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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[Dame un bosque para
perderme] |
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"Hola
bebé árbol" Kiyoto Ota |
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Exposición The forest. Yerba Buena Gardens –frente al Museo de
Arte Moderno de San Francisco-, San Francisco, California. Hasta
05/07/06.
Para
poder perderse en un bosque hay que partir de la intención primigenia
de dirigirse a él. Esta obviedad resulta ramplona a todas luces, si el
bosque del que estamos hablando lo constituye la materia orgánica, si
el reducto forestal cumple el requisito objetivo de pertenecer a un
lugar, es decir si es localizable mediante la ciencia geográfica. Pero
el poder transformador de la intención artística puede provocar una
mutación profunda en los conceptos. Un bosque puede estar en un lugar,
pero puede ser portátil y por tanto efímero; un bosque puede estar
vivo, aunque constituido por materias inertes. Y por lo tanto, en esos
otros bosques, perderse es un ejercicio que nos puede sobrevenir, sin
que nuestra intención de dirigirnos a ellos haya tenido que ver.
Mahoma no va a la montaña, la montaña va en pos de Mahoma. Y el bosque
en pos de nosotros.
Naomi Siegmann, la cabeza pensante de esta locura
forestal, quería llevar un bosque de un lado para otro; para ello los
artistas habrían de respetar la premisa de la sacrosanta Ecología –uno
de los verdaderos iconos de devoción del arte contemporáneo, al modo
en que lo era la Inmaculada Concepción en el siglo XVII-, de manera
que el material lígneo quedaría vetado. Los escultores, al tener que
prescindir de la madera para representar árboles, escogieron las
sustancias inorgánicas más variadas –aluminio, cerámica, acero,
plástico, resina, bronce...- incluyendo elementos de reciclaje que
enfatizaban el sentido del proyecto –el hierro de una vieja sombrilla,
unas llantas de neumático, unas correas de motosierra...-. El
resultado es un bosque del todo surreal. Y perderse en él es un
evidente placer.
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"El árbol hulero"
Helen Escobedo / "Árbol sierra" Caroline Kaplowitz / "Suplente" Naomi
Siegmann |
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Consustancial a todos estos árboles es que se saben materia viva;
hablan de la fragilidad de la naturaleza frente al afán desmedido y
acelerado del hombre, que no cesa en plantear problemas sin ir
resolviéndolos. Los bosques son el estandarte de una naturaleza
amenazada; son la metáfora del opuesto a la ciudad, la
anticivilización, el estado primero de las cosas. Observaremos estos
árboles al perdernos bajo sus copas o rodeando sus singulares troncos,
y comprobaremos que todos proceden de una herida.
El árbol hulero (arbor umbrellicus
ciclopedii), de Helen Escobedo, resume para mí mejor que
ninguno este detenido planto. Su copa se extiende o comprime a
voluntad de su propietario –cuando podamos doblegar la naturaleza
hasta ese punto estaremos definitivamente acabados- y su olor
–extraño, alquitranado, petrolífero- es el símbolo de una muerte
previsible. Las raíces de Catherine Widgery y Steve Tobin,
de resina o de bronce pintado respectivamente, dejan al desnudo el
punto de apoyo de los bosques, y se convierten en pseudoárboles
desubicados. La obra de Robert Lobe, por su parte, un tronco
hueco y caído sobre la fronda, no necesita de mucho artificio para
presentarnos una naturaleza en plena eutanasia pasiva.
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"Raíces" Steve Tobin /
"Enraizado arriba" Catherine Widgery / "Blow down III" Robert Lobe |
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Sólo son algunos de los quince árboles que forman parte de esta
singular serie de esculturas, propiedad en su integridad de un
coleccionista entusiasta. Quince nómadas que viajan de México a EEUU y
vuelta a empezar, ocupando plazas, explanadas, parques y jardines.
