lafresa_ revista hiperbreve de arte contemporáneo [cacmálaga: sierra/rhoades/delfin]  

 


EXPOSICIÓN. Hasta 13/08/2006.

En plena canícula veraniega, agobiado con el bochorno malagueño matutino que te invade desde las primeras horas, arribé al CAC tempranito deseoso de entablar un diálogo con el arte de Santiago Sierra. Su primera antológica individual de postín en nuestro país bien requería toda mi atención y la plenitud de mis facultades. Entré despacio al edificio después de sortear con cuidado los socavones de las obras de la entrada; hojeé con demora el catálogo -observando con atención y no perdiendo detalle- para, seguidamente, presto, cruzar la puerta ansioso por descubrir las navajas afiladas que dan fama al discutido artista español, considerado junto con Barceló y el fallecido Juan Muñoz, uno de los pocos artistas nacidos en nuestro país con peso real en el panorama internacional.
 


Lo primero que me llamó la atención en el silencio penumbroso de la sala principal, fue una letanía repetitiva y chirriante que salía de una proyección que se encuadraba en el proyecto El pasillo de la Casa del pueblo (Bucarest, octubre 2005). Era como un salmo en bucle molesto, agudo, punzante. Al observar el vídeo (al que por cierto podían haberle sacado más partido oscureciendo algo más la habitación para que se viera con más claridad) me acordé de inmediato del cine claustrofóbico de Roman Polanski y de una escena límite muy exacta, cargada de tensión y dramatismo, de Kill Bill volumen 2: justo el momento en el que la protagonista, Uma Thurman, enterrada viva en un ataúd, enciende una linterna entre gemidos y sollozos buscando aire que respirar y un hueco pequeñísimo por el que aferrarse a su única posibilidad de huir. Las imágenes de la proyección, en raso blanco y negro, angustiaban, agobiaban al modo de esas secuencias fílmicas tensas e interminables que no tienen solución.
 


La acción desarrollada en Rumanía me resultó interesante y sobrada de matices, muy bien pensada y mejor llevada. Lo que pasa es que el efectismo del proceso in situ se pierde con la distancia, la intención matriz se disipa vista desde lejos dejando sólo una estela sugerente de intuiciones más que de realidades. Me gustó el modo en que el artista ha dispuesto las fotos de las 396 mujeres. Con esta distribución consigue crear un juego muy acertado de claroscuros, de combinaciones de tonos que  forman un hermoso mosaico de tres metros de alto por siete de ancho. Además, que las rumanas retratadas estuviesen de espaldas me hizo que pensar en dos cosas: La primera, el sentimiento de culpa (por qué se empeña tanto Santiago Sierra en meter el dedo en la llaga, por qué esconder las caras, por qué la vergüenza ajena como cicatriz social, por qué las más de las veces acaba recurriendo al sentimiento de culpa). Y la segunda, más lírica, a las hermosas melenas de ondinas dibujadas por Ignacio Tovar.  
 


El siguiente proyecto de envergadura recogido en el CAC se llamaba 245 m3 y fue desarrollado en la sinagoga de un pueblecito alemán en la zona de Stommeln hace pocos meses. De todo lo visto en Málaga este verano es lo que más me convenció. La idea de precintar un recinto sagrado judío para envenenar el aire con anhídrido carbónico, rememorando las cámaras de gas de los campos de exterminio, me pareció un acierto malintencionado pero inteligente. Avivar los fantasmas que afligen la conciencia germana como modo de expiar culpas (la culpa, siempre la culpa…) pienso que es un método arriesgado pero eficaz de revisar las cenizas históricas por si todavía estuvieran candentes. Y lo estaban. Al mover el cenizal saltaron las alarmas y se asustaron los adalides de lo políticamente correcto. Tanto, que cercenaron la muestra sin reparos y calentaron los motores de Santiago Sierra que, sorprendido de que estas cosas pasen, también, en Alemania, convirtió la negativa en una parte más de su propia obra. La acción concreta dentro de la sinagoga es incuestionablemente artística; pero lo demás, el resto, es lo que peor llevo de este arte de medios de registro y hemeroteca. Hay cosas que se me escapan y que lindan con lo antropológico, con la etnografía y con lo socio-documental. Elementos que dudo mucho que puedan considerarse artísticos porque no subyace en ellos una intención ni estética ni antiestética, sólo reflexiva. Y reflexivo en los tiempos que corren puede ser cualquier cosa. En fin, desubicado ante algunas vertientes de este arte tan intangible (o lo que sea, todavía no sé bien cómo llamarlo, no crean que lo tengo claro del todo afirmen lo que afirmen los grandes teóricos de la expresión humana contemporánea) lo único que puedo decir es que muchas de las cosas que veo me convencen, pero es un arte tan de ideas, tan de conceptos inclasificables, tan etéreo en sus estructuras, que al carecer de un formato firme, confunde e indefine.
 


