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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[Líneas divisorias] |
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Unos creen traspasar la línea, otros la cruzan realmente.
Lo de burlar las
medidas de seguridad para colar falsa arqueología en el British o un
cuadrito insulso en el Guggenheim es una gamberradilla que sale en los
telediarios y da cierto apremio a los simpáticos autores a ponerse el
listón más alto. Lo de mejorar a Goya con unas graciosas
intervenciones a la acuarela sobre una de las tiradas de los desastres
de la guerra, aunque saca de quicio a más de uno, no deja de ser una
provocación calculada en los límites del merchandising lógico
del arte. Más refinado –y parsimonioso, y alevoso- fue en su momento
Rauschemberg borrando con calma un dibujito de Willem De Kooning para
colgar después ese vacío como obra suya. A veces he deseado hacer lo
mismo –aunque por motivos mucho más veleidosos- con la obra de algún
advenedizo, aunque me contengo por tal de sostener mi aura
pseudoimpertérrita…
Hace poco me llevé
un sobresalto artístico. Y el sobresalto me lo llevo después
contemplándome cejilevantada por un jueguecito como este. Yo, que
siempre he dado tanta cancha a todos los gamberritos guapos del arte,
que conservo un poco de arte autodestructivo en alguna despensa
olvidada, y que mataría por que Dinos Chapman viniera a pintarrajear
algo sobre un aguafuerte picassiano sosísimo que me regalaron una vez
por puro protocolo…
Allá que me planto
ante un lienzo en blanco. Hasta aquí, nada nuevo. Otra vez la poética
de la contención, del menos es más, bla bla bla, y ya me veía otra vez
rezándole a Malevich para que se reencarne… Pero luego leo un texto
sobreimpreso en vinilo sobre la pared:
“Anulación
de Pintura del Siglo XVII”
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Luego me informo, mano izquierda en el esternón en claro gesto de
burguesa soliviantada, de que un tal Josechu Dávila
había sepultado para siempre un retrato del pontífice Nicolas II –a
quien debe tener una enquina especial, o se da el caso de que valía
cualquier cosa- con una gruesa capa de pintura blanca de clorocaucho.
No bastó con ése, que adivino un extraño placer, sino que convidó a
diversos testigos que actuarían a modo de cómplices de piedra
–saliendo en la foto muy observadores e impenetrables-: el director
del Artium de Álava (Javier González de Durana), la subdirectora del
área museística (Laura Fernández Orgaz), ¡El conservador de la
colección permanente! (Daniel Castillejo Alonso), ¡Una restauradora!
(Pilar Bustinduy) y una crítica de arte (Elena Vozmediano).
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Muy tranquilos debieron quedarse perpetrando ese manso atentado, y
seguramente que deglutieron gustosos canapés antes o después del
evento sin el más mínimo problema de digestión. En primer lugar porque
les importaba muy poco el infeliz que había pintado un cuadrucho tan
malo hace unos trescientos años; y en segundo lugar porque se sabían
en estos anales del arte, donde se les hace un hueco para que engrosen
la lista de los más osados.
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Lo más irritante de todo es cómo todavía me llego a perturbar con este
tipo de cosas. Hoy mismo cuelgo mi pequeño Zurbarán bocabajo y me
quedo tan tranquila…
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[líneas
divisorias] daniel ubertone |
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Exposición Chema Madoz / 2000-2005. Fundación
Telefónica. Gran Vía, 26 MADRID. Hasta 21/05/06
En mi último garbeo por la capital del reino, justo recién esbozada esta
primavera descosida de luces y aguas a partes iguales, en un envite de
descuidos consentidos, cometí dos torpezas pequeñas silenciadas por la
excelencia de un acierto rotundo y mayúsculo. Nada grave, minucias
corregibles, lo no hecho: por un lado quería haber ido a la recién
inaugurada muestra de Matías Sánchez en la galería Begoña Malone, pero
mi mala previsión me llevó por derroteros más afines con menesteres
sociales que con los artísticos. Por otro, tenía que haberme acercado
hasta el Reina Sofía, no para ver las esculturas de Schlosser o la
obra matérica de Alberto Burri, ninguno de los dos me interesaba
especialmente, sino para saborear de nuevo y con detenimiento -varios
meses después de su estreno y con cierta perspectiva- la renombrada
ampliación de Jean Nouvel.
