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lafresa_cacmálaga
todos los
artículos (publicados o no en la revista) de nuestros colaboradores
habituales sobre la programación del Centro de Arte Contemporáneo de
Málaga entre 2003 y 2005. |
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vanessa beecroft
Ciertas experiencias me reafirman en ciertas teorías sobre la
importancia del contexto para la obra de arte. Las fotografías de
Vanessa Beecroft, así a secas expuestas en los muros desnudos de una
gran sala de arte, podrían constituir fríos desafíos para el
espectador. Nos haríamos eco tan sólo de cierta arrogancia
imperturbable que anida en todas ellas, de una construida seguridad
que se escuda en una medida desnudez –que verdaderamente se parapeta
en otros artificios como una vulgar peluca o unas cintas enrolladas al
tobillo-.
En definitiva, un cara a cara intimidatorio –como aquél con que la
artista somete a sus modelos para seleccionarlas- con el espectador,
que tiene todas las de perder en este particular enfrentamiento.
 
Pero soy incapaz de
separar las cosas. Puedo oír a Bruckner en el discretísimo mp3
que nadie advierte mientras compro medias, y llevar para siempre
prendida esa música –sí, lo sé, tremendista, como todos los de su
tiempo- al calzarme cada uno de esos pares que escogí con cuidado.
Apenas unos segundos tras plantarme frente a estas impúdicas señoritas
–sin el mp3, por respeto al sancta sanctorum-, llegaba a
mí el seductor rumor de la sangre. No sé de lo ortodoxo de introducir
aquí este ingrediente. Pero ya dije un poco antes que sería
inevitable. Muy cerca de mi posición unos altavoces coreaban a dúo el
en principio extraño gorgoteo de la sangre, grabada por Jaume Plensa
exactamente en un punto de su yugular y su femoral, provenientes de la
instalación Wanderers Nachtlied. El resultado, un sonido que
alguien antes que yo ha comparado con unos inquietantes murmullos
tántricos.

Mientras se
solapen en el tiempo ambas exposiciones, y mirando de frente las
modelos abiertamente desnudas de la Beecroft, sólo puedo
interpretarlas como antiguas dominadoras de serpientes. Mi viciada
mente de coleccionista de enciclopedias visualiza la Pothnia
Theron, aquella implacable diosa de pechos turgentes que asía los
reptiles. Y me llega una insólita vibración de las fotografías,
sabiamente enclavadas en un punto indeterminado de unos jardines
florentinos, entre exuberante vegetación y paramentos de estilo
rústico. Lo que veo son iconos del arcano mediterráneo, de
religiones crueles donde la sacerdotisa decidía sobre la ventura
de los hombres, sometidos al único culto verdadero, el de la vida
y la fecundidad.
Y quieren los
astros, en su conjugación, que en otra instalación vecina –ese
fascinante encuentro surrealista del paraguas y no sé qué más
sobre una mesa de disección- suenen unos armoniosos acordes
operísticos a la italiana –del video de la propia artista proyectado en el cercano
espacio 5, documentando su
performance-... Y eso me hace remirar las fotografías,
encontrando sutiles inclinaciones de cabeza, levísimas cadencias
posturales, que nos retrotraen al momento de la Venus
renacentista, con Botticelli a la cabeza. Y nos paramos en un
punto refinado del mismo culto único, la única religión posible en
estas orillas.
Y luego, mucho
después, leo los catálogos, y me empapo del calvario de las
modelos cuando fueron fotografiadas. Algunas de ellas, plantadas
como tubérculos en un túmulo de tierra fértil –dentro de un
apabullante invernadero de hierro y cristal-, soportando no sólo
el ya tortuoso ejercicio de exhibicionismo ante el objetivo
–suficientemente doloroso- sino también ante el público congregado
en una de esas performances a lo grande que luego se miden
por cifras (tántas toneladas de tierra, tántas modelos desnudas,
tántas horas en pie, tánto público reunido…). Sólo en este momento
soy capaz de ver también la figura de María Magdalena –la mujer
insegura, la mujer supeditada, la mujer que ha abandonado toda
subyugación para convertirse en pecadora redimida por la mirada de
otros-, y eso me estimula muchísimo menos.
Cuesta
diferenciar entre esas dos artistas; la torturadora –en el mejor
sentido del término-, la que obliga a extraer los miedos en la
mirada a un tiempo intimidando y proporcionando escondrijos para
el alma… y la ensalzadora, la que ha elevado a esas mujeres
anónimas a categoría de imágenes sacralizadas de lo femenino. Y
esa dualidad difícil sí que es valiosa, pues son dos riberas de un
mismo río.
Elektra,
noviembre de 2005.
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song of songs (jaume plensa)
Reconozco que jamás he
leído el Cantar de los cantares de cabo a rabo; siempre han sido citas
concisas o párrafos inconexos, buscados con intermitente atención. Incurro
en esa parcela de ignorancia. Después de beber demasiado de ciertas
revistas de arte y muchos catálogos pletóricos de ensalmos, sólo me quedan
fuerzas, ya de noche, para leer vulgares secuelas del Nombre de la Rosa,
en esta frenética cadena de libros de thriller-religioso ideales para
soporizarse a gusto a la hora del vampiro.

Y como nunca lo he leido
de cabo a rabo, el Cantar de los Cantares se materializó ante mí, con la
presencia plúmbea de un telón de acero y al mismo tiempo con la frágil
delicadeza de una araña de cristal de Murano. Cientos, probablemente
miles, de caracteres fundidos en metal y suspendidos, aparentemente
ingrávidos, formando en verticales jadeantes las espléndidas frases acerca
del eterno sentimiento del amor. Uno de los regalos de este centro de
arte, el de invitar a los transeuntes –autorizados por el personal de
sala- a pasear entre las cortinas de Song of songs tocando,
atravesando, su grácil estructura. Por mi incorregible pudor, apenas he
rozado con discreción alguna de las letras; pero otros con menos
prejuicios lo hicieron, y la música producida fue intensamente deliciosa.

Qué afán mistérico por
acompañar sus obras de sonidos cuidadosamente escogidos; la música del
silencio en los címbalos goteados de wispern, los tántricos
murmullos de Wanderers Nachtlied y, por fin, el encanto tintineante
al pasar por entre las mágicas bambalinas de Song of songs.
Cualidades todas de una sensibilidad delicada.
Mi perspectiva como
artista me ofrece aún una componente añadida a estas sutilezas. Admiro
sinceramente la brillante humildad que destila en buena parte de su obra.
No en vano Jaume Plensa ha tatuado sobre la piel de su corazón y sobre su
alma de artista las palabras imborrables que jamás perecerán. Las del
famoso libro bíblico –tan sugerente, tan humano, que podríamos temer de la
Iglesia que algún día lo convierta en texto apócrifo para preservarnos-,
las de las cartas de Oscar Wilde, las de los poemas de William Blake –los
proverbios del infierno-; incluso los nombres propios de otros, los que le
precedieron, los artistas que tienen concedido un ya innegable Parnaso y
que Plensa confiesa como maestros.
Las más de las veces, se
versiona, se homenajea, se cita a otros autores con falsa modestia, con
insinceridad manifiesta y, sobre todo, con torpeza. Muchos de los que
parten de la obra de otros lo hacen, sólo necesitan un pretexto
relativamente inmediato, un reclamo para el ojo. Y Plensa parte de una
evidente realidad como lector y casi como poeta. Y eso se trasluce.

El peso de sus obras,
además, no anida en el centro de masa de las esculturas, como nos asegura
la física. El peso está en las palabras. En las casi irreconocibles
palabras que emergen del caótico hombre roto de Tel Aviv –Tel Aviv man
V-, una oda al entendimiento entre los pueblos; en las palabras
pinjantes que forman las cortinas de Song of songs, que agradecí en
inglés para reconocer sólo algunas y obligarme a una postrera lectura en
el Nuevo Testamento; en los signos hebreos que tapizan la brillante piel
de las puertas para la meditación –en las transparentes cabinas de Song
of songs III y IV-. Y hasta, como decía, en su propia piel –Autorretrato
con árbol-.

