lafresa_ revista hiperbreve de arte contemporáneo [a propósito de picasso]  

 

Jesús Domínguez © Museo Picasso Málaga   



Exposición

PICASSO Musas y modelos,

Museo Picasso Málaga
Málaga
, octubre 06/febrero 07

Pasear por el Museo Picasso de Málaga, con esa solemnidad silente que tiene, con esa limpieza de formas interiores, con esa comedida distribución de alturas y distancias, es como acudir a un gran espacio sagrado donde una deidad oculta alecciona con su poder omnímodo y sosegado. Da gusto desnortarse por sus pasillos sin más pretensión que la contemplación desinhibida. Da gusto enfrentarse sin cohibición alguna a las miradas intensas de los personajes que, reales o no, inventaba Picasso en su cerebro inquieto de demiurgo acaparador. En el aire se respira algo especial, diferente…Es como si el ambiente estuviese impregnado de un halo áureo, de un misterio indescifrable…No sé bien definirlo, pero en todo lo picassiano hay una dosis desmesurada de atracción, de intensidad, de dulzura, de magia, de originalidad…No hay tópicos. Aunque uno se crea que ha visto muchas cosas, con Picasso siempre caben las sorpresas. Es de los pocos artistas que siempre te coge desprevenido, que te adelanta cuando menos te lo esperas cojas el atajo que cojas.
 

Ana Muller © Museo Picasso Málaga   


La última exposición temporal que puede verse en sus salas, ‘Picasso. Musas y modelos’ es un pretendido homenaje a la presencia femenina en la vida del artista. Una vida larga y ubérrima descosida de intensidades, de mujeres a las que amar o abandonar, de  relaciones relampagueantes, de amores febriles y a destajo, de ilusiones inmensas y de desengaños vitales dolorosísimos (el primero, la muerte de Casagemas. El suicidio por desamor de un amigo íntimo a los diecinueve años es un desengaño tan grande, que todo se te vuelve azul, melancólico, cerúleo y profundo). Picasso vivió su primer medio siglo de vida vertiginosamente, atropellado por las circunstancias y por su ego en expansión. Luchó desnudo contra el arte, cara a cara, y venció. Ha sido el único artista que se ha permitido el lujo (y la osadía) de crear gigantescos castillos de arena para luego regarlos con agua. Era un genio capaz de inventar lenguajes nuevos -nunca vistos- por puro hedonismo. Simplemente, se divertía dejando en evidencia las verdades absolutas que colgaban de los tendederos del academicismo.
 

© VEGAP, 2006. Succesion Picasso, París. Collection Particuliére. Photographie ImageArt Antibes (France)                                
/ Jesús Domínguez © Museo Picasso Málaga   