En fin, desaplicaciones perdonables que a lo mejor ayudaron a que me
concentrara de lleno y en plenitud de facultades en la magnífica
exposición de Chema Madoz que fui a ver por la tarde, despreocupado y
sin prisas, en la Fundación Telefónica.
¿Cuál es la raya que marca el límite entre una imagen y un juego mental?
¿Dónde yace la línea divisoria que separa engaño y poesía?
¿Quién determina la frontera entre una imagen y un pensamiento?
¿Metáforas que se van o metonimias que llegan?
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Deleitarse con las paradojas visuales de Chema Madoz es una
sensación afrutada, rica en matices y colorido, de ida y vuelta.
Es un bucle interminable de descubrimientos, de pensamientos bien
conducidos por un fotógrafo-poeta que cultiva la espera y la
meditación con la parsimonia de un eremita en busca de verdades
etéreas como nubes y sólidas como piedras.
Después que le
concedieran el Premio Nacional de Fotografía en el año dos mil y
se le hiciera una magnánima retrospectiva repasando su trayectoria
en el MNCARS, esta gran antología que ahora puede verse reúne lo
mejor de su obra del último lustro. Aun manteniendo la
uniformidad, se percibe con claridad como su estilo característico
ha evolucionado hacia una abstracción conceptual, reduciendo los
elementos e intensificando las convergencias. Los planos que
utiliza ahora son cada vez más cortos, más concéntricos; la
iluminación, habitualmente artificial y muy cuidada, tiene todavía
más protagonismo que en su etapa anterior.
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Yo, que me considero
fan ciego de la sutileza que maneja; yo, que soy un enamorado hasta el
paroxismo de las contradicciones compensadas endemoniadamente dulces
de Chema Madoz, caí rendido ante la arrolladora vorágine de
imaginativos tropos imaginables. Nada más entrar, me quedé embelesado.
Por todo. Primero por la cuidada disposición museográfica –
me pareció una muestra bien distribuida, bien iluminada, bien
organizada, bien explicada- con una escultura de entrada, algo inédito
en este artista, y con un vídeo ilustrativo para terminar. Segundo,
por la calidad excepcional de los positivados, hechos en el
laboratorio de Castro Prieto (por favor, que todas las exposiciones de
fotografía analógica que se hacen España lleven sus negativos a un
laboratorio profesional de garantías, no sé si saben los comisarios
que una exposición de fotografía no son imágenes, simples
reproducciones seriadas de imprenta; no sé si se enteran de que una
buena foto depende tanto, o más, del positivado que de la composición,
porque para eso, para quedarme en la apariencia, me compro un buen
póster y encima me lo llevo a mi casa. Por favor, señores responsables
de las exposiciones, hagan ampliaciones convincentes como éstas,
manden los negativos al mejor laboratorio analógico de nuestro país,
no digo ya al de Castro Prieto, al que ustedes quieran, pero pongan
las fotos en manos de entendidos que mimen lo que hacen para deleite
del público que se esfuerza en disfrutar con lo que le ofrecen.) Y
tercero por la riqueza de contenidos, por esas imágenes simplificadas,
pulidas como diamantes, que encierran complejidad, dificultad y
técnica para ofrecer una idea muy difícil con la sencillez de los ojos
de un niño.
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Chema Madoz es un prestidigitador, lo tengo claro, un
descubridor que manipula objetos cotidianos para darles vida
propia, confrontando dos realidades muy distintas que se acoplan
para adquirir un nuevo valor icónico que se construye en la mente
del espectador. Independiza, como si fuera lo más fácil del mundo,
significado y significante, desnudándolos, dejándolos al
descubierto, evidenciando su potencial. O juega con ellos en un
baile de máscaras donde nada es lo que parece, un juego de quita y
pon en el que puede ocurrir cualquier cosa. Y lo mejor de todo es
que no hay soluciones, ni respuestas aparentes. Cada uno puede ver
lo que quiera, la veda está abierta para las mentes ávidas.
Algunas
de las fotos, que por cierto, no había visto antes ni en libros,
ni en catálogos, ni en otras exposiciones, me parecieron
exquisitas, de tal delicadeza que aun conociendo las armas del
fotógrafo, no pude dejar de sorprenderme.