El tercer proyecto presentado en Málaga se titulaba Los Castigados y también es de este año. Se desarrolló en una feria de arte en Frankfurt y enlaza con el anterior de manera directa al recurrir al mismo hilo conductor: redimir (o evidenciar, o exhumar) el sentimiento de culpa alemán. Más de lo mismo pero con dictámenes más débiles. Colocó a personas nacidas antes de 1939 de espaldas, sumisas y calladas, en lugares diferentes de la ciudad. Una acción ajena de las que tanto gustan a Santiago Sierra (igual que hizo en Bucarest), recurrir a personas anónimas a las que paga para que participen de una de sus performance. Tal como hizo en Montenmedio en 2002, donde contrató a inmigrantes de color para excavar hoyos que asemejaban tumbas; o en Madrid en 2003, cuando escondió a extranjeros a modo de juego de rol por sus calles; o cuando tiñó el pelo de rubio a los no europeos en la Bienal de Venecia de 2001.
 


La retrospectiva del artista madrileño se completa con dos pormenores accesorios. Una pulsera de oro y otra de diamantes, diseñadas conjuntamente con el joyero Chus Burés. Vamos, ni más ni menos que como los detalles de orfebrería que ví, apenas dos días antes, en la exposición que la Caja San Fernando le ha organizado en Sevilla a Guillermo Pérez Villalta. Los colgantes, ni fu ni fa, bien, ácidos, paradójicos, en el tono controvertido habitual del artista.

Finalmente, como remate, Santiago Sierra ha preparado una pequeña acción ex profeso para el CAC Málaga. Ha iluminado el escudo franquista que está medio escondido en la fachada del museo en un intento de evidenciar la memoria histórica, tan frágil, para que no sea olvidada. Este detalle me parece endeble y poco convincente, no le hace los honores al esfuerzo del CAC en contar con Santiago Sierra. Más que sutil, lo veo quebradizo, pequeño, insuficiente, poco esforzado, poco llamativo.
 


Es curioso ver como las corrientes del arte de acción han derivado cada vez más hacia lo politico-social dejando atrás la búsqueda personal o la catarsis sanadora que aliviaba sentimientos de culpa hace unas décadas. Hay muchas diferencias entre el arte de Gina Pane, el de los accionistas vieneses y el de Santiago Sierra. Lo que ocurre con estos nuevos artistas postmodernos (recordemos otros nacionales como pueden ser Pedro G. Romero o Antoni Muntadas, aunque estos tienen un arte quizás más urbano-antropológico que social) es que su discurso contra el sistema se queda en gestos pequeños aislados que viven en exceso de la repercusión mediática, de las enredaderas y madreselvas que generan sus intenciones conquistando muros ajenos. En esta disyuntiva de las sociedades actuales sus planteamientos se alimentan, como actos noticiables, de las etéreas perversiones que resquebrajan las estructuras capitalistas, realmente más necesitadas de gestos sencillos y honrados que de denunciantes utópicos. Lo que menos me gusta de estos artistas de lo postmoderno es que nunca hacen autocrítica porque la culpa siempre es de otros, ven dictadores por todos lados sin remitir en los actos propios que entroncan con el más inoperante monoteísmo de sus trazas expresivas, alimentadas sólo por una epistemología particular que niega el necesario feedback -esencial en una buena comunicación entre espectador y obra- para convertirse en simples manifestaciones de registro distantes y frías.