Esta primera etapa del artista (variada, colorista, intempestiva, descontrolada, fértil), apenas aparece en la exposición con algunos detalles menores. Hasta los sesenta años en la vida de Picasso abundaron las musas y las modelos, féminas que no tienen un refrendo de peso en la muestra. Aparecen, realmente, sólo dos mujeres de su larga existencia: su última compañera, Jacqueline, que centra la mayoría de los cuadros expuestos (por no decir prácticamente todos los realmente significativos). Y Dora Maar, a la que se le dedican muy pocas obras, una de ellas una cabeza bellísima vaciada en bronce. Bueno, para no faltar a la verdad, hay que reseñar que al principio del recorrido se hace una breve referencia a la carnal Fernande Olivier. Pero hubo más. Muchas más. Algunas tan importantes como Eva Gouel, Marie-Thérèse Walter, Françoise Gilot o su primera esposa, la bailarina rusa Olga Kokhlova, mujeres que acompañaron al artista en momentos decisivos de su vida y que significaron hitos en su trayectoria personal. Lo que ocurre, y tampoco es grave sólo hay que entenderlo, es que hay que saber que los fondos para esta exposición temporal provienen en su mayoría de la colección personal de Jacqueline, procedencia que ya está determinando desde el inicio una única musa y modelo. Mujer que de manera definitoria se circunscribe a una etapa concreta del pintor: la última, justamente la más estable y la más prolongada. Ojo, este fundamento no es nada desmerecedor, al contrario, la selección de obras es maravillosa, exquisita e incuestionable. El problema es el título, demasiado genérico y acaparador para unas piezas tan ceñidas a un periodo específico en la vida de un artista fecundo que estuvo con tantas y diferentes mujeres.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Picasso se recluye en sí mismo para producir en solitario, para seguir buscando, para seguir reinventado. En su plácido retiro mediterráneo crea de manera intensa devorado por una necesidad frenética de renovaciones. Es admirable su inconformismo y su capacidad de trabajo. Se vuelca con el entorno familiar, redescubre a los clásicos, escribe, experimenta con la cerámica. No para. Se vuelve delicado, sibarita, hosco, reservado. Así pasa las últimas décadas de su vida, al margen del mundo, creando su propia galaxia. Amando a su esposa, amparado en Jacqueline Roque, dejando que ella hiciera y deshiciera a su antojo para poder concentrarse apasionadamente en el arte. Las mujeres retratadas en esta etapa final son suavemente sensuales pero poco voluptuosas. Son retratos apacibles, íntimos; no hay nada temperamental en ellos, no tienen nada de tempestuoso ni de desbocados. Son contenidos, prudentes. No dejan ver nada tormentoso, ni desequilibrado. Muestran simplemente un artista hogareño volcado en su obra y en la cotidianeidad de sus seres cercanos. Alguien encumbrado muy alejado de la farándula de sus años turgentes.
 
  © VEGAP, 2006. Succesion Picasso, París. Collection Particuliére. Photographie ImageArt Antibes (France)


En esta exposición hay cuadros absorbentes (Señora Z, con ese cuello a lo Parmigianino, con ese ojo egipciano, con sus rosas blancas sugeridas, con esa pose tan espontánea, con ese brillo azul y grana…Me enamoró desde el primer segundo). Hay esculturas de acabados muy refinados (como una que parece hecha al estilo griego arcaico, con unas pupilas gigantescas al modo de las figuras de las pinturas micénicas). O retratos hermosísimos de Jacqueline (las dos versiones con traje turco dejan sin habla). En fin, enfrentarse a Picasso es admirarse en cada trazo, en cada pieza que aborda. Lo que pasa es que echo de menos la parte más instintiva del artista, la más imprevisble y desmadrada. Me gustaría haberme encontrado más retratos de desnudos, tan del gusto del artista, los pocos que hay pasan casi desapercibidos. Pero sobre todo, me falta la poderosa presencia sexual de Picasso, su libido incontrolada de minotauro, la vertiente instintiva y animal de un creador que fue -y presumía de ello-, un amante entregado e incansable. Las imágenes son demasiado almibaradas, muestran sólo la dulzura de un hombre mayor enamorado, apacible, encandilado con la belleza hierática de Jacqueline. Picasso aparece tierno, doméstico, retirado, recluido en su pedazo particular de Mediterráneo. La placidez que revelan los ojos de Jacqueline es la calma que templa las manos de un artista tardío, otoñal.

Tampoco aparece por ningún sitio el recurrente tema del pintor y la modelo (de las tantas versiones que hizo el artista malagueño, me extasía una tela de 1963 que se ha convertido por méritos propios en uno de los cuadros estrella del Reina Sofía. Es justo el que puede verse a continuación del Guernica. Este lienzo me tiene loco. Sus rojos, sus azules, sus verdes, la pose meditativa de la modelo, el rostro concentrado del pintor…). También se echan en falta en esta selección de piezas las exquisitas maternidades picassianas (qué hermoso son sus cuadros cuando dibuja a Pablo, su primer niño con Olga; o cuando retrata a Maya, su segunda hija con Marie-Thérèse. Qué sentidas son sus madres de los años veinte, que clasicismo tan puro, qué contenido tan renacentista y qué toques tan grandiosamente delicados). En el periodo rosa también hizo muchísimas mujeres, muchas, y no se menciona nada de ellas en esta exposición. Pintó féminas desencantadas, silenciosas, perdedoras que bebían ajenjo para espantar las penas y se acostaban desganadas con los juerguistas de Montmartre. Señoritas tristes rodeadas de fantasmas que se consumían entre la absenta y la sífilis.

