno a este tipo de arte no sabe por donde empezar. La Biacs2 va a conseguir justo lo contrario de lo que pretende: dar argumentos a aquellos que reniegan, recelan, huyen, denuestan y acuchillan el arte contemporáneo. Con este gigantesco huevo de avestruz huero pintado de colorines no se promueve nada, sólo se entorpecen con inconsciencia los pocos circuitos reales de arte actual en Andalucía, necesitado de proyectos auténticos, sinceros y comprometidos, más que de estos falsos andamiajes de cartón. Así, confiando en un extranjero que no tiene ni idea de la ciudad ni del arte español, que le da igual ocho que ochenta. Así, desilusionando a los interesados e insuflando los ánimos de los detractores, no llegamos a ningún sitio. Es como intentar cazar dinosaurios con tirachinas.

Centrándome en lo que puede verse en la muestra y empezando por los criterios expositivos, puedo decir que aportan pocas cosas. Carecen de imaginación y de recursos originales (todo lo contrario que la exposición de Pierre Gonnord que ha planteado María de Corral en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, un alarde de riesgo y maneras novedosas. O a años luz de la personal apuesta de Iván de la Torre en La estrategia del calcetín). En la Cartuja, han seguido la ruta habitual de las exposiciones habituales. Nada nuevo. Ni siquiera han aprovechado las zonas a cielo descubierto del monasterio, se han limitado a rellenar con más o menos rigor los huecos comunes. Incluso se han incluido nuevos elementos desarmonizando espacios que funcionaban perfectamente (meter un mamotreto indefinido en la capilla donde se ubica la instalación de Javier Velasco no tiene nombre. Para rematar el cuadro, cambiarle la iluminación de modo tan poco delicado desvirtúa las mágicas sensaciones que se producían en ese espacio antes de la inclusión de la nueva obra de Absalon). En las Atarazanas, han roto con indisimulado desatino la belleza de sus diáfanos espacios abiertos. Los planteamientos son tradicionales y monorrítmicos, los mismos que los de cualquier gran muestra en un palacio de congresos. Enwezor ha usado el antigua arsenal alfonsino como un simple contenedor baldío, desaprovechando la oportunidad de recurrir a sus bóvedas cuasicatedraliceas o a sus rústicos muros ciclópeos, que se ven turbados por gigantescos paneles blancos que desvirtúan la percepción general del recinto.

 



La bicefalia tampoco le sienta bien a esta bienal. Con la partición del centro neurálgico en dos focos de mediana intensidad, se diluyen atenciones, se pierde concentración y se le complica la vida al visitante de manera innecesaria. Romper el recorrido a la mitad para obligar al espectador a cruzar la ciudad es una exigencia torpe y forzada. Ante esta dicotomía sale perdiendo el Monasterio de la Cartuja –uno de los grandes aciertos de la anterior convocatoria-, territorio que ha ninguneado el comisario y que se ha vaciado como un globo mal inflado. Se han volcado con las Atarazanas y la han convertido en un cajón de sastre en el que sólo noté sensaciones convincentes a partir de mi segunda visita, cuando todo estaba ya montado. El primer día aquello era un mercado persa deslavazado y a medio terminar. El resultado de la muestra en conjunto, una vez analizado con temple, me convence pero sin maravillarme. La exposición no está mal, es interesante, pero no se corresponde con el vocerío cascabelero que han formado para atrapar audiencia. Hubiese sido más sencillo volcar el cómputo de energías en un único lugar bien trazado, facilitando con hitos estudiados una intromisión coherente en ese arte limítrofe que nos plantea Okwui Enwezor, exótico director de orquesta que ha traído hasta Sevilla una nómina de creadores diferentes con miradas más sociales y menos neutras, personas comprometidas que reclaman sin pudor que nos fijemos en otros paisajes más desolados y menos atendidos por los gobernantes. Lo paradójico del asunto -y es una contradicción sintomática visto el talante de la mayoría de los artistas o los detalles de supuesta precariedad que significan el uso de chinchetas o alcayatas para colocar las fotos-, es que el Rey y una pléyade de autoridades inaugurasen la bienal. Es un hecho muy popular, muy vistoso, muy atractivo para los patrocinadores, pero poco acertado. No se puede plantear un discurso global contra los poderes establecidos y después convocarlos con pleitesía para que hagan los honores. No se pueden colocar decenas de imágenes del Tercer Mundo de cualquier manera, deprisa y sin cuidado, para ir luego corriendo a celebrar un festín sibarita a la Casa Pilatos. No hay coherencia entre lo que se le pide al público -una reflexión inteligente sobre zonas excluidas, una respuesta/implicación en torno a los desfavorecidos del mundo-, y lo que predica la organización, más preocupada del boato y de las expectativas que se siembran que de conexiones sólidas con los espectadores.
 