Componiendo con las
palabras de otros, Plensa añade algunos de sus hilos al tapiz universal
–como una Parca benéfica, esperanzadora- y quedará a él prendido para
siempre.
Pedro Alarcón,
octubre de 2005.
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wispern (jaume plensa)
Una
magnífica escultura cuya materia primordial es el silencio. Lo mejor de
wispern (murmullo) es adentrarse en ella, con sensaciones muy
parecidas a recorrer las naves de la catedral de Chartres o pasear a
primera hora de la mañana –sin el amontonamiento turístico- por el bosque
de la mezquita de Córdoba. Da igual si el montaje de la instalación se
produce en una iglesia barroca de Pollença o en la neutra sala de
exposiciones del centro de arte, como es el caso.
De un
modo u otro, dada la ligera sustancia de que se forman las obras de
Jaume Plensa, reflexión, paz interior, armonía con el todo, la mejor
de sus cualidades es la capacidad para inspirarnos una profunda y sosegada
religiosidad. En cuanto que provoca en nosotros un silencio respetuoso y
una serena conciencia de pequeñez ante lo verdaderamente importante de los
elementos.

En
esta obra, formada por un número creciente de recipientes metálicos y
címbalos –en esta instalación hay cuarentaicuatro pero el autor quiere
llegar hasta los setentaidós para darla por culminada-, el agua
–accionando todos nuestros resortes como seres sutilmente sensibles-
protagoniza un sencillo ciclo que está presente en nuestra cotidianeidad,
pero que sirve aquí de herramienta musical de gran eficacia. En concreto,
el agua de los recipientes, evaporándose, encuentra los címbalos
suspendidos sobre ellos, se condensa y tarda unos minutos en caer. Al
mismo tiempo, desde un punto indeterminado, un incesante pero lentísimo
goteo acaba por golpear minuciosamente cada címbalo en su superficie. Y la
música resultante no es sino la de la naturaleza.
En la
poética teoría de Plensa se tienen en cuenta los diferentes diámetros de
los címbalos, las diversas cantidades de agua, las posibilidades rítmicas
del azar y el hecho de que, inexorablemente, cada címbalo ha sido grabado
por una cantidad particularizada de palabras. Provinientes de los
Proverbios del infierno de William Blake.

Finalmente, me apasiona el modo en que se ha nutrido del accidente. Cada
goteo produce un inevitable proceso de oxidación, en una especie de
estructura microfluvial que dibuja arabescos sobre la piel de los
platillos de bronce. En un proceso degenerativo que nos habla de la misma
vida, esta obra ya tiene contados sus días, si no se somete a la mano
implacable de los restauradores, que puedan querer devolverla algún día a
un estado níveo en que nunca se halló (no olvidemos que los címbalos
fueron agregados en diferentes fases de creación de esta escultura). El
arte como vida, o al menos mezclándose con ella.
Pedro Alarcón,
octubre de 2005.
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| liam gillick - mc namara motel
"Es que es arte conceptual; el arte
conceptual es así"...
No basta con el disgusto de ver la exposición de Liam Gillick y quedarse a
dos velas; encima hay que soportar ese tipo de sentencias en medio del
cátering de inauguración de boca nada menos que de una comisaria de
exposiciones. En mi opinión el término comisario siempre ha ido un poco
desajustado a su función. Podría interpretarse que esa figura tiene la
misión de vigilarlo todo, incluso los posibles desmanes del artista.
Al menos un comisario debe tenerlo todo controlado.
Liam Gillick, un ser extraño que se deleita inverosímilmente con el fútbol
a mansalva, ha seleccionado arbitrariamente frases y frasecillas de algún
guión que nunca llego a ser película -McNamara Motel- y las ha esparcido
simpáticamente por las diáfanas paredes de la sala central del centro de
arte.

Liam reconoce que estas frases no guardan relación, que la intención es
imposible de vislumbrar. Pretende que nos sentemos en unas bancadas
circulares instaladas al efecto y nos dediquemos a buscar sus frasecillas
entre las obras completas. Nadie lo hará. Nadie en su sano juicio, quiero
decir.

Han pegado letras de vinilo sobre el blanco muro, quieren que nos sintamos
como dentro de un libro. Yo sólo siento que faltan cosas... He visto otras
actuaciones de Liam Gillick en libros, por ahí, menos conceptuales...
Siento decir que en este caso más me parece que ha faltado presupuesto,
que no había para cortar al agua sentencias de aluminio, por ejemplo, y
suspenderlas del techo. Habría estado más mono, eso seguro, más agradable
de ver.

Yo entiendo que todo esto tiene que ver con un tipo de arte
autorreferencial, vamos, que alude al ombliguismo:
"Soy una obra de arte porque tengo conciencia de serlo, no pretendan que
mi discurso se encuentre fuera, en la linde, ni en el argumento -tan
etéreo, tan disipado, tan inexistente-, por surrealista que parezca. Mi
discurso está en mi misma presencia, molestándole a usted con mi
austeridad fría y rácana. Usted piensa que mi esencia inmaterial -apenas
un archivo word que manosean y reenvían de un lado a otro-, tímidamente
plasmada sobre el plástico adhesivo final, no puede ser tomada como
presencia artística. Piense lo que quiera. Me ha hecho un señor muy
honorable desde que alguien en los premios Turner le acusó de ser una
mierda. Formo parte de la gran incongruencia británica, ensalzada por
Saatchi y mil acólitos. Presumo de incoherencia y antidiscurso, ¿qué más
se me ha de exigir?"
Pueden ver la obra de Liam Gillick en Cacmálaga hasta el 6 de noviembre de
2005. Que les aproveche...
Elektra, septiembre de 2005.
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| neo rauch
No es la
pintura de Neo Rauch algo fácil de abordar, mucho menos desde un ángulo
preconcebido; tan sugestivas son todas las direcciones a las que apunta.
De un primer paseo, libre de lecturas farragosas, los lienzos de Rauch
tienen una textura mate algo desgarrada que me han traído a la mente
ciertos cuadros que Edward Munch abandonó a la suerte de ser erosionados
bajo la acción de los elementos climáticos. La aplicación del óleo es aquí
genuinamente áspera, infradotada del connatural brillo acharolado; el
cromatismo, no menos indicativo de una poética problemática, es terroso,
ocráceo, intermedio. Aunque sirva como escenario para ciertos artefactos
coloristas que resultan conscientes intrusos.

Me ha interesado afrontar estos cuadros
desde el paisaje, un género que en su ámbito más genuino -la pintura- se
ha visto devaluado como consecuencia de su propio amaneramiento. La
fotografía ha tomado el relevo para un paisaje que no adolezca -por ahora-
del refinamiento romántico del paisaje pictórico derivado de una mala
lectura de algunos
Friedrichs.
Rauch toma la
tierra como atmósfera para historias incongruentes, a veces auténticos
malos sueños que devienen presagios si no ya de un pasado traumático sí de
un posible futuro aterrador. Ya que en su pintura hay enormes
contradicciones -las estéticas del comunismo y del nazismo, la felicidad y
la guerra- el propio paisaje quiere ser a un tiempo una celebración de la
naturaleza -por inconmensurable- y un vertedero de residuos culturales mal
digeridos. Perfecto campo de batalla para personajes extraordinariamente
surreales -humanos que desarrollan acciones y portan objetos difícilmente
discernibles, animales mixtos de un bestiario nuevo-.