Concluyendo, se puede decir que ‘Picasso.Musas y modelos’ es una exposición muy recomendable, sabrosa y delicada. Es un postre perfecto para un almuerzo distendido en los alrededores del museo. El único desajuste es el título, demasiado grandilocuente, demasiado ambicioso. Debería haber sido más certero y menos global.
 

Sema D´Acosta, 2006.

fotografías por cortesía de Museo Picasso Málaga.

www.museopicassomalaga.org
 

 
 

 

[sin título] maría rosa jurado

 

 


Exposición

PICASSO Tradición y vanguardia,

Museo Nacional del Prado y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Madrid
,  junio/septiembre 06
Comisarios: Carmen Giménez y Francisco Calvo Serraller



“La soberbia curatorial carece de toda sensatez”.
Fernando Castro Flórez.
 

Allá por junio de este mismo año llegó a mis manos el número mensual de la revista de Arte con más aceptación en el gran público. En portada, una plañidera de tez cetrina de esas que tanto reverenciamos por el simple hecho de pertenecer al trasunto del tesoro nacional en que se ha convertido el Guernica. Ávidamente, busco la referencia a la que sin duda ha sido la exposición del verano –colas dignas de aquella expo de Sevilla, aguante estoico bajo un calor ya castizo-: Picasso. Tradición y Vanguardia. Leo la correctísima crónica, algo salvable para el aficionado medio si es que ya le asaetearon con la vida y los milagros del pintor malagueño años ha. Y, algo decepcionado, volteo la última hoja del artículo para, ahora sí, paladear la contracrónica.


Ya conocía la sección fija que antes ostentase mi admirado Fernando Castro, una especial atalaya donde vapulear sin receso los desmanes de artistas, comisarios y ministras, entre otras exquisiteces. El reencuentro no pudo menos que ser sabroso; el crítico desprecia con diafanidad el empeño curatorial de poner las cosas juntitas para que nos enteremos de lo que pasa. Como todos sabrán, la muestra ha sido una ocasión singular para contemplar, unas junto a otras, piezas clave del artista moderno y aquellas otras que por analogía se encuentran entre las fuentes de las que bebió. Mover las obras de un museo al otro (recordemos que las sedes fueron el Prado y el Reina Sofía) para generar un evento posmoderno es banalizar la gestión cultural, y propiciar la afluencia masiva bajo este reclamo ha de ser tildado al menos de exceso.

Por el profundo respeto que me han inspirado siempre las palabras de Castro, ha sido mejor esperar al irrenunciable cumpleaños de Picasso, ya cerrada la exposición, y establecer mis quizá modestos parámetros en torno a lo que ví allí.
 


Poner juntas las cosas que sólo lo habían estado antes en las mentes de los lúcidos eruditos es un espectáculo inenarrable. Para comprender la fascinación por el Greco en la etapa azul o por la nobleza de la retratística española en cualquier momento del camino picassiano (quería evitar esta palabra, no ha podido ser), y al margen de leer a los estudiosos que han encontrado esos paralelismos, visitar la exposición ha sido un flash clarificador. Un buen libro lo soluciona todo, pero ante un reducido grupo de receptores, comparado con la incontable muchedumbre que ha podido vislumbrar de cerca el sobrecogedor respeto que tenía el pintor por los maestros del pasado, a los que trataba en sus cuadros como viejos amigos y conocidos. En algún que otro telediario, como cortinilla histérica siempre necesaria en un informativo en que la sección de deportes ocupa el cincuenta por ciento, vimos al público enredado en disquisiciones manidas –preferir un velázquez o un Goya por la certidumbre del parecido real-. ¿Y pensamos que se tiene a Picasso por el clásico que ya es? En este Madrid que renuncia discretamente a su Centro de Arte –para preservar el Museo con mayúsculas de los grandes del siglo XX, señores ya harto antiguos- todavía es necesaria una experiencia de comisariado al hilo de la cuestión.

