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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[LUZ] |
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[ilustración de daniel ubertone] |
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Todo empezó cuando se estremeció la tierra
y una fuerza superior a mí me conminó a desplazarme. No opuse
resistencia y me dejé arrastrar porque resultaba cuanto menos
divertido deslizarse por aquella cavidad. Un remoto balbuceo fue
tornándose gradualmente en un lamento inaguantable; pronto distinguí
la voz de mi progenitora sobrevolando un bosque de palabras inconexas.
Algo parecido sentí la primera vez que viajé en avión; crucé las
puertas mecánicas del aeropuerto, salí al exterior y el viento del
norte congeló mis pestañas. Aún recuerdo con cierto desagrado cómo
reaccionó mi piel ante el frío atroz del látex. Entonces me cogieron
de los tobillos y me pusieron boca abajo, parecía un vulgar quiróptero
o un jamón tendido al gélido céfiro de la Sierra; me golpearon con
fuerza donde la espalda pierde su honroso nombre y lloré amargamente.
Sobre todo lloré amargamente cuando abrí los ojos y no vi nada. Mi
angustia colmó de malos augurios las paredes de aquel reverberante
quirófano.
Ciego de nacimiento era un calificativo terrible. Con tal de
erradicarlo me haría poeta, un éxito fulgurante; traducirían todos mis
libros del Braille a docenas de idiomas y dialectos. O cantautor;
siempre ataviado con gafas negras, aferrado a una armónica cromática y
sentado a un piano de cola. O paisajista; sería popular por mis
estrellas de color índigo y mis prados de color púrpura. Tendría una
singular concepción de los colores. Apenas entendería de cánones,
formas y volúmenes. Moldearía a mi antojo animales y seres humanos
creando nuevas e insólitas especies. No estaría sujeto a los
imperativos de la realidad y la luz sería justamente como yo quisiera
que fuese. Sin género de dudas la paleta de mis sueños haría las
delicias del movimiento surrealista. Pero la ciencia avanzaba más
rápido que mis cábalas y un equipo de especialistas planteó a mi madre
la posibilidad de intervenirme. Con total seguridad vería; tendría la
oportunidad de conocer ese mundo maravilloso del que me privaron al
nacer. Durante trece años habité un paraje umbrío hasta que una mañana
de marzo moví los párpados.
La luz incendió mi retina, aunque nada comparable a mi luz
interior. No me satisfizo lo más mínimo la aciaga luz de ciudades
devastadas y ríos desbordados, de cuerpos mutilados y plagas diseñadas
en laboratorios… Supe enseguida que extrañaría de por vida mis
impulsos eléctricos y el arduo trabajo de mis neuronas cuando solían
inventar los colores de un páramo. La decepción, la nostalgia y el
vértigo me oprimieron la nuez. Nunca más compondría imágenes en las
sombras. La realidad que se extendía ante mí como alfombra de
rescoldos era una pantalla distorsionada, menos fértil que la que
había vivido yo. Yo era feliz en mi desconocimiento y tuve el
infortunio de ver. Tardaría en reponerme de aquella ingrata sorpresa y
rompí a llorar. Durante semanas lloré amargamente, tanto o más que
aquella mañana en aquel quirófano… Todavía hoy porto una venda que
sólo me arrancaré cuando impere la beldad; penitencia o sacrificio,
qué más da. De momento prefiero el pequeño candil que centellea tras
mis ojos yermos, el foco puntual que alumbra vagamente mi pensamiento.
Nacho Albert, 2006.
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[LUZ]
enrique zabala [www.enriquezabala.com]
[00e00.blogs.com/spanish] |
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Muero todos los días.
Creo que nada resume más contundentemente el ansia de la creación
artística. Esta cita, extraida de una de las cartas de San Pablo a los
Corintios, es para Tobías Rehberger el título de su exposición
y el argumento de anclaje para enseñarnos todo ese ingente portafolio
de proyectos desubicados que constituyen una trayectoria paralela, la
de los trabajos no llevados a buen puerto, los que nunca hasta ahora
vieron la luz. Su muestra fue, al fin y al cabo, una suerte de
resurrección afortunada; el rescate de proyectos específicos de
iluminación que, puestos en pie y reunidos en un espacio singular, se
convirtieron en una extraña celebración cromática.
Su propuesta puede ser también tomada como una metáfora de
los tiempos que corren en cuanto al mecenazgo artístico. Es la era de
la instalación, los proyectos de intervención y cualquier disciplina
inasequible. Hoy toda trayectoria artística que se precie (esto es,
que sea reconocida por los medios) pasa por realizar más de un
proyecto inasumible que financiará alguna entidad desinteresada.