En estos cuadros subyace la dificultad, como
ha dicho Robbert Hobbs,
de integrar cualquier pasado en el presente.
Hay tensión en todo momento, entre las historias y su contexto. Pero
también, y no menos frecuente, entre la propia autorreferencia del pintor
-la advenediza masa pictórica como elemento materia, como presencia
objetiva, como sujeto de representación dentro del cuadro- y la referencia
al colectivo, a la propia historia de Alemania, agrietada de cambios y
contradicciones. Como el paisaje estacional y contradictorio que pinta Neo
Rauch.
Pedro Alarcón, julio de 2005.
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teresita
fernández
La exposición de Teresita Fernández ha
gustado muy especialmente a la gente más esnob de toda la que conozco.
Ellos, los que se asquean con la mayoría de la pintura
-indiscriminadamente- y sólo se llevan la hoja de sala a casa si hace
juego con su colección -nada de digerir elucubraciones insípidas-. Lo que
más me hiere de esta cuestión es reconocer -ahora- que a mí también me ha
gustado esa exposición. ¿Creen ustedes que soy demasiado superficial? ¿Eso
se adivina de lo poquito que me leen?
En teoría -en la teoría de los catálogos, sobre todo- la artista pergeña
sus creaciones como interrelación de varios factores abstractos;
la
imagen mental como acto de habla, la naturaleza como construcción, lo
arquitectónico como espacio y lugar de representación, y lo simbólico como
experiencia del sujeto.
Todas estas apelaciones al parecer son legibles en la instalación.
Evidentemente, suelo leer los catálogos inmediatamente después de haber
visitado el centro de arte, nunca antes. Me siento a la defensiva.
Es que, irremediablemente, y a pesar del profundísimo lenguaje en que nos
habla Teresita -el de los conceptos absolutos-, sus obras nos resultan
inevitablemente
chic
en un remedo de los catálogos más límpidos de la decoración moderna.
Probablemente tenga que ver lo sofisticadísimo de los materiales empleados
y la pulcritud con que han sido tratados -con esa apariencia casi
industrial de los acabados-.

Rodeando esa especie de fuego fatuo de hilos
de seda, caminando al ritmo procesional que me hube impuesto para ajustar
el inevitable
clac-clac
de los tacones al biorritmo propio de la llamarada, y puesto que la idea
esencial del fuego apenas me conmueve (no recuerdo, y tocaremos madera,
ningún episodio singular en que dicho elemento haya quebrantado un ápice
de mi sosiego), acabé dilucidando si el traslúcido cilindro sería una
buena elección junto a mi sofá -del que creo haberles hablado en alguna
ocasión-. Forzosamente, un objeto de marca. De la
fashionable
TF.

Del mismo modo obré con las preciosas
plataformas de aluminio pintado y recubiertas de bolitas de cristal
-metáforas de la lava volcánica-, que irremediablemente imaginé un poco
más altas, con unas tazas de café sobre ellas, alguna revista, un par de
libros de meditación zen y un cenicero...

Los cubitos de vidrio que poblaban una de
las paredes -en irradiación solar- terminaron de convencerme... Teresita
Fernández, por más que verse de ideas primarias y comprensibles a todos,
por más que trate de despertar un resorte que nos anima a desenterrar una
visión eidética que hemos fabricado de cada pieza de la naturaleza
cambiante, también se preocupa (y mucho, entiendo) de un acabado
objetivamente glacial y suntuoso, quizá innecesario, pero que le augura
como devotos y como clientes a los esclavos del estilismo.

Ante los lienzos que representan humo me
extasié lentamente. El título original en ingles -smoke-
me invitaba sensualmente a sentir placenteramente todo el sahumerio de un
cigarrillo, casi a perfumarme interiormente como incensándome el alma...
Lo peor vino cuando me arrimé a escasos centímetros de uno de los cuadros.
Exquisitamente, Teresita confecciona sus pinturas a partir de pequeñas
herramientas modulares, en este caso diminutos círculos que -tramados y
superpuestos- conforman la textura etérea deseada. En un instante la
visualicé probablemente realizando aquellos círculos con una herramienta
apropiada, y pensé que al menos
sabe hacer la
"o" con un canuto.
Ese pensamiento vulgar y casi obsceno -en el
sanctasanctorum
de Fernando Francés- me provocó una risa incontrolada y un desvarío
extremo. Nada que no ahogue un café espeso como el que sirven en la
cafetería del centro de arte.
Elektra, julio de 2005.
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| alex katz
Conmocionada
por la llegada del neoyorquino grandilocuente a la ciudad, abandono el
letargo en que me tenía sumida esta extraña primavera de inesperadas
oleadas de gélido aire groenlandés. Significaba además el verdadero
advenimiento de la primavera; en primer lugar me dirigí a balbucear
tonterías bajo las glicinias en flor, verdadero ritual del abril
desmayante en el cenador hoy público de los Loring, que siempre he
envidiado por ese palacete coquetón entre tanta selva lujuriosa levemente
dañada por un invierno que no nos corresponde. Luego me fui a respirar sus
cuadros.

En los lienzos en cinemascope de Alex Katz
-onomatopeya incómoda para mi inevitable acentazo andaluz de haches
aspiradas-, reconocí de nuevo encuadres alguna vez visitados de paisajes
que se me antojan tan convecinos. Porque -dicen- su luz es californiana o
cuasi mediterránea, y en algún momento ya la fina película que sin permiso
rueda el intradós de mi corazón contenía esos fotogramas apacibles.

Se agradece tanta pintura sincera, de gestos
sin previo aviso, de superficies concretas en que se tiene absolutamente
claro el color final. No consiguieron eclipsar esta sensación los
múltiples y desdoblados retratos de Ada -su esposa- que tanto me recuerdan
a Ana Botella y casi me descuajaringan la tarde dorada. Me quedo con el
deslizar liviano de las cerdas de pelo de marta, tan precisas como
descuidadas, y la luz -bien enjaulada tras ramajes asombrosos bien
libertada a campo abierto- que nos regala esas imágenes del todo
terapéuticas.
Dice mi querido Fernando Francés que tenemos en esta exposición al mejor
pintor figurativo de la segunda mitad del siglo pasado. Sin entrar en
controversia, y aunque saben ustedes que tengo mis favoritos, me dejo
llevar por esta delicadísima y al tiempo megalómana forma de trabajar.
Elektra, mayo de 2005.
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| the new barbarians
Esperábamos basura. Como lo oyen. En tantos
cafés con las que tejen los tejemanejes (vaya redundancia horrorosa; si no
retrocedo y borro es por lo de la frescura que tiene que respirarse en un
blog, o eso he leído por ahí) del centro de arte se nos prometían
montañas de basura.
No al estilo de Thomas Hirschorn -a saber si lo he escrito bien; no tengo
el catálogo a mano-, que usa la basura como arma comprometida contra el
difícil mundo este que nos tocó poblar... Más bien como pretexto para
bonitos autorretratos. Tim Noble y Sue Webster solían componer megalómanas
acumulaciones de resíduos propios -que insistencia en la basurilla de
artista, la culpa la tiene el que enlató su propia mierda, con perdón-
sobre las que, proyectando los convenientes haces de luz en un recinto
lóbrego, se construían hábiles sombras que se materializaban, chinescas y
asombrosas, en la pared de fondo...
No obstante, llegado el momento del desembarco, arriba también la
decepción. La pareja de artistas quiere exponer dos esculturas ocupando
una espaciosa sala inmaculada iluminada de modo hiriente para nuestras
córneas. Nada de misterio, de sombras chinescas ni de artificio alguno con
que destapar las bocas de la chiquillería y airear los "ohes"
inminentes...
Penetro en la sala, tras
oxigenarme con los lienzos panorámicos de Álex Katz -¿han leido mi último
bocado en lafresa?-, y freno irremediablemente -desafiando el equilibrio,
como siempre, sobre un modelo ultimísimo de sandalias/torre anudadas todo
lo largo del espinillar-. En presencia de una más que aburrida señorita de
sala -parece que lee una novela de bolsillo que la tiene desesperada,
nunca se le acaba- dos homínidos lampiños y extrañados caminan sobre el
lecho frío y níveo que se ha instalado para la ocasión.
Tienen esa apariencia
hiperrealista tan plastificada que quieren ostentar todos estos nuevos
escultores, preocupados por mostrarnos un virtuosismo sistemático que
aniquile cualquier duda acerca de la categoría de la obra. Policroman sus
imágenes dotándolas de un soplo vital casi religioso, y nos las plantan en
el tableau vivant de las salas de exposiciones, a falta de una
carroza o paso procesional... (ya les gustaría a ellos sacarlas a la
calle, ya...)
Inevitablemente -porque ellos llevan media vida empeñados en
autorreproducirse y ser tan conocidos como Gilbert & George-, los propios
rostros de los artistas son los que ostentan las en cierto sentido
repugnantes figuras. Lo de repugnante va sin tono asqueado, más bien en
una gélida objetividad de la que hago gala cada mañana cuando me levanto,
que conste.
Un matrimonio entre la perplejidad y la astucia; el reparto de roles
vuelve a asignar a ella -la mona más bajita- el papel de quedarse
alucinada sin más, mientras a él -el mono de quijada más prominente- se le
adjudica la propiedad de arropar/proteger al género complementario. Todo
ello en medio de un paisaje ¿desolador? Si una sala de arte puede ser
desoladora, pues eso. Parece que hayan escapado de un holocausto, dicen
algunos, o que no les quede nadie en este mundo o yo qué se...
Leo muchas cosas en la hoja de sala y en el catálogo, pero ante estos
preciosos ninots -no se confundan, no tiene por qué arder nada...
es que me recuerdan un poco a los ninots con ese barniz- me quedo
tan en blanco como el suelo. Eso sí, la estampa me obliga a permanecer más
tiempo del acostumbrado en pie, y a pensar que deberíamos proponer un
final para esa historia...
¿Cuál se les ocurre?
Elektra, mayo de 2005.
|
| nuria carrasco
Una casita de
papel de seda. Sonaba delicioso como presagio equinoccial, contrapunto del
arte aberrante por el que a veces deliro. Una arquitectura necesariamente
efímera -cuando arribé al santuario del arte varias manos habían deformado
ostensiblemente aquella construcción sin cimientos-, pendiente de un hilo,
con una sugerente sombra irregular proyectada sobre el pavimento. Una
casita de estilo básico, casi de diseño infantil, flotaba en medio de la
sala con una apenas audible invitación a descorrer las cortinas que
presentaba por muros. Un habitáculo que se ofrecía a deshojar, que nos
deseaba dentro, complaciente refugio para unos segundos de inmaterial
sosiego.