Tampoco veo en el índice de figuras artísticas elegidas una escrupulosa selección del concierto internacional. No hay nombres de postín y sí una larga retahíla de secundarios que hay que mirar con lupa. Sobresalen, casi únicamente, el afamado Gerhard Richter, Thomas Ruff, Hirschhorn, Alfredo Jaar y Andreas Slominski, que ha traído hasta Sevilla las mejores esculturas que podamos encontrarnos en la Biacs2. Las trampas del alemán inquietan e imponen respeto, son un modo muy reflexivo de encarar la condición humana, la privación de libertad, la captura inconsciente de animales… Slominski juega con la atracción y el engaño, lucha contra los cazadores con sus propias armas de tramperos. En la anterior bienal pudimos ver obras de Cattelan, de Ocampo, de Richard Serra, de Majerus -por citar algunos que recuerde de carrerilla- y en esta edición no aparece un elenco extranjero comparable. No es que Harald Szeemann fuera santo de mi devoción, que no lo era, pero su trabajo como comisario en la Biacs1 fue exquisito. Hizo una selección pulcra, adecuada y muy representativa donde predominaban las instalaciones y las piezas de bulto redondo. Apenas había obras en formatos convencionales. Por contra en la edición que ahora comienza abundan géneros tradicionales tan rasos como los dibujos en papel, un medio inadecuado para eventos altisonantes de esta envergadura. Su presencia es excesivamente íntima, desapercibida, endeble. Que conste que algunos me agradan muchísimo (los de Pepe Espaliú ya los conocía y me encantan, pero aquí no encajan bien. Me han sorprendido gratamente las historias pajareras de Dorota Jurczak, las acuarelas de Pamela Wilson-Ryckman, los perros en gran formato, como demonios, de Marcia Kure y las aguadas irónicas de Nedko Solakov). También vemos muchas fotografías de dimensiones discretas, pocas de gran tamaño. Quizás las más interesantes son las que se relacionan de modo directo o indirecto con la guerra de Irak (las de Thomas Ruff o las de Abdul-Ahad), bélico y comprometido leit-motiv que sirve de telón de fondo (o de inspiración) para muchas piezas, desde la obra que presenta El Perro, que mezcla de manera irreal la cultura urbana con los abusos de Abu Ghraib, hasta la sugerente escultura de tono lírico-dramático-humorístico de Huang Yong Ping, que plantea bajo una tenebrosa nube negra repleta de murciélagos un imposible partido de fútbol entre mujeres islámicas con burka y soldados americanos.
 



Bajo mi punto de vista, la obra más convincente y sorprendente de las que pueden disfrutarse en esta Biacs2 son las cajas de luz proyectadas sobre bidones del chileno Alfredo Jaar. Es una instalación inteligente, original, silenciosa, profunda, un alarde de buen hacer, de maneras delicadas al servicio de la reflexión crítica.

De los vídeos presentes en la selección hecha por Enwezor, me ha encantado el presentado por Olivo Barbieri, un ejercicio visual muy atractivo con música de Máximo Zamboni (la pena es que a los pocos días se estropeó el reproductor de dvd y todavía no lo han arreglado…). El cortometraje crea una imagen insólita de Sevilla a vista de pájaro jugando con la profundidad de campo, haciendo creer al espectador que está viendo maquetas en vez de la realidad. Los movimientos de cámara, las variaciones de luces, colores y formas consiguen abstracciones muy sugerentes. También me ha llamado la atención, por su cuidada diferenciación, uno de Paul Chan que imita una sombra de ventana sobre una esquina. El resto, en su gran mayoría, historias de excluidos, desamparos y tristezas o grabaciones exageradamente subjetivas sin orden ni concierto. Lo mismo de siempre en encuentros de este tipo.

 



De las instalaciones, reseñar las composiciones de espejos de la americana Liz Larner, la silenciosa habitación de camas construidas con suelas de zapatos del hindú Sundaram y Economías alternativas, sociedades alternativas de Oliver Ressler, verdadero estudio antropológico-artístico con un trasfondo social de peso.