Las argumentaciones cronológicas y límpidas a que nos han acostumbrado aburren, sin más. El reto de abrir la gran galería del Prado a su más ilustre visitante –el incipiente Picasso que tomaba esbozos (hoy se habría paseado con un móvil de última generación y saltado todas las reglas al respecto para descargar en su PC de sobremesa una colección fabulosa de imágenes technicolor)- es un acierto. En primer lugar, porque Picasso no debió sentir que rompía con nada –tendría, sí, el vértigo de saberse abriendo rendijas nuevas-; más bien se consideró heredero –y muy digno- de una tradición riquísima. Entre todos hemos ignorado aquella voluntad de que el Guernica se atesorase en la gran pinacoteca madrileña; conforme el tiempo pasa es menos descabellado, por eso de que la pintura nunca muere y hay tanto arte intangible –como es deseado al fin y al cabo-.

Soy de los que piensan que las nuevas estrategias de comisariado –véase la nueva disposición de la Tate Modern o la política del Palais de Tokio parisino-, provocando encuentros antes impensables, nos remueven. Nos ofrecen una visión no lineal de las historias que ya nos han contado de cabo a rabo, recontextualizan las intenciones primigenias para forzarlas a dialogar, nos retienen unos segundos más en el escenario sacrosanto del arte. Poner una maja al lado de la otra (la de Picasso y la de Goya, por abundar en un ejemplo ramplón) no fue una chorrada. Fue un lujo.
 

Pedro Alarcón, 2006.

fotografías por cortesía de Meghan Deans [www.flickr.com/photos/rollerboogie]

www.picassotradicionyvanguardia.com
 

 
 

 

[the picasso museum] mikael albrecht [www.flickr.com/photos/micke-fi]

 

 


Pablo amaba a Francoise tanto como Francoise amaba a Javier tanto como Javier amaba a Robert tanto como Robert amaba a Pablo, pero lo cierto es que todos no amaban ni amarían ni habían amado nunca a nadie tanto como a sí mismos. Era verano, la canícula no hacía sino fomentar el deseo. Caminaban despacio y el mar les susurraba al oído. Jamás habían coincidido en un mísero beso, y eso que Pablo y Francoise llevaban ya cinco años de noviazgo. Según ellos era digno de héroes compartir la vida y no rozarse. Tres pintores y un fotógrafo se habían reunido en la playa de sus sueños para retratar el amor imposible. Su orgullo les impedía o su demencia les tenía terminantemente prohibido querer a quien osaba quererles. Pero una cita como aquélla constituía un acto poético, una excitante entelequia, un experimento sin precedentes o la fútil tentativa de quebrar el círculo, intercambiar feromonas al fin y sentirse dichosos por vulnerar el sentido de sus sentimientos. Se confesaban acérrimos detractores de las leyes naturales y defensores a ultranza del orden ilógico de los acontecimientos. Bajo su punto de vista todo era susceptible de ser pervertido, incluso la pasión. Sin embargo es público y notorio, lo cual ellos ignoraban, que forzar el corazón entraña siempre un gran peligro.

Tras contemplar la instantánea comprendí que los extremos no se tocan, que no lo han hecho nunca y que no lo harán jamás por mucho que se obstinen las consignas en atrincherarse en los libros. Ni Pablo habría logrado que le tocase un pelo Francoise ni Robert habría logrado que le tocase un pelo Pablo por mucho pigmento y mucha sal de plata que ambos hubieran empleado para inmortalizar a los seres que habitaban sus más bajos instintos. La paleta de colores de Pablo no era suficiente para deslumbrar a Francoise del mismo modo que la gama de grises de Robert no era suficiente para deslumbrar a Pablo. Pablo y Robert rivalizaban por ganarse el objeto de su amor en tanto Francoise mostraba un seno a Javier y éste no se percataba de la estampa henchida de subterfugios. Cegados por la luz, todos resultaban indiferentes y mezquinos a los ojos de sus contrarios. La playa era el campo de batalla de cuatro ejércitos infructuosos. 