Muchos –muchísimos, dada la vigencia del orgiástico desfile de
certámenes, convocatorias, festivales, bienales y otras excusas para
el divertimento refinado- de ellos quedan en el papel y no verán jamás
la luz. Y no valdrá para ellos una promesa de resurreción, y más nos
vale así.
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No es ya el caso de Tobías Rehberger. Se conjugaron los
astros y ha podido ser esta jaula adamantina la que proporcione metros
cúbicos de aire iluminado a las esculturas-instalaciones del artista.
Viéndolas enlazadas por la luz, atravesándolas –como sugiere el
traslúcido aspecto que disfrutan- con nuestras retinas, sorteando la
osamenta clásica del palacio desde el exterior o ya insertos en su
seno… En cualquier caso, palpamos la luz. La luz que brota en el
interior de estos objetos (difíciles de clasificar como arquitecturas
o esculturas) de mano de la mágica intervención eléctrica; y la que se
confina en el invernadero, aquella que, tras penetrar los vitrales
queda encerrada en un repetitivo desfile silencioso de reflejos,
rebotes y resaltos.
Puede que sea la más acertada de todas cuantas propuestas
hayan sido efectuadas en este frágil recinto. Por cordial mimetismo,
por simbiosis, por simpatía. Sólo me queda una duda. Amalgamados así,
obligados a soportarse, ¿serán estos proyectos enseña de lo que
querían aportar en su concepción original? Esto es, ya que fueron
diseñados para mejorar el espacio público, para dotarlo, ¿qué función
cumplen ahora? ¿Cae el artista en un glamouroso esteticismo que
relativiza sus propiedades?
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Muero todos los días (II). Se da la gran ironía,
sin embargo, de que esa misma frase –un tanto agónica- podría ser
pronunciada –si los edículos tuviesen el don de la palabra- por el
propio Palacio de Cristal de El Retiro. Nos llegan disimuladas
advertencias de que el magnífico pabellón podría dejar de alojar, como
hasta ahora, una sección de las exposiciones temporales del Reina
Sofía. A este Museo que quiere perpetuarse como Museo y olvidar su
primigenia identidad como Centro de Arte (si es que no lo ha hecho ya,
tal reza su sitio en la red con nueva nomenclatura) se le hace grande
la encomienda de programar las exhibiciones de este espacio
difícilmente equiparable desde cualquier otro. Las nuevas e insulsas
salas del adosado de Jean Nouvel darán al parecer demasiado trabajo,
que rendir el merecido culto y las consabidas ofrendas a las viejas
glorias conlleva el suyo…
Ana Martínez de Aguilar, la directora del espacio, reconoce como
lastre el carísimo añadido arquitectónico, toda vez que lo asume como
uno de los factores que agravarán la ya manifiesta carencia en
términos de plantilla. Es al menos amarga esta cándida asunción de
precariedad. No dejo de ver el MNCARS (incómodas las siglas, ¿cierto?)
como un apesadumbrado circo donde la mujer barbuda se vuelve lampiña y
los leones deshojan margaritas…
Pedro Alarcón, 2006.
fotografías de Rocío Alarcón, por cortesía
de Museo Reina Sofía - Palacio de Cristal de El Retiro.
www.museoreinasofia.es
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[LUZ] daniel ubertone |
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Ando medio enloquecida desde que he decidido reacondicionar
mi alcoba. Hace buen tiempo. Nada más ideal que estas inusuales (por
calurosas a destiempo) tardes de marzo para corretear buscando la
decoración ideal, y nada más frustrante que encontrarse (ingenua de
mí) con las mismas insípidas franquicias de interiorismo que prometen
mucho más de lo que pueden darnos. He decidido, exhausta, regresar a
casa con las manos vacías. Y, por ende, mis mesillas de noche de línea
posminimalista en color nuez oscura siguen tan inhóspitas como ayer.
He descolgado el Barceló que un día compré por equivocación
–debería haberme percatado de lo pronto que se descomponen estos
cuadritos- y en su lugar he puesto una fotografía cachondísima de
Cindy Sherman que me recuerda mis años mozos –cuando me cardaba como
una bellaca-. Me ha bastado un cigarro al borde de la cama para volver
a dejar el testero vacío. La desolación se ha hecho palpable –densa
como una verborrea de Antonio Gala- y aquí me hallo circunspecta
observando el desnudo horizonte de mis mesillas de noche. Estoy a
punto de filmar mi abatimiento –fingiendo alguna intención- y
presentarme a algún certamen de Cajamadrid. Si Ana Laura Aláez puede
ser videoartista yo no me veo tan limitada…
No obstante, y como soy ave de nocturnidades y alevosías
varias, tras denodados merodeos por la red de redes e incontables
pitillos aplastados con saña en un cascarón roto de Fabergé que tengo
por cenicero posconceptual, he visto la luz. Ahora me falta un
empujoncito, y que alguno de mis sabios consejeros me anime a
decidirme por alguna de estas ingeniosas lamparitas. No se corten,
pues acepto recomendación.
