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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[Naturaleza] |
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Me alargué a Madrid en plena ola de calor,
extenuada tras conducir obstinadamente durante unas cinco horas,
esperando recibir un premio a mis denodados esfuerzos; lo que encontré
nada más llegar fue una especie de injusto castigo a mis méritos: Los
que se hacen llamar mis amigos me invitaron a presenciar el
horripilante musical de Mecano, Hoy no me puedo levantar. Eso
mismo, no me podía levantar tan alegremente de la butaca y marcharme,
más que nada por no ofender a mis camaradas; muy a pesar del zafio
guión abundante en vulgaridades tóxicas y malolientes, o del
surrealista hilo conductor que aparentemente hilvanaba los números
musicales (algunos imposibles a más no poder), o del simplonato humor
que levantaba las peores risas en la cavea, o –el colmo- la más que
evidente clap sobreintencionada que arrancaba artificiosamente
los aplausos más falsos que he visto jamás segundos antes de que
finalizasen los numeritos… El martirio se prolongó durante cuatro
horas exactas, y hube de soportar los comentarios más aduladores
durante la deseada evacuación del edificio (uno de esos recintos que
bochornosamente han apostado por renombrar sus instalaciones con el
nombre de una poderosísima empresa de telefonía); finalmente no tuve
más remedio que cenar en la franquicia más famosa del mundo
–obligada a empellones por mis compañeros que estaba a punto de mandar
a paseo-, que era lo único que permanecía abierto a tamañas horas. A
la mañana siguiente otro gallo cantaría –juré para mis adentros-.
Tras desayunar de la
manera más apropiada –zumo de naranjas ácidas, café doble con
muchísimo hielo- hice la primera estación para alegrarme el día. Crucé
los umbrales de la Fundación Telefónica –esos cilindros
automáticos de cristal- y un par de palabras con el respectivo
cancerbero –allí detectan tus metales y requisan tus cámaras
fotográficas, y a veces exploran en lo más profundo de tu iris-. Luego
me abandoné en los brazos de Olafur Eliasson, y en sus
maravillosas series fotográficas escrupulosamente ordenadas, en la
exposición Caminos de naturaleza.
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Todos sabemos que el artista danés es, sobre todo, instalador. La
mayor parte de su tiempo se centra en resolver intrincados artificios
tecnológicos para proporcionarnos las más sublimes de las sensaciones.
Y sin embargo, en este caso se nos desvela principalmente en su faceta
como fotógrafo. Personalmente, soy de la opinión de que Eliasson no
puede definirse como fotógrafo; más bien se inclina hacia este arte
por la facilidad que le aporta como medio documental y cuaderno de
notas. La actitud de Eliasson ante la cámara es la del auténtico
viajero –que no del turista-, con la salvedad de que regresa una vez y
otra –verano tras verano- a la bellísima Islandia, tierra de la que
son originarios sus padres. Para reencontrarse con los cambiantes
paisajes que abundan en esa desconocida isla de color verde intenso
(curioso que su nombre signifique Tierra de hielo, ¿no es
cierto?), para testimoniar los cursos de los ríos, las profundas
fallas, los espesos bosques, y encontrar después material de primera
mano para sus elaboradas instalaciones… No me maravilla tanto la
calidad fotográfica –algunas instantáneas son muy normalitas- como el
mérito de haber estado allí, en plena complicidad con los elementos,
pateándose incansablemente un lugar que se adivina difícil, con el
único fin de ser lo más auténtico posible una vez él remeda la
maquinaria de la naturaleza para emular sus funcionamientos.
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Lo mejor de la exposición, sin duda, su serie sobre los horizontes; lo
peor, la neblinosa iluminación de la sala, que dejaba a oscuras la
serie sobre los horizontes.
A media mañana caminé
titánica hacia la Plaza de Colón, recargadas las baterías. Bajé las
escaleras del Centro Cultural de la Villa –un sitio que
demasiadas veces es Capilla Ardiente, que supura muerte por algunos de
sus costados-, y mi camino se separó en tres senderos que hablaban en
lenguajes distintos sobre la Madre Tierra.
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El inglés John Davies me resultó un tanto insípido y
repetitivo, por aquello de lo pintoresco y lo ordenado del paisaje
británico; la acción del hombre se vislumbra, sí, hay crítica, pero el
blanco y negro acaba por tamizarlo todo y ofrecernos unas postales
desde mi gusto insulsas.