Dicen que la imagen data de 1948. A los pocos minutos Javier no pudo soportar tanto desamor, hizo gala de su sangre fría, agarró su fusil de pesca submarina que yacía sobre una roca a la derecha de la escena y en presencia de todos se atravesó el cuello. Cayó fulminado e inmediatamente Francoise comprendió que muerto su amante potencial no tardaría demasiado en entregarse a su novio y conformarse con las ínfimas migajas de amor que pudiese ofrecerle. Cinco años después Pablo conoció a Jacqueline y no dudó en cambiar de mujer, aunque nunca tuvo agallas para pintar aquella arena teñida de rojo.      
 

Nacho Albert, 2006.
 

El relato se basa en una fotografía de Robert Capa, realizada en agosto de 1948. Aparecen Françoise Gillot, Pablo Picasso y su sobrino Javier Vilató. Para visualizar la imagen original, se recomienda la visita a la agencia fotográfica Magnum.

enlace a la fotografía en www.
magnumphotos.com
 

 
 

 

[print on one of my curtains] magnus andré damli [www.flickr.com/photos/mdamli]

 

 


Pollock, enfermizo, hastiado de sus cuadros, quiso escapar. Escapaba de muchas cosas, entre otras de su propia vida. También escapaba del fantasma picasso. No era el primero, ni sería el último. El estigma picasso les obligaba –a los de su generación- a proceder según una nueva e intangible academia por la que todos pasaban. La puerta que el toro andaluz había abierto de par en par estaba resultando demasiado influyente, todos habían probado a cruzar ese umbral para huir de los topicazos del arte de entonces, y sin quererlo se estaban drogando a base de cubismo reinterpretado. Las comparaciones eran odiosas; Pollock presentía que el tiempo iba a tener una nueva medida, antes y después de picasso, había sucumbido como tantos a la nueva manera de mirar –la visión polifacética, la destrucción de la imagen, el encumbramiento de la bella fealdad-. Era insoportable. Y hubo de dejarse arrastrar por una motivación casual, el chorretón goteante –dripping, dripping, dripping como un orgásmico tantra-. Para arribar a las costas de Nopicasso/Nowhere/Neverland.

Cuando pronuncio Neverland no sólo me acuerdo de Peter Pan (y sus deliciosos complejos); también reproduzco en mi ideario el absurdo cortijo de Michael Jackson, escenario de tropelías y desaguisados disneynianos más allá del mundo real. Con el ansia de matar al padre, castrarlo cual Cronos incólume con hoz de diamante, muchos artistas quisieron y quieren resarcirse en un lugar fantástico donde no huelan ni un gramo del azufre que les parece lo picassiano. Ingenuos. Desde las tripas, son muchos los que sienten una poderosa rabia al saberse incapaces de acometer una empresa tan prolífica y variopinta; su defensa suele ser un ataque, aunque provenga de la visceralidad más incomprensible –tanto más errático el camino, más críptico-interesantón se vuelve el producto-.
 


Pero Nopicasso/Nowhere/Neverland no es sólo un afán creativo. Más allá de Picasso están el trasunto kitsch –vulgar, ordinario- de lo picassiano reducido al souvenir estrambótico. Su mercadotecnia se enturbia siempre por las exigencias de un emporio –invisible, oscuro, el otro lado de la fuerza- siempre dispuesto al oportuno diezmo que deviene del trasnochado empleo de la imagen picassiana. Nopicasso/Nowhere/Neverland también es un lugar para la innegable seducción de lo prohibido (no tocar, no fotografiar, no reproducir sin abonar las tasas, no acercarse, no mirar con demasiado interés) que retiene en nuestro imaginario a lo picassiano como escenografía de lo milagrero (reliquias y huesos de santo dignos de luengas peregrinaciones). Erótica del veto, árbol señalado, plexiglás invisible sobre cada cuadro, minúsculas alarmas, cancerberos de uniforme que exhalan su aliento muy cerca de tí… Todo me excita.

