| |
|
lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[Inmortalidad] |
| |
 |
|
Exposición bodas y sepelios. Hasta 31/05/06.
Galería Begoña Malone y Galería Rafaél Pérez Hernando, Madrid.
Uno de mis rincones preferidos de Sevilla es la
pequeña iglesia del Hospital de la Caridad. Allí, en mis paseos
perdidos de no saber dónde ir, de no encontrar respuestas a
indefiniciones vitales seudotrascendentales, su excepcional
escenografía amortaja mis desconsuelos transitorios. Yo no soy muy
religioso, para qué vamos a engañarnos, allí no voy a rezar, voy a
admirarme, a disfrutar, a pensar, a dejarme llevar por su ensordecedor
programa iconográfico. Creo que me gusta tanto porque en mi fuero
interno, para bien o para mal, tengo mucho de Miguel de Mañara, de su
aire donjuanesco ahíto de vulgaridades, de su talante absoluto en las
decisiones trascendentes.
En ese espacio de
recogimiento, dos frases sugestionan mi entendimiento: in ictu
oculi, ‘en un abrir y cerrar de ojos’, y Finis Gloriae Mundi,
‘el final de los placeres terrenales’, tal como reza en los
Jeroglíficos de las Postrimerías que pintara Valdés Leal. A partir
de ese momento, ya no me interesan ni los cuadros de Murillo, ni el
retablo de Bernardo Simón de Pineda, me quedo como hipnotizado ante,
pocos lo dudan, dos de las mejores vánitas del barroco
español…Y en ese instante, en ese preciso instante…Me acuerdo del arte
de Matías Sánchez. Obsesivamente.
Frases certeras como puñales, trasfondos oscuros
como desvelos, arrogancias ridiculizadas, ilusiones desgajadas…Hay
algo que une el arte de Matías Sánchez con el de Valdés Leal. De algún
modo, sin que se sepa, hay una trabazón común que anuda la moraleja de
sus admoniciones. Hay un hálito eterno, un tono subliminal
contracorriente, un vahído inmortal que da rotundidad a sus mensajes
compartidos.
|
|
 |
|
El arte de Matías Sánchez es el antídoto perfecto contra esa
pinturita plácida y cortés que abunda en callejones de bien vivir y
complace paladares insulsos. No hay duda. Nada como una ración del
agudo tono burlón de sus pinceles para espabilar cerebros, despertar
sentimientos de culpa y zaherir posturas políticamente correctas. Sus
ataques directos, repletos de intención, van más dirigidos a remover
las conciencias turbias que a desangrar la yugular. No hay más que
conocer de cerca la corrosiva inteligencia que utiliza al nombrar sus
cuadros o exposiciones para darse cuenta que el humor negro que gasta
está más cargado que veinte pistolas.
A los remilgados que viven de la pose, a los que se alimentan
con el qué dirán, a los engreídos que saben guardar la compostura en
cualquier situación -cumpliendo de pe a pa con los preceptos
establecidos de la apariencia-, a los que se ponen la corbata antes
que los zapatos y hablan mucho sin decir nada, a esos, les recomiendo
encarecidamente un paseo en solitario por el interior de los cuadros
de Matías Sánchez. A lo mejor resulta que salen acuchillados,
destripados por unos personajes que les miran a los ojos sin temor,
que no les ríen las gracias y que encima se cachondean de ellos con
escarnio. Matías crea una realidad tan grotesca, tan deformada, tan
plena de indecencias impúdicas, que convierte los prejuicios y los
estereotipos sociales en esperpentos valleinclanescos, en espíritus
vivos de la España más negra. Y no hablo de Gutiérrez Solana, voy más
allá.
|
|
|
 |
|
Sinceramente, esto es lo que más me gusta del arte de Matías Sánchez,
lo bien que maneja la ironía para decir las cosas a la cara; el cómo
recurre a determinadas parábolas para contar historias actuales
silenciadas por los poderes establecidos. Y encima nadie es capaz de
rechistarle porque sus cuadros sólo hablan de verdades
desenmascaradas, porque en sus afrentas públicas no hace más que
mofarse de nuestro mundo imperfecto construido sobre mentiras
consentidas.