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A modo de moraleja didáctica, al final, un video de media hora te
cuenta cómo trabaja Chema Madoz. Un pequeño documental que
nos acerca a los secretos que encierra el alma de algunas de sus
obras. Visto de cerca, en la intimidad de sus preparaciones,
explicando el proceder de sus mañas, me pareció humilde, paciente
y comedido. Esforzándose por desmitificarse, restando importancia
a la magia que desprenden sus imágenes.
Piensan
algunos que en muchas de sus construcciones late la irreverencia
surrealista de Magritte (la nube enjaulada, una de las poquísimas
fotos en las que se permite el uso de Photoshop, puede ser un
guiño claro). Yo, sinceramente, no lo creo. Hay concomitancias que
nacen de dentro y están por encima de tiempos y circunstancias. El
surrealismo, con sus juegos oníricos rescatados del subconsciente,
no encaja con la meditada compostura de Chema Madoz, más
afín quizás con Joan Brossa y su lírica de sensaciones
encontradas.
Sus planteamientos son racionalistas, rumiados,
perfeccionistas. Poseen la exactitud de un relojero y la frescura
de un piloto de aviones. Las obras de Chema Madoz son
piezas de puzzle sacadas de distintas cajas y ajustadas sin que se
note. De aquí nace una imagen nueva crecida y efectista, una
recreación potente que nos lleva por un camino que no habíamos
sabido ver. Son ideogramas de un lenguaje inventado que nos
arrastran como un alud de impresiones invisibles.
Sema
D´Acosta, 2006.
fotografías por cortesía de Fundación Telefónica.
www.telefonica.es/fat |
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[ilustración de
elizabeth ross] [www.elizabethrossmx.com] |
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Mi
nombre es Paula y estoy enamorada. Duermo lo estrictamente necesario y
sueño con el amor. Marco dice que en cuestión de segundos entro en la
fase Rem y mis ojos se revuelven como liebres en un morral, que emito
leves gemidos y me despierto sudando. Me excita saber que mi amante se
encuentra a pocos centímetros y que en los momentos puntuales que no
me toca me extraña con toda su alma. Me excita el aroma de su piel
confundido con el olor del tomillo; siempre nos hospedamos en un
parador de la Sierra. Sin embargo, hoy huele a salitre y pescado.
Es
extraño, pero no recuerdo haber viajado hasta el mar. Marco y yo somos
acérrimos detractores del cabotaje. Ahora mismo dinamitaría el ojo de
buey que me arroja un insufrible rumor de olas y marineros, motoras y
gaviotas. Me doy la vuelta y mi amante se halla a mil kilómetros de
distancia; entre nosotros hay un escritorio con un quinqué y un
catalejo oxidado. Es la primera vez que dormimos en camas separadas.
La megalítica espalda de Marco me ofrece una versión diferente de la
realidad. Parece un gran escudo, una fortaleza o una cordillera
infranqueable. Y su piel está desprovista de arañazos; con lo que
disfruta cuando dejo mi impronta en su columna vertebral. Bajo las
literas hay una gruesa línea blanca que recorre las tablas del piso,
asciende por la pilastra, avanza por el techo, desciende y secciona el
compartimiento en dos partes idénticas. A un lado de la línea yazgo yo
con el rostro transfigurado; al otro Marco durmiendo plácidamente.
Parece que en el suelo hubiese orinado un iguanodonte. Las manchas de
humedad son como células bajo el prisma del microscopio, países
devastados de un mapa infernal. El indecoroso rastro es el reguero de
nuestras lágrimas. Había olvidado que hace meses que no nos amamos y
que la inconsciencia es sabia y me dota todavía de todas esas cosas
que no poseo ya. Por ejemplo el deseo, aunque no sea más que en
sueños.
De
repente Marco gira su blando cuerpo y me dedica una mirada sin vida.
Sus ojos me traspasan y se pierden en el horizonte atestado de olas y
marineros, motoras y gaviotas. Aún no sé si en realidad no me ve o no
quiere verme o habitamos universos paralelos. Bajo nuestros pies
crujen las tablas como paredes de un corazón de madera y tan sólo nos
resta vagar de un lado a otro de este turbador camarote. La mañana que
uno de los dos ose cruzar la línea nos besaremos apasionadamente o por
el contrario haremos algo que nunca, pero nunca, podremos olvidar.