Estuvo en San Luis Potosí, Zacatecas, Distrito Federal de México,
Oaxaca (México) y en San Antonio –Texas-, Santa Fe –New México-, Los
Angeles -California- y San
Francisco –California- donde se exhibe actualmente (EEUU). Ante la
indiferencia del hombre por la agonía del bosque, éste ha decidido
llamar a las puertas del hombre, plantarle cara, sacar pecho, mostrar
sus cicatrices.
Pedro Alarcón, 2006.
fotografías de Carlos Alcázar, Steve Tobin y Robert Lobe; por cortesía de Naomi Siegman
elbosque-theforest.arteven.com
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[ilustración de pilar bamba] |
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Empiezo a creer que los sueños son presagios, predicciones
involuntarias, corazonadas de muerte. Aquella mañana abrí los ojos con
una horrible sensación, mal sabor de boca y un cansancio fuera de lo
común. A pocos centímetros de mi piel Guacimara ignoraba mi
intranquilidad en tanto se obstinaba en deleitarme con su bronca
respiración y sus exabruptos próximos a la xenoglosia. Por el tragaluz
la duna transformaba su fisonomía al libre albedrío de los vientos
alisios y un alípede nimbo surcaba la límpida bóveda. Pronto me
sobrecogió un silencio sepulcral y distinguí en el aire un cierto tufo
a azufre. Por primera vez nadie nos aguardaba a los pies de la cama
con la mirada famélica.
Fuera
el páramo brindaba su sofocante calor a los vergeles y a este lado de
los muros el termómetro descendía veinte grados. Me puse el batín y
salí del dormitorio dispuesto a inspeccionar las dependencias del
hogar. Ajena al mundo mi esposa seguía durmiendo plácidamente y con
paso cansino yo accedí al corredor. Sólo pude vociferar con la mera
contemplación de lo que parecía un campo de batalla. Los animales
yacían diseminados a lo largo del pasillo y constituían un reguero
dantesco; sus miembros esparcidos por el piso como si les hubiese
caído un rayo. En primer término nuestro gran danés, más allá nuestro
gato persa y al final nuestra tortuga antillana con la testa dentro
del caparazón. Probablemente ésta opuso resistencia a ver el
fallecimiento de lo otros y fue la última en perecer. Inmediatamente
fui consciente de que jamás asistiríamos al bestial espectáculo de los
domingos cuando el can trataba de morder al felino y éste de afilarse
las uñas en el carapacho del carey. Enseguida me percaté de que a
partir de entonces imperaría el silencio en nuestras vidas y no habría
pequeños individuos que nos recibieran con espasmódicos movimientos a
la vuelta del trabajo. A continuación me hice cargo de que cuando
despertase Guacimara lloraría y lloraría por tamañas pérdidas hasta
anegar por completo aquel desierto. Había llegado el momento de ser
resuelto y tomar una decisión porque nuestra incondicional compañía
merecía como mínimo un entierro digno.
Según
los expertos los muertos descansan mejor bajo los bosques de
coníferas, a la sombra de un ciprés,
el
árbol que con sus raíces y su porte esbelto pone en contacto a los
difuntos con el cielo. Pero en los mapas no figuraba semejante
floresta en menos de mil kilómetros a la redonda. De ahí que hubiera
de erigir en pleno pedregal un cenotafio en memoria de mis seres
queridos. Cuando
más precisaba de un bosque donde perderme y reflexionar acerca de lo
humano y lo divino, Guacimara posaba su mano en mi cabeza y
maquinalmente me devolvía a su ralo pubis; encomiable modo de
propiciar el olvido.
Nacho Albert,
2006.
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[bosque] arturo marín sanz [arturomarin.blogspot.com] |
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Exposición Mummy knows everything. El Gabinete de Hyde,
Málaga. Mayo 2006.
El personaje
de Caperucita Roja siempre me ha suscitado gran ternura.
En mis
recuerdos infantiles, Caperucita no era sino una muñeca regordeta
de trenzas rubias que pendía sobre el cabecero de mi cama frente a
Pedro -el Pedro de Heidi; su amigo Pedro- que, igualmente, se
inclinaba sobre el catre de mi hermano mayor, situado en el otro
extremo de la habitación. De esta forma, Caperucita aparecía
asociada a su fiel compañero Pedro y no al lobo feroz, como me
harían creer, años más tarde.