Algunos
comparan su mordacidad con la de Manuel Ocampo. Pero yo pienso que
Ocampo es más escatológico y menos sutil, más estridente y menos
moralizante. Matías hila más fino, es menos mórbido y más certero. Es,
pongamos por caso, como parangonar las sutilezas de Cattelan con las
asquerosidades de los Hermanos Chapman o de Paul McCarthy. En el fondo
hablan de lo mismo, (de los miedos humanos, de los tabúes, de la
hipocresía, de las censuras permitidas o inconscientes, de las heridas
supurantes de la sociedad, etcétera, etcétera…) pero el planteamiento
estético es tan opuesto como pueden serlo la aspereza de una lima o la
sutileza de una lija. Las dos cumplen el mismo objetivo, las dos
desgastan y rasuran, pero la lima lo hace con un molesto rechinar
tosco y la lija con una musicalidad casi poética.
Sema
D´Acosta, 2006.
fotografías por cortesía de Galería Begoña Malone,
Galería Rafaél Pérez Hernando y del propio artista.
www.bmalone.com
www.galeriarafaelperezhernando.net
|
|
| |
| |
 |
|
[inmortalidad] arturo marín sanz [arturomarin.blogspot.com] |
| |
 |
|
Por qué Sinuhé el Egipcio, evocado
misteriosamente a través de una instalación de Olafur Eliasson, es
bueno para pensar en la inmortalidad
Cuando tenía 13 años me operaron de un pie y pasé un verano
con el mismo sobre una almohada, comiendo helados y leyendo. Entonces
vivía mi abuela, que era una mujer más maternal que mi propia madre y
que se compadecía de verdad de mi sudoroso estado. Fue ella la que me
regaló Sinuhé el Egipcio, que venía en dos tomos y que yo me
leí de cabo a rabo casi sin parpadear. Aquella novela de Mika
Waltari tuvo el efecto de fijar en mi inconsciente la imagen de un
Egipto polvoriento y populoso, donde el dios-sol tocaba con sus rayos
a cada cocodrilo, a cada soberano y a cada mendigo que se pasease a
orillas del Nilo.
Muchos años más tarde, cosas de la
memoria: voy bajando la rampa de la Tate Modern y me encuentro con el
disco solar inmenso de la instalación Weather Project de
Olafur Eliasson. Elliason trabaja con el concepto de clima y
recoge cosas tan brumosas como esos comentarios huecos sobre el tiempo
atmosférico que se prodigan en los ascensores. Lo recuerdo con
claridad: un semicírculo de un naranja intenso se reflejaba en el
espejo que recubría todo el techo del Hall de las Turbinas. Había
niebla artificial, y la gente se movía por entre la neblina,
reflejándose en el cielo raso. En cierta forma era como caminar por un
insólito amanecer invertido.