Pero ya me conocen. La desilusión se
desplomó sobre mi recogido de aire italiano que con tanto denuedo había
confeccionado
-paciencia y experiencia todo él- para concelebrar este arte tranquilo que
nos ocupa.
De un lado, el incomprensible vídeo que la artista proyectaba al extremo
de la sala, con la sucesión arrítimica de puertas que se abren y dejan al
descubierto unos inquilinos molestos que no comprenden que una desconocida
llame a sus puertas sólo para filmar sus reacciones.

De otro, la serie de fotografías retocadas
que lo mismo nos enseñaba a Peggy jugueteando con la casita que a unos
bañistas absortos ante el inminente aterrizaje improvisado de otra casita
algo más voluminosa. Una tortuga saliendo de la casita de papel submarina,
e incluso Astérix y Obélix en peregrinación a otra casita de papel con
chimenea: Una sarta de juegos que no digerí fácilmente y que me estropeó
la tarde mucho más que la cara de Ana Botella transfigurada en los
retratos de Ada de Alex Katz -lean un poco más arriba-.
Lo que adiviné un argumento grácil se tornó errático discurso que daba
palos de ciego. Dirán que soy mala, pero es que llamar a todo ese caos "El
patio de mi casa no es particular" no es sino una manzana inoculada.
Elektra, marzo de 2005. |
| josé noguero
A veces la semántica del arte es dura, puede
resultar gélida y distanciada. Las personas que me acompañaron a visitar
la propuesta de José Noguero vieron a duras penas poco más que unas
ramplonas piezas diseminadas por un espacio neutro.
Hube de recurrir a la ficción del cuentacuentos, que les situó en un
paisaje acuatico que imaginaron con un diminuto esfuerzo: el suelo
industrial continuo del centro de arte reflejaba los palafitos como el
agua turbia de una laguna estigia.

Luego les hablé de un ermitaño que recordaba de una reciente película
oriental (primavera, verano, otoño, invierno... y primavera). Alguien que
habitaba sobre una plataforma flotante desprendido de todo lo superfluo.
Miraron al huraño individuo en la canoa-hogar, los modestos embarcaderos,
las bolsas que contienen casi lo imprescindible, las cajas cúbicas que
sólo guardaban aire.

No me creo tan genial como para trastocar las conciencias y conseguir que
vieran las cosas de otra forma, en el fondo seguían preguntándose sobre la
artisticidad de aquellos sencillos objetos.
Eché en falta el album de viaje de José Noguero, con sus coloridas
instantáneas de la India o Brasil, donde la pobreza se mascaba y sería más
que difícil, desde nuestra perspectiva acomodada, alcanzar un ápice de esa
filosofía que observa la vida desde la menor materialidad.
Pedro Alarcón, enero de 2005.
|
| la recta intención (josé
noguero) Hoy he caminado sobre
las aguas. Estaba en mitad de cuatro paredes que formaban un trapezoide
irregular, el horizonte y la suave marea eran blancas; lívidos palafitos
apenas sostenidos en pies de junco de un metal frío y ligero jalonaban mi
caminar sosegado.
El leve murmullo de una pequeña barcaza, casi un hogar.

Hoy he recordado que "menos es más" no es un eslogan estúpido de estilos
compartimento, es una máxima por la cual debemos despojarnos de todo
deseo. El deseo conduce al dolor. Cuando consigamos evitar desear las
cosas de las que queremos estar rodeados seremos felices.
El recto camino, la recta intención.
Elektra, enero de
2005.
|
| una tarde de domingo
cualquiera (paul mc carthy)
Hace relativamente poco estuve en una exposición un poco escatológica.
Como estaba en un Centro de Arte de factura reciente, es de esperar que
las cosas sean más o menos así.
Lo más delicioso estaba por llegar cuando yo apenas dejaba la primera
sala, muy divertida por toda aquella emulsión de flujos. Tras el suave
murmullo de las puertas deslizantes -hay unos delicados microsensores
incorporados a la altura conveniente- hace su ingreso una familia
decorosa. Creo que necesito otro párrafo para describirlos con
detenimiento:
Él, quien sin duda conducía su prole hasta allí, iba bien pertrechado del
uniforme que le hace sentir más seguro, apenas unas bonitas señas de
identidad; no pude distinguir un cocodrilo o un caballito, como recatada
dama discretamente observadora no me acerqué lo suficiente. Pero su
terrible bufanda de cuadros blanquinegros sobre fondo beige le delataba.
Rápidamente concluí que debía ser asíduo del centro desde que se inauguró
-lo anunciaba en su sonrisa de satisfacción- e incluso benefactor; también
dí por sentado que decoraba su casa con arte minimalista pagado a plazos,
una garantía de éxito.
Ella (disculpen si empiezo a necesitar demasiados párrafos) no era sino la
compañía perfecta. En sus tristes ojos comprobé que era mucho más
inteligente que él, puesto que se percató del craso error apenas puso un
pie en la sala de exposiciones.
La prole, una parejita enfundada en abrigos azules de paño -qué tristeza
de invierno- que no sobrepasaban la edad de las catequesis, fue mucho más
avispada de lo que sus progenitores habrían querido. Antes de que el
patriarca hubiese podido siquiera leer un par de las cartelas
identificativas (siempre he creido que eso debe hacerse después y no antes
de ver la obra) los deliciosos niños ya estaban señalando penes en los
cuadros. Estos penes eran mucho más evidentes para ellos, que no están
dotados aún de la sana visión de conjunto que lo hace todo más amable. El
cabeza de familia estaba todavía digiriendo los títulos y asimilando el
nauseabundo y descuidado estilo del artista.

No hubo tiempo de mucho más. Ni siquiera pasaron a una segunda sala. Con
regocijo, recogí del suelo la bufanda para devolverla a su dueño -a tanta
premura les obligó el hallazgo-, que casi se encontraba huyendo a dos
manzanas de allí prometiendo una merienda razonable.
Me inquieta que fueran tan silenciosos, tan discretos, ni una palabra
acompañó la deserción.
Elektra, enero de
2005.
|
| frío (jane simpson)
Acaban de descongelar la exposición de Jane
Simpson aquí al lado. Para ello no han tenido más remedio que desenchufar
cada obra -una a una- y esperar a que toda esa hermosa escarcha
desaparezca.