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Quizás por ello, el primer impulso al ver las fotografías que componen
la instalación que Guillermo Mora (Alcalá de Henares –Madrid-)
expuso, el pasado mes de mayo, en el Gabinete de Hyde –Málaga-, no me
llevó a sospechar lo que sufrirían la pobre niña o su abuela de manos
del lobo traicionero y mezquino, sino al dulce recuerdo de la
infancia, donde todo cabe; el lobo puede ser amigo de caperucita y
ella compartir manzanas y aventuras con él y con los enanitos del
bosque que, a su vez, viven con una hermosa princesa que, algún día,
hará las paces con su pobre madrastra y se casará con un hermoso
príncipe que, probablemente, antes era un bestia…
La infancia y los
cuentos son dos realidades indisociables; lo que menos importa es el
final de la historia.
Hoy he preguntado
en clase, a dos alumnas de 17 y 20 años de edad, por qué el lobo
quería comerse a Caperucita. Primera respuesta: ¿por hambre? Segunda
respuesta: ni idea. Ellas, también crecieron con el cuento que todos
hemos escuchado, una y mil veces, pero tampoco recuerdan qué pretendía
y por qué se transmite de generación en generación.
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Cierto es –y en esto, estoy absolutamente de acuerdo con el autor de
la instalación- que siempre se ha intentado abrigar con jaulas de oro
el mundo infantil para no enturbiarlo con la realidad circundante, con
los conflictos del día a día. Sin embargo, esta doble moral del ser
humano y sus valores educativos no nos exime sobre nuestro modo de
hacer o actuar. Obviar la verdad o camuflarla de inofensivas leyendas,
con final feliz, no evita los problemas.
¿Alguien se atreve
a contar los cuentos del 11S y el 11M? Lo que nos honraría está por
encima de cualquier fábula; de esto, también estoy segura.
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El perspicaz planteamiento que Guillermo Mora
hace a través de su instalación compuesta de hermosas fotografías de
encuadres inquietantes, recortes de vinilo con personajes de fábula y
una capa que encarna la desaparición del mito de Caperucita, propone
devolver el sentido original de los cuentos de hadas, que no fueron
ideados para ocultar la verdad.
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Pensando en su recorrido conceptual, navego
hasta la performance que tuve ocasión de disfrutar, el pasado mes de
diciembre, en el Hospicio de los Inocentes –Florencia-, con
motivo de la clausura de un congreso en torno al arte y los sentidos.
Durante la acción, una joven envuelta con una capa roja de terciopelo,
comenzaba realizando torsiones sobre sí misma, que simulaban
movimientos de marioneta. El ritmo de los cimbreos y ondulaciones
corporales adquiría una aceleración progresiva hasta que la artista,
alzando su vestido-capa, dejaba al descubierto unas mayas verdes que,
a la altura del abdomen, presentaba una cápsula de plástico, bajo la
que se podía contemplar la silueta de una muñeca. En todo momento, la
artista parecía protagonizar una lucha interna con aquel ser inerte,
que guerreaba por salir a la luz.
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Ahora, reposado el momento y dejando actuar la obra de Mora y la
imaginación, comprendo el difícil papel de Caperucita-personaje,
Caperucita-muñeca y Caperucita-niña; su incansable lucha por demostrar
que, pese a pertenecer a la memoria histórica de nuestra infancia,
batalla consigo misma y contra su mito, para despojarse de
significados moralizantes y no perderse en un bosque de dudas,
para dejar de habitar cuentos de hadas y formar parte del entorno
inmediato, del escenario real.
Ana Robles, 2006.
fotografías de la obra de Guillermo Mora por Pedro Alarcón; por
cortesía de El Gabinete de Hyde
fotografías restantes por Ana Robles
www.elgabinetedehyde.com
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[en el bosque] virginia vitar |
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La Santa_Lab presenta
Bosque Desencantado. Bread & Butter Barcelona, Superior Area,
Pabellón nº 1.