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Mucho más potentes eran los trabajos del canadiense Edward
Burtynsky, que siendo ácidos corrosivamente ante la despreocupada
explotación del medio ambiente no dejan de mostrarnos un sofisticado
código de bellezas deslumbrantes. La estructura cristalizada y casi
arquitectónica de una cantera, el fascinante colorido de unos residuos…
Decenas de ejemplos –con una nitidez asombrosa y un color
personalísimo- que nos atrapan seductoramente (por su beldad
desbordada) para luego provocarnos la pregunta interior (¿por qué?).
Ya he repetido alguna vez que el arte que más me gusta es el que me
inquieta. Burtynsky lo hace.
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Mención aparte merece la serie del japonés Rinko Kawauchi.
Algunos podrían tildar automáticamente su presencia en Photoespaña de
tomadura de pelo; por magnificar unas instantáneas tan corrientuchas
(algunas parecen hechas con una digital compacta e incluso con
terminal móvil), hacer un uso tan indiscriminado y descarado del
flash, en definitiva ser tan significativamente antiacadémico. Otros,
entre los que me encuentro, podrían establecer un paralelismo con
cualquier brochazo casual en eso de la pintura-pintura. No es que haya
visto en Kawauchi nada maravilloso, la verdad, ni siquiera esa magia
que capta –según dicen- la vida en su instante más inesperado; pero
hay algo de reivindicativo en esa forma de tomar fotos, como acto
deliberadamente inquieto, como compulsión inevitable. Eso es lo que me
interesa; la falsa poesía a la que alude, ni mucho menos.
Aún me daba tiempo –si no me detenía en
las esculturas de Robert Indiana que han esparcido por toda la
Castellana, la palabra amor martilleándome el corazón y recordándome
viejas heridas- a ver lo que se cocía en la Casa de América
antes de almorzar tranquila en algún lugar encantador. Una vez allí
comprobé que no iba a demorarme demasiado.
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El proyecto Antártida, de la barcelonesa Mireya Masó,
una monocorde videoinstalación acerca de un paisaje helado, resulta de
una sosez mayúscula. Sé que hay un procedimiento científico tras él, y
no obstante las imágenes son evocadoras y relajantes. Supongo que no
necesito precisamente ni esa frialdad ni esos modos tan livianos.
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Un poco más atrayente eran las imágenes contenidas en Reforma
agraria, del brasileño Caio Reisewitz. No tanto los
paisajes, que resultaban muy humildes, como la plasmación de la
presencia de modestos agricultores en los territorios más inhóspitos
de su propio país. El artista, encuadrando sus composiciones, muestra
un afinado interés hacia las débiles arquitecturas necesarias para la
supervivencia de estos campesinos anónimos. Al hacerlo, aparte de
representar un modo de vida al límite –en más de un sentido, al borde
de la naturaleza pura y en la frontera con el trabajo más duro e
intenso-, juega con una estética que recuerda a algunas fotografías
abstractas de Sean Scully –correlatos de sus grandes lienzos- y
también a algunos de los trabajos más modestos –los más encantadores y
anteriores al afán megalómano- de Christo & Jean Claude.
Finalmente, y a punto de desmaterializarme
o trasmutarme charco bajo la calina de julio, pospuse el almuerzo y me
aventuré a adentrarme en el coqueto pero apocado Real Jardín
Botánico –nunca antes estuve, pero me decepcionó de todas todas-
para encontrarme con dos felices hallazgos que me propiciaron un buen
sabor de boca final.
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De un lado, Nature Tracing (Calco de la Naturaleza), la
serie que exhibe el japonés Takashi Yasumura. Contemplada
linealmente, tropezamos con continuos balanceos entre la
representación fidedigna de la naturaleza –unos paisajes no tan
inspirados- y la meta-representación de la naturaleza –aspecto mucho
más irónico- basada en elementos tomados de la propia configuración
paisajística del mundo doméstico. Yasumura, con la honradez que parece
ofrecer a bocajarro el truco ya desvelado, se aleja del culteranismo
elegante de Chema Madoz, aunque nos proporciona igualmente más de una
sonrisa inesperada.
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De otro lado, lo que para mí ha sido una de las apuestas más
inteligentes de todo el festival Photoespaña 2006 y una de las
propuestas más concisas y al tiempo esclarecedoras: Laboratorio
exterior, del sevillano Gonzalo Puch. A partir de algo
tan insignificante como un charco –microecosistema al fin y al cabo- o
un pequeño lago ignoto, nos muestra la indiferente actitud de los
humanos que desprecian cada uno de los regalos de la naturaleza. En
estas pocas pero justas fotografías está el auténtico clamor por una
convivencia sostenible, por un merecido respeto. Sin recurrir a la
imagen grandilocuente, tan propicio en un festival que aclama el
paisaje, Puch es acreedor de una poética sosegada aunque efectiva,
justo lo que necesitamos en estos tiempos de fotografía rabiosa.