Finalmente, Nopicasso/Nowhere/Neverland es un jardín del desamor. En el que las ciudades hayan proferido en una vigilia de miles de noches una condena atroz sobre el presunto falso patriota. Hay amores de conveniencia; no voy a pronunciarme a bocajarro sobre qué lugares han amado repentinamente a su hijo pródigo –su nueva fuente de ingresos-. Pero en esos lugares las palabras vanas y los arrestos de locura son la nueva jaculatoria que se ha convertido en un estupefaciente colectivo.

Ahora alguien agujerea un Picasso con el codo, pero lo que importa es la cifra rabiosa de dólares por la que se iba a vender. Y eso de superar el ranking –quedar por encima del Klimt más caro, devolver el honor y la gloria-. Pero Picasso les importa poco.
 

Elektra, 2006.

fotografías por cortesía de Rob Birze y Patrick Spence.

www.flickr.com/photos/rob_birze
www.flickr.com/photos/giantginkgo/
www.giantginkgo.com

 

 

 

 

[a date with my dear picasso] xiaolei zhou [www.flickr.com/photos/lejson]

 


“Picasso fue en su época un artista revolucionario y estoy seguro
 de que si hubiese nacido ahora haría graffiti”

Max501

“El graffiti español es Picasso mezclado con Los Simpsons en formato digital»
Loomit
 

Deciros que cuando empecé a plantearme este artículo merodeaban en mi mente una serie de interrogantes que aún hoy no he resuelto. Según tengo entendido, el término graffiti -de procedencia italiana, graffiare- significa garabatear. Su plural, graffiti –grafitos en castellano- hace mención al letrero o dibujo esbozado esporádicamente en paredes u otras superficies de carácter popular. Desde este punto de vista, las sugestivas anotaciones y trazos que Joan Miró –uno de los artistas más emblemáticos de las vanguardias europeas del siglo XX- realizó en las paredes de uno de sus talleres en Mallorca, podrían incluirse en esta extensa definición.

Sin embargo, al observar las pinturas murales que el artista realizó en Son Boter -una casa mallorquina del s. XVII, que forma parte de las instalaciones de la  “Fundación Joan i Pilar Miró”- no estoy segura de encontrar el verdadero espíritu del escritor de graffiti.
 


Imagino, entonces, al artista anciano, alejado de la pintura de caballete, retraído en la intimidad del recuerdo familiar y de sus amigos, merodeando en torno a la vivienda y aspirando aire salobre sobre piedras y pinares. Sospecho la vuelta atrás sobre sus pasos y esa especie de flujo y reflujo que conforma la memoria exiliada y las presencias repentinas, junto al estado placentero de la plenitud que admite vivir sin exigencias creativas. Descubro así, al Miró travieso, juguetón e incansable, al abuelo-niño que –como Picasso- pintarrajea e inventa a lápiz o a carbón, en las paredes-laboratorio de su taller junto a postales y fotografías recortadas, al incansable maestro que deja de enseñar para hacer, experimentar, buscar, encontrar y divertirse en Mallorca
, su adorado refugio.

“Yo pienso que el graffiti es el lado más artístico del vandalismo o el lado más vandálico del arte, pero no me preocupa donde se encasille o como quieran llamarlo, porque para mí es mi forma de vida y no se puede etiquetar con otra palabra que no sea graffiti”.
   Lama
 


Inmediatamente, mis pensamientos se contagian del graffiti cercano;  el que contamina, intoxica y corrompe las hermosas paredes, edificios, puertas, ventanas y rincones de nuestra ciudad. Casi puedo ver al anónimo escondido bajo la gorra agitando los botes de colores con destreza y primor –como lo haría cualquiera que ansía consumir unas deliciosas fresas con nata-, consigo escuchar el ffrrsss del spray y el clack-clack de la bola que atesora dentro para fusionar sus componentes: el único sonido que conquista las calles vacías y solitarias de una noche cualquiera. Infatigable, sopla tenazmente para limpiar la boquilla conformando,  con su gesto espontáneo, una suma de elementos populares reconocibles: cómics, dibujos animados, citas famosas, firmas, marcas, tatuajes, declaraciones de amor... ¿Qué extrañas razones de búsqueda o reconocimiento le llevan a dejar constancia de su presencia ilegal?