|
|
   |
|
Como digo, todos bajábamos mirando hacia arriba,
y entonces me vino a la mente el pensamiento de la inmortalidad y el
de las tribulaciones de Sinuhé, el médico que embalsamaba cadáveres en
la Casa de la Muerte. Podría ser que mi cerebro hubiese relacionado
caprichosamente el amanecer de Elliason, la inmortalidad y la novela
de Waltari, y que estas misteriosas conexiones no tuviesen el más
mínimo significado. Pero también pudiera ser que pensara en la
inmortalidad al ver aquel espacio artificial y poético, efectista como
un espectáculo de parque temático, tremendo como un paisaje sublime
decimonónico. A fin de cuentas, como mortal que soy, la inmortalidad
me resulta un fenómeno extremo, inabarcable e incognoscible. Sólo
puedo pensar en ella remitiéndome al pensamiento de una naturaleza que
nos contiene hace apenas unos minutos en tiempo geológico. Por otra
parte, la belleza escénica del montaje, tan teatral, era
incuestionable. Como debían serlo esas vedutta que compraban al
por mayor los viajeros del siglo XIX. Esa belleza incontestable de
postal, abrumadora, que cualquiera puede experimentar y entender. En
cierta forma, la inmediatez de la postal tiene algo que ver con el
best seller, comparte su misma popularidad y su misma
accesibilidad. Yo estaba ante una vedutta posmoderna que
evocaba la inmortalidad, y el libro de Waltari, pues también. De
alguna forma oscura los dos hablaban con el mismo lenguaje. Y así,
cada uno sumido en su propia meditación trascendental, los
espectadores seguimos deambulando por el vestíbulo sin apartar la
vista del techo, despreciando el peligro evidente de chocar unos con
otros.
Elisabet Martin, 2006.
|
|
| |
 |
|
[ilustración de arturo marín sanz] [arturomarin.blogspot.com] |
|
Varias
horas después de fenecer irrumpieron en mi buhardilla tres corpulentos
enfermeros para bajarme de la viga e inocularme en el corazón cien
miligramos de una sustancia azulenca. Aunque morí tal día como ayer,
hoy sigo vivo. Al parecer ya no es legal el suicidio como modo de
alcanzar la muerte. Esta mañana un siniestro tribunal me ha condenado
a vivir toda la eternidad. Bajo ningún concepto se me permite pasar a
mejor vida. Entre otras cosas me acusan de dejar inconclusos ciertos
aspectos de mi privacidad que aquí reproduzco textualmente. El
inmolado número trece no ha cumplido sus expectativas profesionales.
No ha satisfecho a su bella esposa desde hace meses. No ha conversado
cuanto debería con su padre. No ha besado a su progenitora cuando ésta
lo necesitaba más. No ha saldado sus deudas con su hombre de
confianza. No ha tenido el valor suficiente para abrazar a su mejor
amigo por miedo a parecer un desviado. Y para más inri, no ha
expresado su última voluntad; cuando mi última voluntad no es otra
sino morir en paz. Los viejos se echaron las manos a la cabeza y
exclamaron: cómo abandonar el hogar sin resolver tamañas cuestiones
domésticas. Una sentencia que en ningún caso admite réplica. Todavía
restalla en mi memoria diezmada por la ingesta de psicotrópicos el
pesado martillo del juez.
Quien
la sigue no siempre la consigue. Cada vez duelen más las palmadas en
el hombro. Los dedos son puñales que se hunden en mi carne como en una
almohada de gomaespuma. Todos los directores sin excepción celebran mi
ingenio, pero ignoro por qué extraña razón se resisten a darme una
oportunidad. Debo de oler mal o parecer un salteador o irradiar
energía negativa. He dejado mis nudillos y parte del empeine en todas
las puertas de esta metrópoli. En cuanto a mi mujer, no consigo
satisfacerla porque de ello se encargan ya un teleoperador albino con
el miembro más protuberante que yo y un magistrado multimillonario. A
mi progenitor me dirijo cada anochecida, sólo que es del todo
imposible lograr que se desprenda de sus auriculares nuevos. Según el
psiquiatra del siete izquierda, responde a un cuadro clínico de
melomanía tardía. Respecto a las necesidades básicas de mi madre, la
mayor parte oscila de un lado a otro de la más pura lógica. Cuando no
corre a mis brazos y me provoca de paso toda suerte de desgarros y
torceduras, me repudia y se frota el cutis con la manga de su bata si
previamente yo he tenido la desfachatez de darle un beso. Y por
supuesto que no he pagado a mi camello, es él quien me debe dinero a
mí, una importante suma. Pero da la casualidad que siempre que marco
su número salta el contestador automático. Dicen las malas lenguas que
ha huido del país. Por último, cómo abrazar a mi mejor amigo, si
cuando estamos a solas me confiesa con ojos libidinosos que es un
avezado practicante de felaciones. Como puede verse, todas razones
suficientes para recibir un severo correctivo y privarme del
fallecimiento.