Elektra, 2006.
fotografías por
cortesía de Photoespaña
© Olafur Eliasson / John Davies / Edward Burtynsky / Rinko Kawauchi
/ Mireya Masó / Caio Reisewitz / Takashi Yasumura / Gonzalo Puch
www.phedigital.com
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[naturaleza] ramón laurentino |
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“Looking at nature, I find nothing… “…only my own relationship to
the spaces, or aspects of my relationship with them. We see nature
with cultivates eyes. Again, there is no truthful nature; there is
only your and my construct of such."
[1]
La propuesta de Olafur Eliasson encarna una
epistemología que parte de la fenomenología de Edmund Husserl y
Merleau Ponty. Por medio de la acción artística trabaja conceptos
filosóficos. Frente a sus instalaciones paramos mientes de nuestra
manera de experienciar la realidad. Fin del proceso del arte povera:
la obra de arte es la experiencia estética misma: arte inmaterial. En
la mayor parte de los casos reconstruye tecnológicamente la naturaleza
de la Dinamarca natal y de Islandia, donde hasta hoy en día pasa sus
veranos el artista. Sin embargo, las estructuras que sostienen la
ilusión estética quedan a plena vista del espectador. Desde una óptica
fenomenológica, obliga al espectador a reconstruir por medio de una
intuición operante (à la Merleau Ponty) que se adelanta al
ofrecimiento de una naturaleza falsa que nosotros completamos como si
se trata de una experiencia mediada por la naturaleza verdadera. La
artificialidad de la mediación nos dice que no se trata de la
naturaleza, sino de la recreación de la misma a cargo de una
espontánea cualidad del individuo de sintetizar una realidad natural a
partir de solamente unos retazos: escisión entre las respuestas
fisiológicas y las psicológicas implicadas en la percepción.
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La espontaneidad con la que construimos la experiencia permanecen
oculta a la actitud cotidiana, mas no a la reflexión filosófica ni al
arte. La reflexión de Eliasson se centra en torno a la percepción,
esto es, la relación primera entre el hombre y la naturaleza, aquello
que hace mundo. La realizada en colaboración del estudio de
arquitectos de Günther Vongt en el Kunsthaus Bregenz, The mediated
Motion (2001), es un ejemplo.
“¿Acaso se ven
sintiendo su propia presencia, activada a través de sus alrededores? ¿O
se olvidan de ellos mismo (y de sus cuerpos) porque los alrededores
son no- reflejos?”
“Do
they see themselves – sensing their own presence, activated through
their surroundings? Or do they forget themselves (and their bodies)
because of the non reflecting surroundings?"
[2]
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La recreación de estanques, jardines,
perfectamente definidos y ubicados uno respecto a otro, recuerda a los
jardines ingleses del XVIII, perfectos paisajes estilizados por la
técnica. Experienciar el recorrido entre las salas, y contrastar el
efecto climático verdadero con el simulado en ellas, conciencia del
paso de un tiempo interior (de la galería) distinto, y con ello de
nuestra presencia en el mismo recorrido.
“Mediated
motion: exposing and integrating our movements into the exhibition
enables you to sense what you know and to know what you sense."
[3]
“ Movimiento mediado: Exposición e integración
de nuestros movimiento en la exhibición nos habilita para sentir lo
que comprendemos y comprender lo que sentimos.” [4]
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[1] Olafur Eliasson: Artist’s writting: Seeing
yourself sensing, 2001. pag, 124-127. Ed. Phaidon. 2001.
N.Y
[2] Olafur Eliasson: Artist’s writing: The
mediated motion: Olafur Eliasson, Kunst Bregenz, 2001. Ed. Phaidon.
2001. N.Y.
[3] Idem.
[4]
Traducciones mías |
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[naturaleza] pilar bamba |
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Un jardín en medio del mar puede parecer una utopía, un sueño
edulcorado, una especie de capricho. Y sin embargo, los del equipo
artístico de Unoporciento parecen haberlo conseguido. Cada vez
más se hace patente que son necesarios los equipos multidisciplinares
para hacer realidad las propuestas en principio más complicadas; el
artista en solitario puede soñar, sí, y divagar a propósito de un
bosquejo en un cuaderno de notas; pero sin la colaboración de otros
profesionales vería muy difícil llegar a la consecución de una meta
tan especial.