La primera vez que la ví, sinceramente me dejó fría. Luego me planteé si
no era demasiado un frío artificial recreado en medio de este frío húmedo.
Aterida como en otras ocasiones, aterrada ante el aviso de la nueva ola de
frío polar -no creo que lo supere, llevo dos días drogada con sobres
anticatarrales-, hoy lamento la descongelación inevitable.
Elektra, enero de
2005.
|
| paul mc carthy
Me decanto
abiertamente hacia las exposiciones que divierten tanto al público.
Algunos no estarán muy conformes con esto; hablan de la banalización del
arte y de los museos como parques temáticos. Lo siento, queridos, no sé si
estamos ante una producción facilona; probablemente esta obsesión peneana
os lo hace parecer.
Pero la gente se identifica. Las miserias son demasiado cercanas. Lo del
dibujo guarro a bolígrafo sobre el mantel de papel de restaurante de clase
media es de lo más esclarecedor en este sentido. De algún modo, Paul Mc
Carthy, fuera del contexto en que surgió, ya no es un artista de
shock,
no nos escandaliza, sólo consigue destapar
livianamente unas risitas.

Tal como llegué a la exposición, de primeras me topé con el
Micheljackson
inmaculado y descomunal, que parece sacado
de una porcelana hortera de Jeff Koons (¿lo habré soñado?). Rodeado de
casi una veintena de dibujos grotescos en los que el artista parece
preparar su golpe de gracia. Los zapatos-pene, las rodillas-pene, las
piernas-pene; y el monito en brazos, una inevitable cita al escabroso
presente inmediato del cantante que quiso ser blanco... El público sonríe
para adentro porque se sueña participando en el linchamiento simbólico.

Y, yendo a lo que nos ocupa, en su orgásmica pléyade de obsesiones
convulsas, he de decir que McCarthy es un artista de sensaciones plenas.
Ante sus vídeos, testimonios de lo futil que acaba de resultar paranoico,
nos encontramos -además de con un crítico satisfecho de la sociedad
yanqui
que todo lo deglute muy rápido- con el goce
de la abstracción en su máximo grado de expresionismo sincero.
Tal le parece al público risueño el reno-santaclaus felizmente rescatado
para nosotros que parafrasea a Pollock con comida basura, carboncillos y
otros enseres. Viendo como pinta -en una acción sin control, sucia,
desentendida- muchos caen en la cuenta y corroboran el gran engaño del
arte.
Elektra, enero de 2005.
|
| un muñeco para los chapman
¡Sigo adorando a los Chapman! Todavía
destila un poco mi lagrimal cuando avivo en mi memoria la exposición del
año pasado y lo maravillosa que me sentí, invitación de papel satinado en
ristre, toda destellos, cuando pude ver de cerca al más guapo de los dos
hermanos, a Dinos Chapman.
Casi empezaba a añorarlos -siento una religiosa debilidad por las
barbaridades que cometen-, cuando llega a mis ojos otra inequívoca señal
de su buen gusto. Un diario local ofrecía hoy en su contraportada el
irónico titular:
"El muñeco feísimo que gustó a los Chapman"
La noticia hace referencia a una especie de brainstorming colectivo
que fue convocado por los graciosos Jake y Dinos en torno a una de sus
instalaciones ("The Rape of Creativity" -"La violación de la
creatividad"). Los visitantes del Centro de Arte, atraidos por la ruidosa
publicidad de los grabados de Goya manipulados y todo ese rollo
escandalizante, debían pintar al modo tradicional, en caballete, una
especie de retrato lo más realista posible de la escultura femenina que se
erigía como motivo central de la compleja instalación.
Premiarían al mejor cuadro con uno de sus grabados que seguro puede
canjearse en una subasta por un kilo de los antiguos. Lo que más me
fascina es que han premiado lo más zarrapastroso de lo que se colgó -que
no fue poco-: Una especie de Medusa nazi que me recuerda -salvando las
distancias- al enigmático idolillo oculado neolítico encontrado en el
poblado de los Millares. La autora, María Rodríguez, no sin cahondeo,
reconoce: "Mi cuadro es el más feo de todos. Pinte un muñeco feísimo,
como una representación de la muerte. Usé negro, rojo y blanco; los ojos
tienen como órbitas en blanco y negro y le cae una pasta roja; con muchos
pelos." (¡¡ !!) Sencillamente delicioso, sin desperdicio. Los Chapman
han premiado la suprema inmundicia artística, la representación más que
descuidada de un ser malévolo que todo el mundo parece convenir en llamar
"muñeco".
Un muñeco del que pueden presumir los hermanitos como trofeo de guerra. Y
nada impide que lo incluyan en otra instalación abominable. Ahora me
lamento de no haber esperado mi turno aquel día para pintar; a veces
debería conceder más importancia a ciertas cosas, en detrimento de la
integridad de mis uñas recién esmaltadas...
Imagino que ni la aficionada pintora ni los cronistas de nuestros
periódicos aprecian nada salvable en este pequeño lienzo. Yo a veces me
siento como los Chapman, muy incomprendida porque me gustan los desechos
del arte y la inevitable belleza de cierta clase de fealdad consentida.
Tan saturada está una a estas alturas de marinas, bodegones y desnudos con
espejos...
Elektra, enero de
2005.
|
| sobre paul mc carthy y sus
navidades encantadoras ¿Qué
pensarían de entrar en casa y contemplar a Papa Noel -o Don
Coca-Cola según le llamo familiarmente- guarreteando el salón con unos
roscos de dulce embarrados en chocolate? ¿Pensarían en lo fabulosa que
puede ser la primicia de un nuevo Pollock?
Seguramente llamarían a la policía, o a uno de esos nuevos teléfonos de
urgencia que se multiplican invariablemente, tras comprobar atónitos que
no se han equivocado de casa.

Si tienen hijos, el sentimiento de alarma sería aún más grave, toda vez
que el susodicho papanoel -según he tenido la oportunidad de
comprobar- tiene toda la pinta de un sucio pederasta en toda regla. No me
tomen por estrecha de mente, ni por obtusa ni nada por el estilo: El
papanoel del que les hablo ni siquiera se preocupa de mantener cerrada
la cremallera de su entrepierna. Se lo prometo.
Y, no obstante, tengo que confesar que ha sido edificante. En cierta
medida, esta apócrifa visión del paladín de las fiestas del solsticio me
ha regenerado por dentro. En según qué asuntos yo soy de las chapadas a la
antigua, y espero al seis de enero para lo de los regalos. Comprenderán
que no soporte a "Don Coca-Cola"... Por una cuestión de principios, no
necesariamente bíblicos -aunque todo es posible-, prefiero a esos
majestuosos señores en camello.
Fue una brillante decisión la de este artista controvertido, como
gustará en llamarlo la prensa formal, la de mancillar salvajemente
la celestial imagen que todos nos hemos hecho de Santaclós (gracias
al furibundo empeño de la casa de refrescos más poderosa de la Via
Láctea).

Y no me tachen de sádica, por Dios; peor actuaron ellos con nuestro
San-Nicolás obispo, aquel buenazo al que no había motivos para travestir
de borracho en pijama...
Por cierto que aunque dentro de nada se acaba esta orgía intolerable,
hasta el 20 de febrero todavía se puede ver esta alucinógena exhibición de
Paul McCarthy en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga...
Un besazo y ni sueñen que el tema se ha acabado que todavía queda para
rato.
Elektra, enero de 2005.
|
| baltazar torres
EXPOSICIÓN Hierbas dañinas
11/06/04 al 29/08/04.
Queridos lectores de lafresa: No puedo menos
que mostrar mi alborozo y utilizar estas líneas como agradecimiento a la
dirección de esta revista. Finalmente mi empeño mereció la pena: Por fin
un número dedicado al arte de lo pequeño, que no necesariamente de las
pequeñas cosas. Ya en el número anterior se podía oler algo, con ese bello
canto melancólico al infierno devastado de los Chapman...
En esta ocasión elegí hablar de Baltazar Torres, un portugués meticuloso
que trabaja con proporciones minúsculas, gestos necesariamente medidos y
delicados y una pulcritud que dejaría exánime a cualquiera con unos
nervios como los míos. Me encanta que este arte se pueda comprar y guardar
fácilmente; ya les he dejado caer alguna vez lo que me fastidia todo ese
arte incomprable, como las instalaciones en las que nada está exactamente
donde debía estar y donde, probablemente, las cosas cambian de sitio según
el capricho de los visitantes o las azafatas de la sala de arte.