 Los artistas de lo postmoderno, con gente como Santiago Sierra a la cabeza, intelectualizan tanto sus trabajos que las intenciones estéticas se diluyen, normalmente, entre fotografías y recortes de prensa, recursos muy pobres y limitados para el buen desarrollo de una muestra de amplias miras en un centro de arte de primer nivel. A simple vista, no parece su objetivo que estas acciones se exhiban en museos porque a excepción de algunos vídeos, de paneles explicativos, de vinilos extensos y complementos museográficos más bien de relleno (caso de las mangueras del proyecto de la sinagoga de Pulheim de la primera sala) los planteamientos expositivos no son ni convincentes ni convenientes. Fueron performances puntuales que estaban validadas por unas circunstancias espacio-temporales concretas. Descontextualizadas pierden intensidad y su observación se convierte en un ejercicio de disección, de estudio a posteriori, como puede ser una autopsia de un cuerpo hermosísimo en la frialdad del análisis de la cámara de cadáveres.  Estas retrospectivas compilatorias, por desgracia, acaban siendo alicortas, no llegan al nivel de seducción que requiere una muestra de esta envergadura, donde las más de las veces la expectación supera con creces a la resolución final.
 


Que conste que lo visto en el CAC me ha gustado, que eso quede claro, me he encontrado proyectos interesantes cargados de intenciones eficaces, lo que pasa es que me parece muy poco bagaje para tanto espanto levantado. Se me ocurre una exposición de las mismas características de hace unos meses que, circunscrita a un espacio mucho más modesto y carente de elementos esenciales (caso de imágenes complementarias, cartelas o textos) narraba los trabajos de una artista de acción de manera más incitadora y humana. Me refiero a la muestra sobre Marina Abramovic que pudo verse en el Centro de Arte de Almagro.

Teniendo en cuenta el parecido de partida y la distancia presupuestaria entre ambos planteamientos, hay encima algo que me parece desproporcionado visto lo visto en Ciudad Real y en otras muchas buenas exposiciones nacionales que se tienen que conformar, si acaso, con un catálogo discreto. Ni entiendo ni comparto el libro mastodóntico a modo de encíclica apostólica interminable que se ha editado con motivo de esta antología veraniega. Me sorprende la dimensión de un ejemplar que se podría haber resuelto de manera más sencilla y no por ello menos acertada. El derroche editorial evidencia una necesidad de justificar la exposición, de engrandecerla por la forma y el peso, de darle trascendencia incluso por encima del contenido. No había necesidad de dos tomos, ni de malgastar tanto papel con páginas y páginas de fotos de mujeres de espaldas (no sé si calificar esto de despropósito o de simple relleno). En fin, creo que aquí han inflado la exposición buscando hinchar las intenciones controvertidas del artista como si fuera un globo aerostático rosa fosforito para que se viera desde más lejos y por más gente.

Después de ver esta retrospectiva, que tampoco es nada del otro mundo, que está bien como un acercamiento a la obra de Santiago Sierra, que descubre claves de la obra de este prestigioso artista pero que podía haber sido mucho más significante, más acaparadora y ambiciosa, puedo decir que este creador no es ni inconformista, ni destructor, ni rebelde, ni tan siquiera agitador, como lo señalan muchos. Santiago Sierra es sólo subversivo y polémico. Llanamente, como los niños díscolos que no se conforman con las reglas del juego ni con los porquesí. Es un avivador de moralidades aletargadas que lanza el ladrillo, destroza los cristales y encima se entretiene en colocar los vidrios de manera afilada para que se corten los desmemoriados, los descuidados y los adormecidos. En estas dos palabras, subversión y polémica, caben la mayoría de sus nocivas intenciones de este desestabilizador social, de este artista ingente de maneras perturbadoras.
 

Sema d´Acosta, 2006.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga

www.cacmalaga.org
www.santiago-sierra.com
 

 
 

 


EXPOSICIÓN. Hasta 29/10/2006.