Nacho Albert, 2006.
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[abismo]
juan jesús sanz [www.euskalnet.net/juanje/] |
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Exposición NuevaSpaña. Galería Casaborne,
Antequera (Málaga). Callejón de la Gloria, 1. Hasta 15/06/06
Miguel Pueyo se ríe de las sentencias
solemnes acerca de la inminente división del Estado Español. Ante la
jauría de voces tremendistas, más preocupadas por el carácter sagrado
de las palabras –ahora le toca el turno a nación,
nacionalidad, realidad nacional y otras
derivacioncillas de nuevo cuño; ayer fue el sacrosanto vocablo
matrimonio…- que por el carácter sagrado de las personas y sus
vidas, Pueyo despliega una imposible cartografía de pueblos en
desencuentro. Una NuevaSpaña –como él la denomina- en la
que virtualmente (en una especie de futuro irreversible al que
podríamos temer) Cataluña, el País Vasco y Galicia han sido,
literalmente, borradas del mapa. Surge con este dibujo digital una
perspectiva de nuevos horizontes –desde la hoja de sala de la
exposición se bromea con la cantidad de playas vírgenes que han
brotado de un plumazo para regocijo de una nueva estrategia turística-
pero, sobre todo, queda patente ante nuestros ojos la estulticia de
muchos que se empeñan en venerar las banderas como nuevos santos en
sus enhiestos altares.
Tendemos a subrayar las líneas que nos
dividen y que, por ende, nos hacen diferentes. En esa competencia de
locos, tal y como se plantea el panorama, hasta los andaluces
deberíamos considerarnos una nación como Dios manda si no queremos
seguir en tercera división. Pues lo importante, como decía, son las
palabras que nos meten en cintura y nos resetean hasta dar lugar a una
nueva memoria histórica-histérica. Cualquier día reivindicamos el
Reino Nazarí de Granada, sus banderas y blasones, y así en esta tierra
de nadie, y con Picasso y Antonio Banderas como escudo, nos inventamos
un paisito digno de, por lo menos, Eurovisión.
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El mismo tono risible usa Pueyo en
Lehendakaritza, fotografía manipulada que nos introduce en una
mareante perspectiva forzada. El individuo multiplicado sin
límites, tocado a la usanza vasca, aparte de la comicidad que
suscita en nosotros por el gesto severo y el porte seguro, podría
cuanto menos agitar el temperamento de los más sensibles a las
globalizaciones varias. Desde su perspectiva de navarro, con el
conflicto vasco nada más poner el pie en la calle, el artista
demuestra un tanto de ausentamiento, de distancia, que es de
agradecer. No hay nada como reir desde dentro las falsas glorias,
hasta las pretendidas globalizaciones con fronteras en las que
todos deberían tener el mismo discurso y poblar sus mentes con los
mismos teoremas de la salvación.
Quizá sea Zulo, obra en DVD, tanto más estética como
fría a nuestros ojos. Por la impecabilidad de su fotografía y el
cuidado de la imagen, e incluso de el trabajo actoral del
personaje encerrado. No sé si supera la experiencia ya vivida por
el artista en 2004, cuando reprodujo las condiciones de
habitabilidad de un zulo en un centro cultural de Salou. Pude leer
en unas palabras suyas que había esperado demasiado del arte como
removedor de conciencias, toda vez que apenas cincuenta
personas de mil quinientas se prestaron a ser secuestradas un
mínimo de diez minutos para experimentar alguno de los síndromes
del secuestrado. La gente, tan apática, pasa por la exposición en
apenas cinco minutos y se va, claro, no ve el sentido de
participar en algo así.
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Todas estas realidades apolíticas –dice el
artista que lo son, creámosle-, sumadas a la frivolidad con que las
noticias de terrorismo, guerras, altos al fuego y enriquecimientos de
uranio son recitadas en letanía informativa, no pueden ya conmovernos.
Hace mucho tiempo que sobrepasamos esa línea.
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[líneas
divisorias] arturo marín sanz [arturomarin.blogspot.com] |
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“Las líneas divisorias no existen; como no
existe la imposibilidad de un sueño, si el deseo es tan intenso que no
duda”.