Ahora bien: Yo podría comprar una de esas
cajitas claustrofóbicas, una de esas maquetitas deliciosamente brillantes;
pero creo que no estaré en ningún caso a la altura de aprehender todas y
cada una de las sensaciones de desasosiego y angustia que reinan en estas
esculturillas. Tengo viciado el sentido crítico, y reconozco que pasé
horas embobada delante de estas miniaturas, absorta y envuelta en la
música de una videoinstalación cercana -¿David
Delfín? Sí, era de algún advenedizo con poco que decir...-,
que inevitablemente franqueaba el espacio...
Y allí, parada ante cada retazo de realidad viciada, no sabía si me
llenaba de virtuosismo o de historias de la decepción humana. Me pasó como
con Rothko: Que mientras te encuentras frente a la obra no te preguntas
prácticamente nada. Luego ya habrá tiempo, con un
vermout
bien gélido entre las manos, de hablarlo
todo. Aún así, en esta ocasión, creo no haberles dicho demasiado.
Voy a intentar por tanto terminar con uno de
esos textos impresionantes que aparecen en los catálogos:
Microarquitectura imposible de reflejos
dañinos, como las hierbas que dan nombre a la muestra, surcada por una
pléyade de escalas luengas con destino fatal. El espacio en el que parecen
desenvolverse los personajes alicaidos y por demás afectados de Baltazar
Torres es un espacio a un tiempo abierto y opresivo. Se reflejan en él
todas las obsesiones, angustias y decepciones del hombre moderno, inscrito
en un medio ambiente a su medida, un aire irrespirable que él mismo se ha
fabricado. El artista portugués, lejos de la banalidad, se compromete con
el asunto ecológico y al mismo tiempo proyecta un amplio abanico de
situaciones psicológicamente difíciles que confieren a sus esculturas
(¿?) una complejidad significativa.

Queridos, utilicé la letra cursiva para que
parezca que cito a alguien sesudo. Lo siento, no sirvo para esas
menudencias. Las menudencias que a mí me gustan son estas maquetitas de
las que todo el mundo dice que son superconceptuales pero que quedarían,
no obstante, monísimas en mi alcoba. Me parece que hoy no he estado muy
afinada; creo que ustedes van a dejar de leerme...
Elektra, junio de 2004.
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| jake & dinos chapman
EXPOSICIÓN The marriage of reason and
squalor.
30/04/04 al 25/07/04.
Bueno,
ante todo dejar muy claro que las obras de los Chapman me dan una enorme
grima al tiempo que me seducen... Sería muy aduladora si admitiera sin más
que esas repugnantes acumulaciones de pútridos engendros me gustan. Pero
no puedo negarles que me olía el glamour previsible del evento y allá que
me subí a las agujas tardo-góticas que uso por tacones, a ver de cerca al
guapo de Dinos Chapman, con su aire autosuficiente -aunque sencillo- de
"no me hacéis falta para nada aquí pero ya que estamos..."

Los famosos hermanos, tildados hasta el exceso de chicos malos del arte,
no dejan de ser unos blandos que colorean tranquilamente con acuarelas en
la placidez de su estudio. Aberrantes reiteraciones del icono postnazi,
visiones apocalípticas del dolor colectivo, y sexo, mucho sexo descarnado,
violento, sangriento. Vean sus pequeños grabados iluminados como una
gigantesca diversión
en la que masturban sus encéfalos para eyacular sobre los presentes su
particular lógica apolítica.

Los grabados de Goya, delicadamente
mejorados,
vistos a medio palmo resultan hilarantes más que inquietantes... Las
cabezas que los Chapman han añadido me recuerdan a los alienígenas que
dibuja Matt Groening para
Futurama
o
The Simpsons.
Y con esto que digo no se les resta un ápice de genialidad, ojo: Lo
yuxtapuesto parece hilvanarse a la perfección, corregir el trazo brutal de
Goya -tan por amaestrar-, acabar por coronar su obra. Nada mejor que
charlar sobre ello con el público, desacostumbrado a presenciar agresiones
tan refinadas.

Algunos me han preguntado si esos muñegotes hinchables que hacen el sexo
oral en pleno vestíbulo son Arte; sin ganas de retroceder a
Duchamp,
aduje que en realidad estaban fundidos en bronce. Importándoles un comino
el sentido-concepto que animaba la obra, llevaron una mano a la boca para
admirar implacablemente a los genios. Poco después les aclaré que los
graciosos excrementos que circundan la instalación "Rape of creativity"
eran esculturillas vaciadas en bronce por el mismo proceder. Que vengan
los Chapman... todas las veces que quieran.
Elektra, abril de 2004.
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cacmálaga. 1
año de arte
El CAC-Málaga se inauguró en febrero de
2003.
Muchos malagueños debieron preguntarse entonces qué es una
kunsthaus,
habida cuenta de la palabrería arrojada a los medios en los días previos a
la apertura del centro de arte. Sonó pedante el germanismo, y pudo
incitarnos a pensar en un lugar elitista; muy en contra de lo que el
término encerraba, el ávido lector de diarios locales, que avistaba a la
crema de la sociedad y sus fastos, pudo imaginarse un sitio hermético a
sus propietarios más directos. Había que dar tiempo al tiempo para
comprobar la verdadera vocación de aquél antiguo mercado remaquillado. Y
saber definitivamente si aquello era o no una
kunsthaus,
cuestión vital.
A falta de un modelo cercano de
kunsthaus
para el parangón, afirmar que se ha logrado puede ser difícil. Pero tras
la bruma de doce meses de incansable actividad, los malagueños han hecho
evidentemente suyo el casón del arte teóricamente ilegible.
Al principio las salas olían demasiado a pintura. Inevitablemente, para
muchos, aquella espectacular colección de fotografías de la Bolsa alemana
debió quedar en un segundo plano ante el sentido análisis que los
visitantes hacían del edificio. Y es que hacía mucho que en Málaga no
había tantos metros cúbicos de aire para envolver arte. Las salas del
Palacio Episcopal, la Sala Alameda o el más reciente Museo Municipal eran,
en principio, idóneos contenedores. Con la salvedad de sus limitaciones
espaciales: En ninguno de los casos se conseguía la diafanidad y la
grandeza del antiguo mercado de mayoristas de Málaga, una sobresaliente
obra del racionalismo español en la persona de Luis Gutiérrez Soto.
La primera persona en Málaga que abogó por la solución del Mercado fue
Isidoro Coloma Martín, profesor de Museología de la Universidad de Málaga,
que llegó a publicar un pormenorizado artículo en que desvelaba las
excelentes cualidades del inmueble, mucho antes de que cualquier alcalde
soñase siquiera con la posibilidad de un nuevo espacio para el Arte.
Una vez en funcionamiento, una inteligente gestión ha deparado a la ciudad
una brillante tarjeta de visita, en un momento en que el escepticismo
hacia los nuevos centros de arte era más que creciente. Y a ello no sólo
le ha llevado el espléndido programa de exposiciones, sino sobre todo la
manera en que se ha sacado partido al material que el edificio haya
contenido, permanente o temporalmente.

El personal del CAC-Málaga ha llevado el
arte a la gente o ha sumergido a la gente en el arte; y en ese sentido la
variedad de los grupos humanos que han sido invitados fue tan diverso que
la iniciativa bien merece un reconocimiento. Elogiable la asiduidad con
que grupos de escolares o personas de avanzada edad han recorrido las
salas del CAC con la sonrisa satisfecha de saberse bien acompañados y
monitorizados, que no necesariamente guiados. Particularmente, el personal
del departamento didáctico suele llevar a gala lo mucho que se aprende de
esas miradas no contaminadas, en ojos que nunca antes se habían topado de
bruces con el arte que se está haciendo ahora. En el momento en que el
museo fue también casa y taller de la gente, aquellos jubilados y niños,
por ir a los ejemplos más extremos, se sintieron como en su
kunsthaus,
otra vez la palabreja. Imagino que se ha conseguido.