05-07/07/06.
Ya he tenido otras veces esta misma sensación de encontrarme perdida
deliciosamente; año tras año en ARCO –con el noentiendonada
escrito en mi frente a partir de las pum de la tarde y después de unos
cuantos cafés más de lo recomendable-, año tras año en Marbella
–estrenando trikini y sin encontrar mi beachclub favorito por
saturación de sombrillas-, año tras año en la Semana Santa de Sevilla
–con algunas manzanillas cosquilleándome el gaznate y confundiendo los
pasos de la Virgen irremediablemente-… Todas esas cosas y muchas más
(una instalación de Thomas Hirschorn, el último disco de Björk –que no
hay por donde agarrarlo-, mi avenida con estas irrenunciables obras
para el nuevo metro) son un bosque para perderse.
Entre esas muchas cosas que adoro –por lo berrueco de mi
sistema neuronal, por lo tardogótica que me considero- está la feria
Bread & Butter Barcelona. Para los que sólo me leen por interés
hacia el arte (tiene gracia, ¿verdad?) diré que esa feria de moda es
como ARCO pero con mucha más naturalidad. Es la misma macrofiesta con
miles de customizados fashionvictims que suspiran por llevarse
algo carísimo que acariciar. Sólo que en ARCO se hace el teatro de que
se está allí por el arte y no por ver o dejarse ver; y en BBB eso es
innecesario, pues todos vamos allí a lo que vamos.
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Pero, centrándonos un poco, lo que me ha interesado especialísimamente
son unos encantadores muros de pladur en algún lugar del
pabellón Nº 1 de la Fira. Sé que no me los puedo llevar, son
eso que se estila tanto del arte efímero; al fin y al cabo son un
mural para ambientar un poco el desaguisado de la moda (que viene y
va, como el arte, pero más rápido).
Los provocadores son esos astutos curators de La
Santa (Barcelona), una más que exitosa asociación con trece años
de experiencia a sus espaldas. La selección ha ido de manos de Gigi
R. Harrington y Juan José Fernández, que han reunido a diez
artistas de diferentes medios –la ilustración, el diseño gráfico, el
graffiti, la pintura…- y, obligándolos a garabatear un mismo espacio
han conseguido un auténtico bosque, lo que han dado en llamar el
Bosque Desencantado. Mi admirado Rafa Doctor (el jefazo del MUSAC,
la gran catedral de esta década) ya ha permitido que este tipo de
cosas sucedan cuando invitó al estudio Vasava a plantarle un mural en
el hall del museo, y algo parecedio está ocurriendo en alguna
de las salas de la exposición Globos Sonda (Dios, aún no la he visto).
Felizmente, esta simbiótica disciplina del horror vacui a lo
Hyeronimus Bosch (el Bosco) se trasplanta de la calle a la sala o al
stand. Y sirve para hacer un refinado tunning del
espacio, que bien podría exportarse a la T-Shirt en un
chasquido de dedos. Arte de ida y vuelta.
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Edbyus!, Eva Vázquez, Mr. Hierro, Mapi Gil, Diva, Julia Pelletier,
Hiroshi Shimamura, NinaBoy, Mariana Sarraute y Víctor Castillo son
los elegidos. Sentenciados a convivir en un mismo muro, han colapsado
esas paredes en un lenguaje único –casi monocromo, en negro, con
fugaces notas de color- que evidencian la creciente importancia del
dibujo (¡Sí, otra vez el dibujo, temblad videoartistas!) y reciclan
viejos iconos para depositarlos junto a otros de nueva factura: Un
encantador pitufo dormido, bambi, una nueva caperucita con sudadera
casualwear… Los mitos olvidados y los que están en construcción.
Algunos de estos artistas se han enfrentado por primera vez a dibujar
sobre el muro, han mutado su ámbito natural de creación; creo que
provocar esas experiencias es de seres perspicaces.
Elektra, 2006.
fotografías por
cortesía de La Santa Barcelona y Bread & Butter Barcelona
www.lasanta.org
www.breadandbutter.com
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[bosque] norma goro |
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