Ahora
me persigno y clamo al cielo y ruego encarecidamente expirar. Por
todas partes me acechan hombres de blanco con el insano propósito de
frustrar cualquier tentativa de suicidio y disuadirme de perder más el
tiempo. Ya sólo me resta sentarme a los pies de la cama y esperar que
me sobrevenga la muerte natural en tanto mis congéneres persisten en
silbar alegres melodías y mirar hacia otro lado.
Nacho Albert, 2006.
|
|
| |
 |
|
[siempre
diva] pilar bamba |
| |
 |
|
Exposición en Museo
Picasso Málaga. Hasta 11/06/06.
En 1946 Pablo Picasso fue invitado a usar una gran sala del Castillo
Grimaldi como taller; el artista quiso agradecer este gesto con el
fabuloso regalo de "decorar el museo", como él mismo declaró. Estas
obras, que conformaron el primer Museo Picasso -inaugurado veinte años
después-, se muestran ahora en la ciudad natal del pintor y en su
mayor parte jamás habían salido de las salas de Antibes.
Para aferrarnos a la vida, en situaciones difíciles, normalmente
acabamos recurriendo a las cosas más ínfimas que nos rodean. El ser
humano aprecia especialmente los detalles cotidianos, aquellos que le
prometen una existencia prolongada en mañana y cargada de
vivencias de ayer. Quizá no haya un asunto para el arte más
grandioso que hablar de la vida o la muerte. La plenitud de la
existencia, el ansia reproductora, la fertilidad, el inevitable
deterioro, el ocaso… Y sin embargo, no he encontrado mejor manera de
hacerlo que desde las cosas sin importancia.
Para perpetuar la vida
–vida henchida como serían aquellos momentos de incipiente paternidad,
en un Picasso sexagenario voluptuosamente trabajador-, el artista
sublimó un lenguado y una raja de sandía, o un quinqué o unos erizos.
Con su pintura exquisitamente gris –gris monumental, gris inmortal-
pintó a modo de eternos bajorrelieves la gesta diaria del plato del
almuerzo y la disfrutona sensación de sentirse cada día carne y
vísceras.
|
|
 |
|
Aquél Picasso
privilegiado –un día el director de un Museo le ofrece una planta
entera del recinto expositivo para que trabaje a sus anchas, tal es la
consideración que se tiene del artista- pintó a destajo las cosas que
le impresionaron. Varias veces Picasso ha reivindicado la capacidad
sencilla de pintar las cosas por sí mismas, sin intención, por la
cualidad que tienen para sorprendernos. Habló más de una vez de ir a
comprender la pintura como quien va a comprender la música o el canto
de los pájaros, hermosas abstracciones a las que no se les pregunta
constantemente qué significan.
|
|
 |
Haciendo este singular ejercicio de abandono ante la vida, ante lo
inevitablemente sorprendente de cada ser animado o inanimado, el
pintor trató el asunto más complicado, el de las cosas inmortales. Por
eso estos cuadros, ya en fibrocemento ya sobre una tabla tosca,
funcionan siempre. No hace falta buscar los constantes faunos y
sátiros para referirse a un orden primigenio, mítico. La alegría de
vivir no es un tema reinterpretado de una antigua bacanal cualquiera;
es una celebración sin la cual no habría pintado y procreado con esa
compulsiva fuerza.
|
|
| |
| |
 |
|
[inmortalidad]
sergio decoster [www.arte10.com/artistas/decoster] |
| |
 |
|
Exposición The Angelus and Other Stories. Galería MITO de Arte
Contemporáneo, Barcelona. Hasta 13/06/06.