A un año vista, nos queda recordar imágenes
imborrables: El bosque animado de Tony Cragg, que nos subyugó a todos a
danzar en derredor de las esculturas; las acogedoras y monumentales
fotografías de Hannah Collins, que se hicieron a nuestra escala y
sirvieron de escenario a nuestros anhelos; el vertedero de ideas de Thomas
Hirschhorn, tan sucio y cotidiano como nuestra realidad; o el bello
colofón de Gerhard Richter, que pone el punto y aparte para la nueva
andadura de este segundo año y todavía podemos disfrutar hasta la próxima
primavera.
Pedro Alarcón, febrero de 2004.
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| gerhard richter
Exposición.
Del 16-01-04 al 18-04-04.
Gerhard Richter practica sugestivamente la autodestrucción; se vulnera y
autoinflinge el daño, y termina por gustarnos precisamente por eso.
Privarnos de aquellos cuadros suyos que destruyó allá por los sesenta, que
generaron un estrecho círculo de reliquias supervivientes, puede
entenderse a un tiempo como herida o como un gesto benevolente hacia el
público. Ese hecho mismo del arrepentimiento de lo ya pintado me conmueve;
nos fascina el misterio de un arte desconocido para siempre y nos sitúa en
una posición única.

A lo largo de su trayectoria, si bien
practicando ejercicios de estilo (Richter niega todo estilo, ama
fervientemente todo lo que no lo tiene), ha embarrado en aparente descuido
imágenes que reproducían fotográficamente otras imágenes antes proyectadas
sobre su lienzo. Bajo un gesto preciso y uniforme, ensució de colores
ajenos las primorosas estampas de quietud que previamente había creado.
¿Estaba autodestruyéndose?

A un tiempo parece aprobar
las imágenes exactas de realidad y las abstracciones virulentamente
agredidas por otras abstracciones más poderosas que consiguen imponerse.
El juego de capas, sencillamente, nos habla del interesante asunto de la
autonegación o autoafirmación, según quiera entenderse.
Pedro Alarcón,
enero de 2004.
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the kiss. valeska soares.
"Cuando se
besaban parecía que se bebieran el uno al otro"
Robert Speaight
Sólo
conozco una fórmula para desaparecer y perder el norte y no extrañar la
ausencia del resto del mundo (si gira, que gire). Sólo conozco una forma
antigua -más allá de las costumbres y los mitos de todos los tiempos-
imprescindible para poblar el mundo y existir. Una receta de condensación
de fuerzas, de concentración de luz, de explosiones y órbitas y círculos y
espacios giratorios y espirales y trazos y flujo sanguíneo. Un gesto que
invita al asombro, a la inquietud, a la posesión más absoluta e
irrepetible.
Nada puede
ser sustituido por un beso. Un ritual único que nos invade entre palabra y
silencio marcando su propio ritmo retorcido y escultórico -como una
columna salomónica sin fin- ejercitando el espíritu, aproximando, haciendo
agujeritos y despertando montañas; buscando intimidad.
Somos
capaces de colonizar con un solo beso. Capaces de vender el alma al
mismísimo ángel negro, de renunciar a vivir sin sufrir deterioro,
desinteresarnos por tocar suelo y vivir en vilo el resto de los días,
antes de perder su impronta, de dejar de sentir la provocación de una
lengua que se prolongue desbordando la fuerza de las entrañas.
Todo se
olvida y se detiene en este combate cuerpo a cuerpo que construye en todas
direcciones y se desplaza sobre un largo recorrido de intercambios y
abandonos.
Las tres dimensiones de
un beso se calibran en función de la penetración, de la ocupación de
espacio entre cuerpo y alma, de la sensación flotante y adelgazante que se
acumula en los rostros pintados de caricias y cosquillas y fuegos
germinales y lluvia invisible y surcos y llenos y encendidos paisajes
carnosos de imborrable belleza.
He de reconocer que ha
sido una agradable sorpresa encontrar una obra llena de contenido en un
centro de arte contemporáneo donde muchas veces cuesta integrar el
complejo mapa de secuencias y ascetismo que conforman el todo.

"The Kiss",
la obra de la artista brasileña Valeska Soares (Belo Horizonte,
Brasil, 1956) está compuesta por dos recipientes de vidrio soplado y
perfume que se entrelazan entre sí revelando la metáfora del beso y
analizando los conceptos de metamorfosis e intercambio de fluidos.
A primera vista,
reconocemos la imagen alquímica del tubo de ensayo, la probeta, la mezcla
de substancias aromáticas e intercambio de energías. Hay un olor previo a
la obra - inherente a cualquier proceso experimental- a laboratorio,
alambiques y frascos; a piedra filosofal.
La obra entabla una
relación reflexiva e íntima con el espectador aludiendo a lo sensorial
-pliegues, vectores abiertos, instinto profundo, corporeidad, microcosmos,
puente, cargamento de arrebatos, fiebres que te consumen, macedonia,
placer en reposo, olores contagiados, restos angostos que se filtran,
alientos y aromas viscosos, sentidos activos, graduación de esencias,
laberintos...-, a la percepción sensual a través de los sentidos.
Desde el punto de vista
formal, la escultura-instalación remite a otros "besos" en los que
una de las figuras abarca a la otra, conteniéndola, englobándola,
envolviéndola. Los besos de Klimt y Rodin, entre otros.

Este sentimiento de
entrega, de sumisión entre amantes se encuadra en la línea de la tradición
romántica-expresiva, de sentimientos exaltados y penetrantes, distintos y
acaso superiores a la razón y el entendimiento -los besos anulan toda
posibilidad de inteligencia y/o reflexión inteligente-. El intercambio de
fluidos y esencias que segrega el cuerpo amado nos atrae de forma
irracional -el deseo tampoco tiene lectura lógica-.
Con la utilización de
materiales orgánicos y efímeros, Valeska Soares despierta en el espectador
una odorífera evocación avivando la memoria olfativa y transitando
recuerdos que sólo el perfume, a pesar de su carácter evanescente, puede
recuperar de forma inmediata -el olor de los seres amados es más
ppersistente, más perdurable que los monumentos descomunales, los
acontecimientos mayúsculos y los grandes personajes-. El espectador se
involucra en la obra con sus sentidos habitando, experimentando lugares,
estados y vivencias anteriores. Este juego olfativo incide directamente en
nuestro cerebro provocando reacciones anímicas y bioquímicas.
Es un placer que ciertas
obras te transporten y te lleven y te traigan y experimenten y se
comuniquen.
Valeska Soares sabe como hacerlo, sabe como hacer hablar a sus obras y
articular "metáforas explícitas" -si se me permite la comparación- de gran
intensidad.
Ana Robles, marzo de
2003.
Cuando la abrazo
Y me abre sus brazos
Me siento como un hombre en el país del incienso
Que está sumergido en perfume
Poesía
egipcia
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el centro de
arte contemporáneo de málaga
Estaba deseando que ocurriera. Queridos, les prometo que podría hablarles
de cualquier otra inauguración; tantas encuentro en mi haber. Pero es esta
la primera ocasión de hacerlo sobre un entorno museístico que abre sus
puertas al tiempo en que mi artículo ve la luz. Quizá debiera matizar mis
palabras antes de confundirles a ustedes. No hablaremos de un museo, ¿o
sí? ¿Tan efímero es hoy el nombre de dichas entidades? Digamos que en
Málaga no parecían los lugareños tener muy claro el correcto uso del
término.
Me explico. Llamaron "Museo" a un colosal espacio expositivo levantado en
el último punto del Paseo del Parque. Como no tenía, ni tiene, ni al
parecer tendrá colección permanente; ni decidió ni decide ni al parecer
decidirá plantearse una función concreta, se bautizó con el horrible
sobrenombre de "Municipal". Es decir, nada. Si querían una sala de
exposiciones -diáfana, enorme, moderna- no veo el inconveniente de llamar
a las cosas por su nombre.
Pero había que cubrir la agenda propuesta por los diarios locales, allí
donde dice "Monumentos y museos a visitar en la ciudad". El de Bellas
Artes es un ente abstracto, un fantasma que seguro se aparece en las
noches más oscuras de aquellos que decidieron desmontarlo, en las
conciencias de los que regalaron el palacio a una señora con casi
doscientos picassos bajo el brazo. Y, ¿hay más? Bueno, ahora corren
magníficos tiempos para inventar museos -del vino, del flamenco, de la
música, de la cría del boquerón, del macerado en vinagre del boquerón- y
entre todos ellos, mientras esperamos el glorioso octubre en que Picasso
anidará para siempre en Buenavista, hay solamente uno que merece ser
llamado museo y que sin embargo no ha optado por ese título.
Probablemente, el
polvoriento uso del distintivo -cuando se llama
museo
a cualquier sitio donde alguien planta una colección- haya tenido algo que
ver.