Ingenieros, paisajistas, economistas, informáticos,
diseñadores industriales, gestores culturales, pintores, escultores,
músicos y personas con buenas ideas en general conforman un
significativo cumulum de cerebros pensantes muy apto para
llevar a buen puerto una poesía desmedida. Y todos ellos trabajan
orquestados para llevar a cabo unos proyectos tan interesantes como el
jardín 01, en la pasada edición de la Bienal de Arquitectura y
Diseño de Barcelona, propuesta que planteaba la realización en
paralelo de dos jardines a un tiempo, usando como parcela espacios
abandonados de Barcelona y Santiago de Chile respectivamente.
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En este caso se trataba de plantar un huerto de naranjos en el mar,
muy cerquita de las playas de Benicassim, con ocasión del ya
más que famoso festival de música que se celebra anualmente y su
paralelo festival de intervenciones artísticas. A quien se le cuente
semejante historia podría parecerle de locos, y ahí están esos
naranjos aguantando el tirón en medio del salitre y el marismo,
anclados a un peso muerto de hormigón a todos invisible, como un
cuento de las mil y una noches empeñado en ser realidad frente al
callado empuje de las olas.
Tiene de hermoso el empeño por la naturaleza controlada que
supone todo jardín; tiene de valiente plantear un huerto de tal
plasticidad enfrentado a la naturaleza sin cercas como es ese mar
cálido y normalmente manso del Mediterráneo. Ellos ya aventuraban que
sería un desafío perdido de antemano (supongo que se referían al
impredecible vandalismo de los púberes enfundados en bermudas
hawaianas más que a la actuación natural de las mareas), pero es parte
de la minúscula tragedia que acarrea per se lo efímero. Al fin
y al cabo no hay esa intención de inmortalidad del land art,
más bien se trata de una delicia pasajera.
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Sabedores del extraño final a cámara lenta que suponemos al
maravilloso árbol de frutas ácidas y azahares perfumadores
(desaparecen los naranjos de nuestras calles, desaparecen de las
huertas, desaparecen en definitiva del paisaje mediterráneo que los
vio llegar desde oriente muchos siglos atrás), han elegido ese reducto
de naturaleza amaestrada, símbolo cultural y económico de la región,
icono en definitiva de maravillosas primaveras y mejores inviernos
propiciadores del vitamínico zumo. Y lo mantienen a flote confiando en
el principio de Arquímedes
Pedro Alarcón, 2006.
fotografías de Iker Arana por cortesía de
colectivo Unoporciento.
www.unoporciento.org
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[cabalgando]
begoña rey |
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Si me preguntan, diré que el verano no es el mejor momento para
emigrar a Montenmedio; sobre todo, si el paseo está acompañado
del incesante y estridente himno de las cigarras camufladas entre
matorrales y arbustos. Sin embargo, los guardianes de la Dehesa
-esculturas e intervenciones que tejen la urdimbre del lugar-, cumplen
una función esencial: trocar las cuarenta gotas de sudor incesante que
resbalan por la frente y los labios, en multitud de posibilidades de
plantearse la vida y aproximarse a las inquietudes de sus artífices.
Recientemente he
tenido el gusto de disfrutar de la nueva remesa de lecturas que
conforman la última exposición inaugurada. Testigos,
nace con la intención de aproximarse a la problemática cultural,
social y política entre zonas fronterizas y presenta una serie de
proyectos específicos para la ocasión.
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En primer lugar,
destacamos el trabajo del alemán Gregor Schneider, que nos
acerca a la ciudad de la Meca, a través de su obra Cubo Cádiz, –censurada
en la bienal de Venecia 2005, por motivos políticos- una copia en
negativo de la Ka’ba -lugar sagrado, de obligada peregrinación para el
musulmán, al menos una vez en su vida-. El sugerente juego de
opuestos, blanco-negro, negativo-positivo, se refuerza mediante el
vacío y el silencio que envuelve el cubo de Schneider, situado en una
amplia explanada, frente al bullicio organizado en torno a la Ka’ba,
visitada anualmente por más de millón y medio de peregrinos, en busca
de la felicidad y la salvación eternas.