Las obras de los españoles en esta Biacs2 tampoco tienen nada que ver con el rango de la edición pasada (donde sobresalían, entre otros nombres, los de Pilar Albarracín, Juan Muñoz y Eduardo Chillida). La pieza de Jacobo Castellano no me disgusta, pero tampoco acaba de convencerme. Me parece obtusa, poco accesible, desgarbada. No la entiendo bien, es un desbarajuste sin ton ni son que podría haberse mejorado rebajando la obra de elementos accesorios. La instalación de los Mp&Mp la veo repetitiva, en la misma línea que Ventanas iluminadas, lo último que expusieron en el CAAC. Podían haber hecho algo diferente, algo distinto, no sé, cambiar el tercio para sorprender a los espectadores con una salida de tono parecida a los cántaros dalinianos que presentaron al público hace poco en la colección de los hermanos Madariaga. Las fotos de Tete Álvarez me parecen interesantes, sobre todo las que reflejan distintas texturas en función del contexto, y los coloristas acrílicos de Miki Leal son acertados, frescos, capturan la mirada. Para terminar el repaso nacional, reseñar los descampados de la zaragozana Lara Almárcegui, una interpretación interesante sobre la libertad y el libre albedrío.
 



En general, se puede decir que el nivel de las piezas presentes es aceptable, pero la atonía continente/contenido, sumada a las prisas en los preparativos y a los desajustes de la organización, impiden sacarle más rendimiento al discurso diseñado por el comisario, que ha hecho una selección de artistas variada, pero que ha olvidado otros menesteres importantes como estudiar al detalle los espacios disponibles para sacarle el máximo partido al entorno. Que Enwezor vaya por ahí proclamando a los cuatro vientos su desinterés antropológico por el lugar donde ha desarrollado su trabajo, que presuma de desentenderse de las condiciones extrínsecas, me parece una desfachatez, un alarde de descrédito, una falta de respeto. Es como si viniera a España un renombrado filólogo de San Petesburgo, nos diera una clase magistral de Tolstoi en ruso, no nos enterásemos de nada y encima nos dijera con desdén que somos medio tontos por no saber usar el alfabeto cirílico ni hablar la lengua de los zares. No comprenden estos curators de las altas esferas que si el código falla el mensaje es ininteligible, estéril. Desde mi punto de vista, la apuesta personal de Enwezor es atrevida, de algún modo enriquecedora, pero casa mal con la ciudad y con sus habitantes. El ejemplo más sangrante es la problemática obra de Meckseper que iba a exhibirse en los escaparates de los almacenes Sfera de la plaza del Duque. La reflexión estética que se plateaba en torno a la publicidad era hiriente y atentaba contra la propia idiosincrasia de los sevillanos, una torpeza sólo achacable a alguien que no conoce los entresijos de esta mariana metrópolis. Detalles como estos dejan entrever que el nigeriano es un foráneo con buena intención pero que desconoce (y encima no le importa) el contexto en el que ha desarrollado su comisariado.

Teniendo en cuenta este crucial desencuentro entre el ciudadano medio y los planteamientos artísticos de la Biacs2, es explicable la falta de asistencia al evento, que sobrevive a duras penas con la visita de estudiantes, especialistas y periodistas. Los pocos bienintencionados que asisten buscando un paseo ilustrativo por lo último que se hace en el arte contemporáneo, no se enteran de nada, se decepcionan, se asombran, no saben bien donde mirar. Salen convencidos que la expresión actual es un paraje críptico que sólo transitan tontos, entendidísimos o negociantes de intenciones oscuras.

 

Sema D´Acosta, 2006.

fotografías de Edu D´Acosta por cortesía de Fundación Biacs.

www.fundacionbiacs.com
 

 
 

 

[the bitch is back] maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir]

 

 

Suelo arrastrarme por las habitaciones y llorar sobre un álbum de fotos amarillo. Suelo comerme las uñas y contar los pelos blancos que florecen en mi piel. Hace tiempo que me abandoné a mi suerte y que abandoné la medicación. Hace tiempo que no soy yo y que no hago otra cosa sino airear todas y cada una de mis miserias. Amanezco y tardo exactamente diez minutos en sentir sobre la espalda el insoportable peso de los días. Recuerdo que una vez fui feliz en este ático de un millón de euros. Recuerdo que una vez se me antojó hermosa mi voz de infame autócrata. Ahora corren tiempos de silencio y sucumbo a una rutina espeluznante. Tras la ventana astillada bulle un mundo que no reconozco como mío y de noche oigo pasos y se me aparecen los rostros más espantosos que jamás nadie ha osado imaginar. De nada sirve arrojarles monedas ni agua bendita. Lamento todo lo acontecido, incluso nacer. Pero hay quien dice que me quejo de vicio.