A veces, somos tan
felices viviendo experiencias propias, que surge la necesidad de
traspasar la intimidad y hacer partícipe al prójimo de nuestra fábula.
He aquí, una selección de autores y obras, que no han resistido al
placer de interactuar con el espectador espontáneo y casual, de
movilizar gestos e intenciones, de involucrar y hacer soñar; sobre
todo, de convertir sus causas en experiencias vivenciales
inolvidables.
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Susy Gómez,
(Pollença, Mallorca 1965) siempre en la búsqueda y el estudio de las
reacciones del sujeto y exprimiendo las posibilidades simbólicas
de lo cotidiano, mostraba la pasada edición de Arco, Un
lugar donde reparar algún deseo, en la galería
Horrach Moyà de Palma. La artista, regalaba algodón de azúcar,
cuyo palito debía clavarse posteriormente en un inmenso corazón
rosa, que atesoraba la atención de golosos y visitantes.
Con este gesto, Susy juega, se divierte y nos invita a
invocar deseos, a saborear su obra y a reflexionar sobre la
realidad esencial del amor.
La acción, que recupera fragmentos de la infancia, se
completa con un desfile de flores forjadas en hierro, repartidas
en el suelo alrededor del corazón aguijoneado. Su rotundidad,
materialidad y firmeza, otorga a la obra un halo de teatralidad
inquietante, que algunos han querido leer como manifiesta
tridimensionalidad del espíritu.
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Del gusto al tacto.
Mudar el paisaje,
el proyecto que
Carolina Belén Martínez,
(Buenos
Aires, Argentina, 1976) presentaba en la Casa Encendida –Madrid-,
coincidiendo con Arco 06’, responde a la necesidad de pertenecer y
afectar al paisaje, de polinizar y erosionar, de vestir y desvestir, a
través de un vaivén de piedras que la artista se apropia en sus viajes
y sobre las que imprime fotográficamente, el mapa de su lugar de
origen. Cada piedra impresa, viaja a otro lugar e invita, al
afortunado espectador que la descubra, a copiar la idea y comentar
hacia dónde se dirige, enviando un e-mail a la dirección
mudar_el_paisaje@hotmail.com
La
fuerza poética del proyecto -que consta de dos partes: la acción
descrita y una instalación- reside en el desconocimiento del recorrido
que harán dichas piedras; un guiño sobre el continuo fluir de la vida,
los cambios propiciatorios y la no apropiación del entorno.
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Cómo
intervención en el espacio público y con el público, Fernando Rubio
Ahumada, (San Bernardo, Colombia, 1970) nos cuenta que
el proyecto Dejar Huella es una invitación abierta a
todos los transeúntes, de todas las edades y condiciones sociales,
para intervenir un lugar afín y emblemático a la
sociedad-barrio-comunidad para la que se plantea.
Su
acción consiste en imprimir las huellas de los habitantes o visitantes
de un lugar, en cera de abeja líquida, fundida a 40º C y teñida de
rojo. Los calcos en negativo de sus dedos, se transforman de inmediato
en sugerentes flores, listas para construir líneas o volúmenes, que
resalten la estructura y disposición de un lugar determinado, no
necesariamente monumental. De esta forma, Fernando consigue reinventar
miradas sobre el entorno urbano.
Trabajar con las manos, tocar la materia y sentir su transformación,
permite construir una visión íntima del mundo; aunque sea efímera.
Calles, plazas y edificios, desprenden un aroma especial, envueltos de
pequeñas piezas táctiles con personalidad propia.
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Finalmente, destacamos el último proyecto realizado por la
multifacética artista Luz Darriba (Uruguay, 1954).
Imaginemos qué supone, encontrar al paso, una enorme biblioteca a
nuestro alcance; miles de libros anónimos envueltos que interrumpen la
circulación. El tropiezo visual debe ser delicioso.
Bibliotecas de Babel
es una acción celebrada en Lugo, el pasado 23 de abril, con motivo del
Día Mundial del Libro y en el Veinte aniversario del fallecimiento del
escritor Jorge Luís Borges, para potenciar el intercambio de ideas,
palabras y pensamientos.