El pasado 1 de agosto, el artista californiano Jason Rhoades nos dejaba repentinamente a la edad de 41 años, como consecuencia de una parada cardiovascular. Su fallecimiento entristeció enormemente a sus admiradores, amigos y al mundo de arte y la cultura en general. Sirva esta breve crónica de la visita a su última instalación, inaugurada a principios de junio, en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, para devolverle el guiño y la sonrisa, con nuestras mejores intenciones.

Entré en la sala despacio, condicionada por el comentario de una sorprendida componente del equipo de CAC que aseguraba haber disfrutado de una buena dosis de humor en la inauguración.

La primera reacción -tras asimilar el sorprendente espectáculo visual que Jason Rhoades había dispuesto en tiempo récord e introducirme cauta en un paisaje anárquico de fin del mundo- fue sonreír –inicialmente, con los ojos; después, a carcajadas- y aventurarme a leer cada uno de los neones que, saltando por los aires y formando extrañas estructuras luminosas, proporcionaban un diccionario de sinónimos vaginales en castellano y anglosajón –no puedo negar que reconocí, enseguida, palabrejas y expresiones varias-.
 


Entonces ocurrió como esas veces en las que estás convencida de que has visto antes las mismas cosas y no atinas a ubicar dónde o cómo; a medida que iba descubriendo y atesorando cada vocablo, casi podía masticar el porcentaje de sarcasmo utilizado por el artista que, de sobra, habría maquinado reacciones tales como: “¡Qué barbaridad! Esto es vergonzoso y atenta contra la dignidad femenina”, “¿y esto es arte?”, “después quieren que lo contemporáneo funcione…”, bla-bla-bla, bla-bla-bla, bla-bla-bla… y así, entre barullo y murmullo, comencé a imaginar a algún que otro personaje, leyendo, sin querer, cada una de aquellas groseras definiciones y huyendo en estampida hacia algún lugar seguro de apacibles marinas y bodegones.
 


Este mismo cocktail de socarronería, crítica, sexo e inventiva lo han trazado anteriormente en el CAC artistas tan emblemáticos como Paul McCarthy y los hermanos Chapman –no es que yo abogue por lo escandaloso o extravagante, pero a veces es necesario destapar el frasco de lo inusual para ampliar la proyección de otras formas de expresión que conforman el panorama artístico actual-.

Tijuanatanjierchandelier es un buen ejemplo de crítica abierta a la sociedad consumista americana, a través de una trama de enlaces y vínculos entre distintas ciudades fronterizas: Tijuana (México), Tánger (Marruecos), Los Ángeles (Estados Unidos) y Málaga (España) que, según el artista, representan un clara muestra del papel que muchas ciudades personifican en un mundo globalizado.
 


La instalación -específicamente diseñada para el CAC Málaga- es de todo, menos mínima. Considérenla como un mosaico de objetos y luces reverberantes que invitan a participar activamente del propósito de su inventor: No acabar nunca e intoxicarnos de su recargamiento multicultural –de hecho, Rhoades percibe la creación de sus últimos años como obra única en permanente evolución-. No existe una lectura lineal o cronológica para desentrañar argumentos, tan sólo la intuición y el olfato para rastrear lo encontrado.

A mi juicio, lo más llamativo, junto a las disquisiciones de la palabra vagina –escritas tras un dilatado proceso de indagación y búsqueda- son las cincuenta lámparas de araña realizadas manualmente, in situ, reuniendo una gran cantidad de objetos comprados compulsivamente en Tijuana y Tánger. Aquí, nuevamente, la ilusión se dispara y podemos percibir el desenfreno del proceso de compra en diferentes rastros y tenderetes, así como su laborioso montaje en sala.

Ya lo ven, el proyecto no carece de ingredientes para sorprendernos y atraparnos en su disparatada trama. Simplemente, disfrútenlo.
 

Ana Robles, 2006.

fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga

www.cacmalaga.org
 

 
 

 


EXPOSICIÓN. Hasta 20/09/2006.