Todas las mañanas son idénticas. Sin demasiada convicción abro los ojos, deposito los pies sobre la crudeza del piso y exploro las dependencias de mi hogar con la certeza de toparme con los pesarosos semblantes de mis progenitores. Enseguida me hago cargo de que soy un hombre sin futuro… Pero esta vez no. Hoy es peor si cabe. He abierto los ojos y continúo inmerso en la oscuridad. Imagino cómo deben sentirse los enfermos de catalepsia. Me revuelvo como el orate embutido en la camisa de fuerza hasta que un golpe de suerte asoma mi cabeza al exterior. Es extraño, pero me hallo dentro de un bidón, rodeado de docenas de bidones y en el interior de un pestilente vagón que se estremece como si huyera de un temible monstruo. No hay ni rastro de mi dormitorio. Por mucho que me contorsione no alcanzo a ver la ventana astillada que cada mañana tiene a bien mostrarme el mundo. En vez de ventanas hay vigas de madera por cuyas junturas se filtran ecos de detonaciones y exiguas gotas de tormenta. De pronto se abren las tapas de los otros bidones y asoman las miradas lechosas de niños y niñas de raza negra. Huele a una mezcla de sudor y petróleo. Mis brazos están teñidos de negro y trato desesperadamente de quitarme la herrumbre. Bajo mi piel bruna brotan los primeros hilos de sangre cuando un rostro con rasgos africanoides me pone delante un espejo y entonces descubro la verdad de las cosas. Soy negro, lo he sido siempre y hasta el momento mi vida no ha sido más que un sueño de supervivencia, un sueño en blanco y blanco, un sueño con una vida mejor, por muy cruel y angustiosa que ésta pudiese parecerme. Lo cierto es que no recuerdo mi nombre y tengo once años. No tengo hogar ni progenitores. Ni futuro ni presente ni pasado. Mi drama es bien sencillo y por no tener no tengo ni tiempo.

Dicen que soy un desplazado. Huyo de un temible monstruo que llaman guerra. Nuestras familias se hallan divididas en un ancestral derramamiento de sangre. Ignoro dónde nos dirigimos ahora, pero sospecho que a otro campamento en pleno corazón del desierto donde los débiles morirán por desnutrición o alguna enfermedad venérea. Si al menos tuviéramos acceso a la medicación que abandonan alegremente las gentes del primer mundo. Entrada la madrugada se nos aparecerán otra vez los espectros vestidos de verde, armados con su vileza y sus fusiles de asalto, para cobrarse a traición otra miríada de vidas inocentes. Si al menos tuviéramos una moneda con que defendernos.

Si acaso esta noche tengo la suerte de no ser el elegido, pensaré lo mismo que acostumbro a pensar cada noche bajo la deshilachada tela de mi tienda de campaña. Mataría por soñar eternamente aquella vida infeliz con tal de librarme de esta pesadilla.        
 

Nacho Albert, 2006.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Fundación Biacs.


El relato está inspirado en la instalación Geography = War (2006), del artista chileno Alfredo Jaar, exhibida en BIACS2. Consiste en una estancia en penumbra que sirve de inhóspito almacén para unos bidones; sobre la superficie turbia de agua/petróleo s reflejan diversas imágenes fotográficas que son suspendidas desde el techo en cajas de luz.
 
 

 

 

[miss muertos] lucía álvarez

 

 



“El arte no es controlable. El “Musée Précaire Albinet” no es controlable”

Thomas Hirschhorn

París, otoño del año 2000. Mañana fría sin fin. Reconstruyo el puzzle de mis pasos hacia la casa-refugio de aspecto hirschhorniano. La fachada aproxima la impresión posterior: dos jóvenes ataviadas con amplios y roídos jerséis conversan sobre los bocetos de una de ellas alrededor de una mesa de cartón inestable. Una dócil ráfaga de maría se mezcla con el sabor dulzón de la pintura a granel y la densa sobredosis de humedad que cuartea las paredes. Me abro paso entre multitud de residuos reutilizados que lamen los rincones sin orientación museográfica o jerarquía expositiva, un espacio-vertedero de visiones libres, a veces ingenuas, otras hermosas, en ocasiones desacogedoras, pero siempre inquietantes. No me siento excluida en este lugar que no excluye, pese a no convivir, a no compartir tertulias, cafés, confidencias o altibajos.