Tan
sólo a aquellos que escriben un texto de cosecha propia, una
sugerencia o una reflexión acerca de su relación con el mundo
literario, se les regala un ejemplar -desconociendo su contenido- y se
les permite continuar la marcha.
Los
libros entregados provienen de la experiencia Cumulum: una
iniciativa colosal, promovida en el año 2000, por la artista, para
recubrir la muralla romana de Lugo, con libros donados generosamente;
gracias a la cual, la muralla fue nombrada Patrimonio de la Humanidad.
En
consonancia con la continuidad del proyecto, las frases y textos
recopilados en Bibliotecas de Babel, se utilizarán para componer un
catálogo futuro.
La
acción, en sintonía con otros trabajos de Luz, permite el intercambio
de ideas y el trueque de expresiones, en un espacio diáfano, sin
barreras comunicativas; un bis a bis con la práctica literaria, el
diálogo y la imaginación.
En
definitiva, las experiencias sensoriales anteriormente descritas,
aparcan la idea de arte contemporáneo como privilegio incomprensible.
Su carácter provisional, nos permite disfrutar temporalmente del
entorno, sin dañarlo. Sin duda, determinados encuentros y notas
lanzadas desde mentes inquietas, convierten el hecho artístico en una
fiesta, a la que todos podemos asistir.
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[Líneas
divisorias]
norma goro |
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Cuando descubrí a Enrique Zabala algo difícil de nombrar me noqueó.
Topé con su bitácora personal justo cuando la afición blogger
eclosionaba inevitablemente. Me interesaron sus palabras, de un hálito
siempre agudo; luego un diminuto enlace me llevó hasta sus dibujos
–que, como le dije en una ocasión, me parecen tan sushi-, de
los que prometo hablarles algún día, y por último conocí su pintura,
en ese orden.
Ahora nos
encontramos piedra contra tijera para hablar de performances.
Al principio eso también me sorprendió; se trata más bien de
propuestas para performances de código abierto, esbozadas en el
blog personal y por tanto lanzadas al cibermundo por si alguien
entiende el guiño y decide morir como un artista. En ellas el artista
puede sentir cómo taladran su cráneo unos cilindros telescópicos,
contaminar su respiración con CO2, desangrarse lentamente por la
acción de unos vampiros, ser enterrado vivo en el jardín de Peggy
Guggenheim o sepultado por el chorreo incesante de pintura industrial
en una réplica de un cuadro de Pollock.
Elektra, 2006.
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LF._ ¿Por qué la autonegación? Cada vez que me aproximo a tus
escritos, hay un tufillo suicida que lo sobrevuela. Desde la
futilidad (y sin embargo necesidad) del hecho de pintar hasta el
cuestionamiento del papel del artista como un ser que obsequia al
mundo con más objetos innecesarios.
EZ._
¿Por qué la autonegación? Has de conocer mis referentes. De niño me
regalaron una colección de libros que aún conservo. En ellos aparecía
un capitán que se llamaba a sí mismo Nemo; nadie. Otro personaje de la
Grecia arcaica se hacia llamar Nadie para vencer a los monstruos. A
los 15 años leí a Gregory Corso, a Kerouac y a Burroughs. Aprendí
inglés traduciendo y entendiendo las letras de Lou Reed. Perdí mi
virginidad rodeado de números de la revista Star. Luego llegó Hubert
Selby. Sam Shepard y sus Crónicas de Motel, mi libro de cabecera. Este
mundo necesita más Sam Shepards. París-Texas, ¿qué me dices de
Paris-Texas? ese americanarama perverso tan fascinante. Las pinturas
negras de Goya. Más tarde, un intento por comprender de la mano de
autores como Cioran o Schopenhauer. Levi-Strauss, ¿qué me dices de
Tristes Trópicos? Ahora, Pascal Quignard. No te diré que nací con
estas tendencias, ni que llevo la autodestrucción en mis genes;
tampoco te dire que llevo tal concepción suicida de la vida en la
sangre. Tonterías. Todo lo que sé, todo lo que soy, se lo debo a estos
autores. Y a otros muchos. Son mis fetiches y mi referencia, mi
alimento y mi fuerza. Para bien o para mal.