El camerunés
Pascale Marthine nos acerca hasta sus orígenes, a través de la
obra Plansone Duty Free, una especie de tiovivo realizado por
vagones dispuestos en círculo del que penden toda clase de objetos
procedentes de su país, que al rozar unos con otros provocan un
tintineo constante y evocador. Este barroquismo espeso, de mercadillo
árabe o jungla tropical, se aproxima a la instalación específica para
el CacMálaga, realizada por el
artista californiano Jason Rhoades,
Tijuanatanjierchandelier o a la Fuente de la juventud
presentada por los suizos Gerda Steiner y Jörg Lenzlinger en la
BIACS 2005.
Pascale Marthine, presenta, además, en una de las salas expositivas de
la Fundación, su obra Plan-Zone, manifiesto de la situación límite
actual que viven sus compatriotas. |
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Por su parte, el danés
Jeppe Hein, con su proyecto Bancos sociales modificados,
reivindica la comunicación y el diálogo, utilizando la metáfora
de lo absurdo, al instalar una serie de bancos en el bosque, más dados
a la contemplación que al acto de sentarse.
En esta misma línea,
trabaja
la artista china Shen Yuan, que insinúa las
dificultades culturales que entorpecen la comunicación entre países,
mediante un frágil puente de cerámica, imposible de franquear. |

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La invitación a
participar en la muestra Testigos, nos llega de la mano de la
artista polaca Alexandra Mir. Su proyecto, Love Stories,
pretende reunir mil historias de amor, entre enero y septiembre de
2006, que posteriormente aparecerán publicadas en un libro. Cada
narración va asociada a un corazón grabado en pino del bosque. La
intervención, de carácter efímero, no interfiere en el ritmo vital de
los árboles; del mismo modo que el tiempo se deshace noblemente de
cualquier recuerdo, sin dañarnos.
Por su parte, la
artista jiennense Cristina Lucas, aborda el tema de las
desigualdades sociales entre hombre y mujer, con un lenguaje irónico y
desahogado –poco habitual en este tipo de manifestaciones
reivindicativas-. Su serie fotográfica, Tu también puedes caminar,
en la que aparecen una serie de perros caminando sobre sus patas
traseras, medita sobre la dificultad de la mujer actual para
trabajar y expresarse, con absoluta libertad. |
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El
maridaje entre la Andalucía española y marroquí, cercanas en su
disposición, arquitectura y atractivo común, aflora con el artista
sevillano Jesús Palomino. Con sus proyectos Anticongelante
y Emisión de radio, trabaja sobre la complicidad de estas dos
regiones vecinas, sus divergencias, similitudes y parentescos.
Anticongelante, presenta una cámara-expositor frigorífico, donde
aparece almacenada, la palabra “historia”, realizada en bloques de
hielo. La parte trasera, permite abrir dos pequeñas compuertas para
contemplar las piezas –tocarlas, si cabe, sin ser visto- y apreciar el
mecanismo interno. La instalación se completa con una serie de
programas radiofónicos en Radio Vejer, en los que se debate sobre la
riqueza que une ambas fronteras.
Finalmente, la artista bosnia Maja Bajevic, a través de su
videoinstalación Esculturas para los ciegos, trata de
implicar al visitante en el viaje de la inmigración y utiliza
la oscuridad, a la entrada de la sala de proyecciones, para
inquietarle y guiarle hasta un pequeño orificio que deja ver el
paisaje exterior.
Todas
y cada una de las obras descritas, son tan fructíferas y
enriquecedoras como el espacio en el que y para que han sido pensadas:
la naturaleza. Quizás, por esta profunda razón de peso, hoy no me
abruma hablar de conflictos, de injusticias e intolerancia, sino que
vuelvo a casa, con la sosegada certeza de que el arte contemporáneo
puede descubrir, resolver e inquietar, mucho más de lo que
imaginamos. |
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[bosque
en cruz] margarita selvá |
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La última vez que Juan Manuel Vidal estuvo en
Japón, mientras deambulaba absorto por Osaka deslumbrado por las luces
de neón y los escaparates atestados de palabras, mientras su cerebro
se derramaba buscando puntos que sirvieran de agarradero a sus ansias
de aprender, descubrió entre los rascacielos un pequeño templo
shintoísta. Apenas era una sombra entre la autopista, el asfalto y el
cemento, un extraño espejismo de naturaleza viva en el corazón de la
ciudad. Se acercó despacio, miró por encima de la barandilla de madera
decorada con volutas doradas y descubrió un silencio nuevo que no supo
clasificar. Era inarticulado, extravagante, liviano e imparcial, no
pesaba nada, era un silencio muy elegante que se escabullía de manera
ascendente como el hidrógeno calentado. Esa calma equilibrada, ese
misticismo respetuoso y bien hallado, esa espiritualidad entonada,
curiosamente, es la misma que encontraba cuando paseaba por los
pinares de Aljaraque buscando inspiraciones o no buscando nada, cuando
andaba distraído saboreando en soledad el aire salobre que llegaba
desde el mar en bocanadas.