Sencillamente desolada. Así me siento. Con lo tranquila y suavemente bronceada que estaba en mi beachclub favorito, acodada en una cama balinesa –grandmarnier gélido en mi mano derecha- sintiéndome susurrada de lejos por las olas mortecinas. Saben que me merezco este descanso, el reposo de la guerrera inefable; pero hube de adelantar mi vuelta a la ciudad por aquello de ver las fotos del gamberrito de Sierra (dicen que eso es arte social, en fin) antes de que cerrasen la exposición para siempre.

No sólo hallé la caravana del milenio (Dios, necesito un helicóptero ya); además había olvidado que se celebraba la Feria en este lugar caótico y sin ley –no hace falta mucha imaginación: vino a espuertas, mucho ruido y miles de residuos-; era evidente que no llegaría fácilmente a las puertas de mi propia casa, y menos si Paulina Rubio estaba profiriendo sus lastimeros maullidos a escasos metros con motivo de la inauguración de la gran fiesta, y la policía acordonaba mi propio barrio por motivos de seguridad. Nuestro siempre sonriente alcalde debía frotarse bien las manos ante tamaño buen comienzo, con la MTV y las televisiones del cotilleo rondando al acecho. Yo sólo pude esperar encerrada en el coche con el climatizador a todo pasto y Bruckner solapando los susodichos maullidos. No iba a ser el weekend más acertado para acercarme a casa, eso estaba claro; alguien había olvidado merodear según lo convenido para regar mis helechos de estilo pleistocénico (¿de qué iban a servirme ahora esos bonitos maceteros cuadrados?). Y, como ruidosa guinda en lo alto del pastel, voy al centro de arte… ¡y me torturan de nuevo con una videocreación del equipo Davidelfin de casi siete minutos!

Les pongo en antecedentes: en Junio de 2004, el CAC Málaga produjo –ay, sí, con nuestros impuestos-, para deleite de algunos, un vídeo performativo –por clasificarlo- para lucimiento de la troupe del joven diseñador, llamado cuerpo extraño. En una especie de ejercicio de expresión corporal muy pero que muy básico, una modelo-performer se desdoblaba en dos bailarinas enfrentadas en su dialéctica (la una más calmada, la otra algo más espasmódica), tratando de representar la muy humana lucha interior entre consciente e inconsciente. Fondo neutro de color negro, música modernita, unos pocos de maniquíes ataviados a la guisa que acostumbra DD; todo ello en una especie de caja oscura. Conste que les veo cierta gracia a los trajecitos de David Delfin (uf, qué inventiva en eso de cambiar los cuellos de las camisas de sitio), y me subyuga el garbo de Bimba Bosé –la musa-; consiento los desfiles de ropa y hasta ojeo de cuando en cuando la web tan minimalista de que pueden presumir. Pero, ¿por qué en los centros de arte y las galerías? ¿Acaso tuvo la culpa Soledad Lorenzo tal y como la Aizpuru nos vendió a Ana Laura Aláez?

Muy a pesar de que todas las hojas informativas y las notas de prensa nos hablaban de la inquietud y la angustia que nos debía provocar el vídeo, sólo sentí lo precariamente que había sido instalado el aire acondicionado en aquella zona del centro de arte. Ni siquiera aguanté visualizar la obra completa en aquella ocasión. Ahora, dos veranos después, el centro recupera esta pieza que financió en su momento y espera que creamos que se nos había olvidado. He podido ver la pieza completa y sigo sin sentir nada.

Querido Fernando Francés: Voy a hacer un esfuerzo y seguir creyendo en tus dotes de gurú; la expo del Plan General de Ordenación Urbana en el CAC será un tributo inevitable todo lo más. Pero, en lo tocante al videoarte, y para el próximo verano, ¿no te apetecería algo más colorista tipo Pipilotti Rist? Acepto incluso la insistente salmodia de Ruth Gómez (Ruth. Made in Musac), y el aburrido cuento tipo señordelosanillos de Carles Congost (Memorias de Arkaran). Pero, por lo que más quieras, aléjanos de Davidelfin.
 

Elektra, 2006.

fotografía por cortesía de CAC Málaga.

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