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La más práctica sería la obra de Vittorio Messina, “Home
sweet home”, por eso de que necesito un poco de luz para
seguir leyendo naderías sobre pintura y novelas muy negras.
Lo que más me atrapa de esta pieza es el alabastro, con esa
mórbida capacidad para hacer de algo tan inerte una piel tan
sensual. Las delgadas placas de alabastro, que recuerdan al
pergamino y a las ventanitas románicas de muchas iglesias
encantadoras, serían una mullida caricia para amortiguar mis
atormentados sueños. En su epidermis puedo entrever un tímido
ikebana esbozado por la serenidad de su veta marrón avellana, tan
delicada.
Y la prometedora cita, quizá por ello también descorazonadora en
el futuro, un tímido bálsamo para mis heridas cotidianas. |
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Tampoco estaría mal “Venire alla luce e lasciarci le penne”,
de Nicola Toffolini.
Una frágil y ascética gavilla de alambres de acero y plumas de
cisne sutilmente cimbreados por un ventilador, apenas iluminado
por diminutos puntos de luz. Me fascina la capacidad poética de
esta obra, que con el casi imperceptible movimiento de las plumas
parece hablar de la energía que está en todas las cosas, por no
hablar de la sencillez compositiva.
Sólo me inquieta la posibilidad de que no me concentre en la
lectura con el ronroneo del ventiladorcito. |
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Federico Biancalani, por su parte, ha compuesto “Cavolo
bianco”, una coliflor con plexiglás y resinas sintéticas a
partir del molde real de una coliflor de supermercado.
Al introducir en ella una pequeña lámpara dicroica ha conseguido,
muy a pesar de esa vulgar génesis, un especialísimo cruce entre
medusa y rosa del desierto.
Es lo orgánico de cada una de sus hojas, la finísima naturalidad
que rezuma, lo que me subyuga. |
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La última de mis opciones me dejaría casi a oscuras.
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[LUZ]
norma goro |
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Exposición Ventanas iluminadas. Hasta 09/06.
CAAC,
Sevilla.
De un tiempo a esta parte la oferta
expositiva del CAAC se ha desinflado como un globo pinchado. Lo último
que vi bueno de verdad fue la antología de Pepe Espaliú en el año
2003. Mira que me esfuerzo por no perderme ni una de las muestras,
mira que le tengo aprecio y cariño al centro, pero nada, desde que
José Lebrero cogiera los mandos no acaba de despegar, se mantiene en
un vuelo rasante muy poco elevado que no logra concretar ninguna
retrospectiva de tronío. No sé si será la limitación de los
presupuestos o la falta de imaginación de los gestores-productores, el
caso es que lo que debería ser uno de los bastiones referenciales del
arte contemporáneo en el sur se pierde en ejercicios menores de
justificación política. En fin, no quiero señalar con el dedo a nadie,
pero los mandamases, los que manejan el dinero, en vez de inventar
entelequias con montantes económicos exagerados, caso de la bienal de
Cabo de Gata, deberían potenciar sus baluartes para no alimentar
gigantes con los pies de barro.
Tras este pensamiento en alto, más realista de lo que
quisiera, en honor a la verdad tengo que decir que hay detalles del
CAAC que me deslumbran o me han deslumbrado. Me encantan las pinturas
de Broto en la iglesia; me encantan sus chimeneas; me encanta la
diáfana extensión de sus espacios; me encanta perderme en su patio
-qué maravillas de huertas, qué lugar tan extraordinario para la
reflexión- y me encanta la instalación de los hermanos Mp&Mp Rosado
que puede verse ahora en su acceso de entrada.
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Ventanas iluminadas
me parece lo mejorcito que ha planteado el CAAC en los últimos meses.
Sin hacer ruido, esta obra es un acierto mayúsculo por su concepción,
disposición y desarrollo. La elección de los gemelos gaditanos, que
han ascendido de manera meteórica (y merecida, ojo) hasta alcanzar el
puesto de artistas andaluces revelación del momento, es una apuesta
que demuestra agilidad y criterio. Su arte inteligente cargado de
relaciones y asociaciones evocadoras, cautiva al espectador por su
calidad semántica y la convicción de sus planteamientos. Su mentor,
Pepe Cobo, que apostó por ellos de manera ciega, gana en credibilidad
como mecenas y galerista al ver antes que nadie las cualidades
artísticas de un dúo que dará mucho que hablar en el próximo lustro.