«Para mí, pintar es como regalarle algo a la ciudad,
no tiene nada que ver con destruir o ensuciar, sino que aporta vida».

Sus033

“El graffiti establece una comunicación en el caminar por las calles.
 La pintura da personalidad a los espacios muertos;
 es un aburrimiento andar por los pueblos y que sus calles no comuniquen nada”.

Belin

“Lo que verdaderamente me atraía era la idea del anonimato,
firmar por todas partes y que nadie en absoluto supiera que yo era
 el que hacía esas pintadas (...) Era emocionante para un crío
de quince años el tener una suerte de alter ego, que pintaba,
 que la gente reconocía y que daba que hablar”.
La Rata
 


¿Qué puedo decir de todo esto?

¿El graffiti es arte o vandalismo? ¿Crea o destruye? ¿Ensucia o realza? ¿Podemos considerar graffiti los entrañables esbozos que hizo Miró en Son Boter? ¿Debería blanquearse el túnel de la Alcazaba cada vez que se marcase en exceso? ¿Puede una ciudad aspirante a ser Capital Europea de la Cultura lucir esta forma de expresión callejera universal?

Lo dejo en sus manos...

«El graffiti permite una comunicación directa y sin manipular, es libre.
 Para mí, pintar en un muro es como pintar con todo el cuerpo,
 como bailar sobre él, tiene mucho de físico».
Sus033
 

Ana Robles, 2006.

fotografías de Ana Robles por cortesía de Fundación Pilar i Joan Miró a Mallorca.

miro.palmademallorca.es
 

 
 

 

[picasso in the park] myriam gonzález ezkurdia [www.flickr.com/photos/digitalowl]

 

 


Ho Tzu Nyen
regalaba piezas de un puzzle del Guernica en la pasada edición de ARCO; a decir verdad, no las regalaba exactamente: las cedía temporalmente bajo una especie de contrato (el beneficiario se fotografía al recibir la pieza de manos del propio artista, facilita sus datos personales y se hace con el pequeño trofeo escrupulosamente envuelto en un sobre protector de lujo). A cambio, el receptor se compromete a volver en la próxima edición de la feria con su pieza para recomponer el puzzle. El fragmento en cuestión le servirá de salvoconducto y podrá entrar gratis al recinto de Ifema, por mucho que suban los precios de las entradas para frenar al vulgo...

Este desaguisado conceptual de título rimbombante y rancio según mis gustos -“The Guernica Project”- proporcionó al artista suficiente muchedumbre (improvisados coleccionistas ávidos de arte gratuito) como para llamar mi atención y dejarme atrapar por el juego. No me interesa particularmente la bienintencionada disquisición intelectual que lleva a este tipo de creadores a proponer un tipo de arte populista e interactivo; me cautivó sin embargo la idea de ennegrecer el pedacito de Picasso con el humo de mis cigarrillos durante al menos un año, y así intervenir de un modo metalingüístico sobre una obra de arte ajena (una acción sobre una parte de una performance colectiva desarrollada a partir de un cuadro, sin duda un tortuoso camino).
 


En este momento observo los bordes ahumados de mi parte del pastel, la pieza del puzzle imantada a la superficie también gris de mi ordenador de sobremesa. Y ardo en deseos de que llegue febrero para encajar mi parte en el todo y comprobar, con satisfacción, que todos formamos parte del espectáculo.
 

Elektra, 2006.

fotografías por cortesía de Ho Tzu Nyen, ARCO - Ifema
y Galería Plastique Kinetic Worms


www.pkworms.org.sg
 

 
 
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