¿Creen ustedes en la fabulosa cualidad pompier del
arte? ¿Cuántas veces se han detenido más tiempo del previsto ante una
inconmensurable obra de arte debido, precisamente, al secreto deleite
que les han proporcionado unos cuerpos exquisitamente modelados?
Durante el último terremoto de Atenas recé sin descanso porque no
hubiese fractura en ninguno de los suculentos efebos que atesora el
Museo Arqueológico Nacional; encomendé especialmente mis plegarias por
uno de los exquisítamente andróginos bustos de Antínoo que el
lastimero emperador había dedicado al más bello de sus guerreros. Me
deleito con esa locura de amor que bien pudiera ser locura carnal
encubierta de trasnochados intereses panegíricos. Del mismo modo, los
caravaggios más deseados por mis pupilas son aquellos que
fueron patrocinados por la Santa Iglesia Romana de la mano –ampulosa,
rabiosamente culta- del Cardenal del Monte, quien probablemente
encontró en el aún suave tenebrismo del pintor más gamberro del
barroco un pretexto perfecto para acallar sus ansias de febril
onanismo. No deja de ser paradójico que la misma Iglesia –la Católica,
si quieren que les apostille- que permitió unos apetecibles
sansebastianes adecuadamente musculados en sus altares ahora
pondrá toda la carne en el asador con tal de exterminar de sus filas
toda señal de homosexualidad evidente. Pequeña tarea la que les
espera, si la afrontan denodadamente.
|
|
  |
|
En el momento manierista que nos ha tocado contemplar, donde de nuevo
el excesivo virtuosismo es un valor en alza, el coleccionismo de lo
turgente y voluptuoso alcanza unas cotas antes inimaginables. Para
muestra, el revuelo mediático que origina cada exposición de Pierre et
Gilles, unos descarados abanderados del acaramelado arte homoerótico;
o la forma en que se venden, debidamente sacralizados por la galería
de arte, unos dibujitos de Tom of Finland en que se ensaya
cualesquiera de las mil posturas imaginadas por este acalorado artista
del cómic pornográfico.
|
|
 |
|
Y es que hay intenciones que no mueren nunca. Lo que ha cambiado,
quizá, es la necesidad de esconderse. No tenemos que encriptar
libidinosas imágenes si estamos dispuestos a aceptarlas tal cual.
Cuántos –más que cuántas- se habrán acercado a la exposición de
Anthony Gayton muy lejos de querer invertir su tiempo en las
simbólicas lecturas que pueden hacerse de estos berruecos cuadros
fotografiados con vaga luz mortecina que se deja arrastrar sobre la
piel. Tantos se habrán demorado mucho más en desear secretamente esos
torsos imposibles, prototipos otra vez –nada nuevo bajo el sol-
de una belleza construida a base de miles de horas de gimnasio o
nacida de un metabolismo más que agradecido.
|
|
 |
|
Me parece inmortal este ansia. Refugiadas en las leyendas de la
mitología –siempre proclive al destape elegante- o en otros
subterfugios más oscuros, las escenográficas instantáneas nos
redescubren eso de la mirada acariciadora que ya explotó
convenientemente Ingres con sus henchidas odaliscas de contornos
susurrantes. Tras los excesos de la abstracción, que parece
condenarnos una y otra vez a la ausencia, las galerías reclaman
esta carnalidad tajante y desprovista apenas de reparos. Estas fotos
ya han sido tachadas de Kitsch en más de un lugar, serán acribilladas
entre críticos posconceptuales como otros hicieron lo propio con
alguna gratuita pintura de desnudos en centurias pasadas. Pero lo
pompier acaba por ser revalorizado, revisitado y remezclado. Forma
parte, deliciosamente, del ciclo natural del arte. En épocas
decadentes, este exquisito arte decadente. Y a disfrutar, como quien
arrasa con los bombones durante una dieta espartana, con esta bacanal.
|
|
| |
| |
|
www.lafresa.org [todos los
derechos reservados]
info@lafresa.org |