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Por descuido, me entretuve demasiado en un café
interminable de reencuentro, llegué al Monasterio de la Cartuja cuando
la noche ya había caído. Lo que podía haber sido un desacierto
imperdonable se convirtió, sin querer, en un instante certero. Llego a
la hora exacta para contemplar despacio la invocadora atmósfera que
creaban las luces silenciosas de las ventanas de los hermanos Mp&Mp.
No había nadie y divagué goloso sugestionado por el ambiente……
Cuando anochece en cualquier ciudad del
mundo, una postal taciturna inunda las calles. Eterna, repetitiva,
constante. Miles de ventanas de cientos de edificios anónimos se
iluminan de modo intermitente. Esta ciudad no tiene nombre o tiene
todos los nombres; posee, sin pretenderlo, el secreto de la identidad
de lo urbano: la soledad indescriptible, anodina, pacata, que
encierran hogares inconexos establecidos sobre grandes estructuras de
hormigón, unas detrás de otras, como un desfile de ausencias, hasta
formar manzanas y barrios y ciudades.
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Desde la lejanía no se distingue nada, sólo la
evidencia de que en ese trocito minúsculo de piso hay una vida tras
los cristales. La mejor vida o la más mísera, da igual, ese anonimato
convierte a las urbes modernas en contenedores de individuos que se
hacinan de modo estructurado, una triste metáfora del mundo de hoy. No
somos más que personas deshumanizadas que se han convertido en un
cúmulo de compromisos ineludibles. No vemos, ni oímos, ni sabemos. No
nos interesa qué ocurre fuera, nos engulle el ritmo de la megalópolis,
no conocemos a nadie más allá de nuestros minúsculos habitáculos.
Voces, amores, ruinas o sueños se esconden tras un frágil vidrio que
delimita una frontera infranqueable de vidas desconocidas, de mundos
olvidados que sobrellevan con dignidad la pesada responsabilidad de la
existencia.
Sema
D´Acosta, 2006.
fotografías por cortesía de Centro Andaluz
de Arte Contemporáneo, Sevilla.
www.caac.es
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[LUZ]
norma goro |
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Exposición Capas de gelatina. Hasta
28/05/06. Cacmálaga,
Málaga.
Si algo
apetece en primavera, es abrir los ojos y encontrar una expansión de
colores derretidos, como el helado del fondo del plato después de
haber degustado la última cucharada.
Si algo apetece, es imaginar que Peter Zimmermann ha conseguido
atrapar la fosforescencia de las pompas, que cruzaban en desbandada el
aro mágico que hundíamos en el tubo de agua y jabón, hace años.
Si algo apetece, es dejarse seducir por el brillo esmaltado de los
zapatos de charol, que tantas veces soñé calzar para convertirme en
princesa; el recuerdo escondido del pasillo encerado de mi vecina
maricarmen o los pitillos psicodélicos que le regalé a mamá cuando
pasaron de moda.
Si algo agradezco, son los ojos nuevos que participan, desde ayer, del
baile de matices que zapatea en el cesto de la ropa sucia, del
escaparate de la frutera de calle carretería, con su muestrario de
fruta siempre fresca, de los triquinis de lunares en primicia, de la
sonrisa musical del que ríe porque simplemente tenemos más horas de
sol; de todo lo que no es frío, ni lluvia, ni chaparrones negros.
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La colección expuesta en el Cac, Capas de Gelatina,
presenta un volcado de colores absolutamente apetitoso. Ante las obras
de mayor dimensión, empatizamos con Alicia, en su maravilloso país,
ante inmensas tabletas de caramelo, que chuparíamos como lo haría
Lejía [1], sin dejar rastro.
El proceso que lleva a Zimmermann ante suculento manjar infantil, se
consigue -según he leído- mediante la digitalización, el escaneado y
la impresión de imágenes en transparencias, posteriormente proyectadas
y copiadas sobre el lienzo, en el cual se diluye una receta mágica
a base de resina epoxídica -¿alguien sabe que es eso sin buscarlo en
el google?-. El resultado -que es lo que realmente importa- nos pide
fiesta; desentraña juegos y sutilezas de gran viveza, potencial y
elegancia.
Suaves como un guante de seda, las obras de Zimmermann encuentran la
luz en el color que se hace luz. Dan ganas de sumergirse…
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Ana Robles, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón y Ana Robles por
cortesía de Cacmálaga.
Calle Alemania s/n
29001 Málaga - España
Telf: + 34 952 12 00 55
Fax: + 34 952 21 01 77
E-mail:
cacmalaga@cacmalaga.org
www.cacmalaga.org |
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