Frente a todo el glamour que desprende la ciudad de la luz, sus museos, sus centros de arte, sus galerías, París sigue atrayendo a artistas de todo el mundo hechizados por la presencia de acontecimientos alternativos, al margen de instituciones y normas establecidas: los centros okupas de artistas en inmuebles abandonados que se multiplican por la ciudad desde hace una quincena de años. Actualmente, son más de veinte los que reagrupan a multitud de creadores involucrados en la vida de sus barrios. Su éxito reside en la cantidad de visitas diarias que reciben. Aunque algunas de estas sedes están normalizadas, la mayoría siguen siendo ilegales. Sólo existe una asociación, “Interface”, que junto al Palais de Tokio y el Ayuntamiento de París comenzaron a trabajar desde el 2003 para regularizar la situación.

“Quiero y debo ser un guerrero, no me queda otra elección. El arte combate con intensidad y con urgencia. Está destinado a ser agresivo, ofensivo. Con mi trabajo lucho contra la ideología de lo correcto, de lo posible, de lo permitido. (…) Defiendo el coraje de osar y el deseo de aventura”.

Thomas Hirschhorn
 


Tomando como referencia el espíritu independiente de los centros okupas, el proyecto “Musée Précaire Albinet” -2004- del artista suizo Thomas Hirschhorn  -Bern, 1957- coincide con el deseo de implicar en su propuesta a la multitud sin distinciones; en este caso, a los habitantes de un barrio conflictivo:
el barrio de Landy, en Aubervilliers.

“Si Mahoma no va la montaña, la montaña va a Mahoma”

Refranero popular

El proyecto, lejos de todo acontecimiento artístico local, es considerado por el propio artista como “el más radical y difícil de los acometidos hasta el momento”.

Durante varias semanas, las obras de ocho artistas de reconocido prestigio prestadas por el Centro Pompidou: Duchamp, Warhol, Malevitch, Mondrian, Dalí, Beuys, Le Corbusier y Léger han convivido con los lugareños y su emplazamiento. El objetivo yace en la presencia de las obras lejos del museo, en un marco diferente que propicie nuevas miradas y puntos de vista.

Su belleza anida en su razón de ser: la confrontación de obras originales con un público no exclusivo, ajeno a las manifestaciones artísticas presentes en lugares convencionales. Los habitantes del barrio, especialmente los más jóvenes han participado durante el proceso de creación y desmontaje del museo generando un ambiente alegre y entusiasta.
 


Para presentar dicha iniciativa y sus resultados, Hirschhorn realiza una instalación de grandes dimensiones en la sede de Atarazanas de la II BIACS de Sevilla. En ella, e
l visitante–espectador recibe numerosa información visual y escrita sobre el proyecto; reflexiones del artista y un educador del barrio de Landy, el Sr. Malik Khouidrat, en torno a diferentes conceptos que atraviesan la esfera de los conflictos y las preocupaciones de la sociedad actual. El artista nos habla de la belleza de “la precariedad” como instante o momento irrepetible, como reconstrucción continua de situaciones o momentos inestables, de “autonomía del arte” como forma activa y afirmación del acontecimiento artístico, de “utopía y realidad como conceptos unidos y complementarios,  y “del otro” como vecindad absoluta sin exclusión.

“Es una confirmación de lo que pienso que había que hacer: no excluir a nadie, ni a los marginales, ni a los más negativos (...) Con este proyecto quiero atreverme a tocar lo que no se puede tocar: el otro.”

Thomas Hirschhorn
 


Desde el punto de vista formal,
Hirschhorn utiliza materiales cotidianos y reconocibles: cinta adhesiva, papel, cartón, fotografías, fotocopias, madera, videos… para crear un espacio abigarrado y confuso donde prima la saturación de objetos y mensajes. Hasta su forma de hacer pretende ser democrática.