Sin darse cuenta,
apenas sin provocarlo, tropezó en la otra parte del mundo con
sensaciones conocidas que afianzaban su visión dual de la realidad,
estratos vitales construidos sobre porciones interrelacionadas que
forman un cosmos contrapesado de energías negativas y positivas, de
concavidades y convexidades ajustadas con el temple de los siglos. A
fin de cuentas, lo mismo que definió Lao-Tse en el siglo IV a.c.: el
yin -la fuerza femenina, lo pasivo- y el yang -la fuerza positiva, lo
activo-, los dos poderes universales que mueven el mundo.
En el fondo, todo es lo mismo -pensó- hay coincidencias que no pueden
evitarse, y encendió un cigarro mientras repasaba en su cabeza el
concepto de ‘sincronicidad’ acuñado por el filósofo Carl Gustav Jung.
La simultaneidad, la causalidad dependiente de esquemas inconscientes
que no controlamos, no son conveniencias aleatorias, son arquetipos
mentales que manejamos sin darnos cuenta.
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El arte de Juan Manuel Vidal necesita raíces, asideros
firmes a la tierra. Su arte es gaiacéntrico, ecológico, limpio,
respetuoso hasta con el respirar de las plantas. Su amor por el campo
es una pasión que va más allá de los trazos con el pincel. Es una
cuestión de pensamiento, de implicación, de acercamiento a la esencia
de las cosas. Su arte es la mezcla de lo macroscópico y lo
microscópico, es una búsqueda constante del sentido de la vida, de
valores arcanos y olvidados, de preguntas recónditas que perdieron su
valía con la megalomanía de la urbe, con el desaforado desdén de los
tiempos modernos. Vidal es un perfeccionista insatisfecho, un
trabajador incansable que con paciencia, migajita a migajita, roba
desequilibrios naturales para armonizarlos. Es, simplemente, un
artista preocupado por afinar los acordes incorrectos del universo,
por allanar baches y rellenar socavones para construir un camino
transitable de verdades terrenales con cimientos metafísicos.
De todos los pintores que conozco, es el que
mejor maneja la gama de colores cálidos (desde los ocres terrosos
hasta los amarillos albinos, desde los rojos desaforados hasta los
naranjas envolventes). Su paleta es encendida, reconfortable. Primero
pinta en su cabeza, luego diseña con el ordenador y finalmente acaba
en el lienzo. Es un proceso metódico donde no hay improvisaciones,
donde la obra va tomando cuerpo, al modo de los vinos añejos en
barrica, esperando el momento exacto.
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Las modelos orientales de sus telas -con esa
mirada sugerente y refinada a lo Audrey Hepburn, con esos cuerpos
imposibles tallados en cristal de murano- no son más que damiselas de
una opereta irrealizable y distante. Son como geishas
inalcanzables que no piden nada, que sólo miran para ser miradas, que
bailan sin movimiento y preparan té parsimoniosamente, eternamente. Al
contrario que la infeliz Dafne convertida en laurel por su orgullo,
las ninfas de Juan Manuel Vidal sonríen desapasionadas mostrándose
neutras. No se implican, no sienten, no padecen. De sus extremidades
nacen apéndices naturales como si tal cosa. Son híbridos, plantas con
cuerpos de mujer, hermosas muchachas que hacen la fotosíntesis y
tienen savia en las venas, sirenas que participan de un mundo
humano-vegetal adimensional, seres andróginos con raíces largas y
frondosas. Bonsáis podados con tanto mimo que se han convertido en
personas.
En los cuadros, al lado de estos seres
imaginarios, desconectados, aparecen edificios en ruina (desmembrados,
derrotados, como naturalezas muertas deshabitadas), o templos floridos
como primaveras esperando, o sombras chinescas con sugerentes
siluetas, o frases escritas en japonés o en inglés. Objetos sólidos
que vagan en sus cuadros junto a muchachitas sin nombre que se
desenvuelven con maestría en un éter elástico a modo de fondo.
Ciclorama apergaminado de muaré donde las relaciones son imposibles y
los silencios delimitan espacios.
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Sema d´Acosta,
2006.
fotografías por cortesía del propio artista.
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