LF._ El panorama
artístico que nos circunda me resulta un tanto gris, como una tarde
plomiza. Hay un buen racimo de artistas que basan todos sus argumentos
en cuestionar (otra vez) los circuitos del arte. Veo tu pintura
desentendida de esas historias posmodernas, pero leo tu cuaderno de
bitácora y algo me perturba. ¿Cuál te gustaría que fuera tu
posición final como artista? Me refiero a cuando te busquemos
en los libros de arte…
EZ._
Entiendo que argumentos y tendencias de las vanguardias históricas
continúen siendo desarrollados y estudiados. Lo entiendo como un
proceso necesario e inevitable. Tal desarrollo, sin embargo, ha de
tener implicaciones narrativas, teóricas e históricas coherentes, y
esto es lo que demasiados artistas continuamente obvian. Por poner un
ejemplo, hablando del cuestionamiento de los circuitos de exhibición:
ese grupo de artistas del que hablas se enfrenta al mundo del objeto
artístico tal como lo hicieron Daniel Buren o Marcel Broodthaers a
mediados de los 60. No han estudiado, sin embargo, a fondo el sentido
de tal enfrentamiento en el momento histórico en que se produjo. Es
así como, periódicamente, aparecen artistas que se atribuyen el deber
de liderar un movimiento contra, por ejemplo, ese formalismo (que
únicamente intuyen, creeme, nunca han oído hablar de Greenberg) al que
atacan ingenua y aburridamente en una inconsciente y orgullosa
repetición de la misma tragedia, esta vez auténticamente como farsa.
No digo que no haya buenas obras ahí fuera; digo que hay demasiada
basura por en medio como para que sea tarea sencilla estar al tanto y
poder moverse con cierta agilidad entre tendencias, teorías y autores.
Respecto a mi pintura: no soy un formalista excluyente, en mis últimas
obras puedes rastrear notas a pie de página de los últimos cuatro
decenios de historia del arte. Se encuentran estructuradas a
diferentes niveles siempre formando parte de una sólida narración de
fondo. No me pidas, sin embargo, que te explique tal estructuración.
Tal vez en privado. ¿Mi posición final como artista? No creo que haya
producido aún la obra por la que podría llegar a captar la atención de
las instituciones y acabar citado en algún libro importante. Si tal
caso se diera, me agradaría que la lectura fuera cercana a la del
espectador ideal que reclamo: una lectura que debe tener en cuenta
potencias narrativas, históricas y estructurales.
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LF._ Hablemos ahora de vivir y
morir como un artista. Nos propones unas performances de
código abierto, en las que el público pueda asistir al momento del
exitus, la muerte pública
del artista. Quiero pensar que no aludes a tí mismo, y en todo caso te
sería imposible practicarlas todas. ¿Cuál es la línea que separa el
deseo de autodestrucción de un finísimo sentido del humor? ¿Qué lugar
ocupan estas performances en tu ideario, son sólo un entretenimiento,
un ejercicio de estilo? ¿Hasta qué punto te gustaría que llegasen? Y
permítme una bonita frivolidad, ¿piensas en alguien concreto cuando
diseñas estas picotas modernas?
EZ._
Te soy sincero, no pienso en nadie en concreto. ¿Ironía? No son
aburridas, pero tampoco son simples ocurrencias o chistes. Date cuenta
de lo cómplices de las últimas tecnologías que son estas performances:
son necesarios artilugios electrónicos, sensores, motores,
proyectores, líquidos industriales de última generación. Vives en un
ámbito tecnológico, mueres en un ámbito tecnológico. Date cuenta de lo
cómplices de lo espectacular que son estas performances: el cese de
cualquier visión autocomplaciente por parte del artista, su exhibición
impúdica. Cómplices de lo fetal: el artista, de diferentes formas,
vuelve a entrar en la cavidad del origen, sumergiéndose, aislándose
con dolor, siendo humedecido y bañado, con cordones umbilicales aquí y
allá. Cómplices de lo sensorial: mueres escuchando, observando,
palpando, oliendo, sufriendo. Cómplices del destino: el arte se vuelve
contra el artista acabando de una vez por todas con él. Cómplices de
lo social: la muerte deja de ser un acto de soledad, es un acto que
requiere la presencia y la colaboración del otro. Cómplices de lo
fatal: la muerte, ahora sí, pasa a ser el sentido de la vida.