En un momento, en el que el que la oferta cultural se amontona en las páginas de decenas de ejemplares gratuitos, en las agendas culturales de la prensa digital y escrita, en el correo basura que satura las bandejas de entrada de nuestros servidores, en dípticos, trípticos y carteles que tapizan los tablones de las facultades y las paradas de autobuses, aún son muchos los otros, los diferentes, los ajenos al mundo del arte; los que señalamos con el dedo porque no comparten nuestra cultura, nuestra religión o nuestra raza; porque no viven en nuestro barrio y venden jirafas de madera y cds piratas en la calle; porque se atreven a comprar en el super en pijama con el crío en jarras o,  simplemente, se sientan en el parque con su cartón de vino barato a compartir un cigarro y pedir unos céntimos.

Sin duda, obras como las de Thomas Hirschhorn accionan la mente y despliegan su fuerza transformadora. En un mundo donde prima lo desacogedor, sus “proyectos-manifiestos artísticos” nos acogen gratamente.
 

Ana Robles, 2006.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Fundación Biacs.
 

 

 

 

[reventada] natalia puyol

 

 


¿Qué sería una exposición, feria, bienal, o cualquier mercadillo de Arte Contemporáneo si no hubiera alguna espinosa y desagradable cuestión a debatir? En este ámbito todo vale para crear un especial desasosiego, y si ya había mar de fondo por tantos otros motivos (digamos: expositivos, monetarios o simplemente artísticos), ahora topamos con la Iglesia. En realidad, con el mundillo cofrade, que para el caso, suele ser más papista que el Papa. El problemilla surge cuando la tan ansiada obra de Josephine Meckseper que debía ir en el escaparate de Sfera, sita en una muy transitada plaza hispalense, no se expone debido a ciertas reticencias de la empresa. Esta obra tenía “excesivo carácter político”, según se informó a la prensa. Y he aquí que aparece en un rinconcito del CAAC uno de esos pequeños y curiosos escaparates que últimamente realiza la señora Meckseper. Como se puede comprobar, no se sale mucho de su línea. Un maniquí braguero con un bonito tanga de encajitos preside el montaje. De aquél pende una cruz de pedrería falsa y, un tanto descontextualizado o perdido, un nazarenito de juguete, muy propio de una tienda de souvenir sevillanos.

Hasta ahora, ¿dónde está lo amenazante? ¿Dónde se halla la relación Sexo y Semana Santa? y lo mejor ¿dónde está el tema político que esgrimía Sfera? Para empezar, según fuentes del CAAC, esa no es la obra rechazada... ¿Y dónde está entonces, puesto que la organización no la tenía anunciada  en la sede de la Cartuja? ¿O será un despiste de tantos como han tenido? No cabe la menor duda de que se trata de la misma obra, pero no se ve claro el motivo del escándalo. Podría ser la cruz colgando de la prenda de lencería; sin embargo es más que habitual que este símbolo del cristianismo haya perdido para muchos su auténtico significado y sólo sea un objeto de ornato personal, de pura bisutería espiritual: Se ven cruces colgando de cualquier sitio -orejas, piercings de ombligo, entre dos”tetas” si la cadena es muy larga, en fin, por qué no de unas bragas-. Y el nazareno no es muy raro encontrarlo entre una imitación de espada toledana, una flamenca de plástico y un botijo. 

Volviendo a Josephine y su obra: La artista no ha hecho más que recurrir a elementos ya usados por ella anteriormente, lencería y bisutería, así como a objetos absurdos y extraños como un nazareno de juguete que nada tiene de devocional. Claro está que la disposición es intencionada, que la artista no prescinde del mensaje, sólo habría que echar un vistazo a sus fotos en la sede de Atarazanas y darse cuenta de su compromiso social. En definitiva, esta obra no va contra lo sagrado, sino contra la frivolización de lo sagrado -que de eso sí que pecamos, por no referir los escaparates horteras cuando llega Semana Santa... para lo que tendría que haber excomunión-. Pero de eso no se queja nadie, claro, y resulta más fácil ver lo escandaloso en una asociación de ideas más propia del fariseo que del auténtico creyente, puesto que la asociación entre sexo y Semana Santa cabe más en el cerebro del que interpreta que del que crea.
 

José Hinojosa, 2006.

fotografía de Edu D´Acosta por cortesía de Fundación Biacs.
 

 
 

 

[impatiem] felipe ortega-regalado [www.felipeortega.es]

 

 


Exposición

La estrategia del calcetín [the sock strategy].