El CAC Málaga -Centro de Arte
Contemporáneo- no es un museo y sí lo es. No quiere serlo, y a su pesar,
lo será. Dice ser -bastante se han encargado de repetirlo en informaciones
previas a su apertura- una Casa del Arte -o una
Kunsthaus,
lo cual muchos parecen conocer-; es decir, quiere ser un espacio activo,
preocupado por la actualidad del arte contemporáneo -¿alguien se ha
preguntado cuándo dejaremos de llamar así al saco enorme de cosas que
incluso contiene lo que hicieron señores de bastón y chistera allá por el
año de la polka?-; vamos, un museo vivo -me encanta esta fabulosa
expresión, por la cual se deduce que otras cosas están muertas, tan
necrófila soy, ya lo saben-.
Mis experiencias en museos vivos
no siempre fueron agradables: Uno tan emblemático como el MACBA de
Barcelona puede demostrarles su vivacidad si tienen ustedes la suerte de
llegar a la ciudad en uno de los intervalos en los que sólo se monta y se
desmonta; ya que el museo catalán tiene tanto vestíbulo y tanta rampa, y
presta tanta atención a lo temporal, que les mostrará un 0,7% aproximado
de su permanente -en la que por supuesto habrá muy poca pintura- en dos
salas olvidadas -primera planta, izquierda- y una temporal que
probablemente les interese -en el caso que me sirve de ejemplo, no-. En el
resto del desaprovechado edificio -dos plantas- se observa a los servicios
técnicos especializados en el montaje de muestras aporreando maderas con
sus machotas y transportando paneles albinos -ineludible espectáculo que
todos nos hemos perdido muchas veces en otros
museos muertos-.
No obstante, hasta la fecha -y puede ser pronto para afirmarlo- me siento
muy positiva al contemplar lo hecho en el CAC Málaga.
El
concepto
Rehabilitar un edificio en desuso es loable. Hacerlo con el antiguo
mercado de mayoristas, una empresa heroica y por demás necesaria. El viejo
mercado era un sucio hangar olvidado, que acarreaba con el lastre
pesadísimo de mostrar como tarjeta de visita -y sobre la puerta principal-
un águila desmedida vestigio de otros años en que la heráldica española
cobró dimensiones inusuales -¿Es cierto, hay un escudo franquista sobre la
puerta del CAC Málaga? Quiero imaginar los incesantes quebraderos de
cabeza de aquellos que hubieron de decidir si cubrirlo sutilmente con
ahumados o definitivamente con paneles opacos-.
Y aparte de hangar en el olvido, el viejo mercado, en su antiguo color
cobrizo -de tanta personalidad- fue un interesante edificio racionalista
de cuya historia los malagueños han podido saber actualmente. Enclavado en
una de las zonas más deprimentes de la capital -cerca del paseo de los
tristes y en la orilla más gris del Guadalmedina- ahora se espera del
centro una actitud balsámica para el perímetro urbano que lo abraza. Todo
apunta -incluida la iniciativa de no cobrar por su entrada, al menos
inicialmente- a que no resulte un museo elitista especialmente diseñado
para turismo de lujo particularmente culto y bienoliente -¿Hay otros
futuros museos que sí lo harán? ¡Alejemos la comprensión del arte
contemporáneo para siempre del vulgo! No vaya a ser que se nos ensucien
las salas de tanto ser visitadas... Bueno, el caso es que eso no es lo que
ocurre con el CAC Málaga-.
El alcalde en funciones,
Francisco de la Torre, no dejó de concederle suma importancia a la virtud
salvífica de la ciudad para con su mercado -"salvar el edificio" vino a
decir-; yo añado la misma virtud para el centro respecto de la
sensibilidad de la ciudad, tan mermada últimamente. Lo dijo este señor
ante los medios de comunicación, ante empresarios, personalidades de la
cultura, del mundo del arte; lo dijo, por supuesto, ante los Duques de
Palma de Mallorca -ya saben que no soy en absoluto monárquica, pero de
todos modos la sangre azul cubre justamente con su papel de aportar
caché-.
Se dijo, y es cierto.
Se han lustrado los paramentos de blanco; en los interiores resulta
especialmente límpido el espacio, conquistado a base de respetar una
planta diáfana. En ella, las colecciones se presentan imbricadas, en
solución de continuidad. Las muestras temporales sumergen al visitante
poco a poco en la antesala de la permanente, y reaparecen dentro de ésta
para hacernos dudar dónde está la diferencia. Mirando hacia arriba, muchos
se preguntan si son necesarios tantos metros cúbicos de aire sobre las
obras de arte y el paseo de los observadores. Y otros aseguran que así,
con ese aire sin viciar, se respira mejor el arte en la casa viva que
quiere ser el centro.
El
montaje inaugural
Enmarcadas en el interés por iluminar con arte la siempre desapercibida
calle Alemania, donde se ubica el centro, preceden a la visita las
esculturas urbanas "Man Moving 2" de Stephan Balkenhol y "Sombra Azul I"
de Chema Alvargonzález. Una, de bronce policromado; otra, de hierro
pintado de azul.

Ambas solicitadas ex
profeso y creadas particularmente para el espacio que ocupan. Otros
mecenas de la cultura malagueña habrían atornillado al suelo una
desbordante ninfa boteril,
creedores de que tal apuesta sería en son de modernidad. Por tanto
aprovecho para agradecer a las musas que alumbraron en su decisión al
departamento municipal que fuere, toda vez que esta adquisición entra en
el Programa de Escultura Pública del Ayuntamiento de Málaga.
Con el nombre de Punto de partida,
la primera selección de la obra permanente del centro se exhibe hacia el
fondo de la planta principal, con las habituales pautas para la
configuración de una colección de arte contemporaneo: Apuesta por la
coherencia -entiéndase cronológica, ya que se han comprado sobre todo
obras de las úlimas décadas del siglo pasado-, diversidad de categorías y
estilos -apostando por conceptos expositivos abiertos en los que tienen
cabida desde el óleo hasta el objeto de diseño pasando por la instalación
o la fotografía- y un sugerente gusto por lo nuevo y brillante, lo
minimal
y efímero, lo incomprensible e inaccesible, lo sucio y enmarañado, lo
grande, lo pequeño, lo cutre y lo cuestionable, entre otros. La nómina de
artistas es lógica y compensada -¿Quién podía esperar que no hubiese un
Barceló o un Guillermo Pérez Villalta?- y aporta al panorama de la ciudad
un paisaje moderno antes inconcebible en ella. Por supuesto, no hay
picassos.
De forma temporal, se han sumado al montaje inaugural la exposición "Art
Collection Neue Börse", impactante -por la calidad de los trabajos pero
sin duda también por el formato de los mismos- colección de fotografía de
la Bolsa de Alemania con sede en Francfort, la muestra del danés Mads
Gamdrup -también de fotografía-, límpida selección de instantáneas sobre
el paisaje nocturno de los solsticios. La forma de conceder tal espacio a
dicha disciplina pone el acento sobre lo que vamos a ver. Anima
conceptualmente al recién llegado y le advierte.

Finalmente, una
intervención del malagueño Luis Bisbe en el
Espacio Proyectos
del centro, concebida para los primeros días de la institución, se nos
propone al final del recorrido. Nadie podrá ver dicha instalación -un
entramado de gomas elásticas que cruzan de un lado a otro el espacio
tejiendo imágenes visuales reconocibles como andamios, tendederos o
escaleras- en las divertidas condiciones que yo recuerdo. Gentes
vip
de la Málaga cultural refrescando años párvulos sorteando el elástico como
en el patio de recreo, camareros con suculentas bandejas de pequeños
agasajos comestibles volcando su carga al ser interceptados por la
impertinencia de un invisible hilo cruzado en su camino... Una multitud en
derredor de la comida -la santa
comida, verdadero epicentro de
atenciones- fastidiada por la inoportuna trampa de los inofensivos
cableados.

Epílogo
En mi próximo artículo prometo ser más breve y menos técnica. Besos.
Elektra, marzo de 2003. |