Cómplices de lo divino: el artista decide el momento y la forma de su
muerte, ninguna de las previstas por Dios. Cómplices de lo sagrado: el
último acto de comunicación, el sacrificio, morir por el arte o por lo
que sea, pero con resplandores de santidad. Todas estas complicidades
rebotan en paradojas extravagantes: el artista muere ausente frente al
mundo que lo observa atentamente, convierte el instante de la muerte
en argumento, usa la razón en el momento más idiota de la vida, hace
sociable el indecoroso momento final. Añade a esto todo un conjunto de
metáforas relativas al uso y abuso del arte, a su historia y a su
significado, a sus objetos y a sus conceptos. Observa la
pantallización del arte, la destrucción del allover, el nacimiento de
la instalación. Sigue añadiendo todas las implicaciones culturales del
suicidio. Y podríamos seguir. A esto es a lo que me refiero con una
estructuración a diferentes niveles. Sin embargo, lo mejor de todo es
que a los artistas conceptuales les sucede como a los guionistas de
Hollywood: el espectador, el lector, es mucho más inteligente que
ellos. Sólo has de leer los agudos comentarios en el blog para darte
cuenta de eso. Por eso son de código abierto: son un relato a
desarrollar. Puedes llamarlo un ejercicio de estilo. Sobre si me
gustaría que alguién llevara alguna a cabo: por supuesto.
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LF._ En una de las versiones, en las que el artista es enterrado
vivo en el jardincito de Peggy Guggenheim, se incide
particulamente en la necesidad de filmar la performance. Yo
entiendo que todas las propuestas podrían ser muy
cinematográficas, harían las delicias de muchos espectadores en
algún largometraje de muertes en serie; a cada artista pecador,
una muerte en función de su negligencia... ¿te sugiere algo
interesante esa relación?
EZ._
Bueno, supongo que no puedes meter a mucha gente por la noche de
incógnito en el Guggenheim de Venecia sin que te pillen. Habría
que filmarlo para dejar testimonio gráfico. Una película de
suicidios como argumentos artísticos se convertiría en objeto de
culto inmediatamente. De todas formas, espera el resto de series.
La próxima es Vive como un artista, copula como un artista. Ya
sabes, coitus: viaje con el otro, exitus: viaje hacia fuera. ¿Qué
tal una combinación? ¿Recuerdas a Bataille y sus pequeñas muertes?
Es verdad que las propuestas son muy cinematográficas. Date
cuenta: pueden contarse. Son relatos abiertos, son cuentos. En
literatura serían lo contrario a una novela, las novelas no se
pueden contar, están muertas, cerradas y selladas por el autor.
Mis suicidios, sin embargo, están vivos. A este respecto puedes
echar un vistazo al texto de Benjamín "El narrador". Está
publicado en mi blog. Las diferencias que propone Benjamin entre
novela y relato, entre temas primarios y secundarios, son para mí
fundamentales. Lo de castigar a cada autor según su negligencia
nos haría semejantes a Robert Hugues, especialista en el tema. Me
encanta la forma en la que tritura a Jeff Koons en El nuevo
impacto de lo nuevo. En Estados Unidos dicen que no eres nadie si
Hugues no te detesta. Aquí podría suceder algo parecido: no serás
nadie hasta que Elektra planee minuciosamente tu muerte. Te animo
a ello.
LF._ Eres un
cielo. En otra época casi me compro un sarcófago recamado de
jeroglíficos para uso personal. A estas alturas estoy a punto de
hacerte un encargo. Y que diseñes para mí una muerte ideal, para
cristalizar como reliquia.
EZ._
Hey! ¿Forma parte esto de la entrevista? No sé por qué pensé que
se trataba de una especie de conclusión. Y ahora, releyendo...
En todo caso, te imagino luciendo uno de esos barrocos anillos
rellenos de dulce y mortal veneno. Como el que lucía Sandokan.
Siempre he querido uno. Te veo sorbiendo delicadamente su
contenido, con una sonrisa y una suave caída de párpados. ¿Dónde?
Ayúdame un poco, anda. Dime tú dónde.
LF._ No sé muy
bien donde beberme el anillo, cariño. Déjame tiempo para
pensarlo...
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Enlaces a los textos de "Vive como un
artista, muere como un artista": Vive.
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Vive. Muere 005
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Vive. Muere 006
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