Centro Cultural El Monte, Sala Villasís.
Sevilla
, 04 octubre 06/ 30 noviembre 06
Comisario: Iván de la Torre Amerighi


El misterio de la transustanciación: Un objeto desprovisto del ámbito acogedor para el que fue previsto muda de piel y se convierte en nueva esencia; renace de manera forzada, es obligado a resistir el envite del temporal, aprende el lenguaje de signos para desenvolverse en el espacio extranjero, e, invariablemente, comienza a decir nuevas cosas. 

Demasiadas veces el artista planifica concienzudamente su obra para el escaparate níveo; la imagina sosegada, acomodada a la planicie diáfana y mansa de la galería. Solicita para sus hijos un aire para respirar, lo que se traduce en metros cuadrados de muro libre y un encuadramiento lógico y asequible a sus dimensiones y pretensiones.

No es de extrañar que alguno de los artistas –y no es que haya escuchado a ninguno de ellos ni a ninguna de las voces amigas que presenciaron la premiére de la sonada exposición La estrategia del calcetín- se sintiese ninguneado (las obras están desasistidas de la santa cartela y obligadas a resistir la cornada de posarse sobre una piel rayana en el histrión)… Tampoco lo es que alguno de los curadores (los que curan, los que sanan el panorama cultural, los que inyectan la verdad en jeringas de toda la vida) cuchicheen mínimos exabruptos copa en mano y exhalen su indignación de forma discreta al contemplar el desbarajuste. Iván de la Torre Amerighi debe ser un hereje en todo caso, y un protagonista como ya han dicho algunos (pero prometo no haber oído nada). Hablo del comisario, que no del curador.
 


Sólo las señoronas –léase este término con todo el cariño posible- de una cierta edad pueden comprender el zahiriente papel de pared como lecho setentón sobre el que reposa (a duermevela, con inquietud, con desasosiego) una reunión de arte. Al fin y al cabo todos los artistas –andaluces, porque faltaron en la anterior Bienal dicen muchos- son de la misma quinta, nacidos bajo el signo de la transición, como sus hijos e hijastros. ¿Son todos los que están o están todos los que son? Esa es una pregunta que nos terminaremos haciendo porque la nómina es interesantísima y eficaz, y el margen de acierto/error de esta seleccción es mínimo. Entresacaré por mi gusto personal a la ebullición vital de Carlos Aires, la retratística punzante de Noelia García Bandera, el irónico juego interesantón de Carlos Miranda y la pintura siempre tremenda de Matías Sánchez. Y eso por resumir.
 


Al ver La estrategia del calcetín (the sock strategy, que suena fetén) me imaginé en aquella exposición memorable del Palais de Tokyo –Translation, junio de 2005- mediante la cual un par de diseñadores gráficos –M/M, sí, los que diseñaron carátulas de CD a Madonna y toda una cartelística valiente y voluptuosa- tuvieron carta blanca para reubicar –confrontar, recontextualizar, medir- la flamante colección de arte contemporáneo del también flamante colector griego Dakis Joannou. Y no dudaron en empapelar los diferentes espacios con sus diseños para configurar atrevidas escenografías que sirvieran de inusual telón para las obras. A muchos se les olvida el turgente adamascado que reviste las salas del Prado para acoger a Velázquez, y que el arte siempre se ha visto mezclado con la vida. O eso pensaba yo durante esta larguísima dictadura del contenedor límpido.
 


En esta estrategia –inadivinable para Andalucía y menos para Sevilla, el joyel de la Semana Santa y otros trasuntos del arte efímero- las obras se hermanan según un correlato que flota en el aire, más bien según varios microrrelatos (El elogio de la irreverencia, La subversión de lo real, El sujeto-objeto, Escenografías y máscaras, Esplendores cotidianos, Paisajes distópicos). Para salvar la necesidad de contar bien la historia, valgan las licencias poéticas de esquinar un cuadro a sangre con la pared o permitir (qué alegre sacrilegio bollante de clarividencia) que todo se refleje a vuelapluma sobre los cristales que resguardan las obras. Esa es la naturalidad de desear una manera diferente de ver y ser vistos.

Es el calcetín el que se ha dado la vuelta del revés, todo patas arriba según premoniciones adversas, y el aroma que ha macerado en su interior profiere un intenso narcótico del que no quiero desasirme. Valga también mi deseo; que sea la primera de otras muchas experiencias de ensayo. Que nos falta experimentación y nos sobran las políticas complacientes.
 

Pedro Alarcón, 2006.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de Centro Cultural el Monte.

www.fundelmonte.es
 

 
 

 

[des] juanma vidal

 

 


Exposiciones

XLIII Certamen de Artes Plásticas.

Salas Caja San Fernando.
Sevilla, 25 octubre 06/ 19 noviembre 06

Conflictos de inercia.
Galería Isabel Ignacio.
Sevilla, 17 noviembre 06 / 16 diciembre 06


He merodeado por las Atarazanas de Sevilla con la ilusión enfrascada en mi corazón. La Bienal está desarticulada, es inhóspita y con cierto desdén te expulsa. El desorden museográfico es patente, la ilógica campa a sus anchas desaprovechando los espacios más adecuados y arrinconando las mejores piezas. La iluminación es desigual; muchas de las obras se traslucen planas de emoción y contenido. El lema se les ha vuelto arma arrojadiza. Sin embargo, no todo en Sevilla este otoño es tan desacogedor. Varias de las propuestas paralelas al programa oficial de la BIACS merecen su glosa. Y eso que estuve a punto de redactar otro ensayito apocalíptico sobre el nihilismo ramplón y mi alma tardogótica a merced de unos videos insufribles y unas fotografías inanes. A diferencia de la visión unánimemente literal de lo desacogedor que encontramos en la Bienal, hay otra artillería más certera.

Es el caso de Miguel Soler (Sevilla, 1975), que con buen tino ha colgado su estimulación precoz (de 0 a 4 años) en la Sala Chicarreros al ser objeto de selección de la convocatoria de Caja San Fernando. Siempre había desconfiado de los artilugios mecánicos a disposición del arte –a excepción sin embargo de mi amado Jean Tinguely-, pues las más de las veces conducen a poco y se descacharran sin miramientos ante nuestra estulta boquiabiertez. Sin embargo, todas mis suspicacias se ven refutadas al asomar mi alma antigua de niña –niña antojadiza y marisabidilla- bajo un móvil de cuna muy especial: Veintiún cascos tuneados (así lo resume el artista) de colores vivificantes e identificados por caracteres aerografiados con plantilla giran suspendidos de los arácnidos brazos de un motor, al ritmo de una nana inquietante (arreglo musical de Daniel Molina) que nace de los sones militares de algún himno perdido.
 


Miro a mi alrededor y me embarga el pánico con estas hordas de púberes y prepúberes que de seguro fueron estimulados precozmente con cientodiecisietemil imágenes violentas cada quince minutos de televisión, amén de veteasaber qué preciosidades descargan silenciosamente al amparo de su velocísima conexión inhalámbrica –de la que disfrutan en la privacidad de su búnker- y de la facilidad con que sortean los ingenuos filtros protectores que sus progenitores creen haber instalado para acallar sus conciencias de educadores inseguros. Eso sí que es un escenario fantasma, y del que no se libran –por eso de la globalidad- en muchas latitudes.
 


left Vs right (dancing guns)
es un DVD proyectado simultáneamente en dos pantallas enfrentadas. Obra bien acabada, este baile de pistolas posee un ritmo popero de magnético efecto (fantástica la sincronización de imagen, música y disparos), así como una hilada coreografía a lo Esther Williams en Escuela de sirenas, lo que acaba de ser potenciado por un virtuosismo digital cum laude. Miguel Soler está desmadejando nuestro mundo y dejando al desnudo la fría compulsión que nos bombardea, consciente de que somos insensibles ya a esta droga barata.
 


En sintonía con estimulación precoz, en la Galería Isabel Ignacio encontraremos la instalación inercia conflictiva, una línea de cascos grises suspendidos en una estructura pendular de aparente inercia finita. El juego de oposición de contrarios y de paralelismos redunda en la futilidad. Miguel Soler nos propone encontrar lo desacogedor en la propia experiencia además de en la realidad circundante. Efectivamente, como Felipe Ortega-Regalado nos advertía, esta etapa creativa del artista tiene más que ver con un trampantojo de la realidad que con una denuncia social. Eso es hilar fino.
 

Elektra, 2006.

fotografías cedidas por el propio artista.

www.miguelsoler.com
www.cajasanfernando.es

www.galeriaisabelignacio.com
 

 
 
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